«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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Cordero escarba en la memoria genealógica y la mitología familiar: Un documental entrañable que nos pide apreciar mejor a quienes trabajan para nosotros

Me he sentido desconcertado y emocionado viendo el más reciente documental de Sebastián Cordero (Quito, 1972). Durante el visionado me he sentido un intruso, un voyeur; en otros momentos, un testigo privilegiado por las fotos en blanco y negro y Polaroid, más las grabaciones en Super 8 y vídeo que se intercalan en la pantalla. ¿Qué se puede decir del documental El vals de Rosa (2026) que se estrenó en el marco de la vigésimoquinta edición del festival EDOC (Encuentros del Otro Cine)? Primero, que nadie espere que suene un vals: el título es una metáfora de la danza que se baila «pegadito» y que nunca veremos en pantalla; segundo, en la era de la autoficción, las autobiografías impúdicas y las confesiones descaradas en redes sociales, hay que darle la bienvenida a este tipo de narraciones audiovisuales más auténticas y genuinas.

Cordero, piedra angular del nuevo cine ecuatoriano con Ratas, ratones, rateros (1999) y Crónicas (2004), comenzó a filmar hace nueve años a Rosa Puruncajas, quien fue niñera del director, y que trabajó con la familia durante más de cinco décadas, incluso desde antes de que Cordero naciera. La película, de 114 minutos, está producida y editada por el propio Cordero y José Cardoso, con la fotografía de su usual colaborador, Simón Brauer. Es la segunda vez que el cineasta incursiona en el documental: hace tres años nos entregó su viaje por Nepal con Iván Vallejo, titulado Al otro lado de la niebla (2023).

Cordero ha hecho un documental sobre la señora que lo cuidó durante su infancia. En el sitio web de Jiráfica, el director confiesa haberse sentido siempre fascinado por la forma en que Rosa contaba historias: «Ya sea una anécdota o un recuerdo del pasado, siempre recurre a una narración circular, volviendo sobre las mismas ideas, repitiéndose una y otra vez, aunque a veces cambie la historia que está contando. Como escritor [guionista] que se enorgullece de evitar las redundancias y de intentar ir al grano de la forma más eficaz posible, siempre me sorprende darme cuenta de lo mucho que me cautiva la forma de contar historias de Rosa». Cordero la ve como la primera narradora que conoció, «y me dio el mejor regalo que un niño podría desear (¡además de criarme, cuidarme y ser como una segunda madre!), que es la maravilla y el asombro que despierta contar historias».

El punto de partida del segundo documental de Cordero es una asimetría declarada desde el principio. De hecho, la foto recortada del afiche es una declaración simbólica. No se puede ver el rostro completo de la mujer y para completar el creativo efecto, el título del filme también aparece incompleto. Esto es concomitante con el pietaje de decenas de horas de filmación doméstica (que forman parte del acervo de los Cordero) en el que apenas hay cuatro minutos de ella. La película parte de ese vacío y organiza toda la historia familiar desde la perspectiva de la empleada doméstica; la Nana, le dice cariñosamente el cineasta, y es la voz de ella la que organiza el relato documental, copando toda la pantalla, entregándonos un personaje entrañable, divertido, único, con una forma muy particular de decir las cosas. La voz en off del cineasta (entrevistador y personaje secundario) aparece como narradora, pero solo para dar paso a la de Rosa.

Una figura semejante, a la que Cordero considera su segunda madre, se presta a una mitología doméstica conocida en la cultura latinoamericana como «la empleada que es parte de la familia». El documental elimina el vínculo laboral y de clase, contrastando las diferencias entre ambas experiencias y los hechos que han marcado la vida de los dos núcleos (el de los Cordero y el de Rosa), en un intento de desmontar la mitología familiar desde adentro. Lo más importante es que el director está consciente de que no es una relación unilateral. El afecto entre ambos es mutuo y genuino, sin ese resentimiento que hay en algunos hogares en los que la relación con la niñera o la empleada está marcada por cierto resentimiento. «Pero, claro», dijo el director en el pre-estreno del filme en Guayaquil, «desde mi punto de vista, ¿cómo podría sentir resentimiento, teniendo en cuenta que ella nunca me castigó? ¿Se trata, entonces, de una relación unilateral? Sería hipócrita analizar esta historia sin tener eso en cuenta, pero para mí está claro que el amor no es, ni nunca ha sido, unilateral. Aunque Rosa no sea mi madre, sin duda la siento como tal».

