«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

La novela «El cuento de la criada» de Margaret Atwood ha sido adaptada en dos ocasiones para la pantalla, con resultados diferentes. La película de 1990, que la vi en VHS con el título «El cuento de la doncella», fue dirigida por Volker Schlöndorff, con guión de Harold Pinter, y representa un primer intento cinematográfico que, aunque respetable en términos técnicos, no logró capturar la esencia política y feminista de la obra original. Por el contrario, la serie de televisión de Hulu (2017-2025), desarrollada por Bruce Miller, se convirtió en un fenómeno cultural que expandió magistralmente el universo distópico de Atwood.

La película de 1990 se mantuvo relativamente fiel a la estructura básica de la novela, condensando la historia en 108 minutos. Protagonizada por Natasha Richardson (Kate/Offred), Faye Dunaway (Serena Joy), Aidan Quinn (Nick) y Elizabeth McGovern (Moira), la adaptación cinematográfica siguió una narrativa lineal que culminaba con la partida de Offred hacia un destino incierto. El guion fue escrito por el Premio Nobel 2005, Harold Pinter, con música original de Ryuichi Sakamoto.

La serie de televisión por su parte, utilizó la novela como punto de partida para crear un universo narrativo vastamente expandido. Mientras que el libro original terminaba con la partida de Offred, la serie exploró seis temporadas completas desarrollando las consecuencias de la resistencia, la evolución de los personajes y la eventual caída de Gilead. Esta expansión permitió una exploración mucho más profunda de los temas políticos y sociales.

La diferencia más significativa entre ambas adaptaciones radica en su contexto político y su resonancia cultural. La película de 1990 fue producida durante los últimos años de la Guerra Fría, cuando las distopías totalitarias se percibían como amenazas externas y lejanas. Los críticos señalaron que la película se centraba más en entregar emociones superficiales que en ofrecer una disección matizada de la política de género que aún estaba en construcción tanto teórica como práctica.

La serie televisiva, en cambio, se estrenó en 2017, durante la presidencia de Trump y en medio de un resurgimiento global de movimientos autoritarios. Esta proximidad temporal con las ansiedades políticas contemporáneas permitió que la serie resonara con audiencias que veían paralelismos entre la ficción distópica y la realidad política.

En la película, los personajes femeninos fueron interpretados por actrices reconocidas pero sin la profundidad psicológica que caracterizaría a la serie posterior. Natasha Richardson (1963-2009) entregó una interpretación competente pero limitada por un guion que no exploraba las complejidades internas de Offred. Faye Dunaway como Serena Joy quedó reducida a un papel relativamente unidimensional.

La serie televisiva de Hulu desarrolló personajes femeninos extremadamente complejos. Elisabeth Moss construyó una Offred/June que evolucionó de víctima traumatizada a líder revolucionaria a lo largo de seis temporadas. Personajes como Serena Joy (Yvonne Strahovski) y la tía Lydia (Ann Dowd) recibieron arcos narrativos completos que exploraban sus motivaciones, contradicciones y transformaciones.

La película de 1990 presentó la resistencia como un elemento secundario, enfocándose principalmente en la experiencia individual del encierro de Offred. La rebelión aparecía como algo distante y abstracto, sin desarrollar las redes de apoyo ni las estrategias específicas de oposición al régimen.

La serie, por el contrario, hizo de la resistencia uno de sus temas centrales. Desarrolló múltiples células de resistencia, exploró las diferentes formas de oposición (desde la desobediencia silenciosa hasta la guerra de guerrillas) y mostró cómo las mujeres encontraban formas de mantener su humanidad y agencia incluso en las circunstancias más opresivas.

La película adoptó una estética relativamente convencional para su época, con colores apagados y una cinematografía que, aunque profesional, no creaba el impacto visual distintivo que caracterizaría a la adaptación posterior. Los vestuarios, si bien siguieron las descripciones del libro, carecían de la fuerza simbólica que tendrían en la serie.

La serie televisiva desarrolló un lenguaje visual que se convirtió en símbolo cultural. Las túnicas rojas brillantes, las cofias blancas inmaculadas y la paleta de colores codificada crearon imágenes que trascendieron la pantalla para convertirse en símbolos de protesta en manifestaciones reales alrededor del mundo.

La diferencia fundamental entre ambas adaptaciones radica en el momento histórico de su producción y recepción. La película de 1990 llegó en un momento en que las distopías parecían ejercicios intelectuales sobre futuros improbables. La serie de 2017-2025 se estrenó cuando las libertades democráticas y los derechos de las mujeres enfrentaban amenazas reales y tangibles.

Esta diferencia temporal explica por qué la serie pudo permitirse expandir narrativamente el universo de Atwood: tenía una audiencia ansiosa de explorar las implicaciones políticas de la historia, mientras que la película debía conformarse con ser una adaptación relativamente directa para una audiencia que veía la distopía como ciencia ficción especulativa.

La comparación entre ambas adaptaciones demuestra cómo el contexto político y cultural puede determinar el éxito o fracaso de una obra artística. La misma historia, contada en diferentes momentos históricos, puede generar reacciones completamente distintas. En el caso de «El cuento de la criada», la serie televisiva llegó en el momento perfecto para convertirse no solo en entretenimiento, sino en inspiración para una generación de mujeres que vieron en June Osborne un reflejo de sus propias luchas por la libertad y la dignidad.

La sexta (y final) temporada de «El cuento de la criada» llegó a su fin el 27 de mayo de 2025, cerrando así una de las series más influyentes de la televisión contemporánea. 

Las cinco temporadas anteriores fueron construyendo meticulosamente la resistencia contra este régimen opresivo. La primera temporada nos introdujo a June Osborne (Elisabeth Moss) como Offred, una criada forzada a la reproducción sexual en una sociedad distópica. La segunda temporada exploró su primera tentativa de escape y las consecuencias brutales de la desobediencia. La tercera la mostró infiltrándose en el sistema desde adentro, mientras que la cuarta y quinta desarrollaron su evolución hacia una líder revolucionaria, culminando con su llegada a Canadá y los primeros signos de la caída del régimen.

«El cuento de la criada» trascendió las pantallas (como ya lo dijimos párrafos atrás) para convertirse en un símbolo de resistencia feminista en el mundo real. Las simbólicas túnicas rojas y cofias blancas de las criadas se transformaron en uniformes de protesta en manifestaciones alrededor del globo. Durante las protestas contra la primera elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, mujeres vestidas como criadas exhibieron pancartas con la frase en latín «Nolite te bastardes carborundorum» (No dejes que los bastardos te desgasten). Hillary Clinton hizo referencia directa a la serie en varios de sus discursos públicos, mientras que, en Argentina, en 2018, durante las manifestaciones por la legalización del aborto, las túnicas rojas se convirtieron en símbolo de la lucha por los derechos reproductivos de las mujeres.

Esta apropiación cultural demostró cómo la ficción distópica de Atwood resonaba con las ansiedades políticas reales de una generación de mujeres que veían amenazados sus derechos.

Margaret Atwood, la autora canadiense de ya 85 años, y que cada año suena para el Nobel, fungió como productora ejecutiva durante toda la serie, supervisando la expansión de su obra original. Reconocida por novelas comprometidas con la causa feminista como «La mujer comestible» y «Alias Grace», Atwood vio cómo su distopía de 1985 cobraba nueva vida en el siglo XXI. La novela original de «El cuento de la criada» abarca apenas una fracción mínima de lo desarrollado en las seis temporadas televisivas: la obra literaria concluye cuando la protagonista descubre que su amante Nick colabora con la Resistencia.

El lector de la novela conoce el destino final de Offred a través de un posfacio ambientado en el año 2195, donde un académico imparte una conferencia sobre la caída de Gilead, revelando que la historia de la protagonista fue encontrada en cassettes antiguos; sin embargo, su paradero final permanece incierto: no se sabe si logró escapar a Canadá o Inglaterra. Esta ambigüedad narrativa fue precisamente lo que permitió a la serie televisiva expandir infinitamente las posibilidades dramáticas.

La serie cosechó ocho premios Emmy en su primera temporada de un total de 13 nominaciones, incluyendo el galardón a Mejor Serie Dramática. También obtuvo múltiples Globos de Oro y se convirtió en la primera producción original de Hulu en alcanzar tal reconocimiento crítico. Los récords de audiencia acompañaron el éxito de crítica, estableciendo nuevos estándares para las plataformas de streaming y demostrando que las narrativas políticas complejas podían ser tanto comerciales como artísticamente exitosas.

La propia Atwood participó activamente como guionista en numerosos episodios e incluso tuvo un memorable cameo en el piloto donde abofetea a la protagonista. Consciente del legado de su creación e inspirada por el éxito de la adaptación, escribió «Los testamentos» (2019), una secuela literaria donde las hijas de las protagonistas lideran nuevas causas políticas en un Gilead en decadencia.

La serie destacó por sus múltiples capas narrativas: subtramas de resistencia social, familiar y política que se entrelazaban magistralmente. La sororidad entre las mujeres oprimidas, la resiliencia ante el trauma sistemático y un feminismo sólido y complejo fueron los ejes centrales. Las impactantes imágenes de subversivos ahorcados en el muro —que no era otra cosa que la fachada de la antigua universidad de Harvard— cobran una relevancia especial en el contexto actual, considerando las amenazas del gobierno de Trump a los fondos de instituciones educativas liberales.

La serie logró crear un universo donde cada elemento visual y narrativo servía como metáfora política, desde los colores codificados de los trajes hasta la arquitectura neoclásica (tan usual en Washington D.C.) reconvertida en símbolo de opresión.

El éxito de la serie fue potenciado por interpretaciones difícil de olvidar. Joseph Fiennes construyó un Fred Waterford complejo, un villano que oscilaba entre la crueldad sistemática y momentos de humanidad perturbadora. Ann Dowd entregó una de las mejores actuaciones televisivas de la década como la tía Lydia, navegando entre los roles de opresora y víctima del sistema. Sydney Sweeney, en su rol de Eden, demostró su talento dramático antes de convertirse en un nombre de referencia, mientras que Max Minghella como Nick y Yvonne Strahovski como Serena Joy completaron un reparto coral excepcional.

Cada actor logró humanizar personajes que podrían haber caído en estereotipos maniqueos, otorgando profundidad psicológica a un universo inherentemente brutal.

Un párrafo aparte merece Elisabeth Moss quien no solo protagonizó la serie; la encarnó completamente. Su June Osborne se convirtió en uno de los personajes más ricos y complejos de la literatura y el audiovisual contemporáneo. Moss demostró un crecimiento profesional fuera de lo ordinario, transitando de la víctima traumatizada de las primeras temporadas a la guerrera implacable de las últimas. Su capacidad para liderar causas aparentemente perdidas, para mantener la esperanza en circunstancias desesperantes, la estableció como un símbolo feminista de referencia.

