«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

The rush of battle is often a potent and lethal addiction, for war is a drug

Chris Hedges[1]

 

Kathryn Bigelow es una pintora formada en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de San Francisco. Ex discípula de Robert Rauschenberg, Bigelow no es una recién llegada al mundo del cine. En 1989 realizó Blue steel –estudio sobre la feminidad en un mundo hostil– donde Jamie Lee Curtis encarnaba a una mujer policía. En 1992 lanzó un filme que ya es de culto, Point of break, con Keanu Reeves y el fallecido Patrick Swayze. El primero era un policía que iba detrás de una banda de asaltantes de bancos que eran surfistas liderados por el segundo. En 1995 hizo una la visión apocalíptica del mundo con Strange days en la que Ralph Fiennes (quien tiene una fugaz aparición en The hurt locker) interpretaba a un traficante de recuerdos. Por el ritmo irregular de producción se puede decir que la intermitencia ha sido una condición en la carrera de esta mujer que estuvo casada dos años con James Cameron (1989-1991), director de Titanic y la reciente Avatar.

En el 2000 filmó The weight of water con Sean Penn y dos años después K-19, the widowmaker con Harrison Ford.

Durante la última década ha presidido el jurado de importantes festivales como el de Sundance, Venecia o la Berlinale.

Por todo esto, no es sorpresa el Óscar que le fue otorgado el domingo 7 de marzo de 2010 como mejor directora (la primera mujer en la historia del cine en recibirlo), además de los otros cinco premios de la Academia que mereció su filme en las categorías de mejor edición, mejor sonido, mejor montaje de sonido, mejor guión adaptado y mejor filme. A estos honores se suman el BAFTA de Inglaterra, el Globo de Oro, el premio del Director´s Guilde of America y de los círculos de críticos de Boston y Chicago. Estos galardones de alguna manera anunciaban que la Academia repetiría el 7 de marzo un reconocimiento que otros ya lo habían hecho meses atrás.

The hurt locker (2008) de Katheryn Bigelow no es una película más sobre desarmadores de bombas. Que nadie espere la típica escena en la que el experto se pregunta qué cable debe cortar: el rojo o el amarillo. No es Blown away (1994) con Jeff Bridges y Tommy Lee Jones. Tampoco es cualquier filme sobre Irak, aunque su guionista sea el corresponsal bélico Mark Boer, el  mismo que escribió En el valle de Elah (2007) de Paul Haggis.

El filme de Bigelow empieza con un explosivo escondido entre la basura de una calle de Bagdad. Un gran golpe de guión nos aguarda en este primer cuarto de hora. Aparece Guy Pearce, el actor australiano de Memento, interpretando al audaz experto en explosivos. El espectador espera confiado en que sabrá cómo desactivar el artefacto. El suspenso va in crescendo cuando el robot que es enviado a escrutar el basurero queda atascado entre piedras. El deber llama. El personaje de Pearce tiene que ponerse un traje especial que recuerda al de los buzos del siglo XIX. El experto avanza hacia su meta: la muerte. El mensaje es muy claro: en un filme donde muere al principio un actor de renombre cualquier cosa puede pasar. En esta primera secuencia resalta la puesta en escena del terror. A medida que avanza el personaje nosotros también nos adentramos a la Zona de Miedo, como lo titularon los distribuidores del filme en español. Al explotar el dispositivo la tierra tiembla. El aire se pone denso, pesado, irrespirable. La cámara lenta ayuda a oler un miedo que va en aumento. Se puede sentir cómo las ondas se expanden.

La escuadra anti bombas ha perdido a su mejor elemento. En su lugar llega el sargento William James (Jeremy Renner), un adicto a la adrenalina, que acostumbra a cortar los cables adecuados casi siempre unos segundos antes del gran estallido. Su récord es de 873 bombas desarmadas. En este sentido resulta clave el encuentro que tiene con el Coronel Reed, interpretado por David Morse.

Colonel Reed: That’s gotta be a record. What’s the best way to… go about disarming one of these things?

Staff Sergeant William James: The way you don’t die, sir.

Colonel Reed: That’s a good one. That’s spoken like a wild man. That’s good.[2]

Más allá de los récords personales o grupales, el problema de un adrenaline junkie es que siempre pone en riesgo la seguridad del resto de su equipo. Esto le genera conflictos con sus compañeros que no lo aceptan desde el primer momento. Más aún cuando éste decide mantenerse aislado mientras trabaja. Me explico: la escuadra antibombas cierra el perímetro de la calle donde encuentran el explosivo, el experto se dirige a desactivar el detonante mientras sus compañeros lo resguardan con rifles de largo alcance. William James decide quitarse los audífonos para no escuchar lo que le transmiten sus compañeros. Quiere trabajar a solas en absoluto silencio y concentración, sin una voz que le dé órdenes directamente a sus oídos. Esto complica las cosas porque las normas de seguridad son muy claras: la unidad antibombas tiene un número reducido de minutos para desactivar un explosivo. Una vez superado el límite de tiempo hay que proceder a la retirada. El sargento James casi nunca se apega a la normativa. Todo esto hace del experto suicida un personaje rico en matices. Merecida la nominación al Óscar de Jeremy Renner, actor que se escapa del estereotipo del hombre duro. Luce como el vecino de al lado.  Ni siquiera es musculoso o de gran estatura. A Renner lo hemos visto en episodios de House Md. y de CSI, además de roles secundarios en 28 weeks later y The assesination of Jesse James by the coward Robert Ford.

El título del filme (The hurt locker) es, según la mirada personal de este crítico, una alusión a la caja que el protagonista guarda debajo de su cama. Es un receptáculo con los detonantes de las bombas más complicadas que desactivó.  También podría ser una referencia al alma atormentada que está dentro del protagonista. Hurt también es una homofonía de heart, por lo que el título bien podría traducirse como El bloqueador del corazón, en alusión al carácter esquivo del protagonista, siempre encerrado en sí mismo.

No obstante, en el sitio web del filme se recoge la información de que el título es parte del registro coloquial militar. Desde la época de Vietnam se usa dicha expresión en referencia a una situación que involucra lo problemático y lo doloroso. “Las explosiones suelen mandar al soldado al hurt locker”, dice la sinopsis del sitio en línea.

Las bombas que el sargento James va desarmando a lo largo del filme se complejizan a medida que avanza la trama. Gracias a una gradación bien concebida la siguiente bomba siempre es la más difícil de deshabilitar. Sobre todo, la del clímax en la que un civil iraquí está forrado de una pléyade de detonantes debidamente bloqueados (locked).

Las bombas se convierten en una especie de fetiche para el protagonista y para el angustiado espectador. La intriga se convierte en una bomba de tiempo que en cualquier momento puede explotar. Es la gran interrogante del espectador: ¿En qué momento muere el héroe? ¿Cuál es la bomba que lo va a matar? ¿Para qué sirve una guerra? Esta última interrogante no va a tener una respuesta del lado iraquí, peor del norteamericano. Se evita el estereotipo del invasor pero a ratos sí se victimiza al nativo, tal y como sucede con la última bomba.

En el tercer acto el protagonista regresa a su patria pero su adicción a la adrenalina le hace echar de menos su trabajo. Él se convierte en una bomba que está a punto de estallar. Resulta realmente clarificador lo que dice a su pequeño hijo en la penúltima escena:

You love playing with that. You love playing with all your stuffed animals. You love your Mommy, your Daddy. You love your pajamas. You love everything, don’t ya? Yea. But you know what, buddy? As you get older… some of the things you love might not seem so special anymore. Like your Jack-in-a-Box. Maybe you’ll realize it’s just a piece of tin and a stuffed animal. And the older you get, the fewer things you really love. And by the time you get to my age, maybe it’s only one or two things. With me, I think it’s one.[3]

Este final se va en contra del hogar como idea. Se pulveriza el concepto de núcleo familiar para dar paso a la atracción individualista del peligro. El filme termina con el plano general del sargento James, metido en el mismo traje pesado que tenía Guy Pearce al principio, adentrándose en una calle de Bagdad. Le espera la aventura de una bomba más. Es la ley circular de toda guerra. Siempre se sabe cómo empieza pero no siempre cuándo va a terminar.


[1] Periodista norteamericano y corresponsal de guerra (1956). La cita es de su libro War is a force that give us meaning (2002). La traducción del epígrafe sería la siguiente: “El fragor de la batalla es, a menudo, una potente y letal adicción. Es por eso que la guerra constituye una droga”.

[2] Coronel Reed: Ese debe ser un record. ¿Cuál es la mejor forma de desarmar una de estas cosas?

Sargento William James: De la forma en que uno no se muere, señor.

Coronel Reed: Esa es buena. Dicho como un hombre salvaje. Es buena.

[3] Amas jugar con eso. Amas jugar con todos esos animales de peluche. Amas a tu mami y a tu papi. Amas tu pijama. Amas todo, ¿no verdad? Sí. Pero sabes qué, amigo? A medida que vas envejeciendo algunas cosas que te gustaban puede que  ya no sean especiales nunca más. Como tu Jack-in-a-Box. Quizás te des cuenta que es como cualquier pieza de hojalata o cualquier juguete de peluche. Y mientras más envejezcas, menos cosas te intereserán. Y para cuando llegues a mi edad, quizá sólo sean una o dos cosas. En lo que a mí respecta, creo que es una sola.

 

 ¿Hasta qué punto es real lo que ingenuamente y sin el menor reparo solemos llamar la realidad?

Paul Watzlawick 

 El mundo no es sino la representación que nos hacemos de él, representación siempre provisional.

Abraham A. Moles/ André Noiray

La vinculación entre cine y filosofía se da desde el nacimiento mismo del séptimo arte. Desde fines del siglo XIX en que fue inventado ya se lo comparaba con la caverna de Platón. A principios del siglo XXI empezaron a circular en los círculos académicos, sobre todo norteamericanos, ensayos sobre The matrix, popular película de ciencia ficción que combina la religión y la filosofía con las artes marciales y los efectos especiales. El presente trabajo no devela nada nuevo. Ya William Irvin vincula a esta finisecular película de Ciencia Ficción con la filosofía platónica en una celebrada antología de ensayos filosóficos del 2002[1]. Lo que hemos hecho en las siguientes líneas es ir directamente al libro VII de La República en el cual Platón desmenuza el mito de la caverna para aplicarlo directamente al filme.

“Imagina un antro subterráneo” empieza diciendo Platón en el capítulo séptimo de La  República[2]. Es la conocida parábola de la cueva que desarrolla el filósofo griego. Una enorme cavidad “con hombres encadenados, desde la infancia, de suerte que no puedan mudar de lugar ni volver la cabeza a causa de las cadenas que les sujetan las piernas y el cuello, pudiendo solamente ver los objetos que tienen en frente”. [3]

Para quien ha visto la película The  matrix[4] de los hermanos Wachowsky parece que Platón está describiendo el submundo de Neo. ¿Quién es este Neo? El hombre nuevo. El prototipo del hombre del futuro. No es el súper hombre de Nietzsche. Neo es un mesías. “Mi Jesús personal”, le dice uno de sus clientes noctívagos, uno de esos junkies cibernéticos que como el mismo Neo ansían nuevas emociones.

Neo ha sido comparado con Sócrates por William Irvin[5] en el aspecto de que ambos son agitadores de la conciencia colectiva. El primero tiene a What is the matrix? como pregunta constante. El segundo tiene una interrogante igual de compleja: ¿Qué es la buena vida?[6] Ambas preguntas son la perdición de los dos héroes[7]. Sócrates es acusado en un juicio de corromper a la juventud y se le obliga a beber la cicuta. Neo es perseguido por los Agentes por ser el elegido (The One)[8]. El agente Smith (su máximo perseguidor) nos ilustra muy bien quién es el personaje principal del filme: “It seems that you’ve been living two lives. One life, you’re Thomas A. Anderson, program writer for a respectable software company. You have a social security number, pay your taxes, and you… help your landlady carry out her garbage. The other life is lived in computers, where you go by the hacker alias Neo and are guilty of virtually every computer crime we have a law for. One of these lives has a future, and one of them does not”.[9]

Es Morfeo[10] (interpretado por Laurence Fishburne) quien le hace al héroe una revelación sorprendente: “You are a slave, Neo. Like everyone else you were born into bondage. Into a prison that you cannot taste or see or touch. A prison for your mind”[11]. Resulta paradójica esta revelación porque los seres humanos supuestamente nacen libres. Decirle a alguien que nació preso es susurrarle al oído el mito platónico.

Reproduzcamos un fragmento de la parábola de la caverna pensando en la trama de The matrix.

Mira ahora lo que naturalmente debe suceder a estos hombres, si se les libra de las cadenas[12] y se les cura de su error. Que se desligue a uno de estos cautivos, que se le fuerce de repente a levantarse, a volver la cabeza, a marchar y mirar del lado de la luz; hará todas estas cosas con un trabajo increíble; la luz le ofenderá los ojos[13], y el alucinamiento que habrá de causarle le impedirá distinguir los objetos, cuyas sombras veía antes. ¿Qué crees que respondería, si se le dijese, que hasta entonces sólo había visto fantasmas, que ahora tenía delante de su vida objetos más reales y más aproximados a la verdad? Si enseguida se le muestran las cosas a medida que se vayan presentando, y a fuerzas de preguntas se le obliga a decir lo que son, ¿no se le pondrá en el mayor conflicto, y no estará él mismo persuadido de que lo que veía antes era más real que lo que ahora se muestra?[14]

Los prisioneros de la caverna están encadenados por el cuello, las manos y las piernas. Las sombras aparecen en las paredes rugosas de la cueva, las sombras no son reales puesto que parecen formar parte de un juego de sombras chinescas creado por los celadores. Los prisioneros miran las sombras deformes en la pared. Este juego chinesco existe a partir de una fogata que es lo que más parecido a un sol que puede existir dentro de la caverna. Los prisioneros aún no saben que han sido prisioneros desde siempre. No sospechan que hay una realidad exterior. No saben que les espera un mundo allá afuera. Un día, uno de los rehenes (Neo, en el caso del filme) es liberado de sus cadenas, expulsado al mundo exterior y gracias a la luz del sol ve las formas exactamente como son. Al regresar a la caverna el prisionero (el Elegido Neo, obviamente) les cuenta a sus compañeros “la verdad”. Burlonamente sus oyentes lo declaran demente en el mito platónico.

En el fondo la parábola alude a Sócrates quien fue declarado un outsider por haber declarado la existencia de una esfera más elevada de realidad. En el mito platónico ese segundo plano es el de las formas. Todos los seres humanos somos como los prisioneros que a menudo suponemos que la realidad en la que vivimos es fidedigna y superlativa. Aquí podemos citar a Paul Watzlawick[15] cuando afirma que “el desvencijado andamiaje de nuestras cotidianas percepciones de la realidad es, propiamente hablando, ilusorio y no hacemos sino repararlo y apuntalarlo de continuo”[16]. Watzlawick nos revela que el gran precio que pagamos por distorsionar los hechos es el autoengaño. Nos mentimos “para que los hechos no contradigan nuestro concepto de la realidad, en vez de hacer lo contrario, es decir, en vez de acomodar nuestra concepción del mundo a los hechos incontrovertibles”.[17] Toda la trama de The matrix gira alrededor de esta contradicción. Es la lucha a muerte entre lo que creemos que es real y la incontrovertible realidad. De ahí que en el filme no sean gratuitas las referencias a Alicia en el país de las maravillas y El mago de Oz.

