Oliver Stone (1946) es uno de los cineastas más polémicos que ha dado Norteamérica en los últimos treinta años. Estamos ante un provocador por naturaleza que gusta de tocar las llagas de la historia de su país y ahora de Latinoamérica. Este veterano condecorado en la guerra de Vietnam se dedicó a escribir guiones apenas regresó del continente asiático. Su libreto más memorable es el de Scarface (1983) de Brian de Palma, seguido de Conan el Bárbaro (1982) y Expreso de medianoche (1978).
Su debut oficial como director se da con La mano (1981), filme de terror de baja calidad y presupuesto, con Michael Caine en el protagónico.
El año 1986 se erige como el punto de giro en la carrera de este cineasta con dos filmes políticos: Salvador y Pelotón. Este último merecedor de cuatro premios Oscar, incluyendo mejor película del año y mejor director. Ambas cintas se distinguieron por la manera descarnada y auténtica con la que se trató el tema de la guerra.
Al año siguiente estrena Wall Street en la que retrata la “guerra” que se da en la bolsa de valores de su ciudad natal, Nueva York, guerra que dirige los destinos de una nación bajo una telaraña de intereses que son bien descritos. Destacan las actuaciones de Martin Sheen y Charlie Sheen, pero sobre todo de Michael Douglas que se llevó a su casa el Oscar al mejor actor principal por dar vida a Gordon Gekko, inescrupuloso tiburón siempre a la caza de acciones societarias.
Su trilogía sobre la guerra de Vietnam que empezara con Pelotón, continuada con Nacido el 4 de julio (1989) y terminada con Entre el cielo y la tierra (1993) constituye un valioso aporte a la historia del cine norteamericano. Estas tres películas saldan su deuda con una nación que ansiaba sanar sus heridas con una confrontación bélica inútil.
Quizá su obra más admirada sea JFK (1991) sobre las diversas teorías del asesinato de John Fitzgerald Kennedy. De más de tres horas de duración fue alabada como una obra maestra montada al estilo de Eisenstein y contada según los códigos narrativos de Costa Gavras.
Otra película de Stone que genera más detractores que admiradores es Natural Born Killers (1994), contada al estilo de un reality show del infierno, en el que dos fugitivos (Woody Harrelson y Juliette Lewis) matan a diestra y siniestra en esta road movie contada en clave surrealista. El guión original de Quentin Tarantino contenía las escenas más truculentas, sangrientas y crudas de fines del siglo anterior.
Al año siguiente estrena Nixon de tres horas de duración. En este filme de género político, Stone se vale de Anthony Hopkins para darnos el retrato más irónico que se ha realizado sobre el ex presidente Richard Nixon.
Posteriormente Stone hizo películas de muy poca trascendencia como Any given Sunday (1999), U turn (1997) y la extensa Alexander (2004). Eran historias pirotécnicas en las que se notaba la impronta de la truculencia y la grandilocuencia.
Con World Trade Center (2006) intentó volver a sus raíces críticas sin mucho éxito. El drama de dos bomberos (Nicolas Cage, uno de ellos), que quedan atrapados entre los escombros de las torres gemelas, resulta una historia a ratos patriotera que no evita lo melifluo.
No satisfecho con el cine de ficción decide incursionar en el documental político. Su debut en este género lo hace con Comandante (2003), entrevista de treinta horas de duración condensadas en 99 minutos. El lado humano de Fidel Castro se ve plasmado en esta docuentrevista. Se trata de un abrebocas de lo que sería luego Al sur de la frontera (2009). La idea de ambos documentos audiovisuales es tratar a los entrevistados de manera distinta de la que los presentan los medios. Tanto Hugo Chávez como Castro aparecen retratados de forma benigna. En el caso de Comandante sin llegar a la apología, pero dejando siempre que el verbo del líder cubano inunde toda la pantalla.
Al sur de la frontera es una plataforma de publicidad para Chávez. Ver la escena de la bicicleta que oscila entre la ridiculez y exaltación. El caudillo en dos ruedas resulta una imagen inédita en el cine político.
Estamos ante un documental que no se centra aparentemente en el líder venezolano. Es una visión caleidoscópica sobre los estadistas de izquierda que están gobernando en Sudamérica y que son seguidores de la ideología de Simón Bolívar, aunque a ratos se quiera afirmar que todos estos mandatarios (Lula da Silva, Fernando Lugo, Cristina Kirchner, Evo Morales, Raúl Castro y Rafael Correa) son herederos de Fidel (al menos así se lo deja entrever Oliver Stone cuando entrevista a Raúl Castro).
Esta es la gran diferencia entre Al sur de la frontera y Comandante. En la primera, Stone asume el rol de entrevistador y aparece constantemente en escena; en la segunda, está desterrado por el verbo inconmensurable de Fidel Castro. Se trata de un reportaje audiovisual de 78 minutos en primera persona del singular. Se usa material de archivo de Globovisión y algunos canales norteamericanos.
El documental empieza de manera provocativa, a lo Michael Moore, desnudando supuestos errores en la forma en que los medios norteamericanos cubrieron la realidad noticiosa en Venezuela cuando fue la caída de Carlos Andrés Pérez. Lo que viene a continuación es un recuento de la forma en que Hugo Chávez llegó al poder y se consolidó. El resto de presidentes resultan decorativos si tomamos en cuenta la cantidad de metraje que se le dedica a Chávez. A ratos los jefes de estado resultan satélites girando alrededor del revolucionario bolivariano.
Entre los logros técnicos del filme están los mismos que sobresalieron en Comandante: multiplicidad de cámaras de vídeo dando diversidad de puntos de vista, iluminación cálida, interpolación de paisajes urbanos muy bien captados, primerísimos planos de los estadistas que denotan emociones varias, preponderancia de ritmos andinos en la banda sonora, batería de preguntas incisivas por parte del entrevistador… Este último detalle hace del documental una toma de posición ideológica. Oliver Stone inclina la balanza hacia los estados totalitarios y revolucionarios. En Comandante, Fidel lo halaga por las heridas de guerra sufridas en Vietnam; en Al sur de la frontera, Chávez hace referencia a las condecoraciones recibidas por el cineasta por luchar contra el Vietcong. El ego de Stone impidió obviamente que se editaran esos piropos.
El gran valor de este documental es el testimoniar lo que está pasando en ese pueblo al sur de los Estados Unidos que es Latinoamérica, como dice la canción de Los Prisioneros. La idea es no sólo testimoniar sino también ponerse del lado de la revolución bolivariana y hacer un balance temprano.
Ahora que Hugo Chávez lleva muerto casi un año y Venezuela está al borde de la guerra civil se hace justo y necesario estudiar este documental.
AL SUR DE LA FRONTERA
EL SECRETO DEL LIBRO DE KELLS: EL ILUMINADOR MEDIEVAL COMO PRIMER DISEÑADOR GRÁFICO
Una de las épocas de esplendor en la historia del arte es la que tiene que ver con el diseño del libro celta. Desde que Roma cae en el año 476 de nuestra era el éxodo masivo empieza a moverse de un extremo a otro de Europa mientras las tribus luchan contra otras para obtener asentamientos. Mientras esto sucedía en el corazón del continente, los celtas habitaban una Irlanda aparentemente placentera. Todo cambió con la llegada de unos misioneros guiados por san Patricio que se enfrascaron en la tarea de convertir a los paganos celtas. Esto implicó una apropiación del arte religioso céltico: sus patrones geométricos, sus entretejidos, las gruesas texturas que llenan los espacios de los folios, la fascinación por los colores brillantes… Entre los grandes ejemplos del manuscrito medieval celta tenemos el Libro de Durrow, los Evangelios de Lidisfarne, pero sobre todo El Libro de Kells que contiene los cuatro evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan). Estas obras se trabajaron en los escriptoria monásticos que constituyen el gran antecedente de una agencia de diseño gráfico o, si se quiere, de una editorial.
El gran aporte del Libro de Kells (elaborado en el siglo VIII a.C.) está en las iniciales grandes que aparecen en las primeras páginas. Las 2100 enormes mayúsculas iluminadas de los 339 folios van luego a integrarse con el resto del texto a través de un principio visual llamado diminuendo que no es más que una escala gráfica que logra que el texto vaya disminuyendo de tamaño a medida que se va leyendo. Otras grandes innovaciones son la creación del espacio entre palabras que permite al lector leer con más fluidez, la inclusión de márgenes angostos, una abundante inserción de ilustraciones coloridas, todos estos recursos jamás realizados anteriormente. Los historiadores del arte siguen embelesados tratando de descifrar cómo tanta perfección, tanta armonía entre la letra (mundo físico) y la imagen (mundo religioso) se pudo haber sido realizada a través de manos humanas.
Todo este preámbulo tomado de manuales de historia del diseño y del arte es necesario para entender la belleza de El secreto del libro de Kells (2009), película de animación hecha por una alianza entre Francia, Bélgica e Irlanda. Al igual que el libro protagonista, la pantalla está cubierta por redes de líneas, rostros, formas y animales (recordemos que los miniaturistas irlandeses profesan una vocación profunda por el zoomorfismo); hay mariposas y gatos (una nutria aparece en algún folio con un pez en el hocico). En tal caso, estos animales tampoco es que están a la vista, hay que cazarlos entre líneas, en medio del vértigo de tanta forma geométrica.
En el filme aparecen los famosos knotworks que surigieron en el arte céltico tardío (introducidos por los manuscritos cristianos cópticos). Los knotworks (que tienen su origen en los nudos de los marineros y el entramado de cestas) son una variación de representaciones gráficas de los nudos utilizados para la decoración de armas, joyas y copas. La marca registrada de estos knotworks son el uso de los bordes redondeados a partir de una línea continua que luego se curva para lograr un entrelazado. Los espirales son otro elemento que se repite en el diseño del arte céltico. El más usado era el espiral three-pronged o triskele que se basa en el 3, el número sagrado de la religión céltica. Los patrones dominantes son también fundamentales en el diseño celta y los manuales lo describen como espirales en una línea recta. Un ejemplo de patrón dominante céltico es el uso del ángulo de 45 grados para componer el esquema de formas del triángulo.
Pero adentrémonos en el candidato al Óscar al mejor filme animado en 2009 (ese año Up de Pixar se llevó la estatuilla). Brendan es un chico de doce años que vive en una aldea fortificada conocida como la abadía de Kells. Todos los pacíficos monjes están a la expectativa de los ataques vikingos. Su vida deja de ser monótona y aburrida con la llegada de Aidan, un viejo iluminador que trae consigo un libro inacabado. Poco a poco el anciano va a despertar en el chico sus dotes artísticas para ayudar a concluir el místico manuscrito. Pero los obstáculos por vencer serán más de uno para el debutante iluminador. Su tío, el abad Cellach, le impide ayudar a Aidan pues considera que el niño se está distrayendo de su labor habitual que es ayudar a construir las paredes fortificadas para contrarrestar a vikingos. Además, la llegada de los vikingos (dispuestos a arrasar con la aldea) es cada vez más inminente. Pese a la prohibición, Brendan decide ayudar al viejo artista y se adentra en el bosque buscando semillas que servirán para la elaboración de pigmentos. En medio del follaje Aisling, una especie de hada, mitad lobo, mitad humana, lo salva de las garras de Crom Cruach or Cromm Crúaich, también conocido como Cenn Cruach o Cenncroithi, deidad de la Irlanda pre-cristiana, a la que se le hacían sacrificios humanos. Su nombre puede ser interpretado de varias maneras. Crom (o cromm) significa «doblado» o «roto». Cenn significa «cabeza». Cruach puede significar «sangriento». Así que uno de los significados podría ser «cabeza sangrienta».
El secreto del libro de Kells, dirigido por Tomm Moore y Nora Twomey, es un largometraje animado que se aparta de los convencionalismos comerciales de Dreamworks y Pixar y nos trae una narrativa más profunda, sosegada y de mucha carga espiritual.
El gran aporte de esta animación es tomar el layout de la pantalla y trabajarlo como un lienzo más de pintor que de diseñador gráfico.
En la película aparecen tipos, letras, formas, colores que son elementos tomados del diseño celta. Los personajes aparecen como si hubieran sido extraídos de los vitrales de las catedrales medievales.
El haber optado por la bidimensionalidad es un gesto de fidelidad a la falta de perspectiva existente en los manuscritos iluminados. Esto también constituye un homenaje a ese trabajo artesanal tan usual en los inicios del cine de animación (piénsese en Disney).
En todo momento del filme se resalta el uso de la técnica medieval del diminuendo que, como ya fue explicado en líneas anteriores, consiste en disminuir jerárquicamente las dimensiones de objetos y personajes. No es que el abad sea un gigante y quienes lo rodean unos enanos. La intención es simbólica: quien dirige el monasterio debe ser representado de manera monumental por su autoridad y liderazgo.
El filme es un encantamiento visual por el uso creativo de la misma paleta del libro de Kells conformada por el malva, el rojo, el marrón, amarillo, negro y verde.
Inclusive hay escenas que parecen arrancadas del manuscrito original. Son verdaderas páginas visuales de color y movimiento.
Otro mensaje que nos entrega el filme está muy claro. El trabajo del iluminador medieval parece anteceder al de los diseñadores de producción cinematográfica del siglo XX y XXI. Tanto el iluminador como el fotógrafo (y por qué no el camarógrafo de un filme) tienen como material la luz, el color y las formas. Esta verdad tan evidente nunca había sido tratada con semejante belleza y eficacia narrativa en la historia del cine.
OSHIMA, EL EMPERADOR DE LOS SENTIDOS

