«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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Kafka, según Agnieszka Holland, un sueño cinematográfico intranquilo y un insecto literario monstruoso

Franz (2025), hablada en alemán, checo, francés, japonés, inglés y yiddish, dirigida por Agnieszka Holland (Varsovia, 1948), es una biopic extraña, peculiar, fragmentaria, arriesgada, sobre el escritor Franz Kafka (1883-1924), porque evade la estructura lineal del género biográfico. La cinta —coproducción entre República Checa, Alemania y Polonia, con 128 minutos de duración— alterna la infancia con la juventud del escritor en la Praga de preguerra con escenas ambientadas en la Praga contemporánea, donde Kafka funciona como parte del Citybranding: hay referencias explícitas a las palabras que escribió y las que se han escrito sobre él, los espectadores somos incluidos a las visitas al Museo Kafka y a la mercancía derivada de su figura. De hecho, la estatua cinética que está al pie del museo es la que inspira la forma fragmentada del guion y también del rostro del escritor en el afiche del filme.

Formada en la FAMU (escuela de cine y televisión) de Praga y curtida como ayudante de dirección de Krzysztof Zanussi y Andrzej Wajda, doña Agnieszka Holland construyó su carrera (de más de treinta películas) fuera de Polonia tras emigrar a Francia en 1981, en vísperas del estado de sitio decretado por el dictador Jaruzelski. Su filmografía acumula tres nominaciones al Oscar al mejor filme extranjero —Amarga cosecha (1985), Europa, Europa (1990) y En la oscuridad (2011)—, además de un premio del jurado en Cannes por Actores provincianos (1978), además de colaboraciones como asesora de guion de su compatriota Kieślowski en la trilogía Tres colores. Mi favorita sigue siendo Total eclipse (1995) en la que Leonardo DiCaprio da vida al poeta maldito Arthur Rimbaud y su amor loco por Paul Verlaine (David Thewlis). En años recientes ha alternado el cine de autor centroeuropeo (Spoor, 2017; Charlatán, 2019; Green Border, 2023, con la que compitió en Venecia y provocó una fuerte controversia política en Polonia por su retrato de la crisis migratoria en la frontera con Bielorrusia) con trabajo televisivo en producciones estadounidenses como la clásica The Wire, la a ratos brillante House of Cards y esa joya melodramática que es The Affair. Franz llega a nosotros de manos de una directora que ha visitado figuras y episodios históricos concretos —el Holocausto, el estalinismo, ahora Kafka— sin proponer nunca un estilo concreto, lo que explica la disposición de esta película a arriesgar una estructura poco convencional en vez de recurrir a la fórmula hollywoodiense de la típica biopic literaria.

Las adaptaciones audiovisuales de la obra kafkiana forman una tradición identificable, marcada más por los fracasos que por los logros, una dificultad que suele atribuirse a la ausencia, en los textos originales, de una narrativa lineal o de personajes convencionales. El referente mayor sigue siendo El proceso (1962) de Orson Welles, con Anthony Perkins como Josef K.; aunque Welles no eligió la novela por afinidad personal —según su biógrafa Barbara Leaming, sino que fue uno entre varias opciones que le dieron sus productores— pero entregó la versión que la crítica sigue considerando como la más cercana a la categoría «kafkiano».

El castillo, la otra gran novela inconclusa, ha tenido más versiones que fortuna, y ahí van nombres que hasta los más expertos no pueden reconocer: la germano-suiza de Rudolph Noelte (1968) con Maximilian Schell, la de Aleksei Balabanov (1994), la de Michael Haneke (1997) con Ulrich Mühe, y una rusa posterior de Konstantin Seliverstov (2016). La metamorfosis concentra el mayor número de intentos —se calcula alrededor de una decena relevante que ha adaptado la historia de Gregor Samsa—, desde el mediometraje checo de Jan Němec (1975) hasta la versión rusa de Valeri Fokin (2002), que resuelve la transformación de Gregor Samsa por vía actoral y gestual, sin efectos especiales, evitando así el problema central de toda adaptación de ese relato: volver visible al insecto quitando el lente de la compasión.

Aparte están las películas que usan la figura o la atmósfera del escritor sin adaptar un texto puntual, como la extraña Kafka (1991) de Steven Soderbergh, un híbrido entre biografía apócrifa y ficción surrealista protagonizado por Jeremy Irons. Frente a ese fondo, la apuesta de Holland en Franz es distinta desde la raíz, como dice Natalia Lafourcade: no adapta una obra sino que construye un retrato del autor a partir del contraste entre su biografía y el aparato cultural que ha crecido como la hiedra alrededor de ella, lo que la sitúa más cerca de la biopic reflexiva que de la adaptación literaria propiamente dicha. Idan Weiss (excelente decisión de casting) interpreta al Kafka adulto, con Daniel Dongres en los años de infancia y un enorme Peter Kurth como el padre, cuya presencia agresivamente dominante marca el tono de las escenas que comparte con su hijo. El guion es de Marek Epstein y de la propia Holland, a partir de una historia de Mike Downey.

Idan Weiss, actor alemán de 29 de años de increíble parecido con el escritor, ha dicho en entrevistas que era aparentemente fácil construir a Kafka como personaje porque todo el mundo sabe físicamente cómo luce. Lo difícil, añade, fue dotarle de un repertorio gestual porque es bien sabido que todo actor trabaja con un modelo al cual busca recrear o imitar de cierta manera. Cuando Robert Pattinson dice que se inspiró en el personaje de James Woods de Casino no está bromeando. Weiss ha dicho públicamente que adoptó los tics del tenista Rafael Nadal, deportista que tanto él como la directora admiran. Holland ha declarado que Kafka era neuroatípico y se ha aventurado a afirmar que estaba en algún punto del espectro autista, entre el asperger y el autismo. Este diagnóstico amateur es importante porque nos permite tener la visión muy personal de la directora.

A mitad de la película hay una ruptura de la cuarta pared. Kafka nos mira a los espectadores mientras él escucha las quejas de Felice. Aquí la propuesta audiovisual no es que cambia radicalmente. Ya estaban los avisos en el inserto dramatizado de La colonia penal o la guía del museo que explica en francés cuántas cartas escribió el narrador checo en vida. También estaba la escena de los turistas japoneses que van al balneario italiano donde el escritor solía veranear por prescripción médica. A partir de la mirada directa de Kafka a los espectadores el filme se permite muchas licencias. Se «entrevista» al dentista del escritor que habla de cómo el término depresión ha reemplazado al de melancolía y que lo que tiene Kafka es culpa de su padre. Esta última acusación la dice citando a Freud.

Cuatro aspectos llaman la atención de esta adaptación cinematográfica. La primera es la relación con su amigo Max Brod, la segunda es la relación con su padre Hermann, la tercera es su relación con las mujeres y la cuarta la representación (en forma de insertos) que vemos de algunas de sus obras. Empecemos por la última.

Es realmente de gran poderío dramatúrgico el ver representada «Una colonia penal» mientras el personaje de Kafka lee públicamente ese cuento. Resulta realmente notable el ver la máquina de tortura en un paraje desértico. El inserto dramático no sirve como una ilustración del relato literario, funciona como contraste. Está colocado de tal forma en el filme que sabemos que su literatura no fue asimilada de manera positiva en su momento. Los que asisten al recital abandonan asqueados y dejan medio lleno el salón. Es un aviso de cuan poco eco encontrará su obra al principio de su carrera literaria.

Max Brod es representado como el compañero de aventuras. Van de burdel en burdel y de recital en recital. Dirige la discusión grupal de escritores sobre esa obra en progreso que es El Castillo. Le presenta a Felice. Decide no cumplir la voluntad de su amigo de quemar sus manuscritos. Verdaderamente importante es ver a Brod defender con celo el baúl que contiene todas las obras de su amigo mientras va entrando a Jerusalén, después de huir del nazismo. Importante la imagen del material inédito que no es quemado por el amigo. La intención no es cuestionar si el albacea hizo bien o no en no quemar las obras inéditas. Lo que se quiere es representar un acto que salvó toda una literatura. No hay un ángulo nuevo en esta relación de amistad.

El padre aparece como una alimaña que siempre está cuestionándolo, ofendiéndolo, insultándolo. No lo deja vivir, pensar, respirar, escribir, enamorarse, casarse, desarrollarse… Ningún ángulo nuevo tampoco en esta relación familiar. «Estás más flaco que un perro callejero», le dice al niño Franz en un balneario mientras se visten para ir a nadar. Cuando le da a leer La condena (su segundo libro publicado) obtiene un reclamo: le pregunta si el personaje del autoritario anciano comerciante es él. En vez de recibir un sí o no como respuesta por parte del autor, este reacciona contento: «¿Leíste La condena?«, le pregunta excitado. La respuesta (en la mente del protagonista) es una doble cachetada de parte del padre. Al final, Holland lo deja bien parado y lo pone en pantalla como el padre que se conmisera por su hijo y paga sus deudas mientras pasa sus últimos días de vida en un sanatorio. Decidora imagen la del progenitor llorando a solas después de pagarle al arrendatario de su hijo todo lo adeudado mientras la esposa lo consuela.

La relación con las mujeres es nula, inexistente. Su madre no tiene voz en la familia y ningún poder de decisión. Su hermana es la única que lo apoya, pero ella se casa. Conoce a Felice a quien solo ve una vez, pero le manda mil cartas, quiere casarse con ella y luego ya no. Conoce a Grete, la mejor amiga de Felice que pasa a ser su nuevo interés sentimental para luego no serlo más. Telenovelesca la escena en la que Felice le reclama a Franz sobre su relación epistolar con Grete y en vez de cancelar su matrimonio decide pasar por alto el affaire. La posterior cena de petición de mano se convierte en la oportunidad de Franz para salir corriendo: se niega a casarse con Felice. Con Milena (mujer casada que vive en Viena) es con quien más se desnuda (en el sentido literal y metafórico), sobre todo cuando le da en en plena cópula, la mejor definición de sí mismo: “Un funcionario burocrático oscuro, con tuberculosis, y la extraña obsesión de no poder vivir sin escribir, que le pide a una mujer joven y sana que arruine su vida con él”. Valiosa resulta esta panorámica de sus relaciones con el sexo opuesto. Después de todo, quien dirige y co-escribe esta película es una mujer.

El gran aporte del filme es su componente documental. Las visitas a la casa museo o a la casa donde vivió con su hermana son parte de la narración desde el presente. El mensaje (si hay uno) es muy claro: Kafka es una mercancía cultural con sus camisetas, pósters y todo tipo de memorabilia. El final del filme está conectado con esa visión de la mercadotecnia literaria. Se escucha una voz en off que dice: “Si quiere tickets, diga tickets; si quiere souvenirs, diga souvenirs; si desea un encuentro personal con Kafka, diga Kafka“. La guía del museo remata con una sentencia que lo resume todo: “Kafka es el escritor más influyente en la forma de pensar y escribir en el siglo XX. Su obra está completamente cerrada y él se llevó la llave”. No se nos ha demostrado del todo la primera afirmación, pero es un cierre académico necesario para Holland. Ella es muy honesta con el misterio final: no tiene el código o la contraseña de la maquinaria kafkiana pese a darnos una narración de 127 minutos. En el plano de cierre del filme, el escritor mira a la cámara, con los hombros desnudos, con la mirada pudorosa, sin asomo de desafío. Su rostro está envuelto en la penumbra. Lo que hemos visto en toda la película es apenas su mitad. Una balada con letra desoladora empieza a sonar sobre un fondo negro. Fin.

Carta abierta a los fanáticos de El Hombre Araña. The amazing Spiderman? Not so amazing! (con canción de Bad Bunny incluida)

Querido fanático de Spiderman:

Vi Spider-Man: Brand New Day (basada en el cómic del mismo nombre, sin el artículo «un» en el título) la misma semana que tú, y coincido en varios puntos: la coreografía de las escenas de acción funciona, los efectos digitales cumplen a destajo, la cinematografía de Nueva York tiene peso propio, y la partitura de Michael Giacchino vuelve a sostener la película en los momentos que el guion no logra sostenerse por sí solo. Disfruté como tú el gran guiño musical de la película que es la colaboración de Bad Bunny en el soundtrack: ver a Spider-Man volar entre los rascacielos de Nueva Yol (sic) al son de “EoO” amplifica la experiencia y le da al soundtrack un peso que va más allá de la partitura orquestal de Giacchino. Michael Mando, el Nacho Varga de Better Call Saul, interpreta a Escorpión, y Punisher está en manos de Jon Bernthal (el Menelao de Nolan y el hermano del protagonista de The Bear) que cumple su rol disruptivo tal y como se lo pide el guion; Tom Holland, con 30 años de edad cumplidos, sigue siendo un Spider-Man convincente en lo físico y lo emocional. Me llama la atención que los protagonistas de las películas del héroe arácnido sean siempre jóvenes en detrimento del nombre del personaje: no son Spider-Men, son Spider-Boys frágiles, bonachones, introvertidos y poco sociables (recordemos los rostros de Tobey Maguire y Andrew Garfield en el mismo rol).

La aparición de la Mole como incidente secundario está bien calculada, sin robarle protagonismo a la trama central. El personaje de Sadie Sink, la poco talentosa pelirroja de Stranger Things no aporta lo que debería; su arco se siente forzado dentro de una trama ya sobrecargada. La aparición de Jean Grey junto a su hermana es uno de esos giros que la película no se toma el trabajo de justificar: funciona como guiño para quien sigue el material de origen, pero como recurso narrativo es perezoso. Y la escena post-créditos, lejos de dejar expectativa, cierra la película con una nota menor: corta, previsible, sin el gancho que estas escenas suelen tener en la franquicia (no haremos el destripe revelando detalles). Está también la breve aparición de Yelena, la hermana de la Viuda Negra, interpretada por Florence Pugh. Más fugaces aún son Tarántula y Boomerang, villanos necesarios para un héroe arácnido en crisis. No me creí mucho aquello de la pérdida de los súper poderes. Desconfié de las escenas en las que el protagonista aparece solo en su habitación rodeado de pantallas de computadoras jugando a ser el Neo de The Matrix cuando en el cómic prescinde de la tecnología. Tampoco estuve de acuerdo con los flashbacks de la tía May (interpretada por Marisa Tomei). No le veo necesidad a esa trillada escena que he visto en tantos filmes: el héroe hincando la rodilla sobre la tumba del familiar fallecido y depositando flores, recordando consejos recibidos y frases de comfort.

Conozco el cómic original, el número 546 y siguientes, publicados en 2008 con el mismo título del filme, Brand New Day, pero me pierdo en la telaraña de publicaciones. Como escritor me interesa mucho el temas de las adaptaciones y conozco la referencia de las tres colecciones de El Hombre Araña. Reviso mi enciclopedia de Marvel y veo que hay una colección titulada «Marvel Team-Up», otra llamada «Peter Parker, the Marvel collection», y una más, rotulada como «The Spectacular Spider-Man». Esas tres colecciones dejaron de existir para dar paso a una nueva colección que se llama simplemente «Amazing». A este nuevo comienzo Marvel Cómics le llama «Un nuevo día». Es un empezar desde cero del personaje que renuncia a la tecnología y busca un nuevo trabajo, se enfrenta un nuevo villano (Mr. Negative), le da cacería a un imitador de Spider-Man que anda atracando a la gente. Todo lo anterior para afirmar que a veces olvidamos que todos estos héroes y villanos tienen su origen en revistas especificas. Los guionistas lo que hacen es tomar lo que desean (oh, las libertades de la adaptación) y se amoldan a las necesidades de la franquicia. Lo importante es entender que las versiones cinematográficas de Marvel son apenas una adaptación mínima de la riqueza de los cómics.

Regresando al filme, coincido contigo en la reserva de fondo: Brand New Day no tiene la misma energía que las anteriores. Lo noté en la sala: el público joven no reaccionaba con la efusividad de antes, aunque los números pueden desmentirme porque el filme ya sobrepasó el récord de Avengers: End Game (2019) como el más taquillero del cine norteamericano en su primer fin de semana de proyección. Los actores de esta franquicia están entrando en la treintena, la misma década en que ha ingresado buena parte de su público original. Una saga que empezó dirigida a adolescentes ahora convive con espectadores adultos, y esa fricción generacional se siente en el tono de la película. Cumplidos los 30 años, Tom Holland ya puede decirle adiós al personaje en esta, su cuarta película como el héroe arácnido (contra las tres de Maguire y las dos de Andrew Garfield).

Vale la pena situar este título dentro del mapa completo del universo Marvel que tú conoces tan bien. Yo preferiría sintetizarte las novelas de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust o el árbol genealógico de Cien años de soledad, pero aquí van resumidas las fases de la llamada Saga del Infinito: la reunión de los personajes fundacionales (6 películas del 2008 al 2012), su expansión (6 títulos del 2013 al 2015) y la culminación que cerró con Endgame (11 filmes del 2016 al 2019). Desde 2021 estamos en la Saga del Multiverso: la Fase 4 (7 filmes del 2021 al 2022) introdujo las variantes y realidades alternativas, la Fase 5 (con 6 títulos del 2023 al 2025) amplió las amenazas sin encontrar todavía un centro narrativo claro, y ahora la Fase 6 (4 títulos del 2025 al 2027)— con The Fantastic Four: First Steps, Brand New Day, Avengers: Doomsday (que se estrenará en diciembre de 2026)— se plantea como el tramo que debe resolver el destino multiversal antes de Secret Wars que se estrenará en diciembre de 2027. 

Me llama la atención que dentro del canon no esté Into the Spider-verse (2018), con el héroe arácnido latino, Milo Morales, en la que ya vemos a los distintos Spider-Men procedentes de universos alternativos, detalle aplicado en Spider-Man: No way home (2021). Into the Spider-Verse, que ganó el Óscar al mejor filme animado, es la fuente de muchas ideas presentes en la fase 6. Ya me dirás tú, que todo obedece a razones legales, ya que Sony Pictures posee los derechos cinematográficos exclusivos de Spider-Man, mientras que Marvel Studios (propiedad de Disney) posee la propiedad intelectual de los cómics, el merchandising y el control del MCU (Marvel Cinematic Universe). Sony se queda con la mayoría de la recaudación en taquilla, pero permite que Marvel Studios (liderado por Kevin Feige, el supuesto genio tras bastidores) actúe como el productor creativo principal para que la historia encaje en el MCU.Toda una telaraña de intereses, como te habrás dado cuenta.

Brand New Day (propongo cambiar «new» por «old» y «day» por «Dawn» que significa ocaso) llega en un momento en que la industria del entretenimiento discute abiertamente el papel de la inteligencia artificial generativa en la producción audiovisual, y la película no es ajena a ese clima: su factura visual, más calculada que inspirada, más computarizada que otra cosa, más su dependencia de fórmulas ya agotadas del multiverso, la sitúan como un producto a tono con esta era tan eficiente en la ejecución técnica, pero con menos riesgo autoral que las entregas que definieron las fases anteriores. A la pasada te cuento que esto del Multiverso proviene de la teoría de los mundos posibles que tiene cédula de identidad literaria. No te voy a aburrir explicándote el origen de esta categoría de la teoría de la literatura, pero te puedo mencionar la existencia de un pensador checo, Lubomir Doležel (1922-2017), que acuñó, en 1998, el término heterocósmica (la teoría de los mundos posibles) para hablar del poder de la literatura como creadora de universos ficcionales independientes con leyes internas y únicas. Todo esta para decirte que lo que está haciendo Marvel no es nada nuevo.

