BALLERINA: EL CISNE SE AHOGA EN EL LAGO

El universo de John Wick, que comenzó como una elegante sinfonía de violencia coreografiada, encuentra en “Ballerina” su nota más desafinada. Elton John tiene que estar retorciéndose en su cuna creativa al ver cómo su canción Tiny Dancer fue manoseada al ser insertada en el trailer de este spin-off protagonizado por la cubana Ana de Armas que resulta un auto-ejercicio de explotación comercial que confunde la brutalidad con el arte y la repetición con la innovación.
La premisa resulta tan predecible como insulsa: una bailarina (qué original) es convertida en asesina y busca venganza en los mismos bajos mundos que ya conocemos de memoria por la trilogía de John Wick. El guion, carente de cualquier melodía creativa, se limita a reciclar los tropos más manidos del género de acción, sin aportar absolutamente nada nuevo al baile. Donde las películas originales de Keanu Reeves lograban equilibrar la acción con momentos genuinos y de humor negro, “Ballerina” se siente mecánica, fría y calculadamente manufacturada.
Ana de Armas, actriz talentosa que ha demostrado su valía en producciones más ambiciosas, parece perdida en este ballet de clichés. Su personaje carece de la profundidad psicológica que hizo memorable a John Wick, reduciéndose a una máquina de matar unidimensional envuelta en un tutú. La supuesta conexión emocional entre su pasado como bailarina y su presente como sicaria (muero de emoción por tanta originalidad) resulta tan superficial como forzada. La balletista del título es una metáfora torpe que nunca logra trascender lo trillado.
La dirección, desprovista de la precisión de Chad Stahelski, convierte las secuencias de acción en un desfile de violencia gratuita sin el ritmo ni la gracia que caracterizaron a las entregas principales. Las peleas, aunque técnicamente competentes, carecen del peso dramático y la inventiva coreográfica que convirtieron a las tres películas de John Wick en un referente del cine de acción contemporáneo.
“Ballerina” es el enlatado de una industria que confunde la expansión de una franquicia con su enriquecimiento. Un ejercicio comercialoide que borra la esencia de lo que hizo especial al original, ofreciendo a cambio un espectáculo vacío que insulta tanto la inteligencia del espectador como el legado de la saga que pretende honrar, y con Keanu Reeves como productor ejecutivo.
El guion se limita a seguir la fórmula más básica del cine vengativo: protagonista sufre una pérdida, busca a los responsables, los elimina uno por uno. No hay giros inesperados, subtramas interesantes o elementos que distingan esta historia de cientos de películas similares. Es como si los productores hubieran programado un algoritmo para coger lo peor del cine de acción contemporáneo.
El personaje principal carece de complejidad psicológica. Mientras John Wick tenía capas emocionales (el duelo, la nostalgia, la resignación, el perrito asesinado), la bailarina-asesina es unidimensional. Su motivación se reduce a una venganza simple sin explorar las contradicciones internas o el costo emocional de su metábasis.
La relación entre su pasado como bailarina y su presente como asesina se siente como un truco narrativo barato. En lugar de crear una conexión orgánica y significativa entre ambos mundos, el guionista parece haber elegido esta profesión solo por el contraste visual entre la gracia del ballet y la violencia del asesinato. Esta falta de conexión entre los dos universos posibles se intenta subsanar con la forzada aparición de Keanu Reeves en un cameo que es puro remache. Parece un recurso de Marvel bastante postizo.
Las películas de John Wick se destacaban por expandir gradualmente su universo mítico y por escoger locaciones espectaculares en New York, París, Roma, Jordania… “Ballerina” (aunque esté filmada parcialmente en Praga o Budapest) simplemente reutiliza los elementos de la trilogía de John Wick sin agregar nuevas capas o perspectivas al universo ya establecido. Definitivamente, un filme sin ton ni son. Una sinfonía para olvidar.
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