El filme no esquiva la gran falta: no hay foto de la madre putativa en los álbumes familiares de los Cordero. Mientras en su domicilio ella acumula cuadros, afiches, mobiliario, ropa, cubiertos de plata, vajilla de porcelana fina y figuras de cerámica de sus patrones, ellos no la tienen registrada en ninguna parte. El director reflexiona lúcidamente sobre este tema en el sitio web de Jiráfica: «Los objetos se convierten en una forma de aferrarnos al pasado, tanto para ella como para mí, y pasan a ser guardianes sagrados de la memoria, aunque muchos de ellos fueran «restos» de la casa de mi familia que iban a ser desechados. Y que Rosa guardó. A través de estos objetos y de sus historias, Rosa se convierte en la narradora de la vida de mi familia». De esta manera, la casa de ella pasa a ser una especie de archivo de sus empleadores y la película pasa a ser el archivo de ese archivo. A partir de esa borradura involuntaria, el director-narrador, hace una relectura adulta de situaciones de las que no era consciente en la niñez, es decir, vuelve sobre un archivo que él mismo ayudó a formar y del cual ahora es editor.

La intención no es solo homenajear a su niñera sino también examinar el privilegio que hizo posible que su propia infancia estuviera tan bien documentada. Este es un tema que el cine latinoamericano ha tratado a menudo, y que aquí se aborda desde la cercanía afectiva. Ejemplos de empleadas domésticas en el archivo cinematográfico continental: la trabajadora ilegal mexicana de Babel (2009) de Alejandro González Iñárritu, la indígena limeña en La teta asustada (2009) de Claudia Llosa, la sombría y malhumorada Raquel en La nana (2009) de Sebastián Silva, para terminar en la entrañable Cleo de Roma (2018) de Alfonso Cuarón. Hay más ejemplos, pero consigno tan solo los que he visto en mi ejercicio como crítico.

Roberto González Echeverría, en su libro Mito y archivo: una teoría de la narrativa latinoamericana (1990), señala que el discurso antropológico y etnográfico en el siglo XX, cuando pretende dar voz al otro, lo convierte en informante dentro de un marco que le es ajeno. La novela moderna (yo añado el cine), según Gonzalez Echeverría, pasa a imitar el informe etnográfico, la recopilación de mitos locales y el rescate de las culturas indígenas y afrodescendientes que habían sido marginadas. Un documental, en el que el hijo menor de la familia empleadora reconstruye la vida de la empleada, reproduce esa estructura de marginación, con la diferencia de que el propio autor legitima el relato, dándole al otro todo el espacio posible. La sutileza es pensar que Cordero está rescatando a Rosa, pero no es así, Cordero está recuperando su árbol de historias familiares a través de Rosa. La cuestión es si ella funciona como sujeto de su propia historia, como material de la memoria familiar del director o como ambas. En esa oscilación transcurre el filme que logra en la mayor parte del metraje darle la voz autoral a la Nana, recurso que la diferencia de los títulos de ficción que hemos citado en el párrafo anterior.

El archivo, en el filme, es también un espacio de reticencias: guarda más de lo que muestra. Rosa trabajaba en casa de la abuela materna y llega donde los Cordero en 1969 para ser la nana desde 1972, año en que Sebastián nace. La familia parte a París en 1981 donde permanecerán 7 años mientras Rosa se queda a cargo del edificio de los Cordero. No se dan demasiados detalles sobre el fatal accidente de tránsito del jefe de familia, en 1981; sobre las circunstancias de la muerte del hermano mayor, Juan Esteban (el músico de la familia), hay un manto de misterio; pese al no narrarse su trágica muerte en 1993, a los 26 años, está presente en el soundrack todo el tiempo tocando el piano que acompaña a la narración. La jefa de la familia se vuelve a casar en el 2002, y se esboza de manera mínima la historia del esposo que empieza a mostrar síntomas de Alzheimer (sin que la enfermedad se nombre). El cáncer de Mónica, la matriarca de la familia (que fallece en 2012), también es narrado desde el punto de vista de Rosa quien lamenta no haber estado en la recta final de la enfermedad por una cirugía a la que tuvo que someterse. Mirando a contraluz todos estos detalles privados, uno no puede dejar de admirar a estos hermanos que, pese a sufrir un sinnúmero de tribulaciones, han seguido produciendo arte en forma de filmes y obras teatrales (Sebastián), novelas, películas y obras de teatro (Viviana) y exposiciones fotográficas (Lorena Cordero).

El título del filme remite a un registro oral y musical que pertenece a Rosa y no a la familia. Se promete un vals (ya lo dijimos) y lo que suena (durante casi todo el filme) es la música de otro miembro de la casa que fue criado también por Rosa. Esto apoya la lectura de que el filme deja a la vista el desequilibrio, pero lo compensa permanentemente. Rosa crió también a ese hermano de la banda sonora, así que esa pérdida es compartida, porque en el filme ella reconoce que también tuvo ese duelo. Muy importante, en este sentido, es la escena en la que la protagonista enseña a la cámara el terno de Juan Esteban de cuando era niño. Está bien lavado y planchado, y ella lo exhibe amorosamente como pieza de museo. Una vez lo prestó, confiesa sin mucho orgullo, y advirtió que si no era devuelto habría graves problemas para quien lo pidió en préstamo.