Ese autoengaño del que nos previene Watzlawick (el de creer que sólo existe una realidad) ya está en el mito platónico. Todo lo que experimentamos a través de los sentidos son puras imitaciones de un nivel de realidad más elevado, la esfera de las formas. En el plano terrenal todo conocimiento es un proceso en el que se recuerdan las Formas (anamnesis, le llama Platón)[18].Toda imagen es una copia de una forma perfecta, nos dice el autor de La República y propone que el conocimiento debe darse a través del intelecto y no por lo sensorial. Es exactamente lo mismo que propone The matrix. Así lo ilustra Morfeo cuando desdeña la experiencia sensorial: “If real is what you can feel, smell, taste and see, then ‘real’ is simply electrical signals interpreted by your brain”.[19]

Morfeo le da la llave de todos los enigmas cuando le dice: “Unfortunately, no one can be told what the Matrix is. You have to see it for yourself”[20]. Es lo que pasa con las Formas. No hay que verlas e interpretarlas literalmente. Un conocimiento directo del modelo que las proyecta es lo que le permitirá a Neo entender lo que es la Matriz y todos sus sinónimos: la fuente, la base, lo primigenio. La mente es más importante que la materia. En la frase de Morfeo hay un concepto de verdad. La verdad es una experiencia individual. Intransferible. Cuando Neo despierta de su sueño de hibernación, cuando es desconectado de los cables que lo atan a la caverna, pregunta qué año es. Morfeo le responde: “Creo que estamos en 2199. No te puedo decir exactamente qué año es porque en verdad no sabemos”. Acto seguido acota: “verbal explanations are never enough”[21].  La escena culmina con un “you have to see it for yourself”.

Concluyamos la caza de las analogías entre Platón y The Matrix. Neo es liberado de la matriz para contemplar “el desierto de lo real” (frase de Morfeo). Si los rehenes platónicos tienen cadenas, Neo está envuelto en cables negros que estimulan la sombra de la Matriz. ¿Quién libera al prisionero en la parábola platónica? No se dice. ¿Quién libera a Neo? Lo hace Morfeo, el dios del sueño. Lo primero que hace el personaje de Keanu Reeves[22] es horrorizarse por lo que contempla y negar que lo que ha estado viviendo previamente era el mundo onírico. Se resiste a creer que los prisioneros atados en sus nichos son la realidad. “Most of these people are not ready to be unplugged”[23], dice Morfeo en la primera salida que tienen. Caminan por el mundo que Neo antes consideraba real y se aprecian transeúntes pasar que no están conscientes de vivir en un sueño. Un mundo de sueño. De hecho, la respuesta a la pregunta clave del filme tiene que ver con lo onírico y la da Morpheus: “What is the Matrix? Control. The Matrix is a computer-generated dream world built to keep us under control in order to change a human being into this”[24]. ¿Sueño o realidad virtual? Nosotros seguiremos en la Matriz intentando responder la pregunta. La respuesta, como dice Morfeo, debemos descubrirla por nosotros mismos.

BIBLIOGRAFÍA

Watzlawick, Paul. ¿Es real la realidad? Confusión, desinformación y comunicación (Editorial Herder, Barcelona, 1994).

Platón. La República (Editorial Panamericana, Caracas, 1999).

March, Jenny. Diccionario de Mitología Clásica (Editorial Crítica, Barcelona, 2002).

Irwin William, ed. The matrix and philosophy: Welcome to the desert of the real. (Editorial Open Court, Illinois, 2002).


[1] Ver “Computers, caves and oracles: Socrates and Neo” de William Irvin en The matrix and philosophy: welcome to the desert of the real. Ver bibliografía al final.

[2] Para este trabajo hemos usado la edición de Editorial Panamericana.

[3] Ídem

[4] Dirigida por Larry y Lana Wachowsky.

[5] Ver nota número 1.

[6] Eudaimonia o felicidad.

[7] Otra pregunta es la formulada por el personaje de Morfeo en un par de ocasiones en el filme: What is «real»? How do you define «real”?

[8] Nótese el sentido mesiánico en aquello de The One.

[9] Parece que usted ha estado viviendo dos vidas. En una, usted es Thomas A. Anderson, un creador de programas informáticos para una respetable compañía de software. Tiene un número de seguro social, paga sus impuestos, y usted… usted ayuda a su casera a sacar la basura. Su otra vida la vive a través de las computadoras y lo hace a través de Neo, su apodo de hacker, y es culpable virtualmente de cada crimen informático para el cual tenemos una ley. En una de esas vidas tiene futuro, en la otra, no.

[10] Del griego morphé (forma). Dios del sueño. Hijo de Hipnos y Nix. El siguiente parlamento es el que mejor ilustra la naturaleza de este personaje: Have you ever had a dream, Neo, that you were so sure was real? What if you were unable to wake from that dream? How would you know the difference between the dream world and the real world?

[11] Eres un esclavo, Neo. Como todos los demás naciste en cautiverio. Dentro de una prisión que no puedes saborear, ver o tocar. Una prisión de tu mente.

[12] Cables en el filme.

[13] Cuando Neo es desconectado le pregunta a Morfeo por qué le duelen los ojos. “Es porque nunca los has usado”, le responde.

[14] Ídem

[15] Austria, 1921- EE.UU., 2007. Autor de una revolucionaria teoría de la comunicación humana.

[16] ¿Es real la realidad? Confusión, desinformación y comunicación (Editorial Herder, Barcelona, 1994).

[17] Ídem

[18] En The Matrix hay una escena que puede ilustrar la anamnesis. El momento en el que Neo ve pasar un gato por una puerta y acto seguido ve al mismo gato pasar por la misma puerta.

[19] Si lo real es lo que puedes sentir, oler, saborear y ver, entonces “lo real” es simplemente signos eléctricos interpretados por tu cerebro.

[20] Desafortunadamente, nadie te puede decir lo que es la Matriz. Tienes que verlo por ti mismo.

[21] Las explicaciones verbales nunca son suficiente

[22] Actor norteamericano nacido en Líbano en 1964. Se especializa en películas de acción.

[23] Muchas de estas personas no están listas para ser desconectadas.

[24] ¿Qué es la Matriz? Control. La Matriz es un mundo de sueño generado por computadora construido para mantenernos bajo control para convertir a los seres humanos en esto.

El problema de la adaptación es un falso problema. No hay ninguna receta, ninguna fórmula mágica. Sólo cuenta el éxito de la película y este éxito va exclusivamente ligado a la personalidad del director.

François Truffaut

 

Dos cabras comen de un montón de latas de películas, y una le dice a la otra:

–Personalmente, me gustó más el libro.

Alfred Hitchcock

 

 Cine y literatura. Literatura y cine. La primera ha existido desde tiempos inmemoriales; la segunda tiene apenas ciento catorce años de existencia. ¿Qué es mejor: el filme o su original literario? ¿Qué es primero: el huevo o la gallina? Los que consideran que ambos artes son hermanos piensan que el sistema de las adaptaciones es una forma espontánea que tiene el cine de captar historias, temas, personajes, intrigas; los que reparan en que ambos artes son rivales sostienen que es una forma artificiosa y poco original de conseguir historias, y siempre andan señalando una supuesta crisis de originalidad del séptimo arte[1]. El cine se ha convertido en un parásito de la literatura, es el argumento que esgrimen los detractores. Y van aún más lejos: aseveran que la falta de imaginación y guiones originales es tan grande en el mundo del celuloide, que solo la literatura puede ser la tabla de salvación. Todos estos son tan solo algunos de los elementos que sirven para empezar un debate sobre la naturaleza del lenguaje literario y el lenguaje cinematográfico.

La discusión puede tomar como punto de partida una sobreabundancia de material publicado sobre el cine y la literatura: revistas con números monográficos, cursos, seminarios, paneles, mesas redondas, conferencias, páginas en Internet… Al revisar la cartelera de los cines comerciales no es extraño encontrar las cada vez más frecuentes adaptaciones cinematográficas de obras literarias.

Siempre es importante mencionar a Griffith[2] en el comienzo de este tipo de ensayos y sus aportes al cine de principios del siglo XX. Este director norteamericano aplicó las fórmulas narrativas de la literatura decimonónica (Dickens, sobre todo) a este arte que estaba naciendo a fines del siglo XIX y floreciendo en la primera década del XX, arte que es hijo de la tradición literaria, según el español José Luis Sánchez Noriega[3]. Del mismo modo que es hijo del teatro en cuanto a puesta en escena e hijo de la fotografía y las artes plásticas en cuanto a captación fotoquímica y cromática de la realidad.

Gracias a Griffith se puede decir que la literatura influyó en el cine. Con el paso del tiempo el cine ha influido en la literatura. Gabriel García Márquez, por ejemplo, es acusado por Pier Paolo Pasolini[4] de escribir Cien años de soledad como si fuera un tratamiento[5] cinematográfico en un célebre artículo[6].

Pero Gabo no debería ser el único escritor acusado de semejante latrocinio. El dedo de Pasolini también debería apuntar a Ray Bradbury[7], uno de los escritores más literarios del siglo XX, quien comenta sobre su relación con los dos artes siameses con las siguientes palabras:

 Y de esta manera fue como descubrí, ya tarde en mi vida, el hecho obvio de que había escrito la mayoría de mis historias para que se filmaran. Al examinar una página representativa, descubrí que cada párrafo era un plano general, un plano americano o un acercamiento.[8]

 Planteamiento del problema

En lo que respecta a la comparación de una cinta y su original literario, estamos ante un cotejamiento que debe tomar en cuenta algo básico: la literatura es un acto lingüístico, el cine es un medio visual[9]. A esta verdad de Perogrullo se añaden otros factores tan evidentes como contundentes: la escritura es un acto solitario, el rodaje es un hecho colectivo. La literatura logra que a veces un autor se demore décadas escribiendo un libro. El cine es sinónimo de urgencia, de premura, que exige un proceso que abarca meses y en muy pocos casos años enteros[10]. La obra literaria apunta a un público reducido y culto, el filme tiene como objetivo un público mayoritario y culturalmente heterogéneo. La comparación injusta se da sobre todo por parte del espectador/ lector neófito que hace aseveraciones basadas en un desconocimiento del hecho cinematográfico como las que vamos a reproducir: «La película no es fiel al espíritu del original» (como si fuera una sesión espiritista), «Se ha destrozado el libro original»[11] (como si fuera un matadero municipal), «Yo no habría eliminado pasajes clave de la obra» (como si el espectador fuera un experto guionista), «Yo habría cortado las escenas de relleno» (en la penumbra de un cine hay un mentecato que se cree editor). Estas afirmaciones demuestran una profunda ignorancia del hecho literario (construcción de personajes, modos de focalización y estructuras narrativas) y del hecho cinematográfico (el trabajo mancomunado de centenares de personas tales como iluminadores, decoradores, arquitectos, músicos, vestuaristas, actores, productores que trabajan para construir esa ilusión de realidad llamada película).

Adaptar no es sólo realizar una traslación de contenidos, sino que implica la elaboración de una nueva estructura semiótica.

La verdad es que siempre ha existido la adaptación de discursos artísticos, recurso que Sánchez Noriega denomina trasvase cultural. Si trasvasar es «pasar un líquido de un recipiente a otro»[12], podemos visualizar a un envase como el discurso primigenio (llámese teatro, ópera, cómic, etc.) y el otro recipiente es el discurso cinematográfico.

José Luis Sánchez Noriega[13] utiliza los términos adaptación, trasposición, recreación, versión, comentario y variación como sinónimos de trasvase. Cuando se anima a dar una definición mantiene la sencillez: «Creación pictórica, operística, fílmica, novelística, teatral o musical que hunde sus raíces en textos previos».[14] Robert Stam[15], en cambio, habla de translation, reading, dialogization, cannibalization, transmutation, transfiguration y signifying[16].

 La adaptación como transtextualidad

Todos estos conceptos de Stam y de Sánchez Noriega nos conectan a la teoría de la transtextualidad de Gerard Gennette[17] para referirse a todo texto que guarda una relación abierta o encubierta con respecto de otros. El teórico francés nos habla de intertextualidad (un texto B que remite a un texto A[18]), paratextualidad (un microtexto de un autor B que encabeza en forma de epígrafe, título o subtítulo el texto de un autor A[19]), metatextualidad (un texto B que comenta un texto A[20]), architextualidad (un género[21]) e hipertextualidad (un texto matriz o genérico del cual nacen otros llamados hipotextos[22]).

Genette recorre el camino empezado por la semióloga Julia Kristeva quien fue la primera en usar el término intertextualidad, al tomar como base las teorías sobre el dialogismo de Bajtin[23]. Este último parte de la certeza de que todo texto se construye como un mosaico de citas, es decir, todo texto es absorción y transformación de un texto ya existente.[24] Según esta noción,  la intertextualidad implica que ningún texto sale de la nada sino que es resultado de una tradición y que, al entrar a formar parte de la historia, podrá ser usado por textos futuros. Nace así la metáfora del tiempo y el espacio que confluyen en el cronotopo[25] como una manera de pasar de la diacronía[26] a la sincronía[27] en el estudio de textos.

Julia Kristeva[28] usó elementos del psicoanálisis en sus escritos sobre intertextualidad para usar otro término, el de transposición, ya que para ella lo intertextual se limitaba «al sentido banal del estudio de las fuentes».[29] Otros teóricos[30] han ido más allá aportando con términos como intertextualidad célebre (cita de frases que forman parte de la sociedad de consumo[31]), la intertextualidad genética (que viene ya en el género escogido por el guionista o cineasta[32]), la intratextualidad (películas que se refieren a sí mismas[33]), la autocitación (el autor que se cita a sí mismo[34]) y la intertextualidad de franquicias[35]. Esta última tiene que ver con precuelas y secuelas que buscan explotar marcas taquilleras como Superman (Smallville[36]) o Indiana Jones que nos permiten ver el pasado del héroe en una especie de bildung roman[37] hecha de imágenes. El caso de George Lucas y los episodios IV, V y VI de Star wars constituyen precuelas que exploran en el pasado de los personajes de esta saga permitiéndonos ver cómo se crearon los traumas, valores y objetivos de cada uno.

Como enriquecedoras formas de paratextualidad surgen los DVD´s que contienen escenas que no constan en el filme original, entrevista con los actores y el director y documentales sobre cómo se dio la filmación.

También está el término transvalorización de Genette en el que se toma un personaje de mínima importancia en una historia y se le da un estatus de protagonista en una adaptación. Está el caso de El rey escorpión (2002) en el que se desarrolla el personaje del musculoso guerrero de La momia (2001). Lo mismo sucede con el personaje interpretado por Hugh Jackman en los tres episodios cinematográficos de X Men quien estrena ahora una película llamada X men origins: Wolverine (2009). El personaje secundario de Jackman era uno de los héroes mutantes de la saga y ahora tiene una película que contará su historia antes de convertirse en un hombre X.

Yuri Lotman[38] habla de transcodificación[39]. Para él la adaptación fílmica es «una recodificación de un tipo de acto de comunicación realizado por un emisor que parte de ciertos códigos y sistemas de expresión para llegar a un segundo tipo de comunicación con sus códigos y sistemas propios».

