«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

kubrick y la showgirl

Más de un centenar de fotos pudieron admirarse en la ciudad de Génova en el Palazzo Ducale durante los meses de mayo a julio de 2013. Son ciento sesenta y dos cuadros fotográficos del cineasta Stanley Kubrick (1928-1999) que se exhiben hasta el próximo mes. La muestra itinerante (que organiza el Museum of the City of New York en conjunto con el Musée Royaux des Beaux-Arts de Belgique) contiene trabajos del joven fotógrafo que abarcan el periodo que va desde 1945 hasta 1950. Es un lustro productivo en el que apenas con diecisiete años (edad clave para el periodo formativo-temprano de todo aspirante a artista) se convirtió en más que un aprendiz de lo visual. Las fotos son propiedad de Look Magazine (donde tomó más de diez mil con una cámara Contax y una Rolleiflex) y fueron impresas a partir de los negativos originales de la Look Magazine Collection of the City of New York Museum. El formato en el que son exhibidas es superlativo, difiriendo de la forma en que aparecieron originalmente ya que va del afiche a la gigantografía. Cada cuadro va acompañado de una ficha técnica que la contextualiza.
Todo empezó con un regalo inusitado a la edad de trece años: su padre Jack, fotógrafo aficionado y médico, le regaló una cámara Kodak con la que empezó a explorar retratos cotidianos. La primera foto que vendió en 1945, a un precio de veinticinco dólares, contenía la imagen de un vendedor de periódicos leyendo consternado la primera plana donde se apreciaba la noticia de la muerte de Franklin D. Roosvelt. Fue su comienzo como freelance en Look y a los pocos meses sería contratado para trabajar de planta.
Fueron años felices para el joven del Bronx quien, para completar la renta, jugaba ajedrez en Park Square Washington. Cuando fue oficialmente contratado se convirtió en el fotógrafo más joven de las revistas norteamericanas de ese entonces y alguien que desarrollaba, en su mayoría, los temas que proponía. Cada proyecto consistía en un memorando detallado con copias para cinco personas de la revista que incluían al editor gráfico, al productor ejecutivo y al director de arte.
Durante ese periodo, el joven Stanley vivió frugalmente en Greenwich Village con su novia, Toba Metz, quien luego se convertiría en la primera de sus tres esposas. Su modus operandi era hacer la cobertura gráfica de manera solapada. Ocultaba su cámara en una bolsa de papel a la que le había hecho un hoyo. Esta técnica le iba a dar excelentes resultados para captar espontáneos retratos y verosímiles escenas cotidianas.
Kubrick usa la fotografía como un método de documentación de la realidad y como una forma de aprender a captarla de manera artística. Esto le permite desarrollar su espíritu minucioso y curioso con el que siempre quiso abarcarlo todo. Un tema fotográfico es para él un pretexto para la investigación. El género en el que se especializa es el reportaje gráfico y pocas veces sus fotos acompañarán un artículo o una entrevista. Su fuerte son los ensayos visuales en los que no publica una o dos fotos, sino toda una secuencia. En otras palabras, una pequeña película de imágenes inmóviles donde ya hay una historia detrás. Estos fotogramas inertes logran la inmersión total del lector que ya sabe que hay toda una intriga narrativa entre líneas.
Tres cosas resaltan después de contemplar los “lienzos” en negro y blanco: el perfeccionismo, la profundidad sicológica y el punto de vista cinemático.
Empecemos por el primer rasgo, la ansiedad de perfección. Un ejemplo se da en una cobertura que tiene que hacer sobre el metro de Nueva York. Decide viajar en ese medio de transporte durante dos semanas y la mitad de sus trayectos los hace desde la medianoche hasta las seis de la mañana. El joven se convierte en el cazador oculto, siempre acechante. No puede registrar nada hasta que el metro no se detenga en las estaciones, las tomas se verían arruinadas por el constante movimiento de los vagones. Cuando el vehículo deja de moverse no siempre tiene suerte: el sujeto de su foto se baja o alguien se atraviesa, impidiéndole hacer su trabajo. Era tal su acuciosidad y poder de observación que decía que la única forma de cumplir con ese tema era trabajando en la noche pues constituye ese momento del día en el que las personas están cansadas, más vulnerables y, por lo tanto, se dejan tomar fotos sin chistar. La siguiente anécdota ilustra el espíritu de esa época. Un guardia del metro le pide al joven fotorreportero que le enseñe el permiso para hacer las tomas. La respuesta que obtiene es “Trabajo para la revista Look”. La contrarréplica no se hace esperar: “Claro, y yo soy la Sociedad de Editores de periódicos”.
El segundo rasgo es la profundidad sicológica de sus retratos. Los sujetos que captura con su lente no posan, no tienen que actuar, están inmersos en una gran espontaneidad. Su minuciosidad hace que decida convivir una jornada entera con los sujetos de sus temas, logrando una empatía y una confianza que se nota en la naturalidad de los rostros. Las tomas del actor Montgomery Clift, por ejemplo, nos llevan hasta su departamento desordenado y su ropa en mal estado, y lo hace quedar casi como un indigente. Su vida disoluta llena de alcohol y drogas queda manifestada en estos retratos tortuosos del malogrado actor. La cobertura del día a día del boxeador Rocky Marciano impacta por la admiración hacia el sujeto retratado. La mejor foto del pugilista es aquella en la que aparece desnudo de perfil, bajo la ducha, cual un Dionisio sin guantes de pelea. Aquí no se ha retratado a un boxeador sino a la estatua de un atleta griego, pues nos muestra el esplendor físico de quien fuera el único campeón invicto en la historia del pugilismo norteamericano. No todos sus retratos fueron de celebridades. Memorables son los cuadros fotográficos de gente nerviosa en la sala de espera del dentista, los miembros de un circo, el lustrabotas o los enamorados de Nueva York. El retrato que más llama la atención en la muestra, es el escogido para ilustrar afiches, postales, catálogos y programas de mano. Se trata de una joven universitaria que baja unos peldaños de madera con sus manos repletas de libros. Tiene su mirada posada en los escalones (la vasta escalera ocupa casi toda la foto) con esa aprehensión que nace de la posibilidad de caer. El manejo de la perspectiva cinematográfica ya se aprecia en este cuadro como intentaremos explicarlo en el siguiente párrafo.

joven universitaria llevando libros

El tercer rasgo del discurso visual del director de La naranja mecánica es el enfoque cinemático de sus trabajos juveniles. Los juegos de luces y sombras, los picados y contrapicados, los puntos de vista menos esperados para capturar una imagen, el movimiento interno de la composición son algunos de los elementos que le permiten ver y registrar el mundo desde un punto de vista insólito y extravagante. Véase por ejemplo la pareja que está en una especie de monasterio e iglesia. El tema no sólo es el encuentro del hombre y la mujer, es también la referencia a la historia del arte con el esplendor de la bóveda de arcos cruzados. Es una foto sobre arquitectura y sobre la soledad de las personas.

la perspectiva

Un gran aporte se aprecia en la exposición del autor de Full metal jacket. En las fichas que acompañan algunas fotos existe la intención de encontrar en estos trabajos unos puntuales antecedentes para la filmografía venidera. Cuando su revista le pide cubrir el Proyecto Uranio de la Universidad de Columbia (segundo paso de Estados Unidos para sistematizar la fabricación en serie de la bomba atómica) se lee lo siguiente en la ficha técnica: “Resalta la imagen del profesor elegante y acucioso mientras mira con sus lentes oscuros su experimento luminoso. Un detalle que prefigura la presencia bizarra y angustiante del doctor Strangelove”.
Vamos a otro ejemplo en la misma línea de encontrar coincidencias visuales específicas. Cuando se le asigna cubrir la vida cotidiana de Portogallo, un pueblo portugués, se convocan de nuevo las similaridades. Una enorme cruz de piedra rodeada de cinco elegantes habitantes del lugar es para el curador de la exposición una referencia al monolito de 2001: Odisea del espacio (1968).

La cruz en Portogallo

Las coincidencias (siempre según la mirada del curador) son llevadas al extremo cuando en la misma cobertura portuguesa aparecen dos niñas (no se sabe si hermanas o amigas) que el imaginativo trabajo de curaduría homologa con las mellizas de El resplandor (1980).

las mellizas de EL RESPLANDOR

Bien sustentada la interpretación de los que montaron la exposición: un artista que toma diez mil fotos en su juventud, consciente o inconscientemente, lleva una referencia visual específica a un filme que rueda más muchos años después. Estas creativas estrategias hermenéuticas acaso habrían hecho reír a un teórico de la imagen como lo fue Kubrick o quizá le habrían sido indiferente. Lo único que sabemos es que las fotos son ejercicios estéticos que luego lo llevarían a estar detrás de una cámara cinematográfica.
Más tangible aún es la fascinación del joven Stanley por el boxeo que lo llevó a hacer algunas coberturas gráficas. Y ese tema fue el punto de inflexión en su vida ya que terminaría llevándolo al otro lado, al reino de la narrativa cinematográfica. Así lo sugiere acertadamente la curaduría de la exposición: el box ayuda a realizar el crossover de un medio a otro. Su primer filme es Day of the fight, rodado un año después de renunciar a su trabajo. Se trata de un documental basado en un pictorial (reportaje gráfico) que le hizo al peso pluma Walter Carter en Look Magazine (no olvidemos tampoco la inolvidable secuencia de Rocky Marciano). En otro tramo de la exposición se admira la foto de unos niños en pantalón corto, boxeando en un ring. Conexión valedera no sólo con el que sería su primer filme, sino también con Barry Lindon, su cuarta película. Hay una escena memorable en la que el protagonista (Ryan O`Neal) se enfrasca en un duelo pugilístico con torso y puños desnudos. Este fotograma se lo ubica correctamente dentro de la ficha técnica de la sala.
La muestra “Kubrick fotógrafo” no explica las razones por las cuales se hizo cineasta pero sí nos da pistas para entender sus primeros intentos de registrar la realidad. El realizador nace como documentalista. Esto es coyuntural porque lo determina su formación fotográfica. Él ve en el movimiento de los boxeadores una especie de ballet que tiene todas las posibilidades artísticas para un documental. Es un doble salto el que hace el joven artista: de fotógrafo a documentalista y de allí a cineasta. La muestra se centra en eso: en el muchacho comprometido con la mímesis de la realidad sin adornarla, sin camuflarla, con el cotidiano reto de encontrar un punto de vista inédito para captarla. Esto es lo que hace valiosa la exposición. Porque la verdad es que pudieran ser fotos de cualquier aprendiz, pero no lo son por la rúbrica legendaria de las mismas. Imaginemos por un momento que las fotografías no son de autoría del director de Eyes wide shut (1999). Aún así tendrían valor por ser retratos que captan inteligentemente la sensibilidad humana, tienen misterio, claroscuro existencial y ostentan una composición exquisita. Después de todo, cada uno de estos trabajos fue parte de un proceso riguroso en el que el joven tuvo que discutir con sus superiores el enfoque que se le debía a dar a cada reportaje gráfico. Estamos hablando de Look Magazine, históricamente unas de las revistas líderes en lo que se refiere a fotografía periodística. Esto quiere decir que cada rollo usado se lo analizó con mucha severidad y que más fueron las fotos rechazadas que las publicadas, ya sea por razones de espacio o por algún otro asunto editorial. Es decir, ya hay un trabajo de selección previo.

