ARCO, LA MEJOR ANIMACIÓN DEL AÑO (Y NO ES NORTEAMERICANA)

Hay películas que llegan a las pantallas comerciales como si fueran una falla en el sistema o un bendecido error de cálculo. Arco, ópera prima en largometraje del ilustrador y diseñador Ugo Bienvenu, es exactamente esa clase de obra: una anomalía resplandeciente que se coló en los festivales más importantes, se sentó entre los nominados al Oscar y, al hacerlo, recordó a la industria que la animación todavía tiene territorios sin conquistar.
La sinopsis es, en apariencia, sencilla. Arco, un niño del año 2932 que porta un traje de arcoíris capaz de atravesar el tiempo, viaja por error al 2075 y queda atrapado allí cuando su dispositivo temporal se avería. Lo recibe Iris, una niña de diez años que vive con una niñera robot y solo ve a sus padres a través de hologramas —síntoma elocuente de un mundo en crisis climática y desintegración afectiva—, y que decide ayudarlo a regresar a casa. La empresa no es sencilla: tres conspiranoicos los persiguen con la convicción de que Arco es la prueba viviente de que los viajes en el tiempo son reales. Lo que sigue es persecución, complicidad y un bromance mixto que el tiempo no podrá borrar porque, de hecho, lo ha atravesado. Bajo la capa dramática de la aventura, la película despliega con discreción sus temas de fondo: la esperanza climática, la empatía entre desconocidos y el peso que tienen las decisiones del presente sobre los futuros posibles.
La historia de cómo Arco llegó a existir es inseparable de la figura de Natalie Portman. Cuando Bienvenu y su co-guionista Félix de Givry llevaban dos años y medio de trabajo —con el proyecto rechazado sistemáticamente por las instituciones francesas de financiación— produjeron a su propio costo un demo animático en blanco y negro de cuarenta y cinco minutos que los dejó sin fondos. Fue su agente común quien lo mostró a Portman y a su socia Sophie Mas, productoras de la compañía MountainA. Según relata el propio Bienvenu, la actriz y ganadora del Oscar por El cisne negro vio el material y al día siguiente se comprometió a proteger la integridad artística del film y a aportar el capital necesario para completar el animático y arrancar la producción. «Era la historia más bella que había escuchado jamás», declaró la cursi de Portman a algunos portales al referirse al concepto de Bienvenu: la idea de que el futuro puede ser recordado como un sueño. Su compañía no solo financió una parte sustancial del proyecto sino que facilitó el acceso al ecosistema de coproducción franco-norteamericano y, una vez terminado el film, convocó para el doblaje inglés a voces de lujo —Mark Ruffalo, Will Ferrell, America Ferrera, Andy Samberg, Flea— comvocando ella misma, según el director, a cada uno de los actores. La propia Portman presta su voz a la madre de Iris en esta versión. Su participación es, en suma, el ejemplo más reciente de un fenómeno poco frecuente: una estrella de Hollywood que usa su capital simbólico y económico no para producir entretenimiento a su medida, sino para que exista una obra que, de otro modo, no habría podido existir.
Las cinco nominadas al Oscar 2026 en la categoría de mejor filme animado son KPop Demon Hunters, Zootopia 2, Elio, Little Amélie or the Character of Rain y Arco. El rosario traza, sin proponérselo, un mapa perfecto de las tensiones que atraviesan el cine de animación contemporáneo. KPop Demon Hunters, gran favorita, disponible en Netflix, y fenómeno de streaming sin precedentes, representa la animación como industria cultural de masas: eficaz, despampanante, diseñada para la viralización. Zootopia 2, con sus casi dos mil millones de dólares de recaudación, encarna la continuidad de la fórmula Disney —el mundo construido, el merchandising, la franquicia— en su expresión más industrial. Elio, último esfuerzo de Pixar, es el intento del estudio de reinventarse en el terreno de la aventura cósmica sin terminar de encontrar su propia voz. Little Amélie, producción franco-belga, se acerca en espíritu a Arco —el mismo origen europeo, el mismo aliento artesanal— pero su deuda con Ghibli y con la puesta en escena de Yasujiro Ozu la mantiene más cerca de la reverencia que de la ruptura. Arco, en cambio, es la única de las cinco que carece de las expectativas del mercado y eso es, precisamente, lo que la hace singular en esta terna y lo que le garantiza una vida más larga que la de cualquier estatuilla.