Como crítico he cumplido con ver la obligación de ver las 38 de las 40 películas del MCU (faltan por estrenarse dos), pero confieso que el tiempo no alcanza para las versiones animadas, como Ultimate Spider-Man (2012-2016) y Your Friendly Neighborhood Spider-Man (2025), que circulan en las plataformas de streaming, incluyendo esa rareza del Live Action que es Spider-Noir (2026) con Nicolas Cage. Algo similar me pasa con la franquicia de Star Wars: es imposible verlo todo, al menos para un cinéfilo de mi generación.

Con todo, el Spider-Verse sigue ensanchándose, y esa expansión — más que el entusiasmo del público — parece ser hoy el verdadero motor de la saga. Mientras la telaraña siga creciendo, nos seguiremos perdiendo. Te veo en el cine.

Un abrazo,

Marcelo Báez Meza

¡Qué odisea la de Nolan adaptando a Homero!

A la memoria de Juan Ignacio Vara

Entre 2003 y 2015 di la asignatura de Literatura Grecolatina en la extinta Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación de la Universidad Católica Santiago de Guayaquil. Fue una aventura fascinante adentrarme en ediciones en verso de los libros de Homero (aún guardo los libros blancos de hojas amarillentas de Planeta-Barcelona en las traducciones de José Alsina de cuyos estudios introductorios hemos tomado gran parte de la información que se leerá en este artículo). Lo que más me llamó la atención (aparte del despliegue incesante de figuras retóricas) fue la violencia gráfica de La Ilíada y las mágicas aventuras marinas de La Odisea. Recordaba las clases del Padre Juan Ignacio Vara quien decía que ambos libros (él los había estudiado en su idioma original que era el dialecto jónico) eran escritos por dos autores diferentes. El segundo seguramente el autor era una mujer, insinuaba con seriedad mi maestro, por la cantidad de guiños a la vida doméstica y la pléyade de personajes femeniles. Por él va este artículo, a propósito del filme de Cristopher Nolan.

De un cuaderno de anotaciones de la universidad. Para Platón, Homero era «El más sabio y el más divino de los poetas» y «El poeta más entendido en todas las cosas». Sócrátes muere recitando uno de sus versos. «Debe leerse, por lo menos, una vez al año», aconsejaba Goethe. El poeta Frédéric Mistral dijo de sí mismo que era un «indigno aprendiz de Homero». De los papiros griegos hallados en Egipto (incluyendo la Biblioteca de Alejandría), la mitad son transcripciones de Homero. La transmisión oral de sus poemas épicos ha sido equiparada al Corán y a los Vedas. Homero usa el hexámetro dactílico, un verso de seis pies métricos basados en la combinación de sílabas largas y breves. No entraremos en tecnicismos que aclaran que la métrica clásica no se cuenta por número de sílabas (como en español), sino por la duración o cantidad silábica. Los gramáticos separatistas clamaban que La Odisea era de un autor diferente. Los textos homéricos son valiosos instrumentos porque ilustran los conceptos más importantes de la cultura griega: la aristeia (los mejores momentos de un guerrero en plena batalla), la areté (la excelencia o virtud), la paideia (la educación de la juventud), la phronesis (sabiduría), el xeinos (hospitalidad hacia el extraño o extranjero), la dikaiosyne (justicia u orden), además del ethos (carácter), pathos (la emoción de la audiencia) y logos (la palabra amparada en el pensamiento).

La Ilíada, con sus 24 cantos, se caracteriza por las acciones bélicas que se describen de forma descarnada, a partir del décimo año de la guerra de Ilión, nombre antiguo de Troya. Por un lado los troyanos y por el otro la coalición de los griegos conformada por aqueos, argivos, dánaos, mirmidones… Una lanza atraviesa un cráneo o un fondillo. Luchas cuerpo a cuerpo. Una batalla naval. Un catálogo de héroes. Otro catálogo de naves. Insultos. Decapitaciones. Vísceras e intestinos que brotan. Dioses conspirando a favor de cada bando. Afrodita, Marte, Artemisa, Afrodita y Leto del lado troyano; Atenea, Poseidón, Hermes, Hefesto y Hera, del lado de los griegos. Entre los recursos retóricos más notables está el epíteto homérico («Zeus, el que nubes reúne») y el símil caudaloso (en el Canto V, Homero describe a Diomedes arrasando el campo de batalla de manera similar a un río invernal que desborda diques y destruye cultivos, sembrando el caos entre las filas troyanas). Destaca el recurso de la retardación: Aquiles se demora casi toda la obra en reaparecer (canto XIX) para dirigir la coalición griega que asaltará Troya. Su ira se desata contra los que mataron a su primo Patroclo. Toda La Ilíada puede ser vista como un conjunto de aristeias conseguidas por los diferentes héroes griegos.

La Odisea, con sus 24 libros (en este caso no se les dice «cantos»), narra el regreso de los vencedores de Troya a sus hogares. Todos llegan a su destino menos Odiseo que desafía a los dioses desviándose del camino. Esta epopeya tiene tres partes: la telemaquia (cantos I al IV), la Odisea propiamente dicha (cantos V al XIV) y el regreso de Ulises más la eliminación de los pretendientes (cantos XVI al XXIII); como coda el Libro XXIV contiene el segundo descenso a los infiernos por parte del protagonista. Al salir de Troya, Ulises se va a demorar otros diez años en volver a Ítaca donde su esposa Penélope lo espera en compañía de su hijo Telémaco quien tiene veintiún años. Doce pretendientes (metáfora del calendario solar) han invadido el palacio de Ulises ansiando desposar a la dueña. Ella teje y desteje su telar como parte de su espera. Los dioses van de asamblea en asamblea decidiendo el destino de Odiseo. Destaca el recurso de la retardación: recién en el libro XIII Ulises logra regresar a Ítaca. Su ira (similar a la de Aquiles) se desata contra los pretendientes que quisieron usurpar su trono. Toda La Odisea puede ser vista como una gran aristeia de su protagonista.

Vamos entrando recién de pie juntillas al séptimo arte.

El cine (nacido en 1895) ha tenido más suerte con La Ilíada que con La Odisea (ambos poemas épicos creados en el siglo VIII a.C.), y en los dos casos esa suerte ha sido limitada porque no existe una adaptación audiovisual canónica del mundo homérico. La primera llegó al cine en 1905, cuando Georges Méliès rodó un corto de cuatro minutos sobre el encuentro de Ulises (nombre en latín de Odiseo) con el cíclope Polifemo, interpretado por el propio realizador; seis años después, en 1911, el italiano Giuseppe de Liguoro protagonizó y codirigió L’Odissea de 43 minutos para la Exposición Internacional de Turín. La versión más recordada del siglo XX es Ulises (1954), de Mario Camerini, con Kirk Douglas como protagonista, un peplum de estudio que fijó por décadas la imagen popular del héroe. En la televisión está The Odyssey (1997), una miniserie dirigida por el ruso Andrei Konchalovsky, con Armand Assante en el papel principal y Greta Schacci como Penélope. Del lado experimental está Nostos: il ritorno (1989), de Franco Piavoli, una cinta muda que traslada el relato a un registro onírico y sensorial, más cercano al poema que a la aventura de acción. La Ilíada, por su parte, ha tenido su versión más taquillera en Troya (2004), del alemán Wolfgang Petersen, con Brad Pitt como Aquiles, que optó por despojar la historia de toda intervención divina y convertirla en un drama bélico de escala hollywoodense, decisión que entonces generó el mismo tipo de debate sobre la fidelidad que ahora rodea a Nolan. Recientemente, El regreso (2024), de Uberto Pasolini, abordó solo el tramo final del nostos de Ulises (Ralph Fiennes) para llegar a Penélope (Juliette Binoche) con medios reducidos, logrando transmitir la carga interior del héroe sin necesidad de monstruos ni efectos especiales. Ninguna de estas películas había intentado narrar ambos poemas —la guerra de Ilión y el regreso de Odiseo a Ítaca— dentro de una misma obra: esa es la apuesta específica de Nolan, y la que lo distingue de sus predecesores en la tradición cinematográfica homérica. Christopher Nolan ha adaptado los dos poemas épicos (más el epísodio del Caballo de Troya que está en el libro II de La Eneida) en dos horas y cincuenta y dos minutos. Mientras Ulises (Matt Damon) viaja a Ítaca desde Troya, navegando entre monstruos y tormentas junto a sus hombres, la película lo obliga a rememorar una y otra vez la guerra que dejó atrás. Si la Odisea homérica es un canto de marineros perdidos, la Ilíada es un canto de guerreros en plena lid: esta doble adaptación, tejida por flashbacks que irrumpen e interrumpen el viaje marítimo, es lo que le da densidad a una película que Nolan firma como único guionista.

Las películas de este director británico, nacido en 1970, suelen organizarse alrededor de una enemistad marcada entre un héroe y un antagonista concreto —Borden (Hugh Jackman) y Angier (Christian Bale) en The prestige, Bruce Wayne contra el Joker o Bane en su trilogía de The Dark Knight, Leonard Shelby contra Teddy en Memento— o alrededor de enfrentamientos corales entre hombres sometidos a una misma presión externa, como los soldados británicos varados en la playa de Dunkerque (al norte de Francia), el equipo que se infiltra en los sueños de los demás en Inception o los agentes que manipulan el tiempo en Tenet. La Odisea trabaja con ambos registros a la vez, y ese doble movimiento es parte de lo que distingue a la película dentro de la filmografía noliana. En el plano del enfrentamiento individual, Ulises tiene dos antagonistas sucesivos: Polifemo, cuya ceguera provocada desencadena la persecución de Poseidón que prolonga el regreso durante años, y Antínoo, el pretendiente que en Ítaca amenaza directamente su hogar y a quien Robert Pattinson dota de una hostilidad doméstica y calculadora, más cercana al villano de sobremesa que al monstruo mitológico (le dedicaremos dos largos párrafos a las actuaciones más adelante). Pero el antagonista más persistente de la película no tiene rostro: es el propio Poseidón, una fuerza que Nolan mantiene deliberadamente fuera de campo —nunca se le representa como personaje— y que actúa como el enemigo estructural que organiza todo el tramo marítimo, en la línea de esas amenazas impersonales y omnipresentes que ya gobernaban la trilogía de Batman, Dunkerque o Tenet. En el plano coral, La Ilíada recuperada en los flashbacks funciona igual que los grupos de hombres bajo presión de sus películas anteriores: la tripulación de Ulises, como los soldados de Dunkerque, no combate contra un enemigo individualizado sino contra el desgaste colectivo de una guerra y un viaje que los va reduciendo uno a uno, hasta que el propio Ulises llega solo a Ítaca. La diferencia con esas películas previas es que aquí Nolan hace explícito, en el cierre geopolítico que cruza ambos poemas, que la enemistad entre hombres y la lucha contra la fuerza impersonal son la misma guerra vista desde dos ángulos: el de quien la protagoniza y el de quien, años después, todavía carga con haberla sobrevivido.

La estructura escogida por Nolan no es lineal. La narración arranca in media res, con un rapsoda que invoca la tradición oral antes de que el relato se ramifique entre el mar, el campo de batalla troyano y la casa de Penélope en Ítaca. Hay una espiral que se siente en el relato: un personaje siempre le pide a otro que le cuente la historia de Odiseo o este la narra sin petición de por medio. Este recurso es un guiño a la transmisión oral que sometió a los cantos épicos de Homero a transformaciones constantes hasta que Pericles, en el siglo V, decidió que había que poner por escrito lo que durante siglos estuvo en el aire. Esa fragmentación, habitual en el cine de Nolan desde Memento, aquí cumple una función distinta a la de sus películas: no busca desorientar, sino mostrar cómo el recuerdo de la guerra desvía cada decisión que Ulises toma en su regreso. Lo que en el poema es elipsis —Troya ocurre antes de que empiece el relato— en la película se vuelve intrusión constante. Y es en este recurso en el que radica su valor. No es osado señalar una estructura similar a la de Memento: las escenas sobre Ítaca van hacia adelante mientras que las de Troya y el regreso por mar van hacia atrás. Cuando Ulises llega a su hogar los flashbacks cesan.

El cierre de la película es el punto donde esa doble adaptación se revela con más fuerza: la lectura que Ulises hace de lo vivido en Troya se carga de un sentido geopolítico contemporáneo, sin que Nolan necesite actualizar el vestuario ni el escenario para que la referencia sea legible. Es una decisión de guion más que de puesta en escena, coherente con la elección de que el elenco hable con acentos estadounidenses y no británicos o griegos, en una traducción sonora equivalente a la que Emily Wilson hizo del texto al inglés contemporáneo en 2017, traducción que usó Nolan para construir su adaptación.

La partitura de Ludwig Göransson, colaborador de Nolan desde Tenet, evita cualquier tema tarareable y trabaja de forma casi onomatopéyica, subrayando el oleaje y el combate sin convertirse en acompañamiento decorativo. Es una hermosa música tribal, pastoril, militar, bélica, primitiva… A esa banda sonora se suma un acierto de casting que conecta música con estructura narrativa: Travis Scott interpreta a Demódoco, el bardo ciego que en el poema canta las hazañas de los héroes griegos en la corte de los feacios y que aquí abre el relato ligando la tradición oral homérica con la del rap, un paralelismo que el propio Nolan defendió públicamente al explicar el reparto. Como nota entre paréntesis debo señalar la ausencia de Femio que era el que realmente cantaba historias sobre la Guerra de Troya (Demódoco era el aeda que cantaba en la corte de los feacios). El rapero Scott, gracias al casting daltónico (concepto que explicaré más adelante), ya había colaborado con el director en Tenet, donde escribió el tema “The Plan” para los créditos; en La Odisea da un paso más y no solo actúa, sino que canta su tema “When I’m Home” en la secuencia final de créditos, cerrando el círculo entre el bardo que narra dentro de la ficción y el músico que la comenta desde fuera. Es la tercera vez que Nolan integra a una figura musical de primer nivel en su reparto —después de David Bowie en The Prestige y de Harry Styles en Dunkerque—, y la que más explícitamente convierte esa presencia en comentario sobre el propio mecanismo de la narración épica. «Una cara, una flota, una guerra, un hombre, un pensamiento, un truco, un truco para romper los muros de Troya… ¡y quemarla gritando hasta el suelo!», se le escucha decir a Travis Scott (mientras golpea el suelo con su báculo) abriendo y cerrando el filme con un tono entre profético y ceremonioso. Es, sin duda, el personaje más importante del filme porque da cuenta de la importancia de la figura del rapsoda como compositor. En una época en la que predominaba la transmisión oral el aeda era el responsable de recitar públicamente tanto La Ilíada como La Odisea. Darle esa responsabilidad a un artista como Scott es como decir que la única música que se equipara a la poesía homérica es el rap. Como nota histórica hay que señalar que el aeda era el equivalente de un sirviente o esclavo y que se ganaba el pan entreteniendo a los demás. Su función no era la de inventar historias sino transmitirlas.

La fotografía es de Hoyte van Hoytema, quien trabaja con Nolan desde Interestelar (2014) y aquí filma la primera película de ficción rodada íntegramente con cámaras IMAX de 70 mm, con más de 600 kilómetros de negativo expuesto. La elección no es un gesto técnico aislado: van Hoytema ajustó el juego de lentes para alejarse del gran angular permanente asociado al formato y sostener primeros planos con una profundidad de campo controlada, algo poco habitual en el IMAX documental. El resultado se nota sobre todo en las secuencias marítimas, donde la resolución del negativo permite apreciar el oleaje como textura y no como fondo genérico, y en los combates troyanos, filmados con la misma insistencia en la luz natural y las locaciones reales —Marruecos, Grecia, Italia, Islandia y Escocia— que ha caracterizado el trabajo conjunto del director y su fotógrafo desde Dunkerque. La contrapartida es que buena parte de esa fotografía solo se aprecia en su relación de aspecto original en salas IMAX; en el resto de formatos de proyección, el encuadre recorta hasta un 40% de la imagen filmada, lo que vuelve la experiencia notablemente desigual según la sala. Desafortunadamente, solo hay 41 cines en el mundo (la mayoría en California) con el equipamiento requerido para la proyección en este formato. IMAX ha anunciado hace ya buen rato que no va a fabricar más proyectores. Mala noticia para los cinéfilos de pura cepa: por más que paguen $ 15 por una sala VIP en IMAX lo único que verán será una pantalla recortada a los lados y en la parte superior.

El vestuario, a cargo de Ellen Mirojnick —diseñadora con casi cinco décadas de carrera, autora del traje de Gordon Gekko en Wall Street—, siguió el mismo criterio especulativo que Nolan aplicó a la fotografía: no se da una reconstrucción arqueológica literal, sino una hipótesis verosímil sobre cómo pudo haberse visto la Grecia micénica. Los cascos de los guerreros combinan crestas de crin de caballo con placas de bronce ennegrecido, una técnica que Nolan defendió citando dagas micénicas reales tratadas con azufre para oscurecer el metal; las pecheras siguen esa misma lógica, macizas y sin ornamento en los soldados rasos, mientras que la de Agamenón (Benny Safdie) incorpora oro y plata para marcar su jerarquía, en un diseño cuya silueta oscura generó comparaciones inmediatas con la armadura de Batman en la trilogía de Nolan. Los escudos, grandes y de cuero reforzado, y las lanzas y espadas cortas de bronce, evitan el brillo de la utilería de estudio: Mirojnick, al frente de un equipo de más de quinientas personas que confeccionó más de cinco mil trajes, optó por materiales envejecidos y superficies mate que resisten el escrutinio de la resolución IMAX. El resultado divide: da textura y peso físico a las escenas de combate, pero también expone, en los planos más cercanos, el anacronismo de ciertas soluciones formales que la crítica especializada e historiadores griegos señalaron antes del estreno.

Entre las actuaciones masculinas, Matt Damon sostiene la película con un Odiseo que recrea tres etapas distintas: el rey justo que parte a la guerra, el líder desesperado que naufraga durante años de retraso, y el hombre que regresa a Ítaca cargado de culpa por las promesas incumplidas. Damon evita la solución fácil del héroe estoico; su Odiseo comete errores de juicio con consecuencias visibles —la ruta alternativa que termina alejando a la flota de su destino es la primera de varias decisiones que su tripulación no le perdona del todo— y esa fricción es lo que sostiene el arco narrativo a lo largo de casi tres horas. Tom Holland, como Telémaco, tiene la tarea más ingrata: encarnar (a sus 30 años) a un adolescente que debe asumir de golpe la responsabilidad de proteger a su madre y su reino sin que el guion le dé demasiado espacio para mostrar esa maduración en el tiempo de pantalla que le corresponde; el resultado es un trabajo correcto pero sin brillo, más eficaz en los momentos de vulnerabilidad que en los de autoridad recién adquirida. Robert Pattinson, como el pretendiente Antínoo, es el que se lleva la actuación más comentada: construye una villanía aceitosamente maniquea, casi de vodevil, que el propio actor describió inspirada en el personaje de James Woods en Casino, y que funciona precisamente porque no busca la grandilocuencia trágica de los demás personajes sino la mezquindad doméstica de un hombre que sabe que puede salirse con la suya. Jon Bernthal, como Menelao, y Benny Safdie, como Agamenón, completan el cuadro griego con registros más breves pero funcionales: Bernthal (actor de notables dotes exhibidas en la serie The Bear) aporta el cansancio físico de un rey que sobrevivió a la guerra sin ganarla del todo, y Safdie sostiene con la sola autoridad de su presencia —reforzada por esa armadura oscura y ornamentada que tanto se comentó en social media— la jerarquía que el resto de los griegos le reconoce. El actor de origen colombiano John Leguizamo, en un papel menor pero memorable como el porquero Eumeo, y Himesh Patel, como Euríloco, redondean un reparto masculino que, sin ser uniforme en sus resultados, evita el escollo más común de las superproducciones corales: que las actuaciones se disuelvan en el espectáculo.