el cine

Al ver la apabullante creatividad del joven Stanley se puede notar que la fotografía es un arte que le resulta insuficiente y que tiene que ir en pos de un medio expresivo audiovisual para satisfacer sus inquietudes narrativas. Ese vehículo estético es el cine que a la vez contiene el arte fotográfico, la pintura y la puesta en escena con ese sentido dramatúrgico que tan bien dominaba. Stanley cambia una cámara de fotos por una de cine, entendiendo la etimología de kine-matos: la escritura en movimiento, pintar con la luz y los sonidos. Son algunas las posteriores fotos del Kubrick cineasta (que obviamente no están en la exposición) en las que se lo aprecia montado sobre una cámara de cine, guiñando el ojo en el interior del instrumento, comprobando la luz, determinando el punto de vista, la perspectiva. Cambiemos la enorme cámara Panavision de 35 mm por aquella que usaba para sus coberturas gráficas. Es la misma aproximación, la misma pasión pero con diferente instrumento de captación de la realidad. No está de más recordar la obsesión del cineasta por los lentes gran angulares que debía usar en sus largometrajes. Por eso no es gratuito visualizarlo en su oficina de la revista Look probando lentes, películas, técnicas de revelado… Imaginemos esa meticulosidad con la cámara Contax que fue la más utilizada durante su etapa de poeta fotográfico. Verifiquemos que ese mismo perfeccionismo lo usó a la hora de registrar a los sujetos. Y esa misma perfección la logró en todas sus películas. Queda una etnografía de la Nueva York de posguerra, un trabajo de investigación de campo de su ciudad amada. Stanley Kubrick se erige entonces no sólo como el gran cineasta sino como el gran antropólogo visual de la época que le tocó vivir.

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La crítica norteamericana ha sido generosa con Europa Report (Estados Unidos, 2013) o Europa One que es el título alternativo de distribución. En el sitio web de Roger Ebert, la crítica Christy Lemire argumenta que la belleza del filme radica en la simplicidad de su abordaje visual. Su director, Sebastián Cordero (Quito, 1972), “mantiene las cosas consistentes, elegantes y racionalizadas”, dice la crítica, añadiendo que el filme “puede ser subestimado hasta la exageración, pero esa actitud es preferible a la etiqueta de melodrama gratuito”. El blog I09, especializado en ciencia ficción, lo cataloga como un thriller y “sin duda la película de Sci-Fi más minuciosamente exacta que hemos visto en mucho tiempo”. Para argumentar esta última afirmación el blog informa que la nave parece haber sido hecha con piezas de repuesto de la ISS (International Space Station) y que las bolsas de agua que usan los tripulantes son exactamente iguales a las que tiene la NASA.
La verdad es que estamos ante un docufic más que ante una película de Sci-Fi. El suspenso y la revelación final tienen que ver con las convenciones del cine de horror, y rozando a cada momento la estructura del making of, siempre con la técnica del found footage o material encontrado.

VIAJE A LAS MONTAÑAS DE LA LOCURA

En el minuto diez (el sexto mes del periplo) el detonante narrativo nos permite ser testigos de cómo la nave, con sus seis tripulantes a bordo, pierde toda comunicación con el planeta Tierra. Toda la trama está hecha a través del material audiovisual encontrado a bordo de la nave. Usando la técnica narrativa de la capa de cebolla, la historia nos revela paulatinamente qué salió mal durante esa misión de tres años en esa luna de Júpiter llamada Europa. La trama está bien fundamentada en descubrimientos científicos que hablan de la posibilidad de vida en el lejanísimo planeta (agua para ser generales y la sospecha de la existencia de un océano para ser particulares). La narración está interpolada por clips de noticias, entrevistas personales con los científicos, incluyendo la doctora Samantha Unger (Embeth Davidtz) que es la responsable de la planificación de la misión que no es financiada por la NASA sino por una entidad privada.
Lo que más llama la atención (ya citamos a la prensa internacional) es la exactitud de la puesta en escena (corroborada por el dominio del director sobre temas científicos cuando habla en ruedas de prensa y entrevistas). Por algo las bases del filme se deben a la asesoría del Jet Propulsion Laboratory en Pasadena California donde la NASA construye las naves que van al espacio.
El segundo gran rasgo estilístico del filme es la opresión de los espacios cerrados. A ratos la trama se ralentiza por la misma situación de encierro. Lo que vuelve valiosa la historia es el tono de documental científico que ofrece al espectador en ciertos pasajes. Las explicaciones sobre la superficie del planeta más grande del sistema solar se ajustan a un afán divulgativo. Un gran riesgo del director fue quizá entregarse a los brazos del cine de horror para rematar la historia. Ese octópodo gigante que aparece al final es un recurso manido, nada digno de un filme que tiene reminiscencias de Kubrick (no olvidar el guiño a 2001: Una odisea del espacio con la inclusión del valse “El Danubio azul” de Strauss).
Lo que más le gustó a Cordero cuando le ofrecieron el trabajo en octubre de 2010, aparte del suspenso in crescendo, fue el aire a H. P. Lovrecraft (el escritor de culto, heredero de Poe, célebre por sus atmósferas cerradas y opresoras), especialmente de Las montañas de la locura y su tercer acto. En esa novela del creador de los mitos de Cthulhu se plantea como premisa dramática una expedición a la Antártida en la que la mayoría de los científicos mueren después de descubrir fósiles de unos seres inclasificables.
Al inquirirle a Cordero qué pasó con el chico que se fue a estudiar cine a la Universidad de Southern California, con películas en formato VHS de Spielberg, Carpenter y De Palma en la mochila, nos dice que es como cerrar el círculo de un extenso periplo. Realmente no queda mucho de ese chico que estaba bastante receloso de estudiar cine en Los Ángeles. Le parecía absurdo aprender sobre el arte de contar historias en un país donde escasean los guiones sólidos. “No fue del todo agradable”, nos dijo en una entrevista que le hicimos en 1999. “Es una ciudad bastante superficial, como un purgatorio del cine, donde todos esperan y esperan, hasta que en algún momento pueden entrar a un cielo no muy real, pero me enseñó mucho de mí mismo, y me motivó a regresar a Ecuador para hacer cine, algo que no estaba en mis planes, puesto que más bien tenía proyectos en EE.UU.”
En realidad, se equivocó con aquello de señalar que estaba en un medio sin historias compactas, ya que tuvo profesores de un gran rigor como Abraham Polonsky (1910-1999), un director judío-ruso, proscrito por comunista en la época macarthista, leyenda viviente para cualquier experto en guionismo, director de clásicos como Force of evil (1948) o el western Tell them Willy Boy was here (1969). Pese a la inspiración de este tipo de profesores, y pese a haber ganado el Premio Sundance al mejor guión inédito por Crónicas, su actitud antihollywoodense de antaño es ahora obsoleta pues san Sebastián ya forma parte del sistema. Es un insider, le espetamos y se sonríe.
Le hacemos acuerdo de su cameo en Ratas junto a Isabel Dávalos y ríe a mandíbula batiente. En esa ópera prima, él y su esposa de entonces interpretan a un par de gringos que son asaltados en el antiguo terminal terrestre de Guayaquil, mientras duermen plácidamente en el piso. Le preguntamos si él se siente un gringo del star system después de diplomarse como director en California y sobre todo, al concluir una película de encargo como Europa Report. El rodaje se efectuó durante diecinueve días (del 14 de noviembre al 13 de diciembre de 2011) en un set de Brooklyn, a un costo inicial de dos millones dólares (que luego se convirtieron en ocho) y con seiscientos efectos especiales. “Es curioso”, responde, “pero cuando regresé a Ecuador a hacer Ratas me sentía como un foráneo en mi país. Ahora al regresar otra vez de Estados Unidos me preguntaba cómo iría a reaccionar la gente ante una película de género como ésta”. Por lo visto en las avant premiere la cinta ha obtenido una buena respuesta de parte del público que ha aplaudido de pie durante algunos minutos.
Al preguntarle sobre qué ha aprendido de sus experiencias anteriores de rodaje nos confiesa: “En cierta medida creo que mis anteriores filmes fueron un aprendizaje para este último. Por dar un ejemplo, hay muchas cosas que aprendí de Pescador para esta filmación: la vocación por la improvisación, el dejar que la historia fluya sin detenerla y el permitir que haya cero intromisión del director para que el filme hable por sí solo”.
Sonríe ante el equívoco del público local al creer que Europa Report es la primera película ecuatoriana de ciencia ficción. Lo atribuye al hecho de que el fotógrafo quiteño Enrique Chédiak y él trabajan en el filme. Le mencionamos la palabra globalización haciéndole notar que filmes suyos como Rabia, Crónicas y ahora Europa Report son multinacionales. Rabia (2009) tenía un guión basado en una novela del argentino Sergio Bizzio, su protagonista masculino era un mexicano, con la contraparte femenina colombiana, el resto del reparto era ibérico y fue rodada en España; Crónicas (2004) tenía actores de España, México, Colombia y Ecuador; su último filme tiene un reparto variopinto pues hay una rumana, un sueco, un chino, una polaca y un sudafricano. Todo esto no le sorprende al cineasta que rememora haber vivido algunos años en Francia, una temporada en España (durante la época de preproducción, rodaje y postproducción de Rabia) y recientemente en Norteamérica para hacer Europa Report.
Tan conectado está con el star system norteamericano que estuvo a punto de trabajar con Harrison Ford. Aprovechamos para interrogarle sobre el proyecto fallido alrededor del asesinato de Abraham Lincoln. Nos responde que Manhunt (así se llamaba el guión original) se echó a perder por falta de financiamiento (específicamente por los honorarios superlativos de Indiana Jones). Le hacemos notar que algunos títulos sobre el tema se han estrenado en los últimos años (The conspirator de Robert Redford es uno de ellos). ¿Qué pudo haber aportado su historia? Nos responde que la gran diferencia de su proyecto radicaba en una perspectiva novedosa: el doble punto de vista del investigador asignado al caso (Harrison Ford) y el asesino (Christian Bale).

