«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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Los 20 años de Pulp Fiction

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Tiene cara de venado y su hablar es tan caótico como el mundo de sus películas. Escucharlo es como oír a sus personajes: atropella las palabras, divaga, se enreda en el ovillo de su propio lenguaje. Además, su discurso está siempre acompañado de gesticulaciones intensas y lunáticas. Se llama Quentin Tarantino, ex dependiente de un club de video, autor del argumento de Asesinos por naturaleza  dirigida por Oliver Stone.

Nació en Knoxville-Texas. Tiene 33 años y la primera palabra con que se puede describir su cine es violencia. A este joven formado en la escuela de directores del Instituto Sundance, de Robert Redford, le interesan los personajes marginales, los malandrines de poca monta, malhablados (la palabra fuck se escucha 272 veces), los largos y a veces poco coherentes diálogos, el discurso disparatado, una violencia descarnada que frisa lo perverso. A Tarantino tampoco le interesan los convencionalismos del cine actual. Por eso es enemigo de la linealidad, del orden secuencial, de la trama sencilla y tradicional. Gusta de entrelazar historias y confundir aparentemente los hechos.

La primera obra de este joven cineasta es Perros de reservorio (1991), la historia de un grupo de maleantes encorbatados que fracasan en el robo a una joyería y son eliminados uno por uno. Cada elegante pillo de leva y corbata negras es contratado con un seudónimo cromático: Mr. Blue, Mr. Pink, Mr. White, Mr. Orange… colores con los que Tarantino pretende pintar el margen putrefacto de una sociedad decadente.

La gran metáfora de esta ópera prima de Tarantino es aparentemente burda y radica en los perros. Hay escenas en que los maleantes ladran, aúllan o hacen referencia a ciertas actitudes caninas como la lealtad o la violencia. Pueden ser brutales como los Perros de paja (1971) de Sam Peckinpah, irracionalmente homicidas como los protagonistas de La jauría humana (1965), o «mueren como perros» como sucede con uno de los ladrones del frustrado atraco bancario en Tarde de perros (1975) de Lumet.

La segunda obra de Tarantino se fue gestando desde 1986. Tenía apenas 23 años y trabajaba rentando videos. Escribió un guión con la idea de hacer un cortometraje. Ese texto, sin embargo, se transformó hasta convertirse en tres historias inspiradas en la publicación Black Mask (la popular revista de crímenes), donde escribieron míticos maestros de la novela negra como Raymond Chandler y Dashiell Hammet. Junto a su amigo Roger Avary escribió la tríada de historias, y lo que inicialmente era un proyecto de tres cortos se convirtió en una amalgama de lo que aparece en Tiempos violentos (Pulp fiction, 1994) que fue estrenada en España y Latinoamérica en 1995 y en Estados Unidos en noviembre de 1994.

El filme expone y yuxtapone tres narraciones en las que se presenta a Vincent y Jules (John Travolta y Samuel Jackson), un par de asesinos profesionales algo torpes; a Butch (Bruce Willis), un boxeador tramposo que huye después de ganar una pelea que debía perder; a Marsellus Wallace (Ving Rhames), el jefe de un grupo de mafiosos que contrata a los dos sicarios; su esposa Mia (Uma Thurman), una junkie; y una pareja de jóvenes delincuentes (Amanda Plummer y Tim Roth) que filosofan sobre una decisión crucial para ellos: quieren darle un giro a sus carreras delincuenciales, y para ello van a empezar a robar restaurantes en vez de licorerías.

Como se puede apreciar por esta galería de personajes y la trama en sí, Tarantino es un hijo de la novela negra. «Me gusta la idea de jugar con las reglas que se aplican en la literatura y después usarlas en el cine, porque creo que la traslación puede ser sumamente cinemática». A la manera de novelistas norteamericanos como Larry McMurty (La fuerza del cariño) o J.D. Salinger (El cazador oculto, Tarantino incluye personajes que aparecen y reaparecen en una historia u otra.

Pulp fiction le permite jugar con ellos y moverlos a su antojo. El personaje principal de una narración puede ser uno secundario en la siguiente. Tarantino -que sólo después de hacer este filme se hizo millonario- explica que «ésta fue la oportunidad de realizar tres filmes por el precio de uno».

Uno de los rasgos más característicos de la corta pero feliz filmografía tarantiniana es la intertextualidad. Quentin es una especie de máquinas de citas cinematográficas. «Los artistas no hacemos homenajes, robamos. Y yo suelo tomar de las películas algunas escenas que me gustan para reelaborarlas».

Igual que Shakespeare (que según Cabrera Infante haría cine si estuviese vivo), Tarantino toma argumentos harto manoseados y los transforma con su toque personalísimo. El cineasta español Pedro Almodóvar cuenta asombrado: «Quentin me dijo que había visto todo tipo de cine. Que no sólo se había dedicado al bueno, sino que también había visto las peores películas que había podido encontrar, especialmente de acción. Yo no le creí, pero empezó a relatarme algunas historias crudas y repugnantes que había visto, y cómo las citaba casi textualmente en sus películas».

Ante un cine tan inusual y anticonvencional como el de Tarantino, era obvio encontrar cierta resistencia de parte de algunos sectores. El conservadorismo fue el enemigo más fuerte y el que impidió que se premie con más de un Oscar a Pulp fiction. ¿Cómo se iba a otorgar una estatuilla dorada, en la categoría de mejor película, a un producto antihollywood construido sobre los cimientos de la vanguardia, el arte pop y la cultura de los mass media? ¿Cómo apadrinar un filme violento, en el que el espectador se da cuenta que la vida no es una caja de chocolates? La verdad es que la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas no gusta de poner bajo su amparo a cintas que son como una caja de Pandora, donde todos los males de la sociedad están resumidos con crueldad, humorismo e ironía.  Se creía erróneamente, que al premiar a El silencio de los inocentes y Los Imperdonables, esta institución estaba empezando a liberarse de las cadenas conservadoras, pero más pudo la magia meliflua de Forrest Gump que los sangrientos vericuetos narrativos de Tiempos violentos.