En el paisaje contemporáneo de la animación, dominado por el CGI fotorrealista de los grandes estudios, Arco representa una declaración de principios. Bienvenu opta por un lenguaje 2D que bebe con transparencia de Miyazaki —los prados luminosos del futuro, la textura acuarelada de los cielos, los personajes que se mueven con la gracia orgánica del dibujo a mano— pero no se limita a la reverencia: la expande. Las secuencias del viaje temporal son explosiones cromáticas que recuerdan más a Kandinsky que a cualquier previo cineasta de la animación. Los arcoíris no son metáforas decorativas sino arquitectura visual del relato. Esta apuesta tiene implicaciones históricas: en un momento en que la animación de autor europea sigue siendo percibida como fenómeno de nicho, Arco logra lo que pocos consiguen: romper el ghetto festivalero y alcanzar audiencias amplias sin traicionar ni un solo fotograma de su visión.
La deuda con Miyazaki es evidente, pero también lo es su reformulación de la estructura spielbergiana del niño-héroe desorientado en un mundo adulto incomprensible. Hay ecos de E.T. y de El Imperio del Sol. La diferencia crucial es que Bienvenu invierte los términos: el extraterrestre aquí es humano, y procede no del espacio sino del tiempo. El asombro no viene de lo desconocido sino de lo posible. Esa inversión convierte a Arco en algo genuino dentro de la tradición que cita. La película también reformula el género de la distopía animada: donde obras recientes optan por la oscuridad como postura estética, Bienvenu apuesta por el optimismo sin caer en la ingenuidad. Sus dos futuros —el 2075 tecnológicamente asfixiante y el 2932 ecológicamente radiante— no se presentan como fatalidad sino como elección. El arcoíris que los conecta es literalmente la posibilidad de una isla de paz.
La irrupción de Arco en la temporada de premios de 2025-2026 tiene un valor que trasciende el reconocimiento individual. Primero, consolida el regreso de la animación francesa —y europea en general— al primer plano de la discusión global, un espacio que el imaginario popular suele reservar para los estudios japoneses o norteamericanos; segundo, y acaso más importante, demuestra que la animación 2D artesanal puede convivir con el CGI masivo sin necesidad de imitarlo ni de relegarse a la nostalgia. Bienvenu no reivindica el pasado del dibujo a mano como valor sentimental: lo proyecta hacia adelante como el lenguaje más adecuado para hablar de ciertas verdades emocionales que el realismo computarizado no siempre alcanza. La estructura narrativa también merece atención: Bienvenu combina la aventura de iniciación, la ciencia ficción y el melodrama de separación sin que ninguna de las tres capas genéricas aplaste a las otras. Es un equilibrio que recuerda a los clásicos títulos de Ghibli precisamente porque no nació de la imitación sino de la misma convicción: que el cine de animación puede ser simultáneamente para niños y sobre la condición humana adulta.
Un par de reparos. Hay momentos en los que el guion cede a un paternalismo innecesario en una película que, por lo demás, confía plenamente en la inteligencia de su audiencia. El dúo cómico de antagonistas cumple su función pero rara vez la trasciende. Y la resolución final, aunque emocionalmente efectiva, avanza por caminos que el propio film ha señalizado con demasiada anticipación. Pero estos son los límites de una primera película ambiciosa, no los de una visión deficiente. Bienvenu sabe exactamente qué está haciendo. Sus imprecisiones son las de quien se atreve demasiado, no las de quien se ha quedado corto.
Arco es la película de animación que el cine europeo llevaba una generación esperando sin saber que la esperaba. Su aportación al medio es la demostración de que el arcoíris —ese fenómeno óptico que une puntos distantes mediante la luz— puede ser también una metáfora de lo que el mejor cine animado sigue siendo capaz de hacer: tender un puente luminoso entre el pasado y el futuro de las posibilidades artísticas. A mi entender el mejor filme de animación del año.

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