«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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LA VIDA ES UN JUEGO DE PING-PONG: TIMOTHÉE CHALAMET EN LA MEJOR ACTUACIÓN MASCULINA DEL AÑO

Los hermanos Safdie nos han entregado dos biopics deportivas en el año 2025: Ben Safdie nos dio The Smashing Machine, una disección del mundo de las artes marciales mixtas en la figura de Mark Kerr (Dwight The Rock Johnson), y Josh Safdie nos propone un vistazo a la vida de Marty Reisman (Marty Mauser en la ficción cinematográfica), una auténtica leyenda del tenis de mesa que desafió todas las convenciones de su deporte. Ambos hermanos eran los Coen neoyorquinos: juntos firmaron la intensa Uncut Gems (2019) con Adam Sandler y Good Time (2017) con Robert Pattinson. Ahora han decidido filmar sus películas por separado.

Marty Supreme (llamada así por el nombre improvisado con que se bautiza a la bola de ping-pong de color rojo que el protagonista quiere sacar al mercado) está basada en la autobiografía The Money Player: The Confessions of America’s Greatest Table Tennis Champion and Hustler (1974) y constituye una narración rocambolesca de 2 horas con 29 minutos que se pasan volando. Son todas las vicisitudes de un joven ping-ponista por asistir a un campeonato mundial en Japón. Para hacerlo deberá vencer un montón de obstáculos, inteligentemente planificados en el guion. Cómo llega a Oriente para poder disputar su revancha (contra el campeón reinante que lo venció en el campeonato mundial de Londres). El guion divide la hazaña en una serie de subtramas (cada una mejor que la otra) que sostienen esta singular película. El dinero para los pasajes de avión. El alojamiento. Los acercamientos con el millonario que patrocina el torneo mundial. La seducción que hace de la esposa del hombre de negocios (la veterana Gwyneth Paltrow). El dejar embarazada a la joven vecina (la talentosa Odessa A´Zion). Su trabajo como vendedor de zapatos. La relación con su madre tocada (Fran Drescher). La persecución que sufre a manos del mafioso que le encarga su perro Moses y que luego se extravía.

Reisman no fue un Roger Federer, o sea, un campeón en el sentido extenso de la palabra, era más un hombre de espectáculo. En una época donde el ping-pong comenzaba a ser dominado por raquetas modernas con goma esponjosa, este neoyorquino se negó rotundamente a abandonar su paleta tradicional de madera maciza. Era como si un tenista actual insistiera en jugar con raquetas de los años cincuenta: un acto de rebeldía, de purismo, o quizás de locura. Y funcionó. Ganó campeonatos nacionales que no necesariamente aparecen en la trama, se convirtió en una figura mediática y demostró que el estilo podía vencer a la técnica moderna.

Marty Reisman (no el Marty Mouser cinematográfico que está hecho de muchas licencias ficcionales) fue ante todo un estafador, un vividor, y eso lo deja muy claro el filme y su procedencia literaria. La adaptación que ha hecho Josh Safdie se parece (en el buen sentido) a historias clásicas como la de los billaristas de The Hustler (1961) y The color of Money (1986), a los basquetbolistas de White Man can´t jump (1992), a los jugadores de cartas de The Sting (1973). Dentro de esta tradición de pillastres se enmarca bien la de este burlador del tenis de mesa.

Lo mejor del filme (aparte de la actuación de Timothée Chalamet) es el diseño de producción ejecutado por Jack Fisk (Illinois, 1945). La ambientación del Nueva York de los años 1950 es el núcleo visual de este filme. La reconstrucción de la Gran Manzana. Sus calles oscuras. Los bares de mala muerte y buena vida. Los salones de Ping-pong de la época. Lo que ha hecho Fisk es algo que los expertos llaman «una pieza de periodo». Sus nominaciones previas al Óscar al mejor diseño de producción por Killers of the Flower Moon (2024), The Revenant (2016) y There Will Be Blood (2008) refrendan su siempre meticuloso y evocador trabajo de ambientación. Lo que ha hecho en Marty Supreme ratifica su experticia en la creación de espacios. Ojalá a sus ochenta años el esposo de Sissy Spacek consiga al fin su primer Óscar.

La banda sonora de Daniel Lopatin merece un párrafo aparte. Aparte del jazz ocasional que se escucha en los bares de mala muerte o una que otra canción de la época, está una extraña pero eficiente música de sintetizador ochentero que no deja de sonar a lo largo del filme. Además del Everybody Wants to Rule the World de Tears for Fears con el que se cierra de manera contundente el filme.