Los membretes van más lejos con categorías como hipertextualidad cruzada. Clásico ejemplo es el de Alien versus Predator en el que dos monstruos de diferentes franquicias se encuentran en el cómic que luego es adaptado por Paul W. S. Anderson.

Mientras Sánchez Noriega habla de trasvase y Lotman de recodificación, Hans-Georg Gadamer[40] prefiere el término traducción, esto es «expresar en una lengua lo que está escrito o expresado en otra distinta»[41]. Son dos lenguas las que están confrontadas como si fueran espejos: la una, la del cine; la otra, la de la literatura. «Toda traducción», explica Gadamer[42], «lleva en sí las marcas de ese traslado sin el cual es imposible comprender la palabra del otro en toda su extensión». Sin embargo, ese traslado o migración textual, implica también un sesgo subjetivo por parte del intérprete que tamizará el sentido de las palabras de la expresión del otro. Esto implica, si entendemos bien a Gadamer, que el traslado de una expresión a otra estará viciado por la formación del intérprete y que entre el original y la traducción existirá siempre una distancia considerable. No quedará más que ver al segundo texto (el filme) como una sombra del primero (el cuento, la obra de teatro o la novela), con sus propias características y atributos, como una entidad textual independiente, única, por más que provenga de otra.

Monique Carcaud-Macaire y Jeanne-Marie Clerc[43], en cambio, afirman que en la migración de un medio de expresión a otro, «la adaptación cinematográfica explota y explora ciertas potencialidades latentes del texto literario y elimina, al mismo tiempo, otras que dicho texto propone». Este proceso de selección, que corresponde a lo que Gadamer llama «ceguera parcial» del traductor[44], (aquí entra el célebre adagio italiano traduttore, tradittore[45]) eleva la traducción a la categoría de paredón en el que todos juzgan el proceso de lectura del adaptador, criterio no siempre justo porque se trata de un proceso subjetivo. La lectura del guionista o del director es una lectura más de las tantas que puede hacer no solamente un adaptador sino también un espectador.

 Ejemplos de trasvases culturales

En fin… Largos y sinuosos resultan los caminos de la adaptación, transcodificación, traducción, migración textual, recodificación, como se la quiera llamar. Limitémonos a dar ejemplos puntuales sobre cómo se han dado en los diferentes medios y artes el llamado trasvase cultural. Es preciso consignar que casi todas las modalidades que vienen a continuación pertenecen a Sánchez Noriega, pero la mayoría de los ejemplos son de cosecha del autor de este ensayo.

Del poema al cine (La noche oscura de Carlos Saura proviene del texto homónimo de San Juan de la Cruz). De la novela al seriado televisivo (Yo Claudio  de Robert Graves es un serial de la BBC). Del reportaje periodístico al cine (Fear and loathing in Las Vegas de Terry Gilliam proviene de un texto de Hunter S. Thompson). Del teatro al teatro (Jean Racine o Bertold Brecht retoman Antígona de Sófocles). De la novela al teatro (La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa es adaptada por el colombiano Jorge Alí Triana). Del teatro a la televisión (los dramas shakesperianos de la BBC de Londres). De la entrevista periodística televisiva al teatro (Frost/Nixon de Peter Morgan). Del cine al teatro (Entre tinieblas de Almodóvar se traslada a las tablas). Del cine a la televisión (La femme Nikita de Jean Luc Besson es una popular serie televisiva norteamericana). De la televisión al cine (Expedientes X, Mission: Impossible o El fugitivo). Del telefilme al largometraje cinematográfico (Marty de Delbert Mann o Días de vino y rosas de Blake Edwards fueron primero telefilmes al igual que Duel de Steven Spielberg). De la novela al reality show (1984 de George Orwell es Big brother en paísajes de habla anglosajona, Gran hermano en países latinoamericanos o Loft story en Francia). Del cine al cine (cualquiera de los remakes de moda). Del videojuego al cine (Tomb rider y Super Mario Brothers). De la novela al musical (Los miserables). De la poesía al musical (el poemario Old Possum´s Book of practical cats de T. S. Eliot da origen a Cats). De la novela a la radio (La guerra de los mundos que Orson Welles adaptara de H. G. Wells). De la radio al cine (El chacotero sentimental de Cristián Galaz proviene de un popular programa radial chileno). Del juego de mesa al cine (cluedo inspira el El juego de la sospecha de Jonathan Lynn). Del parque temático al cine (Piratas del Caribe fue primero un lugar de entretenimiento de Disneylandia). Del teatro al ballet (Romeo y Julieta en la versión de Prokokiev). Del cine al musical de Broadway (Sunset Boulevard, The lion king, The producers y Hairspray ganaron el premio Tony al mejor musical de Broadway). Del cómic al cine (Superman, El hombre araña, X men, Sin city). Del poema épico al dibujo animado (El cid). De la ópera al cine musical (Carmen de Verdi se convierte en un musical con Beyoncé Knowles titulado Carmen: A hip hop opera con música totalmente diferente). Del cine a la novela (El último tango en París en su versión novelizada[46]). De la novela a las artes plásticas. Pienso en este último caso en los 120 grabados que el artista colombiano Pedro Villalba Ospina hizo a partir de Cien años de soledad. Experiencia transtextual de gran poderío estético ver colgada en una pared una página de la novela de García Márquez junto a su interpretación visual. Se trata de una lectura minuciosa, poética, exhaustiva del universo macondiano. Sólo existe un antecedente posible y es la cantidad de artistas como Doré, Dalí y otros que se han dedicado a crear dibujos sobre Don Quijote. La analogía no es gratuita por la importancia de ambas obras en la historia de la cultura.[47]

 EXPLORACIÓN DEL PROBLEMA DE LA ADAPTACIÓN[48]

Jean Claude Carrière[49] afirma que «en realidad, en el cine, todo es adaptación» y acaso le asiste la razón. Habría que preguntarle al guionista de Luis Buñuel si en la música, la literatura o en la pintura todo es adaptación. De hecho, un ensayista, como el que firma este ensayo y que se atreve a reflexionar sobre cine y literatura, ¿no está adaptando el millar de ideas que al respecto abundan en una bibliografía cada vez más creciente? Pero no nos alejemos del tema, no vaya a ser que lo acusen a uno de plagio encubierto. Si se tiene una idea en la mente, hay que adaptarla primero al papel, luego hay que adaptar lo que se ha escrito al lenguaje audiovisual. Este problema (tan falso, según el director de Los 400 golpes[50]) es el terreno donde se resuelve —o intenta resolverse— la gran hermandad entre cine y literatura. Falso porque todo en el cine es trasvase, recreación de temas o premisas ya existentes en otros filmes o en otros libros. Al igual que Truffaut creemos que no hay receta o fórmula mágica para el asunto de las adaptaciones. Cada texto literario exige una forma diferente de abordaje. Al decir que solo cuenta el éxito de la película, el director de La noche americana[51] no está diciendo que el filme debe ser independiente del libro, no está advirtiendo que el filme debe funcionar de manera independiente. Al añadir que el éxito está ligado a la personalidad del director nos está diciendo que la película debe tener las marcas de su creador cinematográfico por encima de los estilemas[52] del creador literario. Lo que Truffaut está planteándoles a los guionistas con su célebre aforismo es que no se problematicen en el trasvase de un discurso a otro.

¿Se puede adaptar? Ésta es la pregunta que asalta cuando pensamos en determinados textos literarios. En realidad, todo es adaptable, según nos ha enseñado la historia del cine. Inclusive aquellos libros sacros con fama de inadaptables (por densos) ya han sido llevados a la gran pantalla: En busca del tiempo perdido[53] de Marcel Proust[54] o Bajo el volcán[55] de Malcolm Lowry[56].

Primero, hay que partir de una premisa elemental: estamos ante dos formas de expresión diferentes. Ingmar Bergman[57] —uno de los que reflexionó sobre este dilema— sostenía que el cine no tiene nada que ver con la literatura, ya que

 la dimensión irracional de una obra literaria, el germen de su existencia es, a menudo, imposible de traducir en términos visuales, y a su vez esto destruye la especial dimensión irracional del filme. Si a pesar de todo deseamos traducir algo literario a términos cinematográficos, debemos realizar un número infinito de complicados ajustes que con frecuencia dan escasos frutos (o ninguno) en proporción con el esfuerzo gastado.[58]

 Estos ajustes son plausibles desde el momento en que pasamos de un conjunto de convenciones más o menos fluidas (la literatura), pero relativamente homogéneas, a otro que requiere de movimiento y dinamismo (el cine). En otras palabras, los ajustes son inevitables cuando abandonamos el medio lingüístico y lo sustituimos por un medio visual.

El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante[59] fue más lejos al escribir que El beso de la mujer araña (1985), de Héctor Babenco[60],

 debe no sólo sus diálogos sino sus imágenes a la novela de Manuel Puig[61]. Pero Puig, su literatura, no existiría sin el cine, en un perfecto ejemplo del dilema del huevo y la gallina: ¿qué creó Puig, quién lo creó?[62]

 Lenguaje literario versus lenguaje cinematográfico. ¿Es preferible la novela El nombre de la rosa (1986) de Umberto Eco[63] a la adaptación cinematográfica de Jean Jacques Annaud[64]? A Eco le encantó el filme. Marguerite Duras[65] odiaba la versión que este mismo director francés realizó de su novela El amante (1993). Duras decía que era imposible poner en imágenes frases como ésta: «La noche pasaba por la calle». Annaud le contestó que lo que había hecho era su versión, su lectura de la novela.

Los gustos con respecto a la adaptación fílmica de una obra literaria siempre son relativos. Es inútil comparar y señalar qué elemento le faltó a la película que sí forma parte del libro. Claro está que es un juego interesante que nos ayuda a desmontar (deconstruir) ambas obras, tanto la literaria como la cinematográfica, pero no nos permite saber cuál es mejor o peor. De hecho, de libros realmente deplorables en cuanto a calidad se han logrado excelentes filmes. Recordemos el caso de Sicosis de Alfred Hitchcock[66], adaptada de una novela de segunda categoría firmada por Robert Bloch[67]. También está el caso a la inversa. De grandes obras literarias se han hecho verdaderos bodrios. Los ejemplos abundan, sobre todo por esos clásicos que caen en manos de Hollywoolandia[68]. Recordar tan solo El conde de Montecristi[69] (2002) en la versión de Kevin Reynolds[70].

El cineasta inglés Peter Greenaway[71] tampoco cree en la eficacia de las adaptaciones que se hacen de las obras literarias. Este cineasta que, además, es pintor, aparte de creer que «en un siglo completo no se ha hecho ningún filme», piensa que lo que se ha visto hasta ahora son «textos ilustrados o bookshows» (libros-espectáculo) como los denomina peyorativamente refiriéndose a la saga de Harry Potter o El señor de los anillos. Ataca a la sociedad actual diciendo que tiene una base textual: «la gente sabe hablar, escribir, pero no sabe leer imágenes». Esto se refleja en el cine, medio que por tener la base de un texto (el guión) pierde su visualidad logrando un producto que no depende de lo visual sino de lo textual[72]. Este problema se acentúa, a mi parecer, en las películas con subtítulos que acentúan lo dicho por Greenaway. Ir al cine se convierte en un acto literario ya que estamos pendientes de los subtítulos, perdiendo un gran porcentaje de las imágenes que están en la parte superior de la pantalla. Incluso para los espectadores bilingües, los subtítulos constituyen una molestia ya que entienden perfectamente el audio pero pierden gran concentración al saber que hay un generador de caracteres que mueve los diálogos en la parte inferior de la pantalla. Para que la experiencia sea cien por ciento cinematográfica la visualidad no debe estar contaminada por los subtítulos.

Greenaway también ataca algunos grandes nombres, incluyendo el de Emma Thompson[73] (adaptadora de Sense and sensibility de Jane Austen[74]), y los acusa de no hacer cine, sino de «utilizar material de segunda mano ilustrando libros que en su versión original resultan siempre mejores. Seguimos perdiendo el tiempo adaptando obras literarias».

El director italiano Marco Ferreri[75] va más lejos afirmando que el cine no logra sacudirse del lastre de la literatura.

 Tal como están las cosas, puede haber de todo: desde el que hace un filme basándose en un libro que ha leído, hasta el que piensa el filme directamente; pero incluso éste, cuando proyecta hacer su película, ¿acaso no lo hace en función de un libro imaginario que está solo en su cabeza?[76]

Lo de Ferreri invita a pensar a la inversa. Hay escritores que trabajan a partir de una imagen que tiene mucho de la dinámica cinematográfica. Inclusive hay novelistas que están pendientes del filme imaginario que tienen en mente, y construyen una historia a partir de la película que han creado en su cabeza y que les servirá para plasmarla en el papel.

 Nueve soluciones para el problema de la adaptación

Queremos ensayar nueve soluciones provisionales para el problema de la adaptación de un texto literario (llámese cuento o novela[77]).  Esa transferencia de un discurso a otro apunta a que el cineasta debe intentar transcodificar el discurso del narrador que encuentra en el texto literario usando los materiales expresivos del código de la narrativa fílmica. Uno de los retos principales es expresar en el ámbito audiovisual la información que entrega el narrador literario.

1.- La transcripción estructural de la obra literaria. Esta tiene como fin seguir el libro paso a paso, escena por escena, dividiéndolo en secuencias respetando al máximo el orden del original. Consiste en presentar la historia siguiendo literalmente el original con algunas elipsis necesarias para no agrandar el metraje de la película. Sucede con Lo que el viento se llevó[78], El viejo y el mar[79], las películas sobre Cristo basadas en los evangelios, pasa también con casi todas las obras de Shakespeare y novelas policiales (The big sleep[80], The maltese falcon[81]) cuyas estructuras originales necesitan ser obedecidas y respetadas. Esta modalidad de la transcripción estructural, como veremos más adelante, se aplica muy bien en Un señor muy viejo con unas alas enormes de Fernando Birri. Sin embargo, hasta una transcripción requiere de ciertos ajustes, como decía Bergman y como veremos en la aplicación del modelo que cotejará el texto de García Márquez con su «sombra cinematográfica».

2.- La selección de los momentos climáticos de la historia original.- Es lo que Truffaut llama los momentos privilegiados, aquellos puntos de la trama que la vuelven interesante, diferente. El extraer estas escenas claves del texto posibilitará la construcción del guión. Por ejemplo, en Apocalipsis ahora de Francis Ford Coppola[82] (basada en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad[83]) se pone énfasis en el momento final en el que el protagonista se enfrenta con el coronel Kurtz en un duelo físico y verbal.

3.- La eliminación de personajes que, de ser incluidos, entorpecerían la narración cinematográfica o no aportarían nada a la misma. Por cuestiones de tiempo narrativo, es probable que dos personajes puedan concentrarse en uno solo. En el caso del filme La insoportable levedad del ser[84], los guionistas Philip Kauffman[85] y Jean Claude Carrière han eliminado a la primera esposa de Tomás y también al hijo que tuvo con esa mujer. Los personajes que se han desechado pueden funcionar en la literatura, pero pueden estorbar en la lógica dramática del cine. Es mejor deshacerse de ellos en la etapa más temprana del proceso de adaptación.