El final de la serie la muestra en un lugar ambivalente: Gilead no ha sido derrocado completamente, pero sí debilitado críticamente, y June promete continuar luchando y alzando la voz. Su interpretación del monólogo final consolida su estatus como una de las actrices más importantes de su generación.

No obstante sus virtudes, la serie no estuvo exenta de críticas. La resistencia contra Gilead se alargó innecesariamente en las temporadas intermedias, creando momentos de estancamiento narrativo. Las reconversiones de personajes como Serena Joy y la tía Lydia, inicialmente fascinantes, eventualmente se agotaron por repetición. El triángulo amoroso entre June, su esposo Luke y su amante Nick permaneció en un estado estacionario que no pudo evolucionar satisfactoriamente.

Quizás la crítica más significativa fue la introducción de Nueva Belén como alternativa democrática al modelo dictatorial de Gilead, que quedó meramente esbozada sin concreción narrativa alguna. Esta falta de desarrollo limitó las posibilidades de imaginar un futuro post-Gilead convincente.

Con Bruce Miller enfocándose ahora en la adaptación de «Los testamentos», el universo de Atwood continuará expandiéndose mientras la autora se dirige campante a sus nueve décadas de vida. La nueva serie, cuyo estreno se espera para principios de 2026, se desarrollará más de 15 años después de los eventos de «El cuento de la criada» y, según sus productores, va a mostrar el enfrentamiento de una nueva generación de mujeres contra los vestigios del sistema patriarcal.

El contexto político actual resulta particularmente apropiado para esta continuación. Si la primera presidencia de Trump fue el caldo de cultivo perfecto para el éxito de la primera temporada de «El cuento de la criada» en 2017, su regreso al poder en 2025 parece ofrecer el contexto ideal para la grabación de «Los testamentos». La ficción distópica de Atwood sigue siendo un espejo demasiado fiel de las tensiones políticas contemporáneas.

La serie, que comenzó como una advertencia, se ha convertido en un manual de resistencia, y su legado continuará tanto en la ficción como en la realidad política en los años venideros.

Wes Anderson (Houston, 1969) ha logrado finalmente lo que parecía esquivo durante dos décadas de carrera cinematográfica: el reconocimiento de la Academia. Tras siete nominaciones previas al Oscar, Anderson consiguió su primera estatuilla en 2024 por The Wonderful Story of Henry Sugar, en la categoría de Mejor Cortometraje de Acción en Vivo. Este triunfo tardío resulta paradójico para un cineasta cuyo estilo se ha vuelto tan reconocible que ha trascendido las pantallas de cine.

Su influencia visual es tan marcada que la tecnología ha capitalizado su estética: aplicaciones móviles permiten ahora a cualquier usuario capturar fotografías y videos «al estilo Anderson», democratizando esa geometría simétrica, esa paleta de colores saturados y esos encuadres frontales que han definido su cinema desde «Bottle Rocket» (1996). Recomendamos el website «Accidentally Wes Anderson» que contiene una guía de lugares y fachadas de edificios que aparecen en sus filmes. Esta popularización masiva de su lenguaje visual plantea una verdad incómoda: ¿puede un estilo tan codificado mantener su frescura narrativa?

Con El esquema fenicio, Anderson nos enfrenta nuevamente al dilema de su filmografía reciente: ¿cómo criticar un corpus cinematográfico en el que todos los filmes son similares en términos de fotografía, movimientos de cámara, encuadres, vestuario y montaje? La respuesta parece encontrarse en la progresiva irrelevancia de las tramas, especialmente cuando se repiten los mismos actores interpretando variaciones de personajes que ya hemos visto antes.

Ambientada en la década de 1940, El esquema... se presenta como una película de espías con el sello distintivo de Anderson, protagonizada por Benicio del Toro como el magnate Zsa-zsa Korda. Pero más allá de su premisa, lo que verdaderamente importa es cómo esta nueva entrega confirma que las historias han pasado a ser meros pretextos para desplegar el universo visual andersoniano.

Lo fascinante es observar cómo, pese al aparente declive creativo de Anderson, las grandes estrellas de Hollywood continúan haciendo fila para participar en sus proyectos tal y como sucedía con Woody Allen. En el elenco de «El esquema fenicio» aparecen nombres como Tom Hanks, Scarlett Johansson, F. Murray Abraham, Benedict Cumberbatch, Bill Murray, Willem Dafoe y Bryan Cranston, actores que aceptan papeles de cualquier tamaño, por más mínimo que sea, simplemente por el prestigio de formar parte del universo Anderson.

Esta dinámica revela algo crucial sobre el estado actual de lo que alguna vez dio en llamarse «cine de autor»: la marca del director se ha vuelto más importante que la sustancia narrativa. Los actores no buscan grandes personajes; buscan ser parte de una estética reconocible, de un sello visual que garantiza un cierto caché cultural.

Sin embargo, dentro de la estilística previsible, surgen momentos de genuina inspiración interpretativa. Benicio del Toro entrega una actuación que trasciende las limitaciones del sistema Anderson, encontrando matices humanos en un personaje que podría haber sido simplemente otra figurilla perfectamente colocada en el diorama visual del director. 

Igualmente notable es la presencia de Mia Threapleton, hija de Kate Winslet, quien demuestra que el talento actoral puede florecer incluso dentro de los constreñimientos estilísticos más rígidos. Su interpretación de la hija-monja de Korda sugiere una nueva generación de actores capaces de encontrar un buen papel dentro de los marcos dramaturgicos más artificiales.

No obstante, sería injusto negar los placeres genuinos que ofrece el mundo cinematográfico de Anderson. Su estilo caricaturesco alcanza aquí nuevas cotas de sofisticación, desplegando una paleta que oscila entre el rosa pastel y el verde menta con una precisión casi obsesiva. Los fondos falsos y los decorados interiores kitsch no pretenden engañar al espectador; al contrario, celebran su artificialidad con ese descaro andersoniano que resulta fundamental en esta época dominada por la búsqueda del realismo digital. Destacan los planos cenitales en los que un interior de baño parece sacado de una casa de muñecas o de un rompecabezas tridimensional.

Aquí hacemos un paréntesis para hablar de los productos animados y animosos del director norteamericano. La filmografía de Anderson incluye dos títulos de animación que quizá representen lo mejor de su propuesta artística: Isle of Dogs (2018) y Fantastic Mr. Fox (2009). En estos trabajos, la artificialidad inherente al stop-motion se alinea perfectamente con su sensibilidad estética, eliminando la tensión entre naturalidad actoral y rigidez visual que caracteriza sus películas con actores reales.

Quizá sea el momento de considerar que Anderson ha experimentado todo lo que puede ofrecer el cine de acción real, y que su futuro creativo reside en la animación, donde sus obsesiones formales encuentran su hábitat natural sin necesidad de forzar a los intérpretes humanos a comportarse como marionetas.

De entre todas sus películas «El gran hotel Budapest» (2014) permanece como la expresión más lograda del lenguaje cinematográfico de Anderson, hasta el punto de rozar un virtuosismo técnico que se equilibra perfectamente con una narrativa que justifica cada decisión estética. En comparación, El esquema fenicio se percibe como un ejercicio de estilo, una demostración de que el director puede seguir produciendo «películas de Wes Anderson» sin necesariamente tener algo nuevo que decir.

Pese a las limitancias de su más reciente filme, Anderson sigue siendo un cineasta único en el panorama contemporáneo, una especie amenazada por el CGI y el blockbuster, pero que demuestra una resistencia notable a la extinción. Su próximo proyecto, sea un cortometraje, un largometraje o una nueva incursión en la animación, será recibido con la expectativa que solo genera un auteur que no tiene parangón en el mundo cinematográfico actual.

El esquema fenicio no revoluciona su obra completa, pero tampoco la traiciona. Es, en el mejor y peor sentido, exactamente lo que esperábamos: una nueva pieza de colección de un director que ha convertido la repetición en una forma de arte, y que nos recuerda que, en ocasiones, la perfección técnica puede ser tanto una bendición como una maldición creativa.

La octava entrega de la franquicia Misión: Imposible (así con los dos puntitos entre cada palabra) marca un punto de inflexión no solo en la segunda saga cinematográfica más longeva del cine de acción contemporáneo (29 años), sino también en la carrera de Tom Cruise, figura que ha redefinido los estándares del espectáculo comercial durante las últimas tres décadas. Desde que Brian De Palma inaugurara esta serie en 1996 con una película que revolucionó el thriller de espionaje, la franquicia ha evolucionado hasta convertirse en el paradigma del cine de acción moderno, estableciendo un legado técnico y narrativo que ha influenciado toda una generación de realizadores.

La importancia de Misión: Imposible en la historia del cine trasciende sus cifras de taquilla. John Woo con la segunda entrega, en el año 2000, introdujo la coreografía de acción como ballet visual; J.J. Abrams aportó la intimidad emocional en la tercera del 2006; Brad Bird, en el 2011, demostró que la animación y la acción real podían fusionarse conceptualmente en Ghost Protocol (mi favorita entre todas); Christopher McQuarrie (Oscar al mejor guion original por The Usual Suspects) ha sido el arquitecto de las tres últimas entregas, construyendo una mitología que culmina ahora con Sentencia Final que es el título de distribución en español de Dead Reckoning. Esta progresión representa la evolución del blockbuster moderno: de la alta tecnología de los noventa del siglo anterior hasta la sofisticación narrativa contemporánea repleta de dispositivos digitales.

Sentencia Final despliega una maestría técnica que sitúa al filme en la cúspide del cine comercial como show mediático. La partitura de Lorne Balfe retoma los motivos clásicos del argentino Lalo Schifrin mientras incorpora texturas sonoras que amplifican la tensión dramática. La dirección de arte de Guy Hendrix Dyas construye universos visuales que van desde la austeridad tecnológica de los centros de comando hasta la opulencia decadente de las ciudades europeas. El diseño de producción abraza la globalización como elemento narrativo: las locaciones se extienden desde los fiordos noruegos hasta las metrópolis asiáticas, convirtiendo al mundo entero en el tablero de juego de Ethan Hunt.

Las secuencias de acción constituyen el corazón palpitante del filme. La inmersión submarina en las aguas gélidas del mar Báltico alcanza niveles de verosimilitud que rozan lo documental, mientras que el enfrentamiento aéreo final establece nuevos estándares para las peleas entre aeronaves (aquí deja la vara muy alta el señor «Cruz»). Estas secuencias representan (no me perdonen la hipérbole) lo mejor que ha dado el cine de acción en toda su historia, fusionando la precisión técnica con la espectacularidad visual de manera magistral.

Tom Cruise ha devenido en una de las figuras de acción más importantes de los últimos años, no solo por su longevidad (ya cuenta con 62 abriles) sino por su compromiso físico absoluto con cada interpretación. El hecho de que él mismo ejecute sus escenas de acción, sin recurrir a dobles, otorga a su performance una autenticidad que el público percibe visceralmente. Cada salto, cada persecución, cada acrobacia lleva la firma corporal del actor, convirtiendo sus filmes en testimonios tanto de resistencia física como de entretenimiento.

