«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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Réquiem por el mago politécnico del stop motion

Abrir el grupo de WhatsApp de la facultad la noche del 31 de diciembre y encontrarse con la noticia de la muerte repentina de Victor Estrada Jara (1989-2025) es una terrible forma de terminar el año y empezar otro. Es difícil perder a un compañero, colega y exalumno con tanto futuro y talento. Todos en la facultad de arte, diseño y comunicación de ESPOL estamos consternados por la noticia. Victor fue ante todo un cinéfilo de pura cepa, conocedor profundo de la historia de la animación. Creador del Motion Lab de la facultad de arte de la Politécnica donde impulsó la técnica del stop motion, ubicando a la ESPOL en la delantera en todo lo concerniente a esta técnica. Eran muy solicitados los cursos para niños que él impartía con pasión. Al enseñar, a los más pequeños, estaba asegurándose que las nuevas generaciones tuvieron acceso a un conocimiento técnico de gran valor.

Desde niño soñó con ser astronauta y todo lo que implicó viajes espaciales lo vivió a través del cine. Lo tuve de alumno en la época en que estábamos ubicados en Las Peñas y siempre se manifestó como un cinéfilo entusiasta y curioso. Siempre preguntaba sobre la estructura del guion, especialmente sobre la funcionalidad del storyboard. En la materia de Historia del Cine fue el que más alucinó con la proyección de los cortos de Georges Méliès.

No estaba interesado en la teoría, se enfocaba en la praxis. Quería saberlo todo sobre la técnica del stop motion que el director francés había inventado. Por eso fundó Stopmonautas, un proyecto del que salió su cortometraje que resultó uno de los 10 finalistas del concurso internacional CineSpace 2024, que organiza la NASA y la Sociedad de Artes Cinematográficas de Houston, y que puede verse en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=xTyqfZ8aA2Q

Victor era así. Soñaba por todo lo alto. Siempre estaba activado en modo internacional. Cuando un diario le preguntó por sus aspiraciones dijo sin tapujos que soñaba con colaborar con Guillermo del Toro. Deja inconcluso varios proyectos, sobre todo aquel que iba a ser el primer largometraje ecuatoriano en stop motion.

La penúltima vez que hablamos (en mi oficina) fue para pedirme que lo guiara en la elaboración de un libro que él concebía como un manual de consulta de las técnicas que lo llevaron a concretar su cortometraje del transbordador espacial. Es el único visitante que se ha quedado fascinado por las figuras de acción y la memorabilia cinematográfica que albergo en mi lugar de trabajo. La última vez que hablamos fue en la celebración de Halloween que organizó la facultad. Se había disfrazado de la Luna de Georges Méliès y yo no lo sabía hasta que me pidió tomarnos una foto para conmemorar el momento. Su inconfundible «profe», como me llamaba, me permitió reconocer quién estaba detrás de ese rostro escondido en la Luna ojona que Méliès había concebido en su corto de 1902. Esa es la forma en que elijo recordarlo.

MEMORIA DE UN HITO EN LA ANIMACIÓN STOP-MOTION

Memorias de un caracol (2024), la obra maestra (nunca mejor usada esta hipérbole) de stop-motion de Adam Elliot (Australia, 1972), es una narración de gran densidad conceptual que entrelaza la cita literaria con un marcado ambiente gótico, consolidando su lugar en la historia de la animación como una conmovedora película para adultos rica en metáforas, humor negro y giros trágicos..

La película sigue a Grace Pudel, (voz de Sarah Snook), que cuenta la historia de su vida a su caracol- mascota, Sylvia (llamada así por la poeta cuya novela La campana de cristal está leyendo la niña). El viaje de Grace se ve agrietado por pérdidas, como la muerte de su madre durante el parto, la posterior paraplejia de su padre a causa del atropellamiento de un conductor ebrio y la desgarradora separación de su hermano gemelo, Gilbert. Ambos quedan huérfanos y por ley tienen que ir a hogares adoptivos. A Grace le toca una simpática anciana trotamundos, pero su hermano es adoptado por una familia de granjeros desadaptados.

