MEMORIA Y RESISTENCIA EN UN NOIR BRASILEÑO CON REFERENCIAS CINÉFILAS

O Agente Secreto, nuevo largometraje del pernambucano Kleber Mendonça Filho se estrena con un antecedente: fue premiado en Cannes 2025 con los premios al Mejor Director y al Mejor Actor principal. Wagner Moura es el primer brasileño en recibir el premio al mejor actor en el festival en una película que es una inmersión sensorial y política en el Brasil de fines de los setenta, en los años sombríos de la dictadura militar.
El académico y especialista en tecnología, Armando, regresa a su ciudad natal, Recife, para reunirse con su hijo, esperando también escapar de la violenta represalia perpetrada bajo la dictadura militar del general Ernesto Geisel, un régimen marcado por la corrupción endémica y la indiferencia hacia la vida humana. Usando el seudónimo Marcelo como intento de ocultarse, tiene un escuadrón de la muerte detrás por su oposición a un funcionario del gobierno. En un Brasil gobernado por mafiosos y policías corruptos, es como si las circunstancias convirtieran a todos en agentes dobles, pero nadie conoce su misión y la información verdadera es sistemáticamente inasequible.
Uno de los mayores méritos de la película está en su enfoque inusual del período. A diferencia de la mayoría de las cintas brasileñas ambientadas en la época, el largometraje concentra su atención no en relatos de la lucha contra la dictadura ni en las barbaridades cometidas contra los derechos humanos, sino en la corrupción endémica del régimen militar. El estado opresor, a pesar de estar siempre presente como una nube cargada en el horizonte, permanece casi siempre en el banquillo, en un papel más pasivo, abriendo espacio para la corrupción sistémica de intereses privados que se benefician de la situación, algo que el director introduce lentamente en su película para irlo develando de manera paulatina.
El Recife del director Mendonça es un lugar vibrante y racialmente diverso donde el bien y el mal conviven. En la película, el carnaval es una erupción de samba, alcohol y alegría que también — como nos dicen los titulares de los periódicos — deja 91 personas muertas.
Donde la película alcanza una dimensión verdaderamente extraordinaria es en su trabajo de dirección de arte, firmado por Thales Junqueira, colaborador habitual de Mendonça Filho desde Aquarius (2016) y responsable también del diseño de producción de Bacurau (2019). El director buscó recrear sus memorias afectivas del Recife de 1977 a partir de detalles como la decoración, los objetos, los automóviles, los periódicos y los telegramas, con el propósito de construir lo que él mismo llama un “maquillaje bien hecho del pasado” que resonara con el presente. La aproximación no buscaba una recreación exacta de los incidentes de la dictadura, sino crear una atmósfera tensa, densa y llena de texturas, un clima sofocante que dialogara con las preguntas del mundo contemporáneo.
El resultado es una película que, desde el primer fotograma, envuelve al espectador en una época con una convicción casi táctil. La dirección de arte de Junqueira no se limita a recrear el período invirtiendo en sus mínimos detalles — portadas de revistas, letreros, automóviles, anuncios, muebles, objetos de decoración —, sino que se preocupa especialmente por capturar un tono muy específico que comprende cómo la nostalgia colorea nuestros recuerdos y construye versiones propias del pasado, de tal manera que el espectador siente que está ante una máquina del tiempo. Junqueira rechazó conscientemente la tendencia muy recurrente en el cine brasileño de retratar los años setenta bajo la luz sombría de la dictadura: quería que el Recife de la película fuera vibrante y colorido, tal como lo eran aquellos años en materia de diseño, arquitectura y moda. Por ello hay en el filme una clara predilección por los colores primarios — amarillo, rojo y azul —, con una tonalidad de gran pureza y vibración en los espacios, la escenografía y los vehículos.
Algunos escenarios fueron construidos desde cero: la estación de gasolina de la escena inicial nunca existió y fue levantado en un terreno vacío junto a un cañaveral; el Aeropuerto de Guararapes, clausurado en 2004, pero recreado íntegramente para el rodaje; lo mismo ocurrió con el Instituto Médico Legal. El proceso de investigación para la recreación histórica fue realizado conjuntamente por Junqueira, Mendonça Filho y la figurinista Rita Azevedo.
En cuanto a las referencias cinematográficas que guiaron el trabajo, Junqueira recurrió exclusivamente a fuentes brasileñas: los clásicos Pixote, a Lei do Mais Fraco (1980) y Lúcio Flávio, o Passageiro da Agonia (1977) de Hector Babenco, así como Iracema — Uma Transa Amazônica (1975) de Jorge Bodanzky y Orlando Senna, obras que ayudaron a construir una estética de la cara del Brasil de aquellos años.