Las actuaciones femeninas, en cambio, dividen más a la crítica pero concentran algunos de los mejores momentos de la película. Anne Hathaway, como Penélope, sostiene la subtrama de Ítaca con un registro más que aceptable: una reina que rechaza a los pretendientes sin recurrir al gesto heroico, dejando el telar inacabado como única forma de resistencia visible, y a la que ciertos diálogos —según señaló parte de la crítica— le juegan en contra más que la propia interpretación. Charlize Theron, como la ninfa Calipso que retiene a un Odiseo amnésico durante años de cautiverio, y Zendaya, como Atenea, reciben lecturas más divididas: para algunos críticos ambas resultan poco desarrolladas dentro de una estructura coral que no siempre les da tiempo de pantalla proporcional a su peso mitológico; para otros, en cambio, dominan la escena precisamente por la contradicción que encarnan sus personajes —diosa, una; hechicera, la otra, que, pese a los poderes que ostentan, terminan funcionando como víctimas o instrumentos de una guerra librada por hombres—. Lupita Nyong’o es una de las grandes apuestas de Nolan en el reparto: interpreta un doble papel, como Helena de Troya (la mitad de su rostro lleno de cicatrices) y como Clitemnestra, hermana de Helena, y de esa duplicación extrae buena parte de su fuerza: dos mujeres atrapadas en las consecuencias de decisiones ajenas, una como causa nominal de la guerra y la otra como su víctima doméstica. Aquí me permito insertar entre paréntesis el concepto de casting daltónico, práctica muy usual en el cine de superproducciones a gran escala en la que se escoge a un actor para contrastar el origen étnico del personaje al que interpreta. El musical Hamilton, protagonizado por latinos, es el ejemplo de manual que mejor permite entender este concepto tan válido y tan bien aplicado en Hollywoodlandia. Samantha Morton, como Circe, entrega una de las mejores actuaciones, una escena de metamorfosis con un tratamiento de horror corporal comparable al de Un hombre lobo americano en París, aunque más matizado por tomas sugeridas y nada explicitas. Mia Goth, en el rol de Melanto, la sirviente desleal de la casa de Ítaca, completa un reparto femenino que, tomado en conjunto, termina siendo parte del motor emocional de la película: mientras los hombres libran o rememoran la guerra, son estos personajes —reinas, diosas, cautivas— quienes cargan con su carga silenciosa.

El tratamiento de las criaturas mitológicas es donde Nolan arriesga más y obtiene algunos de sus mejores resultados. De los 24 cantos de La Odisea, estos episodios mitológicos son tomados de los cantos 5 al 12. Este dato es importante para señalar que lo mágico es apenas una porción de este libro que tiene tres partes: la telemaquia (la búsqueda que hace el hijo en pos de su padre), los regresos de Odiseo y la matanza de los pretendientes de Penélope. Vamos a revisar brevemente la parte mítica de este libro de Homero. Polifemo, el Cíclope con el genial detalle de su ojo virado completamente en la frente, es un gigante de dieciocho metros construido mayoritariamente con efectos prácticos y prótesis —interpretado físicamente por Bill Irwin—, en un homenaje declarado a Ray Harryhausen (legendario maestro del stop motion de los años 50) que privilegia la presencia física sobre el CGI puro (aunque hay cierto aire a El laberinto del fauno de Guillermo del Toro); la secuencia en su cueva funciona más como un episodio de supervivencia claustrofóbica y menos como freak show o espectáculo de monstruos, y es de las que mejor sostienen esa apuesta por lo analógico. Circe (Samantha Morton) y Calipso (Charlize Theron) representan los dos polos del cautiverio femenino en el viaje: la primera convierte a la tripulación en cerdos en una secuencia de metamorfosis corporal que roza el mejor body horror, como lo dije en el párrafo anterior. Las sirenas, a las que solo vemos de lejos, son la elección más discutida: Nolan las despoja de la fisonomía híbrida de ave y mujer que tienen en el poema y las presenta con forma humana convencional, apareciendo apenas unos segundos en pantalla, de manera que el peligro quede sugerido por el canto y no por el diseño de las criaturas; es una decisión coherente con ese gesto instintivo de racionalizar lo fantástico, aunque también la que más se aleja de la imaginería tradicional del mito. Escila (el monstruo de varias cabezas) y Caribdis (el remolino que traga barcos enteros) se resuelven en una sola secuencia, al paso, como quien no quiere la cosa, y es el propio Odiseo quien decide en secreto, sin consultar a su tripulación, hacia cuál de los dos peligros dirigir la nave, una elección moral que el guionista deja pesar sobre él en el resto del metraje. El descenso al Hades, filmado en las playas negras de Islandia, es quizá el pasaje más logrado de todo el filme: ahí, Odiseo se encuentra con el adivino ciego Tiresias (de espectacular aparición con un manto que le cubre los ojos), quien le plantea justamente esa disyuntiva entre Escila y Caribdis, y con las sombras de compañeros caídos en Troya, entre ellos Agamenón y Sinón —este último interpretado por Elliot Page, personaje que la película amplifica respecto al poema original, donde nunca figura—; es el punto en que el viaje marítimo y el trauma de la guerra troyana confluyen de manera más explícita, aunque a costa de sacrificar el encuentro con Aquiles y con la madre de Odiseo, ambos presentes en Homero, pero ausentes en Nolan.

Párrafo aparte merece el Caballo de Troya que se trata de un episodio exclusivamente de La Ilíada. Nolan se esmera (y lo consigue) al darle al episodio un tratamiento visual distinto. Ya no estamos frente al caballo de juguete gigantesco con cuatro ruedas que es abandonado al pie de los portones de la ciudad amurallada. El dispositivo de madera está semienterrado en la arena con un montón de soldados comandados por Odiseo. El caballo es custodiado por el ya mencionado Sinón (Elliot Page), personaje que aparece en La Eneida, pero que en el guion de Nolan se convierte en el representante de los soldados caídos en pleno combate. Él muere al ofrendar el caballo como un regalo. En el Inframundo le reclamará a Ulises el porqué fue engañado (nunca le comunicaron que había soldados dentro del caballo), y recibirá como respuesta un tibio «Quería que creyeran». Aunque Sinón no aparece en textos homéricos, sí está en el Libro II de Virgilio con la misma misión cinematográfica de custodiar el caballo. Parece que Nolan ha querido fusionar a Sinón con otro personaje de La Eneida que se llama Elpénor quien es mencionado en el segundo poema homérico como el más joven de los soldados de Ulises. En la obra literaria Elpénor muere en la isla de Circe (se cae borracho del techo del palacio de la hechicera) y al llegar al Hades le reprocha a Odiseo lo mismo que Elliot Page en el filme. Es probable que Nolan haya hecho estos cambios valederos en el montaje final para despistar a tantas teorías de fanáticos en social media.

Es importante mencionar que el Caballo de Troya no aparece en el primer libro de Homero. La Ilíada termina mucho antes de la caída de Troya. Ese poema épico se enfoca en un corto periodo de tiempo del décimo año de la guerra, centrándose en la ira de Aquiles y los funerales de Héctor. Es en el canto VIII de La Odisea en el que aparece referido el episodio del caballo en boca de Demódoco, el aeda ciego, en la corte de los feacios. Acompañado de una lira, el bardo se encarga de referir la historia ante un incógnito Odiseo que se pone a llorar de la emoción al ver cantada su hazaña. Tal parece que Cristopher Nolan ha tenido que bucear en La Eneida para captar un material más rico para su guion. En el Libro II de Virgilio está ampliada la historia del caballo, su construcción, su inserción dentro de la ciudad de Troya y la actuación de Sinón como espía griego para convencer al enemigo de aceptar la ofrenda del juguete gigantesco. En la película (aquí tenemos un interesante ajuste) la historia del caballo le es narrada a Telémaco por parte de Menelao, en presencia de su esposa Clitemnestra.

Vamos cerrando este artículo sobre el filme de Nolan. El diseño del personaje principal dista mucho de la concepción homérica. Odiseo en el libro es un ladrón, alguien que gusta de tomar siestas, un marinero, un embustero, alguien que llora extrañando el hogar, un padre, un esposo, un líder, un atleta, un guerrero, un migrante, alguien que tiene una relación especial con la diosa Atenea quien lo ayuda en todos sus ardides, un pirata, un rey, un mendigo… Nolan elimina el dato de esclavitud sexual vivida con Calipso durante sus siete años de cautiverio. Borra la conversación que tiene con Polifemo quien le pregunta por su nombre y él responde que se llama Nadie. Se borra del mapa mitológico a Poseidón quien furioso arremete contra Ulises y le impide volver a casa por haber herido a su hijo Polifemo. Los griegos de Nolan saquean la ciudad de los cicones, pero nunca vemos que quieran irse de ella, tampoco los vemos drogados en la isla bajo los efectos de la flor de loto (algo que sí sucederá con Calipso).El arribo de Odiseo, primero a tierra de los cicones y luego a la de los lotófagos sucede apenas diez días después de abandonar Troya. En la película, ambas paradas estratégicas apenas son nombradas. Después de ser liberado por Calipso tras siete años, Ulises navega en una balsa sin vela, pero no llega primero a Ítaca (como muestra la película) sino al país de los feacios, Esqueria. En el relato de Homero, Ulises, instalado ya en la corte de los feacios, les cuenta sus aventuras al rey Alcínoo y la reina Arete. Cuando termina de relato, es Alcínoo (y no Calipso) quien le proporciona una nave llena de regalos y lo envía a Ítaca sumido en un sueño reparador. En La Odisea de Nolan, Penélope menciona que su hijo, Telémaco, fue a ver a su abuelo paterno quien nunca aparece en pantalla. Apenas lanza el dato de que el sudario que está tejiendo es (sin dar el nombre) para Laertes.  

El asesinato de los pretendientes es el clímax del filme. El detalle del arco que solo puede ser tensado por el protagonista es uno de los mejores momentos del clímax narrativo, además del asesinato a mano limpia, uno por uno, de cada pretendiente de Penélope. Si Nolan no hubiera interpolado previamente todo el pasado militar de Ulises, no sería para nada creíble esa odisea final. El capítulo 24 del libro original siempre se consideró, por parte de los historiadores de la literatura, un añadido forzado por la tradición oral. El segundo descenso a los infiernos es innecesario, aseguran los expertos. Esposo y esposa ya se han reconocido, dando por finalizada la Odisea. Todo lo que sigue a este escena en el canto 24 parece añadido: el segundo descenso al Hades, la visita de Ulises a su fallecido padre Laertes, el intento de los itacienses de vengar la matanza de los pretendientes y el pacto final al que se llega parece forzado. Esta última observación es parte de una sensibilidad moderna que busca la obra de carácter de acabado que no hay que exigirle a la literatura oral de hace diez siglos.

Cerremos, ahora sí, con interpretaciones diacrónicas para culminar en la de Nolan: los filósofos platónicos veían a Ulises como una plasmación poética del viaje del alma hasta lo unión con el Uno; los estoicos vieron en Ulises al paradigma del sabio, indiferente al sufrimiento físico; los cínicos lo encuadraron como el prototipo del héroe indiferente a la fatiga, a los insultos y a los peligros; los sofistas lo veían como un camaleón que se adapta a cualquier situación sin problematizarse. Para Nolan es el retrato del hombre de familia que ansía volver y hace todo lo que está a su alcance para cerrar, con sus hombres, el regreso a casa, como dice el personaje de Matt Damon: «Después de años de guerra, nadie podía interponerse entre mis hombres y mi casa. Ni siquiera yo». Es el guerrero egoísta que desafía a los dioses y que vela por el bienestar de sus hombres al mismo tiempo que los arriesga: «Tus hombres no quieren que desafíes a los dioses. Pero los dioses dicen que solo tú llegarás a casa», le dice Tiresias, a lo que el héroe responde: «Entonces desafiaré a los dioses». Es el soldado que es parte de un embrollo mayor bien descrito por Menelao como «una guerra comercial de mi hermano Agamenón para dominar el estrecho del Helesponto».

Frente a otras adaptaciones recientes del regreso de Ulises (me es inevitable pensar en la que hizo Ralph Fiennes en 2024), Nolan elige la expansión: nos cuenta el nostos sin cargar sobre él el peso entero de la guerra que lo precede. Esa es la apuesta central de La Odisea, y también su mayor riesgo, porque exige que el espectador sostenga dos relatos épicos a la vez sin perder el hilo de ninguno. El núcleo familiar es defendido por Nolan en la última escena que contiene uno de los ajustes más sorprendentes en relación con el original homérico. Penélope acompaña a Ulises en su segundo descenso hacia a los infiernos, mientras Telémaco se queda en casa como Rey de Ítaca. La mujer pudo haberse quedado en casa, pero decide acompañar a su esposo a rendirle homenaje a los soldados caídos bajo su mando. El unigénito decide aceptar por anticipado el poder que le corresponde. El mensaje del guionista y director está claro: el héroe no se puede quedar quieto y la razón de su vida siempre será navegar por los mares y regresar. Nunca dejará de retornar. Hasta una nueva versión de La Odisea.

Messi es asesinado en una ficción novelística para que viva en la eternidad

La novela El hombre que mató a Messi (Barcelona, Edhasa, 2015) de Emma Rivarola (Barcelona, 1965) y la final de la Copa del Mundo de hoy ofrecen una profecía que nos habla de una muerte simbólica.

En la novela, Jaro (futbolista del Real Madrid, «el defensa más salvaje de la historia de la liga española») mata a Lionel Andrés Messi (jugador de 29 años del Barcelona F.C.) con un choque físico: «La tragedia nació a dos metros del área, en el minuto 88 de juego, pero empujada por lamentos y silencios, se extendió por hogares, ciudades y países hasta que el mundo entero se tornó territorio enemigo para el defensa». Lo que pasó en el MetLife Stadium de New Jersey es otra cosa: no hay contacto, no hay culpable, hay un marcador ajustado, una prórroga, y un futbolista de 39 años que sale del campo perdiendo contra la selección del país donde jugó toda su vida. Es una muerte deportiva sin verdugo, y eso la novela no lo contempló hace once años cuando fue publicada: Riverola necesitaba un personaje sobre quien recayera la culpa, porque su libro no es sobre la derrota sino sobre la responsabilidad. Hoy no hay ningún jugador de España al que se le pueda declarar como “el hombre que mató a Messi”, ni siquiera Ferrán Torres, que metió el gol de la victoria.

El punto de partida de la novela de Emma Riverola es una hipérbole que no deja indiferente a cualquier devoto del fútbol: Jaro, defensa del Real Madrid, choca con Messi en el área rival y lo mata en el acto, en el clásico más visto del planeta futbolístico: «Ha sido jugando. Un codazo. Sin querer. Quería quitarme la pelota y me ha agarrado de la camiseta y yo he intentado que me soltara». La novela no explota esa premisa como ucronía deportiva ni como sátira; la usa para instalar a un futbolista en el epicentro del odio colectivo y seguirlo mientras huye de sí mismo, primero al fútbol chino, para luego regresar a España a un encierro cada vez peor: «Su mente no dejaba de reproducir el chasquido que él aseguraba haber oído cuando su frente impactó en la cabeza de Messi. Un crujido. Un estallido. Un chirrido que llenaba su habitación cada noche y que le despertaba, sobresaltado, al multiplicarse hasta tornarse un estruendo aterrador».

El ingenio de Riverola nos sorprende cuando el sicólogo del equipo chino (de apellido Mercuri) donde llega a jugar Jaro, es de Rosario, la misma ciudad de donde es oriundo Messi. Al profesional de la salud le confiesa sus pensamientos más arcanos: «Se jodió un ídolo. Todos los días muere alguien. Él no era inmortal. Simplemente os desconté unos años de disfrutarlo». A su confesor intenta convencerlo de no tener nada que ver en la disputa del balón: «Fuimos dos los que chocamos. ¿Recuerdas? Fue fallo tanto de uno como del otro. Dime una cosa, Mercuri, ¿si hubiera sido yo el muerto, crees que Messi estaría tan condenado como yo lo estoy?»

Frente a Jaro, la voz narrativa coloca a Gaia, hija de una víctima del atentado de ETA en el supermercado Hipercor, acaecido el 19 de junio de 1987, en la ciudad de Barcelona. La escritora Riverola no busca el paralelismo fácil entre verdugo y víctima; los deja chocar como dos formas distintas de quedar marcados por el azar. Jaro carga con haber matado a un ídolo («Soy el tío que dejó al mundo sin su Dios»); Gaia, con haber perdido a su madre en un acto de violencia que no tuvo rostro al que culpar. La estructura alterna sus voces —tercera persona en las escenas compartidas, primera persona cuando cada uno se repliega— y ese vaivén funciona como exploración psicológica profunda.

El riesgo evidente del libro es convertir la muerte de un futbolista planetario en símbolo de solemnidad impostada o en golpe de efecto vacío. Riverola esquiva ambos ganchos casi todo el tiempo apoyándose en Gaia, joven fanática de la literatura, para anclar la novela en algo más verificable que la fantasía del asesinato de Messi: el trauma post-atentado de ETA, la construcción de una vida a partir de la ficción como refugio (Gaia ama la lectura de novelistas contemporáneos), el modo en que la literatura sustituye vínculos que el mundo real no ofrece. Ahí la novela gana en densidad llamando la atención de los lectores que se preguntan constantemente dónde está Messi, dónde estuvo o cómo se procesó al asesino involuntario de la otra subtrama.

Como premisa religiosa —el “dios” caído, el duelo colectivo, el señalamiento público de Jaro— el libro se queda en planteamiento; no hay en Riverola una indagación real sobre por qué el fútbol ocupa ese lugar, solo la constatación de que lo ocupa. Donde sí cumple es en la pregunta más novelesca: qué hace una persona con su culpa cuando el resto del mundo ya decidió que era culpable. La responde de manera habilidosa, haciendo dos novelas dentro de una: la primera, sobre un futbolista que es un homicida involuntario, y la segunda, sobre una mujer que se encuentra cara a cara, en prisión, con la autora intelectual del auto-bomba en Hipercor.