4.- La eliminación de escenas demasiado literarias y que incluidas en un filme irían en desmedro del ritmo natural de la narración cinematográfica. El resumir acciones será la actividad fundamental del adaptador. Esta solución también se la conoce como el atajo dramático y consiste en cortar acciones del texto original que no aportarán nada al filme. O sea, son acciones que funcionan bien literariamente, pero mal cinematográficamente.

5.- La opción de la hipertextualidad cruzada. Esta solución consiste en añadir escenas que están en otros textos del autor. ¿Cuál es el objetivo? Reforzar lo que se está narrando tomando en cuenta otros textos del mismo escritor. Es lo que sucede con Truffaut y La chambre verte[86] (basada en un cuento de Henry James). En un momento de la escritura del guión se necesitó reforzar ciertos puntos de la trama y se extrajo material de otros textos del autor norteamericano que tenían relación con la historia.

6.- La técnica del palimpsesto, de la transposición o de la reescritura. Consiste en tomar materiales (elementos de intriga, personajes y situaciones) y elaborar un guión casi original, olvidándonos del texto primario. Una anécdota que ilustra esta solución: Jorge Luis Borges le aconsejó a un cineasta que iba a adaptar uno de sus cuentos: «Olvídese del texto original». Es que—como dice el teórico francés Alain García-

 la adaptación demasiado sumisa al texto primigenio ‹traiciona› al cine, y la adaptación demasiado libre ‹traiciona› a la literatura; solo la ‹transposición› no traiciona ni a uno ni a otra, situándose en los confines de estas dos formas de expresión artística. [87]

Vamos con uno de los ejemplos más conocidos. Cuando aparecen los créditos iniciales de El nombre de la rosa se nos anuncia que espectaremos «un palimpsesto de la obra de Umberto Eco». Es decir, se ha procedido a hacer una reescritura de la novela para poder plasmarla en imágenes, proceso en el que es común la participación de dos o más guionistas o adaptadores. De todos los aspectos del best seller de Eco —el policial, el teológico, el histórico, el filosófico, el literario— el equipo de guionistas de Jean Jacques Annaud se quedó con la intriga policíaca. Claro está que tampoco se han obviado los demás aspectos, simplemente se los ha disminuido para dar preponderancia a uno.

Esta reescritura de la obra original, con los consecuentes cambios y «ajustes complicados» como les llamaba Bergman, la encontramos en Cyrano de Bergerac de Jean Paul Rapenneau y en ciertos pasajes de Hamlet de Franco Zefirelli. Si bien es cierto que se respeta la mayor parte de los parlamentos, se añaden otros. El logro está a la vista, pero sobre todo al oído: se simula el discurso de Rostand o de Shakespeare para darle más espesor a la anécdota, para dilatar o ensanchar ciertos pasajes de la historia, para construir mejor el personaje, enfatizando o mermando algunas de sus cualidades. Hay ciertos diálogos en el Hamlet de Zefirelli que el espectador común tranquilamente podría atribuirlos a Shakespeare, pero son realmente cosecha de los guionistas.

El caso de Blow up de Michelangelo Antonioni es clásico. El director italiano y el co-guionista Tonino Guerra optan por tomar unos cuantos elementos del texto cortazariano y se construye otro texto.

7.- La traspolación del contexto cronológico y/o geográfico, o sea, cambiar el lugar y el tiempo que originalmente propone la obra literaria. Los miserables de Claude Lelouch respeta el contexto geográfico (Francia) pero no el cronológico (del siglo de Víctor Hugo se pasa al siglo XX). El callejón de los milagros se basa en una novela de Naguib Mahfuz que se desarrolla en El Cairo, pero en la película mexicana se desarrolla en la segunda mitad del siglo XX en el D.F. Hay un cambio de contexto cronológico y geográfico.  Lo mismo sucede en el caso de Il postino, se cambia Chile por Italia, a más de las características físicas de los personajes, y otros aspectos de la trama original. William Shakespeare`s Romeo and Juliet de Baz Luhrman es otro ejemplo. Se cambia Verona por Miami. Las espadas por revólveres. El contexto renacentista por el finisecular.

8.- Desarrollo de diálogos que solo estaban sugeridos en la obra literaria y creación de diálogos que no existían en el texto original.- Hay escritores que son magistrales en el manejo de lo conversacional como Ernest Hemingway, de tal forma que el trabajo del adaptador es aparentemente mínimo, puesto que los parlamentos ya vienen en el texto primigenio. Cuando no hay diálogos en el original, lo mejor es crearlos.

9) La supresión de diálogos.- Parlamentos que funcionan literariamente pero que el adaptador no los necesita para su película. Esta solución funciona a la inversa que la octava. Si la frase trillada «Una imagen vale más que mil palabras» sirve, se puede prescindir del diálogo y privilegiar la acción, dejando que la cámara lo capte todo de manera sugerente. Las imágenes suplantarán entonces a las palabras. Esta supresión de diálogos puede ser llevada a cabo para darle una preponderancia a lo visual, o sea, expresar sutilmente con pocas imágenes aquello en lo que el escritor gasta decenas de páginas. El comienzo del filme La insoportable levedad del ser ilustra este punto. La forma en que Tomás y Teresa, los dos personajes principales, se conocen, casi no tiene diálogo. Todo está sugerido por las imágenes.

Estas son, en resumen, las soluciones a ese falso problema que es la adaptación, planteado por Truffaut.

 CONCLUSIONES

 1.- La adaptación ha existido desde siempre Es el procedimiento textual clásico. El concepto de plagio pertenece a la jerga legal. En literatura se habla de transtextualidad, intertextualidad, metatextualidad, y otros procedimientos más como recodificación, transcodificación y trasvase cultural que ya revisamos en este trabajo.

Los ejemplos abundan desde tiempos ancestrales. Los poemas homéricos son una adaptación de relatos mitológicos. La Eneida es una adaptación de La Ilíada. Lo que hizo Dante Aligheri con su Comedia (el adjetivo divina fue aumentado después) no es más que un proceso de transtextualización de los grandes textos grecolatinos. Obras de teatro de Racine y Moliere retoman dramas y comedias del mundo clásico. Bach tomaba partituras de Vivaldi y se apropiaba de ellas lúdicamente. Vivaldi también hacía variaciones de trabajos de su contemporáneo Bach. La mayoría de los dramas de Shakespeare (Hamlet, por citar tan solo un ejemplo) son adaptaciones de hechos registrados en los anales de la Historia. Por lo tanto, todo es adaptación a la hora de hablar de esos trasvases discursivos de los cuales también hemos citados ejemplos que cruzan de la literatura al teatro, del teatro al musical, de la novela a las artes visuales y un largo etcétera.

2.- La polémica entre cine y literatura debe rehuir de la logofilia, el parasitismo y la iconofobia; además tiene que verse a ambos discursos como coadyuvantes y no antagónicos.  Esta disputa recuerda mucho a la que en el pasado tuvieron teatro y ópera, o a la que ahora tienen cine y televisión. No olvidemos que la ópera fue en un su época un medio novedoso de expresión por aglutinar elementos propios de la música, el teatro, la decoración de interiores, la arquitectura (una afirmación muy personal y arriesgada: la ópera es el cine del siglo XVIII); la televisión es el cine en miniatura encerrado en la famosa caja boba de 625 líneas de definición (esa fue otra afirmación riesgosa). Tanto la ópera como la televisión son extensiones del teatro y del cine por ser formas narrativas que buscan prolongarse de manera extensa: la ópera con sus obras que rebasan en muchos casos las dos horas de duración y la televisión que busca prolongarse años con sus fórmulas episódicas o seriales.

3.- Incluso si la película es fiel a los aspectos narrativos básicos (premisa, intriga, subtramas), ésta puede provocar una experiencia emocional e intelectual radicalmente diferente con respecto de la lectura de la obra literaria. No es lo mismo leer Las babas del diablo de Julio Cortázar que ver Blow up de Michelangelo Antonioni. Ya que se tratan de dos sistemas semióticos diferentes tenemos una conclusión elemental: la obra literaria es un sistema de signos verbales y el cine es un sistema de signos visuales y auditivos. La verdad es que el cine usa algo que es connatural a su esencia: las imágenes. Para que el cine exista debe por naturaleza ir más allá del lenguaje literario.

4.- La noción de fidelidad contiene una falacia: supone que el texto literario tiene una esencia escondida que se puede extraer y que puede ser comunicada en el proceso de adaptación. Sin embargo, esa esencia es evanescente, y variará en su aprehensión con respecto de cada lector. Esa esencia puede tener múltiples lecturas y también variará de una época a otra, ya que mientras mayor sea el tiempo que ha pasado desde la publicación de la obra, menor será la reverencia hacia el texto primigenio. Aquí entra la idea de Robert Stam con respecto a la sobrevaloración de lo antiguo. El respeto al texto canonizado. El pensar que lo viejo es mejor que lo nuevo, o sea, que la literatura es mejor que el cine o que la televisión. Resulta que estos clichés apuntan a una costumbre muy acentuada de sacralizar a la literatura. La idealización del pasado tiene que ver también con el desconocimiento de la tradición o de la historia.

5.- Otro aspecto no explorado de la fidelidad tendría que incluir la siguiente reflexión: ¿no debería el director del filme tener una grandeza similar a la del escritor adaptado? Esa estatura estética podría exigir una gran capacidad narrativa por parte del cineasta y en el hecho inevitable de tener por lo menos un clásico en su filmografía[88]. Si el director no cumple con estos requisitos, el filme podría no llegar a convertirse en una mera ilustración o sombra imprecisa del original.

6.- Coincidimos con Robert Stam cuando asevera que se debe dejar de lado la noción de fidelidad al original y que se debe prestar más atención al dialogismo (la idea es de Bajtin), es decir, al diálogo que tiene la obra con sus lectores, críticos y guionistas. Lo que vale es la multiplicidad de lecturas que se genera en cada espectador.

7.- La fidelidad es un mito que se derrumba en el mismo momento en que estamos conscientes de las diferencias técnicas que existen entre crear un filme y escribir una obra literaria. Si filmar es un acto distinto de escribir, entonces el resultado no va a ser idéntico al de la obra literaria.

Hay que desterrar la noción de fidelidad como indicio de una supuesta falta de imaginación y hay que acabar con la idea de la reescritura como resultante de una supuesta traición al original. Nadie se pone a criticar a la Literatura cuando un escritor reelabora temas ya planteados por otras épocas. William Shakespeare no fue cuestionado por recrear historias de la Historia. Nadie lo puso en el paredón diciendo que su Hamlet no es fiel a los anales de la historia de Dinamarca. El cine, en cambio, es blanco inmediato de críticas debido a ese mito de que es un parásito de la literatura.

8.- El término adaptación debería ser más amplio y no conformarse con el campo del guión. Se debería invadir los terrenos de la música, la puesta en escena, la fotografía y hasta la actuación. Podría afirmarse de un filme que la música es inspirada en Bach o Mozart. También se puede asegurar que los actores tienen una clara inspiración del estilo de Stalisnavki[89]. La dirección de fotografía puede ser una adaptación de la pintura barroca (se puede citar a Caravaggio[90] o a Rembrandt[91]). La puesta en escena puede recordar al teatro brechtiano[92]. La adaptación, por lo tanto, no puede limitarse únicamente al guión y su inspiración literaria, sino también a los otros aspectos: el musical, el visual, el actoral y tantos otros.

9.- El valor del filme reside en la distancia que existe entre él y el texto literario. Aquí entra una idea de Orson Welles: « ¿Para que adaptar cinematográficamente una novela si no tienes nada nuevo que decir sobre ella?». Esto significa que una película es valiosa en la medida en que realiza aportes que no están en la obra original.[93] Ir al cine a ver una transcripción de un texto literario es un acto vacuo y demuestra falta de creatividad de parte de los realizadores.

10.- El proceso de lectura del adaptador no debe ser criticado de la forma en que se lo ha venido haciendo hasta ahora. Es preciso respetar lo que ha hecho el adaptador porque es su lectura, su interpretación personal de la obra literaria. Lo importante es el proceso de lectura del espectador que conoce la obra literaria o que va a ella después de contemplar el filme. Lo ideal es que se cotejen las dos lecturas de manera objetiva: la del espectador que deja de serlo para convertirse en lector y que va a transitar por el mismo camino recorrido por el adaptador. La lectura del espectador será una más como la del guionista y/o cineasta. En la multiplicidad de sentidos que se consiga arrancar del cotejamiento de textos estará la riqueza de los mismos.

11.- Hay que desacralizar la supuesta subordinación de la adaptación a la literatura, para así bajar del pedestal al libro y ponerlo al mismo nivel de su espejo cinematográfico. Por tratarse de dos lenguajes diferentes (el del filme y el del libro) se concluye que el espejo no siempre devuelve una imagen completa de la obra literaria. Es más, para que sea posible una adaptación, la metamorfosis es la condición sine qua non. Sin transformación no hay trasvase.

12.- Tanto cine como literatura no son artes antagónicos, son siameses. Hay que desterrar (y aquí retomamos una vez más a Stam) la creencia generalizada de que dos modos de representación (cine y literatura) están en conflicto entre sí buscando una supremacía. Los medios no se contraponen, se alimentan; no luchan, se nutren entre sí. Si hay semejanzas expresivas entre dos artes o entre dos medios no puede haber antagonismo.

De ahí que hemos titulado este ensayo Palincesto entre cine y literatura, es decir, hay un amancebamiento entre dos códigos hermanos que comparten elementos que podrían ser tema de otro ensayo. La idea del palimpsesto (tratada en páginas anteriores como una solución al problema de la adaptación), o sea, de la reescritura, es también fundamental porque de eso se trata al fin y al cabo: reescribir el original literario tomando en cuenta que el cine se alimenta no solamente de la literatura, sino también del teatro, la música, la pintura y la fotografía y últimamente de la televisión y el video digital. A su vez, todos estos medios se alimentan del cine. El incesto es múltiple. La sinergia completamente enriquecedora.

NOTAS


[1] El término séptimo arte pertenece al teórico italiano Riccioto Canudo en su Manifiesto de las siete artes (1911).

[2] David Wark Griffith (1875-1948). Director norteamericano de El nacimiento de una nación e Intolerancia donde sienta las bases de la sintaxis cinematográfica.

[3] Las adaptaciones literarias al cine: un debate permanente (Revista Comunicar, Colectivo Andaluz para la Educación en Medios de Comunicación, Huelva, octubre, número 017 páginas 65-69, año 2001).

[4] Poeta, novelista y cineasta italiano. Autor de El evangelio según Mateo, El Decamerón, Las mil y una noches.

[5] Fase del guión en el que se plantea a la manera de una narración cuasi literaria cuál debe ser el tono, atmósfera, género y puesta en escena de un filme.

[6] El texto se titula Un escritor indigno y fue publicado originalmente en la revista Tempo el 22 de julio de 1973. Se lo puede leer en  http://www.geocities.com/callada_manera/antologia/pasolini2.htm

[7] Escritor norteamericano de literatura fantástica, nacido en EE.UU. en 1920. Entre sus obras más importantes llevadas al cine están Fahrenheit 451 y El hombre ilustrado.

[8] Hunter of metaphors, incluido en la antología The writing life (Public Affairs, New York, 2003).

[9] BLUESTONE, George. Novels into film (1957).

[10] Según el libro Guinness de los récords, Stanley Kubrick ostenta el rodaje más largo de la historia del séptimo arte con los quince meses que le dedicó a Eyes wide shut (1998).

