«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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FLOW, LA REIVINDICACIÓN DEL SOFTWARE LIBRE O EL ADIÓS A LOS STORYBOARDS EN EL CINE DE ANIMACIÓN

Hay que decirlo de entrada: Flow es la epifanía animada de la temporada. La película letona, dirigida por Gints Zilbalodis, ha dejado una marca de agua en la historia del cine de animación, al ganar el Oscar a la Mejor Película de su género, en la 97ª edición de los premios de la Academia.  Este logro no solo representa un hito para Letonia, al ser su primer Oscar, sino que también destaca por sus aportes técnicos revolucionarios en el ámbito de la animación. Al menos así lo dicen los entendidos. A continuación una reseña que no habla de las amenazas del cambio climático, el tsunami global, el fin del mundo y la desaparición de los seres humanos.

El gran sacrilegio es la ausencia de palabras o intertítulos. Flow es una película muda de 84 minutos: se desarrolla sin diálogos, centrándose en un gato negro (que parece salido del cuento de Edgar Allan Poe) y otros animales que buscan sobrevivir en un mundo postapocalíptico donde el diluvio parece que no va amainar. Esta ausencia de diálogos resalta la habilidad de la animación para transmitir emociones y contar una historia universal dependiendo únicamente del storytelling visual.

Uno de los aspectos más destacados es el uso de Blender, un software de código abierto que permitió a Zilbalodis y a su reducido equipo de apenas 20 personas, producir una obra de alta calidad con recursos limitados. Esto diferencia a los creadores letones de cualquier estudio de animación tradicional como Disney, Dreamworks o Pixar.  El uso de Blender no solo democratiza el proceso de producción, sino que también establece un precedente para cineastas independientes que buscan herramientas tecnológicas para crear al margen de los grandes estudios.

Otro gran aporte es el haber descartado el uso de storyboards que tradicionalmente son tan necesarios en el proceso de la animación. En vez de las usuales viñetas, el director se arriesgó a explorar ambientes virtuales con una cámara, creando una experiencia inmersiva inusual en este tipo de cine. Este enfoque innovador, ultrarrealista, obliga a tirar al tacho de la basura a los guiones gráficos tradicionales, diseñando las escenas directamente en 3D. Esta técnica permitió una exploración más orgánica y flexible de las secuencias, similar a la filmación en un set de acción real, y facilitó hallazgos e improvisaciones durante la producción que habrían sido imposibles sin la camisa de fuerza de las viñetas. Este enfoque se nota en la exploración constante de los espacios naturales, los perfectos detalles de la vegetación, las ruinas, las texturas líquidas como los charcos y el océano furioso con sus vaivenes cambiantes. No parece una película de animación. Es la naturaleza misma cobrando vida ante nuestros ojos azorados.

El filme también es notable por su eficiencia en el proceso de renderizado. Gracias al motor EEVEE de Blender, cada cuadro se renderizó en tiempos que oscilan entre 0,5 y 10 segundos en una laptop, eliminando la necesidad de costosas granjas de renderizado que son usuales de los grandes estudios (no olvidemos la prehistoria de los softwares de animación en los que tomaba días renderizar una sola imagen).  Este novedoso flujo de trabajo propuesto por Zilbalodis no solo redujo el presupuesto, sino que también aceleró significativamente el proceso de producción, demostrando que es posible alcanzar altos estándares visuales sin infraestructuras técnicas millonarias.

En conclusión, este filme marca un antes y un después en el cine de animación. Es la lápida colocada encima de los grandes estudios tradicionales. Si el año pasado El niño y la garza de Estudios Ghibli hizo historia reafirmando el poder del storytelling oriental, este filme letón obliga a reescribir los manuales de la historia del cine de animación. Gracias a este título que le ganó el Oscar a las millonarias The Wild Robot, Inside Out 2 y Wallace & Gromit: Vengeance Most Fowl, los artistas de este género tan apreciado se encuentran a salvo. Hay mucho futuro por animar.

