«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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HA MUERTO EL DUEÑO DEL CINEMA PARADISO

Lo que nunca olvidaré de él es su risa. No, esa no es la mejor forma de empezar un obituario. ¿Quién no lleva luto por Gerard Raad Dibo que ha muerto a punto de cumplir los 91 años? Esa está mejor. Lo recuerdo en sus últimos años caminando lentamente, con la ayuda de una asistente, siempre en un centro comercial, entrando o saliendo del cine. Uno podía estar tranquilo en una mesa cuando de repente se escuchaba la estruendosa risa, inconfundible. Acercarse a él en sus últimos años era un ritual que voy a echar de menos. Siempre con la ironía de preguntarme si me había ganado un nuevo premio o si ya había publicado otro libro. Me apena no haberle podido entregar mi tesis doctoral (publicada en 2021) que está dedicada a él y a Jorge Suárez. Más pesar me da que ninguna de las instituciones en las que laboró se hicieron presentes en el funeral o con algún anuncio público.

De ascendencia libanesa, Gerard fue un soltero empedernido. Los que lo frecuentamos le conocimos un par de parejas, entre ellas Ángela Portilla, pero su soledad era una constatación de su cinefilia. Era como una declaración de principios: con el cine hay que ser incondicional y hay que dedicarse a él en alma y cuerpo o viceversa. Era un espectador de cine a tiempo completo. No contento con ver la película, en una función especial, a la que era invitado por las distribuidoras antes del estreno oficial, él luego se la repetía para captar detalles que se le habían escapado en el primer visionado. Más que un lector de filmes era un re-lector, alguien que amaba tanto el hecho cinematográfico que basaba su placer en la repetición. Como curiosidad no quiero dejar de anotar que en las salas de cine a las que iba lo dejaban entrar sin ni siquiera haber pasado por la taquilla. Así de popular y venerado era.

Ya entrando a mi nota necrológica, quiero presentar una imagen que luego retomaré en el párrafo final. A finales de los años noventa del siglo anterior, al pie del cine 9 de octubre, en plena acera, amontonaron un millar de carretes de películas viejas para ser botadas, junto con carpetas que contenían material promocional y fotos viejas de actores (impresas tanto en papel como en slides). Preservar libros en una ciudad tan calurosa como Guayaquil es ya una odisea, imagínense carretes de celuloide que estaban desgastados por el tiempo. Era la transición del cine tradicional de barrio al Cineplex que es el modelo postcapitalista de sala de Mall. Todos los cines se estaban deshaciendo de sus latas de películas. Solo el cine 9 de octubre tenía el desparpajo de botarlas literalmente a la calle. En ese cementerio de carretes mágicos, que tardó días en desaparecer, me lo encontré a Gerard husmeando entre los títulos de clásicos que estaban haciendo su transición al DVD. Lo fascinante es que mi amigo medía los títulos que iba encontrando con dos criterios muy sencillos: este filme lo pasé en el cine foro y este de acá no lo proyecté. De cada título sabía la duración ya sea en minutos o en rollos. Sabía los años exactos de estreno y las fichas técnicas.

La figura del maestro es importante en nuestras vidas porque siempre necesitamos de una imagen tutorial. La de Gerard es la de un profesor siempre generoso, abierto, que se acercaba a tu núcleo espiritual con una facilidad inusitada. Orientadores fundamentales en nuestras vidas, como Cecilia Ansaldo, Cecilia Vera o Juan Ignacio Vara, son de esa estirpe y van quedando cada vez menos. Son figuras que George Steiner las describe muy bien como «maestros de lectura», orientadores, inspiradores, que generan un modelo de aproximación al hecho literario; cinematográfico, en este caso.

