
[John Le Carré] «The cat sat on the mat is not a story, but the cat sat on the dog’s mat is.»
[Errol Morris] And then I have my Le Carré version: The cat betrayed the dog by sitting on his mat.»
The Pigeon Tunnel (2023) es un documental de apenas una hora con treinta y cuatro minutos (disponible en Apple TV) sobre la vida y obra de John Le Carré que era el alias del escritor David Cornwell (1931-2020). Errol Morris (Nueva York, 1948) confirma su posición como uno de los documentalistas más innovadores de su generación, un cineasta capaz de abordar temas siempre controversiales. Su habilidad para desentrañar las complejidades del comportamiento humano y exponer los matices del poder, la mentira y la moralidad resulta más un tema para el cine de ficción, pero este neoyorquino se ha esforzado por incursionar en el género testimonial. Con obras fundamentales como The Thin Blue Line (sobre un asesinato cometido a sangre fría que permitió salvar a un hombre inocente de la pena de muerte) y la ganadora del Óscar 2003 al mejor documental, The Fog of War (sobre Robert McNamara quien fue secretario de estado de JFK y Lyndon B. Johnson), Morris redefinió el lenguaje audiovisual de su género al fusionar el periodismo de investigación con la narrativa audiovisual. En esta ocasión dirige su mirada hacia la figura enigmática del novelista británico John le Carré, autor de El espía que surgió del frío (1963), cuya vida personal estuvo marcada por la intriga, la traición y las ambiguas zonas éticas del mundo del espionaje.
John le Carré ocupa un lugar importante dentro de la literatura contemporánea, especialmente en su género. Gracias a él el público se deshizo de la imagen estereotipada de James Bond y la romantizada de Graham Greene. Con Le Carré aprendimos que el espía es débil, solitario, falible y que puede caer en cualquier momento si alguien lo traiciona. Desde la publicación de The Spy Who Came in from the Cold, sus libros fueron más allá del mero entretenimiento para convertirse en profundas exploraciones sobre la paranoia, la duplicidad y las contradicciones morales de la Guerra Fría. A través de personajes complejos como George Smiley, le Carré mostró el espionaje no como una aventura heroica, sino como un territorio sombrío donde la lealtad y la traición suelen confundirse. Sus novelas interrogan constantemente el costo de servir a un Estado y convierten al escritor no solo en un narrador magistral, sino también en un filósofo de la clandestinidad política.
En el libro (traducido al español con el título comercial de Volar en círculos) encontramos inmejorables definiciones de lo que es ser escritor: «Espiar y escribir novelas están hechos el uno para el otro. Ambas cosas exigen una mirada atenta a la transgresión humana y a los numerosos caminos de la traición. Los que hemos estado dentro de la logia secreta no lo abandonamos nunca del todo». Y vaya que Cornwell sí que espió, transgredió, traicionó y escribió algunos títulos memorables en el género de la novela de espías. Más adelante el autor anticipa sus confesiones: «El espionaje no me hizo descubrir el ocultamiento. Las evasivas y el engaño fueron las armas necesarias de mi infancia. Durante la adolescencia, todos somos un poco espías, pero yo ya era veterano. Cuando el mundo [del servicio] secreto vino en mi busca, me sentí como en mi propia casa». Pero esa casa, como lo escucharemos de su propia boca en el documental, tenía un simbólico cuarto vacío, con una puerta secreta.
Le Carré escoge la vejez como podio desde el cual hablar. Al final de su vida teje su relato mirando hacia atrás sin cortapisas. El octogenario escritor le dice a la cámara: «Los viejos atletas saben que han jugado sus mejores partidos cuando están en su mejor momento (in his prime). Los espías, en su mejor momento, están guardados en un estante. Y, de pronto, a cierta edad, quieres saber una respuesta. Quieres la carta de salida para tu libertad condicional en un cuarto secreto donde ansías que te digan quién dirige tu vida y por qué. Lo que pasa es que cuando llega ese momento, tú eres quien mejor sabe que el cuarto secreto está vacío». Pero esa habitación tiene una puerta: «I cannot define for you where reality goes through: the secret door into fiction. I would much rather go back to the notion that I painted of, ‘I live in that bubble, and I import stuff’.» Es quizá la mejor conceptualización que se ha hecho sobre el mundo secreto de un escritor: Vivir en una burbuja e importar cosas desde afuera hacia el interior de ese espacio creativo que está vacío, pero lleno de promesas de historias. En otra parte del documental desarrolla aún más esta idea fundamental: «Inside the bubble, I am abstracting from non-fiction and fictionalizing it. I want to take tidy stories out of the perceived reality around me. But I didn’t do any of that derring-do stuff that is reported in my books». Todo un arte de la novela lo que plantea Le Carré y su profunda visión del hecho novelesco lo pone a la altura de cualquier otro narrador canónico del siglo XX.