Uno de los momentos más deslumbrantes de esta labor es la recreación del entorno del Cinema São Luiz, corazón afectivo del filme y escenario real del rodaje. Las fotos de rodaje muestran el letrero del São Luiz exhibiendo Carrie (1976), el clásico de Brian De Palma, mientras la calle lateral del cine aparece decorada con letreros de época y automóviles del período, una instantánea del Recife de 1977 recuperada con una fidelidad asombrosa. Y en las salas de espera de esos viejos cines de barrio se exhiben fotografías fijas y afiches de próximos estrenos, recreando con exactitud y emoción la liturgia visual de aquellas salas que ya no existen. Uno de esos afiches es el de O agente secreto que es el título en español que se le dio a Le Magnifique (1973), un filme de Jean Paul Belmondo dirigido por Philippe de Brocca.
El vestuario, a cargo de Rita Azevedo, cierra de manera coherente este universo visual: Junqueira le pidió un patrón de colores vivos y primarios para las escenas de los años setenta, partiendo de la convicción de que el mundo de hoy se ha vuelto cromofóbico — dominado por el azul, el negro, el blanco y el gris —, mientras que aquella época era multicolor y exuberante.
En suma, la dirección de arte de O Agente Secreto no es decorado ni ambientación: es argumento, es política, es memoria materializada en cada tela de camisa, en cada parachoques de camión, en cada afiche descolorido pegado sobre una pared de Recife.
Wagner Moura (Bahía, 1976) es el eje que une todo, con una actuación camaleónica que es un triunfo de sutil histriónismo, tan cálido y simpático con barba, sin barba, con pelo largo, que estamos con él en todo momento. Puede que no haya una mejor actuación este año (así lo han reconocido los recientes premios SAG) que aquella en la que «Marcelo» conoce por primera vez a sus compañeros residentes en la casa de Doña Sebastiana: la mirada divertida y melancólica de Moura los examina de manera precisa y generosa, haciéndote percibir el gran espíritu que realmente tiene.
A su alrededor, figuras como Maria Fernanda Cândido, Gabriel Leone, Alice Carvalho, Carlos Francisco aportan toques de romance, humor y suspenso en papeles de adversarios y aliados en ese escape del olvido y la violencia. Mención especial para Tânia Maria, quien interpreta a Doña Sebastiana con un carisma que es parte del fenómeno popular de la película en Brasil.
Hay en O Agente Secreto una presencia que trasciende su breve duración en pantalla y que el tiempo ha convertido en algo parecido a un testamento cinematográfico. Udo Kier (1944-2025), actor alemán de culto cuya carrera abarcó más de medio siglo y más de doscientas películas, lo recordamos por sus colaboraciones con Andy Warhol y Paul Morrissey en Carne para Frankenstein (1973) y Sangre para Drácula (1974), donde interpretó a sendos monstruos con un magnetismo inquietante que se convertiría en su marca personal. Décadas después, ese mismo magnetismo seguía intacto. Kier confesó que solo aceptaba papeles secundarios cuando estos dejaban una fuerte impresión en el espectador, y fue precisamente ese criterio el que lo llevó a aceptar el papel de Hans en O Agente Secreto; estuvo en Brasil — Recife — durante una semana, y rodó todas sus escenas en un único e intenso día de trabajo. El personaje que encarna es Hans, un judío sobreviviente del Holocausto que vive en el Recife de 1977 bajo la sospecha, absurda pero brutal, de ser nazi: un hombre atormentado, acusado injustamente, cuya historia condensa en pocos minutos toda la perversión de un régimen que convierte la identidad en delito y la memoria en peligro.
La elección no es casual: en la tesitura moral de la película, Hans es el espejo europeo de Armando, otro hombre que debe ocultar quién es para sobrevivir, y su presencia enlaza la tragedia brasileña con la memoria del totalitarismo del siglo XX. Mendonça Filho recurre a Kier como lo haría con un instrumento de precisión: el actor alemán es el representante de otra época, de la misma manera que el propio Armando lo es de la suya.
Kier falleció el 23 de noviembre de 2025 en Palm Springs, California, a los 81 años, convirtiendo esta aparición en su último trabajo cinematográfico. Que su despedida del cine haya sido un cameo tan cargado de resonancias históricas, rodado en Brasil junto a un director que lo admiraba profundamente y en el que interpreta a un superviviente que lucha por no ser borrado de la historia, tiene la rara belleza de las coincidencias que parecen guionizadas.