INTERLUDIO CON CHÉDIAK Y CABALLERO

Dos artistas hacen posible la parte visual del filme. El New York Times los califica como “a match made in heaven” por la pureza de la imagen que logran en esta colaboración y por lograr aquello que es fundamental en el mundo del cine: la autonomía cromática, esa identidad de look que hace único a cada filme.

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Al fotógrafo quiteño Enrique Chédiak no le gusta cuando escucha que los cinematógrafos son los Rembrandts de la pantalla grande. Nos corrige con humildad trayendo a colación una definición de Javier Aguirresarobe, un director de fotografía español, “que me decía que somos mitad capataces, mitad poetas”. La parte de la poética cromática ya viene en el guión y en el género, nos dice este profesional que ha trabajado con Danny Boyle en 127 horas (2010). En el caso de Europa Report la luz fría le ayudó a resaltar los tonos grises del set que construyó Eugenio Caballero, set que pudo haber sido más pequeño, acota, “para que sea más opresivo”. Al pedirle que compare cómo es trabajar con Sebastián Cordero y Robert Rodríguez, nos cuenta que este último es impredecible porque gusta de la improvisación. Le vienen a su mente recuerdos del rodaje de The faculty (1998). “La única opción posible con él es la sobreiluminación de los espacios porque nunca se sabe lo que va a hacer. Hay que tomar en cuenta que Robert, aparte de director, es también el editor y camarógrafo del filme, y a veces aporta con la música”. De Sebastián (con quien trabajó ya en Crónicas y en Rabia) dice que es su hermano y añade: “un profesional muy abierto y generoso. Con él me siento como coautor del filme”. Lo más importante de su propuesta visual para esta cinta es el manejo de veinticinco ángulos con cámaras digitales SI-2K que son diminutas. “No hay artificios de cine dentro del set, ninguna cámara de grandes dimensiones. Es un espacio completamente cerrado e iluminado con luz fluorescente. Ningún ángulo se repite”, nos advierte. “Para dar una idea, sólo la cápsula central de la nave tenía ocho cámaras escondidas y conectadas a mi Ipad. El director veía todas las pantallas desde su oficina a la manera de un panóptico”.

eugenio-caballero

Para el mexicano Eugenio Caballero (Óscar por El laberinto del fauno), “el diseñador de producción es un creador de conceptos visuales, un transmisor visual de sentimientos, un creador de metáforas visuales”. Caballero cree que el creador de espacios cinematográficos debe tener el rigor investigativo de un historiador del arte, título que recibió en la Universidad de Florencia después de dos años que fueron decisivos en su vida. Ese rigor le sirvió para entrevistarse con asesores científicos y empresas que construyen naves espaciales. “Es que el gran desafío”, nos confiesa, “fue tener que construir un set”, ya que las películas anteriores en las que trabajó con Sebastián (Crónicas y Rabia) tenían locaciones ya definidas que se intervinieron en términos de dirección artística. En el caso de Europa Report se tuvo que partir desde cero. “Me regí por el principio número uno del diseño aeroespacial: a mayor masa más energía necesitas para moverte. En un viaje intergaláctico tienes que generar energía y utilizarla lo menos posible, dosificarla para poder hacer todo lo que sea necesario en un espacio tan reducido”. Le preguntamos cuál es la diferencia entre trabajar para una mega producción como Resident evil: extinction (2007) y la que acaba de hacer con Cordero. Nos responde que pagar el boleto de entrada a Hollywood era necesario y que gracias a ese filme de zombis se entrenó en el manejo de abultados presupuestos para poder tener grandes grupos de colaboradores. Sin esta experiencia, nos dice, jamás habría podido trabajar para Lo imposible (2012) de Juan Antonio Bayona donde los espacios eran apocalípticos. Colaborar con Cordero implica para Caballero regresar a sus raíces latinoamericanas, con historias más auténticas y conmovedoras. “Además de que nos entendemos a las mil maravillas. Ya espero hacer con él una cuarta película”.

A LA MEMORIA DE SU MADRE

Para Sebastián Europa Report es el título más preciado de su filmografía puesto que está dedicado a la memoria de su madre, Mónica Espinosa de Cordero. Cuando le señalamos la dedicatoria que aparece al final del largometraje, sus ojos se humedecen y rememora la fortaleza materna en sus últimos meses de vida. Lo primero que hizo la progenitora fue transmitir fuerza a tres jóvenes que sobrevivieron a la muerte de Esteban, el padre, y Juan Esteban, el hermano mayor. Alrededor de la mesa familiar ella fue formando a la fotógrafa Lorena, al cineasta Sebastián y a Viviana quien es dramaturga, novelista y también realizadora fílmica. “Nuestra madre nos abrió el camino a todos y siempre inculcándonos la excelencia como una única meta posible. Ella fue un apoyo innegable desde que éramos niños cuando la música, el cine y la literatura, las artes en general, eran apenas pasatiempos”.

cordero

Europa es ya un punto de giro en la vida de Cordero porque su progenitora falleció durante la posproducción en octubre de 2012, después de estar más de un año luchando contra un cáncer de tiroides. “Al principio del proyecto, en el 2011, yo le planteé la posibilidad de abandonarlo todo para estar con ella en Ecuador, pero me dijo que no, que debía perseverar en lo mío y que regresara a la preproducción”. Le tocó viajar a Quito para verla por vez última y despedirse de ella. Después se vio regresando a Manhattan para seguir trabajando en la posproducción. Fue entonces cuando tuvo que enfrentarse a tres huracanes: el Sandy (que dejó a oscuras a toda Nueva York), el luto de hijo que no terminaba de elaborar y el de los problemas en el montaje del filme.
Para entender esta realidad cinematográfica hay que hacer cuentas básicas. Una película convencional tiene de cinco a ocho horas de material en bruto. Pues para saber cuánto metraje había disponible sólo hay que multiplicar ese número de horas por las veinticinco cámaras que se usaron en el rodaje. Para agravar más las cosas, cuatro editores intentaron ordenar el interminable material pero fallaron. Inclusive hubo un pretesting del filme, cuando los efectos especiales aún no estaban terminados y hasta se carecía de musicalización. El público descalificó Europa Report con comentarios atroces que desestabilizaron a productores y realizadores. Al final, el mismo Cordero y su asistente de edición lograron darle vida a los cientos de kilómetros audiovisuales que tenían, desordenando la historia, dándole un orden cronológico no lineal que la hizo más atractiva. La prueba de fuego se dio en el mes de julio, en el exigente Comic Con de San Diego, ante seis mil espectadores que finalmente le dieron el visto bueno.
Queda pendiente el rodaje del filme Sin muertos no hay carnaval con el actor fetiche del cine ecuatoriano, Andrés Crespo, con quien ya trabajó en Pescador. El proyecto aborda el tema de las invasiones ilegales en Guayaquil, algo jamás incluido previamente en ningún audiovisual. El guión que es del mismo Crespo (“el mejor que ha leído hasta ahora”, dice el cineasta para vender algo que definitivamente no necesita de hipérboles) ya ganó un fondo concursable del Consejo Nacional de Cine. La historia, que está contada desde la perspectiva de los moradores, es una vuelta de Cordero al realismo social (o realismo sucio, como dicen los historiadores de cine latinoamericano) que tan buenos réditos le ha dado en sus anteriores cintas. Hay inversores alemanes, argentinos y españoles alrededor de un proyecto que promete ser el más caro de la historia del cine nacional (un millón y medio de dólares es la cifra que se maneja extraoficialmente). El rodaje está previsto para el segundo semestre del próximo año. En un futuro mediato el cineasta no descarta volver a salir del país para embarcarse en cualquier proyecto grande que le ofrezcan. Después de todo, Europa Report es su gran carta de presentación en la industria de Hollywoodlandia. Por ahora no olvida que fue un productor de la ciudad donde estudió dirección cinematográfica quien le llamó, en octubre de 2010, ofreciéndole un guión con seis personajes encerrados en una nave espacial. Nada mal para alguien que creía que Los Ángeles era una antesala infernal donde todos aguardaban su turno. Para suerte de él y del cine su espera ha concluido.

libro

Wilma Granda es una investigadora e historia del séptimo arte que ha publicado libros claves para nuestra cultura visual. Cronología de la cultura cinematográfica (1987) y Cine silente en Ecuador (1995) son dos de ellos. Nunca antes las ciencias sociales del país encontraron en ambos títulos dos herramientas con el poder de inventariar de manera tan completa una cinematografía que necesitaba de un esfuerzo recopilatorio. Cualquier persona que desee escribir sobre cine en nuestro país (ya sea para una revista, un periódico o una beca internacional) tiene que haber consultado obligatoriamente ambos textos como los que se detallan a continuación.

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En la misma línea de los dos títulos nombrados destaca el Catálogo 1922-1996 (Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2000), libro en el cual Granda formó parte de un equipo de trabajo de la Cinemateca Nacional. En manos de nuestra reseñada estuvo la misión de redactar títulos (con su respectiva sinopsis) año por año del patrimonio fílmico. Luego salió a la luz El pasillo: identidad sonora (2004). Este ensayo constituye un hito por ser una sistematización de un gran caudal de información sobre un género musical importante en nuestra sociedad. Más que un estudio diacrónico del pasillo nacional, se trata de un análisis de cómo la letra y la música de esta expresión popular ha calado de manera tan profunda en el imaginario del ecuatoriano. De paso, el libro lleva el valor agregado de un disco compacto con una recopilación de 26 piezas antológicas del género. Todo un paquete multimedia único para nuestro medio. Una joya para coleccionistas que tiene su origen en la tesis previa a la obtención del título de socióloga por la Universidad Central: El pasillo ecuatoriano, mecanismo del disciplinamiento social y noción de identidad sonora.

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Augusto San Miguel: los años del aire (Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2007), obra galardonada con el Premio Isabel Tobar Guarderas del Distrito Metropolitano, fue en principio una tesis titulada La cinematografía de Augusto San Miguel: Lo popular y lo masivo en los primeros argumentales del cine ecuatoriano (Guayaquil, 1924-1925). Este documento académico sirvió a su autora para obtener el título de Magíster en Estudios de la Cultura por la Universidad Andina Simón Bolívar en el 2006.
Granda se gradúa con Los años del aire como ratón de hemeroteca o ratesa de biblioteca, a más de historiadora del cine ecuatoriano. Su designación como directora de la Cinemateca del Ecuador a fines del 2012 ha sido más que justa tomando en cuenta su trayectoria.

WILMA GRANDA

Augusto San Miguel: Los años del aire constituye la culminación de toda una vida de esfuerzos en la indagación sobre la figura de Augusto San Miguel Reese (1905-1937), pionero del cine de argumento en nuestro país con El tesoro de Atahualpa (1924), primer producto audiovisual con una trama definida. Además fue dramaturgo, radiodifusor, actor, empresario torero y declamador. Todo un personaje fabuloso (de fábula) más cercano a la literatura universal que a la realidad ecuatoriana.

