«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Conocí a Eduardo Muñoa en ESPOL: él entró a trabajar como profesor de teatro en EDCOM y fue una gran pérdida cuando optó por cambiarse de universidad. Con el paso del tiempo él ha consolidado su trayectoria como uno de los directores más audaces del teatro contemporáneo en Guayaquil. Él ilustra con paciencia la máxima que impera entre los que estudiamos las relaciones entre el cine y la literatura: “Si no tienes nada nuevo que decir sobre el texto original, no digas nada”. Sus montajes anteriores revelan una predilección por los textos complejos y la experimentación escénica: desde su “Solo el deseo” (llamativa versión de “La señorita Julia” de Strindberg del 2022) que constituye un estudio de la rebelión femenina ante los canones férreos del patriarcado, hasta su innovadora lectura de “Yerma, un pájaro vivo en la sangre” (2024) sobre la infertilidad y el pasado no perdonado. Muñoa posee esa rara habilidad de encontrar en los clásicos resonancias contemporáneas sin traicionarlos, construyendo puentes temporales que iluminan tanto el texto original como nuestro presente. Su trabajo con “Infieles” (2012) de Marco Antonio de la Parra y su más reciente “Bodas: la misma sangre” (2025) de Lorca demuestran su capacidad para crear universos escénicos donde lo universal y lo particular dialogan con fluidez orgánica.

En “Aura: La eternidad repetida” (subtítulo de excelencia) Muñoa se atreve con el cuento largo de Carlos Fuentes publicado en 1962 y despliega una mise en scène de inquietante minimalismo que potencia cada elemento hasta convertirlo en símbolo. El escritorio del historiador-traductor se erige como altar del conocimiento y la seducción intelectual, superficie donde los documentos amarillentos cobran vida propia. Es allí donde Felipe Montero —interpretado con notable intensidad por Juan José Jaramillo— responde a ese anuncio que parece “dirigido a él, a nadie más”, recreando con precisión milimétrica ese momento fundacional de la nouvelle de Fuentes.

Desde el primer momento que se escucha en off el epígrafe de Jules Michelet, sabemos que estamos ante una propuesta seria que no le va a dar la espalda al original literario: “El hombre caza y lucha. La mujer intriga y sueña; es la madre de la fantasía, de los dioses. Posee la segunda visión, las alas que le permiten volar hacia el infinito del deseo y de la imaginación… Los dioses son como los hombres: nacen y mueren sobre el pecho de una mujer…”. Es lo que harán los personajes en escena: las dos mujeres intrigarán (con su segunda visión) y soñarán con la pesadilla de la Historia, mientras el hombre (el historiador) se entrega a la pasión que le produce Aura, metáfora luminosa de la oscuridad. 

El sillón y el taburete donde conviven Consuelo y Aura funciona como metáfora visual del tiempo fracturado. Las dos mujeres, cual parcas modernas vestidas con túnicas verdes (así lo dicta el texto original), mientras tejen y destejen destinos que se entrelazan en bucles temporales, sugiriendo que juventud y vejez son estados simultáneos del ser. Esta decisión escenográfica revela la inteligencia directorial de Muñoa: transformar la limitación espacial en potencia simbólica. Señera escena en la que las parcas tejen del mismo carrete para luego ver a la vieja Consuelo cortar el hilo sin piedad alguna. La suerte está echada: ella maneja los hilos de la Historia con mayúscula. 

La propuesta más audaz del cubano reside en su tratamiento del texto fuente como palimpsesto. Así como Felipe Montero transcribe las memorias del general Llorente, Muñoa reescribe a Fuentes, superponiendo voces y temporalidades. El diálogo entre la voz en off que susurra fragmentos de la nouvelle original y la voz intradiegética de Jaramillo crea un efecto hipnótico: el espectador asiste simultáneamente a la lectura de Fuentes y a su reinvención teatral. Dos voces en una: la misma tinta, la misma sangre intertextual. 

