«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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F1, LA PELÍCULA DEFINITIVA DE CARRERAS AUTOMOVILÍSTICAS

Joseph Kosinski (Iowa, 1974) ha construido un curriculum caracterizado por el dominio de su material narrativo y su capacidad para crear espectáculos audiovisuales que trascienden lo meramente superficial. Desde su debut con “Tron: Legacy” (2010), donde demostró su habilidad para fusionar tecnología de vanguardia con storytelling emocional, hasta el histórico “Top Gun: Maverick” (2022), que redefinió las batallas aéreas cinematográficas, Kosinski se ha consolidado como uno de los más hábiles en el teje y maneje de producciones de gran presupuesto sin sacrificar el lenguaje cinematográfico. Los grandes directores ya no existen. Lo que hay ahora es gerentes cinematográficos. Empresarios audiovisuales que lidian con grandes presupuestos y un millar de aspectos técnicos. Su filmografía, que incluye también la fantasía de SciFi, “Oblivion” (2013) y el drama de acción sobre bomberos, “Only the Brave” (2017), revela a un cineasta obsesionado con los temas de redención, honor y el paso del tiempo. Con “F1”, Kosinski alcanza su punto más alto, aplicando toda su experiencia en la creación de un filme que funciona tanto como espectáculo comercial como filme de acción que puede satisfacer hasta al más exquisito historiador del cine.

El primer detalle que primero capturó mi atención como aficionado a las carreras es la velocidad con la que los autos son atendidos en los famosos stop pits o boxes para tareas usuales como la de recargar combustible, ajustar frenos y cambiar neumáticos. El filme te ilustra el cambio histórico que se ha producido en las pistas contemporáneas. Cuando un coche debe cambiar sus llantas tiene que ser «atendido» por un equipo que rápidamente lo refacciona y lo devuelve a la pista con todos los aditamentos posibles. Este cambio, en el pasado, duraba de 30 segundos a 1 minuto. El filme presenta la rapidez con la que ahora todo se hace en máximo 3 segundos, con un equipo de decenas de personas que se dedican simultáneamente a cada una de las partes del coche.

“F1” se inscribe dentro de una amplia tradición de películas automovilísticas que comenzó con la obra señera de John Frankenheimer, “Grand Prix” (1966), y encontró su expresión más pura en “Le Mans” (1971) de Lee H. Katzin, protagonizada por Steve McQueen. Mientras que “Le Mans” privilegiaba el realismo documental y la inmersión sensorial por encima de la narrativa convencional, películas posteriores como “Days of Thunder” (1990) de Tony Scott apostaron por un enfoque más hollywoodense, combinando romance y melodrama con la adrenalina de las carreras. “Rush” (2013) de Ron Howard elevó el género al explorar la psicología competitiva a través del duelo Niki Lauda-James Hunt, mientras que “Ford v Ferrari” (2019) de James Mangold demostró que las películas de carreras podían funcionar como correctas películas de acción sobre la obsesión y la excelencia.

Kosinski toma elementos de todos estos antecedentes: la autenticidad visceral de “Le Mans”, la espectacularidad de “Days of Thunder” con Tom Cruise dirigido por Tony Scott, la profundidad psicológica de “Rush” y la maestría técnica de “Ford v Ferrari”; sin embargo, “F1” va más allá de sus predecesores al lograr un equilibrio perfecto entre espectáculo y elaboración de la historia, creando una experiencia cinematográfica que honra tanto la tradición del subgénero como las posibilidades de los nuevos lenguajes cinematográficos.

Un breve párrafo entre paréntesis se merece Paul Newman por ser el arquetipo del corredor de autos. Cuando participó en Winning (1969) se le inoculó el virus de la competencia sobre ruedas. Se convirtió en piloto profesional labrando una carrera de 35 años. Recomiendo el documental «Winning: The Racing Life of Paul Newman» en la que se analiza su carrera, llena de prestigiosos galardones, al frente del volante. Su última carrera profesional fue a los 82 años. Regresamos a «F1».