Es por eso que la obra de Granda se la puede leer como una novela de formación, o sea, una bildung roman sobre un joven guayaquileño que estrenó filmes únicos para su contexto social, político e histórico entre 1924 y 1925.

Para terminar esta reseña, es importante decir que Granda nos entrega un perfil completo de un trotamundos, de un hombre que inclusive formó parte del grupo de teatro de Federico García Lorca. Su actitud quijotesca lo lleva a dilapidar la fortuna de los San Miguel. Por ejemplo, le pide a su madre 2.000 libras esterlinas del fondo familiar para poner punto final a sus deudas y proyectos. A la manera de la United Artists quiere crear un estudio en Guayaquil. El utópico proyecto queda en el aire, de allí el título de la «biografía».

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Nadie debe olvidar que el bajito pelirrojo Allan Stewart Konigsberg (1935), alias Woody Allen, fue durante los inicios de su carrera un escritor de chistes y un cómico de cabaret (stand up comediant). ¿Qué se puede decir de este humorista judío que no se haya dicho ya? Que es un clarinetista autodidacta, que intentó cursar estudios universitarios y que fue expulsado de varios centros académicos. En resumen, el primer Woody es un humorista clásico, capaz de morisquetas, muecas y cierto lenguaje corporal tomado de Buster Keaton y un estilo oral a lo Bob Hope y los hermanos Marx. Sus inicios nos remiten a los años cincuenta y sesenta en los que trabajó como escritor de programas cómicos de televisión. The Ed Sullivan Show y The Tonight Show son dos de los tantos programas televisados que tuvo que escribir. Su talento con el micrófono lo llevó inclusive al Ceasar´s Palace y otros centros nocturnos de gran prestigio en Norteamérica.
No obstante, hay un aspecto adicional que también suele olvidarse: estamos ante un escritor de talento que publicó más de cincuenta textos cómicos entre 1966 y 1980 en The New Yorker, la revista cultural más importante de los Estados Unidos. Estos textos fueron recogidos en libros que llevan los siguientes títulos: Sin plumas, Cómo acabar de una vez por todas con la cultura y Perfiles (todos editados en español por Tusquets).
¿Cómo abordar al primer Allen? Sus primeras películas mostraron una postura contracultural, con un sarcasmo cáustico demasiado directo. Antes de pasarse al lado oscuro (filmes con saludables influencias de Bergman y Fellini), se dedicó a hacer farsas donde las ocurrencias oscilaban entre la genialidad y lo típico, la hipérbole y lo kitsch.
Después de la tele y de chistes contados frente a grandes audiencias, su salto al cine se da con roles secundarios en la parodia de James Bond, Casino Royale (1967) y la comedia de enredos eróticos What´s new, Pussycat? (1965). Esta última, por ser su primer guión original para la pantalla grande, le sirve de plataforma para dirigir sus primeras películas: What`s up Tiger Lily? (1966), Take the Money and run (1969) y Bananas (1971), que no son más que una serie de gags visuales y verbales que no tienen una imbricación visible. De hecho, Toma el dinero y corre fue descrita por Vincent Canby del New York Times como “un monólogo de club nocturno, una carpeta de hojas intercambiables: se tiene la sensación de que muchas escenas, e incluso bobinas enteras, podrían cambiarse de lugar sin que ello produjera apenas una diferencia en el impacto global”.
El pobre de Woody tuvo que aprender dramaturgia en el camino, ya que durante sus primeros filmes se nota que hay poca consistencia en el ensamblaje de la trama. Esta carencia se ve compensada por el inteligente remiendo de chistes que suceden de manera vertiginosa, como si se tratara de un vaudeville. Para disimular un poco su falta de experiencia construyendo historias, Allen usa en sus primeros filmes guionistas profesionales como apoyo, no siempre acreditados. De ahí que la firma de los guiones es compartida en sus primeros filmes. Con Marhsall Brickman firma Sleeper (1973), la oscarizada Annie Hall (1977) y Manhattan (1979) y con Mickey Rose rubrica Take the money and run y Bananas.
La que merece un pequeño comentario, antes de revisar ejemplos de su humor temprano, es su ópera prima (la insólita What`s up Tiger Lily?), locura intertextual, parodia sobre los filmes de espionajes, en la que se toman imágenes de una película japonesa ya existente, se le añaden nuevos diálogos e imágenes y una trama totalmente diferente.
Recorramos brevemente algunos ejemplos de ese humor disparatado de los primeros filmes del director neoyorkino. En Love and death (1975), distribuida en español como La última noche de Boris Grushenko, un hombre al que han matado de un tiro se aparece a sus más allegados para resumir el argumento y hacer bromas; en Todo lo que usted quiso saber sobre sexo pero no se atrevía a preguntar (1972) un pecho gigante atemoriza a una multitud; en Take the Money and run, el atracador, interpretado por ya saben quién, no puede escribir una nota legible para el cajero de un banco que no sabe que lo están asaltando; en El dormilón (1973), el maquillaje de Allen es el de un mimo (por más que quieran hacerlo aparecer como un robot), lo cual lo acerca más a las slapsitck comedies del cine mudo; en Bananas se disfraza de Fidel Castro; en la obra teatral El bombillo que flota, un joven crecido en la pobreza escapa de la miseria de su vida familiar en Brooklyn mediante la práctica constante de trucos de magia (trucos a los que Woody Allen siempre le dedicó muchos años de su juventud en la vida real). Los elementos mágicos se repetirán en posteriores títulos como Oedipus wrecks, cortometraje incluido en Historias de Nueva York (1989) y Alice (1990), pero no podemos dejar de evocar ese humor sesentero, jovial y pueril, típico de la televisión norteamericana de entonces y que de cierta forma está reflejada en las ruedas de prensa y otras apariciones públicas de Los Beatles. En Todo lo que usted quería saber sobre sexo y no se atrevía a preguntar es el galán Fabrizio en una de la historias. Este hilarante cortometraje que es una parodia del cine intelectual de Antonioni, está rodado íntegramente en italiano y todo el repertorio gestual del personaje está basado en los casanovas del celuloide itálico como Marcello Mastroianni y Giancarlo Gianinni.
¿Por qué este cine de humor disparatado de Allen se ve desplazado a fines de los setenta? La respuesta es aparentemente sencilla. El artista creció intelectualmente, maduró, se independizó de la stand up comedy, se rodeó de mejores lecturas y experiencias que se ven reflejadas en Interiores (1978), el gran punto de giro de su carrera. Se trata de su primer guión redactado íntegramente por él y su primera incursión en el drama. Luego vino su canto de amor a Nueva York con Manhattan (1979) y casi cincuenta filmes más (uno por año es su ritmo de producción). Pero ese es tema para otro artículo.

AL SUR DE LA FRONTERA

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Oliver Stone (1946) es uno de los cineastas más polémicos que ha dado Norteamérica en los últimos treinta años. Estamos ante un provocador por naturaleza que gusta de tocar las llagas de la historia de su país y ahora de Latinoamérica. Este veterano condecorado en la guerra de Vietnam se dedicó a escribir guiones apenas regresó del continente asiático. Su libreto más memorable es el de Scarface (1983) de Brian de Palma, seguido de Conan el Bárbaro (1982) y Expreso de medianoche (1978).
Su debut oficial como director se da con La mano (1981), filme de terror de baja calidad y presupuesto, con Michael Caine en el protagónico.
El año 1986 se erige como el punto de giro en la carrera de este cineasta con dos filmes políticos: Salvador y Pelotón. Este último merecedor de cuatro premios Oscar, incluyendo mejor película del año y mejor director. Ambas cintas se distinguieron por la manera descarnada y auténtica con la que se trató el tema de la guerra.
Al año siguiente estrena Wall Street en la que retrata la “guerra” que se da en la bolsa de valores de su ciudad natal, Nueva York, guerra que dirige los destinos de una nación bajo una telaraña de intereses que son bien descritos. Destacan las actuaciones de Martin Sheen y Charlie Sheen, pero sobre todo de Michael Douglas que se llevó a su casa el Oscar al mejor actor principal por dar vida a Gordon Gekko, inescrupuloso tiburón siempre a la caza de acciones societarias.
Su trilogía sobre la guerra de Vietnam que empezara con Pelotón, continuada con Nacido el 4 de julio (1989) y terminada con Entre el cielo y la tierra (1993) constituye un valioso aporte a la historia del cine norteamericano. Estas tres películas saldan su deuda con una nación que ansiaba sanar sus heridas con una confrontación bélica inútil.
Quizá su obra más admirada sea JFK (1991) sobre las diversas teorías del asesinato de John Fitzgerald Kennedy. De más de tres horas de duración fue alabada como una obra maestra montada al estilo de Eisenstein y contada según los códigos narrativos de Costa Gavras.
Otra película de Stone que genera más detractores que admiradores es Natural Born Killers (1994), contada al estilo de un reality show del infierno, en el que dos fugitivos (Woody Harrelson y Juliette Lewis) matan a diestra y siniestra en esta road movie contada en clave surrealista. El guión original de Quentin Tarantino contenía las escenas más truculentas, sangrientas y crudas de fines del siglo anterior.
Al año siguiente estrena Nixon de tres horas de duración. En este filme de género político, Stone se vale de Anthony Hopkins para darnos el retrato más irónico que se ha realizado sobre el ex presidente Richard Nixon.
Posteriormente Stone hizo películas de muy poca trascendencia como Any given Sunday (1999), U turn (1997) y la extensa Alexander (2004). Eran historias pirotécnicas en las que se notaba la impronta de la truculencia y la grandilocuencia.
Con World Trade Center (2006) intentó volver a sus raíces críticas sin mucho éxito. El drama de dos bomberos (Nicolas Cage, uno de ellos), que quedan atrapados entre los escombros de las torres gemelas, resulta una historia a ratos patriotera que no evita lo melifluo.
No satisfecho con el cine de ficción decide incursionar en el documental político. Su debut en este género lo hace con Comandante (2003), entrevista de treinta horas de duración condensadas en 99 minutos. El lado humano de Fidel Castro se ve plasmado en esta docuentrevista. Se trata de un abrebocas de lo que sería luego Al sur de la frontera (2009). La idea de ambos documentos audiovisuales es tratar a los entrevistados de manera distinta de la que los presentan los medios. Tanto Hugo Chávez como Castro aparecen retratados de forma benigna. En el caso de Comandante sin llegar a la apología, pero dejando siempre que el verbo del líder cubano inunde toda la pantalla.
Al sur de la frontera es una plataforma de publicidad para Chávez. Ver la escena de la bicicleta que oscila entre la ridiculez y exaltación. El caudillo en dos ruedas resulta una imagen inédita en el cine político.
Estamos ante un documental que no se centra aparentemente en el líder venezolano. Es una visión caleidoscópica sobre los estadistas de izquierda que están gobernando en Sudamérica y que son seguidores de la ideología de Simón Bolívar, aunque a ratos se quiera afirmar que todos estos mandatarios (Lula da Silva, Fernando Lugo, Cristina Kirchner, Evo Morales, Raúl Castro y Rafael Correa) son herederos de Fidel (al menos así se lo deja entrever Oliver Stone cuando entrevista a Raúl Castro).
Esta es la gran diferencia entre Al sur de la frontera y Comandante. En la primera, Stone asume el rol de entrevistador y aparece constantemente en escena; en la segunda, está desterrado por el verbo inconmensurable de Fidel Castro. Se trata de un reportaje audiovisual de 78 minutos en primera persona del singular. Se usa material de archivo de Globovisión y algunos canales norteamericanos.
El documental empieza de manera provocativa, a lo Michael Moore, desnudando supuestos errores en la forma en que los medios norteamericanos cubrieron la realidad noticiosa en Venezuela cuando fue la caída de Carlos Andrés Pérez. Lo que viene a continuación es un recuento de la forma en que Hugo Chávez llegó al poder y se consolidó. El resto de presidentes resultan decorativos si tomamos en cuenta la cantidad de metraje que se le dedica a Chávez. A ratos los jefes de estado resultan satélites girando alrededor del revolucionario bolivariano.
Entre los logros técnicos del filme están los mismos que sobresalieron en Comandante: multiplicidad de cámaras de vídeo dando diversidad de puntos de vista, iluminación cálida, interpolación de paisajes urbanos muy bien captados, primerísimos planos de los estadistas que denotan emociones varias, preponderancia de ritmos andinos en la banda sonora, batería de preguntas incisivas por parte del entrevistador… Este último detalle hace del documental una toma de posición ideológica. Oliver Stone inclina la balanza hacia los estados totalitarios y revolucionarios. En Comandante, Fidel lo halaga por las heridas de guerra sufridas en Vietnam; en Al sur de la frontera, Chávez hace referencia a las condecoraciones recibidas por el cineasta por luchar contra el Vietcong. El ego de Stone impidió obviamente que se editaran esos piropos.
El gran valor de este documental es el testimoniar lo que está pasando en ese pueblo al sur de los Estados Unidos que es Latinoamérica, como dice la canción de Los Prisioneros. La idea es no sólo testimoniar sino también ponerse del lado de la revolución bolivariana y hacer un balance temprano.
Ahora que Hugo Chávez lleva muerto casi un año y Venezuela está al borde de la guerra civil se hace justo y necesario estudiar este documental.