Ahora hablemos del director que a la manera de François Truffaut, fue primero crítico de cine antes de filmar películas. Su cinefilia se siente en cada encuadre de O Agente Secreto. Mendonça Filho se licenció en Periodismo en la Universidad Federal de Pernambuco, y fue precisamente el periodismo el camino que encontró para acercarse al audiovisual, dado que en sus años universitarios no existían escuelas de cine en Brasil. Escribió reseñas y artículos en periódicos como Jornal do Commercio y Folha de S. Paulo, en revistas especializadas como Continente y Cinética, y gestionó su propio sitio web de crítica cinematográfica, CinemaScópio, que con el tiempo se convertiría también en el nombre de su productora. Además, fue programador de cine en la Fundación Joaquim Nabuco, en Recife.
Ese tránsito del análisis a la creación no fue brusco: en 2008 dirigió el documental Crítico, una reflexión explícita sobre el oficio que lo formó, y tanto ese filme como el documental Retratos fantasmas (2023) han sido leídos por los estudiosos como obras complementarias que revelan la autoría de Mendonça Filho tanto en su formación como crítico como en su trabajo como director. Esta doble condición —el ojo analítico del crítico fundido con el instinto narrativo del cineasta— explica por qué sus películas están tan habitadas de referencias, capas de sentido y una conciencia metatextual del lenguaje cinematográfico. En O Agente Secreto, ese bagaje se traduce en una dirección que no solo cuenta una historia, sino que reflexiona permanentemente sobre cómo contarla.
La película está repleta de influencias declaradas que evocan a John Carpenter (lentes Panavision), Brian De Palma (pantalla dividida) y Martin Scorsese (banda sonora pop), pero es sobre todo el modo Hitchcock donde el director se mueve con mayor comodidad. La película hace un uso inteligente de Tiburón, que el hijo de Marcelo insiste en ver aunque el póster le dé pesadillas. En otra subtrama, oceanógrafos encuentran un tiburón con una pierna humana parcial en el estómago — evidencia escalofriante de los cuerpos arrojados al mar por la dictadura.
Para comprender cabalmente el peso internacional de O Agente Secreto, es necesario situarlo dentro de una filmografía que, pese a ser breve en número, es extraordinaria en ambición y coherencia. Mendonça debutó en el largometraje con O Som ao Redor (2012), que ganó numerosos premios y fue incluida por el crítico A.O. Scott del New York Times en su lista de las diez mejores películas de ese año; el cantautor Caetano Veloso llegó a calificarla como una de las mejores películas de la historia. En ese filme, ya se dibujaban con nitidez las obsesiones del director: Recife como escenario cargado de tensión social, las heridas no cicatrizadas del pasado autoritario y la convivencia incómoda entre clases en espacios urbanos.
Su segundo largometraje, Aquarius (2016), giró en torno a una mujer mayor que se resiste a abandonar su apartamento frente al mar, y fue igualmente aclamado por la crítica, consolidando la reputación del director como una de las voces más respetadas del cine internacional de su generación. Con Bacurau (2019), codirigida con Juliano Dornelles, Mendonça dio un salto hacia el género con una fábula política de ciencia ficción y violencia rural que sacudió festivales y salas de todo el mundo: el filme obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de Cannes. Los tres filmes comparten una misma médula: el cine latinoamericano como reflejo de la inestabilidad política imperante, donde la fragilidad de las políticas sociales provoca una reacción en las producciones culturales, tanto en la elaboración de sus contenidos como en su forma de producción. Lo anterior demuestra que O Agente Secreto no es una ruptura sino una culminación: el mismo director que en O Som ao Redor escuchaba los ruidos amenazantes de un barrio en tensión, ahora nos lleva al corazón mismo del sistema político que generaba ese miedo.
Con toda su exuberancia, sus refinados detalles de época y un desenlace al estilo Tarantino, la película jamás pierde su profundo dolor emocional ni la idea central: que la dictadura dejó tras de sí a toda la nación en trauma. O Agente Secreto triunfa como un thriller político de lento desarrollo. Su director, Kleber Mendonça Filho, con “apenas” seis largometrajes en su filmografía, se consolida como uno de esos raros cineastas capaces de crear historias que miran hacia el pasado sin convertirse en rehén de la nostalgia.
Debe estar conectado para enviar un comentario.