A diferencia del acto de la lectura que es solitario, el de visionar un filme es un acto colectivo, y con Gerard era litúrgico, y el teatro de la Casa de la Cultura era la catedral, palabra que viene de dar cátedra. Asistir al cine foro que él dirigía, era saber que él estaba ahí, en el recinto, con todos nosotros. En otras palabras, estábamos leyendo el filme con el maestro presente. En una época en la que las nuevas tecnologías pretenden eliminar al profesor del proceso pedagógico es cada vez más importante la figura de alguien como Gerard Raad Dibo. Los críticos de sillón, y las generaciones que veneran los subgéneros y desprecian la historia del cine, hacen más necesaria la sombra luminosa del crítico abarcador, holístico y receptivo.

Todos le debemos algo en esta ciudad. Es una deuda cultural. Ayer, en su velorio, las personas se paraban junto al féretro y le dedicaban sentidas palabras, todas de agradecimiento. El común denominador de los panegíricos era la gratitud por las enseñanzas impartidas. Lo que más me impresionó ayer en la sala El Descanso No. 4 de la Junta de Beneficencia, es la enorme cantidad de exalumnas del colegio Guayaquil. Todas, con algo en común, resaltaron la generosidad del jubilado profesor de matemáticas que las guió en todo momento. No faltaron los alumnos de la Universidad Católica Santiago de Guayaquil. Todos coincidiendo en resaltar la erudición de un cinéfilo de esos que ya no existen.

En mi caso no fui parte de ese selecto grupo de alumnos de las clases de los sábados en la mañana. Yo era parte del séquito del cine foro de la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, cuando era realmente una casa y cuando había de verdad una incesante actividad cultural. Asistí desde mediados de los años ochenta hasta casi expirar el siglo veinte. El lugar de comunión colectiva era el tercer piso del edificio ubicado en la avenida 9 de octubre entre Quito y Machala. Era una verdadera misa la que se vivía todos los martes y jueves a las dieciocho horas. Un acto litúrgico que movía a las masas. Gerard tomaba el micrófono, hacía una introducción, muy breve y didáctica, al filme que íbamos a ver, se apagaban las luces y empezaba el show. Al final de la función nos quedábamos unos pocos feligreses para escuchar al párroco que empuñaba de nuevo el micrófono de alambre, situado con su respectivo parlante, al pie de la tarima. La guayabera de tela blanca y manga corta era su sello inconfundible, aparte de la seguridad apabullante con la que diseccionaba un filme.

A la entrada del cine los asistentes recibíamos un folleto de cuatro carillas donde destacaba el número de la función. Lo que más recuerdo de esas volantes era el encabezado que en letras enormes tenía el nombre de la institución y su logotipo, además del número del foro que rozó los dos mil. Debajo del título estaba la ficha técnica con los participantes más importantes del filme en cuanto a la dirección, musicalización, dirección de arte, guion y otros aspectos técnicos en los que empecé a fijarme. Al decirle alguna vez que me habría gustado publicar, en un libro, todas esas hojas sueltas, me dijo que no valía la pena, que la mayoría eran hechas a partir de las notas de producción que la distribuidora entregaba a la prensa.

Pero resulta que cuando empecé a escribir crítica de cine todo lo que aprendí, lo tomé de esas hojas volantes que eran como la Luz del Domingo que nos daban a la entrada de las Iglesias. El orden que debe tener una crítica lo absorbí en esos escritos de Gerard: la ficha técnica, el párrafo introductorio y luego los bloques en los que debía el crítico dedicarse al análisis de la dirección de arte, la fotografía, la música, las actuaciones… Toda la estructura que siempre manejo como comentarista cinematográfico lo aprendí ahí: todo análisis debe siempre desglosar los aspectos técnicos sin descuidar los detalles históricos.

