«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Entradas etiquetadas como ‘Emma Stone’

Bugonia: Yorgos Lanthimos y el fracaso de su invasión alienígena

La última película de Yorgos Lanthimos llega envuelta en el celofán visual que ha convertido al cineasta griego en una de las voces más iconoclastas del cine contemporáneo. Su colaboración con Emma Stone ha sido fructífera creando películas que son osadas estilísticamente y que ponen al límite a quienes participan en ellas. El dueto empezó con La favorita (2018), un año después de haber ganado el Óscar a la mejor actriz por La La Land. La segunda colaboración fue el cortometraje en blanco y negro y silente, Bleat (2022), que no ha tenido exhibición comercial. La tercera cooperación fue Poor Things (2023) que implicó el segundo Óscar para la actriz. La cuarta colaboración es el filme que estamos por comentar. 

Visualmente, Bugonia (2024) exhibe la paleta desaturada y la composición meticulosa que esperamos de Lanthimos. Los diálogos mantienen esa cualidad artificiosa y perturbadora característica de su trabajo, y el diseño de producción logra crear espacios que oscilan entre lo mundano y lo surrealista. El reparto ejecuta con precisión las direcciones actorales poco naturalistas que han definido películas como The Lobster (2015) o The Killing of a Sacred Deer (2017).

El verdadero ancla emocional de Bugonia es Michelle (Emma Stone). La actriz norteamericana ofrece una actuación fuera de lo ordinario como la CEO de una empresa farmacéutica que es secuestrada por Ted (Jesse Plemons) y su primo Don (Aidan Delbis). ¿La razón del secuestro? Los captores consideran a la ejecutiva como la lideresa de una conspiración alienígena. Ella es una extraterrestre a la que hay que eliminar para salvar a la humanidad. La madre de los captores (interpretada por Alicia Silverstone) es la prueba de la corrupción e ineficiencia de la empresa para la que trabaja Michelle: se encuentra en estado de coma por una fallida ingesta de medicamentos mal desarrollados por la farmacéutica. 

Stone, ya habitual en el universo de Lanthimos tras The Favourite y Poor Things, demuestra aquí su don para habitar personajes complejos. Su interpretación navega la delgada línea roja entre el terror genuino y la frialdad corporativa que nunca abandona del todo, incluso cuando su vida peligra. Hay momentos en que su rostro transmite capas de vulnerabilidad, cálculo y algo cercano al nihilismo existencial, todo simultáneamente. Es un trabajo de precisión técnica actoral pero también de valentía, especialmente en las escenas de confinamiento donde debe sostener la tensión con mínimos recursos expresivos: la humillación del pelo rapado, la ropa escasa, la crema que es obligada a ponerse en todo su cuerpo, la rodilla dislocada que ella vuelve a poner en su sitio frente a la cámara, el maltrato físico de sus captores… Stone eleva un material que en manos de otro actor habría resultado opaco. Digresión. Parece que hay una obsesión del dúo director-actriz por ganar Oscars. Aquí ella aparece como productora ejecutiva, lo cual implica que tiene control creativo total sobre la producción. Habrá que ver hasta dónde y hasta cuándo llega la asociación entre estos dos artistas. 

Frente a ella, Jesse Plemons entrega una actuación correcta como el captor conspiranoico. Plemons construye un personaje que oscila entre lo aterrador y lo patético sin caer nunca en la caricatura. Hay una humanidad desgarradora en su paranoia, una lógica interna que hace que sus teorías más delirantes suenen casi convincentes en su boca. El esposo de Kirsten Dunst aporta una performance física y nerviosa errática que contrasta con la compostura de Stone, creando una dinámica de poder cambiante. Sus monólogos sobre conspiraciones alienígenas están ejecutados con una convicción que resulta risible e inquietante. Es el tipo de actuación que requiere entrega total sin miedo al ridículo, y Plemons se arroja al vacío con valentía admirable. Esta química Stone/Plemons genera algunas de las escenas más memorables del filme, transformando lo que podía ser un filme esquemático en algo más complejo y ambiguo.

Pese a lo anterior, encuentro dos problemas significativos que ensombrecen los logros formales.

El primero atañe a su resolución. El tercer acto abandona la ambigüedad moral que la película había cultivado cuidadosamente para optar por un desenlace que resulta explicativo en exceso. Donde Lanthimos suele confiar en la incomodidad de lo irresuelto, aquí parece sentir la necesidad de atar cabos, escupiéndonos un final que traiciona el espíritu del resto del metraje. Confirmar las teorías conspiranoicas de Ted es carecer de cualquier tipo de rigor. No puedes aparecer como un genio casi todo el filme y luego parecer un amateur al final.

