«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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EL CUENTO DE LA CRIADA: DE LA LITERATURA, AL CINE Y LUEGO A LA TELEVISIÓN

La novela «El cuento de la criada» de Margaret Atwood ha sido adaptada en dos ocasiones para la pantalla, con resultados diferentes. La película de 1990, que la vi en VHS con el título «El cuento de la doncella», fue dirigida por Volker Schlöndorff, con guión de Harold Pinter, y representa un primer intento cinematográfico que, aunque respetable en términos técnicos, no logró capturar la esencia política y feminista de la obra original. Por el contrario, la serie de televisión de Hulu (2017-2025), desarrollada por Bruce Miller, se convirtió en un fenómeno cultural que expandió magistralmente el universo distópico de Atwood.

La película de 1990 se mantuvo relativamente fiel a la estructura básica de la novela, condensando la historia en 108 minutos. Protagonizada por Natasha Richardson (Kate/Offred), Faye Dunaway (Serena Joy), Aidan Quinn (Nick) y Elizabeth McGovern (Moira), la adaptación cinematográfica siguió una narrativa lineal que culminaba con la partida de Offred hacia un destino incierto. El guion fue escrito por el Premio Nobel 2005, Harold Pinter, con música original de Ryuichi Sakamoto.

La serie de televisión por su parte, utilizó la novela como punto de partida para crear un universo narrativo vastamente expandido. Mientras que el libro original terminaba con la partida de Offred, la serie exploró seis temporadas completas desarrollando las consecuencias de la resistencia, la evolución de los personajes y la eventual caída de Gilead. Esta expansión permitió una exploración mucho más profunda de los temas políticos y sociales.

La diferencia más significativa entre ambas adaptaciones radica en su contexto político y su resonancia cultural. La película de 1990 fue producida durante los últimos años de la Guerra Fría, cuando las distopías totalitarias se percibían como amenazas externas y lejanas. Los críticos señalaron que la película se centraba más en entregar emociones superficiales que en ofrecer una disección matizada de la política de género que aún estaba en construcción tanto teórica como práctica.

La serie televisiva, en cambio, se estrenó en 2017, durante la presidencia de Trump y en medio de un resurgimiento global de movimientos autoritarios. Esta proximidad temporal con las ansiedades políticas contemporáneas permitió que la serie resonara con audiencias que veían paralelismos entre la ficción distópica y la realidad política.

En la película, los personajes femeninos fueron interpretados por actrices reconocidas pero sin la profundidad psicológica que caracterizaría a la serie posterior. Natasha Richardson (1963-2009) entregó una interpretación competente pero limitada por un guion que no exploraba las complejidades internas de Offred. Faye Dunaway como Serena Joy quedó reducida a un papel relativamente unidimensional.

La serie televisiva de Hulu desarrolló personajes femeninos extremadamente complejos. Elisabeth Moss construyó una Offred/June que evolucionó de víctima traumatizada a líder revolucionaria a lo largo de seis temporadas. Personajes como Serena Joy (Yvonne Strahovski) y la tía Lydia (Ann Dowd) recibieron arcos narrativos completos que exploraban sus motivaciones, contradicciones y transformaciones.

La película de 1990 presentó la resistencia como un elemento secundario, enfocándose principalmente en la experiencia individual del encierro de Offred. La rebelión aparecía como algo distante y abstracto, sin desarrollar las redes de apoyo ni las estrategias específicas de oposición al régimen.

La serie, por el contrario, hizo de la resistencia uno de sus temas centrales. Desarrolló múltiples células de resistencia, exploró las diferentes formas de oposición (desde la desobediencia silenciosa hasta la guerra de guerrillas) y mostró cómo las mujeres encontraban formas de mantener su humanidad y agencia incluso en las circunstancias más opresivas.

La película adoptó una estética relativamente convencional para su época, con colores apagados y una cinematografía que, aunque profesional, no creaba el impacto visual distintivo que caracterizaría a la adaptación posterior. Los vestuarios, si bien siguieron las descripciones del libro, carecían de la fuerza simbólica que tendrían en la serie.

La serie televisiva desarrolló un lenguaje visual que se convirtió en símbolo cultural. Las túnicas rojas brillantes, las cofias blancas inmaculadas y la paleta de colores codificada crearon imágenes que trascendieron la pantalla para convertirse en símbolos de protesta en manifestaciones reales alrededor del mundo.

