«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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Kristen Stewart debuta como directora en The Chronology of Water, biopic de la poeta indie Lidia Yuknavitch

Hay una frase que aparece en el primer acto de The Chronology of Water (2025) de Kristen Stewart (disponible en Supercines en una sola función nocturna, en medio de la fiebre del mundial de fútbol) y que funciona como una poética o un acta de metas: “Pensé en empezar por el principio, pero no es así como lo recuerdo. Todo son fragmentos. Repeticiones. Formaciones de patrones.” El acta la firma Lidia Yuknavitch —la escritora estadounidense cuyas memorias de 2011 son adaptadas por Stewart con la misma poeta como colaboradora—, pero bien la podría haber firmado la propia cineasta. Su debut como directora no llega como ruptura sino como continuación de una trayectoria que ya flirteaba con los márgenes del cine independiente, en papeles definidos por la vorágine emocional (Personal ShopperCertain Women, On the Road, Clouds of Sils Maria, Spencer). La Stewart lleva una década construyendo un personaje público basado en la resistencia al espectáculo facilista. Ella es la misma imagen de la rebeldía si la han visto en ruedas de prensa, alfombras rojas o entrevistas. Aquí traslada esa sensibilidad a una cámara intimista, móvil, de planos cerrados, flashforwards, símbolos, jump cuts, metáforas visuales… Toda una narradora tan anticonvencional como la misma persona pública. Tímida. Reservada. Introvertida. Iconoclasta. Con un declarado síndrome de Tourette.

La película tuvo su estreno mundial (con seis minutos de ovación) en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2025, el espacio donde el festival francés aloja las apuestas formales que no encajan en la competencia oficial, y The Chronology of Water pertenece a esa sección con la historia de una mujer que lucha contra los fantasmas del incesto y los vence convirtiéndose en una poeta por derecho propio.

El guion, que como dijimos ella coescribió, convoca la prosa experimental y confrontacional de Yuknavitch: la cronología no es lineal porque tampoco lo es la experiencia biográfica. El filme tiene cinco partes al igual que la autobiografía. Cada sección (al igual que el libro original) tiene un título poético: «Holding breath», la primera; «Under Blue», la segunda; «The Wet», la tercera; «Resucitation», la penúltima; y «The Other Side of Drowning», la última; aunque hay que aclarar que los títulos varían en la adaptación. La película arranca con el nacimiento de una hija muerta. Lidia, de rodillas en la ducha, la sangre diluyéndose en el agua, la marca de las baldosas en sus rodillas. A partir de ahí, el relato se construye tal y como sucede con los recuerdos traumáticos: con jump cuts, con el montaje que a veces abusa del recurso de la yuxtaposición, volviendo siempre al mismo punto de partida sin resolver nada. Esto irritará a más de un espectador, pero es la propuesta de la directora que no está dispuesta a ser cualquier narradora.

Stewart no subraya la devastación ni manufactura una catarsis barata. Encuadra a su heroína fuera de su centro, con el espacio en off dominando la composición. El cuerpo aparece a veces parcialmente oculto: por el agua, por la sombra, por un encuadre que rehúsa la posesión visual completa. En una de las tantas escenas de natación, la cámara prefiere la tensión en la espalda de Lidia antes que su expresión: músculos y repetición de movimientos por encima del despliegue emocional. El cinematógrafo Corey C. Waters rodó en 16mm, lo que añade una textura de archivo a todo el material audiovisual, la sensación de estar mirando fragmentos del pasado en lugar de hechos reconstruidos por un dispositivo cinematográfico. 

Imogen Poots (Londres, 1989) se apodera del espacio visual como Lidia Yuknavitch, una mujer que abraza la natación, el sexo, las drogas y la rabia, siempre en aras de la supervivencia. Es una actuación notable sin los tics que el cine norteamericano ha institucionalizado como código. El resto del reparto (sobre todo Thora Birch, la chica de American Beauty) la secunda muy bien, es un grupo elegido con sabiduría —actores relativamente desconocidos que impiden que el filme se convierta en un ejercicio de secundarios—, pero hay una excepción actoral que merece un párrafo aparte.