Nagisa Oshima (1932-2013) era conocido como el Godard japonés por su manera sutil de mover la cámara y la forma subversiva de contar una historia. También fue comparado con Luis Buñuel por su óptica surrealista de los rituales de la sociedad japonesa. Al exestudiante de leyes, nacido en Kyoto, se le recuerdan perlas como “Odio el cine japonés de principio a fin” y por haber erradicado de sus filmes el verde, por ser el color con el que los japoneses asocian todo lo relacionado con la naturaleza y la alegría de vivir.
Su película Ai no corrida (1976), distribuida en inglés como In the Realm of the Senses y en español como El imperio de los sentidos, es quizá su título más conocido aunque no el mejor de toda su filmografía. Calificado por la crítica de porno blando y originalmente prohibido en Estados Unidos, es un estudio sobre la carnalidad y conocido más que nada por tener escenas de cópula no coreografiadas. La historia de la infatuación erótica entre el dueño de un hotel y su sirvienta hizo de El último tango en París (1974) un simple vídeo de Playboy. El guión está basado en un hecho de sangre de los años treinta en el que una mujer estranguló a su compañero sexual en pleno orgasmo. Esta polémica cinta influyó a toda una generación y dio origen, entre otras, a Matador (1990) de Pedro Almodóvar.
Este filme, el más celebrado de Oshima en el ámbito internacional, tuvo que ser posproducido en Francia, pero en Japón sigue sin estar al alcance del público una versión sin censura. El arzobispo de Braga (Portugal) en ese entonces, declaró que todo lo que necesitaba saber sobre la vida lo había aprendido con apenas diez minutos del filme.
En la misma línea de erotismo descarnado el director se aventuró con Ai no Borei (1978), distribuida como Empire of Passion que le significó el premio al mejor director en el Festival de Cannes ese año.
Dos títulos más tienen la misma tónica: el filme de época Tabú (1999) sobre un samurái homosexual que llegó a la competición oficial del Festival de Cannes y Max Mon amour (1986), un estudio sobre la zoofilia, en el que Charlotte Rampling interpreta a una funcionaria diplomática que convierte a un chimpancé en su compañero sexual.

Merry Christmas, Mr. Lawrence (1983), sobre prisioneros de guerra de Australia e Inglaterra en el Japón de la segunda guerra mundial, significó un alejamiento de sus raíces y una calculada forma de buscar más difusión internacional. Con música de Ryuichi Sakamoto (quien curiosamente tiene un papel secundario como guardia) y el rol protagónico del cantante David Bowie, fue su única película en inglés. Más que un aporte al género de filmes sobre campos de concentración implicó el descubrimiento de un actor que luego pasaría a ser director, Takeshi Kitano (acreditado como Beat Takeshi).
En The New Biographical Dictionary of Film (Knopff Books, 2010), David Thomson asegura que la mejor obra de Oshima es La ceremonia (1971) y lo sitúa como “el primer director japonés que parece estar funcionando totalmente integrado al mundo moderno”.
EL TIEMPO RECONFIGURADO: 5 x 2, IRREVERSIBLE Y MEMENTO
Es sumamente llamativo el hecho de que tres películas de principios del siglo XX tengan una propuesta estructural peculiar. El cine, desde sus orígenes, siempre problematizó la trama, o sea, la forma de presentar la historia (fábula). Con David Wark Griffith se sentaron las bases de la sintaxis cinematográfica con la invención del flashback y el montaje paralelo. Con Eisenstein se vio el montaje de atracciones como una forma de fragmentar la realidad para hacer al espectador un ente más participativo y por ende manipulable. Con Godard y sus jump cuts se incurre en la falta de raccord como una forma de hacer que el cine se vuelva más cercano a la realidad. Revisemos en orden inverso tres títulos que con diferentes niveles de calidad han propuesto una forma no convencional de narrar.

3.- 5 x 2 (2004) de Francois Ozon noventa minutos y contiene cinco bloques narrativos colocados al revés en la narración audiovisual. El primero dura dieciocho minutos y tiene como premisa el divorcio de los protagonistas. El segundo, de diecisés minutos, nos muestra a la pareja en su etapa más conflictiva. Están criando un hijo de cinco años, reciben a una pareja de amigos homosexuales, oportunidad para que los cuatro reflexionen sobre la fidelidad. La tercera sección, de quince minutos, nos muestra todo el proceso del parto con un contexto conyugal bastante turbio en el que la pareja está en crisis (Gilles no asiste a la cesárea). La penúltima parte, de catorce minutos, nos lleva a la ceremonia religiosa en la que la pareja contrae matrimonio. Resulta irónico que el cura lea en alta voz las leyes que los consortes no llegarán a cumplir. El último acto, que dura 23 minutos, es realmente el primero: Gilles y Marion empiezan su romance durante unas vacaciones en Italia. Él va con su novia, ella va sola. El filme termina con la puesta de sol que habrá de marcar el inicio del romance. El resto del metraje está dedicado a la presentación de los créditos.
La narración de Ozon es convencional, no incurre en piruetas técnicas. Lo único que se ha hecho es invertir el orden de las secuencias. El gran hallazgo no es estético, es humano. Permite al espectador ver una historia de amor en el sentido cronológico inverso. Desde el divorcio hasta el primer encuentro sentimental.
2.- Irreversible (2002) de Gaspar Noe es la historia de una revancha. Marcus (Vincent Cassel) se pasa buscando por los bajos mundos parisinos al hombre que violó a su pareja, Alex (Monica Belucci). La búsqueda del violador es la premisa dramática. A diferencia de 5 x 2 este filme, también francés, tiene sus secuencias en reverso. El anterior tenía los actos (conjuntos de secuencias) en orden reversible. Esto significa que en Irreversible las secuencias o planos secuencia comienzan en el momento en el que la siguiente secuencia o plano secuencia termina.