La diferencia fundamental entre ambas adaptaciones radica en el momento histórico de su producción y recepción. La película de 1990 llegó en un momento en que las distopías parecían ejercicios intelectuales sobre futuros improbables. La serie de 2017-2025 se estrenó cuando las libertades democráticas y los derechos de las mujeres enfrentaban amenazas reales y tangibles.

Esta diferencia temporal explica por qué la serie pudo permitirse expandir narrativamente el universo de Atwood: tenía una audiencia ansiosa de explorar las implicaciones políticas de la historia, mientras que la película debía conformarse con ser una adaptación relativamente directa para una audiencia que veía la distopía como ciencia ficción especulativa.

La comparación entre ambas adaptaciones demuestra cómo el contexto político y cultural puede determinar el éxito o fracaso de una obra artística. La misma historia, contada en diferentes momentos históricos, puede generar reacciones completamente distintas. En el caso de «El cuento de la criada», la serie televisiva llegó en el momento perfecto para convertirse no solo en entretenimiento, sino en inspiración para una generación de mujeres que vieron en June Osborne un reflejo de sus propias luchas por la libertad y la dignidad.

La sexta (y final) temporada de «El cuento de la criada» llegó a su fin el 27 de mayo de 2025, cerrando así una de las series más influyentes de la televisión contemporánea. 

Las cinco temporadas anteriores fueron construyendo meticulosamente la resistencia contra este régimen opresivo. La primera temporada nos introdujo a June Osborne (Elisabeth Moss) como Offred, una criada forzada a la reproducción sexual en una sociedad distópica. La segunda temporada exploró su primera tentativa de escape y las consecuencias brutales de la desobediencia. La tercera la mostró infiltrándose en el sistema desde adentro, mientras que la cuarta y quinta desarrollaron su evolución hacia una líder revolucionaria, culminando con su llegada a Canadá y los primeros signos de la caída del régimen.

«El cuento de la criada» trascendió las pantallas (como ya lo dijimos párrafos atrás) para convertirse en un símbolo de resistencia feminista en el mundo real. Las simbólicas túnicas rojas y cofias blancas de las criadas se transformaron en uniformes de protesta en manifestaciones alrededor del globo. Durante las protestas contra la primera elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, mujeres vestidas como criadas exhibieron pancartas con la frase en latín «Nolite te bastardes carborundorum» (No dejes que los bastardos te desgasten). Hillary Clinton hizo referencia directa a la serie en varios de sus discursos públicos, mientras que, en Argentina, en 2018, durante las manifestaciones por la legalización del aborto, las túnicas rojas se convirtieron en símbolo de la lucha por los derechos reproductivos de las mujeres.

Esta apropiación cultural demostró cómo la ficción distópica de Atwood resonaba con las ansiedades políticas reales de una generación de mujeres que veían amenazados sus derechos.

Margaret Atwood, la autora canadiense de ya 85 años, y que cada año suena para el Nobel, fungió como productora ejecutiva durante toda la serie, supervisando la expansión de su obra original. Reconocida por novelas comprometidas con la causa feminista como «La mujer comestible» y «Alias Grace», Atwood vio cómo su distopía de 1985 cobraba nueva vida en el siglo XXI. La novela original de «El cuento de la criada» abarca apenas una fracción mínima de lo desarrollado en las seis temporadas televisivas: la obra literaria concluye cuando la protagonista descubre que su amante Nick colabora con la Resistencia.

El lector de la novela conoce el destino final de Offred a través de un posfacio ambientado en el año 2195, donde un académico imparte una conferencia sobre la caída de Gilead, revelando que la historia de la protagonista fue encontrada en cassettes antiguos; sin embargo, su paradero final permanece incierto: no se sabe si logró escapar a Canadá o Inglaterra. Esta ambigüedad narrativa fue precisamente lo que permitió a la serie televisiva expandir infinitamente las posibilidades dramáticas.

La serie cosechó ocho premios Emmy en su primera temporada de un total de 13 nominaciones, incluyendo el galardón a Mejor Serie Dramática. También obtuvo múltiples Globos de Oro y se convirtió en la primera producción original de Hulu en alcanzar tal reconocimiento crítico. Los récords de audiencia acompañaron el éxito de crítica, estableciendo nuevos estándares para las plataformas de streaming y demostrando que las narrativas políticas complejas podían ser tanto comerciales como artísticamente exitosas.