Si bien es cierto que la Academia le dio la espalda a Tarantino en 1995, no sucedió así con los organizadores del Festival de Cannes de 1994. Pulp fiction ganó la Palma de Oro en un evento donde compiten películas de todo el mundo. Entre decenas de títulos competidores ganó esta cinta que testimonia un tipo de cine más del lado de la literatura que de cualquier otro arte. A Tarantino realmente ni le va ni le viene el reconocimiento. Como dijo al recibir la Palma de Oro: «Me asombra esto porque yo no hago filmes para que la gente se ponga de acuerdo».

Que con los siguientes filmes que hizo, Tarantino no lograra superarse, es costal de otra harina. La manía de repetirse hizo que la crítica especializada dejara de tomarlo en serio. Kill Bill (volúmenes 1 y 2), Bastardos sin gloria, Jackie Brown y Django unchained son pastiches con momentos memorables que jamás rozarán la excelencia de Pulp Fiction. Cada vez más interesado en intertextualizar géneros menores (las artes marciales) y mayores (el western), Tarantino se ha convertido en una curiosidad de circo a la que todos quieren ver para constatar qué nuevo truco o gracia está realizando. Comentar cada nueva película que hace es asistir a un funeral en el que se llora a Pulp Fiction, estrenada en Latinoamérica en 1995. Las comparaciones nunca serán ociosas. ¿20 años son nada? En este caso las dos décadas transcurridas testimonian que aquel cineasta que alardeaba de originalidad y valentía, terminó dejándose absorber por el sistema.

BAJO LA MISMA ESTRELLA O LA FIESTA DE LA INSIGNIFICANCIA

The fault, dear Brutus, is not in our stars, but in ourselves..
(El destino, querido Brutus, no está en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos)
William Shakespeare, Julius Ceasar

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Bajo la misma estrella (2014) es heredera de Love Story (1970) de Arthur Hiller, filme que supuso la consagración de una fórmula: una pareja debe afrontar la muerte del otro por una enfermedad mortal. La novelita de John Green, popular exponente de la paraliteratura, con un toque de libro de autoayuda, lleva esta ecuación a una vía de doble sentido, pues tanto él como ella tienen el mal de la muerte inminente. Ambos tienen menos edad que Alice McGraw y Ryan O`Neal en Love Story. Hazel Grace Lancaster tiene 17 años y un cáncer de tiroides que ha llegado a afectar sus pulmones (siempre anda con un tanque de oxígeno a cuestas); Augustus Waters tiene también 17 y un osteosarcoma que lo ha dejado sin una pierna (debe usar un reemplazo ortopédico). Desde el momento en que ambos jóvenes se conocen en un grupo de ayuda, la atracción instantánea se hace evidente. La chica queda rendida ante el encanto de este Paul Newman jovencísimo (el actor de Divergente y Carrie, Ansel Elgort). Acepta su invitación a ver una película en su casa. Conoce a su mejor amigo, Isaac, quien tiene cáncer ocular y le serán extirpados sus ojos a la mitad del filme (en el libro está tuerto y está punto de perder su segundo ojo).

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Hazel Grace (como muchos lectores con Harry Potter o Crespúsculo) está embelesada con un libro titulado Un dolor imperial de Peter van Houten que trata sobre el cáncer en una joven de similares características. No duda en darle a su nuevo mejor amigo la novela para que comparta su mismo mundo de referencias. El gran sueño de la joven moribunda es que el escritor, residente en Holanda, le responda la típica pregunta de un lector adolescente: ¿Qué pasa con el personaje principal después de concluida la última página? En el que puede ser el último viaje en vida, Hazel Grace va a Amsterdam en compañía de su madre y obviamente con Augustus. Conocen al escritor quien resulta ser un cliché ambulante: alcohólico, procaz, huraño, ermitaño con un solo elemento de humanidad: su secretaria. Después de ser agredidos verbalmente por el escritor salen disparados con la asistente a la casa de Anna Frank. La estructura vertical de la casa de varios pisos es un desafío para la protagonista quien tiene que llevar personalmente su tanque de oxígeno. Un pequeño toque de suspenso no está de más: Hazel Grace se va quedando sin aire a medida que va ascendiendo a la casa-museo. La metáfora es evidente: tanto la joven norteamericana como Anna Frank están hermanadas en la muerte. Para los que lean la novela de John Green se empaparán de una voz narrativa femenina confesional que en todo momento es la guía de ese campo de concentración que es el cáncer terminal.

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La constantes referencias a Love Story (el eslogan publicitario dice “A sick love story) son importantes porque el punto medio del filme le da una vuelta de tuerca a toda la trama (también hay ecos de Un pequeño romance (1979) en lo que tiene que ver con el motivo del viaje). Después de que el espectador tiene la certeza durante cuarenta y cinco minutos que es ella quien va a morir (como sucedió con Ali McGraw en el filme de 1970), resulta que el osteosarcoma se toma el resto del cuerpo del protagonista masculino. Aquí empieza el melodrama juvenil. Augustus le confiesa a Hazel Grace en Amsterdam que tiene poco tiempo de vida. En la misma ciudad de van Gogh le ha declarado su amor:

I am in love with you. And I know that love is just a shout into the void, and that oblivion is inevitable, and that we’re all doomed. And that one day all our labor will be returned to dust. And I know that the sun will swallow the only earth we will ever have. And I am in love with you.

Parte del atractivo comercial del filme reside en este tipo de parlamentos edulcorados. Para muestra otro botón. Aquí va el “discurso prefuneral” en honor a Augustus Waters pronunciado enfrente del futuro occiso que exige tener una elegía en vivo y en directo (“I would like to attend to my own funeral”):

Hello. My name is Hazel Grace Lancaster. And Augustus Waters was the star-crossed love of my life. Ours is an epic love story and I probably won’t be able to get more than a sentence out without disappearing into a puddle of tears. Like all real love stories, ours will die with us, as it should. You know, I’d kind of hoped that he’d be the one eulogizing me, because there is really no one else… Yeah, no, um… I’m not gonna talk about our love story, ‘cause I can’t. So instead I’m gonna talk about math. I’m not a mathematician, but I do know this: There are infinite numbers between zero and one. There’s point one, point one two, point one one two, and an infinite collection of others. Of course, there is a bigger set of infinite numbers between zero and two or between zero and a million. Some infinities are simply bigger than other infinities. A writer that we used to like taught us that. You know, I want more numbers than I’m likely to get, and God, do I want more days for Augustus Waters than what he got. But Gus, my love, I can not tell you how thankful I am, for our little infinity. You gave me a forever, within the numbered days. And for that I am… I am eternally grateful. I love you so much.