La película empieza con la búsqueda del violador y concluye con Alex a punto de descubrir que está embarazada. Tres peculiaridades técnicas llaman la atención más que la estructura en reverso. La primera es la presentación de planos secuencias largos con una cámara que bailotea logrando una atmósfera angustiante (el mismo director usó una cámara de 16 mm). La segunda es el excesivo uso de la técnica conocida como walk and talk que, como bien lo dice su nombre, implica la filmación de actores mientras estos caminan y hablan al mismo tiempo. La tercera tiene que ver con el diseño de sonido. Durante la primera media hora del filme estos largos planos tienen un zumbido de fondo que hace que el filme sea más agobiante de lo que ya es. Se trata de un sonido de baja frecuencia, casi inaudible, que es similar al producido durante terremotos. Este sonido, que causa náusea y vértigo, es el que logró que muchos espectadores salieran de las salas de cine durante la exhibición comercial.
«El tiempo lo destruye todo» es el eslógan del filme y también el primer y último parlamento del mismo. La verdad es que el cine intenta destruir el tiempo o su forma de presentarlo ante el espectador. Irreversible lo intenta con sus piruetas vanguardistas, a caballo entre el juego de vídeo y el vídeoclip.
Dos escenas son memorables en el filme de Noe. La primera, indudablemente, es la de la violación a Monica Belucci con una duración excesiva de diez minutos. Esta escena se convierte en el midpoint y por ende la razón de ser de todo el segundo acto. Este hecho tan brutal nos permite entender la brújula dramática de toda la historia. El inicio está concebido para que el espectador entienda la dimensión de la venganza y una vez que espectamos la violación se hace más digerible ese final que es realmente el principio.
Las técnicas digitales fueron coadyuvantes en dos aspectos. Primero, el de la edición: para hacer más imperceptibles los cortes y alargar los planos secuencias se procedió a enmascarar las transiciones algunos efectos. Segundo, escenas de agresión como aquella en la que se aplasta la cabeza de un personaje o la de la violación tuvieron la injerencia de CGI. Inclusive se añadió en posproducción genitales a la prostituta del primer acto (que es realmente el tercero) para presentarla como un transexual.
1.- Memento (2000) de Cristopher Nolan acuñó aquello de «adelante para atrás». Nada más alejado de la verdad. Amnesia como la bautizaron erróneamente en algunos países de habla hispana contiene dos relatos: uno a color y otro en blanco y negro. Cada relato contiene 22 escenas. Pongamos a cada escena en color las letras que van hacia atrás de la V hacia la A y a cada escena en blanco y negro un número que va del 1 al 22 representando un orden convencional o lineal. La estructura quedaría así: 1, V, 2, U, 3, T, 4, S, 5, R, 6, Q, 7, P, 8, O, 9, N, 10, M, 11, L, 12, K, 13, J, 14, I, 15, H, 16, G, 17, F, 18, E, 19, D, 20, C, 21, B, 22, A, 1. Al final el blanco y negro se convierte en color logrando la convergencia de ambos relatos. Cada par de escenas, la de color y blanco y negro, tienen una duración aproximada de diez minutos que es lo mismo que dura la capacidad del protagonista para permanecer lúcido. Pasado ese lapso de tiempo Leonard ya no puede crear nuevos recuerdos. Su mal se llama «pérdida de memoria a corto plazo», elemento que sería luego copiado por Pixar al diseñar el personaje de Dory en Finding Nemo (2003).

Estamos ante tres películas que proponen una forma aparentemente nueva de narrar, acorde con los cambios tecnológicos del nuevo siglo. El «aparentemente» es un término que hay que tomar con pinzas
5 x 2 es narrativa tradicional que únicamente altera el orden de los actos. Irreversible es pirotecnia camarográfica que marea y que usa planos secuencia dispuestos al revés. Finalmente, Memento es dos películas. Una en blanco negro que va en forma lineal y la segunda a color que va hacia atrás. Los tres filmes tienen como gran protagonista al tiempo, pero no destruido como propone Gaspar Noé, sino reconstruido, reconstituido y fortalecido por la imagen cinematográfica.
LARGA VIDA AL PUNK O GUAYAQUIL UNDERGROUND
It isn’t easy to accept that suffering can also be beautiful… it’s difficult. It’s something you can only understand if you dig deeply into yourself
Rainer Werner Fassbinder
Andrea Espinoza interpreta a Sofía.
Sin otoño, sin primavera (2012) de Iván Mora Manzano no es la ópera prima del director guayaquileño. Antes había hecho los cortos cinematográficos Silencio nuclear (2003) y Vida del ahorcado: Los estudiantes (2004), disponibles en Internet. Este último una adaptación de un episodio de la novela homónima de Pablo Palacio.
Estamos ante una de las figuras más completas de la cinematografía ecuatoriana. Mora Manzano es montajista (editó Crónicas de Sebastián Cordero y coeditó Con mi corazón en Yambo de María Fernanda Restrepo), músico que ha dirigido videoclips (hace la banda sonora de todos sus trabajos) y elabora sus propios guiones.
El título de su primer largometraje, Sin otoño sin primavera, alude a una frase de Hermann Melville en Moby Dick que precisa que Ecuador es un país sin dos estaciones climáticas por su ubicación geográfica (“en nuestro puto invierno hace calor y en el verano tenemos lluvia”, dice Antonia). Desde este título ya hay una propuesta para escarbar en el tema de la identidad. Los jóvenes de esta historia (casi todos perdidos en el mundo de las drogas y la alienación) quieren saber quiénes son en una ciudad “de cien mil habitantes y tres millones de extras”. Son de clase media guayaquileña, no tienen grandes ambiciones en la vida y son aficionados a las frases hechas, repletas de filosofía barata. El futuro nunca llega para ellos, lo cual hace más evidente el estado en que se encuentra nuestra generación.
Escarbemos ahora un poco en la trama de este largometraje. Lucas (Enzo Macchiavello) es un estudiante de jurisprudencia que dice creer en la anarquía de la imaginación (frase del cineasta alemán Rainer Werner Fassbinder). Esto lo lleva del estado “anarco” a “narco” ya que se vuelve muy devoto de las pastillas. Quien se las proporciona es Paula (Angela Peñaherrera) que combina su oficio de mercarder de fármacos con la de receptora de historias: con su grabadora entrevista a todo el que se le cruce por el camino. Antonia (Paulina Obrist) dice que le sobran pocos meses de vida y así lo confiesa para convencer a Martín de que vuelva a ser su pareja. El giro telenovelesco no acaba ahí. Martín (Andres Troya Holst) acaba de regresar a Guayaquil con Gloria (Paola Baldion), su novia colombiana y tiene que dejarla para poder estar con Antonia. Rafa (Alejandro Fajardo) es un joven empresario que concluye su relación con Ana (Lucía Moscoso) quien a su vez desarrolla una ambigua atracción hacia su vecina Sofía (Andrea Espinoza) y el novio de ésta, Manuel, que la lleva a espiarlos y manipular la relación.

Sin otoño, sin primavera es un alarde técnico en los campos que Mora Manzano mejor domina. Banda sonora encomiable. La música punk resuena en toda la película, copando cada rincón. Los paisajes sonoros están diseñados de manera perfecta, según los ambientes que se quiere recrear. Bien construidas las atmósferas de soledad, angustia, rebeldía. Lo primario es el manejo de las perspectivas sonoras urbanas que incluyen sonidos de autos, motos, murmullo de gente y hasta los silencios que son interpolados de manera sugerente. En cuanto al diseño de producción, Guayaquil emerge como gran protagonista. Las locaciones escogidas son las más cotidianas sin caer en el postalismo. Dentro de este contexto son pertinentes el cover de Mano Negra Guayaquil City y la presencia inicial de Agotados de esperar el fin de Ilegales.
Las canciones se relacionan mucho con el accionar y la emotividad de los protagonistas, pero también con el caos citadino con canciones como «Guayaquil vive por ti» de Ultratumba. Incluso la inserción de Los campos verdes de Jinsop le da un aire kitsch que enfatiza el proceso textual de la cita popular. La lucha de Lucas (el inconforme estudiante de Derecho que está contra del sistema) se refleja en «Destruye» de Los Ilegales que le confiere un contexto de rebelión anarquista al personaje. Por otro lado, Martín es identificado dentro de la trama con «Levitaba» de Niñosaurios que enfoca el dilema de estar con Gloria o Antonia. Sofía, en cambio, desde el diseño de vestuario, tiene un aire más punk mezclado con cierta timidez y dulzura. Es por eso que ella es identificada con la canción «Ziego» de Virgenes Violadoras, mientras que el tema «Abiertamente» de Juan Carlos González expresa la confusión y la rabia de ella hacia su novio (arrebatado por Gloria). La música es clave para entender el subtítulo del filme, «una balada punk», que explica el contraste entre la violencia verbal y física con la debilidad de los jóvenes que carecen de otoño (madurez) y prima/vera (la primera verdad, en italiano). A ratos algunos personajes están insertos en situaciones de balada romanticoide pero reaccionan con una agresividad punk. Véase la escena climática en la que Sofía destruye los discos de vinilo (¿fin de una época?) pertenecientes a su rival.
La película abruma y desafía al espectador normal. No es de sencilla asimilación, sobre todo por la compleja armazón del relato audiovisual y esto quizá se ve reflejado en la taquilla que no es la que al final dictamina el lugar de un filme en la Historia. Mora Manzano no se ha ido por el lado fácil. La estructura que nos presenta juega con el tiempo, contando a ratos una subtrama de manera desfasada, enseñándonos primero un flashforward de una situación y luego retrocediendo al presente. Es el gran riesgo cuando se está ante una multitud de personajes (si no que lo digan Tarantino y González Iñárritu que también son maestros en la orquestación de subtramas con diversos personajes).
Si hubiera que aplicar el paradigma de Syd Field (la estructura tripartita con sus puntos de giro respectivos) estaríamos en aprietos, ya que el guión juega de tal forma con el tiempo y el espacio que no llega con facilidad al espectador común y silvestre. Para identificar los nudos de la trama habría que seguir a los nueve jóvenes cuando en realidad hay un solo personaje en todo el filme que es una entidad colectiva representada por esta juventud en éxtasis, como diría el gurú de la autoayuda, Cuauhtémoc Sánchez.
El lenguaje del filme merece un pequeño párrafo. Si el contexto es la vida cotidiana de lo underground guayaquileño, con su ambiente musical punk lleno de drogas y contratiempos, los diálogos se desarrollan en clave realista, y son la base de la verosimilitud de la trama. Lo coloquial, repleto de vulgarismos, es el registro que va a primar en casi todos los diálogos. Lo que viene es gracia y obra del director: se nota un buen nivel de improvisación de parte de los actores que manejan el habla popular y la jerga con mucha naturalidad. Además, Mora Manzano canaliza de manera superlativa el nivel de introspección y de conocimiento de sí mismo de cada personaje (se nota un trabajo previo: investigación, ensayos). Este aspecto es tan poderoso que termina dándole al filme una perspectiva sicológica (no sicologista) que lo convierte en un documento audiovisual de gran vitalidad y realismo. Por cierto, ya que mencionamos lo de los vulgarismos, habría que llevar un conteo exacto de las veces que aparece la palabra verga en pantalla. Quizá Ecuador pueda lograr un récord Guinness. Las procacidades no constituyen una forma de agredir al espectador (la escena de la masturbación femenina, bien podría ser bandera de batalla por parte del sector puritano). Es un manera muy personal la de Mora Manzano ésta de presentar un Guayaquil (underground es la palabra exacta) que antes no era visible.
La anarquía de la imaginación que pregona Fassbinder está presente en todo momento. En la edición, con la propuesta de un montaje estilo videoclip. Los saltos en el tiempo. La osadía de orquestar tantos personajes sin dejar cabos sueltos. El tono de melodrama como un vehículo estético más. La música como la reina de la acusmática. Es la primera película en la que aparece Guayaquil con todos sus contrastes sociales y económicos, culturales y políticos. Es un retrato nihilista de la ciudad que se permite en el final darle cabida a la esperanza. La anarquía se extiende inclusive a la ortografía: cada letra del título está escrita con mayúscula y no hay una coma que separe a las dos estaciones el año.
Indagando en la sique de cada uno de sus personajes, Mora Manzano ha logrado aquello que Fassbinder pregonaba en su cine y en sus ensayos: el hallazgo de la belleza en el sufrimiento. Y lo ha hecho diseccionando esta generación desencantada de nativos digitales. Larga vida al punk.