Stewart le da el papel del escritor Ken Kesey a Jim Belushi, en una apuesta arriesgada que sale insólitamente bien. Belushi ofrece los dos momentos más genuinos y divertidos del filme (con lo mucho que una historia tan trágica necesita algo de humor): con un porro en la mano lidera el taller de literatura en el que se inscribe la protagonista o defiende con gracia el talento de su alumna cuando el padre abusivo de Lidia aparece inesperadamente en una lectura pública. El retrato del autor de One Flew over the Cuckoo´s Nest es el de alguien que ha librado demasiadas guerras interiores como para fingir que tiene todas las respuestas. En la escena del taller, Kesey ligeramente borracho lanza una perla que parece ser la vértebra del filme: “El primer mandamiento debería ser Ten misericordia.” La frase queda flotando como la idea que vertebra la biopic.

La crítica no ha sido halagüeña con la ópera prima de Stewart. Se ha señalado el recurso cansino (por repetitivo) del dolor pero de eso se trata un leitmotif. Otros han señalado como un problema la acumulación de trucos analógicos —destellos de luz, simulación de deterioro de celuloide— que han sido comparados con los filtros nostálgicos disponibles en Instagram. Nada de esto ayuda a comprender un filme demasiado personal, tan anticomercial, tan incómodo, tan difícil de ver; sobre todo, porque el filme se divide en dos partes: la primera es una narración desgarradora del abuso sexual y recién en la segunda hora, cuando aparece Ken Kesey, el filme se convierte en una especie de Bildung Roman audiovisual que da cuenta de cómo llegó Lidia a ser la aclamada poetisa que es (sobre todo en el circuito alternativo literario de Norteamérica). La escena en la que ella lee su poesía en público permite estar en contacto directo con su propuesta lingüística. De hecho, sus textos están traducidos y publicados por sellos independientes como el madrileño Carmot Press.

La observación final antes de concluir. Una vez que el espectador sobrevive a la primera mitad del filme, The Chronology of Water consigue su propósito de convertir el trauma en algo que convoca a la compasión. Stewart es valiente en la elección de un estilo personal, y en todo momento parece no necesitar la aprobación del espectador, lo cual es algo que debe ser tomado en cuenta. No hay triunfo al final. Hay continuidad en el agua que no cesa de fluir. Hemos asistido al proceso de creación de una poeta que nada entre sus traumas y los sobrepasa. Y eso es algo inusual de ver en el cine.

The Ugly Stepsister o el desmembramiento del cuento de hadas

La película noruega The Ugly Stepsister (2025) de Emilie Blichfeldt (1991) constituye una rareza en la cartelera local comercial. Este título emerge como uno de los ejercicios más sanguinarios y perspicaces de deconstrucción de “Cenicienta”, el cuento de Charles Perrault. Este volver a contar la historia del príncipe y la zapatilla no se conforma con subvertir el texto clásico; lo destripa. literalmente, exponiendo las vísceras putrefactas de los ideales de belleza patriarcales con una precisión quirúrgica que roza de manera extraña la tontería y la genialidad. 

Van en un párrafo algunos ejemplos gore con alerta de spoiler: la protagonista se guillotina los pies para caber en la zapatilla que tiene el príncipe; la madre le corrige, le dice que se ha equivocado de pie y le cercena los dedos faltantes; vómitos de sangre, un tabique roto por un cincel, una sanguijuela de algunas varas de extensión saliendo de la boca de la actriz principal, una intervención del globo ocular para injertar cejas postizas, etcétera. 

La joven Blichfeldt construye su narración sobre los huesos del cuento de Perrault, pero su aproximación intertextual funciona como un acto de autopsia cultural. La película narra la historia desde la perspectiva de Elvira, la hermanastra fea del cuento tradicional, invirtiendo la jerarquía narrativa tradicional y convirtiendo al personaje del margen en protagonista. Esta estrategia no es para nada artificiosa; es un acto de violencia textual que desestabiliza todas las expectativas.

Las referencias a The Substance (2024) resultan inevitables, pero ambas películas persiguen objetivos completamente diferentes y ejecutan sus ideas de manera muy distante. Mientras Fargeat explora la ansiedad del envejecimiento femenino, Blichfeldt excava en territorios más primigenios: la construcción violenta de la feminidad como espectáculo: la nariz perfecta, el busto más erguido, el vestido más rutilante, la búsqueda del príncipe azul, la aceptación social…

La dimensión metatextual opera en múltiples niveles. La película combina brillantemente los interiores nebulosos iluminados por velas con una estética inspirada en los años ochenta del siglo anterior, creando una temporalidad híbrida que desnaturaliza tanto el cuento original como sus adaptaciones cinematográficas contemporáneas. Esta anacronía visual funciona como comentario crítico sobre la atemporalidad artificial que es una característica de los cuentos de hadas y la relevancia de los mecanismos de control social que son desglosados en la cinta.