Apple TV+ ha invertido más de 300 millones de dólares en “F1”, y cada centavo es visible en pantalla. La decisión de filmar durante Grand Prixes reales de Fórmula 1 representa un salto cualitativo sin precedentes en el realismo cinematográfico del automovilismo. Las cámaras, montadas en los monoplazas auténticos, en los aleros, en los cascos, en los pedales, en los volantes, capturan la velocidad de manera que ninguna película anterior del género había logrado. Las secuencias de carrera no son simulacros en circuitos cerrados; son fragmentos de competencias reales donde los actores-pilotos interactúan con los verdaderos gladiadores del asfalto contemporáneo. Nota al pie: los actores usan autos de Fórmula 2 que no son tan livianos como los de fórmula 1. Los carros de Fórmula 2 son iguales todos en el chasis y los componentes son provistos por los organizadores de las carreras; los coches de Fórmula 1 son fabricados por cada escudería con una tecnología aerodinámica, y alcanzan los 370 km/h (50 más que los F-2).

El diseño de producción de Guy Hendrix Dyas recrea meticulosamente el mundo de la F1, desde los boxes o pits hasta las hospitality suites, con una atención al detalle que roza la obsesión. Cada tornillo, cada cable, cada superficie refleja la precisión germánica que caracteriza a este deporte. La dirección de arte complementa esta visión con una paleta que contrasta la frialdad tecnológica de los garajes con la calidez humana de los espacios íntimos.

La partitura de Hans Zimmer merece un reconocimiento especial. El compositor alemán crea una sinfonía mecánica donde los motores V6 turbo se convierten en instrumentos musicales, generando una banda sonora que es tanto melódica como industrial. El maestro Zimmer entiende que en la F1, el sonido del motor es el alma del espectáculo, y construye sus composiciones alrededor de estas frecuencias, creando una experiencia auditiva inmersiva que complementa la acción visual. Su música de sintetizador suena como su primera etapa de los años 90 del siglo anterior. De hecho, hay dos referencias a esa década como una era de nostalgia. De hecho, el apodo con el que el personaje de Brad Pitt debe cargar es el de «Mister 90´s» como una alusión a su pasado de «perdedor».

La fotografía de Claudio Miranda y Erik Messerschmidt (compartiendo responsabilidades en diferentes segmentos) es simplemente extraordinaria. Utilizando una combinación de cámaras IMAX y equipos de última generación, logran capturar tanto la velocidad vertiginosa de las carreras como los momentos contemplativos. Sus encuadres transforman los circuitos en catedrales de velocidad, donde cada curva se convierte en una poética visual de intenciones narrativas.

Brad Pitt se sienta en un trono entre Steve McQueen (Le Mans) y Paul Newman (Winning) al entregar una de sus mejores interpretaciones en años como Sonny Hayes, el piloto veterano que busca redimirse después de tres décadas marcadas por la frustración y el fracaso. Pitt evita los clichés del “viejo lobo de pistas” para crear un personaje genuinamente vulnerable, cuya sed de redención se percibe auténtica y desesperada. Su trabajo físico es impresionante; a los 61 años, Pitt se sometió a un entrenamiento exhaustivo para manejar los monoplazas, y su compromiso actoral se refleja en cada escena. Hay momentos donde su interpretación alcanza una profundidad introspectiva que nos recuerda por qué ganó un Oscar en Once Upon a Time in Hollywood, especialmente en las secuencias donde confronta sus demonios del pasado.

Javier Bardem aporta su carisma mediterráneo y su intensidad dramática como el jefe de equipo de la escudería. Bardem entiende que su personaje debe funcionar como el corazón emocional del equipo, el hombre que equilibra las demandas comerciales con las necesidades humanas de sus pilotos. Su química con Pitt es notable, creando una dinámica hermano mayor/ hermano menor que añade justas capas emocionales al conflicto central.