Misión: Imposible no constituye el único aporte de Cruise a la historia del cine de acción. Top Gun: Maverick (2022) revitalizó el género y puso en la palestra técnicas de filmación revolucionarias para las escenas de combate aéreo entre Super Hornets F/A-18 E/F. Desde Wings, la primera película ganadora del Oscar en 1927, no se habían rodado peleas aéreas con tanta verosimilitud, instalando cámaras dentro de las cabinas reales y sometiendo a los actores a las fuerzas G auténticas del vuelo supersónico. Así de histórica fue esta película.

El mito literario de Dorian Gray le queda corto a un Tom Cruise que, aunque reacio a envejecer por los papeles que escoge, insiste en seguir ejecutando personalmente las proezas físicas y acrobáticas que sus personajes exigen. Muy difundido es el video durante la filmación de Fallout en 2018, donde el actor salta de una azotea a otra y se fractura literalmente el talón. Lo insólito resulta observar cómo, de manera profesional, continúa corriendo mientras su pie desmembrado cuelga literalmente: una imagen que condensa la obsesión del actor por la autenticidad física de sus interpretaciones.

Como contrapeso a su magnetismo cinematográfico, resulta imposible soslayar cuán desagradable es Tom Cruise como persona. Numerosos videos documentan el maltrato a periodistas que lo han entrevistado, revelando un temperamento autoritario que contrasta violentamente con su imagen pública (ver el vídeo en el que manda a la punta de un cuerno a un periodista inglés que se atreve a preguntarle sobre su exesposa Nicole Kidman). Su adhesión al culto de la cienciología es su talón de Aquiles que ha marcado su vida personal y profesional de manera indeleble.

La prensa del corazón (perdón por caer tan bajo como crítico de cine) documentó cómo su segunda esposa, Katie Holmes, escapó de una relación de dominio psicológico. Paradigmática resulta la entrevista donde el actor, de manera matonil, tacha de ignorante de la historia de la psiquiatría a un periodista inglés, exhibiendo el fanatismo sectario que caracteriza a los seguidores de la cienciología.

Para intentar borrar este estilo, Cruise ya no permite que se le pregunte sobre la religión que profesa o sobre su vida privada. Ha construido una imagen de magnate preocupado por el estado de salud del cine contemporáneo, multiplicando las declaraciones públicas donde invita a la gente a ver cine en salas, mostrando su desacuerdo con las plataformas de streaming. Durante la pandemia, la imagen de Cruise con mascarilla yendo al cine a ver Tenet de Christopher Nolan dio la vuelta al mundo. Ahora, al calor del estreno de Sentencia Final, ha promocionado el filme de carreras automovilísticas de Brad Pitt, invitando al público a experimentar el cine en pantalla grande (aunque sus detractores apuntan que es un paso más en su estrategia de lavado de imagen por los roces que tuvo con Pitt durante la filmación de Entrevista con el vampiro).

Estas declaraciones de preocupado por el séptimo arte no se sienten genuinas, sino forzadas, porque constituyen un intento de reingeniería de imagen de un artista siempre egocéntrico y con fama de autoritario. Durante la pandemia, por ejemplo, circularon supuestas grabaciones donde el actor le gritaba al equipo de filmación sobre la necesidad de terminar el filme pese a la emergencia sanitaria.

La vida sentimental del actor tampoco favorece su imagen pública. Se le atribuye una relación con cada una de sus co-protagonistas femeninas, convirtiendo sus rodajes en tabloides sentimentales (resulta realmente pertubadora la imagen del actor saltando en el 2005, en el sofá del show de Oprah Winfrey, celebrando su compromiso con Katie Holmes). Memorable resulta una entrevista de James Lipton en el año 2004, en The Actor’s Studio (episodio 7, temporada 10), donde al preguntársele sobre su palabra procaz favorita, responde «Joder» como si el español fuera su segunda lengua, un guiño impostado a su entonces pareja, Penélope Cruz, que evidencia la artificialidad constante de un artista que siempre ha pretendido ser lo que no es (¿y acaso eso no ser actor?).

Después de conquistar el mundo de la taquilla, Cruise dará rienda suelta a su obsesión por ganar el Oscar de la Academia, premio para el que ya ha sido nominado una vez como productor (Top Gun: Maverick) y tres como actor (Magnolia, Jerry Maguire y Nacido el 4 de julio). Esta búsqueda del reconocimiento académico revela la inseguridad artística que subyace bajo la fachada del showman consumado.

Volviendo a la película que nos ocupa. La última entrega de Misión: Imposible se parece inquietantemente a la última aventura de James Bond. Las forzadas alusiones a la Misión: Imposible original de 1996 constituyen parte de la impostura nostálgica de Cruise. Mientras el personaje de Daniel Craig muere en No Time to Die (2021), el Ethan Hunt de Tom Cruise se resiste a morir. Es el pacto con Dorian Gray hecho carne cinematográfica.

No por nada Cruise elige como antagonista a un actor latino de su misma edad (62 años) que se mantiene lozano y sin arrugas: Esai Morales, como si la película fuera un espejo donde contemplar su propia resistencia al tiempo.

La Misión: Imposible previa resultaba superior a esta entrega final. El gran defecto del guion radica en la sobreexplicación que los personajes hacen sobre la naturaleza y funcionamiento de la Entidad, un dispositivo que recuerda al Aleph de Borges y que supuestamente controla a toda la humanidad. Cuando los personajes abundan en disquisiciones tecnológicas sobre el aparato, todo el esfuerzo narrativo construido desde Dead Reckoning resulta ínfimo.

Las conexiones forzadas con la película original de Brian de Palma alcanzan el gesto amateur de revelar que el personaje interpretado por Shea Whigham es hijo de Jim Phelps (Jon Voight en la original), un recurso narrativo que evidencia la falta de ideas frescas para esta conclusión.

Dos secuencias de acción resultan rescatables y justifican por sí solas el precio de la entrada ($ 15 en VIP para función de IMAX): la inmersión submarina en las aguas gélidas del mar ártico en el archipiélago de Svalbard, donde la cámara captura la claustrofobia y el peligro real del entorno, y las peleas aéreas que cierran el filme, ejecutadas con una coreografía que eleva el vuelo acrobático a la categoría de arte cinético.

Sentencia Final ofrece tres horas (170 minutos, en realidad) de un espectáculo comercial meticulosamente manufacturado. La experiencia cinéfila implica permanecer al borde del asiento, pendiente del desenlace de cada desafío que enfrenta el protagonista. En este aspecto, la película cumple su función primaria: mantener al espectador en tensión constante mediante la precisión mecánica del suspense.

Queda pendiente el desafío del actor para ser visto en películas serias y menos comerciales. Se anuncia un proyecto con Alejandro González Iñárritu: veremos si consigue ese Oscar que le sigue siendo esquivo y que representaría la validación artística que su ego demanda.

Pese a todo lo negativo que destila la imagen de Cruise, este crítico quiere quedarse con la emotiva alocución que el actor ofreció en la ceremonia del Oscar de 2002, presentando un mini-documental de Errol Morris donde diversos entrevistados respondían por qué es importante el cine en sus vidas. Cruise hizo alusión al 11 de septiembre y nos entregó en tres minutos su autobiografía de cinéfilo, contando de manera emotiva qué películas fueron fundamentales durante cada década de su vida y en qué ciudad de Estados Unidos estaba cuando las vio.

Quizá eso sea lo que hace Cruise en su vida y en su carrera: buscar esa «pequeña magia» (así lo dijo en su speech de 2022) que nos ofrece un filme en la oscuridad de una sala. En ese momento de honestidad vulnerable, el actor trasciende su impostura habitual y conecta con la esencia genuina del amor al cine, sobre todo al confesar haber visto Odisea 2001 a los 8 años de edad. Tal vez esa búsqueda constante de la magia cinematográfica sea la única verdad auténtica en la construcción artificiosa de Tom Cruise, y quizá sea suficiente para redimir, al menos en la pantalla, las sombras del hombre que habita detrás del mito.

Karate Kid: Legends representa un ambicioso intento de alargar la emblemática franquicia a una nueva generación mientras honra sus raíces. Como quinta entrega cinematográfica de la saga (sin contar la serie “Cobra Kai”), esta película tiene la difícil tarea de equilibrar nostalgia y renovación.


Lo primero que destaca es cómo Legends logra conectar con las películas anteriores sin caer en la simple repetición. A diferencia del reinicio de 2010 protagonizado por Jaden Smith, que trasladó la historia a China con Jackie Chan como mentor, esta nueva entrega traslada la acción a Nueva York, un cambio significativo respecto al Valle de San Fernando. A pesar de este cambio de escenario, la filosofía del balance entre disciplina y compasión permanece intacta.


La película recupera elementos esenciales que hicieron paradigmáticas a las originales: la relación maestro-alumno, el enfrentamiento entre dojos con filosofías opuestas (el kung-fu de Jackie Chan versus el karate del señor Miyagi) y la transformación personal a través de las artes marciales. Sin embargo, Legends evita el error de Karate Kid III (1989), que simplemente rehízo la fórmula de la primera película con resultados mediocres.

La trama sigue al prodigio del kung fu, Li Fong, discípulo del Sr. Han (Jackie Chan), quien se ve obligado a abandonar su hogar en Pekín y trasladarse a Nueva York con su madre médico. El joven Li lucha por dejar atrás su pasado (ha perdido a su hermano en una pelea callejera) mientras intenta encajar con sus nuevos compañeros de clase la maldición del bullying escolar lo persigue.  El profesor de kung fu de Li, el Sr. Han va a Nueva York para auxiliar a su pupilo. El personaje de Jackie Chan, en el giro que todos esperaban viaja al otro lado de los Estados Unidos, va a California y pide ayuda al Karate Kid original, Daniel LaRusso. De esta forma Li aprende una nueva forma de luchar, fusionando sus dos estilos en uno solo para el enfrentamiento definitivo de artes marciales en la terraza de un edificio de Nueva York. 
Sin duda, el momento más emotivo de Legends es el tan esperado encuentro entre Jackie Chan y Ralph Macchio, que representa la fusión perfecta entre las dos eras de la franquicia. Ver al Sr. Han de Chan compartiendo escena con el Daniel LaRusso de Macchio genera una química en pantalla que trasciende la simple nostalgia.


La secuencia donde ambos maestros intercambian filosofías sobre el karate y el kung fu mientras realizan una exhibición de sus respectivos estilos es, sencillamente, cinematografía muy profesional. Chan aporta su característica mezcla de comedia física y precisión marcial, mientras que Macchio demuestra que, décadas después, sigue encarnando perfectamente la esencia de Daniel-san y las enseñanzas de Miyagi.