[11] Es muy fácil decir El libro es mejor que el filme. Lo difícil es probarlo.

[12] Diccionario CLAVE (Madrid, SM, 1998).

[13] Nació en España en 1957. Doctor en Ciencias de la Información y profesor titular de Historia del Cine en la Universidad Complutense de Madrid. Ejerce la crítica de cine en la revista Reseña y en la edición anual de Cine para leer. Entre sus numerosas obras están Desde que los Lumiere filmaron a los obreros (1996) e Industrias de la conciencia y cultura de la satisfacción (1995).

[14] SÁNCHEZ NORIEGA, José Luis. De la literatura al cine. Teoría y análisis de la adaptación (Barcelona, 2000, Paidós).

[15] Profesor de Estudios Cinematográficos en la Universidad de Nueva York y autor de Subversive pleasure.

[16] Traslación, lectura, dialogización, canibalización, trasmutación, transfiguración y significación. El cuarto término resulta tan negativo como los siguientes: infidelidad, traición, deformación, violación, saqueo y profanación. Nuevos conceptos de la teoría del cine (Paidós, Barcelona, 2000).

[17] Palimpsestos: La literatura en segundo grado (Madrid, Taurus, 1992).

[18] Play it again, Sam (1972), difundida como Sueños de un seductor, de Woody Allen usa este recurso al intertextualizar Casablanca (1942) de Michael Curtiz.

[19] Películas con epígrafes. Recuérdense los versos de Dylan Thomas que encabezan El lado oscuro del corazón (1993) de Eliseo Subiela: «La pelota que arrojé aún no ha tocado el suelo».

[20] Rosencratz y Guildenstern están muertos (1990) de Tom Stoppard metatextualiza Hamlet. De la obra de Shakespeare se han tomado dos personajes incidentales que en el texto de Stoppard son protagónicos.

[21] Policial, histórico, thriller, romántico, musical, etc. La architextualidad también alude a títulos anteriores del género. Por ejemplo: El beso de la mujer araña (1985) de Héctor Babenco alude a clásicos de los años cuarenta y cincuenta como Sherlock Holmes and the spider woman de Roy William Neill, The kiss of death de Robert Aldrich, The kiss of the vampire, Kiss of the tarantula, etc.

[22] Un hipotexto es un texto fuente. El hipotexto de Apocalipsis ahora de Francis Ford Coppola es El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad.

[23] Los textos dialogan entre sí, propone Mikhail Bajtin (1895-1975). Crítico literario y lingüista ruso. Estudió filosofía y letras en la Universidad de San Petersburgo, interesándose por la filosofía alemana. Junto a otros intelectuales integró el llamado Círculo Bajtin. Estudioso del pensamiento contemporáneo y de las nuevas corrientes de la ciencia. Problemas de la poética de Dostoievski es uno de sus libros fundamentales donde describe el aspecto polifónico y dialógico de las novelas del célebre autor ruso.

[24] The dialogical imagination (Austin, University of Texas, 1981).

[25] Neologismo bajtiniano que abarca tiempo y espacio en una acción narrada.

[26] Estudio de fenómenos sígnicos a través del tiempo.

[27] Estudio de un fenómeno sígnico en el presente histórico que lo genera.

[28] Semióloga francesa, además de filósofa, teórica de la literatura, femenista, sicoanalista y escritora nacida en 1941. Su obra, de gran complejidad, se enmarca por lo general en la crítica del estructuralismo (neo y post-estructuralismo), con influencias de Barthes, Foucalt, Lévi-Strauss, Freud y especialmente Lacan. Está casada con el escritor Philippe Sollers.

[29] Semiótica 1 (Madrid, 2000, Fundamentos).

[30] Estos términos son de Stam, Burgoyne y Flitterman-Lewis.

[31] La serie de películas Scary movie juega con frases tomadas de los fenómenos massmediáticos norteamericanos.

[32] Las persecuciones en el género de acción: Indiana Jones, James Bond, Misión Imposible y un largo etcétera.

[33] La noche americana (1973) de Francois Truffaut es una película que se refiere a sí misma. Es la historia sobre cómo se rueda un filme.

[34] Los filmes de Woody Allen, Ingmar Bergman y Federico Fellini caben en este apartado.

[35] Superman, El hombre araña, Misión Imposible, James Bond y un interminable etcétera.

[36] Serial televisivo cuya trama se desarrolla en Villa Chica con un Clark Kent adolescente.

[37] Términos literarios de origen germano que significan «novela de formación».

[38] Semiólogo ruso (1922-1993). Es la figura central de la llamada semiótica cultural y un reconocido teórico literario e historiador de la literatura de su país. Autor de La semiósfera (Madrid, Cátedra, 1979) y Estética y semiótica del cine (Barcelona, Gustavo Gili, 1979).

[39] Estructura del texto artístico (Madrid, Istmo, 1978).

[40] Filósofo alemán (1900-2002). Su proyecto tiene relación directa con la filosofía hermenéutica. Su logro residiría en descubrir y demostrar la naturaleza de la comprensión humana. Sostiene que el concepto de verdad está íntimamente ligado al de método y que no puede considerarse un concepto sin el otro.

[41] Diccionario Clave (Madrid, Editorial SM, 1998).

[42] GADAMER, Hans-Georg, Verdad y método I (Salamanca, Ediciones Sígueme, 1977).

[43] Carcaud-Macaire, Monique, y Clerc, Jeanne-Marie. 1994. Pour une lecture sociocritique de l’adaptation cinématographique: propositions métodologiques. Montpellier: CERS.

[44] «La exigencia de fidelidad que se le exige a una traducción no puede neutralizar la diferencia fundamental entre las lenguas (…). Como toda interpretación, la traducción implica cierto cegamiento; el que traduce tiene que asumir la responsabilidad de este cegamiento parcial».

[45] Traductor, traidor.

[46] Robert Alley (México, Grijalbo, 1973).

[47] Esta exposición se dio en Quito, en el Centro Cultural de la PUCE (Pontifica Universidad Católica del Ecuador) en el mes de octubre de 2005.

[48] Ver epígrafe de Truffaut que encabeza este trabajo en el que se le tilda a la adaptación de falso problema.

[49] Guionista y novelista francés nacido en 1931. Gran colaborador de algunos clásicos de Luis Buñuel como El discreto encanto de la burguesía, El fantasma de la libertad y Ese oscuro objeto del deseo.

[50] Clásico del cine francés de 1959 protagonizado por Jean Pierre Leaud.

[51] Le nuit americaine o Day for night, ganadora del Óscar al mejor filme extranjero de 1973, es una película sobre cómo se hacen películas. Metatextualidad al cabo y al fin.

[52] Marcas estilísticas de cada autor.

[53] Un amor de Swann (1984) de Volker Schlondorf.

[54] Escritor francés (1871-1922). Autor del ciclo novelesco En busca del tiempo perdido, verdadero fresco sobre la persistencia de la memoria.

[55] Under the vulcano (1984) es el penúltimo filme de John Huston. Lo protagonizó Albert Finney junto a Jacqueline Bisset.

[56] Poeta y novelista norteamericano (1909-1957). Autor de Bajo el volcán y Oscuro como la tumba donde yace mi amigo.

[57] Cineasta y dramaturgo sueco, nacido en 1918, ganador de cuatro Óscar al mejor filme extranjero. Entomólogo de la vida de pareja, filósofo fílmico de la condición humana. Entre sus títulos más importantes están El séptimo sello, Gritos y susurros, Persona, Fresas salvajes.

[58] Linterna mágica (Barcelona, Tusquets, 1988).

[59] Escritor cubano (1929-2005). Autor de La Habana para un infante difunto y Tres tristes tigres.

[60] Cineasta bonaerense, nacido en 1946 en Buenos Aires, autor de Pixote.

[61] Escritor argentino (1932-1990) tributario del séptimo arte. Aparte de El beso de la mujer araña, sus obras más reconocidas son The Buenos Aires affaire, Boquitas pintadas, Maldición eterna a quien lea estas páginas.

[62] «Cine literatura, literatura cine» en Cine o sardina (Madrid, Alfaguara, 1999).

[63] Semiólogo y novelista italiano, nacido en 1932, estudioso de los mass media y su influencia en la sociedad posmoderna. Entre sus títulos ensayísticos más importantes están La estructura ausente, Tratado de semiótica general, Los límites de la interpretación.

[64] Director de cine francés, nacido en 1943. Su filmografía cuenta con títulos como La guerra del fuego, El Oso, El nombre de la rosa y por supuesto El amante.

[65] Periodista, dramaturga, cineasta y novelista francesa (1914-1996). Autora de El vicecónsul, Moderato cantabile, El amante de la China del Norte.

[66] Cineasta británico afincado en Norteamérica (1899-1980). Filmes como Vértigo, Con la muerte en los talones y Atrapar un ladrón cimentaron su estatus como creador del suspense.

[67] Escritor norteamericano (1917-1994), autor del best seller Sicosis.

[68] Manera peyorativa (a lo Walt Disney) de nombrar a ese barrio periférico de Los Ángeles llamado Hollywood.

[69] Novela de Alejandro Dumas, padre.

[70] Director norteamericano (EE.UU., 1941) de éxitos comerciales como Waterworld (1995) y Robin Hood: prince of thieves (1991), ambas con Kevin Costner.

[71] Pintor y cineasta británico, nacido en 1942. Entre sus títulos más destacados están El libro de la almohada, El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante, Las maletas de Tulse Luper. Es el primer artista en aunar con éxito las artes visuales y el diseño gráfico con la cinematografía.

[72] Todas estas ideas se basan en la entrevista que el autor de este ensayo tuvo con Sir Peter Greenaway en el XXV Festival de Cine de Bogotá, en octubre de 2008.

[73] Actriz y guionista británica, nacida en 1959.

[74] Novelista británica (1775-1817).

[75] Cineasta italiano (1928-1997). Su obra más conocida es La gran comilona.

[76] El cine: arte o industria (Salvat, Colección Aula, Madrid, 1973).

[77] Tema para otro ensayo sería el de la adaptación de obras de teatro que exige otro tipo de aproximaciones teóricas

[78] Gone with the wind (1939) de Victor Fleming, basada en la novela de Margaret Mitchell. Actúan Clark Gable, Vivian Leigh, Olivia de Havilland y Leslie Howard.

[79] The old man and the sea del premio Nobel Ernest Hemingway.

[80] Traducida como El sueño eterno (Bruguera Libro Amigo, Madrid, 1981). Se trata de una de las obras paradigmáticas del novelista norteamericano Raymond Chandler. La adaptación de Howard Hawks en 1946 fue bautizada en español como Al borde del abismo.

[81] El halcón maltés (1941). La obra original de Dashiell Hammet fue adaptada por John Huston. Este filme supuso la cimentación de la carrera de Humphrey Bogart en sus roles del detective irónico y duro.

[82] Cineasta ítaloamericano, nacido en  1939, autor de El padrino, Bram Stoker´s Drácula, La ley de la calle.

[83] Marino y escritor británico de origen polaco (1857-1924).

[84]  Novela del escritor checo Milan Kundera que forma parte de una pentalogía constituida por La despedida, La Inmortalidad, La lentitud y La ignorancia.

[85] Cineasta norteamericano, nacido en 1936, que adaptó la novela de Kundera. Es también conocido por adaptar una obra de teatro sobre el Marqués de Sade (Quills) y por Henry y June que presenta el tumultuoso triángulo entre Henry Miller, su esposa June y Anais Nin.

[86] La novia desaparecida fue el título de distribución en español.

[87] SÁNCHEZ NORIEGA, José Luis. Op. Cit.

[88] El caso de Michelangelo Antonioni es pertinente. Antes de Blow up este artista que está a la altura de Julio Cortázar ya había hecho verdaderos hitos como La noche y  El eclipse.

[89] Constantin Stalisnavsky . Actor y director de teatro ruso que a principios del siglo XX desarrolló un método actoral basado en la memoria afectiva.

[90] Apodo de Michelangelo Merisi (1573-1610). Uno de los nombres claves de la pintura barroca. Autor de Baco.

[91] Rembrandt van Rijn (1606-1669). Grabadista y pintor de la escuela holandesa barroca. Autor de La lección de anatomía del dr. Tulp.

[92] De Bertold Brecht (1898-1956). Dramaturgo alemán que revolucionó el arte de las tablas con su teoría sobre el distanciamiento.

[93] «Si admitimos el aporte creador de toda lectura», escribe Edmond Cros en el prefacio al trabajo de Monique Carcaud-Macaire y Jeanne-Marie Clerc, «debemos considerar de manera diferente la naturaleza del texto, y trasladar la problemática propia de la adaptación. Esta última se caracteriza por su cualidad ‘diferencial’: las diferencias, más que las semejanzas, hacen sentido, y son ellas las que requieren ser analizadas».

HIPOTEXTOS

 AUMONT, Jean y MARIE, Michel. Análisis del filme. Paidós, Barcelona, 2004.

CASCAJOSA VIRINO, Concepción Carmen. El espejo deformado: Una propuesta de análisis del reciclaje en la ficción audiovisual. Revista latina de Comunicación Social No. 61. Enero-diciembre de 2006.

http://www.ull.es/publicaciones/latina/200605cascajosa.pdf

Diccionario CLAVE (Madrid, SM, 1998).

GADAMER, Hans-Georg, Verdad y método I. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1977.

GENNETTE, Gerard. Palimpsestos: La literatura en segundo grado. Taurus, Madrid, 1992.

KRISTEVA, Julia. Semiótica 1. Fundamentos, Madrid, 2000.

LOTMAN, Yuri. La semiósfera. Cátedra, Madrid, 1979.

———, Estética y semiótica del cine. Gustavo Gili, Barcelona, 1979.

METZ, Christina. Ensayos sobre la significación en el cine (1964-1968). Volumen 1 y 2.  Paidós, Barcelona, 2002.

RESTOM PÉREZ, Marcela Patricia. Hacia una teoría de la adaptación. Cinco modelos narrativos latinoamericanos.

 http://www.tdx.cbuc.es/TESIS_UAB/AVAILABLE/TDX-0728105-142452//mprp4de4.pdf

RODRÍGUEZ MARTÍN, María Elena. Teorías sobre adaptación cinematográfica. Monografía que se encuentra disponible en el siguiente sitio web http://cuentoenred.xoc.uam.mx/cer/numeros/no_12/pdfs/maelena_rodriguez.pdf.

SÁNCHEZ NORIEGA, José Luis. Las adaptaciones literarias al cine: un debate permanente. Revista Comunicar, Colectivo Andaluz para la Educación en Medios de Comunicación, Huelva, octubre de 2001, número 017. p. 65-69.

Haz clic para acceder a 15801709.pdf

——-, De la literatura al cine. Teoría y análisis de la adaptación. Paidós, Barcelona, 2000.

STAM, Robert, BURGOYNE Robert y FLITTERMAN-LEWIS, Sandy. Nuevos conceptos de la teoría del cine.  Lumen, Barcelona, 1999.

WOLF, Sergio. Cine/Literatura: Ritos de pasaje. Paidós, Buenos Aires, 2001.

ZAVALA, Lauro. Permanencia voluntaria: El cine y su espectador. Xalapa, Universidad de Veracruz, 1994.