La propia Atwood participó activamente como guionista en numerosos episodios e incluso tuvo un memorable cameo en el piloto donde abofetea a la protagonista. Consciente del legado de su creación e inspirada por el éxito de la adaptación, escribió «Los testamentos» (2019), una secuela literaria donde las hijas de las protagonistas lideran nuevas causas políticas en un Gilead en decadencia.

La serie destacó por sus múltiples capas narrativas: subtramas de resistencia social, familiar y política que se entrelazaban magistralmente. La sororidad entre las mujeres oprimidas, la resiliencia ante el trauma sistemático y un feminismo sólido y complejo fueron los ejes centrales. Las impactantes imágenes de subversivos ahorcados en el muro —que no era otra cosa que la fachada de la antigua universidad de Harvard— cobran una relevancia especial en el contexto actual, considerando las amenazas del gobierno de Trump a los fondos de instituciones educativas liberales.

La serie logró crear un universo donde cada elemento visual y narrativo servía como metáfora política, desde los colores codificados de los trajes hasta la arquitectura neoclásica (tan usual en Washington D.C.) reconvertida en símbolo de opresión.

El éxito de la serie fue potenciado por interpretaciones difícil de olvidar. Joseph Fiennes construyó un Fred Waterford complejo, un villano que oscilaba entre la crueldad sistemática y momentos de humanidad perturbadora. Ann Dowd entregó una de las mejores actuaciones televisivas de la década como la tía Lydia, navegando entre los roles de opresora y víctima del sistema. Sydney Sweeney, en su rol de Eden, demostró su talento dramático antes de convertirse en un nombre de referencia, mientras que Max Minghella como Nick y Yvonne Strahovski como Serena Joy completaron un reparto coral excepcional.

Cada actor logró humanizar personajes que podrían haber caído en estereotipos maniqueos, otorgando profundidad psicológica a un universo inherentemente brutal.

Un párrafo aparte merece Elisabeth Moss quien no solo protagonizó la serie; la encarnó completamente. Su June Osborne se convirtió en uno de los personajes más ricos y complejos de la literatura y el audiovisual contemporáneo. Moss demostró un crecimiento profesional fuera de lo ordinario, transitando de la víctima traumatizada de las primeras temporadas a la guerrera implacable de las últimas. Su capacidad para liderar causas aparentemente perdidas, para mantener la esperanza en circunstancias desesperantes, la estableció como un símbolo feminista de referencia.

El final de la serie la muestra en un lugar ambivalente: Gilead no ha sido derrocado completamente, pero sí debilitado críticamente, y June promete continuar luchando y alzando la voz. Su interpretación del monólogo final consolida su estatus como una de las actrices más importantes de su generación.

No obstante sus virtudes, la serie no estuvo exenta de críticas. La resistencia contra Gilead se alargó innecesariamente en las temporadas intermedias, creando momentos de estancamiento narrativo. Las reconversiones de personajes como Serena Joy y la tía Lydia, inicialmente fascinantes, eventualmente se agotaron por repetición. El triángulo amoroso entre June, su esposo Luke y su amante Nick permaneció en un estado estacionario que no pudo evolucionar satisfactoriamente.

Quizás la crítica más significativa fue la introducción de Nueva Belén como alternativa democrática al modelo dictatorial de Gilead, que quedó meramente esbozada sin concreción narrativa alguna. Esta falta de desarrollo limitó las posibilidades de imaginar un futuro post-Gilead convincente.

Con Bruce Miller enfocándose ahora en la adaptación de «Los testamentos», el universo de Atwood continuará expandiéndose mientras la autora se dirige campante a sus nueve décadas de vida. La nueva serie, cuyo estreno se espera para principios de 2026, se desarrollará más de 15 años después de los eventos de «El cuento de la criada» y, según sus productores, va a mostrar el enfrentamiento de una nueva generación de mujeres contra los vestigios del sistema patriarcal.

El contexto político actual resulta particularmente apropiado para esta continuación. Si la primera presidencia de Trump fue el caldo de cultivo perfecto para el éxito de la primera temporada de «El cuento de la criada» en 2017, su regreso al poder en 2025 parece ofrecer el contexto ideal para la grabación de «Los testamentos». La ficción distópica de Atwood sigue siendo un espejo demasiado fiel de las tensiones políticas contemporáneas.

La serie, que comenzó como una advertencia, se ha convertido en un manual de resistencia, y su legado continuará tanto en la ficción como en la realidad política en los años venideros.

