«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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¡Qué odisea la de Nolan adaptando a Homero!

A la memoria de Juan Ignacio Vara

Entre 2003 y 2015 di la asignatura de Literatura Grecolatina en la extinta Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación de la Universidad Católica Santiago de Guayaquil. Fue una aventura fascinante adentrarme en ediciones en verso de los libros de Homero (aún guardo los libros blancos de hojas amarillentas de Planeta-Barcelona en las traducciones de José Alsina de cuyos estudios introductorios hemos tomado gran parte de la información que se leerá en este artículo). Lo que más me llamó la atención (aparte del despliegue incesante de figuras retóricas) fue la violencia gráfica de La Ilíada y las mágicas aventuras marinas de La Odisea. Recordaba las clases del Padre Juan Ignacio Vara quien decía que ambos libros (él los había estudiado en su idioma original que era el dialecto jónico) eran escritos por dos autores diferentes. El segundo seguramente el autor era una mujer, insinuaba con seriedad mi maestro, por la cantidad de guiños a la vida doméstica y la pléyade de personajes femeniles. Por él va este artículo, a propósito del filme de Cristopher Nolan.

De un cuaderno de anotaciones de la universidad. Para Platón, Homero era «El más sabio y el más divino de los poetas» y «El poeta más entendido en todas las cosas». Sócrátes muere recitando uno de sus versos. «Debe leerse, por lo menos, una vez al año», aconsejaba Goethe. El poeta Frédéric Mistral dijo de sí mismo que era un «indigno aprendiz de Homero». De los papiros griegos hallados en Egipto (incluyendo la Biblioteca de Alejandría), la mitad son transcripciones de Homero. La transmisión oral de sus poemas épicos ha sido equiparada al Corán y a los Vedas. Homero usa el hexámetro dactílico, un verso de seis pies métricos basados en la combinación de sílabas largas y breves. No entraremos en tecnicismos que aclaran que la métrica clásica no se cuenta por número de sílabas (como en español), sino por la duración o cantidad silábica. Los gramáticos separatistas clamaban que La Odisea era de un autor diferente. Los textos homéricos son valiosos instrumentos porque ilustran los conceptos más importantes de la cultura griega: la aristeia (los mejores momentos de un guerrero en plena batalla), la areté (la excelencia o virtud), la paideia (la educación de la juventud), la phronesis (sabiduría), el xeinos (hospitalidad hacia el extraño o extranjero), la dikaiosyne (justicia u orden), además del ethos (carácter), pathos (la emoción de la audiencia) y logos (la palabra amparada en el pensamiento).

La Ilíada, con sus 24 cantos, se caracteriza por las acciones bélicas que se describen de forma descarnada, a partir del décimo año de la guerra de Ilión, nombre antiguo de Troya. Por un lado los troyanos y por el otro la coalición de los griegos conformada por aqueos, argivos, dánaos, mirmidones… Una lanza atraviesa un cráneo o un fondillo. Luchas cuerpo a cuerpo. Una batalla naval. Un catálogo de héroes. Otro catálogo de naves. Insultos. Decapitaciones. Vísceras e intestinos que brotan. Dioses conspirando a favor de cada bando. Afrodita, Marte, Artemisa, Afrodita y Leto del lado troyano; Atenea, Poseidón, Hermes, Hefesto y Hera, del lado de los griegos. Entre los recursos retóricos más notables está el epíteto homérico («Zeus, el que nubes reúne») y el símil caudaloso (en el Canto V, Homero describe a Diomedes arrasando el campo de batalla de manera similar a un río invernal que desborda diques y destruye cultivos, sembrando el caos entre las filas troyanas). Destaca el recurso de la retardación: Aquiles se demora casi toda la obra en reaparecer (canto XIX) para dirigir la coalición griega que asaltará Troya. Su ira se desata contra los que mataron a su primo Patroclo. Toda La Ilíada puede ser vista como un conjunto de aristeias conseguidas por los diferentes héroes griegos.

La Odisea, con sus 24 libros (en este caso no se les dice «cantos»), narra el regreso de los vencedores de Troya a sus hogares. Todos llegan a su destino menos Odiseo que desafía a los dioses desviándose del camino. Esta epopeya tiene tres partes: la telemaquia (cantos I al IV), la Odisea propiamente dicha (cantos V al XIV) y el regreso de Ulises más la eliminación de los pretendientes (cantos XVI al XXIII); como coda el Libro XXIV contiene el segundo descenso a los infiernos por parte del protagonista. Al salir de Troya, Ulises se va a demorar otros diez años en volver a Ítaca donde su esposa Penélope lo espera en compañía de su hijo Telémaco quien tiene veintiún años. Doce pretendientes (metáfora del calendario solar) han invadido el palacio de Ulises ansiando desposar a la dueña. Ella teje y desteje su telar como parte de su espera. Los dioses van de asamblea en asamblea decidiendo el destino de Odiseo. Destaca el recurso de la retardación: recién en el libro XIII Ulises logra regresar a Ítaca. Su ira (similar a la de Aquiles) se desata contra los pretendientes que quisieron usurpar su trono. Toda La Odisea puede ser vista como una gran aristeia de su protagonista.

Vamos entrando recién de pie juntillas al séptimo arte.

El cine (nacido en 1895) ha tenido más suerte con La Ilíada que con La Odisea (ambos poemas épicos creados en el siglo VIII a.C.), y en los dos casos esa suerte ha sido limitada porque no existe una adaptación audiovisual canónica del mundo homérico. La primera llegó al cine en 1905, cuando Georges Méliès rodó un corto de cuatro minutos sobre el encuentro de Ulises (nombre en latín de Odiseo) con el cíclope Polifemo, interpretado por el propio realizador; seis años después, en 1911, el italiano Giuseppe de Liguoro protagonizó y codirigió L’Odissea de 43 minutos para la Exposición Internacional de Turín. La versión más recordada del siglo XX es Ulises (1954), de Mario Camerini, con Kirk Douglas como protagonista, un peplum de estudio que fijó por décadas la imagen popular del héroe. En la televisión está The Odyssey (1997), una miniserie dirigida por el ruso Andrei Konchalovsky, con Armand Assante en el papel principal y Greta Schacci como Penélope. Del lado experimental está Nostos: il ritorno (1989), de Franco Piavoli, una cinta muda que traslada el relato a un registro onírico y sensorial, más cercano al poema que a la aventura de acción. La Ilíada, por su parte, ha tenido su versión más taquillera en Troya (2004), del alemán Wolfgang Petersen, con Brad Pitt como Aquiles, que optó por despojar la historia de toda intervención divina y convertirla en un drama bélico de escala hollywoodense, decisión que entonces generó el mismo tipo de debate sobre la fidelidad que ahora rodea a Nolan. Recientemente, El regreso (2024), de Uberto Pasolini, abordó solo el tramo final del nostos de Ulises (Ralph Fiennes) para llegar a Penélope (Juliette Binoche) con medios reducidos, logrando transmitir la carga interior del héroe sin necesidad de monstruos ni efectos especiales. Ninguna de estas películas había intentado narrar ambos poemas —la guerra de Ilión y el regreso de Odiseo a Ítaca— dentro de una misma obra: esa es la apuesta específica de Nolan, y la que lo distingue de sus predecesores en la tradición cinematográfica homérica. Christopher Nolan ha adaptado los dos poemas épicos (más el epísodio del Caballo de Troya que está en el libro II de La Eneida) en dos horas y cincuenta y dos minutos. Mientras Ulises (Matt Damon) viaja a Ítaca desde Troya, navegando entre monstruos y tormentas junto a sus hombres, la película lo obliga a rememorar una y otra vez la guerra que dejó atrás. Si la Odisea homérica es un canto de marineros perdidos, la Ilíada es un canto de guerreros en plena lid: esta doble adaptación, tejida por flashbacks que irrumpen e interrumpen el viaje marítimo, es lo que le da densidad a una película que Nolan firma como único guionista.

Las películas de este director británico, nacido en 1970, suelen organizarse alrededor de una enemistad marcada entre un héroe y un antagonista concreto —Borden (Hugh Jackman) y Angier (Christian Bale) en The prestige, Bruce Wayne contra el Joker o Bane en su trilogía de The Dark Knight, Leonard Shelby contra Teddy en Memento— o alrededor de enfrentamientos corales entre hombres sometidos a una misma presión externa, como los soldados británicos varados en la playa de Dunkerque (al norte de Francia), el equipo que se infiltra en los sueños de los demás en Inception o los agentes que manipulan el tiempo en Tenet. La Odisea trabaja con ambos registros a la vez, y ese doble movimiento es parte de lo que distingue a la película dentro de la filmografía noliana. En el plano del enfrentamiento individual, Ulises tiene dos antagonistas sucesivos: Polifemo, cuya ceguera provocada desencadena la persecución de Poseidón que prolonga el regreso durante años, y Antínoo, el pretendiente que en Ítaca amenaza directamente su hogar y a quien Robert Pattinson dota de una hostilidad doméstica y calculadora, más cercana al villano de sobremesa que al monstruo mitológico (le dedicaremos dos largos párrafos a las actuaciones más adelante). Pero el antagonista más persistente de la película no tiene rostro: es el propio Poseidón, una fuerza que Nolan mantiene deliberadamente fuera de campo —nunca se le representa como personaje— y que actúa como el enemigo estructural que organiza todo el tramo marítimo, en la línea de esas amenazas impersonales y omnipresentes que ya gobernaban la trilogía de Batman, Dunkerque o Tenet. En el plano coral, La Ilíada recuperada en los flashbacks funciona igual que los grupos de hombres bajo presión de sus películas anteriores: la tripulación de Ulises, como los soldados de Dunkerque, no combate contra un enemigo individualizado sino contra el desgaste colectivo de una guerra y un viaje que los va reduciendo uno a uno, hasta que el propio Ulises llega solo a Ítaca. La diferencia con esas películas previas es que aquí Nolan hace explícito, en el cierre geopolítico que cruza ambos poemas, que la enemistad entre hombres y la lucha contra la fuerza impersonal son la misma guerra vista desde dos ángulos: el de quien la protagoniza y el de quien, años después, todavía carga con haberla sobrevivido.

La estructura escogida por Nolan no es lineal. La narración arranca in media res, con un rapsoda que invoca la tradición oral antes de que el relato se ramifique entre el mar, el campo de batalla troyano y la casa de Penélope en Ítaca. Hay una espiral que se siente en el relato: un personaje siempre le pide a otro que le cuente la historia de Odiseo o este la narra sin petición de por medio. Este recurso es un guiño a la transmisión oral que sometió a los cantos épicos de Homero a transformaciones constantes hasta que Pericles, en el siglo V, decidió que había que poner por escrito lo que durante siglos estuvo en el aire. Esa fragmentación, habitual en el cine de Nolan desde Memento, aquí cumple una función distinta a la de sus películas: no busca desorientar, sino mostrar cómo el recuerdo de la guerra desvía cada decisión que Ulises toma en su regreso. Lo que en el poema es elipsis —Troya ocurre antes de que empiece el relato— en la película se vuelve intrusión constante. Y es en este recurso en el que radica su valor. No es osado señalar una estructura similar a la de Memento: las escenas sobre Ítaca van hacia adelante mientras que las de Troya y el regreso por mar van hacia atrás. Cuando Ulises llega a su hogar los flashbacks cesan.

El cierre de la película es el punto donde esa doble adaptación se revela con más fuerza: la lectura que Ulises hace de lo vivido en Troya se carga de un sentido geopolítico contemporáneo, sin que Nolan necesite actualizar el vestuario ni el escenario para que la referencia sea legible. Es una decisión de guion más que de puesta en escena, coherente con la elección de que el elenco hable con acentos estadounidenses y no británicos o griegos, en una traducción sonora equivalente a la que Emily Wilson hizo del texto al inglés contemporáneo en 2017, traducción que usó Nolan para construir su adaptación.

La partitura de Ludwig Göransson, colaborador de Nolan desde Tenet, evita cualquier tema tarareable y trabaja de forma casi onomatopéyica, subrayando el oleaje y el combate sin convertirse en acompañamiento decorativo. Es una hermosa música tribal, pastoril, militar, bélica, primitiva… A esa banda sonora se suma un acierto de casting que conecta música con estructura narrativa: Travis Scott interpreta a Demódoco, el bardo ciego que en el poema canta las hazañas de los héroes griegos en la corte de los feacios y que aquí abre el relato ligando la tradición oral homérica con la del rap, un paralelismo que el propio Nolan defendió públicamente al explicar el reparto. Como nota entre paréntesis debo señalar la ausencia de Femio que era el que realmente cantaba historias sobre la Guerra de Troya (Demódoco era el aeda que cantaba en la corte de los feacios). El rapero Scott, gracias al casting daltónico (concepto que explicaré más adelante), ya había colaborado con el director en Tenet, donde escribió el tema “The Plan” para los créditos; en La Odisea da un paso más y no solo actúa, sino que canta su tema “When I’m Home” en la secuencia final de créditos, cerrando el círculo entre el bardo que narra dentro de la ficción y el músico que la comenta desde fuera. Es la tercera vez que Nolan integra a una figura musical de primer nivel en su reparto —después de David Bowie en The Prestige y de Harry Styles en Dunkerque—, y la que más explícitamente convierte esa presencia en comentario sobre el propio mecanismo de la narración épica. «Una cara, una flota, una guerra, un hombre, un pensamiento, un truco, un truco para romper los muros de Troya… ¡y quemarla gritando hasta el suelo!», se le escucha decir a Travis Scott (mientras golpea el suelo con su báculo) abriendo y cerrando el filme con un tono entre profético y ceremonioso. Es, sin duda, el personaje más importante del filme porque da cuenta de la importancia de la figura del rapsoda como compositor. En una época en la que predominaba la transmisión oral el aeda era el responsable de recitar públicamente tanto La Ilíada como La Odisea. Darle esa responsabilidad a un artista como Scott es como decir que la única música que se equipara a la poesía homérica es el rap. Como nota histórica hay que señalar que el aeda era el equivalente de un sirviente o esclavo y que se ganaba el pan entreteniendo a los demás. Su función no era la de inventar historias sino transmitirlas.

La fotografía es de Hoyte van Hoytema, quien trabaja con Nolan desde Interestelar (2014) y aquí filma la primera película de ficción rodada íntegramente con cámaras IMAX de 70 mm, con más de 600 kilómetros de negativo expuesto. La elección no es un gesto técnico aislado: van Hoytema ajustó el juego de lentes para alejarse del gran angular permanente asociado al formato y sostener primeros planos con una profundidad de campo controlada, algo poco habitual en el IMAX documental. El resultado se nota sobre todo en las secuencias marítimas, donde la resolución del negativo permite apreciar el oleaje como textura y no como fondo genérico, y en los combates troyanos, filmados con la misma insistencia en la luz natural y las locaciones reales —Marruecos, Grecia, Italia, Islandia y Escocia— que ha caracterizado el trabajo conjunto del director y su fotógrafo desde Dunkerque. La contrapartida es que buena parte de esa fotografía solo se aprecia en su relación de aspecto original en salas IMAX; en el resto de formatos de proyección, el encuadre recorta hasta un 40% de la imagen filmada, lo que vuelve la experiencia notablemente desigual según la sala. Desafortunadamente, solo hay 41 cines en el mundo (la mayoría en California) con el equipamiento requerido para la proyección en este formato. IMAX ha anunciado hace ya buen rato que no va a fabricar más proyectores. Mala noticia para los cinéfilos de pura cepa: por más que paguen $ 15 por una sala VIP en IMAX lo único que verán será una pantalla recortada a los lados y en la parte superior.

El vestuario, a cargo de Ellen Mirojnick —diseñadora con casi cinco décadas de carrera, autora del traje de Gordon Gekko en Wall Street—, siguió el mismo criterio especulativo que Nolan aplicó a la fotografía: no se da una reconstrucción arqueológica literal, sino una hipótesis verosímil sobre cómo pudo haberse visto la Grecia micénica. Los cascos de los guerreros combinan crestas de crin de caballo con placas de bronce ennegrecido, una técnica que Nolan defendió citando dagas micénicas reales tratadas con azufre para oscurecer el metal; las pecheras siguen esa misma lógica, macizas y sin ornamento en los soldados rasos, mientras que la de Agamenón (Benny Safdie) incorpora oro y plata para marcar su jerarquía, en un diseño cuya silueta oscura generó comparaciones inmediatas con la armadura de Batman en la trilogía de Nolan. Los escudos, grandes y de cuero reforzado, y las lanzas y espadas cortas de bronce, evitan el brillo de la utilería de estudio: Mirojnick, al frente de un equipo de más de quinientas personas que confeccionó más de cinco mil trajes, optó por materiales envejecidos y superficies mate que resisten el escrutinio de la resolución IMAX. El resultado divide: da textura y peso físico a las escenas de combate, pero también expone, en los planos más cercanos, el anacronismo de ciertas soluciones formales que la crítica especializada e historiadores griegos señalaron antes del estreno.

Entre las actuaciones masculinas, Matt Damon sostiene la película con un Odiseo que recrea tres etapas distintas: el rey justo que parte a la guerra, el líder desesperado que naufraga durante años de retraso, y el hombre que regresa a Ítaca cargado de culpa por las promesas incumplidas. Damon evita la solución fácil del héroe estoico; su Odiseo comete errores de juicio con consecuencias visibles —la ruta alternativa que termina alejando a la flota de su destino es la primera de varias decisiones que su tripulación no le perdona del todo— y esa fricción es lo que sostiene el arco narrativo a lo largo de casi tres horas. Tom Holland, como Telémaco, tiene la tarea más ingrata: encarnar (a sus 30 años) a un adolescente que debe asumir de golpe la responsabilidad de proteger a su madre y su reino sin que el guion le dé demasiado espacio para mostrar esa maduración en el tiempo de pantalla que le corresponde; el resultado es un trabajo correcto pero sin brillo, más eficaz en los momentos de vulnerabilidad que en los de autoridad recién adquirida. Robert Pattinson, como el pretendiente Antínoo, es el que se lleva la actuación más comentada: construye una villanía aceitosamente maniquea, casi de vodevil, que el propio actor describió inspirada en el personaje de James Woods en Casino, y que funciona precisamente porque no busca la grandilocuencia trágica de los demás personajes sino la mezquindad doméstica de un hombre que sabe que puede salirse con la suya. Jon Bernthal, como Menelao, y Benny Safdie, como Agamenón, completan el cuadro griego con registros más breves pero funcionales: Bernthal (actor de notables dotes exhibidas en la serie The Bear) aporta el cansancio físico de un rey que sobrevivió a la guerra sin ganarla del todo, y Safdie sostiene con la sola autoridad de su presencia —reforzada por esa armadura oscura y ornamentada que tanto se comentó en social media— la jerarquía que el resto de los griegos le reconoce. El actor de origen colombiano John Leguizamo, en un papel menor pero memorable como el porquero Eumeo, y Himesh Patel, como Euríloco, redondean un reparto masculino que, sin ser uniforme en sus resultados, evita el escollo más común de las superproducciones corales: que las actuaciones se disuelvan en el espectáculo.