La fotografía taciturna del iraní Darius Khondji es también uno de los grandes aciertos del filme. La paleta de colores más oscuros que claros sirve para este retrato del artista adolescente que juega al tenis de mesa. La técnica del poor-light realism termina copando la pantalla dándonos un impresionante fresco del Nueva York de los años cincuenta del siglo anterior. El estilo cinematográfico usual en una biopic (más aún si es de un deportista) suele ser presentar una fotografía vistosa y llamativa. La apuesta de Khondji por una versión más oscura se parece más a la cinematografía de boxeadores por los que nadie da un centavo como Rocky Balboa o la protagonista de Million Dollar Baby (2004).

La actuación de Chalamet es suprema como el título del filme (ver la escena en que se humilla ante el magnate y se deja pegar, con una paleta de ping-pong, una zurra en los glúteos desnudos). Impresiona el vigor con el que ejecuta cada escena en la que aparece. El tenista es un estafador, sí, pero también es un joven enfocado en un destino mayor. Lo que el actor de 30 años ha hecho es un estudio sobre lo que es ser un artista, y no tanto el selfie del devoto practicante de un deporte que no tiene la grandeza del fútbol, el boxeo, el ajedrez o el tenis. La obsesión de Marty por ser el mejor está encaminada a demostrar su talento para mentir, engañar, estafar, salirse con la suya… Todo lo anterior es lo que hace en esencia un actor. Sus habilidades se demuestran tanto en la mesa tenística como en la vida.

El Marty de Chalamet es enérgico, hiperkinético, dicharachero, hiperactivo, calculador, luchador… Tiene todas las características de un antihéroe inolvidable. El mismo artista ha presumido de su método de actor con siete años previos de entrenar con su paleta de tenis. Aunque muchas de las impresionantes escenas de ping-pong (ver los créditos al final del filme) están hechas con computer graphic images, se nota el conocimiento cabal del deporte por parte del actor. Se ha tomado demasiado en serio el dominio de un juego que se parece mucho a la vida: anticipación, estrategia, adaptación, readaptación, asimilación de la derrota; pelotas altas, bajas, largas; tiros fuertes, suaves o esquinados… 21 puntos en cada set donde se juega todo.

Lo que hace único este proyecto (yo no recuerdo otra película de ping-pong en la historia del cine) es que va más allá de la típica narrativa deportiva del underdog que vence contra todo pronóstico. Reisman era un showman nato (se iba de gira con The Globe Trotters y hacía insólitas acrobacias públicas en la reducida mesa de ping-pong), era un personaje que vestía trajes elegantes mientras sus rivales sudaban en camisetas deportivas, alguien que entendió de manera visionaria que el deporte también es espectáculo. Su historia habla de individualismo, de resistencia al cambio cuando todos te dicen que estás errado, y de esa línea divisoria entre la tradición y la innovación que define a cualquier disciplina competitiva.

La biopic de Safdie logra capturar esa actitud contracultural de un atleta que convirtió el tenis de mesa en arte. Porque al final, la historia de Marty Supreme no es únicamente sobre ping-pong: es sobre tener el coraje de ser diferente en un mundo que exige que todos seamos productos en serie. Todo lo anterior ratifica a Timothée Chalamet como un actor único en su especie, el mejor de su generación. Su inminente nominación al Óscar (después de ganar el Critics Choice Award y el Globo de Oro) es un homenaje a su talento supremo.

BORG VERSUS MCENROE: EL IMPASIBLE Y LA FURIA

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Y luego también, de nuevo, aún, ¿cuáles son esos límites, si no son más que líneas de base [de la cancha] que contienen y dirigen su expansión infinita hacia adentro, y que hacen que el tenis sea ajedrez en fuga, hermoso e infinitamente denso? El verdadero oponente, el límite envolvente, es el jugador mismo.

David Foster Wallace, La broma infinita

Borg versus McEnroe (2017) del danés Janus Metz debe ser uno de los títulos de mejor planteamiento dramático en la historia del tenis cinematográfico. Dediquémosle un párrafo a los antecedentes históricos para poner todo en contexto. Empecemos con dos ilustres ejemplos de la era amateur del tenis en la que no había contratos personales, rankings y las participaciones en tal o cual torneo no eran obligatorias. En Dial M for Murder (1954) de Alfred Hitchcock, el asesino es un jugador de tenis que se retira porque su esposa se queja de sus constantes viajes. Ella aprovecha una de sus ausencias para cometer la infidelidad que da paso a que su esposo proceda a la detallista planificación del asesinato de su amante. En otro filme de Hitchcock, Strangers on a train (1951), basado en la novela de Patricia Highsmith, el deporte no es decorativo porque uno de los dos protagonistas es tenista y un partido importante se convierte en dispositivo de suspense. Nombremos ahora tres títulos más que pertenecen a la era abierta, como se le conoce a la época en que se profesionalizó el tenis, y que empezó en 1968. Paul Bettany y Kristen Dunst interpretan a dos tenistas en la comedia romántica Wimbledon (2004). Matchpoint (2005), atípico título de suspense de Woody Allen que usa como premisa el triángulo amatorio hitchcockiano. Battle of the sexes (2017) sobre el publicitado duelo de Billie Jean King y Boby Riggs. Hay algunos títulos más en la filmografía tenística, pero el puñado que se ha procedido a citar es suficiente para darnos una idea de la importancia de este deporte en el mundo del celuloide.