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Una de las épocas de esplendor en la historia del arte es la que tiene que ver con el diseño del libro celta. Desde que Roma cae en el año 476 de nuestra era el éxodo masivo empieza a moverse de un extremo a otro de Europa mientras las tribus luchan contra otras para obtener asentamientos. Mientras esto sucedía en el corazón del continente, los celtas habitaban una Irlanda aparentemente placentera. Todo cambió con la llegada de unos misioneros guiados por san Patricio que se enfrascaron en la tarea de convertir a los paganos celtas. Esto implicó una apropiación del arte religioso céltico: sus patrones geométricos, sus entretejidos, las gruesas texturas que llenan los espacios de los folios, la fascinación por los colores brillantes… Entre los grandes ejemplos del manuscrito medieval celta tenemos el Libro de Durrow, los Evangelios de Lidisfarne, pero sobre todo El Libro de Kells que contiene los cuatro evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan). Estas obras se trabajaron en los escriptoria monásticos que constituyen el gran antecedente de una agencia de diseño gráfico o, si se quiere, de una editorial.

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El gran aporte del Libro de Kells (elaborado en el siglo VIII a.C.) está en las iniciales grandes que aparecen en las primeras páginas. Las 2100 enormes mayúsculas iluminadas de los 339 folios van luego a integrarse con el resto del texto a través de un principio visual llamado diminuendo que no es más que una escala gráfica que logra que el texto vaya disminuyendo de tamaño a medida que se va leyendo. Otras grandes innovaciones son la creación del espacio entre palabras que permite al lector leer con más fluidez, la inclusión de márgenes angostos, una abundante inserción de ilustraciones coloridas, todos estos recursos jamás realizados anteriormente. Los historiadores del arte siguen embelesados tratando de descifrar cómo tanta perfección, tanta armonía entre la letra (mundo físico) y la imagen (mundo religioso) se pudo haber sido realizada a través de manos humanas.

Todo este preámbulo tomado de manuales de historia del diseño y del arte es necesario para entender la belleza de El secreto del libro de Kells (2009), película de animación hecha por una alianza entre Francia, Bélgica e Irlanda. Al igual que el libro protagonista, la pantalla está cubierta por redes de líneas, rostros, formas y animales (recordemos que los miniaturistas irlandeses profesan una vocación profunda por el zoomorfismo); hay mariposas y gatos (una nutria aparece en algún folio con un pez en el hocico). En tal caso, estos animales tampoco es que están a la vista, hay que cazarlos entre líneas, en medio del vértigo de tanta forma geométrica.

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En el filme aparecen los famosos knotworks que surigieron en el arte céltico tardío (introducidos por los manuscritos cristianos cópticos). Los knotworks (que tienen su origen en los nudos de los marineros y el entramado de cestas) son una variación de representaciones gráficas de los nudos utilizados para la decoración de armas, joyas y copas. La marca registrada de estos knotworks son el uso de los bordes redondeados a partir de una línea continua que luego se curva para lograr un entrelazado. Los espirales son otro elemento que se repite en el diseño del arte céltico. El más usado era el espiral three-pronged o triskele que se basa en el 3, el número sagrado de la religión céltica. Los patrones dominantes son también fundamentales en el diseño celta y los manuales lo describen como espirales en una línea recta. Un ejemplo de patrón dominante céltico es el uso del ángulo de 45 grados para componer el esquema de formas del triángulo.

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Pero adentrémonos en el candidato al Óscar al mejor filme animado en 2009 (ese año Up de Pixar se llevó la estatuilla). Brendan es un chico de doce años que vive en una aldea fortificada conocida como la abadía de Kells. Todos los pacíficos monjes están a la expectativa de los ataques vikingos. Su vida deja de ser monótona y aburrida con la llegada de Aidan, un viejo iluminador que trae consigo un libro inacabado. Poco a poco el anciano va a despertar en el chico sus dotes artísticas para ayudar a concluir el místico manuscrito. Pero los obstáculos por vencer serán más de uno para el debutante iluminador. Su tío, el abad Cellach, le impide ayudar a Aidan pues considera que el niño se está distrayendo de su labor habitual que es ayudar a construir las paredes fortificadas para contrarrestar a vikingos. Además, la llegada de los vikingos (dispuestos a arrasar con la aldea) es cada vez más inminente. Pese a la prohibición, Brendan decide ayudar al viejo artista y se adentra en el bosque buscando semillas que servirán para la elaboración de pigmentos. En medio del follaje Aisling, una especie de hada, mitad lobo, mitad humana, lo salva de las garras de Crom Cruach or Cromm Crúaich, también conocido como Cenn Cruach o Cenncroithi, deidad de la Irlanda pre-cristiana, a la que se le hacían sacrificios humanos. Su nombre puede ser interpretado de varias maneras. Crom (o cromm) significa «doblado» o «roto». Cenn significa «cabeza». Cruach puede significar «sangriento». Así que uno de los significados podría ser «cabeza sangrienta».

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El secreto del libro de Kells, dirigido por Tomm Moore y Nora Twomey, es un largometraje animado que se aparta de los convencionalismos comerciales de Dreamworks y Pixar y nos trae una narrativa más profunda, sosegada y de mucha carga espiritual.

El gran aporte de esta animación es tomar el layout de la pantalla y trabajarlo como un lienzo más de pintor que de diseñador gráfico.

En la película aparecen tipos, letras, formas, colores que son elementos tomados del diseño celta. Los personajes aparecen como si hubieran sido extraídos de los vitrales de las catedrales medievales.

El haber optado por la bidimensionalidad es un gesto de fidelidad a la falta de perspectiva existente en los manuscritos iluminados. Esto también constituye un homenaje a ese trabajo artesanal tan usual en los inicios del cine de animación (piénsese en Disney).

En todo momento del filme se resalta el uso de la técnica medieval del diminuendo que, como ya fue explicado en líneas anteriores, consiste en disminuir jerárquicamente las dimensiones de objetos y personajes. No es que el abad sea un gigante y quienes lo rodean unos enanos. La intención es simbólica: quien dirige el monasterio debe ser representado de manera monumental por su autoridad y liderazgo.

El filme es un encantamiento visual por el uso creativo de la misma paleta del libro de Kells conformada por el malva, el rojo, el marrón, amarillo, negro y verde.

Inclusive hay escenas que parecen arrancadas del manuscrito original. Son verdaderas páginas visuales de color y movimiento.

Otro mensaje que nos entrega el filme está muy claro. El trabajo del iluminador medieval parece anteceder al de los diseñadores de producción cinematográfica del siglo XX y XXI. Tanto el iluminador como el fotógrafo (y por qué no el camarógrafo de un filme) tienen como material la luz, el color y las formas. Esta verdad tan evidente nunca había sido tratada con semejante belleza y eficacia narrativa en la historia del cine.

Nagisa Oshima (1932-2013) era conocido como el Godard japonés por su manera sutil de mover la cámara y la forma subversiva de contar una historia. También fue comparado con Luis Buñuel por su óptica surrealista de los rituales de la sociedad japonesa. Al exestudiante de leyes, nacido en Kyoto, se le recuerdan perlas como “Odio el cine japonés de principio a fin” y por haber erradicado de sus filmes el verde, por ser el color con el que los japoneses asocian todo lo relacionado con la naturaleza y la alegría de vivir.

Su película Ai no corrida (1976), distribuida en inglés como In the Realm of the Senses y en español como El imperio de los sentidos, es quizá su título más conocido aunque no el mejor de toda su filmografía. Calificado por la crítica de porno blando y originalmente prohibido en Estados Unidos, es un estudio sobre la carnalidad y conocido más que nada por tener escenas de cópula no coreografiadas. La historia de la infatuación erótica entre el dueño de un hotel y su sirvienta hizo de El último tango en París (1974) un simple vídeo de Playboy. El guión está basado en un hecho de sangre de los años treinta en el que una mujer estranguló a su compañero sexual en pleno orgasmo. Esta polémica cinta influyó a toda una generación y dio origen, entre otras, a Matador (1990) de Pedro Almodóvar.