FUENTES CONSULTADAS

Diario As. AP News. The Guardian. El Tiempo. Albaciudad.org Euronews.com Milesjazzclub.com Prensalibre.com. Lanacion.com.py. Portafolio.co. Larepublica.es. Elcomercio.com

A REAL PAIN Y LA CRÍTICA DE LA RAZÓN TURÍSTICA

Jesse Eisenberg, conocido por su papel simbólico en The Social Network (2010) y por interpretar a personajes neuróticos e introspectivos, ha ido consolidando una carrera que va más allá de la actuación. Como director, debutó con When You Finish Saving the World (2022), donde ya mostró interés por las dinámicas familiares y las tensiones sociales contemporáneas, al presentarnos a una madre (Julianne Moore) que intenta conectarse emocionalmente con su hijo que es una estrella de social media. A Real Pain (2024), su segundo largo, es un trabajo más maduro y profundo que explora el duelo, la memoria histórica y el turismo global.

La trama sigue a David (Eisenberg) y Benji (Kieran Culkin), dos primos judíos de Nueva York que, tras la muerte de su abuela, deciden viajar a Polonia en busca de sus raíces familiares. Es el viaje a la semilla. Lo que comienza como un trayecto de conexión con su historia personal pronto se convierte en un recorrido incómodo y revelador por la aparición en la pantalla de lugares emblemáticos del Holocausto. Mientras David intenta encontrarle significado a cada rincón visitado, Benji mantiene una actitud cínica, ridiculizando los rituales turísticos y la obsesión por las selfies en lugares cargados de tragedia.

El filme aborda el fenómeno del tanatoturismo, también conocido como turismo oscuro o grief tourism, una tendencia creciente en la que los viajeros buscan conectar con sitios marcados por la muerte y el sufrimiento. Otra tendencia conocida es la del turismo nuclear que lleva a los viajeros a lugares como Chernobyl. En el caso de A Real Pain, hay alusiones de lugares que van desde Auschwitz hasta otros sitios conmemorativos del Holocausto, explorando cómo los desplazamientos posmodernos ya no se centran exclusivamente en el placer, sino también en una búsqueda de significados problematizados por la historia.

La película se regodea en demostrarnos cómo la lógica del turismo digital ha vaciado de solemnidad incluso los espacios más sacros. Benji desafía la banalización de los lugares históricos convertidos en escenarios perfectos para Instagram y otras redes sociales. Una de las escenas más memorables ocurre cuando Benji, con evidente ironía, se toma una selfie en un sitio conmemorativo, solo para borrar la imagen segundos después, consciente de su absurdo. El parlamento que mejor ilustra esto es el siguiente: «Man, what’s stupid is the corporatization of travel. Ensuring that the rich move around the world, propagate their elitist loins, while the poor stay cut off from society». Esta crítica contra el turismo corporativo, que favorece a los ricos y deja fuera a los pobres, es la que sostiene toda la trama que parece encontrar su lema cuando Benji, colándose con su primo en un tren, dice: «We Stay Moving. We Stay Light. We Stay Agile».

La forma de ser de Benji impide que este se conecte inmediatamente con el grupo de turistas liderados por un joven británico que lleva años en el negocio, un ruandés (vaya ironía) convertido al judaísmo, una pareja jubilada de la tercera edad y una mujer solitaria encarnada por la siempre simpática Jennifer Grey (la protagonista de Dirty Dancing). El personaje de Culkin se burla de sus compañeros de viaje de manera inmisericorde: «Our Grandma Was From Here, So Dave Arranged For Us To Join This Geriatric Polish Tour With You Fine People». Pese a este tipo de exabruptos, sus coterráneos lo aceptan y terminan enternecidos por este joven que lo dice todo sin filtros y que no tiene reparos en mostrarse vulnerable, sensible, trágico y cómico, todo al mismo tiempo.

