
Los hermanos Safdie nos han entregado dos biopics deportivas en el año 2025: Ben Safdie nos dio The Smashing Machine, una disección del mundo de las artes marciales mixtas en la figura de Mark Kerr (Dwight The Rock Johnson), y Josh Safdie nos propone un vistazo a la vida de Marty Reisman (Marty Mauser en la ficción cinematográfica), una auténtica leyenda del tenis de mesa que desafió todas las convenciones de su deporte. Ambos hermanos eran los Coen neoyorquinos: juntos firmaron la intensa Uncut Gems (2019) con Adam Sandler y Good Time (2017) con Robert Pattinson. Ahora han decidido filmar sus películas por separado.
Marty Supreme (llamada así por el nombre improvisado con que se bautiza a la bola de ping-pong de color rojo que el protagonista quiere sacar al mercado) está basada en la autobiografía The Money Player: The Confessions of America’s Greatest Table Tennis Champion and Hustler (1974) y constituye una narración rocambolesca de 2 horas con 29 minutos que se pasan volando. Son todas las vicisitudes de un joven ping-ponista por asistir a un campeonato mundial en Japón. Para hacerlo deberá vencer un montón de obstáculos, inteligentemente planificados en el guion. Cómo llega a Oriente para poder disputar su revancha (contra el campeón reinante que lo venció en Nueva York). El guion divide la hazaña en una serie de subtramas (cada una mejor que la otra) que sostienen esta singular película. El dinero para los pasajes de avión. El alojamiento. Los acercamientos con el millonario que patrocina el torneo mundial. La seducción que hace de la esposa del hombre de negocios (la veterana Gwyneth Paltrow). El dejar embarazada a la joven vecina (la talentosa Odessa A´Zion). Su trabajo como vendedor de zapatos. La relación con su madre tocada (Fran Drescher). La persecución que sufre a manos del mafioso que le encarga su perro Moses y que luego se extravía.
Reisman no fue un Roger Federer, o sea, un campeón en el sentido extenso de la palabra, era más un hombre de espectáculo. En una época donde el ping-pong comenzaba a ser dominado por raquetas modernas con goma esponjosa, este neoyorquino se negó rotundamente a abandonar su paleta tradicional de madera maciza. Era como si un tenista actual insistiera en jugar con raquetas de los años cincuenta: un acto de rebeldía, de purismo, o quizás de locura. Y funcionó. Ganó campeonatos nacionales que no necesariamente aparecen en la trama, se convirtió en una figura mediática y demostró que el estilo podía vencer a la técnica moderna.
Marty Reisman (no el Marty Mouser cinematográfico que está hecho de muchas licencias ficcionales) fue ante todo un estafador, un vividor, y eso lo deja muy claro el filme y su procedencia literaria. La adaptación que ha hecho Josh Safdie se parece (en el buen sentido) a historias clásicas como la de los billaristas de The Hustler (1961) y The color of Money (1986), a los basquetbolistas de White Man can´t jump (1992), a los jugadores de cartas de The Sting (1973). Dentro de esta tradición de pillastres se enmarca bien la de este burlador del tenis de mesa.
Lo mejor del filme (aparte de la actuación de Timothée Chalamet) es el diseño de producción ejecutado por Jack Fisk (Illinois, 1945). La ambientación del Nueva York de los años 1950 es el núcleo visual de este filme. La reconstrucción de la Gran Manzana. Sus calles oscuras. Los bares de mala muerte y buena vida. Los salones de Ping-pong de la época. Lo que ha hecho Fisk es algo que los expertos llaman «una pieza de periodo». Sus nominaciones previas al Óscar al mejor diseño de producción por Killers of the Flower Moon (2024), The Revenant (2016) y There Will Be Blood (2008) refrendan su siempre meticuloso y evocador trabajo de ambientación. Lo que ha hecho en Marty Supreme ratifica su experticia en la creación de espacios. Ojalá a sus ochenta años el esposo de Sissy Spacek consiga al fin su primer Óscar.