Este filme, el más celebrado de Oshima en el ámbito internacional, tuvo que ser posproducido en Francia, pero en Japón sigue sin estar al alcance del público una versión sin censura. El arzobispo de Braga (Portugal) en ese entonces, declaró que todo lo que necesitaba saber sobre la vida lo había aprendido con apenas diez minutos del filme.

En la misma línea de erotismo descarnado el director se aventuró con Ai no Borei (1978), distribuida como Empire of Passion que le significó el premio al mejor director en el Festival de Cannes ese año.

Dos títulos más tienen la misma tónica: el filme de época Tabú (1999) sobre un samurái homosexual que llegó a la competición oficial del Festival de Cannes y Max Mon amour (1986), un estudio sobre la zoofilia, en el que Charlotte Rampling interpreta a una funcionaria diplomática que convierte a un chimpancé en su compañero sexual.

Merry Christmas, Mr. Lawrence (1983), sobre prisioneros de guerra de Australia e Inglaterra en el Japón de la segunda guerra mundial, significó un alejamiento de sus raíces y una calculada forma de buscar más difusión internacional. Con música de Ryuichi Sakamoto (quien curiosamente tiene un papel secundario como guardia) y el rol protagónico del cantante David Bowie, fue su única película en inglés. Más que un aporte al género de filmes sobre campos de concentración implicó el descubrimiento de un actor que luego pasaría a ser director, Takeshi Kitano (acreditado como Beat Takeshi).

En The New Biographical Dictionary of Film (Knopff Books, 2010), David Thomson asegura que la mejor obra de Oshima es La ceremonia (1971) y lo sitúa como “el primer director japonés que parece estar funcionando totalmente integrado al mundo moderno”.

Es sumamente llamativo el hecho de que tres películas de principios del siglo XX tengan una propuesta estructural peculiar. El cine, desde sus orígenes, siempre problematizó la trama, o sea, la forma de presentar la historia (fábula). Con David Wark Griffith se sentaron las bases de la sintaxis cinematográfica con la invención del flashback y el montaje paralelo. Con Eisenstein se vio el montaje de atracciones como una forma de fragmentar la realidad para hacer al espectador un ente más participativo y por ende manipulable. Con Godard y sus jump cuts se incurre en la falta de raccord como una forma de hacer que el cine se vuelva más cercano a la realidad. Revisemos en orden inverso tres títulos que con diferentes niveles de calidad han propuesto una forma no convencional de narrar.

3.- 5 x 2 (2004) de Francois Ozon noventa minutos y contiene cinco bloques narrativos colocados al revés en la narración audiovisual. El primero dura dieciocho minutos y tiene como premisa el divorcio de los protagonistas. El segundo, de diecisés minutos, nos muestra a la pareja en su etapa más conflictiva. Están criando un hijo de cinco años, reciben a una pareja de amigos homosexuales, oportunidad para que los cuatro reflexionen sobre la fidelidad. La tercera sección, de quince minutos, nos muestra todo el proceso del parto con un contexto conyugal bastante turbio en el que la pareja está en crisis (Gilles no asiste a  la cesárea). La penúltima parte, de catorce minutos, nos lleva a la ceremonia religiosa en la que la pareja contrae matrimonio. Resulta irónico que el cura lea en alta voz las leyes que los consortes no llegarán a cumplir. El último acto, que dura 23 minutos, es realmente el primero: Gilles y Marion empiezan su romance durante unas vacaciones en Italia. Él va con su novia, ella va sola. El filme termina con la puesta de sol que habrá de marcar el inicio del romance. El resto del metraje está dedicado a la presentación de los créditos.

La narración de Ozon es convencional, no incurre en piruetas técnicas. Lo único que se ha hecho es invertir el orden de las secuencias. El gran hallazgo no es estético, es humano. Permite al espectador ver una historia de amor en el sentido cronológico inverso. Desde el divorcio hasta el primer encuentro sentimental.

2.- Irreversible (2002) de Gaspar Noe es la historia de una revancha. Marcus (Vincent Cassel) se pasa buscando por los bajos mundos parisinos al hombre que violó a su pareja, Alex (Monica Belucci). La búsqueda del violador es la premisa dramática. A diferencia de 5 x 2 este filme, también francés, tiene sus secuencias en reverso. El anterior tenía los actos (conjuntos de secuencias) en orden reversible. Esto significa que en Irreversible las secuencias o planos secuencia comienzan en el momento en el que la siguiente secuencia o plano secuencia termina.

La película empieza con la búsqueda del violador y concluye con Alex a punto de descubrir que está embarazada. Tres peculiaridades técnicas llaman la atención más que la estructura en reverso. La primera es la presentación de planos secuencias largos con una cámara que bailotea logrando una atmósfera angustiante (el mismo director usó una cámara de 16 mm). La segunda es el excesivo uso de la técnica conocida como walk and talk que, como bien lo dice su nombre, implica la filmación de actores mientras estos caminan y hablan al mismo tiempo. La tercera tiene que ver con el diseño de sonido. Durante la primera media hora del filme estos largos planos tienen un zumbido de fondo que hace que el filme sea más agobiante de lo que ya es. Se trata de un sonido de baja frecuencia, casi inaudible, que es similar al producido durante terremotos. Este sonido, que causa náusea y vértigo, es el que logró que muchos espectadores salieran de las salas de cine durante la exhibición comercial.

«El tiempo lo destruye todo» es el eslógan del filme y también el primer y último parlamento del mismo. La verdad es que el cine intenta destruir el tiempo o su forma de presentarlo ante el espectador. Irreversible lo intenta con sus piruetas vanguardistas, a caballo entre el juego de vídeo y el vídeoclip.

Dos escenas son memorables en el filme de Noe. La primera, indudablemente, es la de la violación a Monica Belucci con una duración excesiva de diez minutos. Esta escena se convierte en el midpoint y por ende la razón de ser de todo el segundo acto. Este hecho tan brutal nos permite entender la brújula dramática de toda la historia. El inicio está concebido para que el espectador entienda la dimensión de la venganza y una vez que espectamos la violación se hace más digerible ese final que es realmente el principio.

Las técnicas digitales fueron coadyuvantes en dos aspectos. Primero, el de la edición: para hacer más imperceptibles los cortes y alargar los planos secuencias se procedió a enmascarar las transiciones algunos efectos. Segundo, escenas de agresión como aquella en la que se aplasta la cabeza de un personaje o la de la violación tuvieron la injerencia de CGI. Inclusive se añadió en posproducción genitales a la prostituta del primer acto (que es realmente el tercero) para presentarla como un transexual.

1.- Memento (2000) de Cristopher Nolan acuñó aquello de «adelante para atrás». Nada más alejado de la verdad. Amnesia como la bautizaron erróneamente en algunos países de habla hispana contiene dos relatos: uno a color y otro en blanco y negro. Cada relato contiene 22 escenas. Pongamos a cada escena en color las letras que van hacia atrás de la V hacia la A y a cada escena en blanco y negro un número que va del 1 al 22 representando un orden convencional o lineal. La estructura quedaría así: 1, V, 2, U, 3, T, 4, S, 5, R, 6, Q, 7, P, 8, O, 9, N, 10, M, 11, L, 12, K, 13, J, 14, I, 15, H, 16, G, 17, F, 18, E, 19, D, 20, C, 21, B, 22, A, 1. Al final el blanco y negro se convierte en color logrando la convergencia de ambos relatos. Cada par de escenas, la de color y blanco y negro, tienen una duración aproximada de diez minutos que es lo mismo que dura la capacidad del protagonista para permanecer lúcido. Pasado ese lapso de tiempo Leonard ya no puede crear nuevos recuerdos. Su mal se llama «pérdida de memoria a corto plazo», elemento que sería luego copiado por Pixar al diseñar el personaje de Dory en Finding Nemo (2003).

Estamos ante tres películas que proponen una forma aparentemente nueva de narrar, acorde con los cambios tecnológicos del nuevo siglo. El «aparentemente» es un término que hay que tomar con pinzas

5 x 2 es narrativa tradicional que únicamente altera el orden de los actos. Irreversible es pirotecnia camarográfica que marea y que usa planos secuencia dispuestos al revés. Finalmente, Memento es dos películas. Una en blanco negro que va en forma lineal y la segunda a color que va hacia atrás. Los tres filmes tienen como gran protagonista al tiempo, pero no destruido como propone Gaspar Noé, sino reconstruido, reconstituido y fortalecido por la imagen cinematográfica.

It isn’t easy to accept that suffering can also be beautiful… it’s difficult. It’s something you can only understand if you dig deeply into yourself

Rainer Werner Fassbinder

Andrea Espinoza interpreta a Sofía.

Sin otoño, sin primavera (2012) de Iván Mora Manzano no es la ópera prima del director guayaquileño. Antes había hecho los cortos cinematográficos Silencio nuclear (2003) y Vida del ahorcado: Los estudiantes (2004), disponibles en Internet. Este último una adaptación de un episodio de la novela homónima de Pablo Palacio.

Estamos ante una de las figuras más completas de la cinematografía ecuatoriana. Mora Manzano es montajista (editó Crónicas de Sebastián Cordero y coeditó Con mi corazón en Yambo de María Fernanda Restrepo), músico que ha dirigido videoclips  (hace la banda sonora de todos sus trabajos) y elabora sus propios guiones.

El título de su primer largometraje, Sin otoño sin primavera, alude a una frase de Hermann Melville en Moby Dick que precisa que Ecuador es un país sin dos estaciones climáticas por su ubicación geográfica (“en nuestro puto invierno hace calor y en el verano tenemos lluvia”, dice Antonia). Desde este título ya hay una propuesta para escarbar en el tema de la identidad. Los jóvenes de esta historia (casi todos perdidos en el mundo de las drogas y la alienación) quieren saber quiénes son en una ciudad “de cien mil habitantes y tres millones de extras”. Son de clase media guayaquileña, no tienen grandes ambiciones en la vida y son aficionados a las frases hechas, repletas de filosofía barata. El futuro nunca llega para ellos, lo cual hace más evidente el estado en que se encuentra nuestra generación.

Escarbemos ahora un poco en la trama de este largometraje. Lucas (Enzo Macchiavello) es un estudiante de jurisprudencia que dice creer en la anarquía de la imaginación (frase del cineasta alemán Rainer Werner Fassbinder). Esto lo lleva del estado “anarco” a “narco” ya que se vuelve muy devoto de las pastillas. Quien se las proporciona es Paula (Angela Peñaherrera) que combina su oficio de mercarder de fármacos con la de receptora de historias: con su grabadora entrevista a todo el que se le cruce por el camino. Antonia (Paulina Obrist) dice que le sobran pocos meses de vida y así lo confiesa para convencer a Martín de que vuelva a ser su pareja. El giro telenovelesco no acaba ahí. Martín (Andres Troya Holst) acaba de regresar a Guayaquil con Gloria (Paola Baldion), su novia colombiana y tiene que dejarla para poder estar con Antonia. Rafa (Alejandro Fajardo) es un joven empresario que concluye su relación con Ana (Lucía Moscoso) quien a su vez desarrolla una ambigua atracción hacia su vecina Sofía (Andrea Espinoza)  y el novio de ésta, Manuel, que la lleva a espiarlos y manipular la relación.