Otro atractivo evidente del filme es la presencia de Shailene Woodley (la hija rebelde de George Clooney en Los descendientes y la heroína de Divergente). Se trata de uno de los talentos más prometedores de la nueva generación de actores. A menudo comparada con Jenniffer Lawrence, tiene el aplomo y el histrionismo para los roles dramáticos. Destaca también la aparición secundaria de Willem Dafoe en la piel del escritor alcohólico Peter van Houten. Difícilmente otro actor habría logrado hacer un rol tan desagradable, por más que intenta congraciarse con Hazel Grace en el funeral real de Augustus.

Pese a que a ratos trata superficialmente el tema del cáncer, se entiende por qué tanto la novela como su adaptación cinematográfica han logrado calar tanto en el público juvenil adepto a las tablets y al Facebook. Desafortunadamente las correctas actuaciones, la dirección de arte (la casa de Anna Frank fue recreada cuarto por cuarto), los parlamentos poéticos, el título shakespereano y el uso de palabras como hamartía, hacen de este filme un cáncer que será extirpado por la historia del cine en el futuro. Ya hay antecedentes difíciles de soslayar (Bobby Deerfield y Dying young son otros títulos más memorables). Así que no hay que dejarse engañar por la frase funeraria de Hazel Grace: «algunos infinitos son simplemente más grandes que otros infinitos». Este filme es de una modesta finitud.

Accidental Hero y Mad city o ¿es el cuarto poder realmente un poder?

Cover of "Mad City"

Cover of Mad City

Cover of "Hero"

Cover of Hero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Deshojemos algunos lugares comunes. Las apariencias engañan. Hay que tratar siempre de escarbar en la superficie de las imágenes que nos ofrecen los mass media. En muchas ocasiones se nos da una verdad fabricada, parcializada, o solo se informan los datos que el medio quiere que el receptor conozca. Es una treta de los imagólogos que siempre nos crean los más variados hábitos de consumo de lo noticioso, convirtiéndonos en meros acumuladores de información que ellos empaquetan de acuerdo a la agenda de temas que están manejando.

Esta forma de manipulación de la realidad por parte de los mass media es constatable en Hero (1992) de Stephen Frears y Mad city (1997) de Constantino Costa Gavras, ambas protagonizadas por Dustin Hoffman. Estas dos películas, más All the president´s men (1976) y Wag the dog (1997) confirman el interés de Hoffman por ese gran tópico que es la fábrica de espejismos llamada mass media. Al final de este artículo, a manera de coda, traeremos a colación tres personajes públicos que están dentro de nuestras preocupaciones: Janet Cooke, Stephen Glass y Garganta Profunda.

Superhéroe de masas

Hero, también distribuida como Accidental hero, del cineasta inglés Stephen Frears (Les liaisons dangereuses), es la historia de Gale Gayley (Geena Davis), una periodista de un canal de televisión que convierte a un hombre común en una celebridad y no sabe que está frente a un fraude. El supuesto salvador, John Bubber (Andy García), un vagabundo enemigo del jabón que vive en el interior de un cacharrito, no es quien la salvó a ella y a otros pasajeros de un accidente de aviación. El que realmente la rescató de la nave en llamas fue Bernie Laplante (Dustin Hoffman) un timador de poca monta, mitómano y desempleado.

No resumiremos escena por escena este filme, pero diremos que al personaje de la periodista le interesa ascender lo más alto posible en su vida laboral. Al menos al espectador le llega esa idea cuando vemos que su cobertura del personaje noticioso (John Bubber) no tiene mucho que ver con la exactitud, aunque acaba de ganar un Silver Microphone Award (vaya nombrecito para un premio periodístico) «por la búsqueda de la verdad», según se lee en el pequeño trofeo.

Tres personajes secundarios resultan destacables para el co­mentario. El jefe de Gale (Chevy Chase), al que le interesa solamente el rating del canal; su asesor, que tiene la idea de otorgar una recompensa al dueño del zapato que el héroe ha dejado involuntariamente en el avión accidentado; y el de Chucky, el camarógrafo que acompaña a Gale a todas partes, con un parlamento inteligente justo cuando está cubriendo el intento de suicidio de John Bubber: «Mi cámara y yo somos un solo ser; la empuño con firmeza captando los hechos porque todos en el noticiero de las once cuentan conmigo». También hay una perla del personaje de Chevy Chase: «Gale trata de reaccionar como un ser humano, pero no se da cuenta de que solo es una reportera».

Pero sigamos sumariando el argumento del filme. Bernie Laplante, arrepentido de su trato inicial con Bubber (a estas alturas los lectores tendrán que rentar la película), quiere desenmascararlo públicamente para ser él quien re­ciba el millón de dólares, pero nadie le cree debido a su reputación de timador y de irresponsable padre de familia. Para enredar más las cosas, Gale termina involucrándose sentimentalmente con el falso héroe interpretado por García.

Todos cuidan lo suyo y el final resulta altamente ilustrativo cuando la periodista le pregunta a Bernie Laplante: «Off the record, dígame, ¿fue usted quien realmente me salvó?». Obtiene una respuesta negativa pero las caras de complicidad entre los dos personajes son tan evidentes que a la reportera no le queda otra que agradecerle por haberla sacado del avión en llamas. Hoffman le responde: «De nada».

Un poder con un falso poder

El greco-francés Constantino Costa-Gavras es el director de Mad city, distribuida en nuestro medio como El cuarto poder. John Travolta interpreta a Sam Baily, guardia de un museo que es despedido intempestivamente. Al día siguiente va a conversar con su jefa (Blythe Danner) sobre la posibilidad de que reconsidere su despido y lleva por si acaso una maleta llena de tacos de dinamita y una escopeta. Cuando la discusión con su ex empleadora se vuelve crítica, Sam hiere accidentalmente al guardia de turno. Por casualidad, en el interior del baño del museo, está Max Brackett (otra vez Hoffman), un periodista que telefónicamente reporta para su noticiario el supuesto secuestro que se está llevando a cabo. Según Brackett, en el museo hay muchos niños y un par de mujeres que son rehenes del desempleado Sam. El circo empieza y se instala en las afueras del museo junto a cientos de curiosos. Brackett se convierte en el vínculo entre el flamante secuestrador y el exterior. Prácticamente, se convierte en el relacionista público del outsider al que atiborra de consejos sobre cómo hablar por teléfono con la policía, cómo hacer sus peticiones y ganar las simpatías de la opinión pública, o cómo debe responder las preguntas periodísticas que se le hacen por teléfono… Es el asesor de imagen que le hacía falta al homosexual ladrón de bancos (interpretado por Al Pacino) en Dogday afernoon (1975).