Es su último vals, es su celebración por llegar a los ochenta años de vida. Todo el filme es la preparación de esa gran fiesta a la cual viajan algunos parientes desde Europa. Mientras ensaya su discurso, mientras confecciona la lista de invitados, se intercala la historia familiar. El clímax es la celebración en sí misma. Y frente al torrencial piano clásico de Juan Esteban Cordero, que copa toda la banda sonora, se da paso a la música tropical que la orquesta contratada toca para la octogenaria. Fundamental es la escena final en la que el director y su protagonista bailan al son de la banda en vivo. Ambos están separados. No se miran. Se mueven torpemente. Ninguno de los dos parece ser un buen bailarín. El momento dura demasiado tiempo en pantalla. Están distanciados por más de un metro de distancia. Pese a ello, es la única manera que tienen de estar juntos. No es un vídeo viral de redes sociales. Es un momento de pura autenticidad: el afecto y la gratitud de un cineasta hacia la persona que lo crió.

¿Dónde están las dos hermanas y sus padres dentro de la narración? ¿Qué lugar ocupan dentro de la narración? Juan Esteban está presente en imágenes de archivo y en el soundtrack. La fotógrafa Lorena (a pedido de la homenajeada) va en el mismo vehículo acompañando a Rosa hacia el lugar de la recepción. La cineasta, dramaturga y novelista Viviana también aparece tangencialmente. Curiosa la escena en la que la protagonista reconoce su distancia con la escritora: «Ella solía coger sus revistas y se metía en su cuarto». Se inserta una grabación de Mano a mano (1996), obra de teatro de Viviana, en la que se aprecia el diálogo humorístico entre una empleada doméstica y su empleadora. El personaje de Baltazara (interpretado por Toty Rodríguez) parecería ser un trasunto de Rosa, lo cual dice mucho sobre cómo los hermanos Cordero en diferentes épocas pusieron su arte al servicio de la memoria familiar. Viviana también tiene una novela, titulada Una pobre, tan ¿qué hace?… (2001), en la que recupera la voz de Conchita, ahijada de Rosa Puruncajas, a través del personaje protagónico, María Vicentina. Regresando al documental, la lideresa de la familia, Mónica, aparece en algunas ocasiones, en momentos claves de la historia de los Cordero. El padre aparece menos, pero se deja constancia de cómo todo el material de Super 8 es grabado por él. Este detalle es fundamental: Sebastián es el mediador de un relato registrado por el patriarca. Él monta los testimonios grabados por su progenitor o las fotos tomadas por otras personas, y las reordena según la narración de su Nana. El cineasta actúa como notario del manglar de anécdotas, pero Rosa es la dueña de la notaría.

El director ha superado el riesgo del documental típico (sobre el trabajo doméstico) hecho por el hijo menor de la familia empleadora; ha resuelto esa tensión en cada secuencia regalándonos una Rosa memorable: primeros planos de ella, risas, llantos, tomas cercanas de su cabellera canosa en el gabinete de belleza, su rostro embadurnado de cremas en la sesión de maquillaje, confesiones púdicas, impúdicas, secretos familiares… Si el cineasta tenía una deuda con Rosa Puruncajas, la ha pagado con creces con su mirada compasiva, humana, cargada de mucha simpatía hacia el sujeto entrevistado. El éxito de público en el festival EDOC, tanto en Quito como en Guayaquil, confirman la calidad del filme. Esperemos que su estreno en 2027, en las salas comerciales, atraiga a más espectadores que buscarán en el documental un reflejo de sus propias historias familiares.

Entrevista a Viviana Cordero: «NO ROBARÁS (A MENOS QUE SEA NECESARIO) es el filme más intimista que he realizado»

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Viviana Cordero Espinosa (Quito, 1964) es un caso único en Latinoamérica: tiene diez obras de teatro estrenadas (Mano a mano con Toty Rodríguez es una de las más exitosas), cinco novelas publicadas (El teatro de los monstruos es la mejor concebida) y tres películas previas. (Sensaciones, que codirigió con su hermano Juan Esteban, es a la que ella le guarda más afecto). La entrevistamos a propósito de No robarás (a menos que sea necesario) (2013), su cuarto filme.

¿Como cineasta tiene usted mandamientos que sigue a pie juntillas?
-No, para nada. Aunque ahora que lo pienso, luego de la primera toma de mis películas siempre destapamos una botella de champagne. Siento que eso le va a dar buena suerte al rodaje. Todo lo demás cambia con los años y con la persona que soy en el momento.