Sin otoño, sin primavera es un alarde técnico en los campos que Mora Manzano mejor domina. Banda sonora encomiable. La música punk resuena en toda la película, copando cada rincón. Los paisajes sonoros están diseñados de manera perfecta, según los ambientes que se quiere recrear. Bien construidas las atmósferas de soledad, angustia, rebeldía. Lo primario es el manejo de las perspectivas sonoras urbanas que incluyen sonidos de autos, motos, murmullo de gente y hasta los silencios que son interpolados de manera sugerente. En cuanto al diseño de producción, Guayaquil emerge como gran protagonista. Las locaciones escogidas son las más cotidianas sin caer en el postalismo. Dentro de este contexto son pertinentes el cover de Mano Negra Guayaquil City y la presencia inicial de Agotados de esperar el fin de Ilegales.

Las canciones se relacionan mucho con el accionar y la emotividad de los protagonistas, pero también con el caos citadino con canciones como «Guayaquil vive por ti» de Ultratumba. Incluso la inserción de Los campos verdes de Jinsop le da un aire kitsch que enfatiza el proceso textual de la cita popular. La lucha de Lucas (el inconforme estudiante de Derecho que está contra del sistema) se refleja en «Destruye» de Los Ilegales que le confiere un contexto de rebelión anarquista al personaje. Por otro lado, Martín es identificado dentro de la trama con «Levitaba» de Niñosaurios que enfoca el dilema de estar con Gloria o Antonia. Sofía, en cambio, desde el diseño de vestuario, tiene un aire más punk mezclado con cierta timidez y dulzura. Es por eso que ella es identificada con la canción «Ziego» de Virgenes Violadoras, mientras que el tema «Abiertamente» de Juan Carlos González expresa la confusión y la rabia de ella hacia su novio (arrebatado por Gloria). La música es clave para entender el subtítulo del filme, «una balada punk», que explica el contraste entre la violencia verbal y física con la debilidad de los jóvenes que carecen de otoño (madurez) y prima/vera (la primera verdad, en italiano). A ratos algunos personajes están insertos en situaciones de balada romanticoide pero reaccionan con una agresividad punk. Véase la escena climática en la que Sofía destruye los discos de vinilo (¿fin de una época?) pertenecientes a su rival.

La película abruma y desafía al espectador normal. No es de sencilla asimilación, sobre todo por la compleja armazón del relato audiovisual y esto quizá se ve reflejado en la taquilla que no es la que al final dictamina el lugar de un filme en la Historia. Mora Manzano no se ha ido por el lado fácil. La estructura que nos presenta juega con el tiempo, contando a ratos una subtrama de manera desfasada, enseñándonos primero un flashforward de una situación y luego retrocediendo al presente.  Es el gran riesgo cuando se está ante una multitud de personajes (si no que lo digan Tarantino y González Iñárritu que también son maestros en la orquestación de subtramas con diversos personajes).

Si hubiera que aplicar el paradigma de Syd Field (la estructura tripartita con sus puntos de giro respectivos) estaríamos en aprietos, ya que el guión juega de tal forma con el tiempo y el espacio que no llega con facilidad al espectador común y silvestre. Para identificar los nudos de la trama habría que seguir a los nueve jóvenes cuando en realidad hay un solo personaje en todo el filme que es una entidad colectiva representada por esta juventud en éxtasis, como diría el gurú de la autoayuda, Cuauhtémoc Sánchez.

El lenguaje del filme merece un pequeño párrafo.  Si el contexto es la vida cotidiana de lo underground guayaquileño, con su ambiente musical punk lleno de drogas y contratiempos, los diálogos se desarrollan en clave realista, y son la base de la verosimilitud de la trama. Lo coloquial, repleto de vulgarismos, es el registro que va a primar en casi todos los diálogos. Lo que viene es gracia y obra del director: se nota un buen nivel de improvisación de parte de los actores que manejan el habla popular y la jerga con mucha naturalidad. Además, Mora Manzano canaliza de manera superlativa el nivel de introspección y de conocimiento de sí mismo de cada personaje (se nota un trabajo previo: investigación, ensayos). Este aspecto es tan poderoso que termina dándole al filme una perspectiva sicológica (no sicologista) que lo convierte en un documento audiovisual de gran vitalidad y realismo. Por cierto, ya que mencionamos lo de los vulgarismos, habría que llevar un conteo exacto de las veces que aparece la palabra verga en pantalla. Quizá Ecuador pueda lograr un récord Guinness. Las procacidades no constituyen una forma de agredir al espectador (la escena de la masturbación femenina, bien podría ser bandera de batalla por parte del sector puritano). Es un manera muy personal la de Mora Manzano ésta de presentar un Guayaquil (underground es la palabra exacta) que antes no era visible.

La anarquía de la imaginación que pregona Fassbinder está presente en todo momento. En la edición, con la propuesta de un montaje estilo videoclip. Los saltos en el tiempo. La osadía de orquestar tantos personajes sin dejar cabos sueltos. El tono de melodrama como un vehículo estético más. La música como la reina de la acusmática. Es la primera película en la que aparece Guayaquil con todos sus contrastes sociales y económicos, culturales y políticos. Es un retrato nihilista de la ciudad que se permite en el final darle cabida a la esperanza. La anarquía se extiende inclusive a la ortografía: cada letra del título está escrita con mayúscula y no hay una  coma que separe a las dos estaciones el año.

Indagando en la sique de cada uno de sus personajes, Mora Manzano ha logrado aquello que Fassbinder pregonaba en su cine y en sus ensayos: el hallazgo de la belleza en el sufrimiento. Y lo ha hecho diseccionando esta generación desencantada de nativos digitales. Larga vida al punk.

Mientras en EE.UU. el cine se dedica a realizar remakes, reinterpretar series de televisión y explota al máximo los efectos especiales, el cine de nuestro continente, siguiendo los pasos de la literatura y el cine, quiere llegar hasta  las raíces de la historia explorando la identidad.

Según Gabriel García Márquez, el cine latinoamericano está viviendo un boom que ya experimentó la literatura de los años sesenta, “el cine con menos recursos y el más humano que se ha hecho jamás”[1]. Precisamente el séptimo arte de este hemisferio se está nutriendo de obras literarias. Recordemos las recientes adaptaciones de Satanás (basada en un relato de largo aliento de Mario Mendoza), El secreto de sus ojos (de una novela de Eduardo Sacheri, titulada originalmente La pregunta de sus ojos) y Memoria de mis putas tristes (de una nouvelle de García Márquez), etc.

Por lo tanto, que el cine ecuatoriano se acoja a libros tan representativos de nuestra literatura como Entre Marx y una mujer desnuda de Jorge Enrique Adoum y de menor resonancia  como De que nada se sabe de Alfredo Noriegaes un hecho estético plausible, acorde a una tendencia continental, que nos permite de paso reevaluar la obra literaria.

Como nota aclaratoria, y para delimitar el corpus de análisis, se debe señalar que este trabajo sólo toma en cuenta textos fílmicos, soslayando la producción audiovisual en forma de telefilmes, teleseries, cortometrajes en vídeo, que bien pudieran ser tema de un ensayo mucho más extenso.

Buceando en las cronologías hechas por Wilma Granda, la fecha más lejana en la que aparece un escritor ecuatoriano ligado al mundo del cine es 1932 y no tiene que ver precisamente con la adaptación audiovisual de un libro. Es el año en que el escritor peruano Luis Alberto Sánchez y el lojano Pablo Palacio se asocian para distribuir filmes alemanes en Ecuador. En 1946 se estrena el filme argentino Tres ratas, basado en la novela de Alfredo Pareja Diezcanseco, que pese a su procedencia geográfica entra en este inventario como un antecedente importante. Sin embargo, la primera adaptación cinematográfica de una obra literaria, que se exhibe en Ecuador, es de procedencia colombiana. En 1923 se estrena María (1921) de Máximo Calvo y Alfredo del Diestro en el Teatro Edén.[2]

En los años setenta hay que identificar algunos títulos que no son largometrajes: El cielo para la Cunshi, carajo (1975) de Gustavo Guayasamín que recrea episodios de Huasipungo de Jorge Icaza y que constituye acaso la primera adaptación cinematográfica de un texto literario ecuatoriano[3]. También está la producción de Edgar Cevallos con cuatro adaptaciones: Un ataúd abandonado (1981), Luto eterno (1983), ambos basados en relatos homónimos de Pedro Jorge Vera, Una araña en el rincón (1982), corto basado en un relato de igual título de Juan Valdano y Miguel de Santiago (1980), basado en la biografía de Alfredo Pareja Diezcanseco sobre el pintor de la colonia. Como dato de producción se debe señalar que Cevallos trabaja directamente con los tres escritores en la adaptación, involucrándolos en el proceso. También está el caso de Ulises Estrella que dirige el cortometraje Cartas al Ecuador (1980), basado en el libro de Benjamín Carrión, y el de Teodoro Gómez de la Torre que con Juan Montalvo, el regenerador (1981) toma nota del exilio del escritor ambateño y su lucha contra la dictadura civil de García Moreno.[4]

Luzuriaga y su trilogía de la nación

El único cineasta que ha apostado exitosamente casi todos sus largometrajes a obras literarias claves es Camilo Luzuriaga. La tigra (1989), ópera prima del cineasta lojano radicado en Quito, es un guión compacto que capta el espíritu rural de la obra de José de la Cuadra y muy grato en la recreación de los personajes originales. Lissette Cabrera en el rol protagónico logra transmitir el aura de erotismo desenfrenado y salvaje que captamos en la heroína (¿antiheroína?) de la obra original. La cámara no carece de libertad e iniciativa, y mucho menos se encuentra estática en el suelo montubio, este último, sin duda, el elemento más auténtico del filme, por rodarse en los escenarios que mostraba De la Cuadra.

En su segunda película, Entre Marx y una mujer desnuda (1995), Luzuriaga a la recreación de una realidad que parece conocer mejor: una ciudad (Quito), el decenio de los sesenta con su crisis ideológica de valores e ideales, con personajes que son militantes de un partido de izquierda en pos de la utopía.

