«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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Ron Howard naufraga en su película sobre las Islas Galápagos

Ron Howard (Oklahoma, 1954) acaba de destruir una de las carreras más sólidas y respetables de Hollywood. Desde sus inicios como el entrañable Richie Cunningham en Happy Days (1974) hasta convertirse en uno de los directores más exitosos de la industria, Howard ha demostrado versatilidad en todas sus películas previas: el filme tecno-científico Apollo 13 (1995), el drama periodístico Frost/Nixon (2008), la eficaz Una mente brillante (2001) que le valió el Oscar, e incluso entretenimientos competentes como la saga de Robert Langdon: El código Da Vinci (2006), Ángeles y demonios (2009) e Inferno (2016); sin embargo, toda carrera tiene su punto de quebranto, y Eden (2024), recientemente estrenada en la plataforma Amazon Prime Video, representa el momento en que la fórmula narrativa se desmorona y el calicanto falsea: la mediocridad triunfa sobre décadas de profesionalismo. Los guionistas culpables son Noah Pink (creador de la serie Genius de la National Geographic) y el mismo Ron Howard.

El cine de ficción ha evitado sistemáticamente las islas Galápagos. Más allá de documentales fascinantes sobre Darwin y la biodiversidad única del archipiélago, prácticamente no existe un corpus cinematográfico de ficción ambientado en estas islas. Alguna que otra aparición fugaz en películas de aventuras genéricas, quizás un par de escenas en Master and Commander (2003) de Peter Weir, tangencialmente relacionadas, pero nada sustancial. Las Galápagos, con su historia de colonos excéntricos, náufragos, misterios sin resolver y la legendaria saga de los colonos alemanes en los años 30 del siglo anterior, merecían una gran película. Eden debía ser esa obra a la altura de Satan came to Eden (2013), el señero documental de Dan Geller y Dana Goldfine, basado en Satan came to Eden: A survivor´s account of the Galapagos affaire (1936) de Dore Strauch y Floreana, lista de correos (1960) de Margret WIttmer.

Un antecedente local es preciso consignar. La baronesa de Galápagos (1993) de Carl West (Yugoeslavia, 1943) es una miniserie que pese a sus limitaciones es una referencia fundamental en el tema. Producida por Gustavo Nieto Roa y Enrique Arosemena para la cadena local Ecuavisa, estuvo protagonizada por Christian Bach (1989-2019), actriz argentina que hizo carrera en México en algunas telenovelas. Cuatro capítulos (disponible en línea), de aproximadamente hora y media de duración cada uno, diseccionan mejor la trama de intrigas y persecuciones entre estos europeos que se disputaban un territorio ajeno por el cual no pagaron ni un solo centavo.

Los hechos son de conocimiento público. Los Ritter (Dore y Friedrich) fueron los primeros colonos en llegar a Floreana, una de las islas Galápagos en 1929. La pareja huía de los comienzos opresivos del nacional socialismo en Alemania. Dore había sido paciente de Friedrich. Este era un fanático ciego de Nietzsche. Ritter juega a ser filósofo. Envía largas cartas sobre su vida a lo Robinson Crusoe que son publicadas por periódicos alemanes. Tres años duró el Edén de los Ritter. Un paraíso al que Howard no le interesa analizar. En 1932 llegaron los Wittmer (Margret y Heinz), inspirados por los «reportajes» de Ritter publicados en la prensa alemana. Los Ritter los mandaron al otro extremo de la isla, a una cueva, para mantenerlos lejos. Si las dos familias alemanas se llevaban mal, todo empeora cuando llega otra germana que se hace llamar Baronesa Eloise von Wagner Bousquet. Ella llega con dos supuestos sirvientes con la misión personal de construir un hotel de cinco estrellas al que bautiza como Hacienda Paradiso. La desaparición inexplicable de la mujer y sus lacayos, aparte de la muerte del doctor Ritter, convirtieron a esos eventos en las bases de la leyenda negra de Floreana. Mucho se ha escrito sobre estos primeros inmigrantes pero no hay audiovisual que le haga justicia a tanta intriga oscura. El director no atina a reproducir ni el más mínimo porcentaje de aquello que el historiador Octavio Latorre llegó a denominar la maldición de la tortuga.

Lo que Howard entrega es un mosaico de caricaturas donde actores talentosos se ahogan en interpretaciones maniqueas que insultan tanto a los personajes reales como a la inteligencia del espectador. Ana de Armas, cuyo ascenso meteórico prometía matices y profundidad (nominada al Óscar por hacer de Marilyn Monroe), reduce a la baronesa Eloise von Wagner Bosquet a una femme fatale de opereta, llena de poses y miradas calculadas sin una pizca de la complejidad psicológica que debió caracterizar a esta mujer enigmática. Jude Law, en lo que debería ser el papel de su madurez interpretando al doctor Friedrich Ritter, ofrece un misántropo de Cartoon Network, alternando entre gruñidos filosóficos (nadie se cree que es nietszcheano) y arrebatos predecibles. Su Ritter no es el visionario perturbado que abandonó la civilización; es simplemente un hombre malhumorado en una isla que se atreve a salir desnudo frontalmente en una escena.