-¿Dónde ubica No robarás… dentro de su filmografía?
-Quizás esta es la película más intimista que he realizado. Creo que se diferencia muchísimo de las tres películas anteriores que he hecho pues se centra en un solo personaje. Ése ha sido un gran desafío.

-¿Y dentro de su producción teatral, qué lugar tiene su película?
-Creo que no tiene nada que ver, excepto el emparentarse ligeramente con Anatomía, obra de teatro con un reparto conformado exclusivamente por adolescentes, pero hay que recordar que estamos hablando de una película y la forma de armarla y procesarla es muy distinta de una obra de teatro.

-¿Dónde ubica su filme dentro de su producción novelística o literaria? ¿Siente que está conectada esta película con alguna de sus novelas?
-Difícil decir donde ubico a mis obras. Supongo que eso corresponde a quienes conocen lo que hago. Por la temática quizás se acerca a El Teatro de los Monstruos, una novela que escribí hace casi quince años, o a la pieza teatral Anatomía. Al mismo tiempo, pienso que uno siempre quiere hacer algo diferente y ésta es quizás una propuesta un tanto distinta con respecto a mis anteriores creaciones, por lo intimista. Es complicado catalogar o delimitar cuando uno es arte y parte.

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-¿Cree que su experiencia en Anatomía con jóvenes actores le sirvió para esta película?
-Definitivamente, inclusive muchos de los actores que trabajaron conmigo en Anatomía, tomaron papeles en la película como es el caso de Hamilton Moreno, Alex Chango y Pablo Contreras.

-¿Qué opina del hecho de que se están haciendo filmes con la temática del punk en Ecuador, como es el caso de Sin otoño, sin primavera y Mejor no hablar de ciertas cosas?
-Que probablemente el punk volvió (la cineasta ríe a mandíbula batiente) o que todos somos unos viejos nostálgicos de esa estética. A mí me encanta, fui bastante punkera de joven. Me recuerdo con los pelos parados pintados de rosado, las botas de punta negras, el pantalón militar, la camisetas rotas, las correas de perro en el cuello y las cadenas en la cintura. Creo que era la primera punk del Ecuador, y el tráfico se paraba cuando pasaba caminando por la calle. Nina Hagen y Lene Lovich eran mis ídolos. The Clash y los Ramones, mi música y siempre recuerdo a Sid (de los Sex Pistols) y a Nancy, su novia.

-¿Cuáles fueron las fuentes del financiamiento de su filme?
-La película se rodó con $50.000 que ganamos como premio a la producción otorgado por el Consejo Nacional de Cine en el año 2010. Tuvimos algo de financiamiento de empresas privadas como Automotores y Anexos e Hidalgo e Hidalgo. Nos apoyó la Prefectura de Pichincha y el Municipio de Quito gracias a las gestiones de mi productora ejecutiva Ana María Balarezo. En total la película ha costado hasta el momento ciento cincuenta mil dólares.

-¿Cuán complejo es financiar cine en ecuador?
-Financiar cine en Ecuador me parece muy duro. Siempre que termino una película me digo que es la última pues no sé de dónde va a salir el dinero para la siguiente. Es casi un milagro el poder hacer películas. Yo, al menos, lo veo como algo tremendamente complejo. También es porque en mi caso personal he tenido que dedicarme a la producción por obligación, pero no es el campo en el que más sobresalgo. Me falta conocimiento para levantar dinero, no sé cómo hacerlo y siempre sueño con que voy a conocer a una persona que se dedique y le encante la producción ejecutiva para yo poder dedicarme únicamente a la escritura y a la dirección. Es un gran sueño que me permitiría dormir más tranquila.

-¿Cuáles son las dificultades no económicas que tuvo el rodaje de su película?
-Son tantas que coparían toda la entrevista. Parece mentira que la estemos estrenando. Lo importante, creo yo, es la obra terminada. Siempre es complicado llegar al final. Y las dificultades una vez que ya se hizo, pasan a segundo plano.

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-Pese a todas las limitaciones y obstáculos, ¿por qué seguir haciendo cine en Ecuador?
-No lo podemos evitar. Nacimos aquí aunque tengamos la profesión equivocada para este país.
-¿Qué recomendaciones haría usted a la política de financiamiento de obras audiovisuales que tiene el gobierno nacional?
-Que sigan apoyando. Que ayuden a que las películas se terminen, que no las dejen a medias. El cine no puede subsistir sin apoyo, ya que es demasiado costoso. Es una pena que ya no exista el premio Augusto San Miguel, que tanto ayudó en su momento a Sebastián Cordero y a Fernando Mieles, entre otros. Deberían reinstaurar ese galardón. Mientras más apoyo exista, más películas van a rodarse.

-¿En qué espacio se siente mejor: como novelista, dramaturga o cineasta?
-En los tres, por eso me dedico mucho a cada uno de ellos. Los tres espacios me gustan exactamente por igual. Cada uno es tremendamente especial y mágico a su manera.