Este encuentro no se limita a ser un simple guiño a los fans, sino que avanza orgánicamente la trama y establece las bases para la integración de las diferentes tradiciones marciales que la película explora. El respeto mutuo entre ambos personajes refleja el propio respeto de Legends hacia las distintas iteraciones de la franquicia.


Donde Legends brilla (aunque no como en el filme original de John G. Avildsen, el director de Rocky) es en su capacidad para introducir nuevos personajes sin que parezcan meras copias de Daniel LaRusso o Johnny Lawrence. El protagonista tiene sus propios demonios y motivaciones que, aunque reminiscentes de los temas universales de la saga, se sienten frescos y relevantes para el público actual.


La dirección logra modernizar las secuencias de combate sin perder la esencia del karate tradicional que caracterizó a las primeras películas. A diferencia de Karate Kid: El momento de la verdad (1984), donde las escenas de acción eran relativamente simples, o Karate Kid II (1986), que elevó ligeramente la intensidad, Legends presenta coreografías más dinámicas pero manteniendo la filosofía de que el karate es, ante todo, un arte de autodefensa.


La pelea final de Legends, en la cima de un rascacielos, establece su propia identidad al reemplazar la legendaria “patada de la grulla” con un espectacular “movimiento del dragón”, una técnica que fusiona la elegancia del karate tradicional con la fluidez del kung fu. Esta elección no solo honra ambas tradiciones marciales presentes en la película, sino que crea un momento cinematográfico completamente nuevo.


La creatividad de la secuencia radica en su preparación: los realizadores plantan las semillas del movimiento final desde antes, mostrando al protagonista ensayando la técnica en los torniquetes del metro de Nueva York. Esta decisión narrativa es de alta eficacia, transformando un dispositivo cotidiano del paisaje urbano en un elemento de entrenamiento, mientras prepara sutilmente al espectador para el clímax. La coreografía de esta pelea final es tan meticulosamente manufacturada que cada movimiento previo se siente como una preparación orgánica para el momento decisivo, creando una satisfacción narrativa que rivaliza con la emblemática conclusión de la película original.


Lamentablemente, Legends tropieza con una subtrama innecesaria que desvía la atención de su núcleo narrativo. La secuencia donde el joven protagonista se convierte en mentor del padre (Joshua Jackson) de su interés romántico (Sadie Stanley) resulta forzada e incongruente con el espíritu de la franquicia. El argumento de que el padre debe participar en una pelea de boxeo para saldar deudas añade un elemento melodramático que no encaja con la filosofía del karate como disciplina de autodefensa y crecimiento personal.


Esta inversión de roles, donde el alumno se convierte en maestro, podría haber funcionado como una evolución natural del personaje, pero su implementación se siente más como un truco narrativo que como desarrollo orgánico. La subtrama consume tiempo valioso que habría sido mejor invertido en profundizar la relación entre el protagonista y sus propios mentores, o en explorar más a fondo las tradiciones marciales que la película pretende homenajear.


Lo que separa a Legends de otros intentos de revivir franquicias clásicas es su disposición a explorar nuevos territorios temáticos. Si bien las películas originales trataban principalmente sobre el bullying y la autoestima, Legends aborda cuestiones más complejas como la identidad cultural, la presión familiar y las expectativas sociales.


La película evita caer en la trampa de The Next Karate Kid (1994), que intentó reinventar la saga con Hilary Swank (quien luego ganaría un Oscar por Million Dollar Baby) pero perdió gran parte de la magia original. En cambio, Legends construye sobre los cimientos establecidos mientras expande el universo de manera significativa.


Karate Kid: Legends no logra el difícil equilibrio entre honrar su legado y ofrecer algo nuevo, pero es un divertimento que no puede pasar desapercibido. No tiene un tema musical pegadizo como The Moment of Truth de Survivor, no alcanza las alturas emocionales de la película original de 1984, pero supera con creces a las débiles continuaciones de la franquicia. Vale el guiño final del encuentro entre Johnny Lawrence y Daniel LaRusso (en el dojo de este último) comiendo una pizza enviada por el joven protagonista.


Los fans de la saga original encontrarán suficientes guiños y conexiones para satisfacer la sed de nostalgia, mientras que los nuevos espectadores podrán disfrutar de una historia sólida como una publicación de social media. Legends demuestra que, como el propio karate, el valor de estas historias radica en en la creatividad para entrecruzar personajes e historias de una misma franquicia. En ese golpe cruzado, que te deja un poco atontado, está el pequeño de encanto de este entretenimiento cinematográfico.

La primera temporada de El Eternauta, con guion de Martín Oesterheld y dirección de Bruno Stagnari, representa un acontecimiento relevante en la adaptación de cómics latinoamericanos a formato audiovisual. Esta producción (que no le pide favor a The Last of Us y otras series del mainstream) captura la esencia de una obra gráfica fundamental en la cultura argentina y latinoamericana, transformándola en una experiencia visual que honra su legado mientras habla con voz de resistencia política al público actual. Otros cineastas estuvieron detrás de esta obra magna: Álex de la Iglesia, Adolfo Aristarain, Fernando Pino Solanas y Lucrecia Martel. Esta última es la persona que más tiempo trabajo en un guion: más de un año.

El Eternauta, publicado en 1957, de manera serial en la revista Hora Cero Semanal, transformó la narrativa gráfica latinoamericana y se la considera una obra referencial del Pulp argentino con su estética oscura más cercana a lo victoriano que a lo neogótico. El guionista Héctor Germán Oesterheld (1919-1977), junto al dibujante Francisco Solano López, crearon una historia de ciencia ficción con una mirada local: una invasión alienígena en Buenos Aires. Lo que podría haber sido una aventura apocalíptica se convirtió en una metáfora sobre la resistencia colectiva frente a fuerzas opresoras. En 1946, once años antes, el cuento «Casa tomada» de Julio Cortázar ya había sido publicado en la revista Los Anales de Buenos Aires (publicación dirigida por Jorge Luis Borges). En ese relato ya estaba el germen narrativo de los extraños invasores.

El Eternauta (dediquémosle un párrafo) fue traducido a varios idiomas: inglés, ruso, francés, italiano, alemán, serbio, finlandés, croata, polaco, checo, ruso y chino. El grupo editorial Planeta tiene a cargo la publicación local de la obra. En 2015 se hizo una histórica edición de lujo, en inglés en tapa dura, a partir de los dibujos originales de Francisco Solano. Los cómics de la época no situaban sus historias en la capital. Al igual que Jorge Luis Borges, Oesterheld se atrevió a poner con nombre y apellido a Buenos Aires como escenario central. El cómic ha estado históricamente vinculado con la dictadura militar, pero esto se trata de un error generalizado, dicen los expertos. Oesterheld hizo otras comiquitas que también salían en el semanario Hora Cero: Ernie Pike (una especie de Tin Tin que recorre el mundo como corresponsal de guerra) y Sargento Kirk (una adaptación peculiar del Martín Fierro trasladada al oeste norteamericano). Pese a estos logros es El Eternauta por lo que será reconocido.

Otro párrafo es necesario para la vinculación de Oesterheld con Montoneros, organización guerrillera peronista, en el rol de jefe de prensa. El compromiso con la causa montonera fue tan grande que inclusive sus cuatro hijas llegaron a formar parte de la resistencia. Conmovedor el testimonio de la viuda, Elsa Sánchez, en material audiovisual disponible en línea, sobre todo cuando ella habla de cómo Oesterheld tuvo que volver de Europa cuando recibió la noticia de dos de sus cuatro hijas fallecidas «para entregarse». En todas las entrevistas la viuda muestra su perplejidad por no haber sido también asesinada. Todos estos detalles extrabiográficos envuelven con un hálito de leyenda el estreno de El Eternauta en Netflix.

La viuda fue una guardiana celosa de la obra de su esposo. A lo largo de las décadas, rechazó numerosas propuestas para adaptar El Eternauta a formatos audiovisuales. En los documentales y reportajes disponibles en línea, según relatan personas cercanas a la familia, Elsa consideraba que muchas de estas propuestas no respetaban el espíritu original de la obra o buscaban diluir su mensaje político. Fue solo después de largas negociaciones con Netflix, cuando los productores se comprometieron a respetar tanto la integridad narrativa como el trasfondo político de la historia, que finalmente accedió a otorgar los derechos para esta adaptación, poco antes de su fallecimiento en 2015. La familia sobreviviente de Oesterheld mantuvo un rol consultivo durante todo el proceso de producción.

La desaparición de Oesterheld y los suyos resonó en el ambiente cultural argentino, convirtiendo El Eternauta no solo en una obra fundamental de la narrativa gráfica, sino en un símbolo de resistencia contra la opresión. El propio Oesterheld, como su personaje Juan Salvo, se había convertido en un viajero atrapado en una realidad hostil, pero a diferencia de su creación, no pudo regresar al mundo real. Sus cuatro hijas (dos de ellas en pleno embarazo) —Estela, Diana, Beatriz y Marina— también fueron desaparecidas junto con sus parejas. Diana y su esposo fueron secuestrados estando ella embarazada. El bebé, nacido en cautiverio, Fernando Araldi Oesterheld, fue recuperado y pueden encontrarse declaraciones de él en línea. El hijo de Estela, Martín, de cuatro años cuando murieron sus padres, tiene a cargo el guion de la serie. La abuela que lo crió, Elsa Sánchez, sobrevivió y dedicó el resto de su vida a buscar justicia y mantener vivo el legado de su familia, convirtiéndose en una figura central de las Abuelas de Plaza de Mayo.

La obra de Oesterheld trascendió el ámbito de los cómics para convertirse en un símbolo cultural argentino, una alegoría política que ha resonado a través de las generaciones. Su protagonista, Juan Salvo, se transformó en un símbolo de resistencia, un héroe común que encuentra fortaleza en la solidaridad y la acción colectiva.

El cómic original empieza con la visita del Eternauta al mismísimo guionista Oesterheld. El extraño se presenta de la siguiente manera: «Podría darte centenares de nombres y no te mentiría, todos han sido míos, pero quizá el que te resulte más comprensible sea el que me puso una especie de filósofo de fines del siglo XXI. El Eternatuta, me llamó, para explicar en una sola palabra mi condición de navegante del tiempo, mi triste y desolada condición de peregrino de los siglos. He tenido suerte de llegar aquí, presiento que después de tanto tiempo podré descansar un poco». En la serie esta visita no tiene lugar y será interesante ver cómo desarrollan a partir de la segunda temporada (habrá que esperar dos años) la presencia de este memorable personaje.

Vamos ahora a ponernos el traje de buzo y sumergirnos en la trama audiovisual. La elección de Ricardo Darín aporta a Juan Salvo una dimensión humana notable. Darín transmite la transformación del protagonista desde un hombre común hasta el líder de la resistencia con una serie de matices que denotan el crecimiento del héroe. Su interpretación equilibra la vulnerabilidad del personaje con su determinación.