Mientras en EE.UU. el cine se dedica a realizar remakes, reinterpretar series de televisión y explota al máximo los efectos especiales, el cine de nuestro continente, siguiendo los pasos de la literatura y el cine, quiere llegar hasta las raíces de la historia explorando la identidad.
Según Gabriel García Márquez, el cine latinoamericano está viviendo un boom que ya experimentó la literatura de los años sesenta, “el cine con menos recursos y el más humano que se ha hecho jamás”[1]. Precisamente el séptimo arte de este hemisferio se está nutriendo de obras literarias. Recordemos las recientes adaptaciones de Satanás (basada en un relato de largo aliento de Mario Mendoza), El secreto de sus ojos (de una novela de Eduardo Sacheri, titulada originalmente La pregunta de sus ojos) y Memoria de mis putas tristes (de una nouvelle de García Márquez), etc.
Por lo tanto, que el cine ecuatoriano se acoja a libros tan representativos de nuestra literatura como Entre Marx y una mujer desnuda de Jorge Enrique Adoum y de menor resonancia como De que nada se sabe de Alfredo Noriegaes un hecho estético plausible, acorde a una tendencia continental, que nos permite de paso reevaluar la obra literaria.
Como nota aclaratoria, y para delimitar el corpus de análisis, se debe señalar que este trabajo sólo toma en cuenta textos fílmicos, soslayando la producción audiovisual en forma de telefilmes, teleseries, cortometrajes en vídeo, que bien pudieran ser tema de un ensayo mucho más extenso.
Buceando en las cronologías hechas por Wilma Granda, la fecha más lejana en la que aparece un escritor ecuatoriano ligado al mundo del cine es 1932 y no tiene que ver precisamente con la adaptación audiovisual de un libro. Es el año en que el escritor peruano Luis Alberto Sánchez y el lojano Pablo Palacio se asocian para distribuir filmes alemanes en Ecuador. En 1946 se estrena el filme argentino Tres ratas, basado en la novela de Alfredo Pareja Diezcanseco, que pese a su procedencia geográfica entra en este inventario como un antecedente importante. Sin embargo, la primera adaptación cinematográfica de una obra literaria, que se exhibe en Ecuador, es de procedencia colombiana. En 1923 se estrena María (1921) de Máximo Calvo y Alfredo del Diestro en el Teatro Edén.[2]
En los años setenta hay que identificar algunos títulos que no son largometrajes: El cielo para la Cunshi, carajo (1975) de Gustavo Guayasamín que recrea episodios de Huasipungo de Jorge Icaza y que constituye acaso la primera adaptación cinematográfica de un texto literario ecuatoriano[3]. También está la producción de Edgar Cevallos con cuatro adaptaciones: Un ataúd abandonado (1981), Luto eterno (1983), ambos basados en relatos homónimos de Pedro Jorge Vera, Una araña en el rincón (1982), corto basado en un relato de igual título de Juan Valdano y Miguel de Santiago (1980), basado en la biografía de Alfredo Pareja Diezcanseco sobre el pintor de la colonia. Como dato de producción se debe señalar que Cevallos trabaja directamente con los tres escritores en la adaptación, involucrándolos en el proceso. También está el caso de Ulises Estrella que dirige el cortometraje Cartas al Ecuador (1980), basado en el libro de Benjamín Carrión, y el de Teodoro Gómez de la Torre que con Juan Montalvo, el regenerador (1981) toma nota del exilio del escritor ambateño y su lucha contra la dictadura civil de García Moreno.[4]
Luzuriaga y su trilogía de la nación

El único cineasta que ha apostado exitosamente casi todos sus largometrajes a obras literarias claves es Camilo Luzuriaga. La tigra (1989), ópera prima del cineasta lojano radicado en Quito, es un guión compacto que capta el espíritu rural de la obra de José de la Cuadra y muy grato en la recreación de los personajes originales. Lissette Cabrera en el rol protagónico logra transmitir el aura de erotismo desenfrenado y salvaje que captamos en la heroína (¿antiheroína?) de la obra original. La cámara no carece de libertad e iniciativa, y mucho menos se encuentra estática en el suelo montubio, este último, sin duda, el elemento más auténtico del filme, por rodarse en los escenarios que mostraba De la Cuadra.
En su segunda película, Entre Marx y una mujer desnuda (1995), Luzuriaga a la recreación de una realidad que parece conocer mejor: una ciudad (Quito), el decenio de los sesenta con su crisis ideológica de valores e ideales, con personajes que son militantes de un partido de izquierda en pos de la utopía.

El resultado está a la vista. El guión de Arístides Vargas sorteó con astucia algunos obstáculos que planteaba el texto experimental de Jorge Enrique Adoum de fuertes ecos cortazarianos (sobre todo de Rayuela y Libro de Manuel), más el atiborramiento de elementos cultistas y juegos gráficos, tales como inserción de anuncios clasificados o recortes de periódico.
La tercera película de la trilogía de Luzuriaga, 1809-1810: Mientras llega el día (2004), basada en la novela homónima de Juan Valdano, bucea en el siglo crucial del nacimiento de una nación, en la época de las guerras independentistas. La historia tiene lugar en el Quito de 1809. La producción puso énfasis en los espacios y en el diseño de la producción. Mientras la novela de Valdano captó con meticuloso ojo historiográfico los enfrentamientos ideológicos decimonónicos, Luzuriaga se va más por el lado melodramático de la historia pasional.

Un nombre imprescindible en este inventario es el de Sebastián Cordero. Su ópera prima, Ratas, ratones, rateros (1999), fue la que nos insertó en el mapa de la cinematografía global. Nunca antes un filme había ganado tantos premios internacionales: mejor edición en el Festival de La Habana, mención de honor en el Festival de Bogotá, mejor actor en el Festival de Huelva (Carlos Valencia), entre otros.
Ratas constituye una suerte de adaptación inconsciente de A la costa (1904) de Luis A. Martínez (1869-1909). Esto no será nada nuevo en Cordero que, sin proponérselo, hará de Crónicas (2004) una caja de resonancia de El secreto de Javier Vásconez.