El segundo problema es de naturaleza ética. Solo al final de los créditos, en tipografía diminuta, que prácticamente invita a ser ignorada, descubrimos que Bugonia es un remake de Save the Green Planet! (2003) de Jang Joon-hwan, una película de culto surcoreana que mezcla ciencia ficción, thriller psicológico y comentario social.

Esta revelación recontextualiza toda la experiencia. Lo que podría haberse presentado como un diálogo respetuoso entre cinematografías (la de occidente con la de oriente) se siente más bien como una apropiación cultural disfrazada de autoría original. El filme de Jang no es un tesoro olvidado sino una obra con reconocimiento crítico en círculos cinéfilos serios, lo que hace aún más desconcertante la decisión de minimizar su crédito. Un caso similar surgió con The Departed (2006) de Martin Scorsese que también relegó a la trilogía Infernal Affairs (2002) a un pequeño anuncio casi al final de la secuencia de créditos. Afortunadamente, el Oscar conseguido por William Monahan (adaptador del filme de Scorsese) permitió visibilizar mundialmente la trilogía de Hong Kong original. 

La cuestión de Lanthimos parece residir en estrategias de marketing que prefieren venderlo como creador único antes que como intérprete de una visión ajena. Bugonia no es una malograda película en términos técnicos, pero su existencia plantea preguntas sobre quién merece reconocimiento en el cine contemporáneo y cómo las estructuras de poder de la industria occidental continúan marginando voces no anglófonas incluso cuando se alimentan directamente de ellas.​​​​​​​​​​​​​​​​

A REAL PAIN Y LA CRÍTICA DE LA RAZÓN TURÍSTICA

Jesse Eisenberg, conocido por su papel simbólico en The Social Network (2010) y por interpretar a personajes neuróticos e introspectivos, ha ido consolidando una carrera que va más allá de la actuación. Como director, debutó con When You Finish Saving the World (2022), donde ya mostró interés por las dinámicas familiares y las tensiones sociales contemporáneas, al presentarnos a una madre (Julianne Moore) que intenta conectarse emocionalmente con su hijo que es una estrella de social media. A Real Pain (2024), su segundo largo, es un trabajo más maduro y profundo que explora el duelo, la memoria histórica y el turismo global.

La trama sigue a David (Eisenberg) y Benji (Kieran Culkin), dos primos judíos de Nueva York que, tras la muerte de su abuela, deciden viajar a Polonia en busca de sus raíces familiares. Es el viaje a la semilla. Lo que comienza como un trayecto de conexión con su historia personal pronto se convierte en un recorrido incómodo y revelador por la aparición en la pantalla de lugares emblemáticos del Holocausto. Mientras David intenta encontrarle significado a cada rincón visitado, Benji mantiene una actitud cínica, ridiculizando los rituales turísticos y la obsesión por las selfies en lugares cargados de tragedia.

El filme aborda el fenómeno del tanatoturismo, también conocido como turismo oscuro o grief tourism, una tendencia creciente en la que los viajeros buscan conectar con sitios marcados por la muerte y el sufrimiento. Otra tendencia conocida es la del turismo nuclear que lleva a los viajeros a lugares como Chernobyl. En el caso de A Real Pain, hay alusiones de lugares que van desde Auschwitz hasta otros sitios conmemorativos del Holocausto, explorando cómo los desplazamientos posmodernos ya no se centran exclusivamente en el placer, sino también en una búsqueda de significados problematizados por la historia.

La película se regodea en demostrarnos cómo la lógica del turismo digital ha vaciado de solemnidad incluso los espacios más sacros. Benji desafía la banalización de los lugares históricos convertidos en escenarios perfectos para Instagram y otras redes sociales. Una de las escenas más memorables ocurre cuando Benji, con evidente ironía, se toma una selfie en un sitio conmemorativo, solo para borrar la imagen segundos después, consciente de su absurdo. El parlamento que mejor ilustra esto es el siguiente: «Man, what’s stupid is the corporatization of travel. Ensuring that the rich move around the world, propagate their elitist loins, while the poor stay cut off from society». Esta crítica contra el turismo corporativo, que favorece a los ricos y deja fuera a los pobres, es la que sostiene toda la trama que parece encontrar su lema cuando Benji, colándose con su primo en un tren, dice: «We Stay Moving. We Stay Light. We Stay Agile».