En lo personal hallé fascinante las referencias a la pintura rococó. Hay escenas que parecen verdaderos retablos vivientes. El ojo pictórico de la cineasta actuó como un auscultador de escenas galantes. Hay intertextualidades (que no se pueden dejar pasar) a pintores como Fragonard o Gainsborough. 

Particularmente notable es la actuación de Leah Myren como Elvira, la que personifica el título de la cinta. Su hermosa fealdad o su fealdad atractiva, su transformación de patito feo en cisne, su fragilidad, su fortaleza, su locura, son algunos de los estados que la modelo profesional recrea a la perfección. Es un maniquí expresivo a la enésima potencia. 

The Ugly Stepsister un filme muy consciente en su tratamiento del body horror no como mero espectáculo, sino como herramienta analítica de la maldad, el horror de la belleza y la perversidad de los cuentos de hadas, sugiriendo que el verdadero horror reside en los marcos normativos que naturalizamos: la búsqueda de lo bonito, del buen lucir, del excelente vestir, del buen comer.

Este remix fílmico de body horror del clásico cuento de Cenicienta aborda los estándares de belleza insanos que nos siguen gobernando varios siglos después, pero Blichfeldt trasciende la crítica superficial. Su aproximación al subgénero funciona como forma de conocimiento carnal que expone la violencia en los procesos históricos de la mujer. Las tenias, las solitarias y los gusanos son las intrusas de este cuento que no tiene nada de infantil. Desde el primer minuto la directora juega con el espectador a la repulsión, obligándolo a permanecer en la sala del cine o a expulsarlo. La misma tipografía de los créditos resulta excesivamente curvilínea, enorme, caligráficamente desproporcionada y con el color rosa de cada letra chillando por toda la pantalla. 

Lo gore no tiene nada de catártico aquí, todo es pura revelación: cada transformación corporal grotesca desentraña otra capa de la mentira social que sostiene la división entre lo bello y lo monstruoso. La carne mutilada de Elvira se convierte en un tejido textual, en una superficie donde se hacen legibles las violencias normalizadas contra lo femenino. Ver (o no ver) la escena en que va perdiendo pelo y se va quedando calva.

The Ugly Stepsister es un desafío a la fisiología del espectador que no sabe si vomitar, esconderse en la pantalla del teléfono móvil o salir corriendo de la función. El recurso más usado es el de la repetición. Los elementos escatológicos se reiteran una y otra vez con desparpajo, creando una sensación de círculos concéntricos que parecen no llevar a nada. O sea, sabemos que hay un príncipe al final de la historia, pero el espectador no sabe cómo la directora nos va a llevar hacia ese cierre. 

Estamos ante un contra-cuento de hadas cuyas repeticiones replican el efecto de todo tipo de violencia: la de género, la sexual, la de la imposición ideológica, aceptando como espectadores que todas las violentaciones que vemos en la pantalla son un reflejo de la sociedad en la que vivimos y morimos.

La directora ha creado una pesadilla necesaria que nos obliga a confrontar los mecanismos a través de los cuales los cuentos de hadas han funcionado históricamente como aparatos de apocamiento de lo femenino. No es poca cosa lo que ha logrado este bizarro filme: ha logrado invertir el cuento original, revelando las estructuras de poder que siempre estuvieron ahí desde hace siglos. El filme noruego no necesita transcurrir en el siglo XXI porque si algo deja claro la directora es que las cosas pasan en su adaptación siguen sucediendo una y otra vez en todas las épocas. Al filme le basta con destilar sangre a borbotones al son de música clásica y bailes de salón. Y todo te salpica. Y sales del cine viéndolo y oliéndolo todo de manera distinta. 

EN ALGÚN LUGAR DEL CINE

Somewhere (2010), distribuida en nuestro medio con el melifluo título de En un lugar del corazón, es el cuarto largometraje escrito y dirigido por Sofia Coppola (New York, 1971). El filme ganó el León de Oro del Festival de Venecia con un matiz polémico debido a que el presidente del jurado, Quentin Tarantino, había sido compañero sentimental de la realizadora. Con o sin el director de Kill Bill, de seguro que este filme habría sido premiado en cualquiera de los grandes festivales del circuito europeo.