El proceso de transcripción de los documentos históricos se convierte en ritual erótico y epistemológico. Felipe no solo copia; reescribe, reinterpreta, se deja poseer por las palabras ajenas hasta que su identidad se difumina. Esta metáfora del historiador como médium conecta con la propuesta final de Muñoa: el eterno retorno nietzscheano donde el joven Carlos Fuentes aparece como nuevo postulante al cargo, cerrando y abriendo simultáneamente el ciclo temporal. Es el corsi e ricorsi de Giambattista Vico materializado en puesta escénica.

El momento culminante llega cuando el quejumbroso Felipe, interpretado correctamente por Jaramillo, ejecuta una suerte de striptease que trasciende lo físico para volverse revelación emocional. No es la ropa lo que se quita, es la máscara social, la identidad construida, la resistencia al encantamiento. Quedar en ropa interior frente al público implica un acto de vulnerabilidad extrema que Jaramillo maneja con inteligencia actoral notable, convirtiendo la desnudez en metáfora de la entrega absoluta al misterio.

La veteranísima Marina Salvarezza construye una Consuelo memorable, navegando con destreza las aguas turbias entre la manipulación y el cálculo, cualidades oraculares. Su Consuelo no es simplemente la “bruja” seductora; es una mujer que lucha contra el tiempo con las armas que le quedan: la memoria y su voluntad férrea rozan lo sobrenatural. Salvarezza logra que empaticemos con este personaje aparentemente monstruoso que recita sus parlamentos con la cadencia memorable de la sibila de Delfos. 

Gissela Meza encarna a Aura con una sensualidad magnética que trasciende lo meramente físico. Seductoramente descalza, voluptuosa debajo de su túnica, flirteando de manera sutil (al principio) y descaradamente (al final) constituye un acierto de casting. Su interpretación sugiere capas de significado: es la juventud eterna, el deseo imposible, la promesa que nunca se cumple del todo. Meza maneja con inteligencia espacial la ambigüedad del personaje, manteniéndolo siempre en el límite entre lo real y lo fantasmagórico. Es la muerte que seduce y también es la vida para el joven historiador. Memorable el encuentro erótico (casi un vals) con el protagonista masculino en el que ella lo envuelve con un tul blanco y la escena final en la que, vestida con un larguísimo y fúnebre tul rojo, envuelve a Consuelo para dar a entender que son la doble y única mujer, o como dice Fuentes en su libro, «prisionera al grado de imitar todos los movimientos de la señora Consuelo, como si solo lo que hiciera la vieja le fuera permitido a la joven». Notables son los homenajes a esta dualidad cuando las actrices recitan parlamentos de manera unísona o alternante, de la misma manera en que se copian mutuamente ciertos movimientos corporales.

Juan José Jaramillo merece mención especial por su Felipe Montero que logra transmitir la transformación gradual desde la racionalidad académica hasta la entrega irracional al misterio. Su dicción es precisa al reproducir los fragmentos del anuncio inicial que también se escucha al final: “Lees ese anuncio: una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días”. Se establece así el tono hipnótico que sostendrá toda la representación y que significará su clausura.

“Aura: La eternidad repetida” representa un momento culminante en la trayectoria de Muñoa. Su propuesta no se limita a adaptar: reinventa, dialoga, cuestiona hasta encontrar su propia Aura. Al insertar al propio Fuentes como personaje final, Muñoa nos recuerda que toda creación artística es un eterno retorno, una reescritura infinita de los mismos mitos fundamentales. En Zona Escena (teatro ubicado en la calle Imbabura y Panamá) ha ocurrido algo más que una representación teatral: hemos asistido a una ceremonia donde el tiempo se pliega sobre sí mismo y la literatura cobra vida para recordarnos que, como sostenía Borges, los libros sueñan con sus lectores tanto como los lectores sueñan con sus libros. Vale.