«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

El cine ecuatoriano contemporáneo encuentra en “El Fantasma de Mi Ex” (2025) de Josué Miranda un ejercicio peculiar de exploración genérica que, si bien no alcanza las alturas de la sofisticación narrativa, es un título que hay que ver, sobre todo porque va mucho más allá de la estética de sketches yuxtapuestos de Enchufe Tv. Va la razón principal: se construye sobre los cimientos de una tradición cinematográfica que oscila entre la comedia romántica hollywoodense, la sitcom, la screwball comedy, el musical y el thriller sobrenatural, creando un híbrido que revela tanto sus ambiciones como sus limitaciones.

Un abrebocas sinóptico para todo aquel que desee ir a verla: Allan, el dueño de una librería independiente guayaquileña, sobrelleva el duelo amoroso por la pérdida de su gran amor, Estefanía. Esta se le aparece constantemente en su cotidianidad, a menudo interrumpiendo las citas amorosas en las que se embarca para superar su duelo sentimental. Allan recibe un doble coaching de lujo en este proceso: la presencia de los escritores Julio Cortázar y Medardo Ángel Silva. 

La obra establece un diálogo constante con un corpus cinematográfico de comedias sobrenaturales tipo “Ghosts of Girlfriends Past” (2009) con Matthew McConaughey. Esta intertextualidad se manifiesta no solo en la premisa argumental —el regreso fantasmal de la supuestamente muerta exnovia— sino en la adopción de códigos visuales y narrativos propios del subgénero. Los recursos de la aparición espectral, los efectos de sonido que anuncian la presencia sobrenatural y la premisa de la redención romántica funcionan como citas implícitas a un imaginario cinematográfico ya sedimentado en el público. Lo interesante es cómo resuelve el guion, en el tercer acto, esta aparición con un giro inteligente que es revelado al final. 

Esta apropiación intertextual revela cierta tensión narrativa: mientras que las referencias funcionan como anclajes reconocibles para la audiencia (sobre todo para los intelectuales), la película lucha por establecer una voz propia que trascienda la mera imitación de fórmulas probadas y comprobadas. El resultado es un texto cinematográfico que habita cómodamente en la familiaridad y que sorprende (no pocas veces) en su afán de subvertir las expectativas genéricas.

Más interesante resulta el nivel metatextual de la propuesta. “El Fantasma de Mi Ex” exhibe momentos de autoconciencia cinematográfica donde los personajes parecen reconocer las convenciones del género en el que habitan. Estos guiños metatextuales —siempre sutiles— funcionan como comentarios sobre cuan artificiosas son las construcciones románticas y la naturaleza performativa de las relaciones amorosas. 

La metatextualidad (el diálogo con otras textualidades) se articula particularmente en la caracterización de dos personajes secundarios: Medardo Ángel Silva y Julio Cortázar, con textos específicos de ellos que son citados in fabula. Ambos escritores son dialogantes del protagonista, con ese recurso que Woody Allen ya canonizó en Play it again, Sam (1972). El poeta ecuatoriano y el narrador argentino participan de manera activa en la vida emocional del protagonista quien curiosamente trabaja en una librería que se parece mucho a La Madriguera, ubicada en Urdesa, una ciudadela al norte de Guayaquil. Ver en los créditos finales el agradecimiento a esta librería.

Quien se lleva los laureles es Viviana Salame que cumple con notable vis cómica con todos los tropos que se esperan de un fantasma manteniendo una ironía constante sobre su función narrativa. Su actuación (o su personaje) recuerda mucho al de Emma Stone de “Los fantasmas de mi ex” que nombramos en el segundo párrafo de esta reseña. Esta dimensión reflexiva del personaje femenino sugiere un potencial crítico que siempre arranca sonrisas en el espectador.

“El Fantasma de Mi Ex” se presenta como un producto que navega entre la arquitectura narrativa de Hollywoodlandia y la tentativa de comentario cultural. Su valor radica en su voluntad intertextual: desde el minuto 1 tenemos la aparición de la tipografía Windsor en los créditos que es usual en todas las películas de Woody Allen. El uso del jazz en la banda sonora es otro vínculo con el cine del director neoyorquino. Hay un número a lo La La Land muy logrado como homenaje filmado en Bellavista o Lomas de Urdesa (qué más da donde). Aparece también el recurso del sing along con los subtítulos de canciones en inglés apareciendo en la pantalla. El apoteósico final es una obra maestra del Lipsynch Battle: Viviana Salame interpreta con Medardo Ángel Silva el clásico de la provincia “Solo tu amor” de Martín Galarza, mejor conocido como AU-D, el mejor rapero de Guayaquil (perdón, Gerardo Mejía). 

Hago hincapié (no Piero) del concepto de karaoke: mecánica de impostar la voz del Otro. El director de este pequeño ejercicio audiovisual canaliza muchas voces que no son las de él en esta ópera prima. Todas bienvenidas. Esta “innovación” narrativa es síntoma de un cine nacional en proceso de definición identitaria, donde el karaoke de códigos internacionales convive con la búsqueda de una voz autóctona y autónoma.

Un párrafo aparte merece la estrategia de “product placement”. La larga escena del protagonista con su interés sentimental (interpretado por Michela Pincay) al pie de Nelson Market, o la conversación “filosófica” (uno de los mejores momentos del filme) entre Julio Cortázar y el protagonista en el césped de Jardines de la Esperanza, son coherentes y perfectamente engarzadas dentro de la narración. El llamado marketeinment (el uso de la publicidad dentro de una película) es una lección para los jóvenes videoastas ecuatorianos: trabajar hombro a hombro con marcas que pudieran servir como patrocinadoras. Hasta Sweet and Coffee aparece en la cinta, además de otras marcas reconocibles. Hay que trabajar con lo que hay, con lo que está a la mano, y si una empresa generosa ofrece su ayuda hay que tomarla. El otro camino es buscar sponsors que deseen apoyar este tipo de narraciones audiovisuales. Ahí entra el rol del equipo de mercadeo si tiene entre manos un guion atrayente. Fin del paréntesis comercial. 

En conclusión, la película cumple con su cometido como entretenimiento accesible, pero desde una perspectiva crítica es, a ratos, excesivamente pretenciosa por intelectualoide (como la cita que pongo de David Foster Wallace como título de esta reseña). El epígrafe con el que se abre la cinta es muy decidor: “El truco del amor es que es como un niño: adora jugar a disfrazar lo sublime de su naturaleza en los ropajes de la cotidianidad”. Hay que abandonar los trucos y hay que dejar de ser un niño para llegar a ser el autor adulto tan ansiado. El fantasma de mi ex constituye un ejercicio de competencia técnica (ninguna queja de este crítico sobre su dirección de arte, fotografía, montaje y camarografía) más que de audacia artística. Esperamos más de este joven director (talentoso por donde se lo mire) que de seguro pondrá sus virtudes al servicio de obras más ambiciosas que merecerán mejor financiamiento.