A Max Brackett parece solo importarle la exclusiva y el ser el foco máximo de atención pública, sin mencionar que es el único que tiene acceso al atormentado guardia que solo quiere recuperar su trabajo. A medida que el periodista intuye el desenlace fatal, va humanizándose y poniéndose del lado de su víctima massmediática. Es demasiado tarde. Nada puede hacer por Sam Baily pese a que en el tercer acto reacciona con un cierto sentimiento de culpabilidad, después de todo fue él quien convirtió en secuestrador a un bonachón guardia con un impreciso reporte telefónico.

Después de liberar a los supuestos rehenes (que no eran más que circunstanciales testigos de una discusión entre un subalterno y su jefa), a Sam no le queda más que dinamitar el museo, con él en su interior. No quiere estar en el mundo exterior en el que los medios de comunicación han forjado de él una imagen borrosa.

El zoom out  final nos permite mirar objetivamente al personaje de Hoffman que no deja de gritar: «Nosotros lo matamos», mientras sus colegas no cesan de hacerle preguntas sobre su relación con el supuesto secuestrador. Es el mismo final de Absence of malice (1982). El entrevistador (Sally Field en el caso del filme de Sidney Pollack) se convierte en el entrevistado. El reportero es reportado (o reporteado como dictamina el argot). El indagador periodístico es indagado. El generador de noticias se convierte en un hecho noticioso.

Coda con anécdotas (Garganta Profunda, Cooke y Glass)

Es interesante que las películas sobre periodistas y sus resbaladizos procederes sea una potestad exclusiva del cine norteamericano, quizá porque los mayores delitos contra la ética se han co­metido en ese país. El gran imperio massmediático del norte tiene que captar lectores y espectadores que prefieren informarse porla Internet y cada vez menos mancharse los dedos con tinta del papel periódico. Es una carrera vertiginosa por conseguir público. En la presión por sacar a la luz un reportaje, los periodistas (sean de la tele o la prensa) terminan inventando o plagiando material para sa­lir al paso.

Carl Bernstein (que fue interpretado en All the president´s men por Dustin Hoffman), acusó a los medios en el 2004 «de hacer triunfar la epidemia de la cultura idiota, de insultar la inteligencia e ignorar la vida real». Para el veterano reportero, que destapó junto con Bob Woodward el caso Watergate, hay escaso liderazgo en el periodismo moderno de su país y acusa a los medios de una falta de desafío a los lectores, «ocupándose solo en entretenerlos estúpidamente». Ataca ala CNN,la AOL-Time Warner,la News Corporation de Rupert Murdoch, señalándolas como «las responsables de la violación de todo principio investigativo y periodístico porque no les interesa la verdad sino solo los beneficios».

El caso de Blair y Kelley

La lista de los homicidas de la verdad va creciendo año tras año. Desde que el caso de Jayson Blair, periodista de color de 27 años, del New York Times saltó a la palestra, más de diez periódicos norteamericanos han confirmado plagios de sus propios periodistas (de cierta forma para lavar los trapos sucios en casa, como dice el adagio). La comprobación, en abril de 2003, de que Blair (promovido por su periódico como la Gran Esperanza Negra del periodismo norteamericano) se había apropiado de material ajeno en más de treinta artículos, dio paso a otro destape igual de impactante. Jack Kelley, uno de los más experimentados periodistas de Usa Today, dimitió en enero de 2004 tras admitir que intentó engañar a los editores que investigaban las supuestas irregularidades cometidas en su trabajo. Aunque Kelley aseguró que nunca inventó o pla­gió material, un equipo de sus antiguos compañeros analizó durante siete semanas 720 artículos suyos publicados durante un lapso de diez años. El mayor delito de Kelley fue el inventar partes enteras de una de sus mayores exclusivas, la crónica como testigo de un atentado suicida que le hizo finalista (por suerte no se lo ga­nó) del Premio Pulitzer. Entre otras invenciones de Kelley está el haber pasado supuestamente una noche con terroristas egipcios en 1997, el escuchar a un estudiante paquistaní manifestar intenciones de atentar contra las Torres Sears de Chicago en 2001 y el entrevistar a la hija de un general iraquí en 2003. El caso de Kelley dejó estupefactos a muchos de sus allegados, ya que se trataba de un reportero de guerra que había arriesgado su vida en los Balcanes y el Medio Oriente.

El caso de Blair es distinto porque fue denunciado por un reportero colega, lo cual dio inicio a la investigación que terminó con su dimisión. Apenas salió del Times, Blair firmó un contrato con la editorial californiana New Millenium Press para escribir Burning Down My Master’s House: My Life at The New York Times, su autobiografía, por lo que recibió una cifra de adelanto de seis dígitos. El libro, que apareció en el primer semestre del 2004, tuvo un tiraje inicial de 250.000 ejemplares, pero afronta problemas legales ya que se duda de muchos detalles confesados por Blair.

¿Qué pasó con Janet Cooke?

El caso de Kelley y de Blair recuerda a otros dos casos excepcionales. El de Janet Cooke en los años ochenta y el de Stephen Glass en los noventa. Cooke terminó suicidándose años después de ser despedida del Washington Post por haber inventado una historia sobre un niño drogadicto. El reportaje Jimmy´s world fue de tal impacto en la opinión pública que obligó al alcalde de Washington a crear una cruzada para buscar al niño que era obligado a drogarse por sus padres. Al final, la periodista de color tuvo que confesar que lo había inventado todo. El Pulitzer que ganó con el reportaje tuvo que ser devuelto, lo cual fue una gran afrenta para el periódico que supuestamente inventó el periodismo de investigación durante el caso Watergate. Gabriel García Márquez, en una de sus notas de prensa, nos regala una de sus acostumbradas perlas: «Debieron haberle dado el Premio Pulitzer de Literatura no el Pulitzer periodístico».