En la novela de Martínez los protagonistas son Luciano y Salvador (amigos), en la película se llaman Ángel y Salvador (primos). Al igual que el Ángel de Cordero, el Luciano de Martínez es un sensualista, un costeño extrovertido y arrojado; Salvador, en cambio, es el estereotipo del serrano reprimido e introvertido, que al igual que su homónimo sufre de una grave enfermedad. En el caso del Salvador literario es la polineuritis malaria, en el caso del personaje cinematográfico es la epilepsia. El tema del viaje también está presente en ambos textos. El filme toma recursos guionísticos de la road movie ya que los personajes van de la Costa a la Sierra y viceversa. El viaje narrado por Martínez es solamente de una vía como bien lo dice el título de la novela. Otro punto en común entre ambas obras es la quimera de oro que constituye el viaje al extranjero. Mientras Luciano planifica un viaje a Europa, el Ángel de Cordero deposita en EE.UU. (la Yoni, le dice él) todas sus esperanzas.
Rabia (2010), el tercer filme de Cordero, se basa en la novela homónima del argentino Sergio Bizzio que retrata la decadencia de una familia burguesa. Cordero y el escritor, trasladan como guionistas, la historia a la Madre España haciendo énfasis en el tema de la migración y toda la violencia que ésta implica. La novela de Bizzio, llena de coloquialismos y regionalismos en los parlamentos, es de escasa profundidad en su estructura. Lo más atractivo del libro es su velocidad narrativa, su ritmo trepidante y la profusa interpolación de diálogos de clara inspiración cinematográfica. Está claro que lo que le atrajo a Cordero es la premisa dramática claustrofóbica de Bizzio: un obrero de una construcción se esconde en la casona donde trabaja su novia después de asesinar a alguien.
Rabia no es una película más sobre el tema de la migración aunque es imposible no verla como parte de esa corriente tan visible como es la del cine de migrantes. Son películas en diversos puntos del continente que se esmeran por recrear la problemática del que se va, del que deja su terruño en pos de horizontes mejores. Rabia no es Sin nombre (2009) de Cary Fukunaga o El arriero (2009) de Guillermo Calle. Mucho menos es Paraíso Travel (2008) de Simon Brand o Fuera de juego (2003) de Víctor Arregui, una de las primeras películas ecuatorianas que se rueda sobre el tema del desarraigo. Si vamos más atrás tampoco se asemeja a Flores de otro mundo (1999) de Iciar Bollaín (quien por cierto tiene un papel secundario en la cinta de Cordero). Rabia es un filme que rompe los cánones del cine de los exiliados al llevar el encierro del migrante a límites insospechados. La premisa claustrofóbica parece estar más en la línea de Prometeo deportado (2011) de Fernando Mieles que cualquier otro título de los nombrados líneas atrás. En Rabia no hay espacios abiertos, persecuciones de migrantes a manos de policías, no hay deportados o indocumentados. Se diferencia de los filmes mentados por el tratamiento de la historia: los ambientes cerrados, las atmósferas opresivas y el asignarle al migrante el símbolo de la rata. José María se esconde como un roedor, vive como él, se arrastra como él y muere como él.
La última película de Cordero, Pescador, no proviene de una obra literaria pura. Su fuente es Pescadores de coca, un reportaje aparecido en la revista SOHO, redactado por un escritor, Juan Fernando Andrade, quien narra los hechos como si se tratara de un relato literario. Por su procedencia periodística nos abstenemos de comentarla.
Arregui, Vera y Mora

Dentro de esta tendencia de mirar hacia los libros ecuatorianos (aunque Rabia sería la excepción), Víctor Arregui rueda Cuando me toque a mí (2006), basada en la novela de Alfredo Noriega titulada De que nada se sabe (verso de Jorge Luis Borges), novela intimista de trama bien hilvanada. Esta película se sostiene por la elaborada actuación del finado Manuel Calisto (1972-2011) quien interpreta a un médico forense. A la morgue donde trabaja llega la soledad en forma de cadáveres que debe diseccionar. El forense ve reflejada su angustia de vivir en esos cuerpos inertes que llegan día a día. Su introversión y su condición de ser poco gregario dejan en claro algo: el doctor se relaciona mejor con los muertos que con los vivos. Premio al mejor actor en Donostia, Calisto se erige con este filme como el mejor actor de su generación.

Dentro del grupo de realizadores, formados en la escuela de cine de San Antonio de los Baños de Cuba, está Carlos Andrés Vera (Quito, 1980). Puntilloso y perfeccionista en cada aspecto técnico ha alumbrado dos obras de referencia: el documental ecologista Taromenane, el exterminio de los pueblos ocultos (2008) y La verdad sobre el caso del señor Valdemar (2009), mediometraje de 25 minutos basado un cuento de Edgar Allan Poe.
Valdemar, como también se le conoce de manera abreviada a este mediometraje de Vera, elige de entrada no ser fiel al original literario. Lo sabemos cuando un intertítulo al principio nos previene del año y el lugar donde se va a desarrollar la historia. El texto de Edgar Allan Poe se sitúa en Nueva York en la primera mitad del siglo XIX («El señor Valdemar, residente desde 1839 en Harlem…»); mientras que el filme ubica la historia en Quito durante la dictadura civil de Gabriel García Moreno (octubre de 1873), líder de un estado fundamentalista en lo religioso pero que le da una gran viada a la investigación científica. Es precisamente la subtrama político-religiosa el gran hallazgo del mediometraje.

El gran puntal actoral es también Manuel Calisto quien lidera este sofisticado ejercicio gótico, en el que destaca cada aspecto técnico: el diseño de producción (el viejo hospital siquiátrico de San Lázaro donde fue filmado), el vestuario, la música y el diseño de sonido. En definitiva, una adaptación que además de genuina luce imperecedera.

Otro narrador audiovisual que ha dado a la luz historias cortas es Iván Mora Manzano, acaso el más completo que hay en nuestro país pues abarca algunos cargos dentro de un set de filmación. No sólo es un lúcido montador, sino que también compone la música de sus historias. Vida del ahorcado: Los estudiantes (2008) constituye un cortometraje que dista mucho de ser el ejercicio videográfico de un principiante. Es una creativa adaptación de un episodio de una novela corta de Pablo Palacio, en la que destacan los creativos efectos visuales (véase la escena en la que el maestro empieza a vomitar el alfabeto griego). En Mora Manzano hay un dominio en el ritmo, la forma, los paisajes sonoros, la construcción de una atmósfera opresiva y una comprensión del género que explora, además de una experticia en la construcción dramatúrgica de los relatos (véase también el sugerente corto Silencio nuclear).
Fundido de cierre o conclusiones
1) En el caso de la novela de Luis A. Martínez y el filme de Cordero, estamos ante la constatación de una nación dividida en dos (Costa y Sierra), bipolarizada. La revolución liberal es el contexto de Martínez y el poscapitalismo es el caso del filme de Cordero. Los dos proyectos de nación que hay en ambos contextos, tanto económicos como políticos, desembocarán en un desencanto que es el elemento subyacente en ambos textos.
2) El hecho de que los filmes del corpus sean distintos de sus originales literarios ilustran una verdad de Perogrullo: las mejores adaptaciones audiovisuales de una obra literaria no son fieles completamente al original. Cine y literatura son dos lenguajes diferentes y siempre crearán productos disímiles.
3) Los guionistas no adaptan únicamente material literario ecuatoriano. Los casos de Edgar Allan Poe y Sergio Bizzio constituyen dos excepciones dignas de mencionar. En el caso de Carlos Schlieper (el director de Las tres ratas) es a la inversa. Un cineasta argentino adapta una obra ecuatoriana. Como nota al margen debe señalarse que este filme basado en la novela de Pareja Diezcanseco se estrena recién en 1989 en Ecuador.
4) Tres vertientes son identificables en este inventario de filmes con raíces literarias. Primero, está la preocupación por la construcción de la nación a través de filmes que tienen un trasfondo histórico (Mientras llega el día, Cartas al Ecuador, Juan Montalvo, el Regenerador y Miguel de Santiago); segundo, una cierta tendencia al cine fantástico (Vida del ahorcado y Valdemar) y por otro lado, el Tánatos que hay en el drama humano (Cuando me toque a mí, Un ataúd abandonado, Luto eterno y Rabia).
5) Estamos ante casos que bien podrían calzar en aquello que Pere Gimferrer llama «adaptaciones genuinas», las cuales «por los medios que le son propios –la imagen– el cine llega a producir en el espectador un efecto análogo al que mediante el material verbal –la palabra– produce un texto en el lector». Adaptaciones genuinas de un cine en construcción que busca el rastro de la letra en la imagen.
[1]Discurso pronunciado por Gabriel García Márquez, presidente de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, en el acto de inauguración de la sede de la misma, el 4 de diciembre de 1986.
[2] Granda Wilma, Cine silente en Ecuador. Quito,coedición Casa de la Cultura Ecuatoriana, Cinemateca Nacional, Unesco, 1995.
[3] Granda Wilma. Cronología del cine ecuatoriano. Quito, Revista del Consejo Nacional de Cultura, No. 10, 2007.
[4] Todos los datos de este párrafo están tomados de Catálogo 1922-1996. Patrimonio fílmico nacional, 2000. Quito, Fondo Editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana (edición auspiciada por UNESCO), 2000.
LAS LLAMADAS DE DAVID NIETO WENZELL