Los momentos más intensos de la serie recaen sobre los hombros de un Darín que responde con una actuación estoica pero emotiva. Son destacables las escenas que comparte con el personaje de Favalli (su amigo científico), donde la amistad y la confianza mutua se construyen con miradas y silencios. Su habilidad para el rifle. Su lectura del terreno con ojos de estratega militar. Sus alucinaciones y flashbacks de su participación en la Guerra de las Malvinas. Todo deslumbra cuando la trama principal sigue a Darín.

El departamento artístico ha huido de la Buenos Aires de los años 50 de manera eficaz, centrándose en un presente reciente. La atención al detalle se aprecia desde el mobiliario de la casa de Juan Salvo hasta los automóviles de época. Los espacios interiores, especialmente la casa donde se refugian los protagonistas, evolucionan a lo largo de los episodios, reflejando la transformación del mundo exterior: desde un hogar hasta una fortaleza improvisada y finalmente un punto de resistencia. La «nevada mortal» —la precipitación tóxica que marca el inicio de la invasión— constituye uno de los elementos visuales más memorables de la serie. Los copos luminosos que flotan antes de provocar la muerte crean una imagen tanto poética como terrorífica. Esta dualidad entre belleza y horror permea la estética de la serie.

La fotografía administra la luz de manera efectiva. Los primeros episodios muestran una paleta cálida que se va enfriando con el avance de la invasión. Es notable el trabajo con la iluminación en las escenas nocturnas durante la nevada mortal, donde la luz azulada de los copos tóxicos contrasta con la calidez amarillenta de las lámparas domésticas.

Fotografía de Daniel Castelo, propietario del cómic original.

Las secuencias en los túneles del subterráneo y alcantarillado de Buenos Aires, donde se refugian algunos sobrevivientes, están filmadas con un estilo que transmite la sensación de aislamiento y peligro.

Un elemento que destaca en la serie es la representación de Campos de Mayo, la guarnición militar que en la adaptación se convierte en un punto clave de la resistencia humana. Este lugar, que en la historia argentina real funcionó como centro clandestino de detención durante la dictadura militar, adquiere en la serie una dualidad significativa. Por un lado, representa la organización necesaria para enfrentar a los invasores; por otro, se convierte en un espacio donde se replican estructuras de poder verticales y cuestionables. Esta elección narrativa establece un paralelo sutil pero efectivo con el rol histórico de las instalaciones militares en Argentina, añadiendo la necesaria capa de complejidad moral a la historia.

El rol del ejército en la serie también presenta matices que enriquecen la narración original. A diferencia del cómic, donde las fuerzas militares aparecían de forma más homogénea, la adaptación muestra divisiones internas, oficiales con diferentes visiones sobre cómo enfrentar la amenaza y dilemas morales sobre los métodos empleados. Esta representación permite explorar las tensiones entre la necesidad de estructura y disciplina frente a una amenaza existencial, y los peligros de los sistemas autoritarios, incluso cuando surgen de la necesidad de supervivencia.

Uno de los desafíos más importantes al adaptar El Eternauta era dar vida a los diversos invasores alienígenas: los «Cascarudos» (escarabajos gigantes), los «Gurbos» (monstruos que manipulan el frío) y los «Manos», entre otros (aquí ya estoy siguiendo el texto original). El equipo de efectos visuales ha creado (perdón la redundancia) criaturas que conservan la esencia del cómic original pero adaptadas a un lenguaje visual contemporáneo.

El CGI se utiliza con precisión, sin dominar toda la narración. Los «Hombres-robot» —humanos controlados por los invasores— son funcionales desde el punto de visto estético y narrativo, con un diseño que combina elementos prácticos (maquillaje y vestuario) con efectos digitales que aumentan la verosimilitud de su presencia. Las escenas de batalla en las avenidas nevadas de Buenos Aires, como el enfrentamiento en la avenida 9 de julio, equilibran la espectacularidad con la tensión dramática, evitando el exceso de efectos.

La música de la serie, compuesta por Federico Jusid, merece mención especial por su contribución a la atmósfera general. La banda sonora combina elementos orquestales tradicionales con sonoridades electrónicas que evocan tanto la época en que se ambienta la historia como su carácter de ciencia ficción. Particularmente eficiente es el uso de instrumentos tradicionales argentinos que aparecen sutilmente en momentos clave, conectando la invasión alienígena con la identidad cultural de los personajes. El tema principal, con sus cuerdas tensas y progresión inquietante, se ha convertido en un leitmotiv reconocible que anticipa los momentos de mayor tensión. El silencio también juega un papel fundamental en el diseño sonoro, especialmente durante la caída de la nevada mortal, donde la ausencia de música amplifica el impacto visual y emocional de la escena. Mención especial: la canción «Cuando pase el temblor», de Soda Stereo, en el capítulo donde aparecen por primera vez los gigantes escarabajos kafkianos.

La adaptación mantiene el núcleo narrativo del cómic de 1957 pero introduce cambios que enriquecen la historia; por ejemplo, el personaje de Elena (¿Elsa?), esposa de Juan Salvo (¿Héctor?), recibe un desarrollo mayor que en el cómic, transformándose en una figura activa de la resistencia. Esta decisión narrativa aporta profundidad al drama familiar sin traicionar el espíritu del material original.

La serie también expande el trasfondo de los invasores, proporcionando contexto sobre los «Ellos» (los seres que controlan la invasión), aunque mantiene cierto misterio sobre sus motivaciones, preservando la ambigüedad del cómic.

El ritmo narrativo es, obviamente, donde se encuentran diferencias significativas. Mientras el cómic avanzaba con un tempo constante, la serie alterna momentos de acción con pausas que permiten desarrollar los personajes y sus dilemas morales. Por cierto, para los que deseen leer el cómic original, pueden descargarlo en el siguiente enlace: https://ia903104.us.archive.org/4/items/139085831eleternautaparte01pdf/139085831-El-Eternauta-Parte-01-pdf.pdf

La serie preserva la dimensión alegórica del original. Si en 1957 El Eternauta podía leerse como una advertencia sobre los totalitarismos, la guerra fría, los peligros de la bomba atómica, la adaptación de Netflix muestra la vigencia de estos temas en la era contemporánea, en plena presidencia de Milei y el segundo Trumpismo.

Las referencias a la «invasión» como metáfora de las fuerzas opresoras se mantienen, pero se incorporan elementos que conectan con preocupaciones actuales: la manipulación mediática, la vigilancia tecnológica y la resistencia colectiva frente a poderes externos.

Esta adaptación puede verse como un homenaje a Oesterheld y su familia, mejor dicho a todas las víctimas de la dictadura argentina, transformando El Eternauta no solo en una aventura de ciencia ficción sino en un recordatorio de la importancia de la memoria histórica y la resistencia ante la injusticia.

La primera temporada consigue honrar el material original, pero trata la historia con voz propia. La combinación de actuaciones sólidas, dirección artística coherente y efectos visuales al servicio de la narrativa crea una experiencia que puede satisfacer tanto al cenáculo de los conocedores del cómic como a nuevos espectadores.

Esta serie representa un paso importante para la industria audiovisual latinoamericana y para el género de la ciencia ficción, demostrando que las historias de color local pueden adquirir resonancia universal cuando están construidas sobre personajes humanos y dilemas morales que todos hemos tenido. Este producto sigue la estela de series recientemente adaptadas de obras previas como Cien años de soledad, Pedro Páramo y Como agua para chocolate.

El único problema que encuentro (pero me hago de la vista gorda por amor a Darín) es la esquematización con la que Netflix trata a sus series. Esto va más allá del tipo de cámaras que obligatoriamente piden usar. Hay un aire norteamericano en algunas escenas, en la construcción de atmósferas, en planos que tienen que ver con las convenciones del género. Son los sacrificios que una serie argentina debe hacer para recibir los millones necesarios para la producción.

Explico lo que es el look Netflix: es una monotonía estética que oscila entre lo muy brillante o lo muy oscuro. Hay un approach de la forma por encima de la sustancia. Esto se nota en el imperdonable bache del personaje que se toma una botella de whisky Blue Label y amanece en un sitio exageradamente distante, por dar tan solo un ejemplo de un descuido en el que se nota que lo más importante es lo formal. Es lo que ha dado en llamarse «prestige television», un estilo en el que todo luce cinemático para estar a la altura de las producciones que antes se proyectaban en el cine.

Las escenas nocturnas, sobre todo, tienen ese sello Netflix: colores saturados, paleta enlodada en los tonos, los rostros bañados de neón en las escenas interiores… No quiero meterme en el abuso del ángulo holandés (que en The Brutalist, en la escena del arribo a la estatua de la libertad, sí tiene su razón de ser). Son los filtros de la primera etapa de Instagram pero aplicados ahora al audiovisual de plataforma.

Este problema está también latente en otras series de procedencia argentina. Para ejemplo, véase El amor después del amor sobre la carrera de Fito Páez, también de Netflix, que tiene múltiples ejemplos de ese homogeneización que ordena Netflix en el supuesto afán de ayudar a sus empleados. La dictadura de la plataforma es tan conocida entre los cineastas que estos deben sufrir cosas como un memo con el porcentaje exacto de tiempo de pantalla al usar una cámara no aprobada previamente.

Estos reparos que he puesto en los párrafos precedentes quizá son inútiles porque precisamente ese aire ordinario es lo que hace que los suscriptores de Netflix la hayan convertido en un fenómeno de grandes resonancias. Después de todo, lo que las plataformas nos ofrecen son algo así como las telenovelas reconvertidas a un formato de streaming y la masa no quiere propuestas al estilo de Jean Luc Godard o Stanley Kubrick, por nombrar solo a dos genios que han incursionado de manera personalísima en el género de la SciFi.

Eternauta (merecidamente la serie número uno en la plataforma de streaming) no es simplemente una adaptación de un cómic; es un puente inter-generacional, una muestra del poder de la narrativa audiovisual para preservar la memoria y un testimonio visual de que, como sugería Oesterheld en el prefacio del cómic, el héroe válido es el héroe colectivo (cachetada para Marvel).​​​​​​​​​​​​​​​​ «Nadie se salva solo», como dice Oesterheld en su cómic. Todos somos parte de un grupo que nada hacia la Otra Orilla.

¿Qué sentido tiene gastar $9000 la noche por estar en un resort internacional? Esta pregunta parece resonar con más fuerza en la tercera entrega de la popular serie de Mike White que transmite HBO Max y que ha ganado más de una veintena de premios incluyendo el Emmy y el Globo de Oro. Antes de empezar mi crítica debo resaltar que una noche en el Pikaia Lodge, en la Isla Santa Cruz en Galápagos, roza los $ 7000. No quiero entrar en detalles como su ubicación: está construido al borde un volcán extinto y que Leonardo di Caprio estuvo hospedado allí en 2021. Superado el dato curioso, entramos de lleno a nuestro tema.