Las actuaciones femeninas, en cambio, dividen más a la crítica pero concentran algunos de los mejores momentos de la película. Anne Hathaway, como Penélope, sostiene la subtrama de Ítaca con un registro más que aceptable: una reina que rechaza a los pretendientes sin recurrir al gesto heroico, dejando el telar inacabado como única forma de resistencia visible, y a la que ciertos diálogos —según señaló parte de la crítica— le juegan en contra más que la propia interpretación. Charlize Theron, como la ninfa Calipso que retiene a un Odiseo amnésico durante años de cautiverio, y Zendaya, como Atenea, reciben lecturas más divididas: para algunos críticos ambas resultan poco desarrolladas dentro de una estructura coral que no siempre les da tiempo de pantalla proporcional a su peso mitológico; para otros, en cambio, dominan la escena precisamente por la contradicción que encarnan sus personajes —diosa, una; hechicera, la otra, que, pese a los poderes que ostentan, terminan funcionando como víctimas o instrumentos de una guerra librada por hombres—. Lupita Nyong’o es una de las grandes apuestas de Nolan en el reparto: interpreta un doble papel, como Helena de Troya (la mitad de su rostro lleno de cicatrices) y como Clitemnestra, hermana de Helena, y de esa duplicación extrae buena parte de su fuerza: dos mujeres atrapadas en las consecuencias de decisiones ajenas, una como causa nominal de la guerra y la otra como su víctima doméstica. Aquí me permito insertar entre paréntesis el concepto de casting daltónico, práctica muy usual en el cine de superproducciones a gran escala en la que se escoge a un actor para contrastar el origen étnico del personaje al que interpreta. El musical Hamilton, protagonizado por latinos, es el ejemplo de manual que mejor permite entender este concepto tan válido y tan bien aplicado en Hollywoodlandia. Samantha Morton, como Circe, entrega una de las mejores actuaciones, una escena de metamorfosis con un tratamiento de horror corporal comparable al de Un hombre lobo americano en París, aunque más matizado por tomas sugeridas y nada explicitas. Mia Goth, en el rol de Melanto, la sirviente desleal de la casa de Ítaca, completa un reparto femenino que, tomado en conjunto, termina siendo parte del motor emocional de la película: mientras los hombres libran o rememoran la guerra, son estos personajes —reinas, diosas, cautivas— quienes cargan con su carga silenciosa.

El tratamiento de las criaturas mitológicas es donde Nolan arriesga más y obtiene algunos de sus mejores resultados. De los 24 cantos de La Odisea, estos episodios mitológicos son tomados de los cantos 5 al 12. Este dato es importante para señalar que lo mágico es apenas una porción de este libro que tiene tres partes: la telemaquia (la búsqueda que hace el hijo en pos de su padre), los regresos de Odiseo y la matanza de los pretendientes de Penélope. Vamos a revisar brevemente la parte mítica de este libro de Homero. Polifemo, el Cíclope con el genial detalle de su ojo virado completamente en la frente, es un gigante de dieciocho metros construido mayoritariamente con efectos prácticos y prótesis —interpretado físicamente por Bill Irwin—, en un homenaje declarado a Ray Harryhausen (legendario maestro del stop motion de los años 50) que privilegia la presencia física sobre el CGI puro (aunque hay cierto aire a El laberinto del fauno de Guillermo del Toro); la secuencia en su cueva funciona más como un episodio de supervivencia claustrofóbica y menos como freak show o espectáculo de monstruos, y es de las que mejor sostienen esa apuesta por lo analógico. Circe (Samantha Morton) y Calipso (Charlize Theron) representan los dos polos del cautiverio femenino en el viaje: la primera convierte a la tripulación en cerdos en una secuencia de metamorfosis corporal que roza el mejor body horror, como lo dije en el párrafo anterior. Las sirenas, a las que solo vemos de lejos, son la elección más discutida: Nolan las despoja de la fisonomía híbrida de ave y mujer que tienen en el poema y las presenta con forma humana convencional, apareciendo apenas unos segundos en pantalla, de manera que el peligro quede sugerido por el canto y no por el diseño de las criaturas; es una decisión coherente con ese gesto instintivo de racionalizar lo fantástico, aunque también la que más se aleja de la imaginería tradicional del mito. Escila (el monstruo de varias cabezas) y Caribdis (el remolino que traga barcos enteros) se resuelven en una sola secuencia, al paso, como quien no quiere la cosa, y es el propio Odiseo quien decide en secreto, sin consultar a su tripulación, hacia cuál de los dos peligros dirigir la nave, una elección moral que el guionista deja pesar sobre él en el resto del metraje. El descenso al Hades, filmado en las playas negras de Islandia, es quizá el pasaje más logrado de todo el filme: ahí, Odiseo se encuentra con el adivino ciego Tiresias (de espectacular aparición con un manto que le cubre los ojos), quien le plantea justamente esa disyuntiva entre Escila y Caribdis, y con las sombras de compañeros caídos en Troya, entre ellos Agamenón y Sinón —este último interpretado por Elliot Page, personaje que la película amplifica respecto al poema original, donde nunca figura—; es el punto en que el viaje marítimo y el trauma de la guerra troyana confluyen de manera más explícita, aunque a costa de sacrificar el encuentro con Aquiles y con la madre de Odiseo, ambos presentes en Homero, pero ausentes en Nolan.

Párrafo aparte merece el Caballo de Troya que se trata de un episodio exclusivamente de La Ilíada. Nolan se esmera (y lo consigue) al darle al episodio un tratamiento visual distinto. Ya no estamos frente al caballo de juguete gigantesco con cuatro ruedas que es abandonado al pie de los portones de la ciudad amurallada. El dispositivo de madera está semienterrado en la arena con un montón de soldados comandados por Odiseo. El caballo es custodiado por el ya mencionado Sinón (Elliot Page), personaje que aparece en La Eneida, pero que en el guion de Nolan se convierte en el representante de los soldados caídos en pleno combate. Él muere al ofrendar el caballo como un regalo. En el Inframundo le reclamará a Ulises el porqué fue engañado (nunca le comunicaron que había soldados dentro del caballo), y recibirá como respuesta un tibio «Quería que creyeran». Aunque Sinón no aparece en textos homéricos, sí está en el Libro II de Virgilio con la misma misión cinematográfica de custodiar el caballo. Parece que Nolan ha querido fusionar a Sinón con otro personaje de La Eneida que se llama Elpénor quien es mencionado en el segundo poema homérico como el más joven de los soldados de Ulises. En la obra literaria Elpénor muere en la isla de Circe (se cae borracho del techo del palacio de la hechicera) y al llegar al Hades le reprocha a Odiseo lo mismo que Elliot Page en el filme. Es probable que Nolan haya hecho estos cambios valederos en el montaje final para despistar a tantas teorías de fanáticos en social media.

Es importante mencionar que el Caballo de Troya no aparece en el primer libro de Homero. La Ilíada termina mucho antes de la caída de Troya. Ese poema épico se enfoca en un corto periodo de tiempo del décimo año de la guerra, centrándose en la ira de Aquiles y los funerales de Héctor. Es en el canto VIII de La Odisea en el que aparece referido el episodio del caballo en boca de Demódoco, el aeda ciego, en la corte de los feacios. Acompañado de una lira, el bardo se encarga de referir la historia ante un incógnito Odiseo que se pone a llorar de la emoción al ver cantada su hazaña. Tal parece que Cristopher Nolan ha tenido que bucear en La Eneida para captar un material más rico para su guion. En el Libro II de Virgilio está ampliada la historia del caballo, su construcción, su inserción dentro de la ciudad de Troya y la actuación de Sinón como espía griego para convencer al enemigo de aceptar la ofrenda del juguete gigantesco. En la película (aquí tenemos un interesante ajuste) la historia del caballo le es narrada a Telémaco por parte de Menelao, en presencia de su esposa Clitemnestra.

Vamos cerrando este artículo sobre el filme de Nolan. El diseño del personaje principal dista mucho de la concepción homérica. Odiseo en el libro es un ladrón, alguien que gusta de tomar siestas, un marinero, un embustero, alguien que llora extrañando el hogar, un padre, un esposo, un líder, un atleta, un guerrero, un migrante, alguien que tiene una relación especial con la diosa Atenea quien lo ayuda en todos sus ardides, un pirata, un rey, un mendigo… Nolan elimina el dato de esclavitud sexual vivida con Calipso durante sus siete años de cautiverio. Borra la conversación que tiene con Polifemo quien le pregunta por su nombre y él responde que se llama Nadie. Se borra del mapa mitológico a Poseidón quien furioso arremete contra Ulises y le impide volver a casa por haber herido a su hijo Polifemo. Los griegos de Nolan saquean la ciudad de los cicones, pero nunca vemos que quieran irse de ella, tampoco los vemos drogados en la isla bajo los efectos de la flor de loto (algo que sí sucederá con Calipso).El arribo de Odiseo, primero a tierra de los cicones y luego a la de los lotófagos sucede apenas diez días después de abandonar Troya. En la película, ambas paradas estratégicas apenas son nombradas. Después de ser liberado por Calipso tras siete años, Ulises navega en una balsa sin vela, pero no llega primero a Ítaca (como muestra la película) sino al país de los feacios, Esqueria. En el relato de Homero, Ulises, instalado ya en la corte de los feacios, les cuenta sus aventuras al rey Alcínoo y la reina Arete. Cuando termina de relato, es Alcínoo (y no Calipso) quien le proporciona una nave llena de regalos y lo envía a Ítaca sumido en un sueño reparador. En La Odisea de Nolan, Penélope menciona que su hijo, Telémaco, fue a ver a su abuelo paterno quien nunca aparece en pantalla. Apenas lanza el dato de que el sudario que está tejiendo es (sin dar el nombre) para Laertes.  

El asesinato de los pretendientes es el clímax del filme. El detalle del arco que solo puede ser tensado por el protagonista es uno de los mejores momentos del clímax narrativo, además del asesinato a mano limpia, uno por uno, de cada pretendiente de Penélope. Si Nolan no hubiera interpolado previamente todo el pasado militar de Ulises, no sería para nada creíble esa odisea final. El capítulo 24 del libro original siempre se consideró, por parte de los historiadores de la literatura, un añadido forzado por la tradición oral. El segundo descenso a los infiernos es innecesario, aseguran los expertos. Esposo y esposa ya se han reconocido, dando por finalizada la Odisea. Todo lo que sigue a este escena en el canto 24 parece añadido: el segundo descenso al Hades, la visita de Ulises a su fallecido padre Laertes, el intento de los itacienses de vengar la matanza de los pretendientes y el pacto final al que se llega parece forzado. Esta última observación es parte de una sensibilidad moderna que busca la obra de carácter de acabado que no hay que exigirle a la literatura oral de hace diez siglos.

Cerremos, ahora sí, con interpretaciones diacrónicas para culminar en la de Nolan: los filósofos platónicos veían a Ulises como una plasmación poética del viaje del alma hasta lo unión con el Uno; los estoicos vieron en Ulises al paradigma del sabio, indiferente al sufrimiento físico; los cínicos lo encuadraron como el prototipo del héroe indiferente a la fatiga, a los insultos y a los peligros; los sofistas lo veían como un camaleón que se adapta a cualquier situación sin problematizarse. Para Nolan es el retrato del hombre de familia que ansía volver y hace todo lo que está a su alcance para cerrar, con sus hombres, el regreso a casa, como dice el personaje de Matt Damon: «Después de años de guerra, nadie podía interponerse entre mis hombres y mi casa. Ni siquiera yo». Es el guerrero egoísta que desafía a los dioses y que vela por el bienestar de sus hombres al mismo tiempo que los arriesga: «Tus hombres no quieren que desafíes a los dioses. Pero los dioses dicen que solo tú llegarás a casa», le dice Tiresias, a lo que el héroe responde: «Entonces desafiaré a los dioses». Es el soldado que es parte de un embrollo mayor bien descrito por Menelao como «una guerra comercial de mi hermano Agamenón para dominar el estrecho del Helesponto».

Frente a otras adaptaciones recientes del regreso de Ulises (me es inevitable pensar en la que hizo Ralph Fiennes en 2024), Nolan elige la expansión: nos cuenta el nostos sin cargar sobre él el peso entero de la guerra que lo precede. Esa es la apuesta central de La Odisea, y también su mayor riesgo, porque exige que el espectador sostenga dos relatos épicos a la vez sin perder el hilo de ninguno. El núcleo familiar es defendido por Nolan en la última escena que contiene uno de los ajustes más sorprendentes en relación con el original homérico. Penélope acompaña a Ulises en su segundo descenso hacia a los infiernos, mientras Telémaco se queda en casa como Rey de Ítaca. La mujer pudo haberse quedado en casa, pero decide acompañar a su esposo a rendirle homenaje a los soldados caídos bajo su mando. El unigénito decide aceptar por anticipado el poder que le corresponde. El mensaje del guionista y director está claro: el héroe no se puede quedar quieto y la razón de su vida siempre será navegar por los mares y regresar. Nunca dejará de retornar. Hasta una nueva versión de La Odisea.

Dos tambores que suenan así: El de Günter Grass (1959) y el de la adaptación audiovisual de Volker Schlöndorff (1979)

a Cecilia Ansaldo Briones

La vi en uno de esos festivales de cine alemán que el Banco Central organizaba con las embajadas a fines de los años ochenta del siglo anterior. Fue en el auditorio del tercer piso de esa entidad bancaria. Siempre con el recuerdo del niño tocando furiosamente su batería, o gritando de tal manera que hacía pedazos los vidrios de las ventanas del vecindario, la abuela Ana acogiendo a un fugitivo debajo de su falda, Agnes (la mamá del protagonista) muriendo intoxicada por comer una excesiva cantidad de anguilas, o la escena íntima de Oskar y Maria con el polvo efervescente que generó una controversia que no todos los críticos de cine recogen: en 1980 la película fue primero recortada y luego prohibida como pornografía infantil por la Junta de Censura de Ontario en Canadá, y el 25 de junio de 1997, tras un fallo del juez de distrito Richard Freeman, que según se informó solo había visto una escena aislada, la película fue prohibida en el condado de Oklahoma invocando las leyes de ese estado contra la obscenidad. Esta controversia ilumina algo del propio texto de Grass: lo que la prosa mediaba a través de la ironía narrativa y la distancia temporal del narrador adulto, la adaptación lo presenta sin ese filtro, y el escándalo mide la distancia entre ambos lenguajes, el cinemático y el literario.

El tambor de hojalata (Die Blechtrommel, 1959) de Günter Grass (1927-2015), representa una de las obras más complejas y ambiciosas de la literatura alemana del siglo XX. Su estructura tripartita no es pirotecnia organizacional, sino que constituye un elemento fundamental para comprender la evolución temática, estilística y simbólica de la propuesta novelesca. La división en tres libros —el primero con 16 capítulos, el segundo con 18 y el tercero con 12 episodios— refleja una arquitectura narrativa cuidadosamente planificada que acompaña al desarrollo del protagonista Oskar Matzerath y, paralelamente, la transformación histórica de Alemania del año 1924 a 1954. La estructura de tres partes funciona como espejo de la historia alemana del siglo XX: la República de Weimar (primer libro), el Tercer Reich (segundo libro) y la reconstrucción en la postguerra (tercer libro). Esta correspondencia entre estructura narrativa e historia refuerza la dimensión alegórica de la obra, logrando uno de los mayores aciertos de cualquier literatura contemporánea: hacer que la forma narrativa sea inseparable del contenido histórico y existencial de la obra. Esto demuestra que la arquitectura textual no es nunca neutra, sino que participa activamente en la construcción del sentido.

La secuencia numérica 16-18-12 de los tres libros no representa una progresión aritmética simple, sino una curva narrativa que refleja la trayectoria vital de Oskar y la evolución histórica alemana. El crecimiento del primer al segundo libro (16 a 18) simboliza la intensificación del conflicto y la complejidad creciente de la experiencia histórica. La reducción en el tercer libro (12 episodios) sugiere tanto la conclusión del ciclo narrativo como la imposibilidad de una reconstrucción completa tras la catástrofe. La estructura tripartita crea un juego de simetrías y asimetrías que refuerza el significado de la obra. La asimetría numérica (16-18-12) refleja la irregularidad de la experiencia histórica, mientras que la división tripartita evoca la estructura clásica de planteamiento, nudo y desenlace, aunque subvertida por la naturaleza circular de la narración. Cada libro presenta características estilísticas distintas que se relacionan con su estructura específica. El primer libro, con sus 16 capítulos, mantiene un estilo más consistente, próximo al realismo mágico; el segundo libro, con sus 18 capítulos, presenta mayor variedad estilística, incorporando elementos grotescos y satíricos tomados de la picaresca española; el tercer libro, con sus 12 episodios, adopta un tono más reflexivo y melancólico.

Günter Grass ha tomado como modelo un clásico del siglo XVII, Der abenteuerliche Simplicissimus Teutsch (1668), conocida como Simplicius Simplicissimus de Hans Jakob Christoffel von Grimmelshausen (1621-1676), hecho que revela fascinantes paralelos y contrastes sobre la evolución de la novela alemana a lo largo de tres siglos. Grimmelshausen estructura su obra en seis libros de extensión variable, siguiendo el modelo picaresco español pero adaptándolo a la realidad alemana de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Esta estructura hexapartita contrasta notablemente con la división tripartita de Grass, aunque ambas responden a necesidades narrativas similares: contar, en un lapso de treinta años, la formación de un protagonista excepcional en el contexto de una catástrofe histórica. Ambas novelas son Bildungsromane invertidas o subvertidas. Simplicius sigue una trayectoria ascendente hacia la sabiduría y la salvación (estructura de conversión barroca), mientras que Oskar rechaza activamente el crecimiento físico y moral. La estructura de seis libros de Grimmelshausen permite un desarrollo gradual desde la inocencia hasta la sabiduría. Los tres libros de Grass, en cambio, presentan una estructura más compacta donde el protagonista permanece físicamente inmutable mientras el mundo se transforma a su alrededor.