El caso de Garganta Profunda

En los días en que se termina de escribir este libro se devela el nombre de Garganta Profunda, la fuente anónima que proveía de información al binomio Woodstein (como se los conocía dentro de la redacción del Post a Bob Woodward y a Carl Bernstein). El hecho de que Mark Felt, el número dos del FBI en el decenio de los setenta, haya revelado que él era Garganta Profunda, reaviva el viejo dilema sobre una sociedad cada vez más enferma por la tergiversación de la información. «Necesitamos un nuevo Garganta Profunda», es el clamor de ciertos sectores que pregonan que la transparencia debe ser el hilo conductor de toda política de información. Grandes cantidades de water han corrido bajo el puente desde el asunto de Watergate. Los alarmistas dicen que el periodismo bien entendido fue enterrado con el binomio Woodstein que vio en Garganta Profunda una de las tantas fuentes posibles para ir armando un rompecabezas informativo repleto de datos confirmados varias veces. Es probable que tengan razón. Después de la co­bertura del Washington Post sobre el Nixonicidio ya no se respetan los cánones de un periodismo forjado con el acero de publicaciones de gran tradición como The New York World de Joseph Pulitzer.

Heart of Glass

El caso de Stephen Glass, conocido como el niño prodigio del periodismo norteamericano, también fue nefasto y, a diferencia del caso Cook, sí fue llevado al cine. Shattered glass (2003) de Billy Ray (Hart´s war), registra la caída de un periodista que llegó al extremo de crear falsas notas y fuentes. En The fabulist, su autobiografía, Glass afirma que su vida fue «un largo proceso de mentir y mentir una y otra vez. Debía crear una mentira que cubriera a la anterior. Obviamente, había excepciones, pero la línea general de mis historias era empezar con un par de elementos reales para luego ir inventando gradualmente los detalles y las citas que apoyaran los reportajes». La película nos habla del ascenso de este joven periodista que escribió (y mintió) en 27 de los 41 artículos que publicó en la revista independiente The new republic; además, Glass fue la estrella freelance de tribunas periodísticas de gran peso como George, Harper Magazine y Rolling Stone. El filme de Ray no recoge el punto de vista de la moral como se da en Absence of malice (1982) de Sidney Pollack, la perspectiva del periodista en plena investigación de campo como All the president´s men (1974) de Pakula, el punto de vista de la ética pulverizada como se ve en Broadcast news (1987) de James L. Brooks, o la cruenta ironía con que Billy Wilder trata a los reporteros de Front page (1974). El fabulador (tal es el título de Heart of glass de su distribución en español) tiene a ratos la narrativa simplona y el look de un telefilme donde no importan las razones sicológicas o sociológicas por las cuales un periodista llega a convertirse en un mitómano profesional. Lo que le interesa al director es la telaraña de mentiras que se tejen para apoyar a mentiras anteriores. Esta mezcolanza de mitomanías está bien explicada en el filme y hace de ella su intriga principal, llevando al espectador a una tensión a ratos bien lograda, aunque no profundiza demasiado como si se tratara más bien de una E True Hollywood Story. El periodista aparece como una araña que termina presa de su propia urdimbre. De paso, la falsedad por la cual Glass es atrapado constituye realmente una de las menos graves. El joven reportero realizó supuestamente la cobertura de una convención de hackers (piratas informáticos) en Bethesda. La figura central del texto era un chico de quince años que había intervenido una compañía de software llamada Junkt Micronics. Para no «piratear» dicha empresa otra vez, el joven hacker había pedido decenas de miles de dólares a través de un representante, según el periodista. Glass no contaba con que Forbes Magazine tenía una edición on line que estaba haciendo un artículo sobre piratas informáticos y que estaba animándose a hacer una continuación de Hack heaven, que a la postre sería el último reportaje del célebre Glass. Fue un periodista de Forbes on line el que atrapó al prestigioso periodista que había ido demasiado lejos: cada detalle del reportaje era falso, desde el lugar donde se dio la convención hasta la construcción de los personajes, incluyendo el del joven pirata que había hecho un gran negocio —a través de su representante— extorsionando a la empresa distribuidora de software. La gran premisa del reportaje era descabellada para cualquier conocedor del mundo internáutico, ya que los hackers son jóvenes anónimos que no suelen tener convenciones públicas o privadas.

Al igual que Cooke, Glass solo era un niño en busca de atención. «Ansiaba que pensaran que era un buen periodista, una buena persona. Ansiaba que amaran mi historia y por ende a mí». Para ser amado Glass inventó websites, mensajes de voz, correos electrónicos y números telefónicos. Inclusive solía comprar celulares que él atribuía a sus fuentes. Al igual que Cooke, y aquí aplicamos las viejas declaraciones de García Márquez: Glass merecía el Pulitzer de literatura, no el de periodismo. Cooke conoció la dicha de ganarlo, Glass no.

¿Conclusiones?

¿Qué enseñanza cinematográfica dejan todos estos casos? Primero, que los errores periodísticos tienen potencial para ser lle­vados al cine. Segundo, que reflejan una problemática no solo norteamericana sino también mundial. Tercero, que al contratar a actores de gran popularidad (el caso de Hoffman es excepcional con sus cuatro películas sobre el tema) el impacto sobre la audiencia es mayor. No es que estos filmes tengan un valor moralista o didáctico; no, nada de eso. La intención es simplemente recrear una realidad específica y los productores se aseguran de que la taquilla no vaya a sufrir pérdidas.

¿Qué enseñanza periodística dejan estas anécdotas? Primero, que la carrera de velocidad que tienen los medios es dañina debido al terrible síndrome de la primicia. La competencia con los otros canales y periódicos obliga a los reporteros a ganar tiempo plagiando, parafraseando, no corroborando las fuentes o simplemente inventándolas. Segundo, no hay un control perfecto en los medios de comunicación que haga la pesquisa pertinente sobre cada artículo que se publica. Tercero, la paranoia desatada por el despido de estos periodistas crea una especie de cacería de brujas. Se forma una atmósfera de terror y de desconfianza en las redacciones de los canales de televisión y las de los periódicos. La única solución es que los mismos medios se purguen una y otra vez como lo hicieron algunos después del caso Kelley y Blair. A la larga es un círculo «virtuoso». Pero es la única salida momentánea.