Vanessa Kirby como Dore Strauch navega entre el victimismo y la histeria, sin capturar jamás la resiliencia y las contradicciones de una mujer que eligió seguir a Ritter al paraíso para encontrar el infierno (en ningún momento se justifica que use la gruesa rama de un árbol como cayado). Sydney Sweeney y Daniel Brühl, como los Wittmer, son los más desafortunados en este naufragio: interpretaciones tan planas y desprovistas de conflicto interno que parecen turistas perdidos en el set, recitando diálogos con la convicción de quienes leen el menú de un restaurante. Cada personaje es, o enteramente bueno o completamente malo, sin escala de grises, sin humanidad real.

Un inventario de inconsistencias podría tener la siguiente lista: los actores no se parecen en lo absoluto a las personas históricas que interpretan. Los Ritter tenían una campana que los visitantes debían tocar para que ellos pudieran vestirse. Vivían desnudos en un estado edénico que no es captado por el filme. El barril que servía en el muelle principal como casilla de correos aparece una sola vez y no se le da ningún tipo de uso narrativo, pese a ser el único vínculo con el mundo exterior por la cantidad de correspondencia y paquetes que llegaban. La vestimenta de los personajes no coincide con el clima: los exóticos ropajes de seda de la baronesa, por ejemplo, están fuera de lugar. La considerable distancia entre la vivienda de los Ritter y la cueva de los Wittmer no se respeta para nada dentro de la lógica espacial del filme. Las caminatas son tan mágicas que los personajes se visitan mutuamente a la velocidad del rayo. El naturalista norteamericano Allan Hancock llega a Floreana cuando la baronesa ya está instalada. No se menciona que es la tercera vez que su expedición científica llega a Galápagos. Tampoco se hace alusión al cortometraje cinematográfico que Hancock dirige con la baronesa como protagonista. Dore Strauch aparece vestida todo el tiempo con pantalones largos (a ratos pensaba que Vanessa Kirby debió haber interpretado el rol de la baronesa y no la sosa De Armas). El personaje de Daniel Brühl también aparece todo el tiempo con camisa de manga larga y pantalones. Dejo para el final de esta lista la forma ridícula en que el personaje de Sidney Sweeney da a luz sin ningún tipo de asistencia (cuando la evidencia biográfica apunta a que el Dr. Ritter la atendió a regañadientes). Tampoco se me quita de la cabeza la imagen de Sweeney amamantando a su criatura recién nacida. Triquiñuela de Howard de explotar la supuesta condición de sex symbol de la actriz.

Pero quizás el atentado más flagrante de Eden contra su material original es de carácter geográfico. Howard no filmó en Ecuador. Ni siquiera intentó acercarse a las Galápagos. Apenas mandó unos camarógrafos para captar tomas de paso, imágenes de transición, espectaculares imágenes aéreas captadas con drones, todos son superfluos planos contextualizadores. La producción entera se rodó en Australia, y se nota en cada cuadro. Las costas de Oceanía, por más hermosas que sean, no tienen la extrañeza volcánica, la aridez lunar, la luz solar tan particular, la fauna imposible que define al archipiélago ecuatoriano. Es como filmar una película sobre el Sahara en Islandia: técnicamente hay paisajes, pero el alma del lugar está ausente. Esta decisión no solo es una cuestión presupuestaria; es un símbolo perfecto de la desconexión total de la película con su material original.

La forma en que Howard resuelve el misterio de la baronesa es de un infantilismo supremo. No se entiende cómo un hombre de tanto kilometraje en el mundo del cine haya convertido el misterio galapaguense más importante en un sainete de principiantes. Spoiler alert. Uno de los lacayos de Eloise von Wagner se convierte en aliado del otro bando. Ritter dispara a la impostora de la nobleza y, en complicidad con Wittmer, arroja su cuerpo por un acantilado. Para hacer la intriga más voluminosa los guionistas deciden ubicar la muerte de Ritter después del asesinato de la baronesa. Su envenenamiento por ingerir pollo (alimentado por alpiste podrido) es de un amateurismo insufrible porque no es presentado de manera coherente. Una noche a Ritter se le ocurre comer ese platillo sin ninguna justificación previa. Resulta más incoherente aún que Margret Wittmer acuda previamente a regalarle a Dore Strauch carne de pollo más fresca. Hay una actitud soberbia de los guionistas de alardear del conocimiento de hechos biográficos cuando terminan poniendo en pantalla lo que ellos creen que pudo haber sucedido.

Eden es el fracaso más estrepitoso en la carrera de Ron Howard como director y como guionista (hay que tener agallas para poner su nombre en los créditos de autoría). No se entiende cómo teniendo un material histórico tan fascinante —uno de los episodios más extraños y oscuros de la historia del siglo XX— convirtió su pelicula en un melodrama insípido, rodado en el continente equivocado, con actuaciones dignas de una telenovela mexicana. Las Galápagos y sus leyendas oscuras siguen esperando una película digna de su misterio. Por suerte, la cineasta Tania Hermida hizo la película más representativa de esa región más transparente. Recomiendo La invención de las especies (2024), el mejor (y único) filme de ficción sobre nuestras islas.