La actriz irlandesa Kerry Condon, de 42 años, como la directora técnica del equipo, ofrece una interpretación matizada que evita los estereotipos de género típicos del cine de acción. Su personaje de la experta en aerodinámica que dirige el equipo técnico es brillante y navega estas complejidades con una naturalidad que hace que su presencia se sienta esencial en lugar de simbólica. El convertirse en el interés sentimental de Pitt es un proceso narrativo que se siente espontáneo y su presencia es el contrapeso en un mundo formado exclusivamente por hombres. Su rol es quizá el hallazgo dramatúrgico más importante del guion. Desde su nominación al Oscar por The Banshees of Inisherin (2022) no había encontrado ella un papel en el cual destacar con tanta solvencia.

Damson Idris completa el cuarteto central con una actuación que captura perfectamente la arrogancia y la vulnerabilidad de la juventud ambiciosa. Su Joshua Pearce es tanto aliado como rival de Hayes, e Idris logra que esta dualidad se sienta orgánica en lugar de forzada. La tensión generacional entre Pitt e Idris proporciona el conflicto central del filme.

“F1” representa un punto de giro en el subgénero de las películas de carreras, estableciendo nuevos estándares más técnicos que narrativos. Kosinski ha creado un filme donde la tecnología sirve a la historia en lugar de dominarla, donde cada efecto especial y cada secuencia de acción están justificados por necesidades dramáticas específicas. La intriga nunca decae porque cada carrera, cada vuelta, cada adelantamiento (desmarque, le dicen en el fútbol) tiene consecuencias reales para los personajes.

La sinergia entre tecnología y narración que Kosinski logra en “F1” es ejemplar. Las herramientas técnicas más avanzadas están al servicio de una historia sobre la redención, el paso del tiempo y la búsqueda de la excelencia. El veterano piloto que regresa después de 30 años a las pistas, y que nunca ganó un gran premio importante, coquetea con los abismos del lugar común pero no cae en las trampas del estereotipo. Esta película demuestra que el cine de espectáculo puede ser también inteligente (como ya lo fue la notable Top Gun: Maverick del mismo director), y que las grandes producciones pueden mantener el tono intimista sin sacrificar la grandeza visual.

“F1” es puro cine. Una delicia para los ojos. Kosinski ha creado una obra que honra la tradición del subgénero mientras lo reinventa para la generación Apple. Es, sin lugar a dudas, la película de Fórmula 1 definitiva, y probablemente (no me perdonen por esta hipérbole) la mejor película de carreras de la historia del cine.

HA MUERTO VAL KILMER, EL JINETE DE LA TORMENTA

Valentine Edward Kilmer, el carismático y versátil actor cuyas interpretaciones cautivaron al público durante cuatro décadas, falleció el 1 de abril de 2025 a la edad de 65 años debido a complicaciones derivadas de una neumonía. Nacido en Los Ángeles en 1959, Kilmer pasó de ser un actor de teatro, formado en Juilliard, a convertirse en un símbolo de Hollywood gracias a una serie de papeles memorables que mostraron versatilidad y dedicación a su oficio.

Vi por primera vez a Kilmer en 1984, en los Policines, del centro comercial Policentro, en Guayaquil. Era una comedia desopilante llamada Top Secret de Jim Abrahams y los hermanos Zucker. La retina de mi memoria guarda ese rol principal en el que Kilmer propone una especie de sátira contra los héroes de los filmes de espionaje. Un contra-James Bond que hacía fonomímica de «Tutti-Frutti» de Little Richard, salvaba a la heroína de turno de los nazis y participaba en persecuciones hilarantes.