TRUMP ANTES DE TRUMP: EL APRENDIZ

Ali Abbasi, el cineasta iraní de referencia, no ha dejado de labrarse una reputación por su cine atrevido y transgresor que aborda cuestiones sociales y políticas con una mirada de entomólogo. Su película Holy Spider (2022), premio a la mejor actriz (Zar Amir Ebrahimi) del Festival de Cannes, recibió elogios internacionales por su brutal descripción de un asesino en serie que persigue a trabajadoras sexuales en Irán, desafiando tabúes y llamando la atención sobre la misoginia sistemática en la sociedad iraní. La crudeza, que no perdona nada, de la narrativa visual de Abbasi, y su inclinación por explorar la complejidad moral le valieron el reconocimiento de la crítica, consolidándolo como una voz emergente en el cine contemporáneo, convirtiéndose en el cineasta idóneo para abordar esa figura polarizadora que es Donald Trump en su última película, The Apprentice (2024), título tomado del show del mismo nombre que estuvo al aire, desde el 2004 al 2017, y que reunía a un grupo de empresarios que competían por cuarto de millón de dólares y el puesto de CEO de una empresa de Trump. El título de 2024 es una vuelta de tuerca que convierte a Trump en el aprendiz, y con pocas probabilidades de ser despedido, pese a los juicios y acusaciones que tiene encima.

El cine político ha servido durante mucho tiempo como vehículo para enfrentarse al poder y arrojar luz sobre verdades incómodas, y la decisión de Abbasi de abordar los años de formación de la carrera de Trump es, por decir lo menos, temeraria. La película llega en un momento delicado en la historia de los Estados Unidos, coincidiendo con un año electoral en el que Trump sigue siendo la figura que divide a la nación norteamericana. Centrándose en su agresiva y ambiciosa personalidad, Abbasi devela cómo se forjó el acero político del hombre de negocios y estrella de la telerrealidad devenido en jefe de estado. Cabe destacar que la película se rodó en Toronto y no en Estados Unidos por la posible reacción violenta en la patria de Trump. Con el apoyo de patrocinadores europeos y canadienses, el proyecto de Abbasi se convirtió, tanto en un desafío estético como en un comentario político, sobre los límites de la libertad de expresión en la América contemporánea.

Abbasi se enfrentó a numerosos problemas durante la producción, y al parecer el propio Trump intentó boicotear el progreso de la película mediante amenazas legales y campañas públicas de desprestigio. Todo lo que estaba en juego hizo que el estreno de El aprendiz se estrenara durante la misma semana en que Trump ganó las elecciones presidenciales. El momentum aumentó la relevancia de la cinta, convirtiéndola en un acontecimiento cultural que subrayó tanto el poder provocador del cine de Abassi como la influencia de Trump en el mundo real. El arriesgado estreno es un testimonio de la resistencia del arte comprometido políticamente y de su capacidad para desafiar a figuras poderosas como el presidente electo. Pese a la calidad de la cinta, no le ha ido tan bien en la taquilla en el limitado número de salas de cine en las que fue estrenado: costó 16 millones de dólares y apenas ha recaudado 12 (con corte de noviembre de 2024), cifras que no contradicen los resultados electorales que dieron la victoria a Trump en la mayoría de estados. Como nota estadística curiosa, el mandatario sacó más votos que en la primera vez que fue electo, lo cual demuestra el porqué de tan escasa asistencia a los cines.

Al frente del reparto está Sebastian Stan, que ofrece una interpretación transformadora del aprendiz del título. Un buen mozo Stan recuerda por qué el personaje al que interpreta fue alguna vez catalogado como el nuevo Robert Redford y capta los gestos personalísimos, los tics característicos, las muecas y el tono de voz dominante de la persona real con una precisión escalofriante, encarnando la crueldad carismática que definió los inicios de una meteórica carrera de negocios. En esta Bildung Roman cinematográfica, Trump no es ningún santo, está profundamente influenciado por su relación con el magnate Roy Cohn, interpretado por Jeremy Strong, y cada manipulación o táctica que Trump ofrece en el presente está ligada a las lecciones absorbidas de su infame mentor. La inmersión de Stan en el papel es tan completa que las discusiones sobre una nominación al Oscar al mejor actor parecen cada vez más inevitables.