Me permito incluir a continuación otra larga cita del filme porque es una de las mejores definiciones que se han dado sobre lo que es ser escritor: «A writer is slightly out of tune. He is different. His methods of creation are the methods of a lonely person who is borrowing, abstracting experiences here and there, and putting them together and trying to make a parcel, if you like, which you can then offer to the public. In that sense, he’s an illusionist. And if people are constantly trying to look up his sleeve, then he’s going to spoil his trick. For me, writing is a journey of self-discovery every time. How characters behave, how they emerge, who they are, what appetites they have, they deliver themselves on the blank page and they tell me a little bit about who I am». El escritor como espía, ligeramente fuera de onda, diferente, solitario, viviendo en el mundo de las abstracciones, construyendo la parcela que le ofrecerá al público lector. Le Carré dora la píldora hablando del fabulador como ilusionista, pero su definición nos ayuda a desconfiar de él por sus claves personales: «Escribir es como un viaje de autodescubrimiento donde los personajes me dirán un poco sobre lo que soy». En el caso de los caracteres que construye John le Carré son siempre despreciables, poco honestos pese a la apariencia de gentlemen ingleses; «puñalines» es la palabra que se usa en el argot guayaquileño.
Sobre lo que es ser espía y el proceso de reclutamiento es el documental el que da más luz sobre un tema tan oscuro: «You’re looking for somebody who’s a bit bad, but, at the same time, loyal… with independence of spirit but looking for institutional embrace». Parece una definición de sí mismo: «un poco malo, pero al mismo tiempo leal, con independencia de espíritu pero buscando el amparo institucional». La traición como forma de vida siempre estuvo presente en David Cornwell: «I felt betrayed as a child, if you like. I felt that I had betrayed people myself. Like many artistic people, I have lived from early childhood inside an imaginative bubble». Vemos el concepto de burbuja como el espacio de la imaginación, pero aparece una declaración personal: el escritor de bestsellers se considera un artista y así lo repetirá de manera explícita más adelante. Los papas de la teoría literaria y del canon de seguro ven esta declaración como acto de abominable arrogancia. John le Carré no solo es un impostor que ha traicionado a los suyos en cada etapa de su vida, también se arroga un lugar dentro del canon llamándose artista.
El problema de nuestro escritor es el padre, siempre el padre: «My father was a confidence trickster (un embaucador de la confianza). Where pretense was everything. Life was a stage. Being off stage was boring. And risk was attractive». El progenitor era una embaucador profesional, de esos que cual saltimbanquis van de lugar en lugar estafando a todo el mundo. Declaraciones impúdicas para alguien que, según lo dicho por Morris en el documental, «ha llevado una doble vida por más de cincuenta años y que raramente ha concedido entrevistas». El momento cumbre es escuchar al exitoso novelista citar a Graham Greene: «La infancia es el balance de crédito del escritor».
Durante esa edad temprana, el escritor acompaña a su padre vividor a una gira de casinos. Recalan en Mónaco. En la terraza de una de esta casa de apuestas se encuentra con pichones de paloma que viven en cautiverio. Se las libera momentáneamente para que los asistentes del casino se dediquen a dispararles con escopetas. El niño las ve adentrarse por un túnel y se pone en el lugar de ellas: quizá piensan que están escapando hacia la libertad pero reciben balazos. Las que regresan vivas a la terraza se ponen a buen recaudo y vuelven a ser encerradas en sus jaulas. Él es de cierta manera uno de los pichones que regresa a salvo para seguir en cautiverio. La visión perseguirá toda la vida a ese niño. Esa contemplación es puesta en escena por un director que se esfuerza en mostrarnos el aleteo de las palomas y el fragor de los rifles. Luego logra lo más difícil con una toma espectacular: se nos muestra la casa familiar con el piso alfombrado por cáscaras de huevos de pichones. Más adelante aparecerá la misma imagen pero con centenares de huevos redondos, sin abrir. La metáfora es llevada hasta las últimas consecuencias porque la madre se va de la casa cuando David tiene cinco años de edad. Los dos niños Cornwell quedan en el nido vacío a merced del enfermizo padre. David volverá a ver a su madre al cumplir los veintiún años cuando estaba estudiando Letras en Oxford. Le preguntará por qué se fue y ella le responderá que estaba harta de los fraudes y las aventuras extramatrimoniales del hombre.