La llamada (2012), coproducción de Ecuador, Xanadu Films; Alemania, Tamia TV y Argentina, Utópica Cine, de David Nieto Wenzell (Guayaquil, 1979) es una historia sobre la incomunicación humana, sobre cómo las nuevas tecnologías en lugar de acercarnos, nos alejan. Es el primer largo de Nieto Wenzell (formado en Nueva York en la dirección de arte y el diseño de producción) quien ya había incursionado en el cortometraje con 8, NoTanDistintos y Sinfonía No. 4.
El personaje de Aurora (Anahí Hoeneisen) se pasa, gran parte de los 75 minutos que dura el filme, atendiendo su teléfono móvil. Su trabajo en una agencia publicitaria así se lo exige. No tiene tiempo para su hijo, el púber Nicolás, que está a punto de ser expulsado del colegio. La llamada, que sirve como detonante para la historia, es la citación que recibe para que acuda al colegio a responder por una falta disciplinaria de su hijo. Empieza a partir de ese momento una intriga de procrastinación y una pregunta flota en el ambiente de manera incómoda y constante: ¿logrará la mujer llegar al colegio para ver a su vástago? Llamada tras llamada, encuentro tras encuentro, Aurora (excelente nombre para un personaje tan taciturno y apagado) va postergando la llegada al establecimiento educativo. Estas postergaciones van construyendo una intriga que el director sostiene de manera inteligente, apoyándose en una actriz que descolla a cada momento: tanto en los momentos de angustia (la presión de su jefa, la ineptitud de su asistente, la indiferencia del exesposo) como en los de humor sutilmente planteado (el desconocido que le indica que entre dos teléfonos móviles activados se puede cocinar un huevo, el encuentro con un mecánico en el taller, la conversación con el taxista).
La llamada tampoco sería lo que es sin la presencia de Nicolás Andrade quien interpreta al hijo de Aurora (Anahí y Nico son madre e hijo en la vida real). Su inocencia inunda toda la pantalla, logrando empatía con el espectador. Nicolás (así se llama también le personaje) parece no reaccionar ante el sistema educativo que lo oprime y parece más bien afrontar los embates de las autoridades (profesora incluida) con cierto estoicismo. Para ello tiene como aliado otro oprimido, el conserje que también toma los golpes de sus jefes como vienen: esquivándolos, aguantándolos o desquitándose cada vez que puede (ver la queja que escribe en una pared del baño masculino).
Es más que notoria la cuidada construcción sonora de las diversas atmósferas a cargo de Esteban Brauer y Marcela Turjanski: la del departamento de la madre, la de la hermana, la del colegio, la de las burbujas laborales… Se ha recurrido a un diseño de sonido muy puntilloso que ha permitido presentar atmósferas sonoras urbanas específicas. En la escena del taxi, por ejemplo, se ha recreado cada sonido externo al vehículo, incluyendo el de un bus que pasa raudo. Mientras la hermana de Aurora habla por teléfono hay una ciudad que se escucha de manera realista en la parte exterior. Y así podríamos dar muchos ejemplos más, aparentemente triviales, para llegar a la conclusión de que estamos ante una historia que cuida su perspectiva sonora de acuerdo a cada tramo de la trama, con la urbe como gran marco sonoro. La ciudad (su centro) como un ente que logra alienar a sus habitantes. La polis como el espacio de la angustia existencial producida por el ansia de consumo y el arribismo. La verdad es que hace rato que no veíamos en el cine latinoamericano una película que con tan pocos elementos diga tanto sobre la cotidianidad, sobre las problemáticas familiares, sobre la soledad individual, sobre esa dificultad de relacionarse con el otro.
El gran dilema de Aurora es resuelto en el segundo nudo de la trama: «La que no me está entendiendo eres tú», le dice a la argentina que roza el cliché de la jefa pesada que le exige que escoja entre la familia y el trabajo. Dicha esa frase, Aurora cuelga y durante todo el tercer acto el teléfono móvil tan omnipresente, desaparecerá simbólicamente, salvo el momento en el que timbra durante el anticlímax. Se escucha el celular sonar sin que ella se esfuerce en contestarlo. El momento de la homeostasis ha llegado. El equilibrio se ha instaurado entre los personajes.
El filme de Nieto Wenzell contiene dos llamadas fundamentales: la primera, a las autoridades cinematográficas del Ecuador para incrementar los montos de apoyo económico. No puede ser que la preproducción y la postproducción de una película demoren tanto por los modestos incentivos monetarios. Los premios financieros parecen pensados para cortometrajes y no para filmes de larga duración. La segunda llamada es para el público que debería apoyar el cine ecuatoriano con el mismo fervor con el que idolatra a Hollywoodlandia. No es concebible que un filme de acción o de terror en lengua extranjera tenga más afluencia de público que un filme nacional. Este no es un llamado patriotero. No. A estas alturas el público debe sentirse forzado para ver historías mínimas tan grandes como la de Nieto Wenzell. Es la obligación de cada cinéfilo ecuatoriano.
LAS LLAMADAS DE GUSTAVO NIETO

La llamada (2012), coproducción de Ecuador, Xanadu Films; Alemania, Tamia TV; y Argentina, Utópica Cine, de Gustavo Nieto Wenzell (Guayaquil, 1979) es una historia sobre la incomunicación humana, sobre cómo las nuevas tecnologías en lugar de acercarnos, nos alejan. Es el primer largo de Nieto Wenzell (formado en Nueva York en la dirección de arte y el diseño de producción) quien ya había incursionado en el cortometraje con 8, NoTanDistingos y Sinfonía No. 4.
El personaje de Aurora (Anahí Hoeneisen) se pasa, gran parte de los 75 minutos que dura el filme, atendiendo su teléfono móvil. Su trabajo en una agencia publicitaria así se lo exige. No tiene tiempo para su hijo, el púber Nicolás, que está a punto de ser expulsado del colegio. La llamada, que sirve como detonante para la historia, es la citación que recibe para que acuda al colegio a responder por una falta disciplinaria de su hijo. Empieza a partir de ese momento una intriga de procrastinación y una pregunta flota en el ambiente de manera incómoda y constante: ¿logrará la mujer llegar al colegio para ver a su vástago? Llamada tras llamada, encuentro tras encuentro, Aurora (excelente nombre para un personaje tan taciturno y apagado) va postergando la llegada al establecimiento educativo. Estas postergaciones van construyendo una intriga que el director sostiene de manera inteligente, apoyándose en una actriz que descolla a cada momento: tanto en los momentos de angustia (la presión de su jefa, la ineptitud de su asistente, la indiferencia del exesposo) como en los de humor sutilmente planteado (el desconocido que le indica que entre dos teléfonos móviles activados se puede cocinar un huevo, el encuentro con un mecánico en el taller, la conversación con el taxista).
La llamada tampoco sería lo que es sin la presencia de Nicolás Andrade quien interpreta al hijo de Aurora (Anahí y Nico son madre y vástago en la vida real). Su inocencia inunda toda la pantalla, logrando empatía con el espectador. Nicolás (así se llama también el personaje) parece no reaccionar ante el sistema educativo que lo oprime y parece más bien afrontar los embates de las autoridades (profesora incluida) con cierto estoicismo. Para ello tiene como aliado otro oprimido, el conserje que también toma los golpes de sus jefes como vienen: esquivándolos, aguantándolos o desquitándose cada vez que puede (ver la queja que escribe en una pared del baño masculino).
Es más que notoria la cuidada construcción sonora de las diversas atmósferas a cargo de Esteban Brauer y Marcela Turjanski: la del departamento de la madre, la de la hermana, la del colegio, la de las burbujas laborales… Se ha recurrido a un diseño de sonido muy puntilloso que ha permitido presentar paisajes sonoros de una urbe convulsionada. En la escena del taxi, por ejemplo, se ha recreado cada sonido externo al vehículo, incluyendo el de un bus que pasa raudo. Mientras la hermana de Aurora habla por teléfono hay una ciudad afuera que se escucha de manera acechante. Y así podríamos dar muchos ejemplos más, aparentemente triviales, para llegar a la conclusión de que estamos ante una historia que cuida su perspectiva sonora de acuerdo a cada tramo de la trama, con la urbe como gran marco sonoro. La ciudad (su centro) como un ente que logra alienar a sus habitantes con el tráfico y los vendedores ambulantes. La polis como el espacio de la angustia existencial producida por el ansia de consumo y el arribismo. La verdad es que hace rato que no veíamos en el cine latinoamericano una película que con tan pocos elementos diga tanto sobre la cotidianidad, sobre las problemáticas familiares, sobre la soledad individual, sobre esa dificultad de relacionarse con el otro.
El gran dilema de Aurora es resuelto en el segundo nudo de la trama: «La que no me está entendiendo eres tú», le dice a la argentina que roza el cliché de la jefa pesada que le exige que escoja entre la familia y el trabajo. Dicha esa frase, Aurora cuelga y durante todo el tercer acto el teléfono móvil tan omnipresente en los dos actores anteriores, desaparecerá simbólicamente, salvo el momento en el que timbra después del clímax. Se escucha el celular sonar sin que ella se esfuerce en contestarlo. El momento de la homeostasis ha llegado. El equilibrio se ha instaurado entre los personajes.
El filme de Nieto Wenzell contiene dos llamadas fundamentales: la primera, a las autoridades cinematográficas del Ecuador para incrementar los montos de apoyo económico. No puede ser que la preproducción y la postproducción de una película demoren tantos años por los modestos incentivos monetarios. Es una verdadera odisea para cada cineasta ir tocando puertas para conseguir exiguas cantidades dentro y fuera del país ya sea para el transfer, el etalonaje o la difusión. Los premios financieros dentro de Ecuador parecen pensados para cortometrajes y no para filmes de larga duración. La segunda llamada es para el público que debería apoyar el cine ecuatoriano con el mismo fervor con el que idolatra a Hollywoodlandia. No es concebible que un filme de acción o de terror en lengua extranjera tenga más afluencia de público que un filme nacional. Este no es un llamado patriotero. No. A estas alturas el público debe sentirse forzado para ver historías mínimas tan grandes como la de Nieto Wenzell. Es la obligación de cada cinéfilo ecuatoriano.
RIDLEY SCOTT, DESDE THE DUEL HASTA PROMETHEUS