La tercera temporada de “The White Lotus” continúa su mordaz exploración del turismo de élite, esta vez trasladando su punto de vista crítico desde las costas de Hawái y los paisajes mediterráneos de Sicilia, a las exóticas playas de Tailandia. Como en sus predecesoras, White utiliza el microcosmos de un lujoso resort para su autopsia cultural de privilegios, neurosis, fobias y la insatisfacción perpetua de sus adinerados huéspedes.

A diferencia de las temporadas anteriores, donde el misterio central se revelaba desde el principio, esta nueva entrega juega su Póker con astucia, reservando la revelación del autor de la matanza para el episodio final. Esta decisión de estructura, al máximo arriesgada, genera una tensión acumulativa que se sostiene a lo largo de los episodios, manteniendo al espectador en constante especulación con la pregunta Whodunit.

La banda sonora de Cristóbal Tapia De Veer merece especial reconocimiento. Su composición, inquietante y hipnótica, se ha convertido en un sello distintivo de la serie, amplificando la sensación de paraíso perdido que impregna cada escena. Sus arreglos evocan tanto la belleza seductora como la inquietante extrañeza del entorno, subrayando la dualidad que atraviesa este atado de ocho episodios.

El verdadero tour de force de esta temporada reside en el extraordinario don de Mike White para crear y entretejer una pléyade de personajes complejos y memorables. Parker Posey deslumbra como Victoria Ratliff, cuyo acento sureño se ha convertido en un fenómeno viral en redes sociales. Su interpretación de una mujer privilegiada, y a la vez profundamente insatisfecha, encuentra el contrapunto perfecto en Jason Isaacs, quien da vida a su atormentado esposo al borde del suicidio.

La constelación familiar se completa con Patrick Schwarzenegger y su controvertida relación incestuosa con su hermano, mientras que el personaje de Piper, obsesionada con unirse a un templo budista que está cerca del complejo turístico, aporta un contrapunto irónico entre la búsqueda de espiritualidad y el entorno de excesos materiales.

El trío conformado por Carrie Coon, Michelle Monaghan y Leslie Bibb, como las amigas cuarentonas que convierten su viaje en una expedición de turismo sexual, ofrece algunos de los momentos más hilarantes de la temporada. El trío en búsqueda de validación y juventud perdida resulta algo tan cómico como trágico.

La fauna de personajes extraños incluye a Walton Goggins que interpreta a un hombre amargado cuya experiencia turística se transforma en una misión de venganza, añadiendo una capa de oscuridad a la trama. Se parece intencionalmente al personaje principal de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, buscando al Coronel Kurtz por la selva del Congo belga para matarlo. En esta subtrama resulta notorio el cameo de Sam Rockwell como amigo de Goggins.

La incorporación de la cantante Lisa, del grupo Black Pink, al elenco como parte del personal del resort y su amistad con el guardia de seguridad (Tayme Thapthimthong) ofrece una perspectiva desde “el otro lado” como excusa para escuchar diálogos en lengua nativa; mientras que el regreso de Natasha Rothwell y John Gries (de la temporada anterior) proporciona un hilo conductor narrativo que enriquece el universo de la serie. Es una lograda subtrama que se desprende la anterior entrega.

Pese a las virtudes anotadas, este White Lotus no está exento de defectos. El tratamiento sensacionalista de temas como el incesto o la relación entre el joven Schwarzenegger y el personaje interpretado por Charlotte Le Bon roza por momentos la provocación gratuita. Parece ser parte de elementos que parecen más orientados a generar controversia que a profundizar en la caracterización.

Otro punto débil radica en la postergación excesiva de la intriga central. A diferencia de las dos temporadas anteriores, donde el misterio servía como marco para explorar a los personajes, aquí la revelación tardía del responsable de la matanza diluye parte del impacto dramático y resta coherencia a ciertos arcos narrativos.

Las conversaciones entre los personajes, aunque brillantemente interpretadas, caen ocasionalmente en la superficialidad, reflejando de manera demasiado literal el vacío que impera en sus vidas privilegiadas, pero sin ofrecer la profundidad que caracterizó otros momentos de la serie. También extrañamos esas intertextualidades de la historia del cine (tan sólo recordemos a Aubrey Plaza recreando una escena de La aventura de Michelangelo Antonioni en la temporada anterior). En esta tercera entrega la única sutileza es interpolar imágenes simbólicas de la fauna, la flora o las peleas de ese deporte nacional que es el box tailandés llamado muy Thai. Esos clips de pugilato sirven como un comentario de la matanza que se avecina.

La fotografía de Xavier Grobet, si bien es técnicamente impecable, resulta excesivamente preciosista. Su captura de los paisajes tailandeses, aunque deslumbrantes, se asemejan tanto a postales de turismo que por momentos parecen extraídas directamente de una campaña promocional del ministerio de turismo de Tailandia, contradiciendo irónicamente la crítica social que pretende articular la serie. Es como cumplir con las instituciones pero al mismo tiempo punzarlas.

A pesar de estos tropiezos, “The White Lotus” sigue siendo una de las propuestas más sólidas del vasto panorama del streaming actual en el que las series han reemplazado a las telenovelas de antaño. Su mayor acierto continúa siendo su incisiva crítica al turismo de lujo, exponiendo con agudeza los contrastes entre la opulencia de los huéspedes y la precariedad de las comunidades locales que los acogen. Resulta particularmente irónico que la serie, concebida como una crítica al turismo de élite, haya impulsado, en estos últimos meses, significativamente el turismo en Koh Samui, convirtiendo la locación real en un destino codiciado para los espectadores deseosos de experimentar el “auténtico” White Lotus.

Entonces, ¿qué sentido tiene gastar $9000 la noche por estar en un resort internacional? Quizás ninguno, o talvez el mismo que impulsa a los personajes de White: la ilusión del dinero como catalizador no solo de exclusividad y belleza, sino también de una evasión temporal de los problemas que, inevitablemente, viajan con nosotros doquiera que vayamos (tan sólo hay que ver cómo sufre el personaje de Jason Isaacs en su subtrama de fraude financiero). La brillantez de “The White Lotus” (que contiene el apellido del director Mike White) radica precisamente en mostrarnos que, por muy paradisíaco que sea el destino, el equipaje emocional (aquel en el que aún no se fijan las aerolineas) siempre supera el límite permitido.

No es usual que una película de horror en alemán se proyecte en los cines locales. Entre tanta maleza de Marvel, Disney y filmes hechos con IA, aparece esta joya de sórdida belleza. Des Teufels Bad (El baño del diablo), ganadora del Festival de Sitges 2024, tiene doble crédito en la realización: Veronika Franz y Severin Fiala. La pareja de directores ha creado una extraña obra de horror folclórico, ambientada en un pueblo de la Alta Austria en 1750.

La película se basa en los registros de archivos históricos de ciertas regiones rurales de la Austria del siglo XVIII de casos de mujeres que cometían asesinatos, no por maldad o venganza, sino como un intento desesperado de ser ejecutadas y recibir así la «absolución» de la muerte cristiana. Este ciclo ritual de violencia y culpa, nacido de la desesperación espiritual y el abandono social, es la semilla del diablo de esta fábula de pesadilla.

Qué rareza ver una película con parajes verdosos naturales o el río en el cual pescan los aldeanos. Sin teléfonos móviles (obvio, por el siglo en el que se desarrolla la trama). Todos los actores ostentan rostros auténticos, genuinos. Nadie es conocido, ninguno es una súper estrella. Las imágenes más turbadoras son las de los chivos que son destripados sin piedad frente a la cámara. Sobre todo, la del cadáver decapitado de la mujer al principio del filme. En lo alto de una colina se exhibe el cuerpo sentado en una silla, mientras a su diestra se aprecia su cabeza en una jaula colocada en un pedestal. Con esta economía de elementos basta para inquietar a cualquier espectador inteligente.

La pelicula no trata sólo del descenso a la locura de una joven recién casada, sino de una comunidad enloquecida por la represión. El personaje principal llamado Agnes -interpretado con una profundidad y una contención devastadoras por Anja Plaschg quien también hace la música del filme- es un cuerpo que cae por el peso del silencio y el pecado. Plaschg es fascinante: pálida, con los ojos muy abiertos y apenas aferrada a la realidad, ofrece una interpretación de un fatalismo casi en trance. No pide compasión. Exige que el espectador sea testigo.

La aldea, por su parte, es un personaje en sí mismo. El diseño de producción rural es meticuloso (caminos cubiertos de barro, vigas de madera podridas, huesos de animales colgados como campanas de viento) y la dirección artística se adentra en una oscuridad milenaria. Vale la iluminación con velas. La luz no penetra entre estos muros. Los trajes no son estilizados trajes de época; están raídos, llenos de piojos, pesados con el hedor de la grasa animal y el sudor frío. Son ropas para ser enterradas. Prendas de cadáveres.

El director de fotografía Martin Gschlacht capta la estética gótica con una elegancia brutal: su cámara se detiene en viñetas estáticas, evocando un horror vacui que recuerda el género pictórico de la naturaleza muerta. No es horror estilizado, es horror vivido. Inevitable pensar en el sol de Midsommar (2019) de Ari Aster, Des Teufels Bad también encuentra su horror en la claridad de su entorno, pero aquí la luz es gris, fría e indiferente. No hay catarsis. Sólo el lento avance de la Parca que se acerca.

El reparto secundario es una galería de rostros amenazadores, curtidos y mórbidos. Destaca la madre del esposo de Agnes. Visita diariamente la casa de los recién casados y exige que la nuera sea una excelente cocinera, sin dejar de preguntar cuándo quedará embarazada. Wolf, el esposo, vive para el dictamen de su madre, y para tareas comunitarias como la recolección de peces en el río. Son personas que no le temen al mal, sino que se ofrecen a él. Viven en simbiosis ritual con la madre naturaleza, no como fuente de alegría o generosidad, sino como una deidad cruel a la que hay que apaciguar. Su fe no es cristiana, sino pagana en su sufrimiento. Aquí no hay redención posible, sólo el ritmo de tres estaciones: el nacimiento, la sangre y el entierro.

El horror en Des Teufels Bad no está en los sustos ni en las visitas demoníacas. Quienes esperen ver al diablo pierden el tiempo. El mal está presente en cada acto humano de una aldea donde se mata en nombre de Dios. Está en la mirada de un marido que ofrece deber pero no amor. En la comunidad que responde a la locura con sermones y desprecio. En el acuerdo silencioso de que la muerte es mejor que la desgracia y que matar a la loca de turno es lo que engrasará el engranaje del pueblo para que siga funcionando.

En una época en la que los estudios apuestan cada vez más por los fantasmas hechos en CGI y los monstruos digitalizados, Des Teufels Bad nos recuerda que el terror vive en el suelo de nuestra aldea, en el pasado que nos persigue, en la silenciosa desesperación de vidas condenadas de antemano. Se trata de una película excepcional: un descenso al horror histórico, tan artesanal como conmovedor. Y demuestra, sin lugar a dudas, que el género todavía está vivo, pues resulta capaz de ofrecernos una historia genuina y desgarradora, sin una pantalla verde de por medio.