Aquí entra el concepto de justicia restaurativa. El que dañó y el dañado suelen sentarse a reconocer el hecho y a buscar, fuera del ámbito penal, alguna forma de reparación. Riverola monta ese dispositivo pero le quita la pieza que lo sostiene —Jaro nunca dañó a Gaia ni a nadie cercano a ella, mató a Messi—, y ahí está la premisa dramática más valiosa del libro: sustituye el encuentro víctima-victimario por un encuentro entre dos heridas sin relación causal entre sí.

A Jaro no lo juzga ningún tribunal por su choque fortuito, sin dolo, y sin embargo la condena que recibe —el exilio al fútbol chino, el desprecio público, el aislamiento— tiene toda la contundencia de una sentencia sin haber pasado por ningún proceso judicial. Lo reconocen en la calle y lo insultan pese al tiempo transcurrido. Es una pena impuesta por consenso social, no por derecho, y sin ninguna vía formal de reparación: no hay parte a quien pedir perdón, ni pena por cumplir, ni sistema que lo declare rehabilitado.

Lo que Riverola construye, entre ambos personajes, no es una restauración en sentido técnico sino su simulacro: dos personas que no pueden confrontar a quien las dañó o a quien dañaron en el caso de Jaro. Este último le ofrece a Gaia algo parecido a lo que sería enfrentar a un culpable —alguien marcado por la violencia a quien puede mirar de cerca—, y Gaia le ofrece a Jaro lo que la sociedad le negó: una interlocutora dispuesta a no juzgarlo. Ninguno mide el daño del otro en sentido estricto, porque ninguno es responsable de él, pero el ejercicio de proyectar sobre el otro el dolor cumple una función terapéutica.

La novela no llega a preguntarse si ese sustituto basta, o si en realidad desplaza el problema: Jaro sigue sin poder reparar nada concreto —no hay familia de Messi en escena, no hay proceso de duelo colectivo que lo incluya— y su vínculo con Gaia puede leerse como sanación genuina o una nueva forma de evasión, coherente con el patrón de fuga que domina el personaje desde el primer capítulo.

El desnivel entre ambos traumas es quizás el gran hallazgo de esta novela. El de Hipercor fue un atentado real, con muertos reales, en una fecha que cualquier lector español o catalán reconoce sin que la novela tenga que explicarla. La muerte de Messi es una invención, un futbolista de carne y hueso convertido en ficción. Riverola pone a convivir un hecho histórico verificable (21 muertos y 45 heridos por un carro que estalla en el parqueadero de un supermercado de Barcelona) con un hecho imposible (la muerte del gran ídolo futbolístico), y esa asimetría mide la distancia entre el dolor que la sociedad reconoce—el terrorismo, con su cortejo de memoriales, juicios y relato colectivo— y el dolor que la sociedad ni siquiera clasifica como tal, porque quien lo sufre es, oficialmente, el culpable.

A Gaia, el mundo le concede el estatuto de víctima sin discusión; tiene, aunque sea insuficiente, un marco social para su duelo. A Jaro no se le concede ningún marco: no es víctima de nada a ojos de nadie, es el hombre que mató a un dios, y el dolor que le queda —la culpa por un acto sin intención, el linchamiento público, el destierro deportivo— no tiene vocabulario ni ritual que lo procese. La novela usa el fútbol, ese sustituto contemporáneo de religión colectiva, para mostrar que también genera víctimas invisibles: no solo a quien pierde un ídolo, sino a quien carga para siempre el haberlo matado sin quererlo.

El epígrafe de Jorge Luis Borges («Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me me perdido con él; por eso fui implacable») no anuncia el argumento —no hay nada de guerra ni de nazismo en la novela— sino que trasplanta una estructura psicológica muy precisa: la fusión entre verdugo y víctima como origen de la crueldad, no como su opuesto. En el cuento borgiano “Deutsches Requiem”, quien habla es Otto Dietrich zur Linde, subdirector de un campo de concentración, condenado a muerte y sin arrepentimiento, que explica cómo torturó al poeta judío David Jerusalem hasta empujarlo al suicidio. La frase llega en el momento en que zur Linde admite que no odiaba a su contraparte: se identificaba con él, incluso lo admiraba, y fue esa identificación —no su ausencia— lo que volvió posible la crueldad. “Fui implacable” no es la consecuencia de la distancia entre verdugo y víctima, sino de haberse anulado esa distancia hasta el punto de morir, en algún sentido, con el otro.

Trasplantado a la novela, el epígrafe redefine de entrada lo que es Jaro: no un hombre enfrentado a Messi ni indiferente a él, sino alguien fusionado con su víctima desde el instante del choque, condenado a cargar una identidad que ya no puede separar de la del muerto: la muerte del Otro le arrebató también algo propio. Esta carga la lleva el protagonista a todas partes y se enuncia en esa pregunta retórica con la que empiezan muchos de los capítulos: «¿Es usted, verdad?» Interrogante que hacen algunos personajes en la calle cuando se encuentran con el asesino de Messi. Riverola toma de Borges la estructura de la fusión verdugo-víctima pero le vacía el contenido doctrinario, dejando solo el mecanismo psíquico: identificarse con quien se ha destruido, y por eso mismo no puede perdonarse. Leído así, el epígrafe funciona más como anticipo temático y luego como llave de lectura para el vínculo posterior entre Jaro y Gaia, que repite la misma fórmula: dos personas que solo pueden encontrarse porque cada una ya se perdió, antes, en la muerte de Otro. Al final de la novela, ella se enfrenta a la autora intelectual de la bomba, y él da una rueda de prensa en la que da la cara después de haberse escondido algunos años.

Jaro no muere junto a Messi —“yo agonicé con él” dice el epígrafe de Borges— pero sigue caminando, y esa supervivencia es su condena, no su absolución. Querido lector, espectador de la final de la Copa del Mundo 2026, si algo “muere” hoy no es Messi sino un tiempo verbal: deja de ser, para la selección argentina, presente, y pasa a ser pasado, con el duelo que eso implica para millones de personas que lo seguimos desde el 16 de octubre de 2004; un duelo por una ausencia futura más que por un hecho consumado. Es el tipo de pérdida sin cadáver ni culpable que ni la literatura ni el fútbol saben nombrar bien, y que probablemente explica por qué la pregunta —¿murió Messi hoy?— se formula en esos términos hiperbólicos: porque el lenguaje del duelo deportivo no tiene, todavía, una palabra más precisa para lo que le pasó a Argentina esta tarde. Messi podrá haber muerto en una ficción literaria, pero lo sabemos más vivo que nunca. Aunque su retiro del fútbol es inminente, su legado no perderá vigencia para esta generación que le agradece por toda la magia que ha salido de sus botines.

Eduardo Galeano, más que un mendigo de buen fútbol

La voz de este escritor uruguayo es fundamental en la historia de la literatura latinoamericana. Sus libros estuvieron bajo la almohada de algunas generaciones. ¿Cómo catalogar su obra tan vasta y variada? Fue de los primeros en proponer un discurso multigenérico. Ciencias sociales. Estudios culturales. Comentario político. Historiografía. Poesía. Periodismo. Literatura de denuncia. Las venas abiertas de América Latina (mención de honor en el concurso Casa de las Américas en 1971) dio voz a los marginados, narrando el saqueo al que fue sometido nuestro continente por parte del colonialismo. La tesis de este clásico es poner a la pobreza como resultado del agotamiento de los recursos naturales a manos de potencias europeas y de la misma Estados Unidos. Los tres volúmenes de Memorias del fuego ampliaron ambiciosamente el anterior mosaico histórico. El primer tomo, Los nacimientos (1982), abarca la historia precolombina hasta el año 1700, narrando a través de viñetas narrativas los mitos de la crónica histórica mezclados con los mitos de la tradición oral. El segundo tomo, Las caras y las máscaras (1984) comprende la recta final de la era colonial, las guerras de independencia y el nacimiento de las repúblicas. El tercer tomo, El siglo del viento (1986), es una radiografía de América Latina desde el año 1900, con más viñetas literarias que documentan las dictaduras militares, las revoluciones y la intervención extranjera. Valga esta introducción para saber que este estilo, entre periodístico y ensayístico, entre novelesco y sociológico es trasladado a las crónicas de fútbol de un escritor comprometido con la historia de su continente.

Antes de entrar a analizar la cancha literaria de este escritor uruguayo hay que poner sobre la mesa una observación de diseñador gráfico. El mismo Galeano se encargaba de ilustrar sus páginas. Las maravillas que uno encuentra en blanco y negro son fascinantes. Escenas alusivas al deporte rey. Cenefas con pequeños balones en la parte superior o inferior de la página. Siluetas con deportistas en jugadas congeladas en el aire. Estos detalles de diagramación hacen que ambos libros sean únicos. Este estilo de ilustración ya lo había manifestado Galeano con algunos de sus libros anteriores, pero aquí, en particular, cobran auténtica vigencia las miniaturas visuales que actúan como un imán para los ojos curiosos.

El índice (o pizarra, si quieren) de El fútbol a sol y sombra (México, Siglo XXI, 1995) revela antes que nada una decisión formal: su autor, Eduardo Galeano (1940-2015) no escribió un ensayo sobre el fútbol, sino un mosaico de microficciones —muchos de una sola página— organizados según una lógica doble. Por un lado, una serie de entradas casi enciclopédicas: “El jugador” («Los empresarios lo compran, lo venden, lo prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y más dinero»), “El arquero” («Es un solo. Está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como el árbitro. Ahora el árbitro ya no está disfrazado de cuervo y el arquero consuela su soledad con fantasías de colores»), “El árbitro” («Es arbitrario por definición. Éste es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera»), “El hincha” («Rara vez el hincha dice: «Hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros»»), “El fanático” («Es el hincha en el manicomio»), “El director técnico” («Él cree que el fútbol es una ciencia y la cancha un laboratorio, pero los dirigentes y la hinchada no sólo le exigen la genialidad de Einstein y la sutileza de Freud, sino también la capacidad milagrera de la Virgen de Lourdes y el aguante de Gandhi»). Todas estas microficciones definen las figuras y los rituales del juego; por otro lado, un recorrido cronológico va de los orígenes del fútbol hasta el Mundial de 2010, con entradas dedicadas a cada Copa del Mundo desde 1930. Esto de por sí es una intención de historiador que llevamos décadas celebrando los devotos del Galeano futbolero.

Las viñetas iniciales —“El fútbol”, “El jugador”, “El arquero”, “El ídolo”, “El hincha”, “El gol”— no narran hechos sino que describen tipos y roles, en un registro que se acerca más al bestiario o al diccionario biográfico que a la crónica deportiva. Esta estructura le permite a Galeano instalar desde el principio una de sus tesis centrales, retomada luego en secciones como “El teatro” y “Los especialistas”: el fútbol como espectáculo popular capturado progresivamente por un lenguaje técnico y un poder económico ajenos a quienes lo juegan y lo miran: «Ahora se habla en números. El viaje desde la osadía hacia el miedo, historia del fútbol en el siglo veinte, es un tránsito desde el 2-3-5 hacia el 5-4-1, pasando por el 4-3-3 y el 4-4-2. Cualquier profano es capaz de traducir eso, con un poco de ayuda, pero después, no hay quien pueda».

«Confesión del autor» opera como un mini-prólogo con una idea que va a predominar en todos los escritos de Galeano sobre el deporte rey: «Han pasado los años, y a la larga he terminado por asumir mi identidad: yo no soy más que un mendigo de buen fútbol. Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico: Una linda jugadita, por amor de Dios. Y cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece». Esta confesión no eleva al autor a la categoría del esteta o el analista, es la del aficionado genuino que ama este deporte por sobre todas las cosas. No va necesariamente al estadio como un hincha sino como alguien que va a admirar el teatro de situaciones: «¿Cuántos teatros están metidos en el gran teatro del fútbol? ¿Cuántos escenarios caben dentro del rectángulo de pasto verde?» Estas preguntas retóricas son importantes y no las contesta Galeano porque son múltiples las respuestas. Hay un teatro en el césped, otro en las tribunas, uno más en cada banca de suplentes… El tono religioso de la confesión galeana («agradezco el milagro») no es gratuito. Va en busca del hecho milagroso que solo produce la belleza de una jugada en ese múltiple teatro de acciones de un partido.

En el texto que está después de la confesión, «El fútbol», el autor se convierte en uno de los primeros en denunciar la corrupción económica del deporte más popular: «El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue». La cita cobra actualidad en el Mundial de 2026 que ha sido uno de los más caros en los precios de las entradas.

Otro bloque temático agrupa “La pelota”, “Los orígenes” y “Las reglas del juego”, que sitúan históricamente la invención del deporte antes de que el libro entre en su segunda gran lógica organizadora. El dedicado al esférico no solo es una ficha museográfica, también es un poema en prosa valioso como unidad textual: «Pero la pelota también tiene sus veleidades, y a veces no entra al arco porque en el aire cambia de opinión y se desvía. Es que ella es muy ofendidiza. No soporta que la traten a patadas, ni que le peguen por venganza. Exige que la acaricien, que la besen, que la duerman en el pecho o en el pie. Es orgullosa, quizás vanidosa, y no le faltan motivos: bien sabe ella que a muchas almas da alegría cuando se eleva con gracia, y que son muchas las almas que se estrujan cuando ella cae de mala manera». El repaso histórico que Galeano hace de este deporte se evidencia en «Los orígenes» que es uno de los textos realmente extensos del libro y donde se toma la molestia de hacer una cronología desde los tiempos de la antigua China. Este es uno de los puntos más fuertes del libro, la documentación, que bucea en los principios de un deporte localizable en Egipto, la antigua Roma, la Italia renacentista y hasta en Reino Unido. La erudición exhibida nos muestra citas de dos obras de Shakespeare en las que aparece aludido el balompié.

A partir de “Las invasiones inglesas” y “El fútbol criollo”, el libro empieza a convertirse en todo un tratado histórico sobre la expansión del fútbol en América Latina, con entradas dedicadas a rivalidades fundacionales como la de Flamengo y Fluminense, y a la pregunta —planteada como título— de si el fútbol es “¿El opio de los pueblos?” donde leemos algunas de las frases más geniales y citadas de Galeano: «¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales». Desde ahí, la estructura se vuelve cronológica y biográfica a la vez. Es como un mundial de biografías o una biografía de los mundiales. Retruécanos aparte, cada Copa del Mundo, desde el de 1930 hasta el de 2010, tiene su propia entrada narrativa, intercalada con poéticas semblanzas de jugadores (Zamora, Andrade, Nasazzi, Di Stéfano, Pelé, Cruyff, Maradona, Romario) y con descripciones de goles específicos convertidos en unidades narrativas autónomas: “Gol de Piendibene”, “Gol de Scarone”, “Gol de Maradona”… Aquí habría que parafrasear un verso de César Vallejo y escribir: «Hay goles en la vida tan fuertes, no lo sé». El escritor uruguayo se encarga de transmitirnos cómo cada gol lo golpeó sensorialmente.

Este procedimiento —el gol como género textual propio, separado de la crónica del partido que lo contiene— es quizás el rasgo más distintivo del libro y en el que radica su genialidad. Galeano no describe los partidos completos (no puede, no debe, no quiere) sino que aísla el instante del gol como epifanía, tratándolo con las herramientas de la prosa poética antes que con las de la crónica deportiva convencional. Que las crónicas no llamen a engaño: el escritor uruguayo es un poeta y en cada párrafo exprime lirismo como quien no quiere la cosa. O sí la quiere.

Entre las joyas históricas (si me disculpan el inventario) están las siguientes. «La chilena», con la historia de cómo se inventó esa jugada de fábula tan etérea. «El gol olímpico» con el nacimiento de ese primer gol desde la esquina del banderín del córner. «Camus» que retrata de cuerpo entero, en apenas dos párrafos, al filósofo que ofició de arquero del equipo de la Universidad de Argelia. «La máquina» que cuenta cómo se originó este apodo para el perfecto funcionamiento de un equipo argentino de los años 1940. «Gol de Di Stéfano» (de apenas ocho líneas) que trae la descripción de uno de los mejores goles de la Saeta Rubia: «Toda valla abierta era un crimen imperdonable, que exigía inmediato castigo, y él ejecutaba la pena metiendo estocadas de duende bandido». El lector no deja de suspirar por los conocimientos enciclopédicos de un Galeano que no vivió todos esos mundiales que cuenta, pero que sabe evocar mejor que los que los vivieron, cada uno de esos eventos supremos.

Las mejores viñetas son aquellas en las que leemos los retratos de los grandes futbolistas históricos. En «Didí» dice: «Él jugaba quieto. Señalando la pelota, decía: La que corre es ella. Él sabía que ella estaba viva». En «Gol de Charlton» apunta: «La pelota lo obedecía. Ella recorría la cancha siguiendo sus instrucciones y se metía en el arco antes de que él la pateara». En «Gol de Beckenbauer» arma una verdadera etopeya: «Había nacido en el barrio obrero de Munich este emperador del medio campo, llamado el Káiser, que con hidalguía mandaba en la defensa y en el ataque: atrás, no se le escapaba ninguna pelota, ni mosca, ni mosquito, que quisiera pasar; y cuando se echaba adelante, era un fuego que atravesaba la cancha». En «Gol de Zico» cuenta el caso de una chilena al revés, hecha con el taco: «Cuando advirtió que la pelota le quedaba atrás, dio una vuelta de carnero en el aire y en pleno vuelo, de cara al suelo, la pateó de taco. Fue una chilena, pero al revés. Cuéntenme ese gol, pedían los ciegos». En «Romario»: «Venido desde quién sabe qué región del aire, el tigre aparece, pega el zarpazo y se esfuma. El arquero, atrapado en su jaula, no tiene tiempo ni de pestañear. En un fogonazo, Romario asesta sus goles de media vuelta, de chilena, de volea, de chanfle, de taco, de punta o de perfil». Mejor poesía, imposible.

De manera aislada me atrevo a destacar «Pobre mi madre querida» en la que se cuenta una anécdota referida al autor por Jorge Enrique Adoum. La viñeta describe la eterna animadversión hacia el árbitro en un partido del Aucas en la ciudad de Quito. Lo que presenció el autor de Entre Marx y una mujer desnuda (siempre según la versión de Galeano) fue el respeto y conmiseración hacia el réferi por la reciente pérdida de su madre (el minuto de silencio transcurrió en el estadio con toda normalidad frente al asombro del autor de Los cuadernos de la tierra que estaba acostumbrado a que el árbitro sea insultado constantemente). El breve relato tiene uno de los remates más memorables que se hayan escrito en cualquier género: «Y empezó el partido. A los quince minutos, estalló el estadio: gol del Aucas. Pero el árbitro anuló el gol, por fuera de juego, y de inmediato la multitud recordó a la difunta autora de sus días: «¡Huérfano de puta!», rugieron las tribunas».