La forma de ser de Benji impide que este se conecte inmediatamente con el grupo de turistas liderados por un joven británico que lleva años en el negocio, un ruandés (vaya ironía) convertido al judaísmo, una pareja jubilada de la tercera edad y una mujer solitaria encarnada por la siempre simpática Jennifer Grey (la protagonista de Dirty Dancing). El personaje de Culkin se burla de sus compañeros de viaje de manera inmisericorde: «Our Grandma Was From Here, So Dave Arranged For Us To Join This Geriatric Polish Tour With You Fine People». Pese a este tipo de exabruptos, sus coterráneos lo aceptan y terminan enternecidos por este joven que lo dice todo sin filtros y que no tiene reparos en mostrarse vulnerable, sensible, trágico y cómico, todo al mismo tiempo.

Escena paradigmática constituye aquella que transcurre en el cementerio de Lublin, en la que Benji critica al guía por presentar demasiados datos y números. El meollo de la diatriba sugiere no convertir a los seres humanos en simples estadísticas y no aplicar una visión reduccionista a todos los lugares que están en los mapas turísticos. Particular crítica de la razón turística es la que se admira en la actitud de Benji de usar el monumento al levantamiento de Varsovia, un conjunto escultórico heroico, para burlarse de él, adoptando poses similares a las de las estatuas. La escena roza el paroxismo cuando Benji logra que todos sus compañeros de tour, menos su primo, se tomen fotos con él con las mismas poses irónicas.

La música de A Real Pain pertenece completamente a Frédéric Chopin (1810-1849), cuya obra, cargada de melancolía, imprime una atmósfera nostálgica y meditabunda. Las baladas, estudios y nocturnos del compositor polaco, que murió de tuberculosis, se integran perfectamente en el paisaje emocional del filme, reforzando la conexión con el zeitgeist. Curiosamente esta música parece acercar más la película a la esfera de social media (a la cual critica todo el tiempo) asemejándose a esos videos turísticos, publicados por usuarios de redes, en los que prima lo instrumental mientras vemos los lugares más representativos de Varsovia. Toda la película debe verse como el travelogue (bitácora de viaje) de un inventario de sitios que presentan la mirada corporativa de las empresas turísticas contrapuesta con la visión ácida y sardónica de Benji que propone humanizar los trayectos y despojarlos de la información superflua que tiende a esconder la realidad. Nada mejor que la escena en la que el joven newyorker le pregunta al guía dónde diablos están los polacos, por qué en ningún momento hay interacción con ciudadanos locales. Este cuestionamiento es certero porque ataca a la mismísima burbuja que crean las agencias de viajes para proteger a sus clientes de la realidad.

El reconocimiento a la película llegó con dos importantes nominaciones al Oscar: Mejor Guion Original para Jesse Eisenberg y Mejor Actor Secundario para Kieran Culkin. El guion brilla por su combinación de humor negro y reflexiones existenciales, mientras que Culkin ofrece una interpretación sensible y dolorosa, alternando entre la burla y la vulnerabilidad con una precisión asombrosa. Oscar seguro para este actor que ya mostró su talento único en la serie de HBO, Succesion.

La película se estrena en Ecuador justo en medio de algunas coordenadas históricas que merecen ser enumeradas: el conflicto belico en la franja de Gaza, el auge de un creciente antisemitismo, la deportación masiva de migrantes por parte del gobierno de Trump y el octogésimo aniversario de la caída de Auschwitz. Estamos en una época en la que la intolerancia y el odio racial imperan. Nunca antes se ha vivido en un mundo más inseguro, tan marcado por el desdén hacia el Otro. La efemérides del campo de concentración, que tuvo la mayor cantidad de prisioneros y de muertos durante la segunda guerra mundial, nos ha recordado, junto con este filme, que los seres humanos somos (perdón por el lugar común) más frágiles y fugaces que nunca. Basta con recordar la escena en la que los primos entran a una cámara en la que gaseaban a los prisioneros. Aunque esta acción tiene lugar en el museo-campo de concentración de Majdanek, pudo haber sido Auschwitz, Dachau, Austerlitz o cualquier otro lugar de exterminación.

Sin efectos especiales, pletórica de humanidad y reflexiones existenciales, con una duración de apenas 90 minutos y un diseño de producción sin espectacularidades, A Real Pain, coproducida por Emma Stone y el mismo Eisenberg, se consagra como el mejor filme del año, sin números musicales, persecuciones o monstruos sustanciosos. Su verdadero valor reside en ser un documento audiovisual sobre temas universales como la vida, la muerte, el Holocausto y la necesidad de tolerancia. Eisenberg ha entregado una obra profunda y conmovedora, demostrando que el cine no necesita de artificios para dejar una huella imperecedera. Una pequeña película con una gran sombra histórica.