Texto publicado por Editorial Quadrilátero con un error. No se respetó el título PALINCESTO y se procedió a poner PALIMPSESTO sin consultar con el autor. Ni siquiera se le dio acceso a las galeradas, derecho elemental al que tiene todo escritor.

Del caleño Andrés Caicedo (1951-1977) se ha escrito demasiado. Que su vida acaso rebasó su obra. Que se suicidó a los 25 años porque no tenía más que decir literariamente («vivir más de 24 es una insensatez»). Que deseaba ser recordado joven después de dos intentos fallidos de suicidio. Que todo lo que un escritor debe leer a esa edad él ya lo había consumido con un riguroso plan de lecturas. Que en diez años logró una de las obras más singulares de la literatura del posboom. Que fue el precursor de la literatura urbana en Colombia. En este artículo vamos a reseñar su obsesión por el cine. Si era un gran escritor o no, es un tema que no se lo va a tocar. Hay preguntas sueltas que no vamos a responder: ¿No era el típico escritor joven que muere y es ascendido a la categoría de mito? ¿Es su estilo informal, oral y poco trabajado algo que realmente merece la pena? ¿Aparte del cuento Los dientes de Caperucita y Que viva la música hay algo más que merece ser tomado en serio en la producción de Caicedo? ¿No estaba recién empezando a gestar una obra que quizá podía alzar vuelo en el futuro? En fin…

Al séptimo arte Caicedo llego por la vía de la Tv y las salas comerciales de su ciudad natal. También se dedico al teatro con un grupo de universitarios poniendo en escena obras de Andrés Caicedo, por supuesto, a más de Edward Albee, Eugene Ionesco y Harold Pinter. Escribió criticas de cine para los periódicos El País, Occidente y El pueblo y para las revistas Hablemos de cine, Gaceta y Ojo al cine. Esta última fue un folleto que luego se convertiría en una de las publicaciones especializadas más importantes de su género en Colombia. Además, fue uno de los pioneros del cineclubismo en Colombia con funciones semanales en las que los espectadores tenían que someterse a su gusto y a un texto escrito por él que se repartía a la entrada.

Que viva la música, la única novela que publicó en vida, tiene sus raíces no solo en la música como ya lo plantea su titulo tomado de una canción de Ray Barreto, también tiene su asidero en las diversas formas del guión cinematográfico. El tratamiento del dialogo chispeante, condensado, preciso, breve… Y, obviamente, la pléyade de referencias a películas por doquier como sucede en cuentos como Los destinitos fatales (guiño de ojo al título de distribución en español de un filme de Roger Corman), El espectador (sobre un solitario cinéfilo que ansia comunicarse con otro cinéfilo y al ser confundido con un homosexual recibe una soberana paliza), En las garras del crimen (donde se ve la influencia del cine noir) y Calibanismo, incluidos en Calicalabozo, compilación que apareció con el sello de Norma en el 2008.

Su pasión por el cine lo llevó a Caicedo a dirigir con Carlos Mayolo un largometraje titulado Angelita y Miguel Ángel (1972) que nunca fue concluido. El Grupo Editorial Norma nos trae tres relatos donde vuelven a aparecer los personajes del título fílmico: Angelitos empantanados (o historias para jovencitos).

En 1974 Caicedo emprende un viaje a Estados Unidos que marcaría a fuego su breve existencia. Con cuatro guiones de largometrajes escritos por él mismo, va en búsqueda de Roger Corman, el director maldito de célebres películas clase B. No logra contactarlo. Los guiones, traducidos por su hermana, se quedaron en el papel y nunca llegaron a las manos de Corman, uno de los adaptadores más importantes de Edgar Allan Poe, admirado escritor de Caicedo (siempre andaba con el mamotreto de los cuentos completos del autor de Berenice traducidos por Cortázar).

El viaje no fue en balde. Tanto en Los Ángeles como en Nueva York Caicedo tuvo la chance de ver cuanto cine pudo. Fue entonces cuando inició la redacción de un diario al que tituló Pronto: Memorias de una Cinesifilis que pretendió convertir en novela. Durante su estadía en Norteamérica intentó entrevistar por todos los medios al mítico Alfred Hitchcock pero tuvo que conformarse con el premio consuelo de entrevistar a Sergio Leone, el gestor de los western spaghetti.

En El cuento de mi vida (memorias inéditas), también rescatado por Norma, confiesa lo siguiente: «Antes de acostarme, ya empiyamado y todo, vi pedazos de Lolita de Kubrick, muy buena película. Así es como voy a ser yo cuando esté viejo, como el pobre James Mason en el film, un escritor que gusta de leer a Poe, que gusta de Ulalume y deseando el sexo de las niñas, porque yo me sentiré de la misma edad de ellas, y trataré de acercármeles cariñoso, pero total las aterrorizaré siempre. Y sentiré, como él, el más profundo desprecio por las mujeres de mi misma edad».

Nunca llegó a esa edad, como todos sabemos.

Sin salir de la puerta

se conoce el mundo.

Sin mirar por la ventana

se ve el camino del cielo.

Cuanto más lejos se va,

menos se aprende.

 

Con este epígrafe del Tao Te King de Lao Tsé empieza el filme cubano El viajero inmóvil (2008), homenaje a una de las figuras más importantes de la cultura universal, un escritor cuya novela Paradiso figura entre las cinco más influyentes de la literatura según la revista TIME. Se trata de José Lezama Lima, uno de los máximos símbolos de la cubanidad. Su novela Paradiso, publicada en 1966, está escrita con un poderoso aliento poético y a la manera de una novela de formación tiene como personaje al joven José Cemí. Ese apellido es, obviamente, un juego a lo Flaubert que dijo Madame Bovary ce moi (Madame Bovary soy yo). Ce moi suena como a Cemí.

Lo que interesa de Lezama es su cosmopolitismo ejercido prácticamente sin moverse de La Habana. Sus poemas, ensayos y sus dos novelas parecen ser una ilustración de una frase de Tolstoi: “Si quieres ser universal pinta tu aldea”. En una entrevista con Tomás Eloy Martínez, el peregrino inmóvil -como se lo apodaba a Lezama- afirmó lo siguiente:

Es que hay viajes más esplendidos: los que un hombre puede intentar por los corredores de su casa, yéndose del dormitorio al baño, desfilando entre parques y librerías (…) Casi nunca he salido de mi ciudad (…) Yo no viajo. Por eso, resucito.

Y es la verdad. Salvo tres breves viajes (uno a Kingston, Jamaica; México y Estados Unidos) Lezama nunca salió de su terruño. Parece que seguía a cabalidad un pensamiento de Pascal del siglo XVII:

(…) toda la desgracia de los hombres procede de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en una habitación.

En el siglo XVIII otro escritor francés practica también a la perfección el pensamiento pascaliano y escribe un libro en el que decide contar las peripecias de un recorrido dentro de su cuarto. Viaje alrededor de mi cuarto se titula el libro de Xavier de Maistre en el que escribe lo siguiente:

El placer que uno siente viajando por su habitación está libre de la envidia inquieta de los hombres; es independiente de la fortuna (…) Dignaos acompañarme en mi viaje, caminaremos poquito a poco, riéndonos, a lo largo del camino, de los viajeros que han visto Roma y Paris; ningún obstáculo podrá detenernos, y, entregándonos alegremente a nuestra imaginación, la seguiremos por todas partes a donde le plazca conducirnos.

Dejemos de lado por un momento las citas cultistas y consignemos una anécdota que puede darnos luz sobre la dicotomía localismo versus globalización. Un periodista pesado y superficial me llamó para decirme que había buscado en Internet información sobre Tomás Piard y que estaba preocupado porque El viajero inmóvil no estaba incluido en ningún circuito internacional y menos aún estaba incluido en los grandes festivales de cine del mundo. La verdad es que Lezama tampoco necesitó salir de su entorno. Al igual que Lao Tsé, Piard sabe que sin salir de la puerta se conoce el mundo. Esto me lleva a recordar una anécdota. Cuando le preguntaron al poeta francés Henri Michaux por qué no estaba satisfecho con los tirajes de miles de ejemplares de sus poemarios, él respondía: “Lo que yo quiero es volver a las ediciones de cien plaquetas”. Me gustaría dar otro ejemplo. En la película Los hombres blancos no saben saltar sobre basquetbolistas callejeros, el personaje de Wesley Snipes dice: “Soy tan gran jugador que jamás firmaría un contrato con la NBA. Una vez Michael Jordan vino a verme jugar y me dijo: Deberías venir a mi equipo. Yo le respondí: Jamás ensuciaré mi juego rebajándome a jugar en las grandes ligas”. Aunque no he hablado con Tomás al respecto sospecho que lo que menos le interesa a él es la internacionalización, esa palabreja que tanto atormenta a los artistas que viven empeñados en forjar una carrera pictórica, musical o literaria, según la parafernalia del mercado y la globalización.

Dejemos de lado las diatribas anti cosmopolitas. Hablemos de religión. Si son creyentes, sabrán que en el santoral de hoy se recuerda a San José. El santo del silencio, como algunos le dicen. Y así como era padre putativo de Jesús, el otro José, José Lezama Lima es el padre putativo del estreno de El viajero inmóvil en Ecuador. Mientras en Guayaquil se celebra esta premiere, en La Habana, en la calle Trocadero número 162, en la Casa-Museo Lezama se realiza simultáneamente un homenaje al más grande escritor de Cuba.

El filme de Tomás Piard que se estrena esta noche en Ecuador es muy cinta muy compleja, es barroco Caribe, laberinto sin entrada ni salida. No es de fácil recepción. Es un homenaje de 85 minutos a la novela Paradiso de Lezama y al igual que esa obra literaria la película resulta de una gran densidad y hermetismo. Que nadie espere entendimiento total. La poesía –más aún cuando es visual- no es para aprehenderla de primeras a buenas. Lo mejor del filme es la manera en que Piard adapta con un lenguaje visual personalísimo una novela que es un monumento a lo barroco. Piard no traduce los simbolismos lezamianos, los interpreta, y jamás repite en imágenes lo que el escritor ya dijo en buena literatura.

“Sólo lo difícil es estimulante”, dijo alguna vez Lezama y el espectar este filme cumple a cabalidad con ese precepto. Hay que aceptar el desafío de ver este filme como un ensayo literario por la cantidad y calidad conceptual. Hay personajes que reflexionan desde la filosofía o las ciencias del lenguaje. Aparecen entrevistas a intelectuales cubanos que hablan de la vida y la obra lezamiana. Esto la hace un documental. La historia a ratos es inmóvil puesto que se encierra en una estética teatral y usa recursos propios del teatro de Brecht. La narración es a ratos inmóvil, repito, pero añado: móvil en su exploración multigenérica.

Un par de escenas tienen un sentido operático, más aun por ciertos movimientos corporales de los personajes que la acercan a la danza. La lirica está también presente con sus imágenes sugestivas, oníricas, sus figuras literarias tan visuales, sus simbolismos enigmáticos. Hay sueños diurnos que son de gran vuelo poético. Hay también cabida para las pesadillas que tienen mucho de la Comedia de Dante. La fotografía es también fundamental en este filme que usa varios tipos de iluminación y cromática. Azulada. Amarillenta. Rojiza. En este aspecto lo visual no tiene nada de inmóvil. Siempre va de una coloración a otra, tan heterogénea que parece que un director distinto filmó cada secuencia.

Hemos dicho ensayo filosófico y literario. Teatro. Danza. Opera. Poesía. Fotografía. También tenemos que decir cine aunque sea filmado en vídeo digital. Cine a la manera de Godard que gustaba de mezclar la ficción con el documental como en las escenas en las que aparecen escritores cubanos reflexionando sobre la importancia de Paradiso en la cultura contemporánea. Si alguien espera ver posiciones oficialistas o reflexiones sobre la revolución cubana esta es la película menos indicada. Uno de sus valores radica en la posibilidad de hablar de Lezama desde su cubanía pero de una manera cosmopolita, sobre todo cuando se tocan los mitos griegos. En este sentido es de especial valor estético la escena en la que aparecen Proserpina y Orfeo.

Una pista sobre el personaje principal. Carece de nombre. Es un joven estudiante de Filología que realiza una investigación sobre Lezama. Nunca oiremos una palabra de boca de este personaje. Todo está visto desde su óptica particular. Es el joven curioso que tiene la capacidad de entrar y salir de escenas familiares de la familia Lezama; es el muchacho apolíneo que toma parte de escenas arrancadas de la novela Paradiso. Como aquella en la que participa en las manifestaciones estudiantiles reprimidas con brutalidad el 30 de septiembre de 1930. Se trata de una secuencia más o menos larga de las protestas juveniles que se efectuaron contra la tiranía de Gerardo Machado. Incluso veremos un personaje ensangrentado que a la manera de un san Sebastián lidera la revuelta estudiantil. El lenguaje casi homérico de Lezama para describir este episodio político es tratado por Piard como si Eisenstein estuviera operando la cámara.

Lo erótico resulta otro de los aspectos más importantes del filme. Las escenas sexuales están coreografiadas con una exquisitez operática. Me atrevo a decir que nunca antes se había tocado en Cuba el tema sexual de manera tan abierta, no solo por la genitalidad expuesta, sino también por actos de homo y heterosexualidad que se ven en la pantalla. Los miembros masculinos semiflácidos no son gratuitos en este filme. A ese entrañable maricón que fue Lezama le gustaba describirlos con un gusto muy helénico. Piard realiza escenas de una delicadeza impensables en un Fassbinder. Los onanistas tendrán algunas imágenes para la soledad con hermosos cuerpos femeninos que aparecen en el interior de la Catedral de La Habana. Estas escenas deben escribirse con x, x de buen gusto. Cual historiador del arte Tomás ha logrado que los cuerpos desnudos estén conectados con la estatuaria griega. Como si entráramos a la sala grecolatina de un museo, admiramos con curiosidad esos cuerpos que parecen estatuas móviles que se regodean en lo orgiástico.

Para concluir encendamos una vela por san José. Por san José Lezama Lima, el santo de la palabra desbordante, el peregrino de la calle Trocadero. Si Tomás Piard logró captar o no la esencia de Paradiso llevará a algunos a la trillada e inútil pregunta sobre que es mejor: ¿El huevo o la gallina? ¿La obra cinematográfica o su original literario? Trillada porque estamos ante dos lenguajes diferentes: el cinemático y el literario. El viajero inmóvil es una fiesta de la cubanía, un homenaje plurigenérico al habanero cosmopolita, una invitación para que las nuevas generaciones descubran ese macrocosmos que es Paradiso. No interesa el viaje. Lo que importa es el sinnúmero de mundos a los que se puede viajar desde la inmovilidad. No importa el viajero, lo que interesa es el trayecto. Bien lo dijo Lezama: “Lo importante es el flechazo, no el blanco”.

Juno (2008) es la segunda película de Jason Reitman. La primera fue la sátira anti consumista Thank you for smoking (2005), sobre un vocero tabacalero (Aaron Eckhart) que instaba a la gente a fumar y defendía con argumentos bizarros pero contundentes el consumo del cigarrillo.

Juno, bautizada en nuestro medio con el obvio título de Embarazada por accidente (pero es el de la televisión pagada que la exhibe como Juno: Crecer, correr y tropezar) viene con algunos premios internacionales a cuestas (incluyendo el del Oscar al mejor guión original para Diablo Cody), a más de cientos de artículos a favor y en contra del tema del aborto.