El fútbol a sol y sombra demuestra también cómo Galeano entrelaza la historia del deporte con la historia política continental; por algo es el autor de Las venas abiertas de América Latina (1971). “Los generales y el fútbol”, ubicado junto al Mundial de 1970, y “La telecracia”, situado en el contexto del Mundial de 1986 en México, apuntan a una preocupación constante del libro: las dictaduras militares y el uso propagandístico de las copas del mundo, así como la creciente injerencia de la televisión y el dinero en la organización del deporte. De «La telecracia» extraigo una joya de cita que sigue siendo más actual que nunca en la era de las plataformas de streaming: «Hoy por hoy, el estadio es un gigantesco estudio de televisión. Se juega para la tele, que te ofrece el partido en casa. Y la tele manda». En esa misma línea se ubican “Las farmacias que corren” y “Vale todo”, entradas enciclopédicas que abordan el dopaje y la corrupción. De «Los generales y el fútbol» dejo esta joya que bien pudiera aplicarse a la injerencia de Trump en el Mundial del 2026: «El fútbol es el pueblo, el poder es el fútbol: Yo soy el pueblo, decían esas dictaduras militares».

La sección “Los dueños de la pelota”, cercana al final cronológico del libro original de 1995, y “Una industria de exportación” completan ese giro hacia una lectura crítica de la mercantilización del fútbol en las décadas de 1980 y 1990. En este último texto encontramos que las cosas no han cambiado mucho para el jugador que «de su pueblo pasa a una ciudad del interior; de la ciudad del interior pasa a un club chico de la capital del país; en la capital, el club chico no tiene más remedio que venderlo a un club grande; el club grande, asfixiado por las deudas, lo vende a otro club más grande de un país más grande; y finalmente el jugador corona su carrera en Europa». Galeano no llega a vivir la era de los grandes récords de traspasos (pero intuye los negociados) como el de Neymar Jr. por 222 millones de euros por dejar el Barcelona F.C. e irse al PSG.

La página de créditos revela un dato editorial relevante: existe una sección explícitamente titulada “Después del libro”, que agrupa los mundiales de 1998, 2002, 2006 y 2010. Desafortunadamente, el escritor falleció en 2015, razón por la cual no alcanzó a escribir sobre el Mundial de 2018 celebrado en Rusia. Esto confirma que el libro que tenemos entre manos es una versión ampliada del publicado en 1995. No obstante, esos cuatro mundiales referidos de manera posterior a la publicación del libro son diarios fragmentados y no muy acabados pese a que se sigue respirando la pasión de un espectador contumaz. El cierre con “Las fuentes” y un “Índice de nombres” subraya, además, la voluntad de Galeano de dotar a su texto de tono lírico y fragmentario con un aparato de referencias documentales, gesto coherente con su formación como periodista antes que como escritor.

Me permito a continuación un largo y aburrido párrafo académico, analizando las raíces de consulta de la obra. La bibliografía de El fútbol a sol y sombra permite reconstruir el método de trabajo de Galeano y matiza la imagen del libro como pieza puramente literaria: detrás de la prosa fragmentaria hay un aparato documental monumental, de más de ciento cincuenta entradas, con un peso periodístico considerable. Predominan las fuentes en español y portugués —coherente con el eje temático latinoamericano del libro—, pero hay una presencia notable de fuentes en francés, italiano, inglés y alemán. Esto incluye trabajos académicos y periodísticos de Francia (Bartissol, Mercier, Meynaud, Teissie), Italia (Papa y Panico, Lago, Minà) e Inglaterra (Dunning, Morris, Bufford), lo que indica que Galeano no limitó su documentación a la tradición futbolística rioplatense y brasileña, sino que incorporó bibliografía europea sobre sociología del deporte, hooliganismo y economía del fútbol. El corpus mezcla géneros muy distintos: biografías de jugadores (Zamora, Di Stéfano, Carrizo, Obdulio, Zizinho, Didí, Platini, Boli), historias institucionales de clubes (Barcelona, Vélez Sarsfield, Peñarol, Nacional, Flamengo, Colo-Colo), antologías literarias sobre fútbol (Hinchas y golesAlrededor del fútbol), ensayos sociológicos o antropológicos (Vinnai, Verdú, Archetti, Lago y Rovatti), develaciones de corrupción (Simson y Jennings sobre los Juegos Olímpicos, De Felice sobre la FIFA), y una cantidad significativa de artículos de diarios y revistas fechados entre 1990 y 1995 —La RepubblicaEl PaísLa JornadaVejaEl Gráfico—, lo que sitúa buena parte de la documentación como contemporánea a la escritura o revisión final del libro. También incluye materiales no textuales: videos documentales (Historia de la Copa del MundoHistoria del fútbol, el documental sobre Maradona de Rodríguez Arias) y testimonios orales registrados en trabajos de campo, como las entrevistas de Roberto Moura a Domingos da Guia y Didí. Un rasgo distintivo es la inclusión de autores ajenos al periodismo deportivo: Albert Camus —cuyo testimonio sobre el fútbol Galeano ya había publicado en su propia antología de 1968, Su Majestad el fútbol—, George Orwell, William Shakespeare (citado por La comedia de las equivocaciones y El rey Lear), Ernesto “Che” Guevara (Mi primer gran viaje) y los narradores Mario Benedetti y Osvaldo Soriano a quien nombra como el principal colaborador del libro en la sección de «Agradecimientos». Esta mezcla confirma el procedimiento característico del libro: tratar el fútbol como objeto legítimo de reflexión literaria y filosófica, no solo periodística, apoyándose en autoridad textual proveniente de fuera del campo deportivo. La presencia de Carías y Slutzky (La guerra inútil) y de Rowles (El conflicto Honduras-El Salvador) corrobora documentalmente el capítulo sobre la “guerra del fútbol” de 1969, mostrando que Galeano validó ese episodio —tratado en el libro casi como anécdota extrema— con bibliografía especializada en el conflicto bélico centroamericano, no solo con crónicas deportivas. Destaca la reiterada presencia de Mário Filho (cuatro títulos distintos) y de Nelson Rodrigues (tres títulos, incluyendo el Fla-Flu escrito junto con Filho), cronistas fundamentales del fútbol carioca. Esa concentración sugiere que el tratamiento que Galeano da a los mitos futbolísticos brasileños —el Maracanazo, Garrincha, Pelé— está fuertemente mediado por la tradición cronística brasileña antes que por fuentes de otros países, un dato relevante para entender de dónde provienen algunos de los hechos más citados del libro. En conjunto, la bibliografía muestra que El fútbol a sol y sombra, pese a su forma de prosa breve y tono poético, se apoya en un trabajo de archivo comparable al de un libro de no ficción convencional, con fuentes primarias (testimonios, entrevistas), fuentes académicas (sociología y antropología del deporte) y fuentes periodísticas contemporáneas combinadas en proporciones similares. Hasta aquí el análisis de los archivos de Galeano. Me saco el sombrero como reseñador.

Vamos cerrando este partido de fútbol contra el escritor uruguayo con un par de conclusiones. El gran valor de este libro es irse contra los enfermos por la victoria. Galeano no está a favor de esos nacionalismos absurdos que condenan a su selección cuando pierden. Esto se evidencia en «El pecado de perder» donde dice lo siguiente: «El fútbol eleva a sus divinidades y las expone a la venganza de los creyentes. Con la pelota en el pie y los colores patrios en el pecho, el jugador que encarna a la nación marcha a conquistar glorias en lejanos campos de batalla. Al regreso, el guerrero vencido es un ángel caído». Toca el caso único del futbolista colombiano Andrés Escobar que fue asesinado en su país natal semanas después de haber hecho un autogol en pleno mundial. «En el fútbol, como en todo lo demás, está prohibido perder», dice Galeano en el párrafo que le dedica al jugador paisa. «En este fin de siglo», matiza, «el fracaso es el único pecado que no tiene redención». Habría que añadir que en este nuevo siglo se sigue pensando igual.

Releído en su totalidad, tres décadas después de publicado, El fútbol a sol y sombra funciona como mapa de un proyecto que combina tres registros distintos: el ensayo breve sobre tipos y rituales futbolísticos, la crónica histórica organizada por mundiales, y el poema en prosa dedicado a goles y jugadores singulares. Esta hibridez genérica —más que cualquier tesis sobre el deporte— es lo que distingue al libro dentro de la tradición de la literatura latinoamericana sobre fútbol, y explica por qué ha sido leído tanto como objeto de culto futbolístico (solo san Maradona sabe cuántos somos los devotos de Galeano), cuanto como obra de arte única, capaz de sostenerse como una pieza literaria autónoma, al margen del interés por cualquier mundial o cualquier partido referido.

El día de la marmota parece un filme escrito por Borges: A propósito de los 40 años de la muerte del escritor argentino

La primera vez que vi Groundhog Day (1993) tenía veinticuatro años (la vi en uno de los Policines) y me pareció una comedia única sobre un hombre insoportable que aprende a ser buena persona. Treinta y tres años después, con Jorge Luis Borges releído y algo más de escepticismo sobre lo que es la narrativa, la cinta, distribuida en español como Hechizo del tiempo, me parece un dispositivo seudo-filosófico disfrazado de entretenimiento familiar, tan insólito en su lógica interna al estilo de las ficciones del escritor argentino que cumple cuarenta años de fallecido este 14 de junio.

Harold Ramis (director y co-guionista) y Danny Rubin (guionista) construyeron, sin saberlo, una variación cinematográfica de los obsesivos problemas borgeanos: el tiempo que no avanza sino que se pliega y se bifurca, la identidad sometida a la repetición hasta volverse irreconocible, el libre albedrío como ilusión que el protagonista tarda en abandonar. Phil Connors, el meteorólogo cínico interpretado por Bill Murray, cada vez que despierta es 2 de febrero en Punxsutawney, Pennsylvania, sin que nadie más recuerde el día anterior, sólo él. La trampa no tiene explicación —Ramis se resistió siempre a la tentación de justificarla dentro de la trama— y esa ausencia de causa es, precisamente, su virtud más borgeana.

El guionista Danny Rubin es el responsable de esta joya. En su hoja de vida constan guiones menores posteriores. Originalmente concibió la historia como algo oscuro, más pensando en el eterno retorno nitzscheano, pues jamás nombró a Borges en sus entrevistas o en el libro que fue testimonio de su máximo éxito: How to write Groundhog Day (2012). Rubin le llevó el guion a Harold Ramis que había hecho comedias menores como Caddyshack (1980), National Lampoon´s Vacation (1983), Club Paraíso (1986), además de ser co-guionista de las dos primeras Ghostbusters (1984 y 1989). Ramis transformó el primer boceto de Rubin y le dio el tono de comedia en los siguientes borradores. Los otros títulos de la filmografía de Ramis tampoco llegan al nivel de Groundhog Day: Analyze this (1999) y Analyze that (2002) con Robert de Niro y Billy Crystal, Bedazzled (2000) con Elizabeth Huxley y Brendan Fraser, The Ice Harvest (2005) con John Cusack y Billy Bob Thornton. Como curiosidad histórica está la película ítalo-española È già ieri (2004), con el hermoso título de Es ya ayer, que traslada la acción a las Islas Canarias. En vez de un meteorólogo el protagonista es un periodista científico que está haciendo un reportaje sobre cigüeñas. Otra curiosidad es que Groundhog Day tuvo su versión musical en el West End (2016) y Broadway (2017), con libreto del mismo Rubin.

La trama nos lleva a un pueblo llamado Punxsutawney, ubicado en el condado de Jefferson, estado de Pensilvania. En un ritual que se mantiene desde fines del siglo XIX: en una ceremonia a la que asiste todo el pueblo se procede a sacar a la marmota Phil de su madriguera para preguntarle cuánto tiempo más va a durar el invierno. Hasta ahí nada borgiano hasta que nuestra investigación arroja que el Día de la Marmota tiene raíces celtas: el 1 de febrero era una de las cuatro fechas de transición del año en la Europa precristiana. Cuando el cristianismo se impuso, la fecha se desplazó al 2 de febrero y se convirtió en la Candelaria, fiesta asociada a la luz y al cambio de estación. El elemento animal llegó con los inmigrantes alemanes, que usaban tejones como profetas climáticos. Al instalarse en Pennsylvania, los “Pennsylvania Dutch” sustituyeron el tejón por la marmota local. El primer registro escrito data de 1840, aunque la tradición probablemente existía décadas antes.

Punxsutawney Phil, la marmota oficial, comenzó su carrera como atracción principal: en 1887 los asistentes al primer “Groundhog Picnic” se la comieron después de la predicción. Con el tiempo pasó de la mesa al pedestal: apareció en el Today Show en 1960, visitó la Casa Blanca en 1986 y fue invitado al programa de Oprah en 1995. La película de Harold Ramis (1944-2014) terminó de instalar la fecha en el imaginario popular estadounidense. Otro dato borgiano: El Groundhog Club sostiene que ha existido un solo Phil (oh, la inmortalidad borgeana) desde 1886, mantenido vivo por un elixir que le otorga siete años adicionales de vida cada verano. Su precisión meteorológica es irregular: ha predicho seis semanas más de invierno en 108 ocasiones, con resultados mixtos.

En “El jardín de senderos que se bifurcan” (1941), Ts’ui Pên concibe una novela donde todos los desenlaces posibles ocurren simultáneamente; el tiempo no elige, sino que multiplica. Phil Connors (que se llama igual que la marmota) vive siempre algo diferente, con variaciones, pero igualmente vertiginoso: un solo día que se reproduce con variaciones mínimas, un laberinto sin bifurcaciones aparentes pero con infinitas combinaciones de conducta dentro de sus límites fijos. Borges construye laberintos espaciales que son metáforas temporales; Ramis construye (vaya chiripazo) un laberinto temporal en el espacio de un pueblo pequeño de Norteamérica. La diferencia de medios —literatura versus cine— produce una diferencia de escala emocional: donde Borges mantiene la frialdad de quien describe desde afuera, Ramis nos encierra adentro con su protagonista que vive en un eterno presente. El personaje de Bill Murray está atrapado, no solo por el clima (su equipo de televisión no puede regresar a la gran ciudad por la tormenta de nieve que se avecina), sino también por el tiempo que se ha detenido para repetirse con variaciones.

La identidad es el problema central de ambos narradores (tanto el de Borges y el de Ramis). El Connors que despierta el primer 2 de febrero no es el mismo que despierta el día número cien, aunque el mundo a su alrededor permanezca idéntico. La acumulación de recuerdos que solo él retiene lo transforma en un ser sin contemporáneos, sin testigos, sin historia compartida, como sucede con “Funes el memorioso”: Ireneo Funes, condenado a recordar cada percepción con precisión absoluta, descubre que la memoria total no es riqueza sino la eternidad paralizada: muere de tanto recordar, de tanto acumular datos y recuerdos. Phil Connors atraviesa el proceso inverso —no recuerda más que los demás, sino que recuerda distinto, en otra dimensión temporal— pero llega a una parálisis similar. Hay una secuencia en la película donde el personaje de Bill Murray se sienta en un café y le recita a Rita, su productora televisiva, las biografías de cada parroquiano que pasa. No es omnisciencia: es el agotamiento de quien ha aprendido por repetición lo que debería conocerse por ser parte de una comunidad.

El día de la marmota también me recuerda al cuento de Borges, El milagro secreto (1944), en el que Jaromir Hladík, un escritor checo, está a punto de ser fusilado por los nazis. El escritor le pide a la divinidad que le conceda un año exacto para terminar una obra literaria dentro de su cabeza. El deseo le es concedido: sus fusiladores quedan congelados en el tiempo mientras va corriendo el plazo. Un vez cumplido el año, los victimarios disparan, pero el fabulador ya ha terminado de urdir su historia. El cuento plantea de otra manera la misma inmovilidad de Phil Connors en el filme que estamos terminando de reseñar. El tiempo se ha detenido en un bucle. Es un paréntesis en el que la eternidad contempla al personaje.

El libre albedrío entra en conflicto directo con la estructura del bucle espacio-temporal. Phil Connors prueba todo: la seducción de las mujeres locales, el robo de dinero, el aprendizaje del piano, el secuestro de la marmota, el suicidio en múltiples variantes. Se lo cuenta a alguien que no le cree y dice: «Soy un dios, no El Dios», haciendo énfasis en el artículo él. Ninguna acción tiene consecuencias que sobrevivan hasta el siguiente día. Desde cierta perspectiva, esto es libertad absoluta: actuar sin responsabilidad, sin memoria ajena, sin castigo duradero. Desde otra —la que la película finalmente adopta— es la forma más sofisticada de la trampa. Borges, en “La lotería en Babilonia”, describe una sociedad donde el azar lo determina todo, incluyendo premios y castigos que no guardan relación con el mérito individual. Sus habitantes terminan por no distinguir entre acción y destino. Connors pasa por una crisis similar: si ninguna elección modifica el marco, ¿qué significa elegir? La respuesta que la película propone —que la ética solo tiene sentido cuando se practica sin audiencia ni recompensa— es poco cínica y muy borgeana. La ética lleva al protagonista a la piedad cuando roba dinero de un carro blindado para dárselo a un mendigo.

Donde Ramis diverge más claramente de Borges es en el tono y en la resolución. Borges nunca resuelve sus laberintos: los habita, los describe, los abandona con el lector adentro que se queda prisionero. Groundhog Day termina con Phil Connors liberado del bucle, transformado, mejorado como persona, menos detestable, más respetuoso con las personas, amado al fin por Rita (interpretada por Andie MacDowell), con quien amanece en su cuarto de hotel un 3 de febrero, día que se abre como esa promesa que todos buscamos pero nunca encontramos. Es una conclusión feliz que el cine comercial siempre exige y que Borges habría rechazado con cortesía. Pero hay algo fundamental en esa diferencia: Ramis no pretende escribir un cuento fantástico, sino una comedia sin ambiciones filosóficas. Esas ambiciones son visibles y sostienen el ritmo de la película. El logro genuino de este filme es que el bueno de Murray puede ser simultáneamente gracioso y metafísicamente angustiado. Borges hubiera desconfiado del final feliz, pero quizás hubiera reconocido, en ese pueblo nevado que se repite sin agotarse, algo parecido a sus propios insomnios. Es una cinta que a él le habría gustado firmar.

Empieza el reinado de los YouTubers en el cine: Una reseña de Backrooms y Obsession

Vi las dos películas el mismo domingo, rodeado de adolescentes que coparon las salas comerciales. Nadie hablaba. Nadie revisaba sus teléfonos móviles. Toda la atención estaba puesta en la pantalla. Extraña liturgia de una nueva generación. Me sentí como si estuviera en el cine Guayaquil, del Gran Pasaje, en los años ochenta, viendo alguna película de Brian de Palma. El déjà vu tiene cierto sentido.

Curry Barker (Alabama, 1999) tenía una audiencia considerable en YouTube cuando Focus Features pagó más de quince millones de dólares por su ópera prima, Obsession (2026). Kane Parsons (UK, 2005) tenía veinte años y cuatro de trabajo en Blender (herramienta para crear y editar vídeos) cuando A24 estrenó Backrooms (2026) el pasado 29 de mayo. Dos debutantes, dos estudios, dos películas de horror estrenadas con días de diferencia. El YouTuber como cineasta ha dejado de ser una anomalía de la Matrix. Hazte a un lado, Neo, y dale a estos jóvenes talentosos la píldora azul. Después de Barker y Parsons hay que hablar con más respeto de los influencers. Ser creador de contenido es, al fin, un oficio de prestigio. Los beneficios de la taquilla tienen que ser admirados: después de todo quienes compraron las entradas son los mismos millones de jóvenes que le pusieron un like a los contenidos de ambos creadores.