Estos acontecimientos sumergen a Grace en un mundo de solitud y excentricidad, que la llevan a encontrar consuelo, en su cada vez más creciente colección de caracoles, y a entablar una amistad poco convencional con la anciana Pinky (voz de Jacki Weaver). Esta estructura narrativa se hace eco de las reflexiones existenciales del filósofo Søren Kierkegaard, en particular la noción de que «la vida sólo se puede entender hacia atrás, pero hay que vivirla hacia adelante», una de las tantas citas dignas de ser enmarcadas.

El meticuloso trabajo artesanal de Elliot queda patente en el mundo sepia y tridimensional que construye, en el que cada fotograma supura melancolía e introspección. Los personajes, de rasgos exagerados y expresiones sombrías (algo de los locos Adams tiene), habitan un universo caprichoso e inquietante a la vez, que parece, según el periódico Times, como si Aardman Animations filmara una historia de Samuel Beckett.

Memorias de un caracol es un testimonio de la riqueza del stop-motion para transmitir temas complejos orientados a los adultos. La dedicación del australiano Adam Elliot a este oficio es evidente en la producción de la película, que duró ocho años, y supuso la creación de miles de marionetas artesanales y decorados en miniatura. El resultado de este minucioso proceso es una experiencia visual única que introduce al espectador en el mundo introspectivo de Grace que es una mina de perlas cultivadas: «Dad used to say that childhood was like being drunk. Everyone remembers what you did, except you» y «Losing a twin is like losing an eye… You never see the world the same way again».

Párrafo especial merece Percy Pudel (voz de Dominique Pinon), el personaje del padre de Grace, un francés enamorado de la animación que tiene una cámara especial para hacer historias de stop motion. Él le enseña a su hija el amor por ese tipo de animación y de niña ella pasa sus horas moviendo y fotografiando muñecos. Después de la muerte de su padre ella conserva esa cámara como legado y es como el filme dentro del filme y el guiño a una técnica fundamental de la animación que exige mucho trabajo, tiempo y paciencia. De ahí que el filme haya durado casi una década en su rodaje. Esto hace que valoremos más cada objeto y movimiento que aparece en pantalla.

Este filme no es para cualquiera: aparecen personajes leyendo The Catcher in the Rye de Salinger, Of Mice and Men y Grapes of Wrath de Steinbeck, El diario de Ana Frank y Memorias de una geisha de la que parece haber tomado el director el título. La exploración que hace la sombría narración de temas como el dolor, la soledad y la condición humana, junto con su humor negro y sus trágicos arcos narrativos, desafían los límites convencionales de la narración animada. Al ahondar en la vida de los marginados y enfatizar sus luchas y resistencias, Elliot invita al público algo que jamás se le ocurriría a Disney: solidarizarse con los perdedores. Este enfoque no sólo enriquece la narración, sino que eleva el arte de la animación como vehículo para contar mejores historias.

El filme de Eliot ha arrasado en su recepción internacional. En concreto, Memoir of a Snail recibió una nominación al mejor largometraje de animación en la 97 edición de los premios de la Academia, lo que supuso un logro sin precedentes para la animación stop-motion australiana. Además, obtuvo el premio al mejor largometraje en el Festival de Cine BFI de Londres de 2024, en el que el jurado ponderó su resonancia emocional y su narrativa anticonvencional. 

En conclusión, Memorias de un caracol es un hito audiovisual que muestra hasta donde puede llegar la animación stop-motion a través de una historia nada comercial marcada por antihéroes y pequeños fracasos de vida. A través de su intrincada narrativa, su estilo visual gótico y la exploración de temas que son más para adultos, no sólo cautiva al público, sino que también consolida el legado de Adam Elliot como un visionario en el canon del cine de animación.