Jeremy Strong, conocido por su interpretación de Kendall Roy, hijo mayor del patriarca, en Succession, aporta una siniestra adustez al personaje de Roy Cohn que es clave en la historia de los Estados Unidos. El abogado homosexual fue la mano derecha del senador Joseph McCarthy y fue una figura fundamental en la denominada caza de brujas. Cohn hizo una carrera intimidando a la gente y su fama como abogado creció espumosamente al convertirse en el representante de jefes de la mafia (es célebre sus declaraciones en un talk show de los años setenta señalando que la gente que acude a él es para contratar «el valor del miedo»). Su amistad con Trump se dio en la década de los setenta cuando el joven aprendiz (y el padre de este) fueron demandados por el gobierno norteamericano por discriminar a los inquilinos afroamericanos de los condominios de los Trump (al principio del filme se lo ve recaudando la renta en uno de los vetustos conjuntos habitacionales de su propiedad). El consejo recibido por Cohn fue muy sencillo: presentó una contrademanda al departamento de estado. Tan importante fue la influencia de este personaje en la vida de Trump que el documental Where’s my Roy Cohn? (2019) revela que cada vez que el mandatario está insatisfecho con su equipo legal pregunta en voz alta «¿Dónde está mi Roy Cohn?».

La interpretación de Strong ofrece un siniestro retrato de la influencia que ejerció moral y profesionalmente en Trump. Aquí van unas perlas cultivadas que se escuchan en el filme de la boca de Cohn y que van más allá de cualquier tratado de Maquiavelo: «The first rule is: attack, attack, attack» (regla que ha sido la razón de ser de cada acción trumpista); «Rule two: admit nothing, deny everything» (regla que ha seguido a rajatabla incluso cuando los delitos son demasiado evidentes); «Rule three: No matter what happens, you claim victory and never admit defeat» (constatación de la forma en que no reconoció su derrota ante Biden en 2020); «You create your own reality. Truth is a malleable thing» (el concepto de postverdad acuñado durante la primera presidencia de Trump se hace presente); » You have to be willing to do anything to anyone to win» (consejo que resume a la perfección el cómo se puede pisotear a quien sea con tal de llegar a la cima). El filme escoge los últimos meses de vida de Cohn para mostrarlo enfermo de sida.

Mención especial merece Maria Bakalova, en el papel de la checoslovaca Ivana Trump, que inyecta glamour y sagaz cálculo a su papel. No es una Lady Macbeth. No es la cómplice del aprendiz. Es su antagonista. La actriz búlgara, alabada anteriormente por su interpretación junto a Sacha Baron Cohen en Borat subsequent movie film (2020), añade profundidad a las complejidades del naciente monstruo, como la primera esposa, la que también es arribista, pero que es prueba de que cada paso en la vida de Trump fue calculado, incluyendo sus matrimonios. Ambas interpretaciones constituyen las piedras angulares de El aprendiz que se erige como un estudio de personajes lleno de matices, con nominaciones seguras para Globo de Oro y premios Oscar en las categorías de mejores secundarios.

Técnicamente, El aprendiz es una clase magistral de artesanía puesta al servicio del cine político y una sagaz arma de resistencia ante la inminente dictadura trumpista. La fotografía granulada que parece hecha con una cámara Super 8 le da a la narración audiovisual un toque de telefilme viejo. El diseño de producción evoca la decadencia y la crueldad del Nueva York de los años ochenta, con una meticulosa atención al detalle en el vestuario y la escenografía que transportan al espectador a una época donde nace el monstruo público con su ambición y excesos. La dirección de Abbasi, unida a una inquietante partitura que entrelaza tensión y nostalgia (además de canciones que marcaron las discotecas de entonces), hace que la propia ciudad de Nueva York parezca un personaje, un lugar imponente pero carente de brújula moral, que refleja los anhelos de sus ambiciosos habitantes.

En conclusión (difícil palabra cuando nada ha concluido y el segundo mandato de Trump está por empezar), El aprendiz deja al descubierto una nación fracturada por conflictos económicos y sociales, y ofrece un retrato descarnado del hombre que está a punto de liderarla. La película de Abbasi no trata de vilipendiar o glorificar a Trump sino que se regodea exponiendo los mecanismos del poder, la ambición y la influencia. A través del gran angular de Abbasi, asistimos a la formación de un hombre que seguirá redefiniendo una América cada vez más polarizada. El aprendiz es ya una pieza esencial del cine político de nuestro tiempo, documento de estudio de la segunda vida de Donald Trump.