«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Gastón Duprat (Bahía Blanca, 1969) y Mariano Cohn (Villa Ballester, 1975) vuelven, con Homo Argentum (2025), a hacer lo que mejor saben: incomodar al espectador. Después de diseccionar cómo funciona la República de las Letras en El ciudadano ilustre (2016) y explorar la vanidad de los actores en Competencia oficial (2021), la dupla argentina apunta ahora su lente satírica hacia un blanco aún más ambicioso: los mismos argentinos, en toda su contradictoria complejidad.

Decía Jorge Luis Borges que «Dos rasgos afligentes exhibe el argentino de nuestro tiempo. El primero es la penuria imaginativa. Las ciudades de nuestro territorio son modestos fragmentos de Buenos Aires, desparramados en mitad de la pampa; el arquetipo viene a ser, asimismo, una costosa réplica de París o, esporádicamente, de Nueva York. La facultad imitativa es el complemento o si se prefiere, el reverso de la escasa imaginación». Los 16 fragmentos modestos de Homo argentum no adolecen de esa penuria imaginativa que Borges deploraba: un cura de villorrio que da de comer gratuitamente a los más humildes, un locutor deportivo tiene un ataque al corazón en plena transmisión de la final del mundial, un millonario que se cuida de no ser secuestrado, un especulador financiero que recoge a un niño de la calle, la emboscada de un cambista a un par de turistas brasileños, un vecino que aboga por el uso comunitario de las armas de fuego para defenderse de la violencia…

Homo Argentum adopta el formato episódico, estructurándose en sketches o “mini películas” que funcionan como viñetas autónomas dentro de un largometraje de 110 minutos. La referencia directa es al cine italiano de los años sesenta, particularmente al filme Los Monstruos (1963) de Dino Risi, con Vittorio Gassman y Ugo Tognazzi haciendo todos los personajes, en veinte viñetas, y una galería de caracteres italianísimos que servían como la radiografía de una sociedad en plena transformación. Aquí, Duprat y Cohn trasladan esa tradición al contexto argentino contemporáneo con resultados mayormente estimulantes.

El verdadero tour de force de la película es Guillermo Francella (Buenos Aires, 1955), quien se transforma físicamente en una suerte de camaleón interpretativo encarnando diferentes arquetipos (o, si se quiere, estereotipos) del “homo argentum”. Desde curas hipócritas hasta millonarios despiadados, desde fanáticos del fútbol hasta oportunistas de clase media, Francella despliega un registro actoral que va del grotesco a la sutileza, demostrando por qué es uno de los actores más versátiles de nuestro cine. Cada personaje francelliano es un estudio de carácter en miniatura, una pieza del rompecabezas que compone el ADN nacional argentino.

Lo fascinante del planteamiento es cómo cada viñeta funciona como un microscopio sobre las patologías argentinas: el oportunismo que muta según las circunstancias políticas, la doble moral que convive con el discurso ético, el consumismo disfrazado de aspiración legítima, la viveza criolla que justifica cualquier trampa. Duprat y Cohn no disparan al aire; cada sketch es una bala dirigida a un punto neurálgico de la identidad colectiva.

El guion, inteligente y mordaz, evita caer en la tentación del panfleto. Los realizadores no juzgan desde una torre de marfil sino que se incluyen en el retrato (ver el corto dedicado al cineasta que gana un premio internacional), conscientes de que ellos también forman parte del ecosistema que retratan. Esta autoconsciencia eleva la propuesta por encima del mero costumbrismo o la sátira facilona. Cada episodio funciona como un espejo que devuelve una imagen deformada pero reconocible de la argentinidad.

Visualmente, la película mantiene la estética despojada que caracteriza el cine de Duprat y Cohn: encuadres precisos, una paleta cromática sobria y un uso del silencio que potencia el impacto de los diálogos. La dirección de actores es impecable, logrando que Francella —y el resto del elenco que lo acompaña en cada sketch— caminen por la delgada línea entre la caricatura y la verosimilitud. Lo único que se le puede criticar es el aire televisivo de algunos fragmentos o de estética YouTube. Acaso esto no sea un defecto sino estilemas intencionales que son parte de las normas visuales del mundo del streaming y de social media.