Tanto tiempo quejándonos de que nada bueno podía surgir de Internet y llegan este par de jóvenes para taparnos la boca con buenas propuestas. Quedó atrás el célebre teorema del mono infinito: dale una máquina de escribir a un simio y en algún momento escribirá una obra de Shakespeare. El matemático Émile Borel postulaba aquello del tecleo infinito que podía producir por gracia del azar, en algún momento, una obra maestra. Aún no ha sucedido ese momento epifánico en la historia de la cultura, pero estamos ante avisos de pronta realización.

Este tema de los recién llegados no debería invocar al asombro. Sentí la misma emoción cuando le dimos la bienvenida a esos hacedores de videoclips musicales como David Fincher (Seven), Michel Gondry (Eterno resplandor de una mente sin recuerdos) y Mark Romanek (One Hour Photo). También aparecieron, en su momento, cineastas que venían de filmar comerciales de televisión: Ridley Scott (Alien), Spike Jonze (Her) y Michael Bay (Transformers). Ahora es el momento de darle la bienvenida a los YouTubers. Provienen de otro medio, pero con la misma bandera del contar buenas historias.

Obsession y Backrooms comparten el secreto de un buen blockbuster. La primera costó $ 750.000 y ya lleva recaudados globalmente 150 millones hasta el cierre de esta edición. La segunda costó 10 millones y lleva más de 120 millones en la taquilla que suma las ganancias tanto nacionales como internacionales. Ambas películas comparten también una misma conciencia del espacio opresivo como fuente de malestar, y las dos surgen de creadores que se formaron en plataformas donde el horror funciona de otro modo: sin sala, sin oscuridad, sin el contrato colectivo de la butaca. Que ambas cintas hayan logrado trasladar esa sensibilidad de social media al cine implica el nacimiento de un nuevo tipo de contador de historias.

La premisa de Obsession nos presenta a Bear (Michael Johnston) trabaja en una tienda de música y lleva años sin atreverse a declararle su amor a Nikki (Inde Navarrette), su amiga de la infancia y compañera de trabajo. En lugar de ser honesto con ella, entra a una tienda de cristales y objetos esotéricos y compra un One Wish Willow, un juguete antiguo de los años sesenta que supuestamente concede un deseo si su dueño quiebra una de sus ramas. Bear lo quiebra. El deseo se cumple. Y ahí empieza el problema.

La lógica del deseo concedido a un precio oscuro («quiero que mi mejor amiga me ame») estructura la película de un modo que recuerda a los mejores episodios de The Twilight Zone: la trampa no está en que el deseo fracase, sino en que se cumpla con demasiada precisión. Nikki cae perdidamente enamorada de Bear, pero algo en ella ha cambiado. Lo que el One Wish Willow parece haber hecho es sustituir su alma por una entidad demoníaca. Bear obtiene exactamente lo que pidió, y más, y descubre que eso es insoportable.

El ritmo cortante y la habilidad para construir escenas de susto en la oscuridad tienen una eficacia que mantiene al espectador en un estado de incomodidad sostenida. No es el horror de la atmósfera lenta ni el del gore explícito: es el horror de la situación, del personaje atrapado en las consecuencias de su propia cobardía sentimental. La película convierte la dependencia emocional en amenaza sobrenatural con una verosimilitud que obra y sobra.

Inde Navarrette —conocida hasta ahora por series de televisión— entrega en el papel de Nikki una actuación que trasciende por completo el registro del que provenía. Su trabajo físico y la gradación con que pasa del afecto genuino a un ser irascible sostienen la película en sus tramos más exigentes. Sin ella, la cinta habría fracasado. Destaco las escenas en las que es sumergida en la penumbra. Apenas se puede intuir sus ojos. Toda ella está bañada de sombras y lo único que hace es infundir terror. No se sabe qué va a hacer, qué va a decir, qué va a pasar. Aplaudo que un cineasta tan joven y astuto asuste tanto a la audiencia que está en el teatro. Será interesante ver qué hace este cineasta con la próxima entrega de The Chainsaw Massacre. A 24 ha anunciado que lo ha contratado para reiniciar la saga y de seguro hará un buen trabajo.

Lo que distingue a Obsession del horror con recetario comercial producido en serie es que Bear no es una víctima inocente: es un joven que eligió la magia antes que el esfuerzo de cortejar a quien le gusta, eligió el control antes que el riesgo del azar. La película no juzga a Bear, pero tampoco lo absuelve. Esa ambigüedad moral es lo que hace interesante a la trama.

Vamos con el otro filme visto el fin de semana.

Kane Parsons tenía veinte años cuando estrenó Backrooms en A24 el 29 de mayo pasado. Ese dato biográfico se ha repetido tanto en la prensa especializada que amenaza con convertirse en el único argumento para ver la película. No lo es, aunque tampoco debemos ignorarlo: Parsons es el más reciente YouTuber convertido en cineasta, debutando en el largometraje a los veinte años con una distribuidora como A24, y esa trayectoria —de animador autodidacta en Blender a director de estudio— condiciona tanto lo que el filme logra como lo que no puede todavía.

El punto de partida es reconocible para cualquiera que haya frecuentado los creepy pastas en Internet en la primera década del siglo XX y las leyendas urbanas de fines de los noventa del siglo anterior. Clark (Chiwetel Ejiofor), dueño de una tienda de muebles en Santa Clara Valley, descubre en el sótano del local un portal o “zona nula” que conduce a una dimensión de pasillos interminables, paredes con papel tapiz y pisos color arena donde los muebles se fusionan en híbridos imposibles. Clark es un arquitecto frustrado que nunca llegó a serlo, amargado por el fracaso profesional y en medio de un divorcio, que acude a sesiones con su terapeuta Mary (Renate Reinsve). Cuando regresa del laberinto y nadie le cree, arrastra a sus empleados Kat (Lukita Maxwell) y Bobby (Finn Bennett) a documentar el hallazgo. Clark desaparece. La terapeuta entra sola a buscarlo.

Para construir los Backrooms, el equipo optó por sets físicos en lugar de CGI, y la fotografía emplea ángulos abiertos y lente ojo de pez que potencian la vastedad distorsionada del espacio. La decisión paga dividendos considerables. El director de fotografía Jeremy Cox —quien trabajó antes con Osgood Perkins en Keeper (2025)— construye en el segundo acto una secuencia que probablemente figure entre las más perturbadoras del año en una sala de cine. La película también recupera la textura VHS de la serie original de YouTube: el efecto de found footage analógico fue realizado en posproducción con Blender, el mismo software gratuito que Parsons usó en sus videos originales, y la coherencia estética entre el universo web y su traslado a 35 milímetros —o su simulacro— es uno de los logros más sólidos del filme.

La interpretación de Ejiofor resulta más eficaz cuando el deterioro de su personaje se lee como respuesta al colapso bajo expectativas sociales y de género. La actriz nórdica Reinsve, confinada en gran parte del metraje a la función de escéptica que tarde llega a creer, gana terreno cuando la película le concede su propia opacidad: escenas ocasionales que asoman a una infancia presumiblemente traumática y que explicarían por qué se hizo terapeuta. El guion de Will Soodik plantea capas psicológicas que no desarrolla, y los personajes secundarios —Kat y Bobby— cumplen función de sombras de laberinto antes que de presencias con vida propia.

El filme centra su peso narrativo en la crisis mental de Clark (pienso en el Jack Torrance de Jack Nicholson en El resplandor), con los Backrooms operando más como escenario de ese derrumbe que como una entidad autónoma. Es una elección que produce una tensión que la película no quiere resolver: la mitología elaborada durante cuatro años por la serie The Backrooms en YouTube tenía 342 millones de visitantes que consumían las historias fragmentarias. Si las leyendas urbanas de los cuartos traseros que te llevan a una realidad alterna funcionó en la plataforma era cuestión de tiempo trasladar todo ese universo al mundo del cine. El joven Parsons optó por enmarcar el largometraje como pieza complementaria a su universo ya existente, y esa decisión satisface a los seguidores de la saga pero nos deja a los recién llegados sin muchas referencias para habitar el miedo que el filme promete.

Lo que permanece es la precisión atmosférica. Parsons entiende que la categoría del horror liminal no funciona por acumulación de sustos sino por la sensación de que el espacio cotidiano ha perdido su contrato de verosimilitud. Eso es más difícil de lo que parece, y Parsons lo ejecuta con una convicción que no parece de debutante.

Jordan Peele (Get Out), Zach Cregger (Weapons), los hermanos Philippou (Talk to me): el camino que va del humor (o el entretenimiento en línea) al horror cinematográfico ya tiene suficientes boleterías como para considerarse un tren al que todos quieren subirse. Lo que Barker y Parsons confirman es que el fenómeno no es accidental. Ambos llegaron al cine con una comprensión precisa del horror como experiencia de interfaz antes que como espectáculo colectivo, y esa diferencia de origen se traduce en películas que trabajan con la incomodidad de otro modo: más cerca del doom scrolling que del ritual, más atentas a la acumulación de detalle que a la catarsis. Ninguno de ellos es Orson Welles (quien hizo Citizen Kane a los 24 años). Ninguno de ellos estudió en una escuela de cinematografía. Ninguno de ellos conoce los clásicos de la historia del cine. Bienvenidos. Algo bueno hay en esto de los amateurs a los que le regalan una cámara profesional.

Vamos cerrando. Obsession de Curry Barker es una narración más acabada. Backrooms de Kane Parsons es menos relato audiovisual y más mundo invisible para ofrecer. Los dos filmes, juntos, dan suficiente razón para prestar atención a lo que cualquier YouTuber quiera proponernos. Hay que tener más respeto por estos cineastas: llevan contando historias desde que abrieron sus canales de YouTube antes de los diez años de edad. Eso significa que llevan una década (o más) como veteranos de la narración audiovisual. Estamos abiertos a esta reinvención del cine. El próximo Martin Scorsese de seguro saldrá de este reinado de los Youtubers.

Isabel (2021), la miniserie sobre Isabel Allende que carece de espíritu

La miniserie Isabel: Historia íntima de la escritora Isabel Allende (2021) es un ejercicio de hagiografía aprobada por la biografiada, filmada con la cooperación de su archivo personal: hay abundantes clips en Super 8 y 16 mm que se interpolan en momentos importantes de la narración. Para mí, como lo veremos en esta reseña, es más interesante como artefacto cultural que como obra televisiva.

Antes de entrar en el asunto, debo señalar la injusticia de etiquetas que se le han endilgado a la novelista chilena. Desde literatura menor y literatura feminista hasta “imitadora de García Márquez” han sido algunos de los malhadados improperios en contra de la narradora latinoamericana más leída en el mundo (este último detalle lo presume la miniserie en una nota al final de los créditos). Roberto Bolaño la atacó en el 2002 cuando Allende fue candidata al Premio Nacional de Literatura de Chile (premio que llegó a ganar recién en el 2010). El autor de 2666 dijo que darle, a su compatriota, un galardón tan importante era como otorgarle el Pulitzer a John Grisham o Ken Follet. Bolaño murió al año siguiente de sus declaraciones. Volodia Teitelboim, conocido biógrafo y crítico chileno, la llamó “mala” y “anémica”. José Donoso, en sus diarios, menciona (sin hablar directamente mal de ella) la paradoja de querer ser considerada una escritora seria cuando era un fenómeno de ventas.

Ahora sí, entramos en el asunto. El proyecto de los chilenos Rodrigo Bazaes y Jonathan Cuchacovich recorre los primeros cincuenta años de la vida de Isabel Allende, tomando como eje su activismo periodístico en Revista Paula, el golpe de Estado de 1973, el exilio en Venezuela y la irrupción tardía como novelista. En el último episodio la serie llega hasta los años ochenta, cuando Allende ya es una escritora célebre pero sus primeros dos matrimonios se han quebrado, y avanza hasta la enfermedad y muerte de su hija Paula. Comprimir ese arco biográfico en tres episodios de menos de una hora (aunque el segundo dura un poco más) impone una selección de hechos que deja afuera vivencias esenciales. Este sesgo (impuesto por la escritora) predomina en toda la miniserie. 

Daniela Ramírez (más atractiva y alta que la escritora) construye un personaje físicamente creíble, con todos los histrionismos de rigor. La propia Allende declaró que Ramírez había capturado su personalidad, su forma de moverse y de hablar. Esa bendición es un arma de doble filo: convierte a la actriz en garante de autenticidad, pero también blinda la posibilidad de cualquier interpretación que diverja de la imagen pública que Allende ha construido de sí misma. Ramírez da encarnadura y complejidad al personaje más allá de la materia textual disponible, aunque la serie no rompe la fórmula del biopic latinoamericano para plataformas, tampoco la enriquece o la subvierte.

Lo más logrado de la miniserie es su manejo del sustrato fantástico. El espíritu de La casa de los espíritus se percibe a lo largo de los episodios: las presencias de sus muertos deambulan en los recuerdos de infancia, a través de los relatos sobrenaturales del abuelo, y viajan hasta el presente, incluida la escena de la muerte de Paula. Esta decisión no es un adorno estilístico: ancla la narración en el imaginario literario de Allende en lugar de limitarse a ilustrar su biografía, y es ahí donde Bazaes demuestra mayor criterio cinematográfico.

El problema central de Isabel es estructural. El guion de Cuchacovich privilegia los momentos de máxima emotividad —el exilio, la muerte de Paula, el nacimiento de La casa de los espíritus— a expensas del contexto histórico que les da espesor. La vida de Allende es inseparable del horror de la dictadura chilena, y ese vínculo entre la escritura y el dolor del exilio es el verdadero material de la serie. Sin embargo, el golpe de estado aparece como telón de fondo dramático antes que como catástrofe política con consecuencias concretas sobre cuerpos y proyectos de vida. La violencia de la dictadura queda estetizada, disponible para el consumo sin perturbar demasiado.

El capítulo 1, “El costo de la libertad” (56 min.), retrocede a fines de los años sesenta del siglo anterior: Isabel como periodista de la Revista Paula que escandaliza a la conservadora sociedad chilena con sus reportajes feministas, capaz de disfrazarse de vedette para infiltrarse en el cabaré Bim Bam Bum y escribir una crónica desde adentro. El director Bazaes construye aquí el retrato de una mujer que opera por infiltración antes que por confrontación directa, rasgo que la serie tendrá dificultad para sostener a medida que el relato avance.

La ambientación de época funciona bien —Bazaes comenzó como director de arte en las películas de Andrés Wood— y la tensión política entre el Chile que quería despertar y el que se aferraba al statu quo da contexto al ascenso de Allende como figura pública. El problema es que ese contexto político queda subordinado al drama doméstico. El golpe de 1973, que clausura el episodio y empuja a Isabel al exilio, aparece como catalizador biográfico. La pregunta que la serie formula —si en la timorata sociedad chilena de los sesenta y setenta Allende tiene derecho a marcar un camino— se resuelve desde la perspectiva del medio siglo transcurrido, con una certeza que anula la complejidad del momento histórico. 

La libertad que Allende conquista (en el título de este episodio) tiene un precio que no solo ella paga. Su marido Miguel (Néstor Cantillana), sus hijos, su abuelo aparecen como daños colaterales de una vocación irresistible. La serie los muestra, pero no los juzga, y tampoco profundiza en ellos: son figuras de apoyo, testigos del ascenso más que sujetos de su propio drama.

El capítulo 2, “El diablo en el espejo” (69 min.), es el episodio más largo y también el más ambicioso e irregular. Exiliada en Venezuela, Isabel no solo enfrenta las consecuencias del destierro y el desempleo, sino que se enamora de otro hombre (identificado únicamente como Músico Argentino) y toma una decisión que marcará a su familia; después de ese exilio se refugiará en la escritura y logrará publicar una novela que transformará su vida. Ese arco narrativo —ruptura matrimonial, infidelidad, recomposición familiar, descubrimiento literario— requeriría por lo menos el doble del tiempo audiovisual disponible. Justificar el nacimiento de un escritor es cosa tan seria que no se puede reducir a uno o dos capitulitos. En vez de esto la serie juega con flashbacks de la niña Isabelita que disfruta de la compañía de los fantasmas familiares. 

El problema de este capítulo es la velocidad. El enamoramiento de Allende con el hombre que se convertirá en su segundo marido, Agustín (Rodolfo Pulgar), está trabajado con mayor sutileza que en el primer episodio, pero la ruptura con Miguel (el primer esposo) queda resuelta en pocas escenas. El guionista Cuchacovich sacrifica el conflicto conyugal en favor de avanzar hacia lo literario, y esa prioridad revela la jerarquía de valores impuesta por Allende detrás de cámaras: lo que importa es la escritora, no la mujer en sus relaciones concretas. 

El “diablo” del título tiene una resonancia que la serie no termina de explotar: podría ser la culpa, la ambición, podría ser la conciencia de que alcanzar la propia voz exige destruir algo. Bazaes insinúa esa dimensión oscura en algunas escenas, pero el guion la neutraliza con una resolución demasiado ordenada. Por lo menos, nos cuentan que Isabel se hizo escritora después de la muerte de su abuelo (el Tata), cuando empieza a borronear una serie de anotaciones con anécdotas familiares. Esos cuadernos terminan convirtiéndose en la novela que la catapultó a la fama. También deja claro el papel de la madre al conseguir editorial para la ópera prima de su hija. Ella es la que toca las puertas hasta lograr que Plaza y Janés se haga con el jugoso contrato de tremendo best seller. 

El capítulo 3, “Los espíritus” (54 min.), es el más breve, pero es el que carga con un mayor peso narrativo. En los años ochenta, Isabel ya es una escritora célebre pero su matrimonio se quiebra definitivamente; viaja por el mundo, se radica en California, encuentra nuevamente el amor (el gringo Willy), y cuando está en la cima de su carrera recibe la noticia de que su hija Paula está gravemente enferma con Porfiria, una enfermedad genética que la lleva a un estado vegetativo. El título es el más ajustado (si analizamos los otros dos) porque concentra los dos sentidos que la serie ha venido construyendo: los espíritus de La casa de los espíritus y los muertos que acompañan a Allende a lo largo de su vida. 

La enfermedad y muerte de Paula Frías —narradas en el libro homónimo que Allende escribió como carta a su hija inconsciente— son el punto de llegada que la serie anunció desde su primera escena. El mérito de Bazaes es no estetizar el dolor de manera obvia: la cámara se mantiene a cierta distancia, sin el close-up lacrimógeno que la televisión latinoamericana suele imponer a estos momentos. Se aprovecha la ocasión para interpolar las imágenes domésticas en Super 8 y 16 mm que crean nostalgia más en la escritora que en nosotros. Daniela Ramírez sostiene su performance con eficacia; su mejor trabajo de toda la miniserie está en este episodio. Ojalá consiga esta actriz trabajo en alguna película importante porque le sobra talento. Mucho lote para interpretar un personaje que merecía otro tratamiento.