Cuando empecé a escribir para la prensa, a principio de los años noventa del siglo anterior, fue normal encontrármelo en las exhibiciones privadas que solían hacer las distribuidoras PELIMEX y UIP. Todos los que trabajaban en esas oficinas de distribución lo adoraban, desde la secretaria hasta el dueño (recuerdo su frase juguetona: «A mí me aplauden donde quiera que voy desde que me ven a lo lejos»). Hay dos funciones privadas que recuerdo de manera muy vívida: la de La lista de Schindler (1993) y la de la primera Misión imposible (1996). Del filme de Spielberg, que era en blanco y negro, rescató el único elemento a color que era el de la niña del abrigo rojo. Al encenderse las luces estaba visiblemente conmovido por ese simbolismo cromático, cito de memoria, «de la sangre inocente derramada en el holocausto». Del filme de Brian de Palma dijo algo breve pero que me enseñó a fijarme en la camarografía. «Mira ese plano barroco», me dijo, a propósito de un plano cenital que De Palma había usado en la escena del palazzo necoclásico donde se desarrollaba una bien coreografiada escapatoria. Eran frases muy cortas y sencillas que marcaron profundamente en el periodo formativo temprano del crítico de cine que yo pretendía ser.

Lo más divertido de ver una cinta con él era estar atento no solo a su risa esterofónica, sino también a cualquier comentario ingenioso que él no se guardaba. En una sala en la que no era permitido hablar, él se daba el lujo de expresarse en voz alta comentando algo que le gustaba en la pantalla. Las dos veces semanales que iba al cine foro de la CCENG eran mi universidad. Por eso cada vez que me preguntan dónde estudié cine, respondo que fue en la universidad de Gerard Raad. Aún guardo con devoción el texto que escribió para la presentación de mi primer libro de cine, publicado en febrero de 1996, Adivina quien cumplió cien años, en el que le dediqué un capítulo titulado «Queremos tanto a Gerard». Ese texto que él escribió, presentando mi libro, es una joya porque él estaba acostumbrado a escribir únicamente sobre películas y, no necesariamente, sobre libros que hablaran de cine, y que mucho tuvieran un artículo dedicado a él.

Cuando la película concluía, él se encargaba de hacer el foro correspondiente. El contraste entre el hombre risueño y bromista, con el profesor que hablaba seriamente del hecho cinematográfico, era notable. Para él no no había nada más serio que hablar del séptimo arte. Con él aprendí a comparar los filmes de un mismo director. No hay nada más amateur que no conectar un título con los anteriores del cineasta. Su experiencia teatral en los años sesenta del siglo anterior le dieron clarividencia para hablar con propiedad de las actuaciones. Sus dos grandes fuertes eran la trama y los desempeños actorales, además de un dominio de la filmografía completa de cada actor o director.

El programa que dirigía Gerard era como un atlas cinematográfico. Su programación no se limitaba al cine norteamericano. Gracias a él admiré filmes de Inglaterra, Italia, Francia, España y tantos otros países. Películas de todo el orbe eran exhibidas en forma de ciclos. Las embajadas y los consulados lo escogían a él para armar los memorables festivales por país que ya no se celebran en nuestros días. En la ESPOL trabajó muchos años haciendo también el cine foro bajo el amparo del departamento de vínculos con la sociedad, en el enorme auditorio de la facultad de ingeniería eléctrica que aún tiene una máquina de proyección marca Christie, toda una reliquia del museo de lo eterno.

Cuando le pregunté por las joyas que conseguía me dijo que los hijos de los dueños de las distribuidoras lo querían y que le prestaban los carretes de celuloide sin ningún costo. La pregunta es quién no lo quería. Su infalible sentido del humor, su infinita capacidad para burlarse no solo de los demás sino de sí mismo. Siempre lo recordaré como el proyeccionista de la película Cinema Paradiso que reconocía todos los carretes de películas viejas botadas al pie del cine 9 de octubre. Él era el viejo Alfredo que se queda ciego, en el incendio del cine del pueblo, precisamente por querer rescatar las cintas de celuloide. Ese era él, el dueño del Paraíso que rescató el cine para su ciudad. Vamos a extrañar su risa. Estará presente, seamos conscientes o no, en cada película que veamos.