«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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KARATE KID Y LAS ESTRATEGIAS PARA ALARGAR UNA LEYENDA

Karate Kid: Legends representa un ambicioso intento de alargar la emblemática franquicia a una nueva generación mientras honra sus raíces. Como quinta entrega cinematográfica de la saga (sin contar la serie “Cobra Kai”), esta película tiene la difícil tarea de equilibrar nostalgia y renovación.


Lo primero que destaca es cómo Legends logra conectar con las películas anteriores sin caer en la simple repetición. A diferencia del reinicio de 2010 protagonizado por Jaden Smith, que trasladó la historia a China con Jackie Chan como mentor, esta nueva entrega traslada la acción a Nueva York, un cambio significativo respecto al Valle de San Fernando. A pesar de este cambio de escenario, la filosofía del balance entre disciplina y compasión permanece intacta.


La película recupera elementos esenciales que hicieron paradigmáticas a las originales: la relación maestro-alumno, el enfrentamiento entre dojos con filosofías opuestas (el kung-fu de Jackie Chan versus el karate del señor Miyagi) y la transformación personal a través de las artes marciales. Sin embargo, Legends evita el error de Karate Kid III (1989), que simplemente rehízo la fórmula de la primera película con resultados mediocres.

La trama sigue al prodigio del kung fu, Li Fong, discípulo del Sr. Han (Jackie Chan), quien se ve obligado a abandonar su hogar en Pekín y trasladarse a Nueva York con su madre médico. El joven Li lucha por dejar atrás su pasado (ha perdido a su hermano en una pelea callejera) mientras intenta encajar con sus nuevos compañeros de clase la maldición del bullying escolar lo persigue.  El profesor de kung fu de Li, el Sr. Han va a Nueva York para auxiliar a su pupilo. El personaje de Jackie Chan, en el giro que todos esperaban viaja al otro lado de los Estados Unidos, va a California y pide ayuda al Karate Kid original, Daniel LaRusso. De esta forma Li aprende una nueva forma de luchar, fusionando sus dos estilos en uno solo para el enfrentamiento definitivo de artes marciales en la terraza de un edificio de Nueva York. 
Sin duda, el momento más emotivo de Legends es el tan esperado encuentro entre Jackie Chan y Ralph Macchio, que representa la fusión perfecta entre las dos eras de la franquicia. Ver al Sr. Han de Chan compartiendo escena con el Daniel LaRusso de Macchio genera una química en pantalla que trasciende la simple nostalgia.


La secuencia donde ambos maestros intercambian filosofías sobre el karate y el kung fu mientras realizan una exhibición de sus respectivos estilos es, sencillamente, cinematografía muy profesional. Chan aporta su característica mezcla de comedia física y precisión marcial, mientras que Macchio demuestra que, décadas después, sigue encarnando perfectamente la esencia de Daniel-san y las enseñanzas de Miyagi.


Este encuentro no se limita a ser un simple guiño a los fans, sino que avanza orgánicamente la trama y establece las bases para la integración de las diferentes tradiciones marciales que la película explora. El respeto mutuo entre ambos personajes refleja el propio respeto de Legends hacia las distintas iteraciones de la franquicia.


Donde Legends brilla (aunque no como en el filme original de John G. Avildsen, el director de Rocky) es en su capacidad para introducir nuevos personajes sin que parezcan meras copias de Daniel LaRusso o Johnny Lawrence. El protagonista tiene sus propios demonios y motivaciones que, aunque reminiscentes de los temas universales de la saga, se sienten frescos y relevantes para el público actual.


La dirección logra modernizar las secuencias de combate sin perder la esencia del karate tradicional que caracterizó a las primeras películas. A diferencia de Karate Kid: El momento de la verdad (1984), donde las escenas de acción eran relativamente simples, o Karate Kid II (1986), que elevó ligeramente la intensidad, Legends presenta coreografías más dinámicas pero manteniendo la filosofía de que el karate es, ante todo, un arte de autodefensa.


La pelea final de Legends, en la cima de un rascacielos, establece su propia identidad al reemplazar la legendaria “patada de la grulla” con un espectacular “movimiento del dragón”, una técnica que fusiona la elegancia del karate tradicional con la fluidez del kung fu. Esta elección no solo honra ambas tradiciones marciales presentes en la película, sino que crea un momento cinematográfico completamente nuevo.


La creatividad de la secuencia radica en su preparación: los realizadores plantan las semillas del movimiento final desde antes, mostrando al protagonista ensayando la técnica en los torniquetes del metro de Nueva York. Esta decisión narrativa es de alta eficacia, transformando un dispositivo cotidiano del paisaje urbano en un elemento de entrenamiento, mientras prepara sutilmente al espectador para el clímax. La coreografía de esta pelea final es tan meticulosamente manufacturada que cada movimiento previo se siente como una preparación orgánica para el momento decisivo, creando una satisfacción narrativa que rivaliza con la emblemática conclusión de la película original.


Lamentablemente, Legends tropieza con una subtrama innecesaria que desvía la atención de su núcleo narrativo. La secuencia donde el joven protagonista se convierte en mentor del padre (Joshua Jackson) de su interés romántico (Sadie Stanley) resulta forzada e incongruente con el espíritu de la franquicia. El argumento de que el padre debe participar en una pelea de boxeo para saldar deudas añade un elemento melodramático que no encaja con la filosofía del karate como disciplina de autodefensa y crecimiento personal.


Esta inversión de roles, donde el alumno se convierte en maestro, podría haber funcionado como una evolución natural del personaje, pero su implementación se siente más como un truco narrativo que como desarrollo orgánico. La subtrama consume tiempo valioso que habría sido mejor invertido en profundizar la relación entre el protagonista y sus propios mentores, o en explorar más a fondo las tradiciones marciales que la película pretende homenajear.


Lo que separa a Legends de otros intentos de revivir franquicias clásicas es su disposición a explorar nuevos territorios temáticos. Si bien las películas originales trataban principalmente sobre el bullying y la autoestima, Legends aborda cuestiones más complejas como la identidad cultural, la presión familiar y las expectativas sociales.


La película evita caer en la trampa de The Next Karate Kid (1994), que intentó reinventar la saga con Hilary Swank (quien luego ganaría un Oscar por Million Dollar Baby) pero perdió gran parte de la magia original. En cambio, Legends construye sobre los cimientos establecidos mientras expande el universo de manera significativa.


Karate Kid: Legends no logra el difícil equilibrio entre honrar su legado y ofrecer algo nuevo, pero es un divertimento que no puede pasar desapercibido. No tiene un tema musical pegadizo como The Moment of Truth de Survivor, no alcanza las alturas emocionales de la película original de 1984, pero supera con creces a las débiles continuaciones de la franquicia. Vale el guiño final del encuentro entre Johnny Lawrence y Daniel LaRusso (en el dojo de este último) comiendo una pizza enviada por el joven protagonista.


Los fans de la saga original encontrarán suficientes guiños y conexiones para satisfacer la sed de nostalgia, mientras que los nuevos espectadores podrán disfrutar de una historia sólida como una publicación de social media. Legends demuestra que, como el propio karate, el valor de estas historias radica en en la creatividad para entrecruzar personajes e historias de una misma franquicia. En ese golpe cruzado, que te deja un poco atontado, está el pequeño de encanto de este entretenimiento cinematográfico.