En Parthenope (2024) Paolo Sorrentino esculpe un relieve cinematográfico que contempla con añoranza su natal Nápoles, el Mediterráneo y la belleza del fracaso. En el centro de la trama se encuentra una mujer cuyo nombre es demasiado simbólico, Parthenope, como la sirena mitológica que se ahogó al ser ignorada por Odiseo; también es el nombre ancestral de la ciudad de Nápoles. De hecho, la primera escena del filme nos enseña a una mujer dando a luz, al personaje principal, en plena agua de mar, enfatizándonos su origen ultramarino. Pero la Parthenope de Sorrentino no se ahoga como en el mito original, sino que perdura y, al hacerlo, se convierte en una de las creaciones más recordadas del director, sobre todo por la primeriza artista que la interpreta.

Celeste Dalla Porta (Milán, 1997), la actriz principal, radiante e inteligente, nos ofrece una Parthenope de contrastes: sensual y cerebral, etérea y, al mismo tiempo, con los pies en la tierra; desnuda o vestida, fumando un cigarrillo a lo Lauren Bacall; coqueta, recibiendo cual una Sofía Loren o una Mónica Bellucci la adoración del género masculino, ya sea vestida de tul o bikini. Hay algo de fatalidad en su belleza que es como una carga que tiene que llevar por doquier («la belleza como la guerra, abre puertas», dice un personaje). Aunque no tiene la voluptuosidad de la Loren o la Bellucci, tiene el encanto de un mito y la complejidad psicológica de un personaje shakespereano.

Particular la escena rodada en el interior de la Iglesia de San Gennaro. Después del rito público de la licuefacción de la sangre del santo, Parthenope se disfraza de papisa y tiene un acercamiento erótico con el obispo de la ciudad. La cámara juega de manera minuciosa con todos los ajuares que visten a una autoridad religiosa, en pleno espacio sacramental. Aunque la cópula no se concreta, la cámara no deja de explorar la iglesia más emblemática de la ciudad. Si en el rito público la sangre no se licuó (para desazón de los feligreses), una vez que Parthenope alcanza el orgasmo de la mano de su obispo, vemos cómo el líquido enseguida se mueve dentro de la ampolla de vidrio, dejando atrás su estado sólido. Parthenope obra así uno de los tantos «milagros» que aparecen a lo largo del filme.

Su temprana ambición de convertirse en actriz no se trata, en el segundo acto, como un capricho juvenil, sino como un hambre metafísica, un anhelo de visibilidad, trascendencia y belleza. Cuando este sueño se malogra, su arco narrativo no se derrumba en una tragedia; por el contrario, se inclina hacia una dimensión pedagógica. Ella se convierte en profesora de filosofía, no por resignación, sino por descubrimiento vocacional y una reorganización de sus valores morales. Queda, sin embargo, el sabor de la derrota, de lo que se pudo haber sido y no fue. No es gratuito que Sorrentino ponga a Stefania Sandrelli (Viareggio, 1946), una de las actrices más hermosas que ha dado el cine italiano, en el papel de la Parthenope mayor.

Un elemento memorable del filme es el cameo de Gary Oldman, como el escritor estadounidense John Cheever, que se convierte en la fuerza sísmica del primer acto. Oldman interpreta a Cheever como un oráculo alcoholizado: irónico, melancólico, empapado de ginebra y perspicacia. Tiene un aire al Dirk Bogard de La muerte en Venecia. Su presencia es fugaz, pero crucial: se convierte en la persona que reconoce lo más latente en Parthenope, algo que es a la vez, literario y trágico, pero, sobre todo, obstinadamente vital.

Su encuentro no está cargado de ningún tipo de romanticismo, sino más bien de reconocimiento metafísico. Él la ve como ella realmente es, y es este acto de reconocimiento intelectual lo que constituye el gran giro de la trama vital de la protagonista. Difícil de olvidar es el momento en el que Parthenope se le insinúa y él le dice de manera tajante que no, que no desea robarle ni un solo minuto de su juventud. Cheever, en manos de Sorrentino, se convierte en una especie de bisagra entre el primer y el segundo actos. Habla, como en sus relatos, de vidas a medio vivir, de anhelos nunca del todo cumplidos, y al ser una criatura oracular, ofrece a Partenope un espejo en el que vislumbrará un camino doloroso, pero más duradero.

La cámara de Sorrentino queda embelesada por Nápoles y por Celeste Dalla Porta. La ciudad se convierte en protagonista por derecho propio: dorada, sagrada, carnal. Parthenope en un traje de baño de dos piezas mientras lee un libro. El Mediterráneo brilla como un mito líquido, reflejando no sólo la luz, sino también la memoria, el dolor y la libertad extática. Parthenope aparece en una escena con el busto desnudo. Lo sagrado está en todas partes: en el mar, en los rostros de las ancianas que rezan en las iglesias, en la reverencia con la que la cámara trata el tema del fútbol que es tan sagrado en esa ciudad. La protagonista sale del mar con su larga cabellera mojada. Maradona, el santo no oficial, aparece en la película como un fantasma benévolo en una bandera, como un símbolo de la perfección perdida, del hermoso fracaso. Parthenope apareciendo ligera de ropas de manera inquietante recordando a una extensa tradición de hermosas actrices italianas (Ornella Muti, Laura Antonelli, Mariangela Melato, Sofía Loren, Gina Lollobrigida, Mónica Vitti, Stefania Sandrelli, Monica Bellucci, Edwige Fenech) que hicieron también todo aquello que sus respectivos directores les dijeron: muestren vuestros hermosos cuerpos de las maneras más sutiles y hagan soñar a todos los espectadores que puedan. La debutante Celeste Dalla Porta es una mujer delgada de 27 años que constituye un importante descubrimiento por parte de Sorrentino, aunque a ratos parezca ser una portavoz del director en cuanto a ideas, ocurrencias, declaraciones, metas estéticas. Su presencia magnética permite constatar que los símbolos eróticos en el cine, aún son posibles. Ahora que social media lo ha contaminado todo y le ha quitado la magia a la esfera sensual, la cámara que se enamora de Parthenope, termina enamorando al espectador.

En el filme de 132 minutos hay resonancias filosóficas y cinemáticas por todas partes: ecos de Platón y Pasolini, además de un determinismo mítico y cierto nihilismo existencial. El guion es literario en el mejor sentido: está lleno de gracia aforística, con silencios que significan más que las palabras. Sorrentino no sólo escribe diálogos; compone un pensamiento audiovisual que ya está presente en sus anteriores filmes como La Giovanezza (2015) o La Grande Bellezza (2013). Y a pesar de todo, Parthenope perdura. No como la sirena ideal, sino como una mujer que al final se decide por la cátedra: lee, enseña, recuerda. Una mujer que no se casa, no tiene hijos, pero se convierte en algo más duradero que una actriz: es una mente brillante que será faro intelectual para las generaciones por venir.

Parthenope es una carta de amor no sólo a Nápoles, a la belleza femenina o al mar, sino al acto de elegir una vida con sentido cuando la luz de la sala de cine se enciende. Es, en definitiva, un mito reescrito: una sirena que entra y sale del océano, se convierte en humana y luego en criatura marina, que se va y luego regresa para quedarse, pero que enseña a otros a ver.

Coup de chance (2023) de Woody Allen, que está disponible en Amazon Prime, pasó desapercibida para el pequeño y gran público desde su fecha de estreno. En el 2020 pude ver, casi solo en la sala de Supercines, el filme Rifkin Festival que se desarrolla en San Sebastián y que quiso ser una sátira de los festivales de cine europeos. Con la financiación en Estados Unidos ya vedada -debido en gran parte a las acusaciones y polémicas que rodean su vida personal desde hace tiempo- Allen se ha parapetado en Europa y ha montado su quincuagésima película en los esplendorosos barrios de París. El resultado es un noir, hablado en francés, que se hace eco de sus preocupaciones de siempre: el destino, la culpa y el deseo, todo empaquetado en elegantes envoltorios que son atrayentes por fuera, pero no tan seductores una vez abiertos.

La trama, que parece extraída de un personalísimo cuaderno de clichés, sigue a Fanny (Lou de Laâge), una hermosa joven que aparentemente vive la vida perfecta: casada con un carismático multimillonario, Jean (Melvil Poupaud), y viviendo en la cima del lujo parisino. Pero cuando se cruza con Alain (Niels Schneider), un joven escritor en apuros y antiguo amor de instituto, el destino -o el azar, según el título del filme- pone en marcha un enredo romántico insoportablemente previsible y estilizado.

El director que alguna vez hizo carrera inyectando, a situaciones ordinarias, ampolletas de ingenio mordaz y ambigüedad moral, inserta giros a la maldita sea que se desarrollan de manera mecánica. El ama de casa reprimida. El escritor solitario y sensible. El marido obsesivo y celoso que recluta a un investigador privado para que persiga a su mujer. Estos personajes parecen retazos de personas de guiones perdidos hace tiempo, revividos con acento francés y ropa de alta costura.

Sin embargo, lo que salva a Coup de chance de la mediocridad es su señorío visual. El director de fotografía, el italiano Vittorio Storaro, de 84 años, en su cuarta colaboración con Allen, baña cada fotograma con el tono dorado de los sueños recordados (ah, París, Ciudad Luz). Los exteriores brillan con una melancolía otoñal, pero son los interiores los que más fascinan y le hacen a uno olvidar las tonterías que se van contando en la pantalla. Storaro elige una paleta distinta para cada ambiente interior: azules fríos para la estéril opulencia de la casa de Jean, ámbares cálidos para los espacios clandestinos de la aventura de Fanny, sepias crudos y sombras a lo Da Vinci cuando la paranoia se instala en el interior. La iluminación no sólo es bella (perdón la cursilería), sino también expresiva, y tiene más peso emocional que el guion no tiene.

Más allá de los interiores, es la propia capital de Francia la verdadera protagonista de la película, algo que ya sucedió con Midnight in Paris (2011) que ganó el Oscar al mejor guion original. Storaro no sólo ilumina la ciudad, sino que la venera sin pudor alguno. El resplandor dorado de la mañana en el Parc Monceau. Las sombras moteadas a lo largo del Sena. La discreta elegancia de las tranquilas calles del 7º arrondissement. Cada lugar es tratado con reverencia pictórica, como si Storaro canalizara los espíritus de los impresionistas franceses a través de su objetivo. En una escena destacada, los amantes caminan por el Bois de Boulogne bajo un dosel de hojas otoñales, cada una iluminada como si hubiera sido insertada manualmente. La película es tan perfecta visualmente que a veces parece haber sido hecha con el odioso 4K. Lástima que esa perfección no está en otros aspectos del filme.