Lo que el tercer capítulo no logra resolver es la relación entre la escritura y el duelo. El libro Paula es uno de los textos más brutalmente autoficcionales de la literatura latinoamericana: una mujer que procesa el horror de la muerte del ser amado, escribiéndolo en tiempo real, sin la distancia que da la recuperación posterior. La serie lo muestra como desenlace emotivo sin explorar la dimensión formal: que la escritura fue la única manera de supervivencia de Allende, que la literatura no fue consuelo sino catarsis. Esa diferencia, entre el arte como terapia y el arte como necesidad biológica, es la que la miniserie apenas toca y finalmente esquiva.

Los tres capítulos forman una progresión lógica que también es la de la obra de Allende: la libertad tiene un costo, el espejo devuelve una imagen que no siempre se quiere ver, y al final solo quedan los espíritus, que son los muertos y también los libros. La arquitectura narrativa está bien calculada. Lo que falta es la voluntad de habitar plenamente esa arquitectura en lugar de atravesarla. Escuchar a la escritora, en la actualidad, en sus entrevistas y ruedas de prensa resulta una delicia única. Su humor, desenfado y sabiduría brillan en cada confesión, en cada ocurrencia dicha públicamente. Si no me creen, busquen cualquier vídeo de ella en la red y, créanme, disfrutarán de ese huracán que es Isabel Allende. Desafortunadamente, esa fuerza de la naturaleza no está presente en la serie. Apenas hay un mínimo atisbo. 

Resumiendo. Isabel no es una serie sobre el canon y sus exclusiones. Es más autobombo o publirreportaje light. Que esta serie busque el aplauso internacional por encima del debate literario es coherente con el tono del proyecto, pero es pobre que podría haber sido una reflexión sobre cómo se construyen y se desestiman las carreras en la literatura latinoamericana escrita por mujeres. La voz en off no ayuda para nada. Siempre se escucha la voz de la actriz Daniela Ramírez comentando cada acontecimiento. Uno siente que es una voz que se entromete porque siempre está justificando cada acción, cada tramo de la biografía. 

Isabel funciona bien en sus propios términos: es emotiva, está bien interpretada y tiene una protagonista cuya historia merece ser contada. Lo que no hace es interrogar esa historia. Al final de cada capítulo se aprecia el control de la escritora sobre la serie: aparecen fotos de ella con personalidades como Obama o Antonio Banderas, como diciéndonos lo obvio, que ella se ha relacionado con la crema de la crema de la farándula mundial. Como biopic es solvente; como cine, se queda en la puerta de la casa de los espíritus. Nunca entra a ella. 

JOHN LE CARRÉ Y EL TÚNEL DE LA VERDAD O DE CÓMO LOS ESCRITORES SALIMOS MAL PARADOS CUAL PARÁSITOS ACOSTUMBRADOS A TRANSFORMAR EN LITERATURA LA VIDA DE LOS DEMÁS


[John Le Carré] «The cat sat on the mat is not a story, but the cat sat on the dog’s mat is.»

[Errol Morris] And then I have my Le Carré version: The cat betrayed the dog by sitting on his mat.»

The Pigeon Tunnel (2023) es un documental de apenas una hora con treinta y cuatro minutos (disponible en Apple TV) sobre la vida y obra de John Le Carré que era el alias del escritor David Cornwell (1931-2020). Errol Morris (Nueva York, 1948) confirma su posición como uno de los documentalistas más innovadores de su generación, un cineasta capaz de abordar temas siempre controversiales. Su habilidad para desentrañar las complejidades del comportamiento humano y exponer los matices del poder, la mentira y la moralidad resulta más un tema para el cine de ficción, pero este neoyorquino se ha esforzado por incursionar en el género testimonial. Con obras fundamentales como The Thin Blue Line (sobre un asesinato cometido a sangre fría que permitió salvar a un hombre inocente de la pena de muerte) y la ganadora del Óscar 2003 al mejor documental, The Fog of War (sobre Robert McNamara quien fue secretario de estado de JFK y Lyndon B. Johnson), Morris redefinió el lenguaje audiovisual de su género al fusionar el periodismo de investigación con la narrativa audiovisual. En esta ocasión dirige su mirada hacia la figura enigmática del novelista británico John le Carré, autor de El espía que surgió del frío (1963), cuya vida personal estuvo marcada por la intriga, la traición y las ambiguas zonas éticas del mundo del espionaje.

John le Carré ocupa un lugar importante dentro de la literatura contemporánea, especialmente en su género. Gracias a él el público se deshizo de la imagen estereotipada de James Bond y la romantizada de Graham Greene. Con Le Carré aprendimos que el espía es débil, solitario, falible y que puede caer en cualquier momento si alguien lo traiciona. Desde la publicación de The Spy Who Came in from the Cold, sus libros fueron más allá del mero entretenimiento para convertirse en profundas exploraciones sobre la paranoia, la duplicidad y las contradicciones morales de la Guerra Fría. A través de personajes complejos como George Smiley, le Carré mostró el espionaje no como una aventura heroica, sino como un territorio sombrío donde la lealtad y la traición suelen confundirse. Sus novelas interrogan constantemente el costo de servir a un Estado y convierten al escritor no solo en un narrador magistral, sino también en un filósofo de la clandestinidad política.

En el libro (traducido al español con el título comercial de Volar en círculos) encontramos inmejorables definiciones de lo que es ser escritor: «Espiar y escribir novelas están hechos el uno para el otro. Ambas cosas exigen una mirada atenta a la transgresión humana y a los numerosos caminos de la traición. Los que hemos estado dentro de la logia secreta no lo abandonamos nunca del todo». Y vaya que Cornwell sí que espió, transgredió, traicionó y escribió algunos títulos memorables en el género de la novela de espías. Más adelante el autor anticipa sus confesiones: «El espionaje no me hizo descubrir el ocultamiento. Las evasivas y el engaño fueron las armas necesarias de mi infancia. Durante la adolescencia, todos somos un poco espías, pero yo ya era veterano. Cuando el mundo [del servicio] secreto vino en mi busca, me sentí como en mi propia casa». Pero esa casa, como lo escucharemos de su propia boca en el documental, tenía un simbólico cuarto vacío, con una puerta secreta.

Le Carré escoge la vejez como podio desde el cual hablar. Al final de su vida teje su relato mirando hacia atrás sin cortapisas. El octogenario escritor le dice a la cámara: «Los viejos atletas saben que han jugado sus mejores partidos cuando están en su mejor momento (in his prime). Los espías, en su mejor momento, están guardados en un estante. Y, de pronto, a cierta edad, quieres saber una respuesta. Quieres la carta de salida para tu libertad condicional en un cuarto secreto donde ansías que te digan quién dirige tu vida y por qué. Lo que pasa es que cuando llega ese momento, tú eres quien mejor sabe que el cuarto secreto está vacío». Pero esa habitación tiene una puerta: «I cannot define for you where reality goes through: the secret door into fiction. I would much rather go back to the notion that I painted of, ‘I live in that bubble, and I import stuff’.» Es quizá la mejor conceptualización que se ha hecho sobre el mundo secreto de un escritor: Vivir en una burbuja e importar cosas desde afuera hacia el interior de ese espacio creativo que está vacío, pero lleno de promesas de historias. En otra parte del documental desarrolla aún más esta idea fundamental: «Inside the bubble, I am abstracting from non-fiction and fictionalizing it. I want to take tidy stories out of the perceived reality around me. But I didn’t do any of that derring-do stuff that is reported in my books». Todo un arte de la novela lo que plantea Le Carré y su profunda visión del hecho novelesco lo pone a la altura de cualquier otro narrador canónico del siglo XX.

Me permito incluir a continuación otra larga cita del filme porque es una de las mejores definiciones que se han dado sobre lo que es ser escritor: «A writer is slightly out of tune. He is different. His methods of creation are the methods of a lonely person who is borrowing, abstracting experiences here and there, and putting them together and trying to make a parcel, if you like, which you can then offer to the public. In that sense, he’s an illusionist. And if people are constantly trying to look up his sleeve, then he’s going to spoil his trick. For me, writing is a journey of self-discovery every time. How characters behave, how they emerge, who they are, what appetites they have, they deliver themselves on the blank page and they tell me a little bit about who I am». El escritor como espía, ligeramente fuera de onda, diferente, solitario, viviendo en el mundo de las abstracciones, construyendo la parcela que le ofrecerá al público lector. Le Carré dora la píldora hablando del fabulador como ilusionista, pero su definición nos ayuda a desconfiar de él por sus claves personales: «Escribir es como un viaje de autodescubrimiento donde los personajes me dirán un poco sobre lo que soy». En el caso de los caracteres que construye John le Carré son siempre despreciables, poco honestos pese a la apariencia de gentlemen ingleses; «puñalines» es la palabra que se usa en el argot guayaquileño.

Sobre lo que es ser espía y el proceso de reclutamiento es el documental el que da más luz sobre un tema tan oscuro: «You’re looking for somebody who’s a bit bad, but, at the same time, loyal… with independence of spirit but looking for institutional embrace». Parece una definición de sí mismo: «un poco malo, pero al mismo tiempo leal, con independencia de espíritu pero buscando el amparo institucional». La traición como forma de vida siempre estuvo presente en David Cornwell: «I felt betrayed as a child, if you like. I felt that I had betrayed people myself. Like many artistic people, I have lived from early childhood inside an imaginative bubble». Vemos el concepto de burbuja como el espacio de la imaginación, pero aparece una declaración personal: el escritor de bestsellers se considera un artista y así lo repetirá de manera explícita más adelante. Los papas de la teoría literaria y del canon de seguro ven esta declaración como acto de abominable arrogancia. John le Carré no solo es un impostor que ha traicionado a los suyos en cada etapa de su vida, también se arroga un lugar dentro del canon llamándose artista.

El problema de nuestro escritor es el padre, siempre el padre: «My father was a confidence trickster (un embaucador de la confianza). Where pretense was everything. Life was a stage. Being off stage was boring. And risk was attractive». El progenitor era una embaucador profesional, de esos que cual saltimbanquis van de lugar en lugar estafando a todo el mundo. Declaraciones impúdicas para alguien que, según lo dicho por Morris en el documental, «ha llevado una doble vida por más de cincuenta años y que raramente ha concedido entrevistas». El momento cumbre es escuchar al exitoso novelista citar a Graham Greene: «La infancia es el balance de crédito del escritor».

Durante esa edad temprana, el escritor acompaña a su padre vividor a una gira de casinos. Recalan en Mónaco. En la terraza de una de esta casa de apuestas se encuentra con pichones de paloma que viven en cautiverio. Se las libera momentáneamente para que los asistentes del casino se dediquen a dispararles con escopetas. El niño las ve adentrarse por un túnel y se pone en el lugar de ellas: quizá piensan que están escapando hacia la libertad pero reciben balazos. Las que regresan vivas a la terraza se ponen a buen recaudo y vuelven a ser encerradas en sus jaulas. Él es de cierta manera uno de los pichones que regresa a salvo para seguir en cautiverio. La visión perseguirá toda la vida a ese niño. Esa contemplación es puesta en escena por un director que se esfuerza en mostrarnos el aleteo de las palomas y el fragor de los rifles. Luego logra lo más difícil con una toma espectacular: se nos muestra la casa familiar con el piso alfombrado por cáscaras de huevos de pichones. Más adelante aparecerá la misma imagen pero con centenares de huevos redondos, sin abrir. La metáfora es llevada hasta las últimas consecuencias porque la madre se va de la casa cuando David tiene cinco años de edad. Los dos niños Cornwell quedan en el nido vacío a merced del enfermizo padre. David volverá a ver a su madre al cumplir los veintiún años cuando estaba estudiando Letras en Oxford. Le preguntará por qué se fue y ella le responderá que estaba harta de los fraudes y las aventuras extramatrimoniales del hombre.

El padre merece un párrafo aparte. Es un embaucador profesional con varias casas, posesiones, chequeras, caballos, mujeres, negocios ilícitos. La esposa se va de la casa para siempre porque sabe que los amiguetes abogados de él la harán papilla en una corte. El padre lo lleva de paseo en sus andanzas. Algo le quedará de ese personaje paterno y se convertirá en un espía. Algo heredará de la frialdad y la astucia del progenitor. Cuando llega a ser famoso y millonario el escritor recibe un pedido paterno: quiere una suma astronómica de dinero porque ha calculado cuánto invirtió en su educación en Oxford. Aunque le tiene rencor al hijo porque le mintió: le dijo que iba a estudiar leyes y terminó estudiando literatura. La peor petición del padre viene de una cárcel de Indonesia donde cumple una condena por tráfico de armamento. John Le Carré tiene que pagar su fianza para liberarlo. El momento de la paz no llega cuando su progenitor muere. Tiene que asistir a tres entierros porque los distintos grupos de maleantes que lo veneraban le organizan tres servicios funerarios distintos. El fantasma del padre siempre va a revolotear en su vida y en su obra. No deja de ser fascinante leer todo esto en la edición en español de Volar en círculos (Bogotá, Planeta, 2018) y en la película de Morris.

La génesis de su novela más conocida es bien referida en el documental. El espía que surgió del frío nace de la experiencia de Cornwell como parte de la misión diplomática británica en Berlín. Le toca ser testigo privilegiado de la erección, en 1961, del muro que separará la Alemania comunista de la democrática. Escribe la novela desde la cuatro hasta las ocho de la mañana durante medio año: «And I had this rush of blood and anger. Found, as it were, a fable that served my purposes». Con esa subida de sangre (e ira) a la cabeza compone la obra por la que será recordado. El éxito internacional, con docenas de traducciones y reediciones, es inmediato. El personaje principal de su novela, Alec Leamas, dará la mejor definición de lo que es un espía en el mundo de Le Carré: «What the hell do you think spies are? Moral philosophers measuring everything they do against the word of God or Karl Marx? They’re not. They’re just a bunch of seedy, squalid bastards like me. Little men, drunkards, queers, henpecked husbands, civil servants playing Cowboys and Indians to brighten their rotten little lives. Do you think they sit like monks in a cell balancing right against wrong?». La definición también aplica a la de un escritor: el novelista también espía a los suyos y realiza esas actividades sinuosas que Leamas tan bien señala: «servidores públicos jugando a vaqueros e indios para iluminar sus pequeñas vidas podridas». No son monjes en una celda balanceándose entre el bien y el mal.

Su segunda novela más difundida es Tinker, Tailor, Soldier, Spy (1974), que fue difundida en español con el parco título de El topo, toca el tema del agente de doble cara de manera más descarnada: «If your mission in life is to obtain traitors, to win them over to your cause, you can hardly complain when one of your own turns out to have been obtained by somebody else». La lógica es impecable: no hay cómo quejarse si uno de los tuyos termina en el bando opuesto. Esa es la premisa de esta novela que gira alrededor de Kim Philby, el doble agente que trabaja tanto para Rusia como Gran Bretaña. Una declaración de Cornwell lo define muy bien: «Era adicto a la traición. Cuando no jugaba el doble juego se sentía extremadamente solitario». Nicholas Elliot, el oficial de inteligencia de M16 que termina delatando a Philby tiene una opinión lapidaria (siempre según el entrevistado) al decir que no es exacta la categoría de doble agente cuando se trabaja dando información de manera unidireccional: «Philby was a straightforward, high-level, disreputable traitor. What’s the difference, exactly? Well, I mean, he was a straightforward spy for the Russians. If he’d been a double agent, he’d have been a spy for the Russians. But we’d have been playing back against the Russians». La cita es muy clara: el trabajo de conseguir información privilegiada debe tener dos direcciones: de Reino Unido hacia Rusia y viceversa. Lo citado anteriormente descalifica la condición de doble agente: Philby llevaba información en una sola dirección: de Inglaterra hacia la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. No es un doble agente, según la concepción de John le Carré. Es un traidor.

Para una comunidad que se pasó toda la vida luchando contra el comunismo, fue un verdadero golpe descubrir que Philby era el Topo. Por eso no fue sorpresivo para nadie que Cornwell, al principio de su carrera, entregara a su mejor amigo. Stanley Mitchell era alumno del Lincoln College cuando él estaba en Oxford. Las actividades subversivas fueron denunciadas por el futuro novelista y se efectuó la captura del espía bolchevique quien no supo de dónde venían los tiros. Décadas después, Mitchell se entera de la traición y le realiza un reclamo epistolar que el famoso Le Carré responde arrepentido en una carta que no aparece en la película: “I was a nasty, vengeful little orphan with a psychopathic liar for a father and a boy-scout self-image”. En la película se limita a decir que la respuesta que le dio a Mitchell fue algo así como «Era mi trabajo atrapar comunistas. Tú estabas del lado equivocado de la historia». El modus operandi del delator era muy sencillo: ganarse la confianza del espiado y revisar constantemente su cuarto de estudiante universitario para conseguir material subversivo (afiches, pancartas, folletos) con el que que habría de incriminar a su gran amigo. Este capítulo en la historia de David Cornwell nos hace reflexionar sobre quiénes nos rodean y con quiénes nos abrimos. Leer sus novelas (pienso en dos títulos que no he nombrado, El jardinero fiel y El sastre de Panamá) nos hace redefinir los lazos que tenemos hacia las personas en las que confiamos. Pasa en el mundillo literario, académico y laboral, sucede en el barrio con el vecino menos imaginado, pasa en el mundo de la política nacional y universitaria, la persona menos pensada es la que termina traicionándote.

El libro autobiográfico en el cual se basa el documental se titula The Pigeon Tunnel: Stories from My Life, publicado recién en 2016, cuatro años antes de la muerte de su autor. En el momento de su publicación tenía 85 años y añadió nuevas capas a la compleja personalidad pública del autor. El tomo de memorias causó un considerable revuelo por las revelaciones sobre su padre estafador, sus años en los servicios secretos británicos y su desencanto frente a las estructuras políticas y personales que marcaron su existencia. La sinceridad de su escritura autobiográfica, a menudo descarnada e incómoda, hizo que muchos lectores se preguntaran hasta qué punto la obra de John le Carré era ficción y hasta qué punto era, en realidad, una confesión disfrazada. El escándalo surgió precisamente de esa frontera difusa entre memoria y artificio narrativo, una ambigüedad que el David Cornwell (la persona y el escritor) parecía cultivar deliberadamente.

En el delicioso anecdotario del libro de memorias destacan en mi lectura los siguientes capítulos: «Richard Burton me necesita» (en honor al protagonista del filme El espía que surgió del frío), «Alec Guinness» (que encarnó al espía George Smiley tanto en el cine como en la serie televisiva), «La corbata de Bernard Pivot» (y su experiencia con el entrevistador francés televisivo en su programa Apostrophe), «El hombre más buscado» (que dio origen con el mismo título a una de sus novelas fundamentales), «El premio de Joseph Brodsky» (su encuentro con el poeta ruso, ganador del Nobel de Literatura), entre otros. Nombro estos capítulos porque brillan por su ausencia en el documental que está enfocado en el doble tema que siempre le ha obsesionado a Morris: la mentira y la traición. Es también una muestra de una técnica usual de adaptación: se omite lo que no se necesita. No tenía sentido que el escritor diga frente a la cámara lo que el libro ya había expresado de manera escrita. Morris ha tomado únicamente la metáfora de los pichones y le ha preguntado lo que ha querido al escritor en pleno ocaso.