El padre merece un párrafo aparte. Es un embaucador profesional con varias casas, posesiones, chequeras, caballos, mujeres, negocios ilícitos. La esposa se va de la casa para siempre porque sabe que los amiguetes abogados de él la harán papilla en una corte. El padre lo lleva de paseo en sus andanzas. Algo le quedará de ese personaje paterno y se convertirá en un espía. Algo heredará de la frialdad y la astucia del progenitor. Cuando llega a ser famoso y millonario el escritor recibe un pedido paterno: quiere una suma astronómica de dinero porque ha calculado cuánto invirtió en su educación en Oxford. Aunque le tiene rencor al hijo porque le mintió: le dijo que iba a estudiar leyes y terminó estudiando literatura. La peor petición del padre viene de una cárcel de Indonesia donde cumple una condena por tráfico de armamento. John Le Carré tiene que pagar su fianza para liberarlo. El momento de la paz no llega cuando su progenitor muere. Tiene que asistir a tres entierros porque los distintos grupos de maleantes que lo veneraban le organizan tres servicios funerarios distintos. El fantasma del padre siempre va a revolotear en su vida y en su obra. No deja de ser fascinante leer todo esto en la edición en español de Volar en círculos (Bogotá, Planeta, 2018) y en la película de Morris.
La génesis de su novela más conocida es bien referida en el documental. El espía que surgió del frío nace de la experiencia de Cornwell como parte de la misión diplomática británica en Berlín. Le toca ser testigo privilegiado de la erección, en 1961, del muro que separará la Alemania comunista de la democrática. Escribe la novela desde la cuatro hasta las ocho de la mañana durante medio año: «And I had this rush of blood and anger. Found, as it were, a fable that served my purposes». Con esa subida de sangre (e ira) a la cabeza compone la obra por la que será recordado. El éxito internacional, con docenas de traducciones y reediciones, es inmediato. El personaje principal de su novela, Alec Leamas, dará la mejor definición de lo que es un espía en el mundo de Le Carré: «What the hell do you think spies are? Moral philosophers measuring everything they do against the word of God or Karl Marx? They’re not. They’re just a bunch of seedy, squalid bastards like me. Little men, drunkards, queers, henpecked husbands, civil servants playing Cowboys and Indians to brighten their rotten little lives. Do you think they sit like monks in a cell balancing right against wrong?». La definición también aplica a la de un escritor: el novelista también espía a los suyos y realiza esas actividades sinuosas que Leamas tan bien señala: «servidores públicos jugando a vaqueros e indios para iluminar sus pequeñas vidas podridas». No son monjes en una celda balanceándose entre el bien y el mal.
Su segunda novela más difundida es Tinker, Tailor, Soldier, Spy (1974), que fue difundida en español con el parco título de El topo, toca el tema del agente de doble cara de manera más descarnada: «If your mission in life is to obtain traitors, to win them over to your cause, you can hardly complain when one of your own turns out to have been obtained by somebody else». La lógica es impecable: no hay cómo quejarse si uno de los tuyos termina en el bando opuesto. Esa es la premisa de esta novela que gira alrededor de Kim Philby, el doble agente que trabaja tanto para Rusia como Gran Bretaña. Una declaración de Cornwell lo define muy bien: «Era adicto a la traición. Cuando no jugaba el doble juego se sentía extremadamente solitario». Nicholas Elliot, el oficial de inteligencia de M16 que termina delatando a Philby tiene una opinión lapidaria (siempre según el entrevistado) al decir que no es exacta la categoría de doble agente cuando se trabaja dando información de manera unidireccional: «Philby was a straightforward, high-level, disreputable traitor. What’s the difference, exactly? Well, I mean, he was a straightforward spy for the Russians. If he’d been a double agent, he’d have been a spy for the Russians. But we’d have been playing back against the Russians». La cita es muy clara: el trabajo de conseguir información privilegiada debe tener dos direcciones: de Reino Unido hacia Rusia y viceversa. Lo citado anteriormente descalifica la condición de doble agente: Philby llevaba información en una sola dirección: de Inglaterra hacia la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. No es un doble agente, según la concepción de John le Carré. Es un traidor.