La hija del reconocido cineasta Francis Ford Coppola se caracteriza por hacer filmes intimistas con tintes trágicos (Las vírgenes suicidas, 1999), insertando a sus personajes en atmósferas enrarecidas (Perdidos en Tokyo, 2003) o realizando arriesgadamente una autobiografía encubierta que constituye una crítica del star system (María Antonieta, 2006).

El filme del 2010 parece ser más que el retrato del actor Johnny Marco (Stephen Dorff) en plena crisis existencial, con los lujos y excentricidades de la dolce vita de Los Ángeles. Vemos a un actor recluido en el Hotel Chateau Marmont casi desconectado de la realidad. Su acceso al mundo exterior se da por una sesión de fotos para su último filme, una jornada en la que es envejecido de manera hiperbólica, una conferencia de prensa o simplemente porque desea tener relaciones sexuales con la chica de la habitación más cercana. Pero todo cambia con la llegada de Cleo, su hija de once años.

Más allá de las bambalinas, las luces, las cámaras y la acción, hay un lugar para explorar una relación padre-hija. Es indudable el matiz autobiográfico que se detecta en esta historia. Sofía prácticamente nació respirando celuloide, rodeada de los más celebrados actores y actrices de los años setenta y ochenta. Todo su legado familiar (sus padres y hermanos) parece estar cifrado en la relación filial Johnny/Cleo. Ella prácticamente creció en los sets de filmación de su padre.

La directora menciona en el making of del DVD que deseaba hacer algo muy simple después de María Antonieta: «Me sentí muy obligada a conocer hechos históricos. Quería hacer algo que fuera más como un poema, un pequeño retrato. No me interesa una trama o narración elaborada, sino más bien un clima, un retrato de esta persona y un momento de su vida». Pese a esta declaración no es tan complicado detectar los recursos de la estructura dramática. En el minuto 15, como si se hubiera seguido el manual de Syd Field, tenemos la escena en la que Cleo despierta a su padre y entra con fuerza en su vida. En el minuto 30, en la rueda de prensa en la que queda evidenciada la falta de cultura del actor, un periodista pregunta algo crucial: ¿Quién es Johnny Marco? El resto del filme intenta responder a esa pregunta.

El punto medio se da en el minuto 48. La ex exposa del actor llama para decirle que se va a ausentar y le pide que se encargue de Cleo. Le puntualiza con claridad que debe llevarla a un campamento escolar días después. El segundo nudo o punto de resolución queda establecido en el minuto 70 en la siguiente petición del padre: ¿Quieres quedarte un día más antes de ir al campamento? En una película que maneja tantos tiempos muertos (vivos, deberían llamarse), es decir, momentos cotidianos en los que aparentemente no pasa nada, resulta un verdadero desafío detectar el clímax. En el minuto 86 el actor hace una llamada telefónica desesperada en la que contesta por fin a la pregunta: ¿Quién es Johnny Marco? «Soy nadie», le dice a la voz femenina que intenta consolarlo. «No llego ni a persona». No hay más confesiones para no caer en el melodrama.

Quizá éste no sea el clímax del filme porque no posee la intensidad tradicional. Acaso el punto más alto de la curva dramática esté concentrado en la escena de la despedida entre padre e hija, con la frase «Discúlpame por no haber estado ahí» que ella no puede escuchar por el sonido del helicóptero.

La escena final, en la que el actor escapa en su auto para luego dejarlo abandonado en la carretera, resulta simbólico en la medida en que nos remite al título. ¿Dónde va el personaje? A algún lugar. Sofía Coppola (nos lo dice en el making of) intenta hacer un filme minimalista, es decir, al menor número de elementos usados, mayor riqueza simbólica en las imágenes. «Quería volver a la libertad de mis primeros cortometrajes con la que podía probar muchas cosas», dice la autora. Esa libertad tan buscada se nota en cada plano tan sentido, tan genuino, transmitiendo una autenticidad que casi siempre está ausente en el cine de Hollywoodlandia. Es como si Sofía hubiera querido irse contra el star system incluso en la forma de armar su narración.Cine de mujer, al fin al cabo, hipersensibilidad en el punto de vista.

El diseñador de sonido Richard Beggs destaca la capacidad guionística de la directora. «Ella es una pensadora visual con ideas cinemáticas. Ella no es una escritora que hace películas o que adapta su material literario a un medio visual. Ella piensa en función de las imágenes». Y si hacemos un inventario visual son algunas que se quedan en la retina de los espectadores devotos del buen cine: las gemelas en la escena del pole dance, Elle Fanning bailando en su clase de danza, padre e hija en la piscina tomando sol mientras comparten un largo silencio, y sobre todo, la escena inicial del auto del protagonista dando vueltas en círculo. ¿A dónde va? A algún lugar del mundo del cine, a ese punto donde la narración audiovisual se convierte en poesía.