Simplicius evoluciona a través de los seis libros: de campesino ingenuo a soldado, de cortesano a pícaro, de pecador a penitente. La estructura hexapartita acompaña esta metamorfosis espiritual. Oskar permanece físicamente inmutable (es un niño de tres años) pero psicológicamente complejo. La estructura de El tambor de hojalata puede leerse como una respuesta moderna a la tradición iniciada por Grimmelshausen. Donde el autor barroco ofrecía una estructura ascendente hacia la salvación, Grass presenta una fragmentariedad que refleja la imposibilidad de síntesis tras Auschwitz. Grimmelshausen integra la estructura picaresca española en el contexto alemán, creando el primer gran modelo de novela alemana. Grass reelabora esta tradición germánica de la novela de formación en contexto bélico, pero subvirtiendo radicalmente sus presupuestos morales y estructurales. La confrontación estructural entre ambas obras revela la evolución de la conciencia literaria alemana. La estructura hexapartita y ascendente de Simplicius refleja la cosmovisión barroca, donde el caos histórico puede ser integrado en un orden moral superior; la tripartita y fragmentaria de Grass refleja la conciencia moderna de la irreductibilidad del trauma histórico.

Pasamos ahora a revisar la novela de Grass. El «Libro Primero», al que podemos subtitular «Los cimientos de la memoria histórica», está estructurado en 16 capítulos, establece los fundamentos narrativos y temáticos de toda la obra. Esta sección abarca desde el nacimiento de Oskar en 1924 hasta aproximadamente 1939, coincidiendo con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. La premisa dramática es la razón por cual esta novela perdura. Oskar decide detener a los tres años, físicamente, su crecimiento, convirtiéndose en el niño-adulto que copará toda la novela. Dice la voz narrativa (en traducción de Joaquín Mortiz):

Yo me planté a mis tres años, en la talla de Gnomo y de Pulgarcito, negándome a crecer más, para verme libre de distinciones como el pequeño y el gran catecismo, para no verme entregado al llegar a un metro setenta y dos, en calidad de lo que llaman adulto (…) Me aferré a mi tambor y, a partir de mi tercer aniversario, ya no crecí ni un dedo más; me quedé en los tres años, pero también con una triple sabiduría; superado en la talla por todos los adultos, pero tan superior a ellos; sin querer medir mi sombra con la de ellos, aun en la edad avanzada, van chocheando a propósito de su desarrollo; comprendiendo ya lo que los otros sólo logran con la experiencia y a menudo con sobradas penas; sin necesitar cambiar años tras año de zapatos y pantalón para demostrar que algo crecía.

El libro establece el universo familiar y social de Oskar. Cada capítulo funciona como una pieza del mosaico que configura la región de Danzig (actual Gdansk) de entreguerras. Los capítulos iniciales (“La falda de mi abuela”, “Bajo las balsas”, “La polilla y la bombilla”) presentan la genealogía familiar con un tono que mezcla el realismo mágico con la sátira social.La estructura circular se manifiesta desde el primer capítulo, donde Oskar narra desde su cama de hospital, estableciendo el marco temporal que encuadra toda la obra. Esta técnica de encuadre narrativo (Rahmenerzählung) es característica de la tradición literaria alemana y permite a Grass jugar con los niveles temporales y la perspectiva narrativa. Los 16 capítulos del primer libro construyen gradualmente el símbolo central de la obra: el tambor. La progresión numérica hasta el 16 simboliza el camino hacia la madurez que Oskar rechaza, mientras que la estructura episódica refleja los fragmentos de memoria que conforman la identidad del protagonista.

Grass aprovecha para, en esta primera parte, insertar su teoría de la novela en boca del protagonista:

Uno puede empezar una historia por la mitad y luego avanzar y retroceder audazmente hasta embarullarlo todo. Puede también dárselas uno de moderno, borrar las épocas y las distancias y acabar proclamando, o haciendo proclamar, que se ha resuelto por fin a última hora el problema del tiempo y del espacio. Puede también sostenerse desde el principio que hoy en día es imposible escribir una novela, para luego, y como quien dice disimuladamente, salirse con un sólido mamotreto y quedar como el último de los novelistas posibles. Se me ha asegurado asimismo que resulta bueno y conveniente empezar aseverando: Hoy en día ya no se dan héroes de novela, porque ya no hay individualistas, porque la individualidad se ha perdido, porque el hombre es un solitario y todos los hombres son igualmente solitarios, sin derecho a la soledad individual, y forman una masa solitaria, sin hombres y sin héroes. Es posible que en todo eso haya algo de verdad. Pero en cuanto a mí, Oscar, y en cuanto a mi enfermero Bruno, quiero hacerlo constar claramente: los dos somos héroes, héroes muy distintos sin duda, él detrás de la mirilla y yo delante; y cuando él abre la puerta, pese a toda la amistad y a toda la soledad, no por eso nos convertimos, ni él ni yo, en masa anónima y sin héroes.

Lo que propone este acta de metas es la novela de estructura lineal en detrimento de la experimentación. Nótese la ironía de «resolver por fin el problema del tiempo y del espacio», yéndose en contra de las novelas que juguetean en exceso con los límites narrativos. El final de la cita denota una celebración de la condición de antihéroe que proclama su conexión con la novela picaresca española, conexión que está ausente en la adaptación fílmica.

El segundo libro, al que hemos subtitulado «El laberinto de la guerra», es el más extenso, con 18 capítulos, y abarca el período más traumático tanto para Oskar como para Alemania: los años de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). El incremento en el número de capítulos refleja la complejidad y densidad de este período histórico, así como la intensificación de la experiencia vital del protagonista. La estructura de 18 capítulos permite a Grass desarrollar con mayor amplitud los episodios más significativos de la guerra y la ocupación. Capítulos como “La tribuna”, “El primer y segundo Fausto” y “¿Debería hacerlo o no debería hacerlo?” muestran una arquitectura narrativa más compleja, donde la linealidad cronológica se quiebra para dar paso a una estructura más laberíntica, reflejo del caos bélico. La numerología del 18 adquiere significado en el contexto de la tradición judía (donde el 18 representa la vida, chai), ironía amarga en un libro que narra precisamente la destrucción sistemática de la vida judía en Europa. Esta tensión estructural refuerza la crítica implícita de Grass al nacionalsocialismo.

En este segundo libro, la voz narrativa de Oskar adquiere mayor complejidad. Los capítulos alternan entre la observación aparentemente inocente del niño y la comprensión lúcida del adulto que narra. Esta dualidad estructural se refleja en la organización capitular, donde episodios de aparente levedad (“La hormiga senda”, “¿Cómo mataron a nuestro Meyn?”) se alternan con otros de profunda gravedad histórica. Persiste esa conciencia metaficcional que se aprecia en párrafos como el siguiente:

He releído hace un momento el último capítulo acabado de escribir. Si a mí no me satisface por completo , tanto más debiera satisfacer, en cambio, a la pluma de Óscar, ya que ésta ha logrado en él, si no mentir abiertamente, si al menos exagerar concisa y brevemente aún, en ocasiones dar de los hechos un resumen deliberadamente conciso.

Recursos como el anterior no dejan de ser fascinantes: el narrador se desdobla y se observa desde afuera, hablando en tercera persona de sí mismo, y manteniendo la tónica de la obra: una voz que es consciente de estar enhebrando una novela.

El tercer libro, al que hemos subtitulado «La reconstrucción fragmentaria», marca un cambio estructural fundamental. Con solo 12 episodios, es la sección más breve, abarcando desde 1945 (año de conclusión de la Segunda Guerra Mundial) hasta el presente narrativo de Oskar en el hospital (mediados de los años 50). La elección del número 12 evoca múltiples resonancias simbólicas: los 12 apóstoles, los 12 meses del año, los 12 signos zodiacales. En el contexto de la obra, representa un ciclo completo, la conclusión de un proceso. Los 12 episodios narran la transformación de la Alemania devastada en la República Federal, así como la metamorfosis final de Oskar. Los episodios sugieren una estructura más fragmentaria, menos orgánica que los dos libros anteriores. Esta fragmentación estructural refleja la realidad de la Alemania de postguerra: un país dividido, fragmentado, que debe reconstruir su identidad sobre los escombros del pasado. Los 12 episodios del tercer libro presentan una estructura más abierta, menos conclusiva que los dos anteriores. Episodios como “Madonna 49”, “El dedo anular” y “El último tranvía o adoración de un tarro de conservas” muestran una realidad social en transformación, inestable, que la estructura episódica refleja perfectamente.

Vamos ahora a la comparación con la adaptación cinematográfica de 1979 que obtuvo el reconocimiento más alto posible en dos frentes: en el Festival de Cannes de 1979 compartió la Palma de Oro con Apocalypse Now, convirtiéndose en la primera película dirigida por un alemán en ganar ese premio, y en 1980 se convirtió en la primera cinta en lengua alemana, en ganar el Óscar a la mejor película de habla no inglesa, honor que se repetirá tres veces con Nirgendwo in Afrika (2001) de Caroline Link, Das Leben der Anderen (2006) de Florian Henckel von Donnersmarck y Im Westen nichts Neues (2022) de Edward Berger.

El exasistente de cineastas de la Nouvelle Vague, Volker Schlöndorff (1939), acometió con la hazaña de adaptar esta enorme obra. Lo hizo tomando como referencia gran parte de la novela, dejando afuera lo que no le servía a su visión de la Alemania destruida por el nacionalsocialismo. Por haber asistido a Jean-Pierre Melville, Louis Malle y Alan Resnais tenía una predilección por la adaptación de obras literarias. La primera fue Las tribulaciones del joven Törless (1966), basada en la novela homónima de Robert Musil, en la que se inspiraría Mario Vargas Llosa para escribir algunos cuentos de Los jefes y la novela La ciudad y los perros. Luego filma (basada en la novela de Heinrich Böll) El honor perdido de Katharina Blum (1975) que tiene en su reparto a Heinz Bennent, padre del actor que luego hará de Oskar en El tambor de hojalata. Para la televisión filmará un episodio de Nouvelles de Henry James (1976) al que titulará «Las razones de Georgina». Luego hará Un amor de Swann (1984) adaptando la novela homónima (que se consideraba imposible de trasladar a la pantalla) de Marcel Proust y Muerte de un viajante (1985) a partir de la obra de teatro de Arthur Miller. Poco crédito se le da por haber sido el primero en hacer una adaptación de El cuento de la criada (1990) sobre la novela de Margaret Atwood.

La decisión estructural más determinante de Volker Schlöndorff fue abordar únicamente los dos primeros libros de El tambor de hojalata. La película termina con la muerte de Alfred Matzerath (padre del protagonista) y el entierro simbólico del tambor en la tumba, con la decisión de Oskar de volver a crecer. Se baja el telón en 1945, en el momento exacto en que la novela apenas alcanza su ecuador. Esta amputación consciente de la sección final de la novela transforma todo el sentido de la obra fílmica. El libro de Grass necesitaba el tercer libro para consumar su crítica de la razón política —la continuidad del oportunismo alemán en la República Federal, la conversión de excomplacientes del nazismo en respetables ciudadanos de la reconstrucción nacional—. Al detenerse en el colapso del Reich, el filme convierte a la novela de Grass en una película sobre el ascenso y la caída del nazismo vista desde las clases menos privilegiadas, pero renuncia a la denuncia sobre la Alemania de posguerra que era, para Grass, el verdadero blanco político del libro. La escena que cierra la cinta es la del éxodo de los ciudadanos de Danzig por la vía férrea. En ese escape el protagonista (con la cabeza vendada por la pedrada recibida por su hermanito menor) cree ver a su abuela muerta en la estación del tren.

Otro aspecto ausente es la relación del niño con su instrumento. En la novela en todo momento está dialogando con él. «No es ésta la primera vez que me pregunto a mí mismo y le pregunto al tambor esto que es para mí tan importante». En otro pasaje se defiende el origen étnico del instrumento: «Tal vez haya negros en lo más oscuro del Africa, o algunos en América que no han olvidado al África todavía; tal vez les sea dado a estas gentes rítmicamente organizadas poder tocar el tambor en forma disciplinada y desencadenada a la vez, igual o de modo parecido al de mi mariposa, o imitando a mariposas africanas, las cuales, como es sabido, son más grandes y más hermosas que las mariposas de la Europa oriental: por mi parte debo atenerme a mis cánones europeos-orientales y contentarme con aquella mariposa no muy grande, empolvada y parduzca de la hora de mi nacimiento a la que yo llamo Óscar». En tal caso, este tipo de reflexiones están ausentes en la película.

La cinta, al igual que la novela, está construida sobre una voz adulta que recuerda, distorsiona y comenta las acciones: Oskar de treinta años reconstruyendo al Oskar de tres, con toda la ironía y dudas retrospectivas posibles. El cine no puede sostener con la misma eficacia esa doble temporalidad. Hay un contraste notable entre el narrador literario adulto frente al narrador fílmico niño, en el filme la transposición pierde buena parte de la distancia crítica que el adulto retrospectivo aporta al texto. Schlöndorff compensa esta pérdida con recursos puramente visuales: ángulos bajos que refuerzan la perspectiva infantil, la desproporción física entre Oskar y los adultos, y el grito que rompe cristales como correlato cinematográfico del artificio narrativo de la novela. Funciona como lenguaje fílmico autónomo, pero es un desplazamiento, no una traducción. Y ese es su gran aporte.

El suizo David Bennent fue seleccionado para el rol de Oskar Matzerath a los once años de edad sin experiencia actoral previa. Una extraña condición médica hacía que Bennent luzca como un niño de seis. El novel actor carga en sus hombros el peso de todo el filme, entregándonos una actuación fuera de lo ordinario. Su chillona voz en off sostiene el largometraje con sus comentarios y observaciones. Sus ojazos claros siempre abiertos proyectan un mundo descarnado. El personaje es sumamente complejo porque puede ir de la dulzura infantil más elemental a la violencia desenfrenada. Lo odiamos y lo queremos. Nos causa simpatía y repulsión, al mismo tiempo. Desde el momento en el que se arroja escaleras abajo en la bodega (donde ha entrado a buscar carbón en la novela) entendemos que no quiera ser cómplice del mundo de las apariencias de los adultos. Esa caída (justo en su tercer cumpleaños) marca el punto de giro en su comportamiento. Todo el tiempo estará pegado a un tambor que romperá cada semana para reemplazarlo inmediatamente. Pegarle a ese instrumento de hojalata es su forma de rebelarse ante el nazismo que está en plena ascensión.

El núcleo central del filme es quizá su sección más admirable. Cuando Oskar decide irse de casa para recorrer el mundo (premisa picaresca) es reclutado por un enano llamado Bebra (dueño de un espectáculo de variedades) quien le cuenta que decidió dejar de crecer a los diez años. En este personaje el protagonista encuentra su igual. Le presenta a la enana Roswitha que pasa a ser su objeto del deseo. Las escenas más pintorescas y carnavalescas tienen lugar en esta parte del filme. Este teatro ambulante lo lleva a Oskar a París donde tiene un romance con la enana. El vaudeville de Bebra (con un telón de fondo que tiene el símbolo de la esvástica) conquista la Ciudad Luz de la misma forma en que Hitler lo hizo. De hecho, se intercalan unas imágenes de archivo del Führer al pie de la Torre Eiffel, seguidas de la troupe de Oskar disfrutando de ese sitio turístico. No deja de ser turbadora la imagen de Roswitha con el protagonista en el lecho del placer. Aunque el espectador ya había recibido, previamente, su dosis de estupefacción con la escena en la que María (la nueva pareja de Alfred Matzareth) hace el amor con su hijastro que deposita polvo efervescente en su vientre para succionarlo.

No todas las películas basadas en obras literarias tienen como consultor al novelista. Esta contó con la participación directa del autor: Schlöndorff fue asesorado por Grass durante buena parte de la preproducción y la escritura del guion, y aparece acreditado por “editar y complementar” los diálogos. Esa cercanía explica por qué el filme, pese al recorte estructural (le falta, como ya lo hemos dicho, el libro tercero), mantiene una gran fidelidad en escenas y personajes de los dos primeros libros: la anguila, el ataque al correo polaco, el episodio del circo con Bebra. Otro acierto es el tener a Jean Claude Carrière (1931-2021), usual colaborador de Buñuel, como coguionista. El escritor francés fue legendario por verter obras literarias difíciles a la pantalla, como lo demuestran los filmes en cuyos guiones colaboró ya sea individualmente o como parte de un grupo de guionistas: Un amor de Swann (1984), La insoportable levedad del ser (1988), Valmont (1989), Cyrano de Bergerac (1990), entre otros.

Aspectos técnicos por resaltar. La música de Maurice Jarre (1924-2009) que va de lo infantil a lo estridente, sin descuidar lo sinfónico. El diseño de producción de Nicos Perakis y los decorados de Bern Leper. La reconstrucción de la época es sencillamente única, no solo en los objetos de utilería sino también en el vestuario. Como curiosidad de reparto está la presencia del cantante Charles Aznavour en el rol de Markus, admirador de Agnes, la madre del protagonista (él es el que le provee al niño de tambores de hojalata cada vez que destroza uno). La fotografía está a cargo del eslovaco Igor Luther que decide en algunas escenas interpolar imágenes de archivo en blanco y negro sobre los movimientos bélicos del Tercer Reich. Resulta notable la escena en la que se enfoca a las juventudes hitlerianas marchar en Danzig mientras se intercala material de archivo en blanco y negro de la misma muchedumbre. La imagen está granulada y a menudo saturada para acentuar el tono grotesco y satírico de la historia. En el primer acto hay un par de guiños del cine mudo con el recurso del iris de gato y el aumento del número de cuadros por segundo. Resulta realmente una revelación empezar a ver el filme y encontrarnos con la pantalla que se oscurece hasta formar un círculo tal y como sucedía en el cine silente. Igual sensación causan los personajes de los abuelos del protagonista en la primera escena que caminan graciosamente a dieciocho cuadros por segundo.