El papel más destacado de Kilmer llegó en 1986 con «Top Gun», de Tony Scott (el hermano de Ridley), donde encarnó al aviador naval Tom «Iceman» Kazansky. Su performance no sólo fue el complemento perfecto para el Maverick de Tom Cruise, sino que también consolidó su estatus de actor principal en Hollywood. 36 años después Kilmer volvió a interpretar este emblemático papel en la secuela de 2022, «Top Gun: Maverick», con una interpretación que resonó para las nuevas y anteriores generaciones. Con la ayuda de tecnología de avanzada se le dio la voz que había perdido debido al cáncer de garganta que lo aquejaba desde hace más de una década. El actor tenía en su cuello un hueco, producto de una traqueotomía, que le obligaba a llevar siempre una bufanda. Se comunicaba a través de un sencillo sistema de un parlante conectado a su traquea.

En 1991, Kilmer asumió el rol por el que seguramente será más recordado, el de Jim Morrison en «The Doors», de Oliver Stone, en particular por su interpretación en vivo de «L.A. Woman». En este época donde abundan las biopics de cantantes (y hasta ganan Oscars por hacer fonomímica) la interpretación del vocalista de la legendaria banda de rock californiana fue aclamada por la crítica. La dedicación de Kilmer era evidente: pasó meses aprendiéndose las canciones de The Doors (él las canta en la banda sonora), y su encarnación del Rey Lagarto no pasó desapercibida para el público y la crítica (recibió el premio MTV Movie Award), aunque la academia de Hollywood lo ignoró en las nominaciones a mejor actor pincipal.

En 1995 Kilmer no tuvo vergüenza de hacer el ridículo y de enfundarse la capa y la capucha en «Batman Forever», dirigida por Joel Schumacher. Metido en el papel de Bruce Wayne/Batman, aportó una intensidad melancólica al personaje, equilibrando la dualidad del Caballero Oscuro y su alter ego multimillonario. La película fue un éxito comercial (canciones incluidas: «Hold me, Thrill me, Kiss me» de U2 y «Kiss from a Rose» de Seal) y aunque no consolidó el lugar de Kilmer en el panteón de los superhéroes cinematográficos siguió siendo un actor de referencia.

En el género del western, la interpretación de Kilmer del pálido y febril Doc Holliday en «Tombstone» (1993) es una de sus más celebradas. Su interpretación del pistolero enfermo de tuberculosis está ya en la galería de los mejores personajes de las películas del Oeste, pronunciando frases con una mezcla de ingenio y amenaza que desde entonces se han convertido en perlas cultivadas. La película alcanzó un estatus de culto, y la interpretación de Kilmer suele destacarse como lo más memorable. Como secundario también brilló con la misma intensidad en Heat (1995) de Michael Mann, como el lugarteniente desalmado de Robert de Niro.

El histrionismo de Kilmer brilló en películas como «El Santo» (1997), donde interpretó al ladrón y maestro del disfraz Simon Templar (interpretado por Roger Moore en la serie de televisión). Su capacidad para adoptar sin problemas varios personajes (con diferentes voces) dentro de la película demostró un talento que nunca fue del todo reconocido. En lo particular recuerdo con mucho afecto dos filmes: el primero es At First Sight (1999) de Irwin Winkler en el que interpreta a un masajista ciego que se enamora de Mira Sorvino. La trama adquiere un giro insospechado cuando un tratamiento (operación incluida) le devuelve la vista perdida en Vietnam. Un mundo nuevo de sensaciones y sentimientos se abre ante el personaje que vuelve a perder la vista al final del segundo acto. El segundo filme es «Kiss Kiss Bang Bang», de 2005, en el que Kilmer interpretó a «Gay» Perry, un detective privado de agudo ingenio y personalidad compleja. Su química con el coprotagonista Robert Downey Jr. y su sentido de la comedia añadieron profundidad a la comedia neo-noir. La premisa de este filme fue retomada por Barry, la serie de HBO en la que Bill Hader interpreta también a un criminal de poca monta que se mete en un curso de actuación.

Val (2022), un documental para recordar a Kilmer

Pocos documentales alcanzan el nivel de intimidad y autoexploración de Val (2022), el retrato personal y poético del actor norteamericano Val Kilmer. Dirigida por Leo Scott y Ting Poo (dos jóvenes videoastas a los que originalmente había contratado para digitalizar sus archivos audiovisuales), la película (disponible en Amazon Prime) es más que una retrospectiva de su carrera; es una meditación existencial sobre la identidad, el legado y el precio de la devoción artística. Es también un testamento en el que vemos al actor dar sus últimos suspiros vitales.