Para una comunidad que se pasó toda la vida luchando contra el comunismo, fue un verdadero golpe descubrir que Philby era el Topo. Por eso no fue sorpresivo para nadie que Cornwell, al principio de su carrera, entregara a su mejor amigo. Stanley Mitchell era alumno del Lincoln College cuando él estaba en Oxford. Las actividades subversivas fueron denunciadas por el futuro novelista y se efectuó la captura del espía bolchevique quien no supo de dónde venían los tiros. Décadas después, Mitchell se entera de la traición y le realiza un reclamo epistolar que el famoso Le Carré responde arrepentido en una carta que no aparece en la película: “I was a nasty, vengeful little orphan with a psychopathic liar for a father and a boy-scout self-image”. En la película se limita a decir que la respuesta que le dio a Mitchell fue algo así como «Era mi trabajo atrapar comunistas. Tú estabas del lado equivocado de la historia». El modus operandi del delator era muy sencillo: ganarse la confianza del espiado y revisar constantemente su cuarto de estudiante universitario para conseguir material subversivo (afiches, pancartas, folletos) con el que que habría de incriminar a su gran amigo. Este capítulo en la historia de David Cornwell nos hace reflexionar sobre quiénes nos rodean y con quiénes nos abrimos. Leer sus novelas (pienso en dos títulos que no he nombrado, El jardinero fiel y El sastre de Panamá) nos hace redefinir los lazos que tenemos hacia las personas en las que confiamos. Pasa en el mundillo literario, académico y laboral, sucede en el barrio con el vecino menos imaginado, pasa en el mundo de la política nacional y universitaria, la persona menos pensada es la que termina traicionándote.
El libro autobiográfico en el cual se basa el documental se titula The Pigeon Tunnel: Stories from My Life, publicado recién en 2016, cuatro años antes de la muerte de su autor. En el momento de su publicación tenía 85 años y añadió nuevas capas a la compleja personalidad pública del autor. El tomo de memorias causó un considerable revuelo por las revelaciones sobre su padre estafador, sus años en los servicios secretos británicos y su desencanto frente a las estructuras políticas y personales que marcaron su existencia. La sinceridad de su escritura autobiográfica, a menudo descarnada e incómoda, hizo que muchos lectores se preguntaran hasta qué punto la obra de John le Carré era ficción y hasta qué punto era, en realidad, una confesión disfrazada. El escándalo surgió precisamente de esa frontera difusa entre memoria y artificio narrativo, una ambigüedad que el David Cornwell (la persona y el escritor) parecía cultivar deliberadamente.
En el delicioso anecdotario del libro de memorias destacan en mi lectura los siguientes capítulos: «Richard Burton me necesita» (en honor al protagonista del filme El espía que surgió del frío), «Alec Guinness» (que encarnó al espía George Smiley tanto en el cine como en la serie televisiva), «La corbata de Bernard Pivot» (y su experiencia con el entrevistador francés televisivo en su programa Apostrophe), «El hombre más buscado» (que dio origen con el mismo título a una de sus novelas fundamentales), «El premio de Joseph Brodsky» (su encuentro con el poeta ruso, ganador del Nobel de Literatura), entre otros. Nombro estos capítulos porque brillan por su ausencia en el documental que está enfocado en el doble tema que siempre le ha obsesionado a Morris: la mentira y la traición. Es también una muestra de una técnica usual de adaptación: se omite lo que no se necesita. No tenía sentido que el escritor diga frente a la cámara lo que el libro ya había expresado de manera escrita. Morris ha tomado únicamente la metáfora de los pichones y le ha preguntado lo que ha querido al escritor en pleno ocaso.