El resultado está a la vista. El guión de Arístides Vargas sorteó con astucia algunos obstáculos que planteaba el texto experimental de Jorge Enrique Adoum de fuertes ecos cortazarianos (sobre todo de Rayuela y Libro de Manuel), más el atiborramiento de elementos cultistas y juegos gráficos, tales como inserción de anuncios clasificados o recortes de periódico.

La tercera película de la trilogía de Luzuriaga, 1809-1810: Mientras llega el día (2004), basada en la novela homónima de Juan Valdano, bucea en el siglo crucial del nacimiento de una nación, en la época de las guerras independentistas. La historia tiene lugar en el Quito de 1809. La producción puso énfasis en los espacios y en el diseño de la producción. Mientras la novela de Valdano captó con meticuloso ojo historiográfico los enfrentamientos ideológicos decimonónicos, Luzuriaga se va más por el lado melodramático de la historia pasional.

San Sebastián Cordero

Un nombre imprescindible en este inventario es el de Sebastián Cordero. Su ópera prima, Ratas, ratones, rateros (1999), fue la que nos insertó en el mapa de la cinematografía global. Nunca antes un filme había ganado tantos premios internacionales: mejor edición en el Festival de La Habana, mención de honor en el Festival de Bogotá, mejor actor en el Festival de Huelva (Carlos Valencia), entre otros.

Ratas constituye una suerte de adaptación inconsciente de A la costa (1904) de Luis A. Martínez (1869-1909). Esto no será nada nuevo en Cordero que, sin proponérselo, hará de Crónicas (2004) una caja de resonancia de El secreto de Javier Vásconez.

En la novela de Martínez los protagonistas son Luciano y Salvador (amigos), en la película se llaman Ángel y Salvador (primos). Al igual que el Ángel de Cordero, el Luciano de Martínez es un sensualista, un costeño extrovertido y arrojado; Salvador, en cambio, es el estereotipo del serrano reprimido e introvertido, que al igual que su homónimo sufre de una grave enfermedad. En el caso del Salvador literario es la polineuritis malaria, en el caso del personaje cinematográfico es la epilepsia. El tema del viaje también está presente en ambos textos. El filme toma recursos guionísticos de la road movie ya que los personajes van de la Costa a la Sierra y viceversa. El viaje narrado por Martínez es solamente de una vía como bien lo dice el título de la novela. Otro punto en común entre ambas obras es la quimera de oro que constituye el viaje al extranjero. Mientras Luciano planifica un viaje a Europa, el Ángel de Cordero deposita en EE.UU. (la Yoni, le dice él) todas sus esperanzas.

Rabia (2010), el tercer filme de Cordero, se basa en la novela homónima del argentino Sergio Bizzio que retrata la decadencia de una familia burguesa. Cordero y el escritor, trasladan como guionistas, la historia a la Madre España haciendo énfasis en el tema de la migración y toda la violencia que ésta implica. La novela de Bizzio, llena de coloquialismos y regionalismos en los parlamentos, es de escasa profundidad en su estructura. Lo más atractivo del libro es su velocidad narrativa, su ritmo trepidante y la profusa interpolación de diálogos de clara inspiración cinematográfica. Está claro que lo que le atrajo a Cordero es la premisa dramática claustrofóbica de Bizzio: un obrero de una construcción se esconde en la casona donde trabaja su novia después de asesinar a alguien.

Rabia no es una película más sobre el tema de la migración aunque es imposible no verla como parte de esa corriente tan visible como es la del cine de migrantes. Son películas en diversos puntos del continente que se esmeran por recrear la problemática del que se va, del que deja su terruño en pos de horizontes mejores. Rabia no es Sin nombre (2009) de Cary Fukunaga o El arriero (2009) de Guillermo Calle. Mucho menos es Paraíso Travel (2008) de Simon Brand o Fuera de juego (2003) de Víctor Arregui, una de las primeras películas ecuatorianas que se rueda sobre el tema del desarraigo. Si vamos más atrás tampoco se asemeja a Flores de otro mundo (1999) de Iciar Bollaín (quien por cierto tiene un papel secundario en la cinta de Cordero). Rabia es un filme que rompe los cánones del cine de los exiliados al llevar el encierro del migrante a límites insospechados. La premisa claustrofóbica parece estar más en la línea de Prometeo deportado (2011) de Fernando Mieles que cualquier otro título de los nombrados líneas atrás. En Rabia no hay espacios abiertos, persecuciones de migrantes a manos de policías, no hay deportados o indocumentados. Se diferencia de los filmes mentados por el tratamiento de la historia: los ambientes cerrados, las atmósferas opresivas y el asignarle al migrante el símbolo de la rata. José María se esconde como un roedor, vive como él, se arrastra como él y muere como él.

La última película de Cordero, Pescador, no proviene de una obra literaria pura. Su fuente es Pescadores de coca, un reportaje aparecido en la revista SOHO, redactado por un escritor, Juan Fernando Andrade, quien narra los hechos como si se tratara de un relato literario. Por su procedencia periodística nos abstenemos de comentarla.

Arregui, Vera y Mora

Dentro de esta tendencia de mirar hacia los libros ecuatorianos (aunque Rabia sería la excepción), Víctor Arregui rueda Cuando me toque a mí (2006), basada en la novela de Alfredo Noriega titulada De que nada se sabe (verso de Jorge Luis Borges), novela intimista de trama bien hilvanada. Esta película se sostiene por la elaborada actuación del finado Manuel Calisto (1972-2011) quien interpreta a un médico forense. A la morgue donde trabaja llega la soledad en forma de cadáveres que debe diseccionar. El forense ve reflejada su angustia de vivir en esos cuerpos inertes que llegan día a día. Su introversión y su condición de ser poco gregario dejan en claro algo: el doctor se relaciona mejor con los muertos que con los vivos. Premio al mejor actor en Donostia, Calisto se erige con este filme como el mejor actor de su generación.

Dentro del grupo de realizadores, formados en la escuela de cine de San Antonio de los Baños de Cuba, está Carlos Andrés Vera (Quito, 1980). Puntilloso y perfeccionista en cada aspecto técnico ha alumbrado dos obras de referencia: el documental ecologista Taromenane, el exterminio de los pueblos ocultos (2008) y La verdad sobre el caso del señor Valdemar (2009), mediometraje de 25 minutos basado un cuento de Edgar Allan Poe.

Valdemar, como también se le conoce de manera abreviada a este mediometraje de Vera, elige de entrada no ser fiel al original literario. Lo sabemos cuando un intertítulo al principio nos previene del año y el lugar donde se va a desarrollar la historia. El texto de Edgar Allan Poe se sitúa en Nueva York en la primera mitad del siglo XIX («El señor Valdemar, residente desde 1839 en Harlem…»); mientras que el filme ubica la historia en Quito durante la dictadura civil de Gabriel García Moreno (octubre de 1873), líder de un estado fundamentalista en lo religioso pero que le da una gran viada a la investigación científica. Es precisamente la subtrama político-religiosa el gran hallazgo del mediometraje.

El gran puntal actoral es también Manuel Calisto quien lidera este sofisticado ejercicio gótico, en el que destaca cada aspecto técnico: el diseño de producción (el viejo hospital siquiátrico de San Lázaro donde fue filmado), el vestuario, la música y el diseño de sonido. En definitiva, una adaptación que además de genuina luce imperecedera.

Otro narrador audiovisual que ha dado a la luz historias cortas es Iván Mora Manzano, acaso el más completo que hay en nuestro país pues abarca algunos cargos dentro de un set de filmación. No sólo es un lúcido montador, sino que también compone la música de sus historias. Vida del ahorcado: Los estudiantes (2008) constituye un cortometraje que dista mucho de ser el ejercicio videográfico de un principiante. Es una creativa adaptación de un episodio de una novela corta de Pablo Palacio, en la que destacan los creativos efectos visuales (véase la escena en la que el maestro empieza a vomitar el alfabeto griego). En Mora Manzano hay un dominio en el ritmo, la forma, los paisajes sonoros, la construcción de una atmósfera opresiva y una comprensión del género que explora, además de una experticia en la construcción dramatúrgica de los relatos (véase también el sugerente corto Silencio nuclear).

Fundido de cierre o conclusiones

1)      En el caso de la novela de Luis A. Martínez y el filme de Cordero, estamos ante la constatación de una nación dividida en dos (Costa y Sierra), bipolarizada. La revolución liberal es el contexto de Martínez y el poscapitalismo es el caso del filme de Cordero. Los dos proyectos de nación que hay en ambos contextos, tanto económicos como políticos, desembocarán en un desencanto que es el elemento subyacente en ambos textos.

2)     El hecho de que los filmes del corpus sean distintos de sus originales literarios ilustran una verdad de Perogrullo: las mejores adaptaciones audiovisuales de una obra literaria no son fieles completamente al original. Cine y literatura son dos lenguajes diferentes y siempre crearán productos disímiles.

3)     Los guionistas no adaptan únicamente material literario ecuatoriano. Los casos de Edgar Allan Poe y Sergio Bizzio constituyen dos excepciones dignas de mencionar. En el caso de Carlos Schlieper (el director de Las tres ratas) es a la inversa. Un cineasta argentino adapta una obra ecuatoriana. Como nota al margen debe señalarse que este filme basado en la novela de Pareja Diezcanseco se estrena recién en 1989 en Ecuador.

4)     Tres vertientes son identificables en este inventario de filmes con raíces literarias. Primero, está la preocupación por la construcción de la nación a través de filmes que tienen un trasfondo histórico (Mientras llega el día, Cartas al Ecuador, Juan Montalvo, el Regenerador y Miguel de Santiago); segundo, una cierta tendencia al cine fantástico (Vida del ahorcado y Valdemar) y por otro lado, el Tánatos que hay en el drama humano (Cuando me toque a mí, Un ataúd abandonado, Luto eterno y Rabia).

5)     Estamos ante casos que bien podrían calzar en aquello que Pere Gimferrer llama «adaptaciones genuinas», las cuales «por los medios que le son propios –la imagen– el cine llega a producir en el espectador un efecto análogo al que mediante el material verbal –la palabra– produce un texto en el lector». Adaptaciones genuinas de un cine en construcción que busca el rastro de la letra en la imagen.


[1]Discurso pronunciado por Gabriel García Márquez, presidente de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, en el acto de inauguración de la sede de la misma, el 4 de diciembre de 1986.

[2] Granda Wilma, Cine silente en Ecuador. Quito,coedición Casa de la Cultura Ecuatoriana, Cinemateca Nacional, Unesco, 1995.

[3] Granda Wilma. Cronología del cine ecuatoriano. Quito, Revista del Consejo Nacional de Cultura, No. 10, 2007.

[4] Todos los datos de este párrafo están tomados de Catálogo 1922-1996. Patrimonio fílmico nacional, 2000. Quito, Fondo Editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana (edición auspiciada por UNESCO), 2000.