El formato episódico (pese al reparo anterior) tiene sus ventajas y sus riesgos: por un lado, permite una libertad narrativa que una estructura tradicional no ofrecería, dando espacio para la experimentación tonal y estilística; por otro, genera inevitablemente cierta irregularidad: algunos sketches brillan con luz propia —los dedicados a la hipocresía religiosa y al cinismo empresarial son particularmente afilados— mientras que otros se sienten más esquemáticos o predecibles. La duración variable de cada viñeta ayuda a mantener el dinamismo, aunque en sus 110 minutos totales, la película experimenta algunos altibajos de ritmo. Es que resulta difícil ensamblar microficciones audiovisuales que sean iguales en cuanto a extensión y calidad. También está el problema de excluir escenas de la vida de provincias y situarlo todo en la gran metrópoli bonaerense que se conecta con referencias a Sicilia, Miami, o hijos que se van a vivir a Madrid, pero nunca se hace referencia a los pueblos del interior.

No puedo dejar de hacer un apunte de la realidad argentina que he seguido como suscriptor de los periódicos de ese país. El presidente Javier Milei ha convertido Homo Argentum en una pieza central de su “batalla cultural” antiprogresista con declaraciones públicas como la siguiente: «El filme deja en evidencia muchos de los aspectos de la oscura e hipócrita agenda de los progres caviar (woke)». El líder de la motosierra proyectó la película en repetidas ocasiones para audiencias políticas clave: primero. para legisladores en la Quinta de Olivos hasta las 2:30 de la madrugada; y, luego, obligó a todo su gabinete de ministros a verla durante una extensa reunión de más de cuatro horas en Casa Rosada, en un día no laborable. El mandatario utilizó el filme como herramienta de “cine-debate” sobre la realidad nacional, consolidándolo como instrumento a favor de la propaganda oficial de su gobierno.

Milei salió a defender públicamente la cinta en redes sociales, publicando un texto titulado “Homo Argentum: disonancia cognitiva en el corazón woke” donde calificó a los detractores del filme como un “ejército de zombies”, “resentidos”, “ignorantes” y “fracasados totales y absolutos”. El presidente argumentó que a los detractores “les duele el éxito en una película sin financiamiento del Estado”, y utilizó la obra para declarar que “la justicia social es un robo”, presentándola como “obra de arte” que llama supuestamente “a una profunda reflexión” sobre los valores libertarios.

La instrumentalización política del filme por parte de Milei revela además una contradicción fundamental en su discurso: aunque el presidente celebra Homo Argentum como ejemplo de cine “sin dinero público”, la película recibió 150 millones de pesos en devolución de impuestos del Fondo de Fomento Metropolitano de la Ciudad de Buenos Aires, equivalente al 12,13% de su costo total. Este financiamiento público, otorgado por la gestión de Jorge Macri, jefe del gobierno de la ciudad capital, ha sido minimizado por el presidente en su cruzada contra el INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de la Argentina), convirtiendo el debate sobre la película en otra muestra de la polarización política argentina, donde un producto cultural es utilizado como munición ideológica. ​​​​​​​​​​​​​​​​

Pese a cualquier maniobra política hecha por el gobierno libertario, quedan los valores artísticos que se dan a través de la acumulación de retratos fragmentarios argentinos, un mosaico social devastador y, paradójicamente, comercial cien por ciento y, al mismo tiempo, valioso en su propuesta audiovisual. No hay condescendencia en la mirada de Duprat y Cohn, sino el reconocimiento de contradicciones que nos habitan a todos los latinoamericanos. El “camaleón social argentino”, que Francella encarna en sus múltiples variaciones, es tanto víctima como victimario de un sistema que premia al que logra adaptarse a todo tipo de situaciones sacrificando la coherencia.

Homo Argentum, disponible en la plataforma Disney Plus, es el espejo trizado que nos obliga a mirarnos sin los filtros del autoengaño colectivo. Y eso, en tiempos donde la autorreferencialidad argentina oscila entre el ombliguismo y la autocompasión, es un acto de valentía artística que merece ser celebrado. En camino a ser la película más taquillera de la historia del cine argentino (hombro a hombro se disputa el título con Relatos salvajes, El Clan y Metegol), Duprat, Cohn y Francella nos regalan una obra necesaria, que como dice el lugar común de redes sociales, nadie pidió, pero todos necesitábamos ver.​​​​​​​​​​​​​​​​