Al documental del año 2023 no le interesa para nada adentrarse en todas las jugosas anécdotas del libro. Morris se centra en su formación, su educación, su padre, su madre, su carrera como espía y como escritor y sobre cómo traicionó de joven a su mejor amigo. Llama la atención que los hijos sean los productores ejecutivos (Simon y Stephen Cornwell) y que hayan querido dejar ese legado de un padre (muerto en 2020) como todo un mentiroso profesional (aunque, ¿no es eso en realidad un escritor de verdad?). El director logra que esas tensiones conceptuales cobren una intensidad única porque si el espectador es un literato se le revolverá el estómago por cómo Le Carré cuenta sin desparpajo cómo mintió y traicionó a las personas de su entorno, incluyendo su esposa y su mejor amigo de juventud. Frente a la cámara, el novelista ofrece confesiones sorprendentes, a veces perturbadoras, con una mezcla de frialdad intelectual y poca vulnerabilidad emocional. La técnica de interrogación de Morris permite que el escritor se vaya despojando lentamente de sus máscaras, revelando a un hombre atrapado entre el cálculo y el remordimiento. Uno de los momentos más impactantes ocurre cuando el autor reflexiona sobre acciones moralmente cuestionables realizadas durante su paso por los servicios de inteligencia británicos, actos que reconoce como auténticas traiciones hacia personas concretas. La película convierte esas confesiones en un ejercicio de tensión moral que fascina y desconcierta.
Notable el momento en el que el director reacciona ante la cascada de impúdicas revelaciones y recibe esta respuesta del literato: «Errol, I feel very comfortable. I enjoy very much talking about things I haven’t talked about before. I saw this prospect, at my great age, as something definitive. I knew that I was not going to lie. I wasn’t going to fabricate. I’m not even interested in self-defense, because I really don’t know what the accusation is in the air». La acusación (que no aparece en el documental) es triple: en sus últimos años de vida, a medida que su pasado como espía fue revelado, se le acusó de hipocresía y de ejercer políticas izquierdistas, criticar el Brexit y oponerse públicamente, por conveniencia, a Donald Trump; en su vida personal se le acusó de promiscuidad; antiguos colegas suyos, oficiales de MI6 lo vapulearon por retratar de manera cínica y poco halagüeña el mundo del espionaje internacional. Esta triple acusación (que no se toca en el documental) va de la mano con la necesidad de David Cornwell de utilizar un seudónimo literario. Pese a escudarse en ese sobrenombre, su fama siempre hizo que estuviera bajo potentes luminarias.
El documental no le huye a un debate ético de enorme relevancia: ¿cómo consiguió le Carré escapar de sus pecados y transformar una vida marcada por la manipulación en una carrera literaria admirada internacionalmente? Aunque expresa cierto arrepentimiento, el escritor nunca renuncia por completo a justificar su pasado. La película sugiere que su literatura funcionó como una forma de redención, un mecanismo para procesar la culpa y las ambigüedades que definieron su juventud. Sin embargo, Morris deja flotando una pregunta: ¿se redimió realmente o utilizó su inmenso talento narrativo para reescribir sus propios pecados? El documentalista buscando una respuesta le escupe al entrevistado: «Veo en usted a un poeta del autodesprecio». Afirmación que no molesta al escritor que da su última respuesta en el filme: «I think that it’s only in the last few years that I feel I’ve found my freedom, and I love being what I am best at. Not just being a writer, that’s incidental, but writing. Without the creative life, I have very little identity. I’m like an actor without a part. With the work, I am as near as I get to being a happy man. And I love, I love writing. So, I am that animal. And I dare hardly use the claim, but I’ll make it here, I’m an artist». Resumimos en español esa declaración final: El escritor es un animal artístico que si no escribe es como un actor sin un rol, pero si escribe es un hombre feliz. Por lo menos en eso estamos de acuerdo.
En conclusión, The Pigeon Tunnel es un documental fuera de lo ordinario que ofrece un retrato profundamente complejo de uno de los escritores más importantes del siglo XX y comienzos del XXI. Errol Morris, con su habitual lucidez, consigue extraer no solo la historia de una vida, sino también una reflexión sobre el precio moral de la mentira y sobre la frágil frontera entre verdad y ficción. La película permanece en la memoria mucho después de terminar (sobre todo en la mente de los escritores que nos cuestionamos qué diablos hacemos urdiendo literatura y vida), obligándonos a pensar en nuestra propia fascinación por los relatos literarios y vitales que hunden sus raíces en el engaño. Le Carré fue un espía que surgió del frío, maestro de las narraciones ambiguas; Morris, en cambio, es el espía que surgió del calor del infierno revelando la vulnerabilidad humana escondida tras esas historias.
Debe estar conectado para enviar un comentario.