EL PASADO, ESE CADÁVER INSEPULTO

La teta asustada (2008) llega de manera auspiciosa a las cadenas de cine comercial como la ganadora del XXVI festival de Bogotá y el Oso de Oro de  la última Berlinale. La segunda película de la peruana residente en Barcelona, Claudia Llosa, está destinada a convertirse en una referencia vital en la historia del cine latinoamericano.

La película se desarrolla en uno de los barrios más pobres de Lima y se centra en el personaje de Fausta (Magaly Solier) que tiene que enterrar a su madre pero no posee los recursos para hacerlo. El cadáver yace varios días a la intemperie mientras la hija busca un trabajo para solventar el problema. En el segundo acto del filme la joven es contratada por una concertista de piano para realizar quehaceres domésticos. Al final logra pagar el transporte para llevar a su madre al mar. El clímax del filme nos enseña a Fausta que deposita el cuerpo en la playa como si se tratara de un rito ancestral.

Al igual que Madeinusa (2006), esta historia tiene que ver con el mundo indígena y trae por segunda vez a Magaly Solier en el rol principal. Su personaje de Fausta sobrecoge por su sencillez, autenticidad y por la forma en que embelesa a la cámara con sus maneras nada posadas (como dato curioso Solier acaba de lanzar su primer CD titulado Warmi con letras y melodías de su autoría). Las canciones que ella interpreta en el filme son el basamento de la atmósfera sonora al igual que sus silencios que no son pocos. Hay que señalar que casi la mitad del filme está hablado en quichua, lo que da fe del interés de la directora de recrear el universo de estos seres marginados y sin voz que por fin encuentran un espacio en el mundo narrativo audiovisual.

Lo más sobrecogedor es el hecho de que Fausta es hija de una violación, producto de la cuota de sangre que el movimiento terrorista Sendero Luminoso le hizo pagar a la República de Perú entre 1980 y 2000. Se menciona la forma desalmada en que los senderistas violaban sistemáticamente a las mujeres de los pueblos que sometían. Fausta es hija de esos actos canallas y para evitar el mismo destino materno ella ha insertado una patata dentro de su vagina. No hay que ser semiólogo para descifrar el simbolismo: la mujer se convierte en el receptáculo de un fruto de la Madre Naturaleza. El tubérculo escondido es un escudo, un tapón pero también es una forma de vivir la feminidad oprimida. Ella quiere gritar por la parte de abajo de su ser pero la “piedra” que se ha impuesto a sí misma no la deja. La teta del título es el mal que se contagia a través de las violaciones reiteradas. Parte de la creencia andina de que los hijos eran contagiados de los temores de sus madres mancilladas. Es el miedo a vivir. El miedo a ser libre o simplemente el miedo de florecer. Yo, mujer, parece decirnos el personaje, no puedo existir mientras este miedo simbolizado en la papa me impida ejercer las capacidades que Madre Natura me otorgó.

Puntos climáticos del filme: las canciones en quichua (algunas compuestas por la misma Magaly Solier), los silencios, los paisajes desérticos y paupérrimos, esas escaleras interminables que parecen conducir al cielo o quizá al infierno, las miradas de Fausta que son la ofrenda del miedo, su ingenuidad, su pureza, su inocencia… Mientras terminamos de redactar este texto nos enteramos de que acaba de ganar el Premio a la Mejor Actriz del Trigésimo Octavo Festival de Nuevo Cine de Montreal.

Lo más importante de esta historia es el cadáver insepulto o el cuerpo inerte que tarda en ser honrado. No es como el cadáver de Mientras agonizo de William Faulkner que se pasea por algunos puntos geográficos antes de encontrar sosiego. Es algo peor. Hay un trasfondo simbólico en la madre no sepultada. Es la dificultad que tiene el Perú de enterrar su pasado marcado por un sendero de sangre.

A ver si con esta película el congreso peruano aprueba de una vez por todas el proyecto de ley que podría generar las condiciones necesarias para que la totalidad de mujeres que sufrieron violencia sexual durante la época senderista sean registradas como víctimas y puedan, así, recibir reparación física y mental.

La reparación ha empezado simbólicamente con este filme que no asusta (como reza su título) pues invita a ser solidario.