-¿Qué ha aprendido usted como cineasta en esta nueva experiencia?
-Que uno no debe empezar a rodar hasta no estar segura del guión. Esa es siempre la base y lo que queda mal en la primera etapa siempre va a quedar en las siguientes. Contrariamente a lo que piensan muchos, creo que no se resuelve nada en el proceso de edición, eso cada vez lo voy comprendiendo mas. La base para una buena película es un guión sólido. Y ese proceso es el que menos cuesta económicamente, pero es el más difícil. Supongo que moriré aprendiendo.

-¿Cuáles son sus próximos proyectos cinematográficos, novelísticos y dramatúrgicos?
-Muchos, pero no sé si se realicen por cuestiones prácticas de presupuesto. Sueño con hacer una película sobre Manuela Sáenz, ansío montar una obra sobre Manuela Sáenz y en cuanto a la literatura anhelo con tener el tiempo para poder terminar mi novela y empezar otra. Es complicado. Tengo muchos sueños pero el tiempo pasa demasiado rápido. Quisiera contar, por lo menos, con cincuenta años de salud más para seguir trabajando y supongo que si eso se da querré otro medio siglo más. Soy feliz creando y concretando proyectos.

-Usted codirigió con su hermano Juan Esteban (†) el filme Sensaciones (1990). Sabemos qué ha sido asistente de dirección de Sebastián Cordero en Ratas, ratones, rateros (1999). ¿Cuándo dirigen juntos una película?
-Aunque es cierto que fui su asistente, él tiene un precepto: No trabajar con la familia, porque para él es algo tan preciado que teme que se estropeen los lazos. Sé que en algún momento, si se da la oportunidad, haremos algo juntos de nuevo.

-¿Cuándo va a intentar el género de la comedia en su cine? Usted tiene obras de teatro que están salpicadas de humor, ¿por qué su cine es sombrío?
-Creo que Retazos de vida no es tan sombría. Si tuviera más recursos de seguro habría hecho muchas comedias. Esperemos que la próxima película (si es que hay próxima) sea una comedia o algo histórico. Me gustaría incursionar en los dos campos.

-¿Por qué dice “si hay próxima”? ¿A qué se debe su pesimismo?
-Hacer cine es complicado, como lo expresé en una anterior respuesta. Añado: teatro siempre habrá en mi vida, todas las semanas posibles. Cine, no se sabe.

ECUADOR REPORT SOBRE EUROPA REPORT

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La crítica norteamericana ha sido generosa con Europa Report (Estados Unidos, 2013) o Europa One que es el título alternativo de distribución. En el sitio web de Roger Ebert, la crítica Christy Lemire argumenta que la belleza del filme radica en la simplicidad de su abordaje visual. Su director, Sebastián Cordero (Quito, 1972), “mantiene las cosas consistentes, elegantes y racionalizadas”, dice la crítica, añadiendo que el filme “puede ser subestimado hasta la exageración, pero esa actitud es preferible a la etiqueta de melodrama gratuito”. El blog I09, especializado en ciencia ficción, lo cataloga como un thriller y “sin duda la película de Sci-Fi más minuciosamente exacta que hemos visto en mucho tiempo”. Para argumentar esta última afirmación el blog informa que la nave parece haber sido hecha con piezas de repuesto de la ISS (International Space Station) y que las bolsas de agua que usan los tripulantes son exactamente iguales a las que tiene la NASA.
La verdad es que estamos ante un docufic más que ante una película de Sci-Fi. El suspenso y la revelación final tienen que ver con las convenciones del cine de horror, y rozando a cada momento la estructura del making of, siempre con la técnica del found footage o material encontrado.