La adaptación de Schlöndorff resuelve con inteligencia visual la primera mitad de la novela y sacrifica (lo reiteramos), por decisión consciente, la segunda. Es como si el cineasta hubiera decidido que la trama tampoco debía crecer como su personaje principal. La película de fines de los setenta del siglo veinte queda en los anales como una historia del ascenso del nazismo visto por un niño que se niega a crecer; no es, ni pretende ser una traducción de la arquitectura tripartita que en el original convierte la historia alemana completa —Danzig, la guerra, la posguerra— en un solo cuerpo narrativo continuo. El cineasta alemán ha logrado una especie de díptico de 2 horas con 22 minutos que sigue siendo uno de los mejores filmes sobre la Segunda Guerra Mundial, desde la visión alemana.

El tambor de hojalata es también una de las más recordadas muestras del llamado Nuevo Cine Alemán. En el año 1962 un grupo de cineastas (entre ellos Schlöndorff) firmó el Manifiesto de Oberhausen que hacía un llamado al abandono del cine de entretenimiento en pos de un arte de comentario social. La construcción del Muro de Berlín, en 1961, destapó una serie de preguntas que merecían ser puestas en escena en la pantalla grande. Entre esas interrogantes estaba el ascenso del nazismo que tan bien explora el filme que acabamos de analizar.

Texto leído el 28 de junio de 2025, en el Centro Cultural Ecuatoriano Alemán de Guayaquil.

EL DÍA DE LA «DEFRAUDACIÓN» DE SPIELBERG, UN FILME TRASNOCHADO Y ANACRÓNICO

Spielberg lleva medio siglo perfeccionando la mecánica del asombro y acaba de arruinarla a sus ochenta años. En Close Encounters of the Third Kind (1977) bastaba una melodía de cinco notas y el rostro enrojecido de Richard Dreyfuss mirando hacia el cielo para que el cine se volviera una religión laica. Disclosure Day llega en 2026 con un presupuesto de 115 millones de dólares, fotografía de Janusz Kamiński, partitura de John Williams y el mismo tema central: hay vida extraterrestre (oh, sorpresa) y los gobiernos lo saben (qué gran descubrimiento). La maldita pregunta es por qué esta historia debe contarse ahora, de esta manera, con esa urgencia de quien cree que está haciendo algo original, creativo y fuera de serie.

La trama sigue a Margaret Fairchild (Emily Blunt), meteoróloga de provincia que desarrolla la capacidad de hablar cualquier idioma y conocer detalles íntimos de personas desconocidas, síntoma de una conexión no humana cuya naturaleza el guion de David Koepp tarda en revelar con una parsimonia que no es desgranar la trama sino una simple pirueta en el vacío. Junto a ella, Daniel (Josh O’Connor), experto en ciberseguridad que ha descubierto evidencia (insertar emoticono risueño) de décadas de encubrimiento extraterrestre, perseguido por el villano Noah (Colin Firth), funcionario gubernamental a base de motivaciones que al filme no le da la gana de precisar.

El problema no es que la historia sea un fraude. El meollo es que llegó con décadas de retraso. La película construye repetidamente momentos diseñados para impactar al espectador, pero el público contemporáneo lleva generaciones consumiendo conspiraciones alienígenas, secretos gubernamentales y narrativas de verdades ocultas. The X Files terminaron hace veintiséis años. La administración Trump ya publicó sus propios documentos sobre UAP´s (Unidentified Anomalous Phenomena) que es como ahora se llaman los UFO o fenómeno OVNI. El congreso norteamericano debatió abiertamente la existencia de programas secretos de recuperación de objetos extraterrestres. Spielberg llega al campamento después de que todos han instalado sus carpas.

Es uno de esos casos donde el director cede a pretensiones intelectuales, o más exactamente, a las pretensiones que un hombre de su estatura se cree obligado a revelar. El resultado es una película que oscila entre el thriller de conspiración setentera y la reflexión sobre la verdad colectiva sin decidirse por ninguno de los dos estilos. El primer acto funciona: hay tensión, hay misterio, hay una dirección de cámara que recuerda por qué Spielberg sigue siendo un maestro de la gramática visual. Luego el guion empieza a resquebrajarse y el director quiere usar sin éxito la técnica del kintsugi (remachar las piezas rotas de una cerámica con polvo de oro, plata o platino).

Al menos en tres momentos distintos de la trama, hay personajes que deberían haber sido capturados, pero que se salvan gracias a una escritura deficiente (la inverosímil escena del tren que arrasa el auto de los protagonistas) o una puesta en escena de principiantes (Josh O´Connor se esconde de agentes federales corriendo junto a una cerca descubierta y robando un auto justo frente a ellos). En una película de acción genérica esto podría pasarse por alto; en una producción que se presenta como una secuela de Close Encounters of the Third Kind resulta desconcertante. El espectador no se inclina hacia adelante en su butaca sino que empieza a calcular los agujeros de la lógica. Y ver los momentos en los que aparecen los extraterrestres lo obligan a uno a salir a la taquilla y pedir un reembolso por estafa. Si por lo menos hubiera existido un homenaje a E.T.

Blunt sostiene la película más de lo que el pobrecillo guion merece. Suerte la de Spielberg de contar con ella porque de lo contrario el resultado sería peor. Destaco la actuación de la hija de Bono, el vocalista de U2, Eve Hewson, que lleva adelante con dignidad su rol de compañera del protagonista fugitivo. O’Connor cumple su función de hombre común que se enfrenta a los elementos más descabellados. Elizabeth Marvel, en su papel de la Hermana Maura, es pequeño, pero inolvidable por mostrar el punto de vista cristiano en esta ensalada paranormal. Firth hace lo posible con el rol de antagonista que le asignaron, aunque nunca se le permite ser verdaderamente villanesco. John Williams, a sus 94 años, entrega, como siempre, exactamente lo que le piden, sobre todo en piezas magistrales como «Listen» y «Empathy».

El talento colectivo involucrado en este proyecto es innegable: las actuaciones funcionan, la fotografía y la música se elevan, pero no lo suficiente; pese a lo anterior, la historia nunca evoluciona más allá de ideas exploradas repetidamente durante décadas. En lugar de sentirse como la declaración definitiva de Spielberg sobre la vida extraterrestre, la película parece una reliquia de otra era que llegó cuarenta y nueve años tarde si tomamos en cuenta que Encuentros cercanos del tercer tipo es de 1977. Esto convierte a Spielberg en un cineasta anacrónico, trasnochado y completamente desactualizado. Aún no despierta de su estado de hibernación.

El filme ganador del León de Oro en Venecia llega a Guayaquil


Father Mother Sister Brother (2025), de Jim Jarmusch, maestro del cine indie, disponible en Supercines, y ganadora del León de Oro en Venecia el año pasado, empieza con el cover de «Spooky» de Dusty Springfield, grabado por Anika con una luminosidad incompatible con la oscuridad de la historia. La escena final es de dos hermanos, en un Volvo viejo, escuchando de un cartucho de ocho pistas el tema original favorito de mamá y más que simetría, es una epifanía: los padres tenían una vida que sus hijos no conocieron, y esa vida sonaba a Dusty Springfield.
El filme es un tríptico: tres cortometrajes autónomos que ocurren en el presente, en tres países distintos. «Father» se desarrolla en el noreste de Estados Unidos, «Mother» en Dublín, y «Sister Brother» en París. Cada episodio examina el reencuentro entre hijos adultos y sus padres, o los restos que estos dejan, como en la tercera historia. La estructura es repetitiva, casi de manual: hijo o hija llegan en auto, hay una espera, una conversación tensa y entrecortada, silencios que pesan más que los diálogos, y los padres —o su ausencia— resultan ser algo distinto de lo que los hijos creían.
En «Father», Jeff (Adam Driver, el villano Kylo Ren de Star Wars) y Emily (Mayim Bialik, la inolvidable Amy de The Big Bang Theory) visitan a su padre (el cantante Tom Waits), un hombre que aparenta vivir en la precariedad desde la muerte de su esposa. Cuando la hija va a hacer té en la cocina, la cámara detecta entre el desorden acumulado un objeto carísimo. El padre ha dejado el grifo goteando a propósito. Es el tipo de detalle que Jarmusch coloca sin subrayarlo: el padre lleva un Rolex escondido bajo la manga, y el hijo le da un billete de gran denominación cuando se despide. Waits lleva su figura paterna al terreno de la comedia física cuando demuestra que su paz espiritual proviene del acto cotidiano de cortar leña y el esfuerzo se torna un poco excesivo porque parece que va a matar a alguien: los pocos que estamos en la sala reímos con incomodidad.
«Mother» reúne a dos hermanas —Timothea (Cate Blanchett) y Lilith (Vicky Krieps)— con su madre Catherine (Charlotte Rampling) para una reunión de té en una casa de Dublín, decorada a la antigua, con un gusto exquisito. Rampling interpreta su papel de madre con una frialdad caculada, hasta el punto de que las bolsas de pastelería que entrega a sus hijas al final están coordinadas por colores, para diferenciarlas. El intercambio más agudo del episodio ocurre cuando Catherine, vertiendo el té, pregunta en inglés si debe hacer de madre («Shall I be mother?»), y Lilith responde sin vacilar: «You might as well start sometime». Es el tipo de réplica que Jarmusch nos hace oír como si fuera accidental, veinte minutos después de empezado el segundo cortometraje,
El tercer episodio, «Sister Brother», es donde la película cambia de registro. Los gemelos Skye e Indya, de origen afro, más jóvenes que los personajes anteriores, se encuentran en París para revisar la casa de sus padres recién fallecidos. Son más afines entre sí, y no tienen esa maldita distancia que hay a veces entre familiares cercanos que tienen rencillas. Este segmento tiene una calidad visual distinta: mientras los anteriores tienen cierto aspecto digital y neutro (el llamado look Netflix), el último posee una textura cinematográfica que cambia el tono visual de la totalidad. El rodaje en las calles de París contribuye, pero la diferencia viene también de algo más profundo: aquí los hijos no visitan a un padre vivo que los irrita, sino que intentan descifrar retroactivamente a unos padres que ya no pueden ser interrogados. La melancolía es de otro tipo.
Para una película episódica filmada por directores de fotografía distintos, Father Mother Sister Brother (sin ninguna coma que diferencie cada rol) mantiene una coherencia visual sostenida. No es fácil crear interés en escenas donde lo más importante es que nada parece estar sucediendo.
Las objeciones a la totalidad del filme son necesarias: el episodio de «Mother» es el más dramático de los tres, Blanchett queda encajonada en un registro que la estereotipifica. Krieps queda como la loca del pelo rosáceo. Frente a la clase magistral de dama británica de Rampling, Waits queda como el loco excéntrico que al final nos muestra que tiene escondido detrás de su casa un auto de alta gama. El tercer corto es demasiado distinto y parece de otra película. A ratos hay un tono incestuoso que se queda en intrigante y no se resuelve.
Jarmusch describió el proyecto como su “cine mudo». Lo es, y esa decisión se nota en cada escena: las familias que retrata no son disfuncionales en el sentido convencional, son núcleos familiares rotos por el poscapitalismo si nos queremos poner exquisitos. Se quieren, se visitan, se mienten con cortesía, se alejan, mantienen la distancia. Los padres guardan secretos no por malicia sino porque tuvieron una vida antes de ser padres y no encontraron el modo de transmitirla a sus descendientes. Los hijos mantienen a padres que no necesitan dinero (la primera historia), ocultan novias, fingen ser felices en trabajos que odian. Todo esto ocurre sin que nadie levante la voz cuando lo usual (gracias, cine gringo) es que los personajes se griten entre sí y desplieguen altos niveles de histrionismo.
La última escena de la película —Dusty Springfield en el ocho pistas, los gemelos en el Volvo de sus padres, la música de alguien que ya no está— no explica ni resuelve nada. Solo pone nombre a esa distancia entre padres e hijos que no es abandono ni trauma sino un doloroso alejamiento: tuvieron una vida que nunca llegaremos a conocer del todo.​​​​​​​​​​​​​​​​

El fabuloso destino de Amélie Poulain, 25 años después

Artículo publicado en el año 2001 por diario Expreso y reproducido en El gabinete del doctor Cineman (2012) de Marcelo Báez Meza.

Registrada en francés como Amélie de Montmartre o El fabuloso destino de Amélie Poulain (Le fabuleux destin d’Amélie Poulain), estamos ante un filme que ha recibido las loas del público y de los festivales de cine especializados. Desde los premios BAFTA  y los César, pasando por el premio del público del festival de Canberra y el Goya, hasta las nominaciones al Oscar a la mejor película extranjera. Todo el mundo ha estado de hinojos ante el último título de Jean-Pierre Jeunet.

Amélie (2001), como se la conoce comúnmente, tiene el sello visual de su director, un esteta obsesionado siempre por una dirección de arte fuera de lo ordinario (Volker Schafer), y por una fotografía (Bruno Delbonnel) donde el verde oscuro es el rey. La iluminación cálida también es un estilema del realizador, nacido en 1953, como lo vemos en tres de sus filmes anteriores: Alien Resurrection (1997), La ciudad de los niños perdidos (1995) y Delicatessen (1991). En estas dos últimas cintas París era una ciudad que parecía soñada por un pintor postimpresionista y no por un escenógrafo. De más está decir que Amélie tiene un departamento de arte con 17 artistas, entre los que se encuentran carpinteros, escultores y arquitectos; además, cuenta con una decoradora de sets, Marie-Laure Valla, a más de una diseñadora de producción, Aline Bonetto.

La puesta en escena de Amélie va en la misma línea perfeccionista y onírica de sus anteriores cintas. Los espacios son también ejes protagónicos en la historia de una chica que, como una especie de Robin Hood, roba de su corazón para dar a los pobres, a los que no tienen vida. ¿Vale el lugar común a la hora de capturar el sentido del personaje protagónico? Pues sí, ella se encarga de realizar los sueños de cada cual, menos los de ella (¿la metáfora de Alicia en el país de las maravillas se ajustaría mejor que la de Robin Hood?). Amélie no pierde tiempo en concretar los sueños de su compañera de trabajo en la cafetería (lo empata con uno de los asiduos comensales); realiza el sueño de su padre, algo demente, de viajar por el mundo; hace que el viejo y ermitaño pintor del edificio donde ella vive, logre recuperar su fe en el mundo exterior… Todos consiguen lo que quieren, menos ella, que está enamorada de Nino (interpretado por el cineasta Mathieu Kassovitz), un joven que reparte su tiempo entre ser dependiente de una videoteca porno, ser un disfraz de esqueleto viviente en el túnel del horror y ser barrendero en la estación del metro. 
La historia empieza con un tono de crónica: horas exactas, fechas, años, lugares… Es como una biografía, casi un documental de esta niña tan excepcional, una santa, y bien vale el parangón con la Madre Teresa de Calcuta cuando Amélie imagina ser ella en un documental en blanco y negro.

Desde el primer minuto la historia empieza a maravillar al espectador por su humor entre poético y tierno, entre duro e ingenuo. La escena en la que la niña Amélie es instada a creer que su cámara fotográfica es la causante de más de una desgracia logra tomar de rehén al espectador que es preparado para ver un filme sorprendente, o sea, que lo va a mimar con una y otra sorpresa.

Y éste, creo, es el problema del filme. Su capacidad para sorprender se vuelve predecible, se convierte en la razón de ser de toda la historia. Es como si Jeunet tuviera una ametralladora de cosas ingeniosas que él necesita disparar a cada segundo. El resultado es un filme deliciosamente ingenuo, demasiado «bonito» o preciosista, escandalosamente perfecto en sus aspectos técnicos (fotografía, música, diseño de producción), y que pide a gritos ser amado, gustado, degustado… Tal es su oblicuo exhibicionismo. Bueno es culantro pero no tanto, decía la abuelita, no valdría morir de una sobredosis de miel. El humor naif es ponderable y perfectamente lógico cuando el personaje no supera aún los nueve años, pero cuando ya alcanza la adultez, la ingenuidad no se justifica. Y ese es el problema de este filme: abusa de su miel. Es como escuchar (ojo con la siguiente metáfora musical) variaciones sobre el mismo tema durante dos horas. Todo el filme es una variación sobre ese rostro dulce que vemos en el afiche, haciendo cosas dulces por los demás. Uno pide time out ante tanto encanto de Audrey Tatou (¿será su nombre real o será una triquiñuela para equipararse a esa otra dulzura llamada Audrey Hepburn?). Parece que el director se ha enamorado (cinematográficamente hablando) de esa actriz hecha a semejanza e imagen de los instintos más paternales. Audrey Tatou es un instrumento sobre utilizado (abusado) en este filme que se derrumba imperceptiblemente por estar erigido en una sola columna: Amélie. Ese derrumbe es imperceptible, repito, muy interno, nadie se da cuenta, porque simplemente el espectador ya ha asimilado la receta o la fórmula: esta chica va a hacer cosas mágicas, fantasiosas, graciosas y sorprendentes una y otra vez, y no va a parar hasta que llegue el minuto 122. 

«Ella cambiará tu vida», dice el eslogan, pero no es para tanto. Para que algo que cambie la vida de un espectador tenga que romper con los patrones estéticos de su tiempo, y en primer lugar, Amélie juega con algo trillado: la estética MTV en su acelerada narración, los continuos zoom in y zoom out, las imágenes en cámara rápida, como si fuera un vídeo clip de dos horas y de paso con el sonsonete de ese acordeón tan edulcorante (es que la estética MTV pregona la sinergia entre música e imágenes y Amélie lo hace tan bien). No estoy peyorativizando la música de Yann Tiersen, mas bien quisiera apuntar que es altamente eficaz por lo memorable. Ya alguien decía que la verdadera banda sonora es la que no se oye, pero ésta es tan audible, tan exhibicionistamente edulcorante, tan visible, como cada elemento dentro de este filme que ansía ser condescendiente con el espectador en cada uno de sus fotogramas. Dicen que Jeunet es uno de los puntales del nuevo cine francés; en cambio, Susan Sontag cita su nombre como uno de los falsos innovadores del arte contemporáneo. Lo que no hay dejar de concederle a este artesano es su perfeccionismo en cada fotograma, pero hay que señalar que adolece de un defecto (¿o será virtud?): hacer filmes bonitos, preciosistas en cuanto a su planteamiento visual (tan solo recordar Alien Resurrection en donde no había historia pero sí una puesta en escena difícil de igualar). Se nota, además, que Jean-Pierre está trabajando para el Oscar de la Academia. ¿Quién sabe si lo logre con un cine que se queda solo en la pirotecnia visual y que desdeña ligeramente lo anecdótico, lo argumental? A lo mejor tiene suerte. Hay que recordar que otro efectista europeo, Pedro Almodóvar, empezó con filmes que igual ponían lo iconográfico por encima de lo guionístico.
De los fuegos artificiales de El fabuloso destino de Amélie Poulain hay espectadores que se quedan con la imagen de la protagonista derritiéndose ante la presencia de Nino en la cafetería. Lo que le pasa a ella en esa toma, le pasa a los espectadores que ingenuamente se derriten ante el encanto de un filme que solo va a una parte: ninguna. Como en el mejor de los peores filmes gringos, el personaje de Audrey Tatou consigue al final subirse en la moto con su Nino y conquistar el corazón de él y de casi todos los espectadores. Y la música de acordeón ayuda. ¿O no? 