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La rivalidad entre Bjorn Borg (Estocolmo, 1956) y John McEnroe (Wiesbaden, 1959) es tan legendaria como la de Rafael Nadal y Roger Federer, o la de Cristiano Ronaldo y Lionel Messi en el fútbol. Este filme recrea de una manera estéticamente atractiva la competencia enconada que tuvieron a fines de los setenta, del siglo pasado, los tenistas que le dan título al filme. Janus Metz hizo ya en 1996 un documental sobre el dúo que formó parte de una serie titulada Clash of titans. Su experiencia nos remite al género testimonial con Armadillo (2010) sobre la incursión de soldados daneses en Afganistán. Su reputación, cimentada en la no ficción, llega a HBO que le encarga la dirección del primer capítulo de la segunda temporada de True detective (2015).

Su primer largometraje de ficción recrea la final del torneo de Wimbledon del 5 de julio de 1980. El sueco Bjorn Borg (número uno del mundo) apuntaba, con 24 años, a su quinto título consecutivo sobre la cancha de césped londinense. John McEnroe (número dos en el ranking), con apenas 21 años, despegaba en su ascendente carrera. Los historiadores de la raqueta hablan mucho del tie break del cuarto set que terminó 18-16, y consideran los cinco sets de cinco horas y pico como uno de los mejores partidos de tenis que se han dado en una cancha de césped, y el primer gran duelo de titanes de la era abierta. Fue a partir de este match que la historia del deporte blanco empieza a incluir en sus anales confrontaciones como Lendl-McEnroe, Sampras-Agassi, Nadal-Federer o Martina Navratilova-Chris Evert.

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Lo sobresaliente del filme son las actuaciones de Sverrir Gudnason como Borg y Shia LaBeouf como McEnroe. En el primer caso el parecido físico es pavoroso (uno parece estar viendo al mismísimo sueco), y en el segundo, la locura infantil que proyecta el norteamericano le hace honor a la leyenda de enfant terrible. Ambos actores tuvieron un entrenamiento previo, que duró entre ocho y diez meses, para darle más verosimilitud a la recreación de las principales jugadas del larguísimo match. Gudnason emite ese aura de frialdad e imperturbabilidad que llevó a la prensa a bautizarlo como Ice-Borg. LaBeouf, fiel a su comportamiento errático y escandaloso fuera de cámaras, puede no parecerse físicamente a McEnroe pero en la pantalla es McEnroe, el mocoso malcriado que montaba escandalosos reclamos ante los árbitros (en declaraciones recientes el extenista se queja inútilmente de la imagen de “jerk” que el filme ofrece de él). En estos elementos descansa la fuerza de la narración: las actuaciones y el pulcro reenactment de las principales jugadas. Los actores no se limitan a mimetizar gestos, inflexiones de voz y tics, sino que también realizan la proeza de imitar el comportamiento deportivo, el despliegue físico y el estilo de juego de los deportistas originales: la concentración, la frialdad, el revés de dos manos, la técnica del lifting y la resistencia física del sueco; la anticipación, la llegada a la red, el poderoso revés, la fuerza en el saque y la fogosidad inusitada de Big Mac, como le apodaban. “Canción de hielo y fuego”, podría ser el subtítulo de este filme, o el Impasible y la Furia.

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En un papel secundario, pero de vital importancia, está el actor sueco Stellar Skarsgard que interpreta al entrenador que toma bajo su tutela a un Borg quinceañero. Es el hombre que ve en el chico la estirpe de campeón y quien lo insta a no mostrar ninguna emoción en la cancha, lo que se convertirá en la marca registrada del jugador. Él le inocula a su pupilo la manía de usar siempre raquetas de madera cuyas redes intrincadas afina antes de cada partido. Al año de acogerlo bajo su ala, Borg se convierte en campeón mundial de la Copa Davis con tan sólo dieciséis años. De esta forma empieza su carrera profesional ganando absolutamente todo torneo de grand slam existente en el deporte blanco.