Al documental del año 2023 no le interesa para nada adentrarse en todas las jugosas anécdotas del libro. Morris se centra en su formación, su educación, su padre, su madre, su carrera como espía y como escritor y sobre cómo traicionó de joven a su mejor amigo. Llama la atención que los hijos sean los productores ejecutivos (Simon y Stephen Cornwell) y que hayan querido dejar ese legado de un padre (muerto en 2020) como todo un mentiroso profesional (aunque, ¿no es eso en realidad un escritor de verdad?). El director logra que esas tensiones conceptuales cobren una intensidad única porque si el espectador es un literato se le revolverá el estómago por cómo Le Carré cuenta sin desparpajo cómo mintió y traicionó a las personas de su entorno, incluyendo su esposa y su mejor amigo de juventud. Frente a la cámara, el novelista ofrece confesiones sorprendentes, a veces perturbadoras, con una mezcla de frialdad intelectual y poca vulnerabilidad emocional. La técnica de interrogación de Morris permite que el escritor se vaya despojando lentamente de sus máscaras, revelando a un hombre atrapado entre el cálculo y el remordimiento. Uno de los momentos más impactantes ocurre cuando el autor reflexiona sobre acciones moralmente cuestionables realizadas durante su paso por los servicios de inteligencia británicos, actos que reconoce como auténticas traiciones hacia personas concretas. La película convierte esas confesiones en un ejercicio de tensión moral que fascina y desconcierta.

Notable el momento en el que el director reacciona ante la cascada de impúdicas revelaciones y recibe esta respuesta del literato: «Errol, I feel very comfortable. I enjoy very much talking about things I haven’t talked about before. I saw this prospect, at my great age, as something definitive. I knew that I was not going to lie. I wasn’t going to fabricate. I’m not even interested in self-defense, because I really don’t know what the accusation is in the air». La acusación (que no aparece en el documental) es triple: en sus últimos años de vida, a medida que su pasado como espía fue revelado, se le acusó de hipocresía y de ejercer políticas izquierdistas, criticar el Brexit y oponerse públicamente, por conveniencia, a Donald Trump; en su vida personal se le acusó de promiscuidad; antiguos colegas suyos, oficiales de MI6 lo vapulearon por retratar de manera cínica y poco halagüeña el mundo del espionaje internacional. Esta triple acusación (que no se toca en el documental) va de la mano con la necesidad de David Cornwell de utilizar un seudónimo literario. Pese a escudarse en ese sobrenombre, su fama siempre hizo que estuviera bajo potentes luminarias.

El documental no le huye a un debate ético de enorme relevancia: ¿cómo consiguió le Carré escapar de sus pecados y transformar una vida marcada por la manipulación en una carrera literaria admirada internacionalmente? Aunque expresa cierto arrepentimiento, el escritor nunca renuncia por completo a justificar su pasado. La película sugiere que su literatura funcionó como una forma de redención, un mecanismo para procesar la culpa y las ambigüedades que definieron su juventud. Sin embargo, Morris deja flotando una pregunta: ¿se redimió realmente o utilizó su inmenso talento narrativo para reescribir sus propios pecados? El documentalista buscando una respuesta le escupe al entrevistado: «Veo en usted a un poeta del autodesprecio». Afirmación que no molesta al escritor que da su última respuesta en el filme:  «I think that it’s only in the last few years that I feel I’ve found my freedom, and I love being what I am best at. Not just being a writer, that’s incidental, but writing. Without the creative life, I have very little identity. I’m like an actor without a part. With the work, I am as near as I get to being a happy man. And I love, I love writing. So, I am that animal. And I dare hardly use the claim, but I’ll make it here, I’m an artist». Resumimos en español esa declaración final: El escritor es un animal artístico que si no escribe es como un actor sin un rol, pero si escribe es un hombre feliz. Por lo menos en eso estamos de acuerdo.

En conclusión, The Pigeon Tunnel es un documental fuera de lo ordinario que ofrece un retrato profundamente complejo de uno de los escritores más importantes del siglo XX y comienzos del XXI. Errol Morris, con su habitual lucidez, consigue extraer no solo la historia de una vida, sino también una reflexión sobre el precio moral de la mentira y sobre la frágil frontera entre verdad y ficción. La película permanece en la memoria mucho después de terminar (sobre todo en la mente de los escritores que nos cuestionamos qué diablos hacemos urdiendo literatura y vida), obligándonos a pensar en nuestra propia fascinación por los relatos literarios y vitales que hunden sus raíces en el engaño. Le Carré fue un espía que surgió del frío, maestro de las narraciones ambiguas; Morris, en cambio, es el espía que surgió del calor del infierno revelando la vulnerabilidad humana escondida tras esas historias.

El museo de la inocencia llega a Netflix: La novela de Pamuk en formato de telenovela turca o cómo las historias de amor se escriben con objetos coleccionables de la amada 

El siguiente artículo no contiene spoilers de la serie analizada.

Existe un museo en Estambul que alberga objetos de la mujer amada: una horquilla, una estatuilla de porcelana de un perro, una taza, un par de zapatillas, unas medias… La exposición es en una pequeña casa de madera de estilo otomano (de color rojo carmesí) en una callejuela de la zona montañosa de Beyoğlu, en el tradicional barrio capitalino de Çukurcuma, Existe una novela de un Premio Nobel sobre ese museo que fue armado a medida que se iba escribiendo. Una vez que se paga la entrada, el visitante tiene el derecho de exigir a que se le estampe, con un sello, la página de guarda de la novela. El icono escogido para esa singular estampa es una mariposa amarilla, guiño al arete que la protagonista pierde en los primeros capítulos.

El germen de la novela y del museo aparece en 1982, cuando Orhan Pamuk conoce a Ali Vasıb Efendi, uno de los últimos príncipes otomanos. El exilio de este príncipe, el vínculo con el pasado de un monarca expulsado del palacio y su ajuste de “cuentos” con la memoria inspiran la idea de convertir una vida en museo. Ese encuentro constituye el núcleo conceptual de El museo de la inocencia y el punto de partida de obras posteriores del autor.

Después del terremoto de 1999, los paseos de Pamuk por los tradicionales barrios de Cihangir y Çukurcuma le ayudan a encontrar el escenario de la historia. Un antiguo edificio de apartamentos se convierte en el lugar donde transcurre la novela y en la dirección real del futuro museo. Ese inmueble pasa a ser a la vez el espacio del amor de Kemal y el escenario en el que el visitante o lector se incorporará al relato. Si la novela tiene 83 capítulos, el museo tiene 83 vitrinas donde cada objeto de Füsun da fe un fragmento del discurso amoroso. 

Inaugurado en la primavera de 2012 (y presente en todas las guías turísticas de Estambul), el Museo de la Inocencia es un espacio memorioso que exhibe cada uno los objetos descritos en la novela. Dicen, no sé si es verdad, que Pamuk se gastó casi todo el dinero del Nobel en acondicionar ese edificio de cuatro pisos y convertirlo en la entidad semiótica que hoy es en Estambul. Cada pieza, desde el pendiente de Füsun hasta un mechero, un frasco de perfume o una colilla, es testigo del amor contrariado de Kemal. Al recorrer cada vitrina, los usuarios no solo contemplan cosas, también siguen las huellas de una vida. Así, el museo se convierte en la maqueta tridimensional de un relato novelesco. El museo ganó el Premio al Mejor Museo del año 2014 y fue otorgado por la organización European Museum Forum.

Las raíces de la realidad son memorables en este caso específico. El novelista aceptó el encargo (imaginario o real) del enamorado (ficticio o verdadero) que llevaba décadas recolectando los objetos de la mujer ausente. A mediados de los 90 el escritor empezó a coleccionar prendas, productos de consumo y se le ocurrió hacer un museo amoroso, el único en su especie, mientras contaba la historia de amor a partir de los objetos. 

En el 2006 el narrador ganó el Premio Nobel de Literatura y en el 2008 publicó El museo de la inocencia, rompiendo el mito aquel de “no se puede escribir una obra maestra después de ganar el Nobel”. El peso de la leyenda, tanto de la obra como del museo, se trasladó a Hollywood que compró los derechos de explotación audiovisual. El Premio Nobel turco tuvo que lidiar con los productores que no entendían ni la concepción de la novela ni la del museo. La batalla legal fue ganada por el literato que recuperó afortunadamente los derechos para regresarlos a Turquía donde hay una industria audiovisual históricamente de largo alcance.  

El proceso de adaptación de la serie duró seis años con la compañía productora turca Ay Yapim y la directora Zeynep Günay, responsables de un millardo de títulos de telenovelas exitosas que no vale la pena mencionar aquí, no por calidad, sino por mera ignorancia. Quizá habría que deslizar el dato de que Kara Sevda (Amor eterno), producida por Ay Yapim, es la serie turca de mayor rating en la historia de la televisión en los Estados Unidos. El Premio Nobel se encargó personalmente de la revisión del guion de cada episodio e incluso haciendo un cameo interpretándose a sí mismo en el primer capítulo y en el último. La serie establece una conexión transmedia con el museo físico homónimo fundado por Pamuk en Estambul en 2012. Antes del estreno de la serie, el número promedio de visitantes diarios del museo era de 200, con el estreno en Netflix de El Museo de la Inocencia rebasa las 500 personas por día. 

Adaptar al lenguaje audiovisual una novela de Orhan Pamuk no es cualquier empresa. El escritor turco, Premio Nobel de Literatura en 2006, construyó en El museo de la inocencia una de las obras más ambiciosas de la narrativa contemporánea: la historia de una obsesión amorosa que es al mismo tiempo una arqueología amorosa de Estambul, un tratado sobre la memoria y el deseo, y un experimento novelesco que culminó en la creación de un museo real en la capital de Turquía. La novela no solo arrebata por su poesía y por la minuciosidad con la que se narra la pasión amorosa a partir de los objetos tocados por la amada, es un fresco histórico sobre la vieja Estambul. Que una miniserie de nueve episodios se atreva a trasladar ese universo al formato televisivo supone un riesgo inconmensurable, pero también una apuesta que parece estar a la altura del material que la origina. Es también la ruptura de otro mito que dice que la adaptación de una gran novela no suele estar siempre a la altura del original. 

Pocos libros han tratado la obsesión amorosa con una inusual amplitud. Para muestra dos botones: la pasión de Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera y la de Adso de Melk en el Cuarto día (después de Completas) en El nombre de la rosa. Tanto García Márquez como Eco supieron diseccionar qué pasa en el cuerpo y en la mente del sujeto amoroso que se consume por su pasión correspondida o no correspondida. La trilogía la completa Pamuk que pasa a compartir podio con el colombiano y el italiano. El novelista turco no solo trasmite la narración de la infatuación, la convierte en un espacio museográfico que salta de la novela a la realidad de la ciudad de Estambul. El museo existe tanto como la novela del escritor turco. Él plantea 83 capítulos, la telenovela tiene 9 episodios con un promedio de cuarenta y cinco minutos de duración, con excepción del noveno que rebasa la media hora.

El piloto de la serie inaugura su relato con un gesto narrativo audaz: nos lleva directamente al final de la novela, al momento en que Kemal Bey le solicita a Orhan Pamuk (cameo cortesía del propio autor) que escriba la historia de amor que lo unió a su prima Füsun y que dé cuenta del origen del museo que lleva el nombre de esa pasión. El recurso es más que un guiño al lector familiarizado con la novela; es una declaración de principios sobre la adaptación que estamos a punto de ver. Esta serie no pretende ocultar su artificio: sabe que es una construcción de la memoria, una narración interesada en la reconstrucción del pretérito, y lo anuncia desde sus primeras imágenes. Autor interpuesto, dicen los expertos. Pamuk es el mediador de la más grande historia de amor jamás contada, entre comillas, por supuesto. Incluso se da el lujo de estar entre los entrevistados en el making of, también disponible en la plataforma de Netflix. 

En la entrevista, Pamuk alaba la adaptación audiovisual: “El éxito de la directora no está en dar vida a las caras, los cuerpos, los cuartos y los colores que yo había imaginado, sino en buscar y explicar las emociones, las situaciones dramáticas y los momentos emocionales que imaginé, las cosas que los espectadores, lectores y visitantes deben sentir”. Estas declaraciones demuestran la apertura del escritor hacia el medio audiovisual. En contraste con Pamuk está el caso extremo de escritores como García Márquez quien pregonaba la imposibilidad de adaptar una obra porque quería que los lectores se imaginaran a los personajes. El Premio Nobel le da carta abierta a la directora que es la que mejor sabe de esto por ser un storyteller tecnológico: logra darles vida audiovisual a los personajes literarios a través de un plan específico de acciones narrativas. “El producto audiovisual nos conmueve más que la novela”, sentencia el escritor turco sonriente. “Hasta nos hace llorar”, añade provocando risas entre los miembros del equipo de filmación. 

En el piloto, la presentación de los personajes —todos reunidos en una mesa, nombrados uno a uno por un mesero que circula entre ellos con la discreción de un tahúr que reparte naipes— resulta magistral en su economía y en su elegancia. En ese breve ceremonial de nombres y rostros, la serie establece las coordenadas de un mundo narrativo: la familia acomodada, el Estambul de los años setenta, la estratificación social que lo atraviesa todo. 

Lo que sigue es la puesta en marcha del mecanismo que Pamuk tardó años en construir: los inicios de la relación entre los primos Kemal y Füsun, la atracción que se instala entre ellos pese a que son de clases sociales distintas (él es un empresario textil, ella es dependiente de una tienda) y pese a que él está próximo a contraer matrimonio con una chica de la burguesía local. La serie adapta los capítulos de la novela con una fidelidad meditada, eligiendo conservar la voz en off de Kemal como hilo conductor. Esa voz de viejo —nostálgica, reflexiva, ligeramente culpable— imprime al episodio (a todos los episodios) su tono característico: no es el relato de algo que ocurre, sino la evocación de algo que ya ocurrió y que alguien necesita comprender. 

La serie recupera de manera perfecta las aristas de obsesión amorosa. Extrañar a la mujer amada, asediarla, sentirla, visitarla, mentirle, llorarle, cortejarla, hacerle el amor. Sin necesidad de desnudos las escenas amatorias son de factura poco olvidable (en ningún momento el espectador olvida que todo fue filmado dentro de una réplica perfecta del museo de la inocencia). La protagonista es la rutilante Eylül Kandemir, estrella por derecho propio en el firmamento audiovisual turco. No deja de ser importante la alusión que el personaje de ella hace, en el antepenúltimo capítulo, cuando está viendo con su novio una película de Grace Kelly en la televisión. En un guiño intertextual señala que la actriz norteamericana era modelo antes de ser actriz: es como si estuviera hablando de ella misma. La belleza de la veinteañera Kandemir exige ser admirada, como en toda protagonista telenovelesca, y Turquía tiene una fábrica de rostros atractivos tanto femeninos como masculinos. La Füsun que la actriz ha construido encarna la misma inocencia, en los primeros capítulos, y la amargura o sed de venganza de la segunda mitad de la teleserie. La secunda con profesionalismo el popular actor, también turco, Selahattin Paşalı, que encarna con precisión al hombre enfermo de amor y que no deja de alimentar su obsesión amorosa hasta los últimos días de su vida. 

Lo mejor de la serie es el tratamiento de la obsesión que raya entre lo cinematográfico y lo casi telenovelesco. No olvidemos el contexto industrial. Es un país cuyas telenovelas compiten con las coreanas y las hindúes, El museo de la inocencia es una apuesta única: contar una historia de amor con un capítulo dedicado a un objeto de Füsun. En ello radica el valor de la serie: contarlo todo, rozando el registro de la “telebobela”, pero diseccionando cada milímetro de una infatuación amorosa siempre a través de los objetos o pertenencias. 

El episodio final (me salto los ocho para concluir esta reseña) recupera, además, uno de los pasajes más memorables de la obra literaria: aquel en que Kemal le revela a Pamuk que ha visitado 1.743 museos alrededor del mundo y le describe, con la minucia del coleccionista empedernido, los museos de los escritores que al novelista le interesan. El sombrero de Dostoievski en San Petersburgo, guardado en un fanal con una nota que certifica su autenticidad; el museo de peluches de Edith Piaf, en París; el Museo Nabokov, que en tiempos de Stalin funcionó como oficina de la comisión de censura local; los retratos de los modelos reales de los personajes de Proust en Illiers-Combray; los libros de Spinoza en Rijnsburg, ordenados por tamaño según la costumbre del siglo XVII; las acuarelas de Tagore en Calcuta; las fotografías de Pirandello en Agrigento, que a Kemal le parecieron de su propia familia; la diminuta casa de cuatro pisos que Edgar Allan Poe compartió en Baltimore con su tía y su prima Virginia, de diez años entonces, con quien luego se casaría —y que Kemal reconoce como el lugar que más se asemeja, entre todos los museos visitados, a la casa de los padres de Füsun—; y, por encima de todos, el Museo de Mario Praz en la calle Giulia de Roma, que Kemal considera el más impecable que ha visto en su vida. Este catálogo de museos literarios no es un excurso erudito sino la justificación filosófica de toda la empresa: Kemal ha recorrido el mundo estudiando cómo otros han preservado las huellas de quienes amaron o pensaron, para aprender a preservar las suyas propias. 

La música de Marios Takoushis (más las baladas de amor setenteras del cancionero popular) acompaña esa atmósfera sin imponerse, y la fotografía preciosista convierte cada encuadre del Estambul de los años setenta en una imagen que parece rescatada de un archivo personal. La iluminación parece venir del pasado. La paleta parece la de un pintor. No es cine, pero es Netflix, con Pamuk detrás, supervisándolo todo. Las atmósferas sonoras a veces parecen recrear la acústica del pasado. El diseño de vestuario (inclusive con los peinados) es meticuloso en su reconstrucción de época, y termina de darle a toda la serie la densidad de un mundo que existió y que alguien se ha tomado el trabajo de preservar. La serie es también a su manera un museo pero hecho de imágenes y sonidos.

Cada episodio cierra con un objeto personal de Füsun que aparece en pantalla: una imagen que condensa toda la poética emocional de la historia. Por dar un ejemplo del piloto: las 4.213 colillas de cigarrillos fumados por Füsun, expuestas en el museo de la inocencia. Entre paréntesis, las escenas de los personajes fumando son innumerables, ilustrando un ritual obligatorio cotidiano que justifica la frase “fumas como turco”. Cada colilla tenía anotado algo dicho por ella o una de sus actividades de ese día. Es un objeto al mismo tiempo ridículo y sobrecogedor, una reliquia del deseo que el tiempo ha vuelto sagrada. Es también un homenaje a esa costumbre testaruda del turco de fumar donde sea a cualquier hora del día. Y un duelo de gesticulaciones entre los fumadores. 

En esa imagen final de las colillas, la serie encuentra su mejor definición: esto es lo que hace el amor cuando no puede expresarse de otra manera. No importa si ella existió o no. Existe para siempre en las páginas de Pamuk y en la excelente serie televisiva. Es el fetichismo de la memoria. Amar al Otro a través de los objetos que tocó. Coleccionar cada cosa con la cual ella se relacionó. Quererla en ausencia. Preservarla. Extrañarla. Escribir una novela que sea el catálogo de un museo hecho en su nombre. ​​​​​​​​​​​​​​​​O filmar una serie que sea el catálogo de la novela y el museo.