Construido en gran parte a partir del extenso archivo de vídeos caseros del propio Kilmer -que abarca décadas y captura momentos íntimos entre bastidores en películas como Top Gun, The Doors y Batman Forever-, Val ofrece una mirada sin precedentes a la vida de un actor que fue tan venerado como rechazado. Egomaníaco, conflicto, pagado de sí mismo, vanidoso al extremo, confrontado dentro y fuera del set. Se podrá decir de él lo que se desee, pero siempre será incontestable el amor de Kilmer por la interpretación y sus luchas contra la maquinaria de Hollywood quedan evidenciadas en el filme, revelando a un artista cuyas ambiciones a menudo chocaban con las expectativas de la industria.

El propio Kilmer, que ha perdido la voz debido a un tratamiento contra el cáncer de garganta, narra su historia a través de su hijo Jack Kilmer, cuya voz evoca inquietantemente el tono juvenil de su padre. Esta elección creativa añade una capa de humanidad, como si Kilmer hablara desde el pasado y el presente, rememorando una vida que, a pesar de sus triunfos, ahora se siente dolorosamente distante.

El documental no rehúye la reputación de Kilmer de ser una persona con la que resultaba difícil trabajar, pero en lugar de presentar una contranarrativa defensiva, ofrece una visión de la profundidad de su compromiso artístico. Clips de sus días en Juilliard y su obsesiva preparación para los papeles -en particular su asombrosa transformación en Jim Morrison para The Doors– revelan a un hombre entregado a su oficio, casi siempre en detrimento de sus relaciones personales con Hollywood.

Sin embargo, Val no trata sólo de ambición profesional. También es una película profundamente personal sobre la familia, la pérdida y el renacimiento. Los momentos con los hijos de Kilmer, en particular con su hijo Jack, sirven como anclas emocionales, recordándonos que detrás de la personalidad de Hollywood siempre hubo un hombre en busca de conexión intelectual y emoción artística.

Las partes más conmovedoras de Val llegan en su segunda mitad, cuando Kilmer, frágil y con dificultades para comunicarse, se enfrenta a sus limitaciones físicas con humildad y humor. Su cuerpo le ha traicionado, pero su espíritu permanece intacto. La película nos permite ser testigos de su reconocimiento de la mortalidad de una forma que pocos actores se permitirían en la pantalla. Esto se va en contra de la egomanía de la que siempre se le acusó al actor. Su baño de humildad al borde de la muerte hace de este filme un documento único.

Val no es sólo un documental sobre un actor, es una meditación sobre la fugacidad de la fama y el poder perdurable de la narración. Scott y Poo elaboran una narración que es a la vez elegíaca y edificante, celebrando una carrera repleta de interpretaciones emblemáticas, a la vez que se enfrenta a las dolorosas realidades del envejecimiento y la enfermedad.

Para quienes crecimos viendo las películas de Kilmer, Val es un conmovedor homenaje a un artista complejo y a menudo incomprendido. Para quienes no estén familiarizados con su obra, es una introducción a un hombre que vivió para su arte, incluso cuando le costó su posicionamiento dentro del star system al cual nunca perteneció del todo. Al final, Val no habla de nostalgia, sino de lucha, la que permite a un artista seguir contando su historia, incluso cuando su voz (literalmente) ya no está. En este sentido la figura del scrap book de Kilmer (ese mamotreto en el que el actor guarda sus recortes, anotaciones y fotos) resulta una metáfora visual enriquecedora. Más aun ese diario íntimo que es la serie de videos domésticos en los que lo vemos compartir momentos privados con personajes como Marlon Brando. Kilmer se adelanta a los videologs y las historias de redes sociales ofreciéndonos un documento valioso para la eternidad.