HIPOTEXTOS

Reportaje Weir´s world firmado por Virginia Campbell en Movieline (June 1998, volume IX, number 9).

DVD de Wag the dog (New Line Home Video, 1998) y sus bonus materials: The line between truth and fiction (an essay on politics and the media) y From Washington to Hollywood and back.

PESCADOR DE IMÁGENES

A un costo de 700.000 dólares (lo mismo que cuesta un minuto de un filme de Lucas o Spielberg) recaudados entre fondos públicos de Ecuador y Colombia, así como de inversionistas privados, llega Pescador, el cuarto filme de Sebastián Cordero (Quito, 1972), ganador del Premio Augusto San Miguel (2009), el más importante galardón al que puede aspirar un cineasta en Ecuador.

El libreto parte de la crónica Confesiones de un pescador, de Juan Fernando Andrade (co-guionista), publicada en la revista SOHO No. 55 (abril-mayo de 2007) y ganadora del Premio Jorge Mantilla Ortega. Tanto el texto periodístico como el filme parten de la siguiente premisa: a las costas de El Matal arriba un cargamento de cocaína procedente de un barco hundido y los lugareños proceden a repartirse el botín. Inmediatamente los narcotraficantes empiezan a comprar cada paquete de coca para recuperar el cargamento. Si la crónica periodística analizaba los cambios de la comunidad a partir de la obtención de riqueza instantánea, el filme ahonda en el personaje anónimo entrevistado por Andrade, ese antihéroe que salió de El Matal para buscar un mejor futuro. A ratos el espectador sentirá que la cámara móvil de Cordero bien pudiera ser la de un reportero, no sólo por su movilidad sino por la capacidad que tiene para hurgar en la cotidianidad de la aldea.

La película, que se filmó en 2010 con calendario de cine indie (un mes), ha cosechado hasta ahora tres premios: dos en Guadalajara ( mejor actor para Andrés Crespo Arosemena y mejor director para Sebastián Cordero) y uno en Cartagena de Indias al mejor intérprete. De seguro vienen más preseas para una historia que asombra por los atributos técnicos que están detrás de la aparente sencillez del guión.

Al igual que Ratas, ratones, rateros  (1999) se trata de una road movie entre costa y serranía del Ecuador. Cordero regresa a la marginalidad, tema que conoce tan bien y lo trata de manera descarnada en Crónicas (2004). Podríamos hablar de una trilogía en la que personajes periféricos  descienden a los infiernos. El final abierto, de sutil polisemia, es el común denominador de esta tríada ecuatoriana. De Ángel, al final de Ratas, desconocemos el destino de su huida; en la toma final de Crónicas, Vinicio parece que vuelve a delinquir;  y Carlos Adrián Solórzano, alias Blanquito, observa en Pescador de lejos, a los otros personajes, mientras prepara su escapada (¿a dónde?).

A pesar de las similitudes anotadas,  el cuarto filme de Cordero se diferencia de sus antecesoras por carecer de esa violencia marginal a la que nos tenía acostumbrados el realizador. Si la secuencia del linchamiento en Crónicas y la de la persecución por el cementerio en Ratas son de antología, Pescador nos queda debiendo la gran escena, una que surja del estilo del director. Si bien es cierto que en este último filme hay esa sensación de peligro que subyace en Ratas, Crónicas y Rabia, la historia de Juan Fernando Andrade provoca expectativas falsas pues no hay esa explosión dramática de las predecesoras.

Estamos ante un viaje de reconocimiento. Blanquito quiere descubrirse a sí mismo. Decide embarcarse hacia Guayaquil para conocer a su padre que ostenta un alto cargo político. Para el periplo no elige a Virgilio como guía. Se prende a una especie de Beatriz encarnada en Lorna, una colombiana que está de paso en El Matal como la amante de un potentado. La historia sigue de cerca la evolución de Blanquito. El detonante para que se dé el escape del lugar natal es el momento en el que descubre que la chica de sus sueños pueblerinos es amante de otro pescador. Empieza entonces el exilio forzado de mano de Lorna, la colombiana. Harta de ser la querida de un millonario, ella accede a acompañarlo pues sabe que le espera un pago económico. A sabiendas que ella representa la mujer inalcanzable, Blanquito la escoge como aquella que habrá de darle el envión para dejar el lugar natal. El destierro será permanente pues el protagonista asegura que jamás va a volver a su terruño.

Pescador destaca por su libertad expresiva. Es una cinta filmada con la cámara liberada de la dictadura del trípode o del dolly. La partitura es también una apuesta técnica pues está presente a lo largo de toda la narración. La música tropical  va ritmando una historia tan trepidante como los acordes que se escuchan.  Destaca la banda sonora que tiene como protagonista a Sergio Mejía, director de la orquesta de salsa bogotana La 33. Sin esta colaboración, otra sería la película. La narración es sincopada en pasajes claves a partir de los ricos matices de la música caribeña. Aparte de la banda sonora, es importante mencionar el diseño sonoro en el que poco parece haber sido añadido en postproducción. Esto permite pensar en la importancia del sonido grabado in situ: el mar, las voces de los personajes, los sonidos ambientales… A ratos se nota que se le quiere dar preponderancia a lo musical como correlato de la trama.

Colombia también  está presente con María Cecilia Sánchez (reemplazo de Angie Cepeda quien no pudo cumplir con el cronograma de rodaje). Sánchez se desmpeña con corrección, a pesar de que muchos cinéfilos seguirán echando de menos la presencia inquietante de la actriz de Pantaleón y las visitadoras y El amor en los tiempos del cólera.

Otro punto a favor, aunque en primera instancia luzcan como efectismos, es el conjunto de escenas fotográficas con efectos lumínicos que se han interpolado de manera vistosa y han dejado estelas brillantes en el lienzo de la pantalla. Este recurso de videoclip no es gratuito, peor ornamental, y se inscribe dentro de esa libertad que el realizador se ha regalado. Son escenas de transición muy bien logradas que sirven para delimitar los diversos bloques narrativos. Además son pausas para el espectador y momentos para permitir que la música se luzca.