El planteamiento visual destaca por esa cámara de documental que lo registra todo como si fuera un reportaje deportivo. Las técnicas del cine en directo, que Janus Metz domina tan bien, se evidencian en la forma en que la cámara sigue a la pelota. Ese afán de realismo puede detectarse también en el idioma sueco que domina toda la trama de Borg. Son especialmente llamativas las tomas cenitales del partido en movimiento o el momento supremo en el que la cámara sigue únicamente a las sombras de los deportistas. En lo fotográfico, se admira los colores fríos que rodean al sueco y los cálidos que se aprecian en las atmósferas que presentan al norteamericano. La tesitura cromática se asemeja a ratos a la de una polaroid que desea evocar la estética setentera, al igual que una meticulosa dirección de arte que recrea cada objeto y vestimenta de la época. La envolvente música incidental de Niels Thastum es otro plus pues ritma con corrección cada secuencia.

Lo único que se le puede reprochar al filme, por su mismísimo origen sueco, es la excesiva presencia de Borg a lo largo de la narración (ver los créditos al final en los que se agradece a un sinfín de nombres suecos, en contraposición con los agradecimientos a la familia de McEnroe que son inexistentes). Los flashbacks (los del escandinavo superan a los del americano) nos remiten a la vida de los personajes cuando eran niños, con hechos que se consideran fundamentales para la formación de cada deportista. La imposición del padre, en el caso de McEnroe, y la presión del entrenador, en lo referente a Borg, son los hechos primordiales en el background clínico de cada tenista. El guion se inclina a no favorecer al finalista norteamericano, dando a entender que en un juego de Wimbledon contra Peter Fleming este último perdió porque McEnroe le escondió la tobillera (de paso, el personaje de Fleming lanza la peor observación contra su gran amigo: “Pasarás a la historia por ser una mala persona, y no un buen tenista”). A veces los retrocesos temporales se extienden más en el sueco. Se pone, además, demasiado énfasis en la diferencia de temperamentos, subrayando el lado sicopático del Superbrat (súper malcriado) como se le apodaba al norteamericano. Todo en beneficio del mítico estado de nirvana del sueco, soslayando una supuesta adicción a la cocaína que la segunda esposa del tenista vociferó durante el proceso de divorcio. Lo único positivo para el insolente McEnroe (y que está apenas sugerido al final) es la noticia de que Borg se retiró del tenis poco después de que perdió su sexta final de Wimbledon, con el mismo contendiente, en 1981. Lo que se lee entre líneas es de qué manera el talento emergente logró desplazar al sueco provocándose el necesario relevo. Borg llevaba ya dos décadas dominando tanto el césped como la arcilla y a los veintiséis años de edad optó sabiamente por retirarse y crear una empresa, con su nombre como marca, dedicada a comercializar ropa deportiva. Otra noticia, que se lee segundos antes de la disolvencia de clausura, es cómo la enemistad sobre la cancha se convierte en una amistad tan fuerte fuera de ella que McEnroe es nombrado padrino de boda de Borg. Esto justifica la licencia que la ficción cinematográfica incluye como anticlímax: ambos tenistas coincidentemente se encuentran en el aeropuerto de Londres antes de tomar sus respectivos vuelos a casa. En esa fugaz reunión se prefigura una cercanía que luego se cimentará fuera de las canchas.

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Borg McEnroe es la prueba de que el cine de ficción no termina de encontrar la manera de plasmar esa belleza kinética que David Foster Wallace encontraba en el tenis (acaso la literatura sí ha podido describir esa preciosidad como sucede en la novela La broma infinita). El escritor norteamericano planteaba que “las raíces infinitas de la belleza tenística” están en la competencia que el jugador tiene consigo mismo, como se plantea en el epígrafe de este artículo. Para Wallace se trata del deporte más abstracto y formal y que, por ende, posee mayor belleza metafísica porque es el único que permite el duelo mano a mano en la red (se parece al boxeo con la gran diferencia de que no hay daño físico directo).

Para el autor de esta reseña se trata de un deporte que tiene una plasticidad inalterable en vivo y en directo, pero encuentra sus bemoles al ser materializado por la ficción cinematográfica. El gran acierto en este filme es la riqueza documental que se le imprime al material narrativo. Se leen los hechos históricos como si estuvieran sucediendo ante nosotros en tiempo presente. Sabemos de antemano el resultado del match pero lo vivimos como si lo ignoráramos. Los flashbacks y los relatos aledaños a la final de Wimbledon los tomamos como complementos históricos. El epígrafe del filme, con una cita de André Agassi, no puede ser más explícito a la hora de equiparar vida con tenis: “El tenis usa el lenguaje de la vida: advantage, service, fault, break, love, los básicos elementos del tenis son usados en el día a día de la existencia, porque cada match es una vida en miniatura”. Hay que ver Borg versus McEnroe como tenis vital en miniatura, con sonido y con furia.