«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Hay un tipo de imagen que el documental de no-ficción raramente sabe plantear sin caer en la retórica del horror: la imagen del vacío. Joshua Seftel, nominado al Oscar por Stranger at the Gate (2022), encontró en ese vacío el único territorio honesto desde el cual hablar de la violencia armada en Estados Unidos. All the Empty Rooms —34 minutos, Óscar seguro este domingo 15 de marzo, y disponible en Netflix— documenta el trabajo que el corresponsal de CBS News, Steve Hartman, lleva siete años realizando: entrar, junto al fotógrafo Lou Bopp, a la habitación de cada niño asesinado en un tiroteo escolar, y construir desde los objetos personales —una mochila, un póster, unas zapatillas en el suelo— la historia de quien ya no está. El film de Seftel nos sitúa en el tramo final de ese recorrido: los tres últimos cuartos que le toca reportar, en Nashville, Uvalde y Santa Clarita, antes de cerrar un proyecto que ha durado tanto como una infancia.
La premisa tiene la contundencia de una elegía. Los padres lo dejan entrar a cada habitación de cada niño asesinado. Nadie ha tocado nada. Las habitaciones permanecen suspendidas en el instante anterior a la partida, y esa inmovilidad es, en sí misma, una forma de duelo que el lenguaje audiovisual no alcanza a nombrar del todo. Seftel entiende que su trabajo es no interrumpir ese silencio. La cámara de Matt Porwoll —ganador del Emmy por Cartel Land— se mueve con una contención casi litúrgica, y la música de Alex Somers —compositor habitual de la banda de post-rock islandesa Sigur Rós— acompaña sin subrayar demasiado la acción, lo cual en el cine documental contemporáneo resulta una rareza subversiva.
Lo que diferencia a All the Empty Rooms de la corriente de documentales de denuncia que proliferan en las plataformas es su negativa a instrumentalizar el dolor. No hay estadísticas superpuestas en la pantalla, no hay voces en off que expliquen lo que ya es evidente. El argumento político emerge, inevitablemente, de la acumulación: cuarto tras cuarto, familia tras familia, dolor tras dolor, el film convierte la repetición en una forma de horror estructural. Que haya tantas habitaciones así en un solo país no requiere comentario; basta con mostrarlas.
El director Seftel declaró que, como padre de dos hijas, había comenzado a entumecerse emocionalmente ante cada noticia de las masacres escolares, y que el proyecto nació precisamente de ese entumecimiento —de la necesidad de procesar ese dolor nacional. Llama la atención la fatiga moral del periodista, fatiga que está inscrita en la estructura del film: Hartman confiesa haber pasado años contando historias de solidaridad para la CBS, y aquí se obliga a mirar lo opuesto. La paradoja es que el filme termina siendo, a su manera, una historia también altruista: no es la facilista solidaridad de la superación, sino el altruismo de quienes eligen preservar en lugar de olvidar.
La única objeción es que el metraje dedica un tiempo considerable a la figura de Hartman como protagonista de su propio viaje emocional, lo que en ocasiones desvía la atención de las familias que deberían ocupar el centro. Es una tensión irresuelta entre el periodismo de autor y el documental de testimonio. Irresuelta a propósito porque los nombres de los cientos de niños fallecidos aparecen en la secuencia final de créditos. Ver esa pléyade de identidades en pantalla es algo que no deja a nadie indiferente.
El filme tuvo su estreno mundial en el Festival de Telluride el 31 de agosto de 2025 y está nominado (ya lo dije al principio de esta cortísima reseña) al Oscar al mejor cortometraje documental en la ceremonia de mañana. All the Empty Rooms hace lo que el mejor cine de no-ficción sabe hacer cuando renuncia a convencer: muestra, y confía en que explorar el interior de cada habitación es suficiente.​​ Es luto audiovisual. Es una forma de no olvidar.