Pescador es un solo interpretativo, cine de actor, película de personaje, como se la quiera llamar. Si bien es cierto que Andrés Crespo Arosemena parece interpretarse a sí mismo (ver cómo su cameo  marginal de reo en Crónicas y su rol secundario en Prometeo deportado no se diferencian de Blanquito) estamos ante un personaje que ya merece estar antologado en el dramatis personae del cine ecuatoriano.

Toda la historia se concentra en el único aldeano de El Matal que decide irse para vender los paquetes de droga a un mejor postor. En casi todas las escenas aparece este personaje que destaca por su ingenuidad, su sentido del humor y el registro coloquial. Dentro de la aparente inocencia del personaje hay una cierta malicia que surge a partir del instinto de supervivencia. Sin embargo, le falta la altanera picardía de Ángel (a quien le une la lengua suelta del chiste fácil) y la perversidad de Vinicio (a quien le une la forma de salirse con la suya).

Pescador es una obra llena de riesgos estéticos que el realizador ha asumido con pericia. Estamos ante cine experimental con un estilo audiovisual único en este lado del hemisferio. Ejercicio audiovisual de un cineasta que se permite explorar la realidad que está recreando. El séptimo arte ecuatoriano sigue en construcción y el líder en esta evolución-revolución es Sebastián Cordero. Hay que agradecerle que haya filmado una obra de bajo presupuesto que le permitió soltar la cámara, improvisar él y sus actores y hacer una historia auténtica, fresca, cotidiana, muy cercana a nuestra realidad. Vale.

UN REPASO POR TODA LA FILMOGRAFÍA DE SPIELBERG

La ópera prima de Steven Allan Spielberg (Cincinatti, 1946) fue el telefilme Duel (1971)una road movie en la que un camión (con un conductor sin rostro) perseguía a un conductor atemorizado. En este filme ya se prefiguraban las capacidades de un director que manejaba bien la intriga y manipulaba las emociones de la audiencia.

Su segunda película (protagonizada por Goldie Hawn), The sugarland express (1974), fue otra película de carretera, esta vez con tintes cómicos y persecuciones múltiples. Es su primer encuentro con una actriz con el estatus de estrella. Es también el inicio de una relación profesional con John Williams, el único músico con el que trabajará a lo largo de toda su carrera. Esta experiencia lo prepararía para su siguiente desafío.

Jaws (1975)  destacó por el uso magistral de un tiburón mecánico. El uso de estridentes acordes de violín (enseñanza de la música de Psycho de Hitchcock) es aún citado y celebrado en otros filmes.  Se trata del primer gran éxito de taquilla del director y, gracias a éste, el mismo Spielberg acuña el término blockbuster por los gentíos de cinéfilos que hacían filas de algunas cuadras de extensión para ver su filme.

La cuarta película es Encuentros cercanos del tercer tipo (1977), en cuyo guión participa casi totalmente. El gran logro de este filme constituye el repertorio de efectos especiales de Douglas Trumbull que supone el uso de la tecnología más avanzada para la época.

El quinto título es 1941 (1979), hilarante comedia antibélica incomprendida por la taquilla y la misma crítica.  Esta última fue indiferente ante la perfecta dirección de arte y el portentoso diseño de la producción. Resulta encomiable la reconstrucción histórica de los espacios de los Estados Unidos de los años cuarenta (bares, destacamentos militares, desfiles, aviones militares de la época). Destaca la alucinante  actuación de John Belushi, el cómico más importante en ese momento.

El primer punto de giro en la carrera de Spielberg constituye Raiders of the lost ark (1981), a partir de una idea original de George Lucas, filme que explora la narrativa del cómic con un héroe de clara inspiración del cine de aventuras de los años cuarenta. El gran encanto del filme radica en el hecho de que el aventurero es un arqueólogo.

La séptima película de este director es E.T. The extraterrestrial (1982) que vuelve a usar a Douglas Trumbull como el artífice de los efectos especiales.  El valor radica en la historia que ve al alienígena, no como una amenaza sino como un ser amigable. De hecho, se explota la tierna relación que tiene el niño Eliot con esta especie de mascota intergaláctica.

El siguiente trabajo de Spielberg es un cortometraje para The Twilight Zone (1983) que este cronista intenta recordar en vano. Las historias más memorables eran las otras: la de Joe Dante, George Miller y John Landis.

La secuela de Indiana Jones (The temple of doom, 1984) no aportaría mucho a la saga ya que retoma los mismos ingredientes de su predecesora. El único dato  importante es extra cinematográfico: la actriz principal es Kate Capeshaw, que será la segunda esposa del director.

Con El color púrpura (1985), basada en la novela de Alice Walker, sobrevendría la gran catástrofe financiera. Ignorada de manera suprema por casi todas las audiencias (de paso fue nominada a once premios Óscar y no se llevó a casa ninguno). La problemática de la negritud en la época de la secesión está protagonizada por actores como Oprah Winfrey, Whoopi Goldberg y Danny Glover.

El imperio del sol (1987) plantea el apego de Spielberg por el cine bélico (más que nada su obsesión por los aviones militares de la segunda guerra mundial). El punto de vista, al igual que en E.T., pertenece  al protagonista infantil (Christian Bale). El guión es una adaptación de una novela de J. G. Ballard.

Indiana Jones and the last crusade (1989), contribuye con el rico personaje del padre del arqueólogo, interpretado por Sean Connery.

Con Always (1989) estamos ante un homenaje a las comedias románticas de los años cuarenta. El elemento fantástico está presente con el fantasma del esposo que siempre ronda a la mujer amada. Recuerda mucho a El fantasma y la señora Muir (1947) de Joseph L. Mankiewickz, a diferencia de que en la comedia de Spielberg, la viuda (Holly Hunter) no puede escuchar lo que le dice su esposo muerto (Richard Dreyfuss).

Con Hook (1991) asistimos a una incursión en el género del cuento de hadas. El mismo realizador fue acusado de ser el cineasta que no quería crecer, era constantemente acusado de hacer un cine escapista, sin mucha profundidad, hecho especialmente para las masas. Esta crítica él la revierte creativamente con el personaje de Peter Panning (interpretado por Robin Williams) quien regresa al País del Nunca Jamás. El rol del capitán Garfio fue delegado a Dustin Hoffman. El título despista porque parece realzar el personaje del villano, cuando en realidad no es así. A manera de un circo infantil, el filme es un verdadero vaudeville de escenas de acción con un extenso elenco de actores infantiles (se incluye a Gwyneth Paltrow en el rol de Wendy).