VIAJE A LAS MONTAÑAS DE LA LOCURA

En el minuto diez (el sexto mes del periplo) el detonante narrativo nos permite ser testigos de cómo la nave, con sus seis tripulantes a bordo, pierde toda comunicación con el planeta Tierra. Toda la trama está hecha a través del material audiovisual encontrado a bordo de la nave. Usando la técnica narrativa de la capa de cebolla, la historia nos revela paulatinamente qué salió mal durante esa misión de tres años en esa luna de Júpiter llamada Europa. La trama está bien fundamentada en descubrimientos científicos que hablan de la posibilidad de vida en el lejanísimo planeta (agua para ser generales y la sospecha de la existencia de un océano para ser particulares). La narración está interpolada por clips de noticias, entrevistas personales con los científicos, incluyendo la doctora Samantha Unger (Embeth Davidtz) que es la responsable de la planificación de la misión que no es financiada por la NASA sino por una entidad privada.
Lo que más llama la atención (ya citamos a la prensa internacional) es la exactitud de la puesta en escena (corroborada por el dominio del director sobre temas científicos cuando habla en ruedas de prensa y entrevistas). Por algo las bases del filme se deben a la asesoría del Jet Propulsion Laboratory en Pasadena California donde la NASA construye las naves que van al espacio.
El segundo gran rasgo estilístico del filme es la opresión de los espacios cerrados. A ratos la trama se ralentiza por la misma situación de encierro. Lo que vuelve valiosa la historia es el tono de documental científico que ofrece al espectador en ciertos pasajes. Las explicaciones sobre la superficie del planeta más grande del sistema solar se ajustan a un afán divulgativo. Un gran riesgo del director fue quizá entregarse a los brazos del cine de horror para rematar la historia. Ese octópodo gigante que aparece al final es un recurso manido, nada digno de un filme que tiene reminiscencias de Kubrick (no olvidar el guiño a 2001: Una odisea del espacio con la inclusión del valse “El Danubio azul” de Strauss).
Lo que más le gustó a Cordero cuando le ofrecieron el trabajo en octubre de 2010, aparte del suspenso in crescendo, fue el aire a H. P. Lovrecraft (el escritor de culto, heredero de Poe, célebre por sus atmósferas cerradas y opresoras), especialmente de Las montañas de la locura y su tercer acto. En esa novela del creador de los mitos de Cthulhu se plantea como premisa dramática una expedición a la Antártida en la que la mayoría de los científicos mueren después de descubrir fósiles de unos seres inclasificables.
Al inquirirle a Cordero qué pasó con el chico que se fue a estudiar cine a la Universidad de Southern California, con películas en formato VHS de Spielberg, Carpenter y De Palma en la mochila, nos dice que es como cerrar el círculo de un extenso periplo. Realmente no queda mucho de ese chico que estaba bastante receloso de estudiar cine en Los Ángeles. Le parecía absurdo aprender sobre el arte de contar historias en un país donde escasean los guiones sólidos. “No fue del todo agradable”, nos dijo en una entrevista que le hicimos en 1999. “Es una ciudad bastante superficial, como un purgatorio del cine, donde todos esperan y esperan, hasta que en algún momento pueden entrar a un cielo no muy real, pero me enseñó mucho de mí mismo, y me motivó a regresar a Ecuador para hacer cine, algo que no estaba en mis planes, puesto que más bien tenía proyectos en EE.UU.”
En realidad, se equivocó con aquello de señalar que estaba en un medio sin historias compactas, ya que tuvo profesores de un gran rigor como Abraham Polonsky (1910-1999), un director judío-ruso, proscrito por comunista en la época macarthista, leyenda viviente para cualquier experto en guionismo, director de clásicos como Force of evil (1948) o el western Tell them Willy Boy was here (1969). Pese a la inspiración de este tipo de profesores, y pese a haber ganado el Premio Sundance al mejor guión inédito por Crónicas, su actitud antihollywoodense de antaño es ahora obsoleta pues san Sebastián ya forma parte del sistema. Es un insider, le espetamos y se sonríe.
Le hacemos acuerdo de su cameo en Ratas junto a Isabel Dávalos y ríe a mandíbula batiente. En esa ópera prima, él y su esposa de entonces interpretan a un par de gringos que son asaltados en el antiguo terminal terrestre de Guayaquil, mientras duermen plácidamente en el piso. Le preguntamos si él se siente un gringo del star system después de diplomarse como director en California y sobre todo, al concluir una película de encargo como Europa Report. El rodaje se efectuó durante diecinueve días (del 14 de noviembre al 13 de diciembre de 2011) en un set de Brooklyn, a un costo inicial de dos millones dólares (que luego se convirtieron en ocho) y con seiscientos efectos especiales. “Es curioso”, responde, “pero cuando regresé a Ecuador a hacer Ratas me sentía como un foráneo en mi país. Ahora al regresar otra vez de Estados Unidos me preguntaba cómo iría a reaccionar la gente ante una película de género como ésta”. Por lo visto en las avant premiere la cinta ha obtenido una buena respuesta de parte del público que ha aplaudido de pie durante algunos minutos.
Al preguntarle sobre qué ha aprendido de sus experiencias anteriores de rodaje nos confiesa: “En cierta medida creo que mis anteriores filmes fueron un aprendizaje para este último. Por dar un ejemplo, hay muchas cosas que aprendí de Pescador para esta filmación: la vocación por la improvisación, el dejar que la historia fluya sin detenerla y el permitir que haya cero intromisión del director para que el filme hable por sí solo”.
Sonríe ante el equívoco del público local al creer que Europa Report es la primera película ecuatoriana de ciencia ficción. Lo atribuye al hecho de que el fotógrafo quiteño Enrique Chédiak y él trabajan en el filme. Le mencionamos la palabra globalización haciéndole notar que filmes suyos como Rabia, Crónicas y ahora Europa Report son multinacionales. Rabia (2009) tenía un guión basado en una novela del argentino Sergio Bizzio, su protagonista masculino era un mexicano, con la contraparte femenina colombiana, el resto del reparto era ibérico y fue rodada en España; Crónicas (2004) tenía actores de España, México, Colombia y Ecuador; su último filme tiene un reparto variopinto pues hay una rumana, un sueco, un chino, una polaca y un sudafricano. Todo esto no le sorprende al cineasta que rememora haber vivido algunos años en Francia, una temporada en España (durante la época de preproducción, rodaje y postproducción de Rabia) y recientemente en Norteamérica para hacer Europa Report.
Tan conectado está con el star system norteamericano que estuvo a punto de trabajar con Harrison Ford. Aprovechamos para interrogarle sobre el proyecto fallido alrededor del asesinato de Abraham Lincoln. Nos responde que Manhunt (así se llamaba el guión original) se echó a perder por falta de financiamiento (específicamente por los honorarios superlativos de Indiana Jones). Le hacemos notar que algunos títulos sobre el tema se han estrenado en los últimos años (The conspirator de Robert Redford es uno de ellos). ¿Qué pudo haber aportado su historia? Nos responde que la gran diferencia de su proyecto radicaba en una perspectiva novedosa: el doble punto de vista del investigador asignado al caso (Harrison Ford) y el asesino (Christian Bale).