La banda sonora de Daniel Lopatin merece un párrafo aparte. Aparte del jazz ocasional que se escucha en los bares de mala muerte o una que otra canción de la época, está una extraña pero eficiente música de sintetizador ochentero que no deja de sonar a lo largo del filme. Además del Everybody Wants to Rule the World de Tears for Fears con el que se cierra de manera contundente el filme.
La fotografía taciturna del iraní Darius Khondji es también uno de los grandes aciertos del filme. La paleta de colores más oscuros que claros sirve para este retrato del artista adolescente que juega al tenis de mesa. La técnica del poor-light realism termina copando la pantalla dándonos un impresionante fresco del Nueva York de los años cincuenta del siglo anterior. El estilo cinematográfico usual en una biopic (más aún si es de un deportista) suele ser presentar una fotografía vistosa y llamativa. La apuesta de Khondji por una versión más oscura se parece más a la cinematografía de boxeadores por los que nadie da un centavo como Rocky Balboa o la protagonista de Million Dollar Baby (2004).
La actuación de Chalamet es suprema como el título del filme (ver la escena en que se humilla ante el magnate y se deja pegar, con una paleta de ping-pong, una zurra en los glúteos desnudos). Impresiona el vigor con el que ejecuta cada escena en la que aparece. El tenista es un estafador, sí, pero también es un joven enfocado en un destino mayor. Lo que el actor de 30 años ha hecho es un estudio sobre lo que es ser un artista, y no tanto el selfie del devoto practicante de un deporte que no tiene la grandeza del fútbol, el boxeo, el ajedrez o el tenis. La obsesión de Marty por ser el mejor está encaminada a demostrar su talento para mentir, engañar, estafar, salirse con la suya… Todo lo anterior es lo que hace en esencia un actor. Sus habilidades se demuestran tanto en la mesa tenística como en la vida.
El Marty de Chalamet es enérgico, hiperkinético, dicharachero, hiperactivo, calculador, luchador… Tiene todas las características de un antihéroe inolvidable. El mismo artista ha presumido de su método de actor con siete años previos de entrenar con su paleta de tenis. Aunque muchas de las impresionantes escenas de ping-pong (ver los créditos al final del filme) están hechas con computer graphic images, se nota el conocimiento cabal del deporte por parte del actor. Se ha tomado demasiado en serio el dominio de un juego que se parece mucho a la vida: anticipación, estrategia, adaptación, readaptación, asimilación de la derrota; pelotas altas, bajas, largas; tiros fuertes, suaves o esquinados… 21 puntos en cada set donde se juega todo.
Lo que hace único este proyecto (yo no recuerdo otra película de ping-pong en la historia del cine) es que va más allá de la típica narrativa deportiva del underdog que vence contra todo pronóstico. Reisman era un showman nato (se iba de gira con The Globe Trotters y hacía insólitas acrobacias públicas en la reducida mesa de ping-pong), era un personaje que vestía trajes elegantes mientras sus rivales sudaban en camisetas deportivas, alguien que entendió de manera visionaria que el deporte también es espectáculo. Su historia habla de individualismo, de resistencia al cambio cuando todos te dicen que estás errado, y de esa línea divisoria entre la tradición y la innovación que define a cualquier disciplina competitiva.
La biopic de Safdie logra capturar esa actitud contracultural de un atleta que convirtió el tenis de mesa en arte. Porque al final, la historia de Marty Supreme no es únicamente sobre ping-pong: es sobre tener el coraje de ser diferente en un mundo que exige que todos seamos productos en serie. Todo lo anterior ratifica a Timothée Chalamet como un actor único en su especie, el mejor de su generación. Su inminente nominación al Óscar (después de ganar el Critics Choice Award y el Globo de Oro) es un homenaje a su talento supremo.
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