Hay que decirlo de entrada: Juno McGuff (llamada así porque Juno es la diosa de la maternidad en la mitología romana) es una chica que tiene un embarazo no planificado y que en la antesala del aborto decide tener a su crío. Coincidencialmente se encuentra con un par de padres infértiles (Jason Bateman y Jennifer Garner) que deciden “comprarle el producto” que lleva en sus entrañas.

El filme toca en clave de comedia negra (Juno es uno de los personajes adolescentes más sarcásticos que ha dado la historia del cine gringo) el tema de la madre subrogante o si quieren una variación inteligente del vientre de alquiler (casi pongo “del arquitecto”).

La actriz canadiense Ellen Paige es el espectáculo más grande de este pequeño filme. Esta adolescente —a quien vimos previamente en Hard candy (2005) como la chica que tortura a un acosador sexual de adolesentes— realmente vale la nominación que la Academia le endosara en el año 2008. Con solo veinte años y dos filmes a cuestas ya se perfila como una de las actrices más promisorias de su promoción. Y no lo digo yo. Lo dice Roger Ebert, el pontífice de la crítica norteamericana del Chicago Sun. El personaje de Juno es una adolescente ingeniosa, de mentalidad rápida, asertiva, poco convencional, excéntrica, socarrona y con una panza muy grande.

La segunda persona responsable de la calidad de Juno (aunque debería ser la primera) es Diablo Cody (seudónimo de Brook Busey), ex stripper, ex operadora de una línea caliente (1-800-SEX). Gracias a Diablo (vaya nombrecito) tenemos un guión celestial (oscarizado) en el que el humor fluye de manera natural, primero como una teenage movie (película de adolescentes) y termina como una deformada screwball comedy (el futuro padre subrogante se enrola sentimentalmente con Juno).

Otro responsable de la frescura de este relato poco convencional de un tema tan manido es su director. Hijo de Ivan Reitman (director de Cazafantasmas, Un detective en el kínder, Gemelos, Junior y Seis días y siete noches), Jason fue un privilegiado que creció en el mundo de la producción cinematográfica. Siempre estuvo en el set de los filmes de su padre e incluso de niño apareció fugazmente en Cazafantasmas. Después de graduarse en la Universidad de Southern California como director de cine (¿de qué más se va a graduar sino de cineasta?), se lanzó a hacer cortometrajes para finalmente debutar con Thank you for smoking.

Escenas memorables: la forma en que la joven le cuenta a sus padres que va a tener un hijo. El momento en que descubre que está embarazada. Y el giro final tan súbito e imprevisto.

Es lo menos que se puede decir sobre esta pequeña película.

LARGA VIDA AL REY LAGARTO

 “Vi a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas, arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo,”, dicen los primeros versos de Aullido (traducción de Rodrigo Olavarría), poema emblemático del pontífice beatnik Allen Ginsberg. Una de esas mentes destruidas fue la de Jim Morrison (1943-1971), el último sex symbol, el último poeta, el ultimo chamán, el Rey Lagarto (the lizard King), el último bardo, el último Dionisio en pantalones de cuero, líder y vocalista de The doors (1965-1971).

Awake, shake dreams from your hair my little sweetheart. Choose the day, choose the sign of your day. The day’s divinity. Ver The doors (1991) de Oliver Stone es sacudir polvo de sueños que amenazan con destronar a la divinidad del día. De cualquier día. Vista en su momento de estreno resultó toda una experiencia sensorial. Verla ahora, con más calma, es poner a un documento visual donde debe de estar: es un homenaje sentido a un grupo emblemático de los sesenta, sobre todo a su líder James Douglas Morrison.

La entrada de The Rolling Stone Enciclopedya of rock and roll  (2003), en la página 278, tiene el siguiente preámbulo en las dos páginas dedicadas al grupo californiano: “Sexo, muerte, reptiles, carisma y una variante única de blues eléctrico dio a The Doors un aura de profundidad que no solo sobrevivió sino que ha durado más de treinta años después de la muerte de su vocalista. Las letras de Morrison se leían como delirios adolescentes pero muy cargados de sexualidad deliberada. El seco órgano de Manzarek y la guitarra jazzística de Robby Krieger se convirtieron en una leyenda poderosa con una música que era casi una invocación chamanística a fuerzas familiares y al mismo tiempo demoníacas, y en el caso de Morrison una obsesión por el exceso y por ende con la muerte”.

Nunca mejor dicho. Bien resumida el alma de este grupo paradigmático. Las letras de Morrison eran verdaderos poemas en un estilo simbolista que recordaba a Rimbaud y William Blake. De este último tomaron el nombre del grupo. En Matrimonio entre el cielo y la tierra Blake pregonaba que «si las puertas de la percepción se abrieran, cada cosa aparecería ante los ojos del hombre como son, infinitas. Pero el hombre se ha encerrado sobre sí mismo hasta que logre ver las cosas a través de las estrechas grietas de su caverna” (traducción de Marcelo Báez).

El encargado de la biopic  (biographical picture) de The doors es Oliver Stone, ex veterano de la guerra de Vietnam, terrorista por naturaleza, subversivo del lenguaje cinematográfico. Un experto en crear escándalos, un provocador profesional, eso es para algunos este cineasta de apellido de piedra. Su disección del asesinato de  JFK (1991) fue piropeado como “una relato político contado por Costa Gavras y montado por Eisenstein”. Su Peloton (1986) fue galardonada con cuatro Oscars de la Academia (lo que sea que eso signifique ya que dicho premio no es precisamente un honor en estas épocas). Fundamentales en su filmografía son Wall Street  (1987) con Michael Douglas y también Salvador (1986), con James Woods.

Asesinos por naturaleza (1995), escrita por Quentin Tarantino, fue celebrada como una narrativa alucinógena y una crítica acérrima a los mass media, sobre todo a los reality y talk shows.

Después de estos seis filmes (The doors incluido) la carrera de Stone ha ido cada vez más en picada con filmes insulsos carentes de la fuerza inicial de su carrera.

Revisada después de dieciocho años, el filme de Stone sigue siendo una apología no tanto del grupo sino de su vocalista de quien se incluyen poemas en el metraje. Se interpolan, además, imágenes surrealistas y realmente sugestivas. Loable el intento de aunar la lírica de Morrison con la poesía visual de Stone. El problema con esta biopic es el concentrarlo todo en el joven vocalista que siguió el precepto de James Dean: “Live fast, die young”. Comienza en las playas de California donde conoció a Manzarek (ambos eran estudiantes de cine de la UCLA) y termina en París, con aguacero, para ser enterrado en esa versión francesa del Olimpo que es Pére-Lachaise. La intención es darle al personaje esa aureola mítica pero el abuso resulta poco soportable después de casi veinte años de haberla visto. Hay cosas que realmente sobran como la apología de la satiriasis de Morrison. La responsabilidad mayor del filme recae en Val Kilmer (nominado al MTV award por este rol) quien se arriesga a cantar con voz propia algunos de los temas musicales. Igual sigue siendo el único filme de ficción, hasta la fecha, sobre el grupo que ahora tiene nuevo vocalista. Destacan Meg Ryan en el rol de Pamela, la esposa del cantante y Kyle McLahlan como Ray Manzarek. Vale.

Joel y Ethan Coen son prácticamente los inventores del cine independiente. Desde su ópera prima, Sangre fácil (1984), hasta la recientemente premiada con el Oscar al mejor filme del año 2008, estamos ante un dúo que es esencial a la hora de hablar de la historia de la cultura visual en Norteamérica.

Son contados los casos que recogen los historiadores con respecto de la asociación de dos hermanos en la manufacturación de un filme. El caso más célebre es el de los hermanos Taviani (Padrone, padrone) en Italia. Acaso el más trillado sea el de los hermanos Wachowsky, que crearon la trilogía de The matrix. También funciona comercialmente el tándem de los hermanos Farrely, autores de las burdas Loco por Mary, Tonto y retonto, Irene, yo y mi otro yo.

Los comienzos de la carrera de los hermanos Coen ha sido dictada por los parámetros de la independencia económica y artística: presupuestos mínimos, apretados cronogramas de rodaje y actores poco conocidos. Como sucede con todo cine independiente, al final se vuelve dependiente del sistema, por lo que los Coen han terminado filmando con estrellas como George Clooney (Oh brother where are thou?, Intolerable cruelty) y Tom Hanks (El cuarteto de la muerte). Fue a partir de esta última película, estrenada en el 2004, cuando recién ambos hermanos pudieron firmar como directores. Antes de ese año, había una estricta prohibición gremial que impedía que más de una persona firmara como director. La autoría grupal (en este caso, dual) era desconocida en la legislación cinematográfica norteamericana. Antes de The lady killers (como se le conoció a El quinteto de la muerte), Ethan Coen sólo aparecía como guionista y productor.

Inventario de una carera memorable

Raising Arizona (1987) significó explorar en tono de comedia los roles familiares. Nicolas Cage interpreta a un ex presidiario que, al juntarse con una policía (Holly Hunter), deciden raptar a un bebé para poder llenar el nido de pareja.

The Hudscucker Proxy (1994) es una comedia sobre el mundo industrial. Con ciertos tintes chaplinescos de Tiempos modernos, los hermanos Coen hacen una crítica al sistema mecánico de producción en serie. El rol del tonto útil lo interpreta Tim Robbins que tiene que enfrentarse contra el líder industrial, interpretado por el fallecido Paul Newman.

En The Big Lebowski (1994), los hermanos Coen realizan una disparatada comedia protagonizada por Jeff Bridges. Él interpreta el rol de The Dude que es un vago que vive en los Angeles y que un día es confundido por un par de matones con el millonario Jeff Lebowski. Tras propinarle una paliza y orinarle en la alfombra, The Dude iniciará la búsqueda del Gran Lebowski para que le compre una alfombra nueva. Se trata de uno de los filmes más logrados de la larga carrera de estos hermanos.

En el año 2000 realizan otra obra maestra, O brother where are thou? (Oh, hermano, ¿dónde estás?), que se basa libremente en La Odisea de Homero. Los directores declararon de manera relajada que jamás leyeron el libro original. Detrás de esta broma hay una verdad: toda gran adaptación siempre debe derribar el texto original. El rol principal estuvo en manos de George Clooney que logró una de las mejores perfomances de su carrera interpretando a Ulysses McGrath.

En el año 2001 este par de hermanos logra uno de los puntos más altos de sus carreras. Estrenan The man who wasn´t there (El hombre que no estuvo allí). Esta película está en blanco y negro, iluminada al estilo de los años cuarenta, y está protagonizada por Billy Bob Thornton. Éste interpreta a un peluquero que se ve envuelto en un hecho de sangre (típico del cine de los Coen) y su repetorio de gestos (entre la apatía y el desdén) es un homenaje al mejor Humphrey Bogart.

En el 2003 Intolerable cruelty significó retomar a George Clooney como actor principal. Se trata de una comedia sentimental de enredos en la que un abogado experto en divorcios termina casándose con una manipuladora muy bien encarnada por Catherine Zeta Jones.

En el 2006 los hermanos Coen realizan el corto titulado Tullerías para un gran filme llamado Yo te amo París. Ellos forman parte de un equipo de dieciocho directores que realizan minúsculas historias de mayúscula calidad que son un homenaje a la ciudad luz. Steve Buscemi es en esta pequeña historia un turista que se encuentra en una estación de metro de París. Mientras espera el medio de transporte revisa postales y libros comprados en el Louvre, además de una guía de la populosa ciudad. Frente a él, del otro lado de la estación observa a una pareja de jóvenes tener una pelea sentimental. Sin proponérselo, el turista terminará formando parte de un triángulo tan absurdo como violento. Se trata de una ácida crítica a las metrópolis y a las percepciones equivocadas de los países ajenos al de uno.

Quizá los mejores títulos de esta fulgurante carrera sean tres: Fargo (1996), Miller´s crossing (1990) y Barton Fink (1991). La primera, que lleva la falsa pero irónica advertencia de estar ante una historia real, le dio al Oscar a Frances McDormand (esposa de Joel) como la detective embarazada que resuelve un hecho de sangre; la segunda, incursiona en el género de los filmes de mafia con muchos tintes líricos; la tercera, con John Turturro (actor fetiche de los Coen), disecciona irónicamente el mundo de los guionistas de Hollywoodlandia de los años cincuenta. Barton Fink ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes y terminó consagrando en Europa al gran dúo de artistas.

No country for old men

Vamos ahora a comentar la reciente cinta de estos hermanos Caradura que ganó cuatro premios Oscar (mejor filme, mejor director, mejor actor secundario y mejor guión adaptado). Basada en la novela del ganador del Premio Pulitzer, Cormac McCarthy, No country for old men es un análisis de una sociedad norteamericana cada vez más sumida en una franca decadencia y obsesionada por la competencia económica y la ansiedad por el estatus. Las brechas generacionales se hacen cada vez más grandes, parece decirnos el sheriff Ed Tom Bell, personaje de Tommy Lee Jones, al principio y al final de la historia. Mientras se aprecian paisajes desolados de Texas, se escucha la voz en off de Jones que encarna al sheriff del condado muy respetuoso de los valores tradicionales. Esa voz se muestra nostálgica por un pasado en el que no se necesitaban armas de fuego para hacer cumplir la ley, en contraste con un presente en el que el narcotráfico es una bomba de tiempo en las fronteras.

La droga conlleva una ambición desmedida por el dinero fácil. Esto llega a convertirse en la premisa dramática del filme. Josh Brolin interpreta a Lewellyn Moss, un ex combatiente de Vietnam que se encuentra por casualidad dos millones de dólares. Aquí entra en escena el personaje más fascinante del filme, Anton Cigurh, interpretado por el ganador del Oscar al mejor actor secundario, Javier Bardem. El actor español encarna a uno de los personajes mejor elaborados que ha dado el cine norteamericano en los últimos años. Se trata de un sicario despiadado que representa el lado opuesto del sheriff, carece de valores, es un perfecto sicópata que mata sin piedad a toda persona que se le cruza en el camino. Aquí también entra una modernización de las técnicas de matanza: Cigurh mata con una pistola de aire conectada a un tanque de oxígeno. Sin embargo, su sicopatía no le impide tener ciertos valores, como por ejemplo, un alto sentido del profesionalismo. Misión que se le encarga, es misión cumplida, aunque esta vez él también quiere quedarse con el dinero, al igual que el personaje de Josh Brolin. Hay también un respeto hacia el azar o buena fortuna en la escena en la que decide si debe matar o no a alguien echando una moneda al aire. Esta pincelada de humor negro hace de éste un personaje más rico.

El sentido de la historia es evidente: se nos presenta como una crítica a una sociedad cada vez más arribista. El pisotear al otro no es más que un deporte nacional y global. La carrera por el dinero hace que todos antagonicen entre sí. Es una nación que ha enseñado a sus ciudadanos que la acumulación del capital es la razón de existir. De allí que en esta crítica al american way of life salga indemne únicamente el personaje del sheriff que tiene una conversación vital en la última escena. Es una charla entre viejos que habla de la nostalgia de los que se fueron. Es una constatación de que Norteamérica no es un país para ellos. El título en español, No hay lugar para los débiles, resulta acertado en la medida que estamos ante personajes aguerridos, ambiciosos, que se embarcan en una empresa que debe ser concluida. Norteamérica exige que sus ciudadanos sean osados y que no escatimen esfuerzos pisoteando la cabeza de alguien para llegar a la cima. Vale el Oscar.