Brian de Palma quema a Tom Wolfe en la hoguera de su vanidad

La hoguera de las vanidades —el ambicioso naufragio de Brian De Palma—la vi en un cartucho de VHS, alquilado en un local de la Víctor Emilio Estrada, donde ahora queda un centro de fotocopiado llamado Chacón. El filme se estrenó en diciembre de 1990 con 47 millones de dólares de presupuesto, un reparto de tres estrellas en pleno apogeo y la novela de Tom Wolfe como materia prima: ese retrato corrosivo del Nueva York de los ochenta donde un broker de Wall Street llamado Sherman McCoy (Tom Hanks), convencido de ser el amo del universo, conduce con su amante por callejas oscuras del Bronx y termina destrozando su vida perfecta al atropellar a un joven negro. Los críticos la destruyeron. El público le dio la espalda. Tom Hanks reconoció el fracaso públicamente. Morgan Freeman declaró, años después, que había sido como un avión que se estrechó después de una serie de desafortunados accidentes.

Antes de entrar en materia, pasemos revista a una serie de datos que permitirán entender mejor el filme y su original literario. En 1973, Wolfe publicó The New Journalism, el libro en que sistematizó una forma de escritura que ya practicaba desde los años sesenta y que había bautizado él mismo con la categoría de Nuevo Periodismo. Su diagnóstico de partida era categórico: la novela norteamericana estaba muerta, no por falta de talento sino por exceso de abstracción. Había caído, escribió, ante una revolución patética: la colonización de la ficción estadounidense por parte del formalismo europeo, era el triunfo de los movimientos avant-garde. Una novela no debería ser esclava de un ismo, decía el tío Tom. Una novela debería ser una cosa caliente que se sostiene en la mano, que obliga a seguir leyendo, no por decreto del autor sino por el rapto del lector que necesita saber qué ocurre a continuación. Lo que faltaba, siempre según él, en la ficción contemporánea eran cosas concretas: construcción escena por escena, diálogo realista que situara a los personajes dentro de un orden social, vida interior que hiciera de la trama algo más que una secuencia de hechos. Sin esas tres cosas, Anna Karenina sería una telenovela. Pero, sobre todo, faltaba lo que Wolfe llamaba realismo en el sentido más físico y callejero del término: autores dispuestos a salir a la calle, a vivir entre la gente que describían, a recoger lo que Stendhal llamaba petits faits vrais, los pequeños hechos verdaderos, el aquí y el ahora. A partir de este razonamiento, no habría Las uvas de la ira sin que Steinbeck hubiera ido a vivir en los campamentos de migrantes. No habría Balzac, ni Dickens, ni Zola, ni Tolstoi, ni Twain sin esa voluntad de meterse en el mundo y ensuciarse. Los novelistas que Wolfe admiraba, escribió, “se burlaban, atacaban, desnudaban a la sociedad que los rodeaba, pero siempre como miembros de ella.” El Nuevo Periodismo fue su respuesta práctica a esa carencia: Thompson, Didion, Talese, Capote y el propio Wolfe demostraron que el reportaje podía tener voz autoral, ritmo de novela y temperatura emocional sin renunciar a la verificación periodística. Era ficción hecha con hechos, o hechos escritos como ficción. La hoguera de las vanidades fue el intento de Wolfe de llevar esa convicción hasta su consecuencia lógica: si los novelistas de su tiempo se negaban a salir a la calle, él escribiría la novela total desde el periodismo, recorriendo la fiscalía del Bronx, los salones de Park Avenue y las callejas de Harlem con el mismo instinto reporteril con que había cubierto el programa espacial de la NASA o las carreras de autos. El resultado (para quienes lo hemos leído en inglés) es un libro que suena como Nueva York porque su autor fue a escucharla.

Para escribir la novela, Wolfe hizo lo que siempre había hecho: salió a observar. Caminó por Central Park, recorrió Wall Street, tomó el metro por el South Bronx con su metabolismo de reportero activo. En la versión original publicada en Rolling Stone, el protagonista no era un broker sino un periodista, lo cual revela hasta qué punto Wolfe se identificaba con su propia metodología más que con su materia. Cuanto más tiempo pasaba en la calle, más convencido estaba de que su diagnóstico sobre el género novelesco era correcto: la historia que uno quiere contar siempre tiene menos que la historia que en realidad está ocurriendo delante. Ese estado de observación abierta —sin defensas, sin agenda previa, dispuesto a recibir lo que hay— era para Wolfe la condición necesaria de cualquier escritura que valiera la pena. Tenía, sin embargo, sus puntos ciegos. En el vagón del South Bronx se fijó en uno de los pocos blancos que viajaban: un broker de Wall Street que conocía de antes, camino al tribunal, nervioso en el Nueva York de Bernie Goetz, el afamado Vigilante del Metro, quien disparó en los años noventa contra cuatro jóvenes afroamericanos que intentaron pedirle dinero. Ese hombre se convirtió en Sherman McCoy. Wolfe describía a los blancos desde adentro y raramente entraba con igual convicción en la perspectiva de un personaje de color; tampoco hay en el libro una voz femenina que funcione como centro de gravedad. Y aunque proclamó que quería contar la historia de toda Nueva York, su novela captura con precisión los extremos —los más ricos versus los más pobres— pero deja fuera a las clases medias que sostienen la mayor parte de la ciudad. Son las limitaciones de un observador que, pese a todo, seguía siendo un outsider viviendo entre sus sujetos: suficientemente cerca para verlos con nitidez, suficientemente lejos para no terminar de entenderlos del todo.

La novela llegó precedida de una reputación única. Wolfe llevaba décadas haciendo el periodismo que lo había vuelto tan popular. Desde Ernest Hemingway ningún periodista-escritor gozó de tanta celebridad. Pero no todos los querían. El crítico Joseph Epstein describió su prosa como “barroco de escopeta, a veces rozando el rococó de ametralladora”, una caracterización que quien haya leído su célebre artículo sobre Las Vegas —que abre repitiendo la palabra “hernia” cincuenta y siete veces— encontrará completamente exacta. No hablaremos del exceso de signos de admiración o de puntos suspensivos. Wolfe quería escribir una novela desde hacía tiempo: quería contar todo lo que veía en sus incursiones periodísticas, todo sobre cómo sonaba al hablar la gente, todo sobre cómo se sentía la ciudad. Tenía los ojos puestos en el Nueva York de los ochenta, esa década de codicia y euforia financiera, y pensaba que alguien escribiría inevitablemente la gran novela sobre ese momento —una obra magna al estilo de Vanity Fair de William H. Thackeray, que capturara los sistemas de ambición, envidia y obsesión de estatus que hacían vibrar a la ciudad— antes de que él se decidiera a hacerlo. Nadie lo hizo. Terminó The Right Stuff (sobre el primer programa espacial de la NASA) y, agotado, se sentó a escribir La hoguera de las vanidades. El punto de partida era una imagen: Sherman McCoy en su Mercedes, la amante en el asiento del copiloto, contemplando Manhattan desde lejos. Esa visión —la ciudad como Roma, como París, como Londres del siglo XX, como roca magnética hacia la que convergen todos los que insisten en estar donde ocurren las cosas— fue el primer impulso del libro. Wolfe le propuso a Jann Wenner, editor de Rolling Stone, publicarlo como folletín dickensiano, un capítulo cada dos semanas. Así apareció entre el verano de 1984 y el verano de 1985 como un relato desmesurado, ultra energético, pirotécnico, que recorría espacios como la fiscalía del Bronx, un club en Long Island, un apartamento en Park Avenue y la oficina de un pastor en Harlem. El sello Farrar, Straus and Giroux lo publicó como novela en 1987 con revisiones sustanciales y el libro permaneció cincuenta y seis semanas en la lista de los más vendidos del New York Times.

El éxito convirtió a Wolfe en blanco fácil. No fueron los novelistas jóvenes los que fueron a por él sino los lobeznos del establishment literario, exactamente aquellos a quienes había declarado muertos en The New Journalism. Cuando su segunda novela, A Man in Full, apareció más de una década después, la reacción fue de una virulencia que decía tanto sobre el estado de la literatura norteamericana como del libro en cuestión. Su archienemigo, Norman Mailer, en The New York Review of Books, anunció que A Man in Full era mala, aunque no tan mala, acotó, como La hoguera de las vanidades. John Irving declaró en una entrevista televisiva que era como leer una mala pieza de periódico dentro de una revista. John Updike escribió en The New Yorker que Wolfe no era literatura sino entretenimiento, como si esa distinción fuera una condena y no, según se mire, el mayor elogio posible. Wolfe respondió con idéntica ferocidad: llamó a Mailer y a Updike “two old piles of bones» (dos viejos montones de huesos) y publicó un ensayo titulado “My Three Stooges” en su colección de ensayos Hooking Up (2000), donde los trataba exactamente como lo que eran: hombres que le daban pie para hablar. Gay Talese resumió el episodio con precisión: Wolfe era un caballero, pero con una pluma en la mano podía arponear a cualquiera, y Updike, Mailer e Irving nunca le perdonaron haberse metido en su territorio y haberlo hecho mejor que ellos. Lo que esos críticos no se detuvieron a considerar es que La hoguera de las vanidades es, ante todo, un libro que se lee sin poder soltarlo: Wolfe no desperdicia una frase, no admite una oración muerta, trata el tiempo del lector como algo que hay que ganarse línea a línea. Eso, que sus detractores llamaban entretenimiento como si fuera un defecto, es precisamente lo que la novela le reprocha a una película que no supo ni intentarlo.

El problema central del filme no es difícil de diagnosticar: la novela de Wolfe funciona porque sus personajes son criaturas despreciables y el lector disfruta con una cierta crueldad intelectual el verlos caer. Sherman McCoy, en el libro, es un hombre arrogante al que cuesta defender. Pero la lógica de Hollywood de 1990 exigía a Tom Hanks —entonces el cómico simpático de Big y Splash, no todavía el actor dramático de Filadelfia— hacer un Sherman McCoy ingenuote y torpe. El propio De Palma lo dijo sin ambages: si quieres hacer esta película, tienes que hacerla oscura y cínica, porque de otro modo no funciona, y los estudios querían a toda costa Tom Hanks que se convierte en un títere de la historia.

La novela tiene 31 capítulos y tres protagonistas de peso equiparable: Sherman McCoy, el broker en caída libre; Larry Kramer, el fiscal del distrito judío que ve en el caso una oportunidad política; y Peter Fallow, el periodista británico alcohólico que construye el escándalo desde la nada. El guionista Michael Cristofer tomó una decisión que revela sus prioridades: desmanteló la arquitectura coral de la novela, redujo a Kramer a figura secundaria y concentró casi toda la trama en el escándalo judicial y en la tensión racial entre el Bronx y Manhattan. La elección tiene una lógica cinematográfica —condensar es una necesidad del guion— pero también una consecuencia ideológica: al suprimir la voz interior de Kramer, que en la novela articula con precisión la demagogia electoral que rodea el caso, la película pierde la dimensión más incómoda del libro. Lo que en Wolfe es un sistema de corrupción recíproca donde todos los actores —el fiscal, el reverendo, los medios, el abogado defensor— se alimentan del mismo cuerpo, en la película se convierte en una historia de víctima y victimarios, más legible pero más simple. Cristofer preservó la columna vertebral del conflicto social porque era lo más filmable; sacrificó la complejidad moral porque era lo más difícil de sostener en pantalla sin un protagonista dispuesto a ser detestable.

Uno de los logros más notorios de la novela es su oído. Wolfe construyó una Nueva York sonora y estratificada: el vocabulario financiero de Wall Street con su jerga específica, el inglés caribeño de los inmigrantes del Bronx, el acento sureño de Maria Ruskin (Melanie Griffith) funcionando como marcador de clase en Manhattan, el habla de los fiscales del distrito neoyorquino con sus modismos legales y su cinismo de corredor. Cada grupo social tiene su propio código verbal y Wolfe lo transcribe con gran precisión antropológica. Esa dimensión desaparece por completo en la película. Los personajes hablan un inglés neutro, intercambiable, desprovisto de geografía. Cristofer no encontró un equivalente dramático para esa polifonía de Wolfe y De Palma tampoco buscó uno visual: no hay en la película un trabajo de sonido de ambiente, de dialectos, de ruido urbano diferenciado que compense en términos cinematográficos lo que el guion abandonó en términos literarios. El resultado es una ciudad muda en sus diferencias, donde el Bronx y Park Avenue suenan igual, lo cual es precisamente lo contrario de lo que Wolfe quería demostrar.

En Scarface, en Los intocables, incluso en Carrie, el desbordamiento formal de De Palma corresponde a un desbordamiento emocional o moral en el material que filma. Aquí, ese instinto se apaga. La puesta en escena es mecánica, turística, incluso: Nueva York como decorado de lujo, los interiores de Park Avenue como un catálogo de aspiraciones, el Bronx como miedo codificado. El presupuesto no compró libertad sino parálisis.

La fotografía de Vilmos Zsigmond agrava el desajuste. De Palma recurre a sus tics visuales habituales —planos cenitales que descienden lentamente sobre espacios interiores, contrapicados manieristas que monumentalizan a personajes secundarios como el reverendo Bacon o el fiscal Weiss— pero esos recursos, que en Scarface o Vestida para matar funcionaban porque amplificaban la paranoia o el exceso moral de sus protagonistas, aquí chocan contra la naturaleza del material original. La novela de Wolfe es una crónica de pugnas sociales, un texto que requiere distancia observacional, cierta frialdad de reportero. Cada contrapicado que engrandece a un demagogo o cada cenital que convierte un tribunal en escenario de ópera introduce una grandilocuencia visual que la historia no pide y que desplaza la atención del conflicto social hacia el estilo del director. El resultado es una película que se mira a sí misma cuando debería estar mirando a Nueva York.

Bruce Willis como el periodista alcohólico Peter Fallow es quizás el elemento más interesante de la película, no porque el actor que brillará en Duro de matar esté especialmente bien sino porque la figura del reportero borracho y oportunista que medra sobre la desgracia ajena guarda cierta coherencia satírica con el tono que la película nunca termina de adoptar del todo. Melanie Griffith, en el papel de la amante, funciona como accidente decorativo. Morgan Freeman, en el rol del juez Leonard White (ya volveremos a él más adelante), es el único que mantiene la dignidad intacta, lo cual confirma que el problema no era actoral sino estructural.

Hay, sin embargo, una escena que funciona y que pertenece sin reservas al De Palma de los buenos momentos: la noche de ópera en que Sherman McCoy y su esposa asisten a una representación del Don Giovanni de Mozart en el Metropolitan. La cámara recorre los palcos de la alta sociedad neoyorquina mientras en el escenario se desarrolla el acto segundo, escena XV —A cenar teco—, en que la estatua del Comendador se presenta en la sala de Don Giovanni para cobrar la deuda pendiente. La estatua rechaza la comida de los mortales, exige arrepentimiento y, ante la negativa desafiante del libertino, lo arrastra a las llamas del infierno. De Palma usa la escena con una precisión alegórica que el resto de la película no sostiene: Sherman McCoy, sentado en su palco, con su vida todavía intacta, observa sin saberlo su propio destino representado en el escenario. El paralelismo es obvio —el hombre que lo tiene todo y se niega a arrepentirse, condenado por una estatua de piedra que es la ley, la prensa, la comunidad negra del Bronx, todas las fuerzas que terminarán triturándolo— pero la obviedad, en este caso, no es un defecto sino el tono que todo el filme debió tener. Es el tipo de montaje paralelo expresionista con el que De Palma siempre ha sido efectivo, y constituye uno de los pocos aportes genuinos de la adaptación cinematográfica respecto de la novela: De Palma necesitaba una imagen que dijera en dos minutos lo que Wolfe tardaba cien páginas en construir.

Lo que hace grande a La hoguera de las vanidades como novela es exactamente lo que la película no puede ni rozar. Wolfe rompió todas las reglas del periodismo al atreverse a entrar en la conciencia de sus personajes, a describir no solo lo que hacían sino lo que pensaban y sentían y querían mientras lo hacían. Esa capacidad de acercamiento —de poner al lector junto al personaje, dentro de su cabeza, sin distancia ni red, como buen alumno de James Joyce— es un instrumento literario que no tiene equivalente cinematográfico directo, y De Palma no buscó uno. Treinta y nueve años después de su publicación, la novela sigue siendo un documento que ayuda a entender cómo llegamos al presente: ese momento en que el mundo dejó de fingir que el capitalismo no era su droga favorita, en que el deseo de consumir superó el deseo de parecer personas equilibradas. Wolfe lo vio venir antes que nadie y lo escribió con una prosa que trata el tiempo del lector (ya lo dijimos) como algo que hay que ganarse palabra por palabra. Eso —ese matrimonio entre el rigor del reportero y el instinto del novelista— es lo que la película de De Palma no pudo comprar con sus 47 millones de dólares de presupuesto ni reproducir con ninguna grúa y ningún plano cenital sobre Manhattan.