Escena paradigmática constituye aquella que transcurre en el cementerio de Lublin, en la que Benji critica al guía por presentar demasiados datos y números. El meollo de la diatriba sugiere no convertir a los seres humanos en simples estadísticas y no aplicar una visión reduccionista a todos los lugares que están en los mapas turísticos. Particular crítica de la razón turística es la que se admira en la actitud de Benji de usar el monumento al levantamiento de Varsovia, un conjunto escultórico heroico, para burlarse de él, adoptando poses similares a las de las estatuas. La escena roza el paroxismo cuando Benji logra que todos sus compañeros de tour, menos su primo, se tomen fotos con él con las mismas poses irónicas.

La música de A Real Pain pertenece completamente a Frédéric Chopin (1810-1849), cuya obra, cargada de melancolía, imprime una atmósfera nostálgica y meditabunda. Las baladas, estudios y nocturnos del compositor polaco, que murió de tuberculosis, se integran perfectamente en el paisaje emocional del filme, reforzando la conexión con el zeitgeist. Curiosamente esta música parece acercar más la película a la esfera de social media (a la cual critica todo el tiempo) asemejándose a esos videos turísticos, publicados por usuarios de redes, en los que prima lo instrumental mientras vemos los lugares más representativos de Varsovia. Toda la película debe verse como el travelogue (bitácora de viaje) de un inventario de sitios que presentan la mirada corporativa de las empresas turísticas contrapuesta con la visión ácida y sardónica de Benji que propone humanizar los trayectos y despojarlos de la información superflua que tiende a esconder la realidad. Nada mejor que la escena en la que el joven newyorker le pregunta al guía dónde diablos están los polacos, por qué en ningún momento hay interacción con ciudadanos locales. Este cuestionamiento es certero porque ataca a la mismísima burbuja que crean las agencias de viajes para proteger a sus clientes de la realidad.

El reconocimiento a la película llegó con dos importantes nominaciones al Oscar: Mejor Guion Original para Jesse Eisenberg y Mejor Actor Secundario para Kieran Culkin. El guion brilla por su combinación de humor negro y reflexiones existenciales, mientras que Culkin ofrece una interpretación sensible y dolorosa, alternando entre la burla y la vulnerabilidad con una precisión asombrosa. Oscar seguro para este actor que ya mostró su talento único en la serie de HBO, Succesion.

La película se estrena en Ecuador justo en medio de algunas coordenadas históricas que merecen ser enumeradas: el conflicto belico en la franja de Gaza, el auge de un creciente antisemitismo, la deportación masiva de migrantes por parte del gobierno de Trump y el octogésimo aniversario de la caída de Auschwitz. Estamos en una época en la que la intolerancia y el odio racial imperan. Nunca antes se ha vivido en un mundo más inseguro, tan marcado por el desdén hacia el Otro. La efemérides del campo de concentración, que tuvo la mayor cantidad de prisioneros y de muertos durante la segunda guerra mundial, nos ha recordado, junto con este filme, que los seres humanos somos (perdón por el lugar común) más frágiles y fugaces que nunca. Basta con recordar la escena en la que los primos entran a una cámara en la que gaseaban a los prisioneros. Aunque esta acción tiene lugar en el museo-campo de concentración de Majdanek, pudo haber sido Auschwitz, Dachau, Austerlitz o cualquier otro lugar de exterminación.

Sin efectos especiales, pletórica de humanidad y reflexiones existenciales, con una duración de apenas 90 minutos y un diseño de producción sin espectacularidades, A Real Pain, coproducida por Emma Stone y el mismo Eisenberg, se consagra como el mejor filme del año, sin números musicales, persecuciones o monstruos sustanciosos. Su verdadero valor reside en ser un documento audiovisual sobre temas universales como la vida, la muerte, el Holocausto y la necesidad de tolerancia. Eisenberg ha entregado una obra profunda y conmovedora, demostrando que el cine no necesita de artificios para dejar una huella imperecedera. Una pequeña película con una gran sombra histórica.