Ridley Scott (South Shields, 1937) es uno de los directores más importantes que ha dado la cinematografía. Hermano de Tony (Top Gun, Enemy of the State, The hunger), proviene del mundo de la publicidad. Y al igual que otros colegas (Alan Parker, David Lynch) hicieron sus pinitos en la manufacturación de comerciales. Esta experiencia dotó a sus filmes de un particular look que permite la comunión de lo comercial con artístico.
Su pasaporte al mundo del cine es expedido por Steve Jobs quien lo contrata para la filmación del comercial 1984. Considerada la mejor pieza de la historia de la publicidad audiovisual, Scott usaba el apretado formato de apenas un minuto para promocionar la computadora personal Apple con metáforas tomadas de la novela de George Orwell y su personaje del Gran Hermano.
Su primer filme fue The duel (1977), basado en una novela corta de Joseph Conrad, implicó una exploración del género bélico que enfrentó el talento de Keith Carradine con el de Harvey Keitel.
Alien (1979) fue su primer ascenso al Olimpo de la Ciencia Ficción. Basado en Nostromo, otra novela de Joseph Conrad, estamos ante un filme que no sólo impactó por sus efectos especiales y la férrea actuación de Sigourney Weaver. Fue también una perfecta mixtura entre la ciencia ficción y el género del terror.
La consagración definitiva en la SciFi vino con Blade Runner (1982) en la que Harrison Ford interpreta a un policía experto en eliminar replicantes. Esta historia reflexiona sobre lo que es ser humano, ya que aparece como contrapunto una serie de personajes llamados replicantes, que están siempre ansiando conocer cómo funciona la mentalidad y la sensibilidad de los mortales. Al final, el personaje de Ford es develado también como un replicante. Otra reinvención del género por la alucinante puesta en escena.
Una historia de fantasía, Legend (1985), casi cine infantil, con Tom Cruise, implicó un retroceso en su madura narrativa.
Someone to watch over me (1987) es un policial clásico blandengue, protagonizado por Tom Berenger (imitador de la gestualidad de Paul Newman) y la entonces esposa de Tom Cruise, Mimi Rogers. Título para el olvido.
Black rain (1989) es otro policial, esta vez trasnacional, que nos lleva a un intento de la policía norteamericana por destruir a la Yakuza (mafia china). Este filme más bien sirvió para el lucimiento personal de Michael Douglas y el ascenso cada vez más notorio de Andy García.
Thelma and Louise (1991) es considerada por la crítica como una de las mejores de Scott. Una mixtura de road movie con manifiesto feminista, se apoya en un gran dúo actoral: Susan Sarandon y Geena Davis.
La fiebre por la efemérides del descubrimiento de América tuvo muchos homenajes televisivos (seriales) y cinematográficos. Uno de las más difundidos, pero menos validados por la crítica, fue 1492: The conquest of Paradise, con Gerard Depardieu en el rol de Cristóbal Colón. La opulencia de los vestidos y el diseño de la producción se vieron opacadas por una serie de inexactitudes históricas y una visión demasiado monárquica del tema.
White squall con Jeff Bridges es la única película de Ridley Scott que no ha sido vista por este crítico.
G.I. Jane (1997) es el típico filme de militares oprimidos dentro de sus escuadrones, con la diferencia de que una rapada Demi Moore es el personaje principal. Otro filme para el olvido hecho para el lucimiento personal de la actriz.
Gladiator (2000) significó la ansiada consagración en Hollywoodlandia, pues recibió el Premio Óscar a la mejor película. Sin embargo, le fue negada la estatuilla al mejor director (que fue a recalar a manos de Steven Sodebergh por Traffic). Aunque el filme era una reinterpretación de géneros como el péplum y de gladiadores, típicos en Italia, se valía del CGI para el diseño de producción y la gran pertinente de Russell Crowe.
Hannibal (2001) sería un filme perfecto si Jodie Foster hubiera aceptado el rol de Clarice Sterling. Sólo queda admirar a Sir Anthony Hopkins en una adaptación recortada de la novela de Thomas Harris que abarca ciertos detalles de la infancia de Lecter hasta su traslado a Florencia.
Black Hawk Down (2001) es el regreso de Scott al cine bélico, esta vez con el contexto iraquí. No hay un protagonista visible, más bien un grupo de soldados que exponen su vida. Otro filme para olvidar.
Matchstick men (2003) es un filme sobre embaucadores que tejen una red en la que termina cayendo el protagonista (Nicolas Cage).
Kingdom of heaven (2005) es su nueva incursión en el cine bélico. Esta vez se va a la edad media y se concentra en una de las cruzadas que se dieron en Tierra Santa. El protagonista es Orlando Bloom, un herrero que se ve obligado a tomar las armas. Filme de grandes despliegues técnicos que deslumbra por el diseño de producción, el vestuario y la utilería (instrumental bélico). Es uno de sus mejores filmes.
A good year (2006) es el descubrimiento para Occidente de la actriz francesa Marion Cotillard. Ella es el dúo romántico de Russell Crowe, en un filme hecho a la antigua usanza pues recuerda a los filmes de Cary Grant. Rarísimo ver una comedia romántica de muy buen gusto firmada por Scott.
An american gangster (2007) implica otro estudio sobre la violencia social (las mafias afroamericanas). Esta vez se apoya en el registro interpretativo de un inmejorable Denzel Washington.
Body of lies (2008) es una nueva colaboración con Russell Crowe, quien interpreta a un planificador de atentados políticos a escala global. Su ejecutador o mano derecha es Leonardo di Caprio.
Con Robin Hood (2010) insiste en colaborar por cuarta vez con el actor australiano, lo cual es condenado por la crítica internacional que minimizan el acento del personaje principal. Es un nuevo intento del cine norteamericano de desmitificar la figura de alguien que fue un agitador de masas en su tiempo.
Prometheus (2012) es una precuela de Alien (1979) que destaca por su iluminación barroca (relevancia de tonalidades oscuras), su oscuro diseño de producción, el sofisticado diseño de los interiores, no solo de la caverna, sino también de la nave espacial.

Noomi Rapace (la Lisbeth Salander de la trilogía Millenium) encabeza el casting como la arqueóloga Elizabeth Shaw. Su fortaleza física y emocional retumba cada vez que ella aparece en cuadro. Escena memorable de esta actriz sueca: la cesárea que se practica, con ayuda de una maquinaria sofisticada, para extraer de su vientre la criatura alienígena que estaba gestando.
Otro puntal del casting es Michael Fassbender, como el androide David. Asombran sus manierismos que denotan vacuidad emocional. Su deseo de aprender cada vez más de los humanos. Al principio del filme aparece imitando gestos y parlamentos de Peter O´Toole en Lawrence of Arabia (con el supuesto fin de adquirir cierta humanidad).
Un valor agregado lo da el actor australiano Guy Pearce que interpreta a Peter Weyland, el nonagenario empresario que financia el viaje intergaláctico. La pesada capa de maquillaje que lo cubre (a más de su espalda encorvada y su voz cansina) es perfecta para la construcción del personaje del multimillonario.
El filme es de una gran exuberancia visual en lo concerniente a diseño de producción, dirección de fotografía, vestuario y efectos especiales. Pero se queda nada más en eso. Scott le ha confiado la precuela de su mítico Alien al guionista de la efectista serie televisiva Lost. La narrativa tiene muchos cabos sueltos, lagunas, rellenos, tantos elementos no dignos de la mitología de Scott. Era imperiosa la necesidad de continuar con la franquicia. Veamos qué nos depara Ridley para una próxima entrega.
LAS BABAS DE BLOW UP