EL SÍMBOLO QUE SE LE PERDIÓ A DAN BROWN

Vivimos en una época en la que hay una fascinación por lo esotérico, por el mundo de lo oculto, por supuestos misterios de carácter histórico y hasta religioso. La religión es un buen negocio y desde siempre se ha alimentado la curiosidad del público en general hacia temas como el supuesto manto sagrado, el santo grial, etc. Los masones y los templarios no están desterrados de este negociado cultural.

Dan Brown ha intentado con éxito satisfacer la curiosidad de las masas y ha entregado best sellers con esta temática. El código da Vinci (2003) significó la tergiversación de todo un sistema de conocimientos de la era del renacimiento. La supuesta simbología existente dentro de un cuadro de Leonardo da Vinci tuvo de cabeza a millones de lectores en diferentes lenguas. ¿Qué María Magdalena se casó con Jesús? No era la primera ni la última vez que dicha hipótesis era una explosión exitosa en la industria cultural.

Pero el mérito de la exitosa novela El código da Vinci no pertenecía exclusivamente a Dan Brown. Surgieron acusaciones como las de Lewis Perdue quien escribió El legado da Vinci (1983), libro de ficción en el que el protagonista se embarca en la misión de resolver un misterio que está escrito en sangre en el cuerpo de un hombre muerto que deja una llave de oro.

Aparte de las imputaciones de Perdue, surgieron Michael Baigent y Richard Leigh quienes alegan que Brown les plagió la estructura o arquitectura interna de su libro de no ficción titulado Holy blood, holy grail (1982) de Random House. Durante el juicio que tuvo lugar en el 2006 y que fue ganado por Brown, el juez pasó por alto un detalle fundamental. El libro de Baigent y Leigh desarrolla la teoría de que María Magdalena y Jesús se casaron y tuvieron una hija que inauguró una descendencia que continúa hasta el siglo XXI. Una supuesta sociedad secreta (el priorato de Sión) protege a todos aquellos que descienden de este supuesto linaje sagrado. Esta idea fue desarrollada por Dan Brown en extenso en su novela El código da Vinci.

En tal caso, está comprobado históricamente por eruditos y estudiosos que el priorato de Sión jamás existió y que la supuesta descendencia de Cristo no es más que una patraña esotérica que vende mucho. Leer El cementerio de Praga (2011), novela en la que Umberto Eco se burla de todo este entramado.

El éxito de Brown de alguna manera fue anunciado por el lanzamiento de Ángeles y demonios (2000), la segunda de las novelas en las que aparece el profesor de Simbología Robert Langdon. En esa obra ya había ese ambiente esotérico marcado por la presencia de los illuminati, una secta a la altura comercial de los templarios y los masones.

La tercera novela en la que aparece Robert Langdon se titulaba originalmente La llave de Solomon. Apareció en el mercado a fines del 2009 con el título de El símbolo perdido. El gran tema de este mega best seller (vendió un millón de ejemplares el día que salió a la venta) es la masonería. Brown aprovecha el ferviente interés que a lo largo de las últimas décadas ha existido hacia esta secta de lo oculto.

Robert Langdon tiene que investigar el secuestro de su amigo masón Peter Solomon, director del Museo Smithsonian y el responsable del desarrollo de las ciencias noéticas. Ingresa al escenario un villano llamado Mal´akh quien tiene tatuado todo el cuerpo con simbología esotérica.

La prosa de Brown es un monumento a la paraliteratura: insípida, vacua, frívola, ligera, sin carisma, pero absorbente a la hora de transmitir sin adornos, sin calidad literaria una trama pirotécnica de gran alcance comercial. ¿Quién dijo que había que escribir bien para vender millones de ejemplares? Que sea J. K. Rowling, otra mediocre escritora, la encargada de responder a esta pregunta. Aunque contando las ganancias de los 400 millones de ejemplares vendidos de la saga de Harry Potter quién sabe si tenga tiempo de hacerle caso a los críticos serios.

Arruinemos la lectura a las personas que no terminaron de leer la obra o que no pueden enfrentarse a más de 600 páginas. El símbolo perdido es Dios. El mensaje new age de Brown apunta a la recuperación de la divinidad en su dimensión simbólica (symbolon). Resulta que Dios es una idea de la semiósfera que ha sido relegada, olvidada, según nos plantea el autor norteamericano. Después de tantas matanzas y persecuciones del villano (quien al final resulta ser el hijo pródigo de Peter Solomon, oh, qué original) resulta que la respuesta a todos los misterios del universo es una sola palabra, Dios.

Habrá que ver si Ron Howard también dirige la tercera investigación de Robert Langdon, tal y como lo hizo con Ángeles y demonios (2009) y El código da Vinci (2006). Tom Hanks tampoco está confirmado para reprisar su rol del profesor de simbología de Harvard. Está claro que ninguno de los dos dejarán pasar los millones de dólares de ganancia que están esperando generar para el 2013 los personajes de Dan Brown.