Spoiler alert. El final, sin embargo, es puro Allen. Como para recordarnos que el azar lo gobierna todo, El esposo celoso muere, no por sus propias maquinaciones o por los pecados que descubre, sino por un accidente fortuito, un golpe narrativo tan agudo que parece la declaración de una tesis doctoral sobre Albert Camus. Es un encogimiento de hombros nihilista, que recuerda a Match Point (2005) o a Crimes and Misdemeanors (1989), pero esta vez sin la gravedad emocional y sin todas las genialidades situacionales. Se podría sospechar que Allen, a sus 89 años, recurre a material conocido no porque tenga más que decir, sino porque son las únicas historias en las que quiere apoyarse, como igual confía en el jazz de siempre para su banda sonora o la misma tipografía Windsor que usa para sus secuencias de créditos.

Hay una perfección esterilizada en Coup de chance, como la sala de un museo que ha sido preparada para una exhibición grande, pero que carece de alma artística. A pesar de su esplendor visual y sus correctas interpretaciones, la película parece un palimpsesto de obras mejores, tanto de Allen como de otros. Es una cinta hecha por un director exiliado no por la geografía sino por el momento cultural del Me Too. Es su forma de decir que puede conseguir con facilidad, en otro continente, el tan negado financiamiento norteamericano.

El repetir esquemas narrativos ya manoseados por él mismo en filmes previos es una rabieta de viejo que no se le puede perdonar aunque sea Woody Allen. Tanto si se trata de su canto del cisne como de otro título de una filmografía interminable, Coup de chance funciona (o mejor dicho, es disfuncional) como un refinado eco de una voz que alguna vez fue poderosa. Vamos a ver qué nos regala Allen después de los 90 años de existencia. Ya ha filmado en Francia, España e Italia. Veremos qué rumbo final tomará una filmografía que está a punto de concluir.

Valentine Edward Kilmer, el carismático y versátil actor cuyas interpretaciones cautivaron al público durante cuatro décadas, falleció el 1 de abril de 2025 a la edad de 65 años debido a complicaciones derivadas de una neumonía. Nacido en Los Ángeles en 1959, Kilmer pasó de ser un actor de teatro, formado en Juilliard, a convertirse en un símbolo de Hollywood gracias a una serie de papeles memorables que mostraron versatilidad y dedicación a su oficio.

Vi por primera vez a Kilmer en 1984, en los Policines, del centro comercial Policentro, en Guayaquil. Era una comedia desopilante llamada Top Secret de Jim Abrahams y los hermanos Zucker. La retina de mi memoria guarda ese rol principal en el que Kilmer propone una especie de sátira contra los héroes de los filmes de espionaje. Un contra-James Bond que hacía fonomímica de «Tutti-Frutti» de Little Richard, salvaba a la heroína de turno de los nazis y participaba en persecuciones hilarantes.

El papel más destacado de Kilmer llegó en 1986 con «Top Gun», de Tony Scott (el hermano de Ridley), donde encarnó al aviador naval Tom «Iceman» Kazansky. Su performance no sólo fue el complemento perfecto para el Maverick de Tom Cruise, sino que también consolidó su estatus de actor principal en Hollywood. 36 años después Kilmer volvió a interpretar este emblemático papel en la secuela de 2022, «Top Gun: Maverick», con una interpretación que resonó para las nuevas y anteriores generaciones. Con la ayuda de tecnología de avanzada se le dio la voz que había perdido debido al cáncer de garganta que lo aquejaba desde hace más de una década. El actor tenía en su cuello un hueco, producto de una traqueotomía, que le obligaba a llevar siempre una bufanda. Se comunicaba a través de un sencillo sistema de un parlante conectado a su traquea.

En 1991, Kilmer asumió el rol por el que seguramente será más recordado, el de Jim Morrison en «The Doors», de Oliver Stone, en particular por su interpretación en vivo de «L.A. Woman». En este época donde abundan las biopics de cantantes (y hasta ganan Oscars por hacer fonomímica) la interpretación del vocalista de la legendaria banda de rock californiana fue aclamada por la crítica. La dedicación de Kilmer era evidente: pasó meses aprendiéndose las canciones de The Doors (él las canta en la banda sonora), y su encarnación del Rey Lagarto no pasó desapercibida para el público y la crítica (recibió el premio MTV Movie Award), aunque la academia de Hollywood lo ignoró en las nominaciones a mejor actor pincipal.

En 1995 Kilmer no tuvo vergüenza de hacer el ridículo y de enfundarse la capa y la capucha en «Batman Forever», dirigida por Joel Schumacher. Metido en el papel de Bruce Wayne/Batman, aportó una intensidad melancólica al personaje, equilibrando la dualidad del Caballero Oscuro y su alter ego multimillonario. La película fue un éxito comercial (canciones incluidas: «Hold me, Thrill me, Kiss me» de U2 y «Kiss from a Rose» de Seal) y aunque no consolidó el lugar de Kilmer en el panteón de los superhéroes cinematográficos siguió siendo un actor de referencia.

En el género del western, la interpretación de Kilmer del pálido y febril Doc Holliday en «Tombstone» (1993) es una de sus más celebradas. Su interpretación del pistolero enfermo de tuberculosis está ya en la galería de los mejores personajes de las películas del Oeste, pronunciando frases con una mezcla de ingenio y amenaza que desde entonces se han convertido en perlas cultivadas. La película alcanzó un estatus de culto, y la interpretación de Kilmer suele destacarse como lo más memorable. Como secundario también brilló con la misma intensidad en Heat (1995) de Michael Mann, como el lugarteniente desalmado de Robert de Niro.

El histrionismo de Kilmer brilló en películas como «El Santo» (1997), donde interpretó al ladrón y maestro del disfraz Simon Templar (interpretado por Roger Moore en la serie de televisión). Su capacidad para adoptar sin problemas varios personajes (con diferentes voces) dentro de la película demostró un talento que nunca fue del todo reconocido. En lo particular recuerdo con mucho afecto dos filmes: el primero es At First Sight (1999) de Irwin Winkler en el que interpreta a un masajista ciego que se enamora de Mira Sorvino. La trama adquiere un giro insospechado cuando un tratamiento (operación incluida) le devuelve la vista perdida en Vietnam. Un mundo nuevo de sensaciones y sentimientos se abre ante el personaje que vuelve a perder la vista al final del segundo acto. El segundo filme es «Kiss Kiss Bang Bang», de 2005, en el que Kilmer interpretó a «Gay» Perry, un detective privado de agudo ingenio y personalidad compleja. Su química con el coprotagonista Robert Downey Jr. y su sentido de la comedia añadieron profundidad a la comedia neo-noir. La premisa de este filme fue retomada por Barry, la serie de HBO en la que Bill Hader interpreta también a un criminal de poca monta que se mete en un curso de actuación.

Val (2022), un documental para recordar a Kilmer

Pocos documentales alcanzan el nivel de intimidad y autoexploración de Val (2022), el retrato personal y poético del actor norteamericano Val Kilmer. Dirigida por Leo Scott y Ting Poo (dos jóvenes videoastas a los que originalmente había contratado para digitalizar sus archivos audiovisuales), la película (disponible en Amazon Prime) es más que una retrospectiva de su carrera; es una meditación existencial sobre la identidad, el legado y el precio de la devoción artística. Es también un testamento en el que vemos al actor dar sus últimos suspiros vitales.

Construido en gran parte a partir del extenso archivo de vídeos caseros del propio Kilmer -que abarca décadas y captura momentos íntimos entre bastidores en películas como Top Gun, The Doors y Batman Forever-, Val ofrece una mirada sin precedentes a la vida de un actor que fue tan venerado como rechazado. Egomaníaco, conflicto, pagado de sí mismo, vanidoso al extremo, confrontado dentro y fuera del set. Se podrá decir de él lo que se desee, pero siempre será incontestable el amor de Kilmer por la interpretación y sus luchas contra la maquinaria de Hollywood quedan evidenciadas en el filme, revelando a un artista cuyas ambiciones a menudo chocaban con las expectativas de la industria.

El propio Kilmer, que ha perdido la voz debido a un tratamiento contra el cáncer de garganta, narra su historia a través de su hijo Jack Kilmer, cuya voz evoca inquietantemente el tono juvenil de su padre. Esta elección creativa añade una capa de humanidad, como si Kilmer hablara desde el pasado y el presente, rememorando una vida que, a pesar de sus triunfos, ahora se siente dolorosamente distante.

El documental no rehúye la reputación de Kilmer de ser una persona con la que resultaba difícil trabajar, pero en lugar de presentar una contranarrativa defensiva, ofrece una visión de la profundidad de su compromiso artístico. Clips de sus días en Juilliard y su obsesiva preparación para los papeles -en particular su asombrosa transformación en Jim Morrison para The Doors– revelan a un hombre entregado a su oficio, casi siempre en detrimento de sus relaciones personales con Hollywood.

Sin embargo, Val no trata sólo de ambición profesional. También es una película profundamente personal sobre la familia, la pérdida y el renacimiento. Los momentos con los hijos de Kilmer, en particular con su hijo Jack, sirven como anclas emocionales, recordándonos que detrás de la personalidad de Hollywood siempre hubo un hombre en busca de conexión intelectual y emoción artística.

Las partes más conmovedoras de Val llegan en su segunda mitad, cuando Kilmer, frágil y con dificultades para comunicarse, se enfrenta a sus limitaciones físicas con humildad y humor. Su cuerpo le ha traicionado, pero su espíritu permanece intacto. La película nos permite ser testigos de su reconocimiento de la mortalidad de una forma que pocos actores se permitirían en la pantalla. Esto se va en contra de la egomanía de la que siempre se le acusó al actor. Su baño de humildad al borde de la muerte hace de este filme un documento único.

Val no es sólo un documental sobre un actor, es una meditación sobre la fugacidad de la fama y el poder perdurable de la narración. Scott y Poo elaboran una narración que es a la vez elegíaca y edificante, celebrando una carrera repleta de interpretaciones emblemáticas, a la vez que se enfrenta a las dolorosas realidades del envejecimiento y la enfermedad.

Para quienes crecimos viendo las películas de Kilmer, Val es un conmovedor homenaje a un artista complejo y a menudo incomprendido. Para quienes no estén familiarizados con su obra, es una introducción a un hombre que vivió para su arte, incluso cuando le costó su posicionamiento dentro del star system al cual nunca perteneció del todo. Al final, Val no habla de nostalgia, sino de lucha, la que permite a un artista seguir contando su historia, incluso cuando su voz (literalmente) ya no está. En este sentido la figura del scrap book de Kilmer (ese mamotreto en el que el actor guarda sus recortes, anotaciones y fotos) resulta una metáfora visual enriquecedora. Más aun ese diario íntimo que es la serie de videos domésticos en los que lo vemos compartir momentos privados con personajes como Marlon Brando. Kilmer se adelanta a los videologs y las historias de redes sociales ofreciéndonos un documento valioso para la eternidad.