El clímax que Cristofer y De Palma construyen alrededor del juez Leonard White es la demostración de cuánto le cuesta a la película resolver lo que la novela superaba mediante el recurso de la acumulación. White no existe en Wolfe: es un personaje fabricado para la adaptación, un juez negro y recto que sobresee a Sherman McCoy tras evaluar las pruebas y que, al hacerlo, desata el caos en la sala. La multitud afroamericana presente en el tribunal lo increpa, lo acusa de traición racial, y el juez responde con un discurso, desde el estrado, en el que declara que no es racista, que aplicó la ley sin distinción, que la justicia no tiene color. Morgan Freeman lo entrega con toda la autoridad que tiene, que es considerable, pero ni su presencia ni su dicción pueden salvar un recurso dramático que funciona como queja más que como conclusión. El discurso del juez White es el intento de la película de encontrar una nota moral elevada donde la novela de Wolfe deliberadamente no la ofrecía: en el libro no hay nadie que salga limpio, no hay figura judicial que restaure el orden, no hay voz que se alce por encima del ruido para proclamar que la ley existe y que vale. La película necesitaba ese personaje porque sin él no tenía final; pero al inventarlo reveló que nunca entendió el libro.

La película mereció un destino distinto al que tuvo. No el fracaso de la mediocridad sino el del noble del riesgo, que es lo que habría resultado de filmarla con el tono que Wolfe requería y con actores dispuestos a ser antipáticos. En cambio, recibió la derrota de la cobardía industrial: demasiado dinero invertido en suavizar lo que era por naturaleza áspero, en hacer amable lo que debía ser incómodo. Vista hoy, La hoguera de las vanidades no quema nada y resulta más interesante como síntoma del Hollywood que quiso domesticar una sátira feroz y se inmoló a sí misma en el intento.

EL MAKING OF DE SIN ALIENTO, 66 AÑOS DESPUÉS


Para Richard Linklater (Houston, 1960) mostrarnos cómo fue el rodaje de Sin aliento (1960) es fabricar el negativo exacto de lo que aquella película fue. Su director, Jean Luc Godard (1930-2022), improvisaba en las calles de París con una cámara escondida en una silla de ruedas y un equipo de tres personas; Linklater ha reproducido esas mismas callejas con la minucia de quien restituye un manuscrito iluminado, encuadrado en el formato académico 1:37:1, en blanco y negro, enteramente en francés, con unos pocos parlamentos en inglés por parte de la actriz principal. Estamos ante la espontaneidad como objeto de museo. La revolución como ejercicio de fidelidad.


Guillaume Marbeck encarna a Godard, Zoey Deutch a Jean Seberg y Aubry Dullin a Jean-Paul Belmondo en esta reconstrucción del rodaje de À bout de souffle, filmada en París entre marzo y abril de 2024. Es también la primera película de Linklater rodada íntegramente en francés: un grado de extrañamiento deliberado respecto de su propia voz, un ejercicio de ventriloquía que es homenaje y travestismo cultural. Para el director, según lo declaró en una rueda de prensa, el idioma era un color más de la paleta de su arte audiovisual.


La película funciona como un dispositivo afectivo para cinéfilos. Linklater vuelve a los exteriores donde el equipo de Godard improvisó sus escenas para mostrar cómo un rodaje semicaótico, liderado por un director de temperamento irascible, se convirtió en una de las películas más influyentes del cine posmoderno. Ese acceso a la trastienda tiene sus momentos de gracia, particularmente en la fricción entre Godard y Seberg, que una talentosa Deutch convierte en algo más que ilustración documental. Pero hay una ironía estructural que la película no logra resolver: construir un homenaje demasiado meticuloso a una obra cuya grandeza residía en sus chiripas y accidentes. En esto es muy claro Linklater: mientras Godard improvisaba, él todo tiene que planificarlo de manera milimétrica. Los mismos diálogos requirieron de una serie de ensayos previos que buscaban tener todo bajo control. El diseño de la producción y la dirección de arte lograron el milagro de encontrar los mismos objetos de utilería, las mismas calles, la construcción de interiores iguales a los que aparecen en el filme original.


Nouvelle Vague está concebida como un making of, pero sus personajes —Godard, Seberg, Belmondo, Truffaut, Coutard, todos anclados en personas históricas— no hablan ni se mueven como seres captados en el fragor de una producción real, sino como figuras que han interiorizado el código de la misma Nueva Ola Francesa que están contribuyendo a crear. Hay en sus interacciones una dicción recitativa y levemente antinatural que remite a los diálogos improvisados. El resultado es una película que al retratar la Nouvelle Vague termina siendo una película de la Nouvelle Vague: sus personajes razonan en voz alta sobre el cine, el amor y la muerte con la misma cadencia aforística que los protagonistas de Vivre sa vie o Le mépris, como si la época se hubiera filtrado no solo en la fotografía sino en la manera en que los actores habitan sus cuerpos. El making of que estamos viendo devora a la película que pretende documentar y se convierte en otra.


Donde el filme acusa con más nitidez esa limitación es en la relación que establece con sus fuentes. Nouvelle Vague es, en el fondo, un catálogo: un inventario de anécdotas, datos y frases que Godard y sus compañeros cineastas vertieron en revistas, entrevistas y libros de historia del cine. En la rueda de prensa que el cineasta dio en Cannes dijo, sin ningún ápice de arrogancia, que su investigación minuciosa de archivos lo encaramaba como uno de los que más sabía sobre la ópera prima de Jean-Luc Godard. Tanto así que dijo haber tenido acceso al calendario de rodaje, al número de tomas por día y el salario que cada miembro del equipo recibió. Esta omnisciencia se nota en detalles puestos en boca del Godard-personaje que son tomados de declaraciones de la época a las que no todos tienen acceso. El problema no es que Linklater haya bebido de esas fuentes, sino que el guion no logra metabolizarlas del todo y las deposita en pantalla sin una mediación dramática.

Hay secuencias que funcionan menos como escenas que como páginas de un manual de técnicas cinematográficas: la que presenta a Raoul Coutard —exreportero de guerra— explicando las ventajas de la Caméflex de 35 mm, portátil e insonora, que le permitió filmar en exteriores sin trípode ni permisos, deriva hacia la ilustración didáctica. Del mismo modo, la escena en que el historiador Georges Sadoul pronuncia una arenga sobre lo que significa filmar en el París de los años sesenta tiene la cadencia de una conferencia antes que la densidad de un momento vivido. La erudición de Linklater es genuina; lo que falta es el salto que convierte la información en experiencia.


Contra esa tendencia, las mejores escenas son las que ocurren en el cuarto de montaje, donde Cécile Decugis y su asistente Lila Herman trabajan sobre el metraje en los laboratorios GTC de Joinville. Decugis y Godard descubrieron —o inventaron— el jump cut no como una decisión estética premeditada sino como una solución práctica para reducir una película que en su corte original duraba más de dos horas. Eliminar fragmentos del interior de las tomas, produciendo saltos abruptos que violan la continuidad clásica, fue recibido antes del estreno como un fracaso técnico. Que ese error se convirtiera en la innovación más influyente del montaje moderno —un procedimiento que fractura tiempo y espacio y obliga al espectador a tomar conciencia del corte— es una de las paradojas del cine posmoderno. Linklater filma ese proceso con discreción: Decugis no es una nota al pie, sino la figura que en la sala de edición termina de inventar la película que Godard había rodado a la luz del día.


Todo ello apunta al problema central: la película que Nouvelle Vague retrata ya contiene el relato de su propia fabricación. Godard inscribió en Sin aliento los rastros de su método hasta el punto de que el estilo es inseparable de la producción. Linklater trabaja desde la distancia del archivista: reconstruye el gesto sin sentirse obligado a reproducir la necesidad que lo generó. El Godard de Marbeck es demasiado consciente de ser Godard, y sus intervenciones solemnemente aforísticas suenan con frecuencia a compendio de citas de Cahiers du cinéma más que a la bravuconería del joven de 30 años que inventaba planos sobre la marcha.


La recepción en Cannes en 2025 fue entusiasta: once minutos de ovación y una guerra de ofertas por los derechos de distribución que Netflix ganó por cuatro millones de dólares. Recuerdo haber visto Psycho (1998) y odiar que todo era una transcripción a color de cada escena del original. El reenactment era el juego del director, Gus Van Sant, que hizo un literal remake del clásico de Hitchcock. Aquí no sucede lo mismo. No es la copia por la copia. No es recrear por recrear. Es ir más allá. A Linklater no le ha bastado con reconstruir. Ha hecho un ejercicio más allá de lo metaficcional. Aplaudo este filme en francés porque otro norteamericano, Woody Allen, también hizo uno en esa lengua, Coup de Chance (2023), con un resultado no tan positivo.

Hay una inocencia que hace única a esta película. Será la música de jazz o las canciones de la época. Será la actuación luminosa de Zoey Deutsch como Jean Seberg o el placer de ver todo un rodaje clave de la historia del cine reconstruido con el rigor investigativo de Linklater. La admiración que despierta tiene la nostalgia que la misma película describe: es el placer de reconocer, no el de descubrir. Es una copia certificada, como diría Abbas Kiarostami en otro contexto.


Linklater es uno de los pocos cineastas vivos que sabe lo que es una manera fundacional de hacer cine. It’s Impossible to Learn to Plow by Reading Books (1988), Slacker (1990) y Dazed and Confused (1993) fueron para el cine independiente norteamericano algo no tan distante de lo que Sin aliento fue para la posmodernidad cinematográfica. Que haya elegido ponerse en la posición del admirador respetuoso, antes que en la del par iconoclasta, dice algo sobre la relación que su arte mantiene con la misma historia del cine: una deuda que solo se puede saldar con un homenaje. Linklater nació el mismo año en el que se estren​​ó​ el filme de Godard. ​​​​​Esto es va más allá de lo simbólico. Él nació al mismo tiempo que la Nueva Ola Francesa. Es su manera de afirmar que él y sus compañeros de generación bebieron de un tipo de cine que sigue vivo. Más vivo que nunca porque Nouvelle Vague existe para la posteridad. En el futuro (sino es también en el presente) la estudiarán para saber cómo se dio uno de los movimientos más decisivos de la historia del cine.

Kill Bill, el cine como recámara de ecos o la diosa Uma en acción

Puro goce el sumergirse en una sala de cine a las seis de la tarde y salir casi al filo de la medianoche. Doblar la rodilla ante el ritmo trepidante de la acción. El ballet de las peleas. La coreografía de la violencia de las artes marciales. El vivir un intervalo de quince minutos con la música del rumano Gheorghe Zamfir de «El pastor solitario». El captar el millardo de citas de otros filmes. El reciclaje inteligente de música de otras películas porque es bien sabido que su director es el mejor DJ de la historia del cine. Por dar un ejemplo, toma una tonada de Twisted nerve (1968) y lo reconvierte en un clásico en boca de Daryl Hannah, la tuerta asesina que silba la melodía. Grata experiencia la de ver este par de cintas (de 2003 y 2004) fusionadas en una. Vivimos en una época en la que los reestrenos están a la orden del día. En lo personal he ido a ver en pantalla gigante las reposiciones de El padrino I, Interstellar, Schindler´s List, Star Wars, Tiburón, Volver al futuro y ahora esta, la cuarta película del exdependiente de un club de vídeo de VHS de los años ochenta.


Quentin Tarantino (Knoxville, 1963) es uno de los pocos directores contemporáneos cuya filmografía puede leerse como un sistema ordenado. Desde Reservoir Dogs (1992) hasta Once Upon a Time in Hollywood (2019), su obra describe una trayectoria coherente: la del cinéfilo que convierte su archivo mental en materia narrativa. Cada película suya es, en algún nivel, un ensayo sobre géneros anteriores —el noir, el spaghetti western, la blaxploitation, el cine bélico, el wuxia— y al mismo tiempo algo más que una revisión: una apropiación que transfigura sus fuentes hasta volverlas irreconocibles.

El diálogo, en Tarantino, no es ornamento sino estructura; la violencia no es gratuita sino coreografía; la cultura popular no es referencia sino lenguaje. Pulp Fiction (1994) le dio un Premio Palma de Oro y redefinió las posibilidades del guion no lineal. Jackie Brown (1997) mostró que podía ser algo más que un virtuoso. Las dos partes de Kill Bill (2003–2004) demostraron que su imaginación no tenía techo genérico. Inglourious Basterds (2009) y Django Unchained (2012) llevaron su proyecto de revisión histórica hasta sus consecuencias más radicales. The Hateful Eight (2015) y Once Upon a Time in Hollywood cerraron, por ahora, un ciclo con vocación crepuscular. Ha anunciado que The Critic será su décima y última película. Ojalá esté bromeando.


Kill Bill: The Whole Bloody Affair no es, en sentido estricto, una película nueva: es el corte del director. Lo que Tarantino concibió como una sola epopeya fue partido en dos volúmenes por decisiones de estudio en 2003 y 2004. Ahora, Lionsgate la ha estrenado en salas —en proyecciones seleccionadas en 70 mm y 35 mm— tal como el director la concibió originalmente. El resultado es, al mismo tiempo, una corrección histórica y un acontecimiento cinematográfico. Pero cualquier celebración de este estreno exige detenerse en la sombra que lo acompaña: la historia del accidente vehicular que estuvo a punto de costarle la vida a Uma Thurman y que fracturó durante años la alianza creativa más fecunda del cine norteamericano de los 2000.


Durante los últimos días del rodaje de Kill Bill: Vol. 2 en México, Tarantino le pidió a Thurman que condujera ella misma un descapotable para la escena en que La Novia se dirige a matar a Bill. Thurman, que había sido advertida de que el vehículo había sido reconfigurado de caja manual a automática y podría tener problemas mecánicos, solicitó que fuera un doble quien realizara la toma. Tarantino, furioso por el tiempo perdido, la presionó: le dijo que el camino era recto y seguro, y le indicó que alcanzara los 40 km/h para que el pelo ondeara correctamente. El resultado: Thurman perdió el control del auto y se estrelló contra una palmera, con el asiento mal fijado, en un camino que resultó tener una curva. Salió con el cuello dañado de forma permanente, las rodillas lesionadas y una contusión severa en la cabeza. Cuando volvió al set con un collarín ortopédico, se desató una pelea monumental entre actriz y director: Thurman lo acusó de haberla querido matar, y Tarantino, herido por la acusación, no cedió. Como crítico me apena reproducir estos detalles, pero son importantes para entender la sociedad creativa que había entre ambos. Después de trabajar juntos en Pulp Fiction prometieron colaborar en el filme de artes marciales. Durante los siguientes años fueron gestando el personaje. Tan angular fue esa piedra creativa que en los créditos (en letras enormes) puede leerse que The Bride es un personaje creado por Q y U, iniciales de ambos artistas.


Lo que siguió fue igualmente sinuoso. Durante años, Tarantino se negó a entregarle a Thurman el material filmado del accidente, lo que agravó la ruptura: ambos tuvieron que atravesar juntos la promoción de las películas sobre una capa de hielo muy fina. Como explicó el propio director, la confianza se quebró sin que la comunicación se cortara del todo: “No es que no habláramos, pero una confianza se rompió”. El asunto no se hizo público sino hasta 2018, cuando Thurman lo reveló en una entrevista con The New York Times, en el mismo testimonio en que denunció las agresiones sexuales de Harvey Weinstein. La yuxtaposición de ambas historias —Weinstein y Tarantino— en un mismo relato cargó el episodio de una densidad que iba más allá del accidente en sí. Thurman aclaró, sin embargo, que la mayor responsabilidad recaía sobre tres productores del film, uno de los cuales era el propio Weinstein, y no exclusivamente sobre el director. Tarantino reconoció públicamente su error y calificó el accidente como “el mayor arrepentimiento de mi vida”: “Le dije que el camino era recto, que todo estaba bien, que sería seguro. Y no lo fue. Me equivoqué”. Fue él mismo quien, finalmente, le entregó a Thurman el metraje del accidente para que pudiera hacerlo público, a sabiendas del daño que eso podría causarle. Thurman valoró el gesto y, con el tiempo, la amistad se recompuso, pero no la carrera de Thurman que se vio afectada no solo por las maniobras de Weinstein sino por su divorcio de Ethan Hawke entre las dos Kill Bill. Este contexto no es un apéndice chismográfico de la película: es parte constitutiva de su historia. The Whole Bloody Affair es la versión completa de un filme que nació de una colaboración tan intensa como peligrosa, y cuya restitución llega marcada por todo lo que costó hacerlo. Para terminar esta sección que parece de tabloide debo señalar que Thurman no volvió a brillar con la misma intensidad después de este filme. Queda su Beatrix Kiddo como el testimonio de un arquetipo femenino único, la heroína empoderada que es capaz de llegar a lo que sea con tal de conseguir sus objetivos. Verla en pantalla grande es admirar todos los registros histriónicos a los que esta mujer puede llegar sin nombrar sus dotes físicas en las extenuantes rutinas de acción.


La película sigue siendo lo que siempre fue: la crónica de una asesina profesional cuyo apodo era Black Mamba, La Novia, que despierta de un coma tras ser traicionada por su amante y jefe Bill durante su ensayo de boda, y que emprende una cruzada de venganza contra los miembros del Escuadrón Asesino Víbora Mortal antes de enfrentarse al propio Bill. La deuda visual más profunda remite no tanto al cine de artes marciales de Hong Kong ni al spaghetti western, aunque ambos están presentes, sino al manga japonés: concretamente a Shurayuki-hime (Lady Snowblood, 1972), la obra de Kazuo Koike y Masaki Kobayashi en la que una mujer nacida literalmente para la venganza recorre el Japón de la era Meiji exterminando uno por uno a los responsables de la destrucción de su familia. La estructura episódica y de capítulos titulados que Tarantino emplea en Kill Bill es deudora directa del manga, donde la narración avanza por bloques autónomos que acumulan tensión para resolverse solamente hasta el final. El cromatismo de la violencia —la sangre que en Lady Snowblood se convierte en patrón decorativo, casi abstracto— encuentra su equivalente cinematográfico en las escenas más estilizadas de Kill Bill, donde el geiser de sangre no pretende el realismo sino la cita. No es casualidad que Tarantino utilizara en la banda sonora de la película la canción Flowers on the Grave de la adaptación cinematográfica homónima que Toshiya Fujita dirigió en 1973 a partir del manga: es un homenaje que roza el plagio consciente, esa modalidad de admiración que Tarantino ha convertido en método. La versión íntegra de The Whole Bloody Affair, con la secuencia de anime restaurada y ampliada en su totalidad, hace aún más visible esta genealogía: el film no solo cita el manga, sino que piensa en manga, organiza su tiempo y su espacio en manga.