 Cuando Mel Brooks terminó de ver la fábula postapocalíptica Eraser head (1977) lo primero que hizo fue abrazar al autor de esa ópera prima y decirle: «I love you, madman». Fue el comienzo de una gran amistad. A menos en términos financieros. Del hecho de que le gustara Cabeza de borrador dependía que el exquisito comediante, autor de La loca historia del mundo, produjese El hombre elefante (1980).

¿Cómo definir a este madman de copete abundante en la testa? David Lynch (EE.UU., 1946) es un pintor que plasma pesadillas, sueños diurnos, ensoñaciones, en el lienzo de la pantalla. Mundos obsesivos, sórdidos, extravagantes, bizarros. Para quienes no lo conocen es un hombre formado en bellas artes, excelso dibujante y escultor, fotógrafo de sus primeros cortos; editor, compositor y sonidista de su ópera prima. Diseña muebles y paisajes sonoros (landscapes sounds), escribe letras de canciones y de cuando en vez dirige comerciales (hizo uno memorable para ADIDAS), videos musicales (hizo una versión de  Wicked game para Chris Isaak) y algunos proyectos multimedia. Es un hombre tan despistado y ensimismado que cuentan que al conocer a Isabella Rosellini le dijo: «Es usted tan hermosa que podría pasar por una hija de Ingrid Bergman».

De El hombre elefante a Duna

La historia de John Merril, el hombre del rostro deforme como el de un elefante, parecía ser una historia hecha a la medida para el joven Lynch después de hacer Cabeza de borrador. Es el comienzo de un viaje hacia el estatus de cineasta de culto por una película de estética cuasi gótica en la que el blanco y negro es un fuerte componente visual. El trayecto se desvía radicalmente con una película de encargo que le permite visitar el género de la ciencia ficción con Duna (1984). Con el tiempo se arrepentirá de haber aceptado semejante responsabilidad. Después de todo, nadie quiere el enorme reto de ser parte de una megaproducción de cuarenta millones de dólares (doscientos al cambio actual) de Dino de Laurentis ( King Kong, Hannibal, Flash Gordon). El problema consistió en la dificultad de llevar al cine una novela tan voluminosa y con un millardo de personajes como la de Frank Herbert (distinguido nombre del Olimpo de la ciencia ficción). La desmesura de Duna radica quizá en su tono operático y su ambicioso diseño de producción, escenarios gigantescos, vestuarios fastuosos. El lado oscuro del filme acaso reside en los efectos especiales: demasiado rudimentarios,  definitivamente F⁄X (effects) anti Hollywoodlandia. No obstante, el filme debe ser visto en retrospectiva como una alternativa a Star wars (1977), una respuesta a la parafernalia light de George Lucas con su ciclo épico de moda; significa, además, el comienzo de una asociación fructífera con el actor Kyle McLahlan.

 De Terciopelo azul a Mullholland

 Con Blue velvet (1986), en cambio, deja una gran impronta en la memoria de la cultura. De una manera muy personal, el director desarrolla el tema del voyerismo. «Una historia de amor», declaró alguna vez, «en la que alguien espía en el cuarto de una mujer. Es un extraño ángulo para contar el misterio de un asesinato». Los ecos de La ventana indiscreta son evidentes. Lynch es lo que Hitchcock pudo haber sido si la época y la censura le hubieran permitido insertar todo tipo de aberraciones y abyecciones que están presentes en Terciopelo azul: el sádico Frank (Dennis Hopper) inhalando droga a través de una máscarilla, Jeffrey (Kyle McLahlan) que es obligado a desnudarse cuando es interrumpido en su labor de voyerista por la maltratada Dorothy (Isabella Rosellini), Dean Stockwell como el homosexual con los labios pintados de carmín que reparte besos a sus congéneres… Imágenes turbadoras al son de la canción fetiche que da título al filme. La Rosellini sintetizó bien la historia después del estreno: «Todos dicen que es una historia enfermiza, pero para mí es un estudio sobre el bien y el mal».

Llegando casi al final del camino debemos tropezar con Wild at Heart (basada en la novela homónima de Barry Gifford) distribuida como Corazón salvaje y que ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes en 1990. Esto, que habría resultado imposible dentro de la mojigata academia de Hollywoodlandia, hizo que Lynch subiera como la espuma y sea respetado por un espectro más amplio de espectadores. Con este título debuta en un género con el que llegará a identificarse, la road movie o película de carretera (The straight story significará años más tarde su retorno a este género). La pareja romántica de esta historia son Nicolas Cage y Laura Dern en sus roles de Sailor y Lula respectivamente (homenajes certeros a Elvis Presley y Marilyn Monroe). Al recibir el premio, Lynch hizo un comentario no exento de ironía: «El festival de Cannes es, en mi opinión, el mejor del mundo. En general, siempre he pensado que los europeos aprecian mejor las abstracciones». Esta declaración es una dura crítica contra el star system hollywoodense lleno de concesiones donde las películas no se dirigen, se gerencian.

Y por último, Mullholland Drive (2001) se erige como otro de los títulos paradigmáticos de este director que arriba campante a los sesenta años. Originalmente fue un piloto televisivo rechazado por la ABC. El gran desquite, sin buscárselo, fue ganar el premio al mejor director, otra vez en el Festival de Cannes. De seguro que el aparato medidor de rating de la gran cadena televisiva norteamericana se descompuso con la noticia de este nuevo premio.

En El camino de los sueños (como fue bautizado en español este filme) aparece una vez más la obsesión por la dicotomía realidad/ ensueño y surge nuevamente el problema de las etiquetas: thriller, drama, historia romántica sáfica… El vehículo para este nuevo relato es un par de actrices sensuales y de gran talento: la australiana Naomi Watts y la ex Miss Universo, Laura Harring, personajes intercambiables sumidos en un laberinto onírico concebido como un filme policial.

La versión del DVD de Mullholand tiene los siguientes consejos para entenderla. Parece una ironía. Lynch nunca va a ser linchado semánticamente. Su arte no es para entenderlo. Existe para empaparse de él. Secarse, quizás. Pescar un resfriado o una neumonía, en el peor de los casos. Veamos a continuación cuáles son los tips mientras hacemos un comentario entre paréntesis: 1.- Poner particular cuidado al inicio de la película, por lo menos dos pistas son reveladoras antes de los créditos (¿y las otras pistas no sirven de nada?). 2.- Considerar lo que sucede durante las tomas de la lámpara roja (¿Por qué no considerar lo que tiene lugar en todas y cada una de las tomas, no sólo en esta?). 3.- Recordar el título de la película para la que Adam Kesner está audicionando actrices (¿No se supone que un espectador inteligente logra recordar detalles tan vitales como ese?). 4.- Recordar el lugar donde ocurrió el accidente automovilístico (Bueno, esa sí estuvo difícil. A tomar apuntes entonces). 5.- ¿Quién entrega una llave a quién? ¿Por qué? (En los filmes de Lynch cuídate de que te den una llave. ¿Quién sabe cuántas cajas de Pandora puedes abrir con una sola de ellas?). 6.- Prestar atención a los siguientes objetos: un cenicero, una taza de café y una alfombra (Otra vez a usar una libretita). 7.- ¿Qué sucede dentro del club llamado El Silencio? (El nombre de ese lugar parece el título de un filme de Bergman). 8.- Notar qué sucede con el hombre que está detrás de Wilkes (Ya me cansé de comentar cada instrucción del DVD). 9.- ¿Fue el talento lo único que ayudó a Camilla? (Supongo que la respuesta que se espera es algo así como: Su cuerpo también ayudó). 10.- ¿Dónde diablos está la tía Ruth? (Y vaya usted a saber dónde está la pobre).

En busca del sentido perdido

Como en casi todas sus películas, Lynch partió de una imagen.  Si en Wild at Heart la inspiración es una casa en llamas que explosiona, la imagen que le obsesionó para concebir Sueños, misterios y secretos (otro título de distribución en español) es una señal de tránsito en la carretera nocturna. Ese signo contiene el nombre de Mullholland drive iluminado por los faros de un auto. Como en la mayoría de sus filmes la lógica común y silvestre debe ser desterrada. El espectador que busca un sentido está perdido. Los filmes de este cineasta linchan el sentido. Se busca una participación activa por parte del espectador ante una estilística tan personal donde no necesariamente todo tiene una explicación. La tradición judeocristiana ha calado en Occidente de tal forma que nada debe ser dejado sin una explicación lógica. Ni el mismo Lynch sabe a ratos cómo explicar  lo que hace. Una actriz en el set de la teleserie Twin peaks (traducida como ¿Quién mató a Laura Palmer?) se siente turbada cuando en medio de una escena el director le pide que ladre. Cuando la actriz pregunta por qué, recibe como respuesta un solo hazlo. En esta anécdota está el sentido del no necesariamente presente sentido que tiene esta filmografía marcada por lo perverso. En una entrevista para el DVD de Terciopelo azul el director es contundente: «Quiero que en la sala oscura de un cine el espectador se enfrente con imágenes que nunca antes en su vida ha visto. Quiero sorprenderlo». Y remata en inglés con una frase aparentemente inocua pero de gran sutileza: I want to thrill souls. Algo así como «Quiero asustar almas». En definitiva, eso es lo que ha hecho y no ha dejado de hacer este elefante de la cinematografía. Sonrían. Nos están asustando.

Nadie debe olvidar que el bajito pelirrojo Allan Stewart Konigsberg (1935), alias Woody Allen, fue durante los inicios de su carrera un escritor de chistes y un cómico de cabaret (stand up comediant). ¿Qué se puede decir de este humorista judío que no se haya dicho ya? Que es un clarinetista autodidacta, que intentó cursar estudios universitarios y que fue expulsado de varios centros académicos. En resumen, el primer Woody es un humorista clásico, capaz de morisquetas, muecas y cierto lenguaje corporal tomado de Buster Keaton y un estilo oral a lo Bob Hope y los hermanos Marx. Sus inicios nos remiten a los años cincuenta y sesenta en los que trabajó como escritor de programas cómicos de televisión. The Ed Sullivan Show y The Tonight Show son dos de tantos televisados que tuvo que escribir. Su talento con el micrófono lo llevó inclusive al Ceasar´s Palace y otros centros nocturnos de gran prestigio en Norteamérica.

No obstante, hay un aspecto adicional que también suele olvidarse: estamos ante un escritor de talento que publicó más de cincuenta textos cómicos entre 1966 y 1980 en The New Yorker, la revista cultural más importante de los Estados Unidos. Estos textos fueron recogidos en libros que llevan los siguientes títulos: Sin plumas, Cómo acabar de una vez por todas con la cultura y Perfiles (todos editados en Tusquets).

¿Cómo abordar al primer Allen? Sus primeras películas mostraron una postura contracultural, con un sarcasmo cáustico demasiado directo. Antes de pasarse al lado oscuro (filmes con saludables influencias de Bergman y Fellini), se dedicó a hacer farsas donde las ocurrencias oscilaban entre la genialidad y lo típico, la hipérbole y lo kitsch.

Después de la tele y de chistes contados frente a grandes audiencias, su salto al cine se da con roles secundarios en la parodia de James Bond, Casino Royale (1967) y la comedia de enredos eróticos What´s new, Pussycat? (1965). Esta última, por ser su primer guión original para la pantalla grande, le sirve de plataforma para dirigir sus primeras películas: What`s up Tiger Lily? (1966), Take the Money and run (1969) y Bananas (1971), que no son más que una serie de gags visuales y verbales que no tienen una imbricación visible. De hecho, Toma el dinero y corre fue descrita por Vincent Canby del New York Times como “un monólogo de club nocturno, una carpeta de hojas intercambiables: se tiene la sensación de que muchas escenas, e incluso bobinas enteras, podrían cambiarse de lugar sin que ello produjera apenas una diferencia en el impacto global”.

El pobre de Woody tuvo que aprender dramaturgia en el camino, ya que durante sus primeros filmes se nota que hay poca consistencia en el ensamblaje de la trama. Esta carencia se ve compensada por el inteligente remiendo de chistes que suceden de manera vertiginosa, como si se tratara de un vaudeville. Para disimular un poco su falta de experiencia construyendo historias, Allen usa en sus primeros filmes guionistas profesionales como apoyo, no siempre acreditados. De ahí que la firma de los guiones es compartida en sus primeros filmes. Con Marhsall Brickman firma Sleeper (1973), la oscarizada Annie Hall (1977) y Manhattan (1979) y con Mickey Rose rubrica Take the money and run y Bananas.

La que merece un pequeño comentario, antes de revisar ejemplos de su humor temprano, es su ópera prima (la insólita What`s up Tiger Lily?), locura intertextual, parodia sobre los filmes de espionajes, en la que se toman imágenes de una película japonesa ya existente, se le añaden nuevos diálogos e imágenes y una trama totalmente diferente.

Recorramos brevemente algunos ejemplos de ese humor disparatado de los primeros filmes del director neoyorkino. En Love and death (1975), distribuida en español como La última noche de Boris Grushenko, un hombre al que han matado de un tiro se aparece a sus más allegados para resumir el argumento y hacer bromas; en Todo lo que usted quiso saber sobre sexo pero no se atrevía a preguntar (1972) un pecho gigante atemoriza a una multitud; en Take the Money and run, el atracador, interpretado por ya saben quién, no puede escribir una nota legible para el cajero de un banco que no sabe que lo están asaltando; en El dormilón (1973), el maquillaje de Allen es el de un mimo (por más que quieran hacerlo aparecer como un robot), lo cual lo acerca más a las slapsitck comedies del cine mudo; en Bananas se disfraza de Fidel Castro; en la obra teatral El bombillo que flota, un joven crecido en la pobreza escapa de la miseria de su vida familiar en Brooklyn mediante la práctica constante de trucos de magia (trucos a los que Woody Allen siempre le dedicó muchos años de su juventud en la vida real). Los elementos mágicos se repetirán en posteriores títulos como Oedipus wrecks de Historias de Nueva York (1989) y Alice (1990), pero no podemos dejar de evocar ese humor sesentero, jovial y pueril, típico de la televisión norteamericana de entonces y que de cierta forma está reflejada en las ruedas de prensa y otras apariciones públicas de Los Beatles. En Todo lo que usted quería saber sobre sexo y no se atrevía a preguntar (1972) es el galán Fabrizio en una de la historias. Este hilarante cortometraje que es una parodia del cine intelectual de Antonioni, está rodado íntegramente en italiano y todo el repertorio gestual del personaje está basado en amantes del cine itálico como Marcello Mastroianni y Giancarlo Gianinni.

¿Por qué este cine de humor disparatado de Allen se ve desplazado a fines de los setenta? La respuesta es aparentemente sencilla. El artista creció intelectualmente, maduró, se independizó de la stand up comedy, se rodeó de mejores lecturas y experiencias que se ven reflejadas en Interiores (1978), el gran punto de giro de su carrera. Se trata de su primer guión redactado íntegramente por él y su primera incursión en el drama.  Luego vino su canto de amor a Nueva York con Manhattan (1979) y una treintena de filmes más (uno por año es su ritmo de producción). Pero ese es tema para otro artículo.