Es difícil interpretar un filme de Antonioni por la
sencilla razón de que él mismo no creía en ese tipo de operaciones
racionales. En primer lugar, no usaba sinopsis cuando
escribía un guión y gran parte de sus filmes son improvisados.
En segundo lugar, nunca discutía las tramas de sus filmes.
La historia era lo que menos le interesaba. Decía que
sólo cuando entraba al cuarto de edición lograba tener una
idea de la historia que tenía entre manos. «Quizá un filme
sea sólo una atmósfera, un sentimiento, o una declaración
sobre un estilo de vida», solía decir.
Luego está el asunto de la falta de importancia de las
cosas que sus personajes están viviendo. Fustiga a espectadores
que creen que los hechos narrados en un filme son el
tema del mismo:
Un filme es sobre personajes, sobre los cambios que
ocurren dentro de ellos. Las experiencias que ellos tienen
durante el curso de una película son cosas sencillas
que pasan por pasar, son personajes a los que les pasa
cosas que no empiezan o acaban cuando el filme concluye.
En Blow-Up (1966) mucha gente desperdició energía tratando
de decidir si había o no un asesinato, cuando de
hecho el filme se trataba de un fotógrafo y no de un
asesinato. Las fotos que él tomaba fueron cosas que
simplemente le sucedieron pero cualquier otra cosa le
pudo haber pasado: era un ser vivo en ese mundo, poseyendo
esa personalidad.
Por suerte para nosotros, en ningún momento nos ha
interesado el homicidio. Hemos estado detrás de la visión
del cineasta que ha tomado una fotografía (un cuento) de un
escritor (Cortázar) y la ha ampliado hasta convertirle en un
filme de casi dos horas.
Blow Up ilustra la técnica del palimpsesto o reescritura
del texto original. Se transpola el contexto geográfico (se
reemplaza Londres por París). Se desarrollan diálogos que
Cortázar apenas bosqueja. Se procede a eliminar uno de los
dos oficios del personaje protagónico: se omite que es traductor, lo cual habría llevado la trama por laberintos poco cinematográficos. La trama casi detectivesca se mantiene: se investiga un hecho que involucra a una pareja a partir de una serie de fotografías que son agrandadas. Las fotos sontomadas en un espacio público: placita le llama el narrador literario y un parque londinense (Maryon Park) es el lugar que recordarán los cinéfilos. En ambos textos el personaje femenino le pide al fotógrafo el rollo porque siente que se ha violado su privacidad. Tanto el latinoamericano como el británico son parte de un estudio sobre el voyerismo. La fruición en el acto de mirar, observar o escrutar está presente en ambos personajes. Cada uno lo hace con una cámara. Y aquí viene una diferencia fundamental: el latino usa una Contax y el londinense una Nikon F. Esta última es más avanzada puesto que constituye la primera en su género en ostentar una lente de 35 mm (adelanto técnico para la época).
Este último detalle acerca la historia a la cinta de celuloide
que es de 35 mm. Estamos ante una metáfora muy importante:
la cámara de Thomas representa al cine que desea capturar
la realidad. Eso lo convierte a él en una extensión del
cineasta.
Thomas es un inglés manipulador en lo que respecta
a las modelos que fotografía y seduce; es un aventurero en el
plano profesional. Basta tan sólo recordar las fotos artísticas
de temas cotidianos que suele tomar como una alternativa a
su carrera de fotógrafo publicitario. Al principio del filme se
lo ve saliendo de una pensión de mala muerte (doss house) a
primeras horas del día. Se da a entender que ha estado tomando
fotos, durante toda la madrugada, de gente de escasos
recursos.
Otro detalle importante que puede ayudarnos a conocer
la personalidad del personaje es el hecho de que com-
pra una hélice de barco en una tienda de antigüedades. Esto
da a entender su carácter inquieto, extravagante y curioso.
Dos momentos importantes también dan cuenta de su personalidad
distraída. Primero, cuando se sirve un trago que
no lo toma en la primera sesión de fotos; segundo, cuando
va a un restaurante para reunirse con Ron, pide un plato y
una pinta de cerveza pero sale corriendo y no regresa.
Vamos ahora con el personaje literario. Roberto Michel
es un intelectual franco-chileno, un ser lúdico que gusta
de ver la realidad con una lente estética. Se trata de alguien
que reflexiona constantemente sobre el acto de registrar el
entorno, ya sea con el lenguaje o con la cámara fotográfica.
Esa manía de tomar nota mental de los instantes es su patente
de corso. «Entre las muchas maneras de combatir la nada»,
dice el narrador, «una de las mejores es sacar fotografías».
La coincidencia de ambos personajes se da en la curiosidad.
Son personas que no pueden quedarse en el estatismo
del desconocimiento. Roberto y Thomas son cortazarianos en
el sentido de que se erigen como perseguidores de una verdad.
En el caso de Thomas regresa al lugar de los hechos para
investigar qué pasó con el cadáver que encuentra en la
foto ampliada; en el caso de Roberto no parece haber un regreso
real a la «punta de la isla» pero analiza hasta la saciedad
las imágenes que cuelgan de las paredes. En el juego
cortazariano de insertar lo fantástico en lo cotidiano, el fotógrafo
chileno mira una y otra vez las ampliaciones de las fotografías
e imagina lo que pudo haber pasado.
En ambos relatos hay una tríada de personajes: un
fotógrafo y una mujer en ambos casos, a más de un personaje
masculino (un hombre de mediana edad en la cinta). El
guión de Tonino Guerra y Michelangelo Antonioni sabe que
sin esa triangulación no puede existir una historia.
El hecho de que Thomas agrande las fotografías en la
técnica conocida como blow up denota una obsesión por conocer
los detalles de una realidad evanescente y polisémica.
Cuando va colgando las enormes imágenes está creando una
especie de cómic, fotonovela o, si se quiere, un reportaje casi
periodístico. Al principio nota algo entre los arbustos y lo
amplía. Hace el amor con las dos chicas y cuando ellas lo están
terminando de vestir detecta algo más. Su identificación
de indicios es gradual.
El cuento explota las gigantografías de otra forma: el
protagonista se sumerge en ellas al punto de que éstas parecen
cobrar vida y lo absorben. En el texto de Cortázar se lee:
«Michel es culpable de literatura, de fabricaciones irreales.
Nada le gusta más que imaginar excepciones, individuos
fuera de la especie, monstruos no siempre repugnantes». La
identificación de indicios en el cuento no es paulatina, es
más acelerada. La estructura narrativa breve empuja a que
las cosas se den más rápido.
En la fotografía de moda se empezó a usar el término
blow up a partir del estreno de este filme. Fue tanta la influencia
en el mundo de la pasarela que aún hoy la relación
entre fotógrafo y modelo se la plantea al estilo de esta cinta.
La forma erótica, casi orgásmica, con la que Thomas trata a
la joven, en plena acción de fotografiarla, aún sigue vigente.
Es más. En el argot de la fotografía publicitaria es usual la
frase «Hagámoslo como en Blow Up». Otro hito fue la aparición
del primer desnudo femenino en Inglaterra y de personas
fumando marihuana. Estos elementos influyeron en la
taquilla convirtiéndola en uno de los filmes de mayor recaudación
en la historia de ese país.
Un elemento que une a ambos textos es la presencia
del mal. Para quienes han leído repetidamente el cuento ori-
ginal estamos ante una presencia diabólica. Desde el mismo
título hay una prefiguración de un encuentro con Belcebú.
La voz narrativa del texto literario se refiere al joven como
un «ángel despeinado». Al hombre que espera en el auto se
le endilga el calificativo de «amo». A medida que se involucra
más en la contemplación de las fotos agrandadas en su
habitación, va armando una narrativa a la manera de un sicótico.
Dice que salva al chico por segunda vez y que éste
por fin aprende a volar sobre la isla, como si hablara realmente
de un ángel. Del hombre que espera en el auto dice
que tiene la cara enharinada y la lengua negra. Se trata quizá
de un encuentro con las fauces del diablo en la entrada al infierno.
¿Cómo escapa Roberto Michel de esa experiencia?
Cierra los ojos y empieza a llorar. El último párrafo se enlaza
con el primero y aparecen otra vez el cielo, las palomas y las
nubes. La doble interpretación se aplica: el protagonista ha
muerto o se ha desconectado completamente de la realidad
como lo haría un sicótico.
En el texto de Antonioni el mal está dado a través de
personajes como la mujer que interpreta Vanessa Redgrave.
Después de que ella deja a Thomas su estudio es saqueado.
Le roban al fotógrafo todos sus rollos y gigantografías.
¿Quién pudo haber cometido semejante maldad? Los que están
detrás del supuesto asesinato de Maryon Park. Cuando
Thomas conversa con su agente en el restaurante un desconocido
revisa el auto descapotable del fotógrafo. Éste sale
del lugar y el extraño huye. En la noche, el protagonista ve
(o cree ver) a la mujer en plena calle. Quiere acercarse a verla
pero ella desaparece como si fuera una forma maligna que
está acechando al personaje principal.
Buscando equivalencias entre el mundo insólito de
Cortázar y el de la incomunicación de Antonioni hemos encontrado
lo siguiente.
Thomas va a una fiesta nocturna y encuentra a la
modelo Verushka a quien había fotografiado esa misma mañana.
La chica lo había apurado para que empiece la sesión
lo más rápido posible. «Tengo que tomar un vuelo a París»,
le había anunciado. Cuando Thomas le reclama por qué no
está en la capital francesa, ella responde con un porro de marihuana
en la mano: «Estoy en París». Cuando Ron, a quien
le ha contado la fantástica historia, le pregunta qué vio exactamente
en el parque, Thomas responde: «Nada, Ron». Y lo
dice realmente derrotado, después de regresar al parque y
ver que el cadáver que había fotografiado ya no estaba. La
escena con la que se clausura el filme es también cortazariana.
El hecho de que Thomas esté apesadumbrado, y se ponga
a observar el partido de tenis entre mimos, es una
conexión con el elemento maravilloso que suele interpolar el
autor argentino en sus narraciones. Antonioni lleva al extremo
esa contemplación insólita. Thomas se involucra tanto
en el juego que se ve forzado a recoger la pelota imaginaria
que los mimos han lanzado fuera de la cancha.
Otro aspecto importante es el tema de la partitura, ya
que en el cine es importante la música que se escribe para
acompañar a la historia. Es muy conocida la pasión por el
jazz de Julio Cortázar, latente sobre todo en El perseguidor. Él
se consideraba a sí mismo un escritor anticonvencional que
huía del preciosismo y que se empeñaba por crear un lenguaje
imperfecto más cercano a la vida. Escribía como si fuera
un músico de bebop en perpetua improvisación. Ese
espíritu jazzístico está presente en el Swinging London de
Antonioni. No en vano se ha escogido a Herbie Hancock
(Herbert en los créditos), uno de los pianistas más importantes
de la historia del jazz.
Luego está la cámara fotográfica que en el cuento
parece ser la voz narrativa. En el filme, la cámara de cine es
evidentemente la que narra. Y al igual que el personaje de
Antonioni, la práctica fotográfica tiene un hálito fantástico,
fantasmagórico, que se devela en el juego del revelado de la
imagen crecientemente ampliada (blow up) que conduce de la
certidumbre (registro concreto de una imagen) a una polisemia
(la imagen que da pie a varias interpretaciones). Es un
problema subyacente en toda la historia del arte y el cineasta
italiano se da el lujo de resolverlo (o mejor dicho, de no resolverlo)
en menos de dos horas. Ya lo hizo Diego Velásquez
con Las meninas. El arte es un juego de espejos. Mientras el
espectador mira, no solo que posa sus ojos en los personajes
sino que también se observa a sí mismo. Cuando nosotros
los contemplamos nos convertimos también en voyeristas.
¿Y a nosotros quién nos mira? Quizá el mismo Antonioni.
Hay una escena en la que se siente fuertemente la presencia
del artista. Es el momento en el que Thomas está colgando
las gigantografías y analizándolas. Se recurre a un plano del
personaje viendo las fotos ampliadas e inmediatamente después
a un contraplano. Se inserta la cámara en la parte de
atrás de los blow up, como si el artista estuviera escrutando a
su personaje. Es casi una declaración: quien está detrás de
todo esto es el creador de la historia. Este juego de espejos se
da también en el cuento cuando se pasa de la primera persona
del singular a la tercera persona. El yo implica subjetividad,
pero recurrir a un él convoca a la objetividad, al
desdoblamiento, a un verse desde afuera.
En la narración literaria hay una reflexión constante
sobre lo que es el acto de narrar. En el filme se reflexiona sobre
el acto de montar imágenes. La secuencia en la que
Thomas revela las fotos parece hablar del oficio del editor
cinematográfico. Los fragmentos fotogramáticos son parte de
un rompecabezas que los espectadores deben resolver con el
protagonista.
Blow Up lleva más lejos la metáfora del fotógrafo como
creador que plantea Cortázar y opta por la figura del detective
que investiga la escena del crimen a partir de las fotos
tomadas.
Thomas va colgando las imágenes en el orden en el
que su curiosidad le ordena. El orden en el que fueron tomadas
es diferente. Thomas realiza una operación de adaptación.
Narra o cuelga la historia según su punto de vista. Es
lo que ha hecho Antonioni con el cuento de Cortázar.
Lo que ha hecho el autor italiano es tomar la premisa
dramática y expandirla, no a la manera de un fotógrafo pero
sí en el modo de un cinematurgo (una mezcla de cineasta con
dramaturgo). Es como si el realizador hubiera tomado las
páginas del cuento, cual negativos de película, para revelarlas
y agrandarlas a su antojo. Quizá eso es lo que constituye
toda adaptación de un cuento: un blow up del original.








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