INTERLUDIO CON CHÉDIAK Y CABALLERO

Dos artistas hacen posible la parte visual del filme. El New York Times los califica como “a match made in heaven” por la pureza de la imagen que logran en esta colaboración y por lograr aquello que es fundamental en el mundo del cine: la autonomía cromática, esa identidad de look que hace único a cada filme.

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Al fotógrafo quiteño Enrique Chédiak no le gusta cuando escucha que los cinematógrafos son los Rembrandts de la pantalla grande. Nos corrige con humildad trayendo a colación una definición de Javier Aguirresarobe, un director de fotografía español, “que me decía que somos mitad capataces, mitad poetas”. La parte de la poética cromática ya viene en el guión y en el género, nos dice este profesional que ha trabajado con Danny Boyle en 127 horas (2010). En el caso de Europa Report la luz fría le ayudó a resaltar los tonos grises del set que construyó Eugenio Caballero, set que pudo haber sido más pequeño, acota, “para que sea más opresivo”. Al pedirle que compare cómo es trabajar con Sebastián Cordero y Robert Rodríguez, nos cuenta que este último es impredecible porque gusta de la improvisación. Le vienen a su mente recuerdos del rodaje de The faculty (1998). “La única opción posible con él es la sobreiluminación de los espacios porque nunca se sabe lo que va a hacer. Hay que tomar en cuenta que Robert, aparte de director, es también el editor y camarógrafo del filme, y a veces aporta con la música”. De Sebastián (con quien trabajó ya en Crónicas y en Rabia) dice que es su hermano y añade: “un profesional muy abierto y generoso. Con él me siento como coautor del filme”. Lo más importante de su propuesta visual para esta cinta es el manejo de veinticinco ángulos con cámaras digitales SI-2K que son diminutas. “No hay artificios de cine dentro del set, ninguna cámara de grandes dimensiones. Es un espacio completamente cerrado e iluminado con luz fluorescente. Ningún ángulo se repite”, nos advierte. “Para dar una idea, sólo la cápsula central de la nave tenía ocho cámaras escondidas y conectadas a mi Ipad. El director veía todas las pantallas desde su oficina a la manera de un panóptico”.

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Para el mexicano Eugenio Caballero (Óscar por El laberinto del fauno), “el diseñador de producción es un creador de conceptos visuales, un transmisor visual de sentimientos, un creador de metáforas visuales”. Caballero cree que el creador de espacios cinematográficos debe tener el rigor investigativo de un historiador del arte, título que recibió en la Universidad de Florencia después de dos años que fueron decisivos en su vida. Ese rigor le sirvió para entrevistarse con asesores científicos y empresas que construyen naves espaciales. “Es que el gran desafío”, nos confiesa, “fue tener que construir un set”, ya que las películas anteriores en las que trabajó con Sebastián (Crónicas y Rabia) tenían locaciones ya definidas que se intervinieron en términos de dirección artística. En el caso de Europa Report se tuvo que partir desde cero. “Me regí por el principio número uno del diseño aeroespacial: a mayor masa más energía necesitas para moverte. En un viaje intergaláctico tienes que generar energía y utilizarla lo menos posible, dosificarla para poder hacer todo lo que sea necesario en un espacio tan reducido”. Le preguntamos cuál es la diferencia entre trabajar para una mega producción como Resident evil: extinction (2007) y la que acaba de hacer con Cordero. Nos responde que pagar el boleto de entrada a Hollywood era necesario y que gracias a ese filme de zombis se entrenó en el manejo de abultados presupuestos para poder tener grandes grupos de colaboradores. Sin esta experiencia, nos dice, jamás habría podido trabajar para Lo imposible (2012) de Juan Antonio Bayona donde los espacios eran apocalípticos. Colaborar con Cordero implica para Caballero regresar a sus raíces latinoamericanas, con historias más auténticas y conmovedoras. “Además de que nos entendemos a las mil maravillas. Ya espero hacer con él una cuarta película”.