La versión fusionada transforma la experiencia. La eliminación de las recapitulaciones (las imágenes de Thurman en blanco y negro diciendo que va a matar a Bill) y la supresión del rótulo “Vol. 2” que interrumpía el flujo narrativo devuelven a la historia una tensión continua que los dos volúmenes por separado apenas podían sostener. La estructura no lineal en capítulos, que en su día podía parecer un capricho, revela aquí toda su lógica interna: es la arquitectura de una obsesión, no de un thriller convencional.

Una de las alteraciones más elocuentes de The Whole Bloody Affair es también una de las más silenciosas: el proverbio klingon que abría Kill Bill: Vol. 1 —“La venganza es un plato que se sirve frío”, atribuido con guiño cómplice a los Klingon de Star Trek— desaparece y en su lugar consta una dedicatoria al cineasta japonés Kinji Fukasaku. El cambio no es menor. El epígrafe original tenía una función precisa pero limitada: enmarcar la película como un ejercicio de venganza pura, casi abstracta, y hacerlo con la distancia irónica que Tarantino emplea como escudo cuando no quiere revelar demasiado. Al suprimirlo, la película deja de ser un tratado sobre la venganza por la venganza misma y asume algo más complejo: una genealogía, una deuda, una declaración de pertenencia a una tradición.

Fukasaku, nacido en 1930 y fallecido en enero de 2003 —mientras Kill Bill aún estaba en posproducción—, es uno de los grandes nombres del cine de género japonés, autor de obras tan dispares como Battle Royale (2000), Black Lizard (1968), Samurai Reincarnation (1981) o The Yagyu Family Conspiracy (1978) : una filmografía que atraviesa la yakuza eiga, el chambara y la distopía política con una coherencia moral poco común en el cine de explotación. La dedicatoria ya había aparecido en la versión japonesa de Vol. 1, donde el proverbio klingon fue sustituido como gesto de duelo ante el público que más directamente reconocería la deuda. Que Tarantino la adopte ahora para la versión definitiva y universal del film es un acto de rectificación: el epígrafe irónico era una máscara; la dedicatoria es el rostro verdadero.

Fukasaku no es para Tarantino una referencia entre tantas: es uno de los maestros a los que acude cuando quiere aprender cómo se filma la violencia sin vaciarla de consecuencias humanas, cómo se construye un mundo criminal que tenga la densidad moral de una tragedia. Que Kill Bill le deba tanto a ese legado y que ahora lo reconozca en su primer fotograma es, a su manera, el gesto más honesto que Tarantino ha hecho con esta película.


Nada en Kill Bill funciona de manera más soberana, ni resulta más difícil de replicar, que la relación entre imagen y música. Tarantino no compone bandas sonoras en el sentido convencional: no encarga una partitura que subraye el drama, sino que edita el film como un DJ edita una sesión, eligiendo piezas preexistentes con una precisión que hace parecer que cada canción fue escrita para ese momento exacto. Es un talento que se ejerce con el oído y con el archivo, y que en Kill Bill alcanza su expresión más compleja porque las fuentes son heterogéneas hasta el vértigo: Nancy Sinatra abre el film con «Bang Bang (My Baby Shot Me Down)», y ese primer acorde transforma la pantalla en negro en algo que ya es, antes de que aparezca una sola imagen, una elegía. La voz de Sinatra no ilustra la película: la precede y la condiciona. Gheorghe Zamfir y su flauta de pan aparece en los momentos de mayor quietud antes de la tormenta, y su efecto es el de una amenaza pastoral. Bernard Herrmann, el gran mastermind musical del suspense hitchcockiano, presta Twisted Nerve —originalmente compuesta para un thriller británico de 1968— para la escena en la que Elle Driver avanza silbando por los pasillos del hospital: Tarantino convierte una melodía de thriller psicológico en la banda sonora de la sociopatía, y el efecto es perturbador precisamente porque la música suena endemoniadamente alegre (confesionalidad autobiográfica: el ringtone de mi teléfono es precisamente esta tonada). Luis Bacalov, el compositor ítalo-argentino que ganó el Oscar por Il Postino, y Ennio Morricone (ganador del Óscar a la mejor partitura, precisamente por un filme de Taranitno, The Hateful 8), aparecen con fragmentos de sus trabajos para el spaghetti western, y la presencia de ambos ancla la película en esa tradición del western europeo que Tarantino venera sin ironía. Armando Trovajoli, el maestro romano del commedia all’italiana, aporta una textura melódica que desplaza el filme hacia la Europa de los años sesenta y setenta, hacia ese cine de género que se tomaba a sí mismo en serio incluso cuando no debía. Al fondo de todo esto está RZA, que compone piezas originales de sabor oriental para las secuencias de kung-fu, y que funciona como el eje contemporáneo sobre el que giran todas estas citas del pasado.

Lo extraordinario no es la erudición —cualquier mortal crítico de cine como yo puede confeccionar una lista de referencias—, sino la intuición con la que Tarantino sabe en qué momento exacto colocar cada pieza. La música en Kill Bill no acompaña la acción: la genera, la predice, a veces la contradice. Y conseguir los derechos de ese repertorio —compositores canónicos, estates celosas, editoras musicales que cobran fortunas por una sola sincronización— requirió no solo dinero sino persuasión, la capacidad de convencer a herederos y administradores de legados que la música iba a ser tratada con el respeto que merecía. Que en la mayoría de los casos lo lograra es, en sí mismo, un logro de producción que la crítica no menciona lo suficiente.


Dejemos la banda sonora en pausa. Vamos a las novedades estructurales que son significativas. La secuencia de «Showdown at the House of the Blue Leaves»— donde La Novia enfrenta a los Crazy 88— aparece completamente en color, sin el cambio a blanco y negro que la versión estadounidense utilizó para eludir la censura por los chorros de sangre a siniestra y a diestra. La diferencia no es cosmética: la saturación cromática, el rojo sobre rojo, transforma una escena ya extraordinaria en algo que roza lo pictórico. Además, una secuencia de ánime inédita de siete minutos y medio, manufacturada por Production I.G, muestra a O-Ren Ishii a los trece años intentando asesinar a Pretty Riki en un ascensor. Es un añadido que no era necesario —el personaje ya funcionaba— pero que profundiza su psicología con una eficacia visual que solo el anime puede lograr.


La proyección incluye un intermedio de quince minutos, con una duración global que alcanza los 281 minutos. Es un gesto deliberadamente anacrónico, un homenaje a las épicas del Hollywood clásico, que Tarantino convierte en parte del espectáculo. Ver Kill Bill de corrido, con pausa incluida, es una experiencia cualitativamente distinta a verla en casa: el cine impone su tiempo, y aquí ese tempo tiene sentido dramático.


El resultado confirma lo que muchos ya sospechaban: que la división en dos partes, aunque generó algunos debates sobre estructura narrativa del cine de los 2000, empobrecía la obra (a eso añádanle el año completo que había que esperar para ver el volumen 2). La venganza de La Novia, sin interrupciones, adquiere una nueva intensidad narrativa que va desde la primera escena hasta el duelo final. El tono oscila con mayor naturalidad entre la euforia del Vol. 1 y la melancolía del Vol. 2, como si fueran los dos tempos de una misma sinfonía.


The Whole Bloody Affair no reescribe la historia del cine, pero sí la completa. Es, finalmente, no la película que Tarantino quiso hacer pero sí la que ansiaba proyectar.​​​​​​​ Verla en la pantalla gigante es un enriquecedor ejercicio de nostalgia. Una lástima que no la hayan proyectado en formato IMAX. El formato de 70 mm habría sido único.

SIRÂT, EL RAVE DE LA CARRETERA

Sirât (2025), con el subtítulo comercial Trance en el desierto, es la cuarta película del cineasta gallego-francés Oliver Laxe, rodada en Marruecos y protagonizada por el actor catalán Sergi López (El laberinto del fauno y Une liaison pornographique). La película sigue a un padre que, con su pequeño hijo, se adentra en las montañas marroquíes, y en el desierto, buscando a su hija mayor perdida, interactuando con un grupo intercultural de fanáticos del rave

Contra todo pronóstico, Sirât obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de Cannes 2025, un galardón que generó considerable controversia. El jurado presidido por Greta Gerwig defendió la decisión argumentando que la película representaba “un cine valiente que confía en la inteligencia del espectador”, pero la elección fue recibida con perplejidad por parte significativa de la prensa especializada presente en La Croisette.

No estamos de acuerdo con las críticas sobre la supuesta ilegitimidad de un director europeo filmando en Marruecos con una estética supuestamente despojada, preguntándose los detractores si no hay cierto exotismo disfrazado de arte contemplativo, o si la película realmente aporta una comprensión profunda de la cultura que retrata o simplemente la utiliza como escenario. Creo que el director es de lo mejor que ha dado el cine europeo en los últimos años y estamos ante un arte audiovisual puro que le saca partido a los espacios geográficos y asume una mirada antropológica muy comprensiva. 

Tampoco conectamos con la crítica de la supuesta glamourización de comportamientos inmorales (los bailes y el consumo recreativo) y la hipotética falta de respeto hacia la cultura y religión locales. En esto hay que ser tajantes: Laxe no utiliza el territorio marroquí como mero escenario exótico para una historia occidental de decadencia y redención. 

Medios como Variety y The Hollywood Reporter publicaron en su momento artículos cuestionando el veredicto de Cannes, sugiriendo que el jurado había premiado la ambición artística sobre el logro efectivo. Hubo abucheos mezclados con aplausos durante la ceremonia de clausura, un momento inusual que evidenció la división de opiniones. Críticos franceses hablaron de un premio “incomprensible” dado a una película que consideraban fallida, mientras defensores celebraron que Cannes mantuviera su compromiso con el cine radical frente a propuestas más convencionales.

Tras el premio del gran jurado en Cannes, Sirât fue presentada como la candidata española al Óscar a Mejor Película Internacional, convirtiéndose sorpresivamente en una de las favoritas en las quinielas. Publicaciones como IndieWire y Screen Daily la situaron en sus listas de potenciales nominadas, alimentando un debate intenso en la comunidad cinéfila.

Los defensores del favoritismo argumentaban que la Academia de Hollywood ha mostrado en años recientes una preferencia por el cine de autor contemplativo y visualmente arriesgado (como ocurrió con Drive My Car o La zona de interés), y que el prestigio de Cannes sumado al perfil de Laxe como cineasta europeo en proceso de reconocimiento y la presencia de un actor de la trayectoria de Sergi López jugaba a su favor. Tampoco estamos de acuerdo cuando se cuestiona la elección del protagonista —un actor europeo en tierra marroquí— que añadió más leña al debate sobre la supuesta perspectiva colonialista o si su posición de outsider era una condición narrativa legítima.

Más puntos han señalado los detractores. Quizá los dos puntales del criticismo sean el acusar al filme de ser demasiado hermético, incluso para los votantes más cinéfilos de la Academia, y que su extrema lentitud la condena frente a propuestas internacionales con mayor accesibilidad narrativa, tal es el caso de la iraní Un simple accidente que ganó la Palma de Oro en el mismo festival donde Sirât recibió el Grand Prix del jurado. Analistas de premios como Scott Feinberg (The Hollywood Reporter) han calificado el supuesto favoritismo en torno a Sirât como “delirio de la burbuja festivalera”, argumentando que la película (habrá que ver si es cierta la profecía) no conectará con la mayoría de los miembros votantes. El debate es interesante porque refleja tensiones más amplias sobre qué tipo de cine merece reconocimiento institucional y si los premios deben validar la experimentación radical (Sirât) o la efectividad comunicativa (Un simple accidente).

Hay que decir de entrada que el cine de Laxe es un arte contemplativo que se parece a la slow food: largos planos de paisajes, actores no profesionales, personajes en tránsito, problemáticas humanas al límite, la cámara etnográfica que se adentra en paisajes marroquíes. Disponibles en Filmin están sus películas previas que son tan maestras como la que vamos a comentar: Capitanes, Mimosas (2016) y Lo que arde (2019). La propuesta estética de Laxe, como lo veremos en el siguiente análisis, es coherente con su cine anterior, apostando por el minimalismo narrativo y privilegiando la experiencia sensorial sobre la explicación argumental. Esto ha sido valorado positivamente por sectores de la crítica especializada (me incluyo) que aprecia un cine contemplativo y desafiante.

El título de la película proviene del término árabe “الصراط” (As-Sirāt), que posee múltiples capas de significado profundamente enraizadas en la cultura y teología islámica. En su acepción más literal, significa “camino” o “senda”, pero su connotación trasciende lo meramente físico para abarcar dimensiones espirituales y morales. En el contexto religioso islámico, “As-Sirat al-Mustaqim” (الصراط المستقيم) se traduce como “el camino recto” o “la senda recta”, una expresión que aparece en la primera sura del Corán (Al-Fatiha) y que hace referencia al camino de rectitud moral y espiritual que los creyentes deben seguir. Esta noción del camino correcto implica una constante navegación entre las tentaciones y la búsqueda de redención.

La palabra también evoca la idea del tránsito difícil, del paso estrecho que obliga al ser humano a enfrentarse consigo mismo sin una escapatoria posible. En este sentido, el título concentra la esencia temática de la película: un hombre suspendido en un limbo de decisiones, tratando de encontrar su camino, consciente de que cada paso puede conducirlo hacia la redención o hacia una caída definitiva. La ironía trágica de los personajes perdiéndose en un sendero escarpado —un “sirât” literal y mortal— no hace sino reforzar la potencia simbólica del título.

Según el epígrafe del filme As-Sirat es el puente estrecho como el filo de una espada que, según la tradición, todas las almas deben cruzar en el Día del Juicio para alcanzar el Paraíso. Este puente se extiende sobre el infierno, y solo aquellos cuyas buenas acciones pesen más que sus pecados podrán cruzarlo con seguridad, mientras que los demás caerán. Esta imagen del tránsito peligroso, del equilibrio precario entre salvación y condena, aporta con una resonancia simbólica al título. Laxe ha explicado en algunas entrevistas que eligió el título precisamente por su ambigüedad y riqueza semántica: el viaje físico del protagonista se superpone con un viaje interior. El camino literal por las montañas fronterizas se convierte así en metáfora del camino moral y espiritual, de esa búsqueda del equilibrio entre el bien y el mal, entre la aceptación comunitaria y el ostracismo.

En el segundo acto de la película, Laxe introduce secuencias que revelan el pasado reciente del protagonista: antes de la tragedia, el personaje de Sergi López ha estado involucrado en la organización de raves clandestinos en espacios naturales remotos del norte de África. Estas fiestas electrónicas, celebradas bajo el cielo estrellado del desierto o en cañones rocosos, funcionan como una manifestación de libertad, escape y búsqueda de trascendencia a través de la música, la danza colectiva y los estados alterados de conciencia.

La cultura rave, tal como la presenta Laxe, no es tratada con condescendencia ni moralismo simplista. El director muestra estas reuniones multitudinarias (con actores no profesionales) como rituales contemporáneos de comunión, donde cientos de jóvenes de diferentes orígenes —europeos, norteafricanos, nómadas digitales— convergen en espacios extraterritoriales para experimentar una forma de espiritualidad secular. Los beats repetitivos del techno y el trance funcionan como mantras modernos, y la danza extática bajo los efectos de sustancias psicoactivas se presenta como una búsqueda de disolución del ego comparable a las prácticas místicas tradicionales. Este constituye el primer valor agregado del filme: las atmósferas sonoras son genuinas y tienen verdaderos asistentes a estas fiestas multitudinarias. 

Esta decisión narrativa (todo el filme tiene el trasfondo de lo rave) establece una función compleja: ¿es el rave en sí mismo —con su cultura de sustancias, su ambiente nocturno, su celebración del exceso— lo que causa la tragedia del protagonista? ¿O es simplemente la naturaleza implacable del paisaje montañoso? ¿Es la tragedia del personaje principal un castigo divino por la profanación del territorio sagrado con música electrónica, drogas y comportamientos que consideran inmorales?

Laxe establece un paralelismo conceptual fascinante entre el sendero físico donde se da la tragedia y el “camino” que representa la cultura rave. Ambos son sirâts —caminos estrechos y peligrosos— que prometen trascendencia, pero conllevan riesgos mortales. La búsqueda de éxtasis y comunión en el rave es, en cierto sentido, otra forma de atravesar ese puente precario entre lo mundano y lo trascendente, entre la realidad cotidiana y estados de conciencia elevados. Pero como el puente del Juicio Final islámico, este camino puede llevar tanto a la iluminación como a la caída.

La música electrónica en la película no es meramente decorativa o contextual; funciona como contrapunto de los silencios contemplativos que dominan el resto del metraje. La banda sonora explota en frecuencias bajas ensordecedoras, kicks repetitivos y sintetizadores hipnóticos que contrastan violentamente con los sonidos ambientales de sistema montañoso: el viento, los pasos sobre piedra, el silencio opresivo del duelo. Este contraste sonoro materializa el abismo entre dos mundos: el de la modernidad hedonista occidental y el de la tradición rural conservadora. El espectador debe, en este sentido, no solo ver el filme, sino escucharlo. Hay todo un diseño sonoro importante que está nominado al Óscar al mejor sonido. Y este aspecto técnico solo puede vivirse en una sala de cine comercial.

La inclusión de la cultura rave ha generado opiniones divididas. Algunos críticos la celebraron como una exploración valiente de las contradicciones de la vida contemporánea, donde la búsqueda de trascendencia espiritual convive con el consumismo, el turismo de experiencias y la apropiación cultural. Otros la consideraron un elemento forzado que rompe la coherencia estética de la película y que introduce una capa de juicio moral sobre estilos de vida alternativos.

Hubo quien acusó a Laxe de orientalismo invertido: utilizar la tragedia personal del protagonista para criticar implícitamente la cultura rave y el hedonismo occidental, presentando a Marruecos como el espacio donde este estilo de vida “recibe su castigo”. Nos quedamos con el punto de vista contrario: Laxe no juzga sino que expone la complejidad moral sin ofrecer respuestas fáciles: el rave no es demonizado ni idealizado, sino presentado como un fenómeno ambivalente, capaz de generar experiencias genuinas de comunidad y belleza.

Las secuencias de rave funcionan también como comentario sobre el turismo de experiencias y la gentrificación de espacios naturales y culturales por parte de occidentales que buscan “autenticidad” o “espiritualidad” en territorios ajenos, sin considerar las implicaciones para las comunidades locales. El personaje de López encarna esta contradicción: un europeo que busca trascendencia espiritual en el norte de África,

La película destaca por su contundente dirección de fotografía y el uso magistral del paisaje marroquí como elemento narrativo central, continuando la exploración visual que Laxe ya demostró en O que arde y Mimosas. La cámara contemplativa captura la aridez del territorio y la relación del ser humano con un entorno hostil.

La interpretación de Sergi López constituye uno de los mayores activos de la película. El actor catalán ofrece una actuación de profunda contención y devastación silenciosa que se cuenta entre sus trabajos más maduros y conmovedores. López compone al padre destrozado con una economía de gestos extraordinaria, comunicando el abismo del dolor paterno a través de miradas perdidas, silencios cargados de culpa y una presencia física que parece habitar el duelo como una segunda piel. Su interpretación representa un alejamiento radical de algunos de sus papeles más conocidos. Si en El laberinto del fauno (2006) de Guillermo del Toro encarnó al Capitán Vidal, uno de los villanos más sádicos y memorables del cine reciente —un fascista brutal cuya violencia física y psicológica resultaba aterradora—, y en Une liaison pornographique (1999) dio vida a un amante improvisado atrapado en una relación puramente sexual que deriva hacia la intimidad emocional, en Sirât López (con tremendo sobrepeso para el galán que fue antaño) despliega un registro completamente distinto: el de la vulnerabilidad absoluta, el hombre roto que camina por las montañas como un espectro de sí mismo. La performance de López en Sirat demuestra su capacidad camaleónica para transitar entre registros opuestos. Donde el Capitán Vidal era pura maldad encarnada en acero y violencia, este padre de familia es fragilidad y desmoronamiento interno. Donde su personaje en Une liaison pornographique exploraba la desnudez física y emocional desde la incomodidad y el deseo, aquí explora la desnudez del alma ante la pérdida irreparable. 

La interpretación de actores no profesionales en roles secundarios aporta autenticidad y naturalismo a la narración, creando un contraste productivo con la presencia profesional de López e insertando la historia en una realidad cultural específica sin caer en exotismos. El ritmo pausado y meditativo permite una inmersión profunda en el ambiente y los silencios cargados de significado.

El uso del título y su resonancia simbólica demuestra una voluntad de diálogo con la tradición cultural marroquí, integrando conceptos filosóficos y religiosos que añaden profundidad temática a la propuesta visual. La película es una reflexión genuina sobre el choque cultural y sus consecuencias, no es cine occidental que proyecta sus propios conflictos morales sobre geografías no occidentales.  Estamos ante una contra-película de carretera. No es el viaje tradicional sobre ruedas. Es un trayecto hacia el infierno minado y la escena final no implica que los viajeros hayan salido de él. El haberme salido de la sala en el momento de la gran tragedia del protagonista, da fe del impacto narrativo que tuvo en este cinéfilo. Me quedo con el diálogo entre los personajes que, mientras conducen por los senderos montañosos nocturnos, se preguntan: «¿Ha estallado la tercera guerra mundial? ¿Es así como se siente estar en el fin del mundo?». La respuesta resulta estremecedora: «Hace mucho tiempo que es el fin del mundo».

EL CAUTIVO DE AMENÁBAR SE CONVIERTE EN LA SCHEREZADA DE CERVANTES

Mucho se ha tardado el cine español en dedicarle un largometraje a uno de los episodios más convulsos en la vida del escritor Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616). The Man of La Mancha (1972), basado en el musical de Broadway, ya exploraba el cautiverio que tuvo lugar en Sevilla, en la época en la que redactaba el manuscrito de su primer Quijote. Cervantes pagaba en esa cárcel una pena por haber malversado supuestamente fondos durante sus labores de recaudador de impuestos atrasados. 

Alejandro Amenábar construye en El cautivo, un relato a caballo (o a Rocinante) entre la exploración biográfica y la mitología literaria, especulando que los cinco años de cautiverio en Argel (1575-1580) no solo marcaron la vida de Miguel de Cervantes, sino que forjaron al autor que revolucionaría la narrativa occidental (“El novelista no debe rendirle cuentas a nadie, salvo a Cervantes”, escribió Milan Kundera en El arte de la novela). 

Según los anales de la historia, el autor de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, fue capturado el 26 de septiembre de 1575 por piratas berberiscos en el Mediterráneo, cerca de la costa catalana, mientras regresaba de Nápoles a España a bordo de una galera llamada Sol. Los corsarios argelinos tomaron el barco tras un combate, encontrando entre los papeles de nuestro héroe. cartas de recomendación de Don Juan de Austria que les hizo creer que el Manco de Lepanto era un personaje importante, elevando su rescate a la exagerada suma de 500 escudos de oro. Este malentendido implicó que fuera llevado como esclavo al Baño del Rey, un centro de confinamiento para todo tipo de nacionalidades. Las cartas de las cuales era portador generaron el malentendido: pensaron que habían apresado un noble valioso por el cual su familia podía pagar un gran rescate. Cervantes fue detenido con su hermano Rodrigo, algo que el filme no incluye.

Tampoco hay mención de la vida militar del protagonista que fue un soldado profesional de muchas batallas, en diversos lugares de Europa, la más célebre es la de 1571, la Batalla de Lepanto contra los turcos, donde perdió el movimiento del brazo y la mano izquierda al ser seccionado un tendón por un trozo de plomo de un arcabuz. Lepanto no acabó con la carrera militar del futuro escritor, más bien lo empujó a seguir luchando con las armas españolas en Navarino, Corfú, Bizerta y Túnez. Al concluir esas campañas militares residió tres años en Italia y en 1575 decidió, con su hermano, volver a España desde Nápoles. Los turcos vendieron a los hermanos Cervantes como esclavos en Argel. Un lustro después fueron rescatados por los padres trinitarios al pagar un rescate de 500 escudos el 19 de septiembre de 1580 cuando ambos hermanos se encontraban encadenados a un banco de remeros de una galera.

Martín Fernández de Navarrete, uno de los biógrafos canónicos del autor del Quijote, nos describe el Baño del Rey como una cárcel con aproximadamente dos mil reos, “de 70 pies de largo y 40 de ancho, repartido en altos y bajos, con muchas camarillas y aposentos alrededor”. La población carcelaria era enorme en Argel. El biógrafo consultado habla de veinticinco mil cautivos, en total; versus los dos mil que acogía el Baño del Rey. La misma fuente dice que Azán Bajá “empezó su gobierno para sí tomando arraéces, turcos, y aun de su antecesor, cuantos cautivos de rescate tenían, a excepción de muy pocos, llegó tener en su baño hasta dos mil en el mismo que tenía a Cervantes”. El abundante tiempo disponible hacía que los reos se entretuvieran con juegos, bailes y representaciones, especialmente en Nochebuena, costumbres que aparecen en la comedia cervantina Los baños de Argel y no en la película de Amenábar. 

Otro dato ausente del filme es la violencia cotidiana de la prisión, las reyertas, los castigos, las malas condiciones sanitarias, que eran en verdad las verdaderas causas de tantos intentos de fuga no solo por parte de Cervantes. El monarca Azán Bajá también era parte de la violencia ya que bajo su mandato fueron ejecutados por la horca o a palos centenares cristianos. Esta violencia carcelaria, o la problemática del hacinamiento, no son parte del interés del guion de Amenábar.

Mientras la familia de Cervantes se gasta toda la fortuna familiar para rescatar a los dos hermanos (otro dato ausente en el filme), nunca se llega al monto económico establecido. Las dos hermanas de Cervantes se quedan sin su dote. El resto del dinero los padres redentores, encargados de negociar con el Bajá, tienen que conseguirlo a través de una colecta entre los mercaderes argelinos. Para hacer más verosímil la recolección del dinero, los guionistas se permiten la licencia de darle algunos días libres al prisionero Cervantes. Esto quiere decir que el Bajá le permite dejar el Baño del Rey durante jornadas enteras (un premio por las historias que le cuenta diariamente). Estos paseos permiten que el escritor haga amigos entre los lugareños. 

Durante el lustro que estuvo preso, Cervantes (de indudable talento militar) lideró cuatro intentos de fuga, todos fallidos. El último tuvo como escenario principal una cueva en la que se escondieron (él y catorce compañeros) durante siete meses hasta que fueron delatados por el hombre que les llevaba las provisiones. Hazán Bajá le perdona la vida al prisionero español, pese a sus intentos de fuga, convirtiéndolo (aquí radica el aporte del filme) en un Scherezada masculino, obligándolo a narrar para sobrevivir. Esta licencia dramática, aunque históricamente improbable, resulta conceptualmente brillante: Amenábar propone que Cervantes aprendió a ser Cervantes contando historias bajo amenaza de muerte.

El filme, escrito por Amenábar junto a Alejandro Hernández, se nutre inteligentemente de las propias obras cervantinas: las comedias Los baños de Argel y El trato de Argel, y particularmente, “La historia del cautivo” de la primera parte del Quijote (capítulos 39-41). Estos textos ofrecen un mapa íntimo de aquellos años: las dinámicas carcelarias, los intentos de fuga, los espacios exóticos como los baños turcos que Amenábar recrea con atmósfera sensual y claustrofóbica. La ausencia de mujeres en pantalla hasta el tercer acto —cuando aparece Zoraida en un relato oral de Cervantes dentro del relato cinematográfico— es una decisión que concentra la tensión en el vínculo entre captor y cautivo, entre el poder y la palabra.

La escena homoerótica entre el Hazán Bajá y Cervantes es, sin duda, el elemento más polémico del filme. Antes de ella hay algunas escenas en el baño turco en las que vemos cuerpos semidesnudos de los sirvientes y los cortesanos. De hecho, cuando Miguel despierta de un golpe que lo ha noqueado, se ve desnudo bocabajo, mientras recibe aceitosos masajes sensuales por parte de un esclavo. Con este tipo de escenas, vemos cómo Amenábar no teme explorar la especulación que desde hace décadas recorre ciertos círculos académicos sobre una posible homosexualidad de Cervantes; sin embargo, como señala José Manuel Lucía Megías —uno de los propios asesores del director—, lo queer no tiene asidero sólido en ninguna de las obras cervantinas. No hay en su corpus literario indicios consistentes de esta orientación, y atribuirla resulta más un ejercicio de proyección contemporánea que de rigor filológico.

¿Estamos entonces ante una provocación gratuita? No necesariamente. Amenábar parece menos interesado en hacer una declaración sobre la sexualidad de Cervantes que en explorar las dinámicas de poder, seducción y sometimiento que operan en el cautiverio. La polémica escena funciona como metáfora: el escritor está a merced de su captor, quien puede poseerlo de todas las formas imaginables. Es Hazán Bajá quien besa a Miguel sin recibir la misma respuesta apasionada. El monarca le hace una pregunta que recibe el silencio del escritor: “¿Te gustó o sientes miedo?”. El que parecería tener miedo de ir más allá es el cineasta que inteligentemente deja ahí el acercamiento de la autoridad hacia el subyugado. 

Que esta posesión (fruto de la relación de poder) adquiera tintes eróticos intensifica la vulnerabilidad del protagonista y la complejidad de su relación con el Bajá, quien oscila entre ser el verdugo, el mecenas y el oyente más fascinado. El riesgo, claro está, es que la escena sea leída como oportunismo de un cineasta que busca titulares más que una verdad dramática. Y para los que conocen la obra de Amenábar, sabemos que él es un pequeño gran Cervantes, un contador de historias nato al que le interesa desovillar un buen relato audiovisual. Por algo tiene a su haber el Óscar por Mar adentro, mejor película extranjera del 2004.

La estructura narrativa del filme –con el Padre Antonio de Sosa como narrador que advierte desde el principio que “El infierno está aquí en la tierra”– establece el tono: no estamos en el territorio de la hagiografía ni de la aventura romántica, sino en el del dolor que transmuta en creación. Cuando Sosa (un teólogo que en verdad existió) le advierte a Cervantes sobre las consecuencias de la fuga —“La muerte más larga y espantosa. Eso espera al autor de una fugada. Esto no es un cuento, hijo. Esto es la vida real”— el filme establece su tema central: la tensión irresoluble entre ficción y realidad, entre el deseo de libertad y las cadenas que, paradójicamente, pueden forjar al artista. El padre Sosa (figura histórica que también estuvo encarcelado en el Baño del Rey) prefigura de cierta forma al escritor en el que Cervantes quiere convertirse. El viejo sacerdote siempre está escribiendo, registrando, haciendo la crónica de la cotidianidad del Baño del Rey. En una de las escenas climáticas, Cervantes le cuestiona sobre los manuscritos acumulados que no verán la luz. Este señalamiento hiere al cronista, pero esconde una verdad: el teólogo Sosa es autor de Topografía e Historia General de Argel y Diálogo de los mártires de Argel, uno de los documentos históricos más relevantes sobre el dominio de los turcos sobre Argel.  

Esto se ve, más que nada, en la entrada que hacen a la fortificación dos personajes muy parecidos a Don Quijote y Sancho Panza que son llamados los Redentores por los prisioneros, rescatistas, representantes del papado y el enlace entre las familias de los cautivos y las autoridades. El plano general de ambos cruzando el umbral de la prisión es importante porque nos da la imagen exacta con la cual ambas criaturas de ficción han pasado a la posteridad. 

La imagen con la que nos quedamos de este filme es la de un joven soldado —“Lo suyo no son las armas, lo suyo es contar historias”, dice de él otro cautivo— que descubre su verdadera vocación en el lugar menos propicio. La escena en la cueva, donde Cervantes y catorce compañeros aguardan fugados durante meses un barco español que nunca llega, cristaliza esta transformación: “Pasaron muchos días, semanas. Y entonces él les empezó a contar todas las historias que había leído. Y, muchas veces volvía a lo que ya había contado y lo convertía en algo nuevo”. Aunque también es una alusión a la caverna de Platón, aquí está, en esencia, el método cervantino: la reescritura, la variación, la capacidad de hacer que lo viejo sea nuevo. El supremo contador de relatos nace en la oscuridad de una gruta argelina antes de cumplir 30 años.

Una de las revelaciones más sugestivas del filme ocurre en el tercer acto: el origen del segundo apellido de Cervantes. Saavedra no sería un apellido familiar sino un apodo árabe, shaibedraa, que significa “brazo tullido” o “el manco”, mote adoptado tras su liberación. Esta etimología —que fusiona el trauma físico con la identidad literaria— resulta poéticamente perfecta, aunque su veracidad histórica sea discutible. Lo relevante es que Amenábar convierte la herida en algo irresistiblemente simbólico: Cervantes es quien escribe con el brazo que le queda, quien transforma la mutilación en su marca distintiva. Y así el cineasta resuelve uno de los errores más difundidos: Cervantes no era manco por ser amputado, tenía su brazo intacto, pero completamente inmovilizado.

Un aspecto importante que está ausente en el filme es la influencia del mundo árabe en la cosmovisión de Cervantes. La historia del cautivo en el Quijote (que tiene como protagonista a Zoraida) usa la premisa de la aparición de dos papeles escritos en árabe que deben ser descifrados. La lengua que se habla en el contexto de este relato es, según el narrador cervantino, “una mezcla de todas las lenguas, con la cual todos nos entendemos”. En el mismo capítulo 41, el cautivo se referirá a esa forma de comunicación como “una bastarda lengua”. Este territorio lingüístico crucial no está ni siquiera aludido en el filme. Ni siquiera una alusión a su alter ego, Cid Hamete Benengeli, quien solo pudo haber surgido de su conocimiento de la lengua árabe. Ben Engeli (nos recuerda Martín Fernández) significa hijo del Ciervo o cervateño, alusión al escudo de armas de la familia de Cervantes. En la segunda parte del Quijote (nada más para reforzar la importancia del árabe en el mundo del Quijote), el narrador reflexionará sobre el origen arábigo de palabras como almuerzo, alhambra, alguacil, alacena, alcancía… Los guionistas deciden no incluir nada de esto en el filme, ni siquiera un diálogo en árabe que permita al personaje de Cervantes lucir su conocimiento de la lengua. 

El rescate de 500 ducados de oro —una fortuna para la época— subraya el valor literal que los moros le atribuyeron a su vida, pero el filme sugiere que el verdadero rescate fue interior: el descubrimiento supremo de cómo contar historias no es una afición sino una necesidad existencial. Cuando Cervantes le dice al Bajá “Quiero que la gente de mi tierra me lea. Toda la gente”, formula la ambición democratizadora que distinguirá a su Quijote: escribir no para las élites cortesanas sino para todos los que saben leer, incluso aquellos que leen “hasta los papeles tirados en la calle”, como se presenta Cervantes, al principio del filme, citando el prólogo de su obra maestra.

El filme cierra con una imagen de molinos de viento mientras Cervantes regresa a España. Aquí se hace realidad la frase con la que se despide un prisionero: “Nos vemos en La Mancha”. Es un detalle quizá obvio pero eficaz: Amenábar nos ha contado el proceso de transformación de un joven soldado en el creador de Don Quijote. Los molinos funcionan como promesa, como anticipo de la locura esplendorosa que Cervantes aún no ha escrito pero que ya late en su experiencia: la lucha contra gigantes que solo existen en la imaginación, la insistencia en la ficción como la forma superior de la verdad.

Hazán Bajá (que se parece mucho al actor italiano Franco Nero) le dice en un momento crucial: “Cervantes, el más grande impostor que conozco”. La frase condensa la paradoja cervantina: el escritor es impostor porque inventa, pero sus invenciones revelan verdades que la realidad no puede contener. En este sentido, El cautivo apuesta a que esas verdades nacieron en Argel, en el infierno terrenal donde un joven manco aprendió que las historias no solo entretienen: sino que también liberan, salvan y fundan identidades.

¿Es El cautivo una biografía rigurosa? No, es una obra audiovisual con licencias ficcionales de mucha valía estética. ¿Es una especulación responsable sobre los años formativos de Cervantes? Tampoco del todo, es más bien un libérrimo ejercicio de imaginación histórica que ilumina las conexiones entre vida y obra, entre trauma y creación. El filme de Amenábar tiene la valentía de asumir sus propias invenciones. Al fin y al cabo, Cervantes —el más grande impostor— habría comprendido que la ficción es el único camino hacia la verdad.​​​​​​​​​​​​​​​​ Vale.