A LA MEMORIA DE SU MADRE

Para Sebastián Europa Report es el título más preciado de su filmografía puesto que está dedicado a la memoria de su madre, Mónica Espinosa de Cordero. Cuando le señalamos la dedicatoria que aparece al final del largometraje, sus ojos se humedecen y rememora la fortaleza materna en sus últimos meses de vida. Lo primero que hizo la progenitora fue transmitir fuerza a tres jóvenes que sobrevivieron a la muerte de Esteban, el padre, y Juan Esteban, el hermano mayor. Alrededor de la mesa familiar ella fue formando a la fotógrafa Lorena, al cineasta Sebastián y a Viviana quien es dramaturga, novelista y también realizadora fílmica. “Nuestra madre nos abrió el camino a todos y siempre inculcándonos la excelencia como una única meta posible. Ella fue un apoyo innegable desde que éramos niños cuando la música, el cine y la literatura, las artes en general, eran apenas pasatiempos”.

cordero

Europa es ya un punto de giro en la vida de Cordero porque su progenitora falleció durante la posproducción en octubre de 2012, después de estar más de un año luchando contra un cáncer de tiroides. “Al principio del proyecto, en el 2011, yo le planteé la posibilidad de abandonarlo todo para estar con ella en Ecuador, pero me dijo que no, que debía perseverar en lo mío y que regresara a la preproducción”. Le tocó viajar a Quito para verla por vez última y despedirse de ella. Después se vio regresando a Manhattan para seguir trabajando en la posproducción. Fue entonces cuando tuvo que enfrentarse a tres huracanes: el Sandy (que dejó a oscuras a toda Nueva York), el luto de hijo que no terminaba de elaborar y el de los problemas en el montaje del filme.
Para entender esta realidad cinematográfica hay que hacer cuentas básicas. Una película convencional tiene de cinco a ocho horas de material en bruto. Pues para saber cuánto metraje había disponible sólo hay que multiplicar ese número de horas por las veinticinco cámaras que se usaron en el rodaje. Para agravar más las cosas, cuatro editores intentaron ordenar el interminable material pero fallaron. Inclusive hubo un pretesting del filme, cuando los efectos especiales aún no estaban terminados y hasta se carecía de musicalización. El público descalificó Europa Report con comentarios atroces que desestabilizaron a productores y realizadores. Al final, el mismo Cordero y su asistente de edición lograron darle vida a los cientos de kilómetros audiovisuales que tenían, desordenando la historia, dándole un orden cronológico no lineal que la hizo más atractiva. La prueba de fuego se dio en el mes de julio, en el exigente Comic Con de San Diego, ante seis mil espectadores que finalmente le dieron el visto bueno.
Queda pendiente el rodaje del filme Sin muertos no hay carnaval con el actor fetiche del cine ecuatoriano, Andrés Crespo, con quien ya trabajó en Pescador. El proyecto aborda el tema de las invasiones ilegales en Guayaquil, algo jamás incluido previamente en ningún audiovisual. El guión que es del mismo Crespo (“el mejor que ha leído hasta ahora”, dice el cineasta para vender algo que definitivamente no necesita de hipérboles) ya ganó un fondo concursable del Consejo Nacional de Cine. La historia, que está contada desde la perspectiva de los moradores, es una vuelta de Cordero al realismo social (o realismo sucio, como dicen los historiadores de cine latinoamericano) que tan buenos réditos le ha dado en sus anteriores cintas. Hay inversores alemanes, argentinos y españoles alrededor de un proyecto que promete ser el más caro de la historia del cine nacional (un millón y medio de dólares es la cifra que se maneja extraoficialmente). El rodaje está previsto para el segundo semestre del próximo año. En un futuro mediato el cineasta no descarta volver a salir del país para embarcarse en cualquier proyecto grande que le ofrezcan. Después de todo, Europa Report es su gran carta de presentación en la industria de Hollywoodlandia. Por ahora no olvida que fue un productor de la ciudad donde estudió dirección cinematográfica quien le llamó, en octubre de 2010, ofreciéndole un guión con seis personajes encerrados en una nave espacial. Nada mal para alguien que creía que Los Ángeles era una antesala infernal donde todos aguardaban su turno. Para suerte de él y del cine su espera ha concluido.