1993 constituye el segundo punto de giro en la carrera que estamos analizando, con dos filmes de grandes aportes técnicos y estéticos: Jurassic Park y La lista de Schindler.  La primera logra aunar los últimos adelantos tecnológicos con una historia de Michael Crichton. El CGI (computer graphic images) cada vez más perfeccionado sirvió a Spielberg para dar movimiento a los animales prehistóricos. En este sentido, fue pionero. La segunda es el punto más alto de su trayectoria. Este realizador de origen judío se arriesgó a realizar una historia de tres horas de duración en blanco y negro (con un fugaz personaje que aparece en tono rojizo).  La intención estética de la fotografía de Janusz Kaminski fue la de darle al filme una tesitura cromática parecida a la de los documentales de la segunda guerra mundial. Ganadora de siete de los doce premios Óscar a los que fue nominada, es uno de los más importantes alegatos antibelicistas de la historia del cine y le sirvió al director para liberarse de su estigma de ser el Peter Pan del séptimo arte.  Documento histórico para ser estudiado en todas las épocas. Nunca más el director regresó a ese nivel.

1997 es otro de esos años en los que Spielberg estrena dos filmes: Jurassic Park y Amistad. En vez de delegar la dirección de la secuela de Parque jurásico se lanza con The lost world que realmente no ofrece, en los aspectos técnicos, los aportes históricos de su predecesora.  Amistad, su película número 18, retoma el tema de la negritud, esta vez con la historia de la llegada de esclavos africanos a las costas de Norteamérica. Drama legal (protagonizado por Mathew McConaughey, Sir Anthony Hopkins, Morgan Freeman y Djimon Honsou) que fue visto como una forma de Spielberg de hacerse oír en lo concerniente al tema de la negritud. Al igual que El color púrpura tampoco fue escuchado.

Saving Private Ryan (1998) es la primera colaboración con su amigo Tom Hanks y sigue la estela dejada por La lista de Schindler intentando recuperar la cromática de los años cuarenta, pero de los documentales y reportajes filmados a color con cámara de 16 mm. Estamos ante una fotografía de tonos saturados y a ratos granulada que resulta lo más logrado del filme en lo técnico. La narración abre con un plano secuencia memorable: el desembarco de las tropas aliadas en las playas de Normandía.

En 2001 hace algo que debió haber hecho con la segunda parte de su saga de dinosaurios: delega la realización de Parque Jurásico III a  Joe Johnston que era conocido por Jumanji (1995).

A.I. (2001), basado en un cuento de Brian Aldiss, es en realidad un proyecto de Stanley Kubrick. Este último tenía a principios de los años noventa Aryan papers, un guión con la misma temática de La lista de Schindler, que tuvo que desechar ante el estreno del filme en blanco y negro de Spielberg.  Kubrick llamó al realizador norteamericano y le propuso que dirigiera Inteligencia artificial, un guión que ya lo tenía listo para ser rodado. El tono de cuento de hadas (Pinocho es constantemente referido) atrajo a Spielberg. Kubrick aparece en los créditos como productor.

Minority report  (2002) es una nueva incursión en la Ciencia Ficción, esta vez a partir de una historia de Philip K. Dick (el mismo de Blade Runner). El gran aporte de este filme es la inserción de las pantallas móviles holográficas en las escenas que suceden dentro del recinto policial.

Catch me if you can (2002) tiene como premisa dramática el juego del gato y el ratón. Basada en la crónica real de un forjador de cheques (que ahora trabaja para la Ley), incluye a Tom Hanks en el rol del perseguidor y a Leonardo de Caprio en el del perseguido. Correcta historia ambientada en los años sesenta, con una persecución peculiar que se alarga de manera verosímil con verdaderas peripecias rocambolescas.

The Terminal (2004) constituye la tercera asociación con Tom Hanks quien interpreta a un ciudadano de los Balcanes que queda atrapado en un aeropuerto debido a que su país ha sido declarado inexistente. Fina crítica de las políticas migratorias de Estados Unidos.

War of the worlds (2005) es su quinto filme de ciencia ficción. En este caso se incurre a un clásico de H. G. Wells. Película comercial (como casi todas las de S.S.) hecha para el lucimiento de Tom Cruise. Destaca, en cuanto a efectos, la secuencia de la llegada de los alienígenas. Alarde de perfección visual la serie de movimientos telúricos que dejan devastadas las calles.

Munich (2006) es la constatación de que la cuestión judía no deja dormir a Spielberg. La historia relata la persecución de la cual fueron objeto, por parte de la Mossad, los captores y asesinos de los atletas israelíes secuestrados durante las Olimpiadas de Munich. Criticada, no en sus aspectos técnicos, sino en su moralidad, esta película fue acusada de glorificar el odio y la revancha como norma de vida y política de estado.

Indiana Jones and the kingdom of the crystal skull (2008) resultará intrascendente y ha pasado a ser una simple curiosidad histórica: se la usa en algunas escuelas de cine para el tema de los errores de continuidad que son tan abundantes como Spiderman de Sam Raimi.

Tintin: El secreto del unicornio (2011) es la adaptación de uno de los comics de Hergé, un dibujante belga convertido en leyenda gracias a este personaje. Estamos ante un Indiana Jones en miniatura. Un periodista veinteañero que siempre anda a la caza de la noticia, aunque esto le signifique vagabundear por el globo terráqueo.

Spielberg llega tarde a la repartición de los panes del motion capture, técnica de avanzada perfeccionada por Robert Zemeckis. Este director, discípulo de Spielberg, fue uno de los primeros en usar la pantalla azulada de fondo para el posterior añadido en Forrest Gump (1994).  Zemeckis haría del mo cap su máxima arma narrativa y la usaría en Beowulf (2007), Expreso polar (2006)y A Christmas carol (2010).

Peter Jackson en El señor de los anillos también incurre en esta técnica y deja algo memorable para la historia del cine: la creación del personaje de Gollum (interpretado por Andy Serkis).  Spielberg se asocia con Jackson para producir Tintin que nos enseña cuanto ha avanzado el mo cap.

En los filmes de Zemeckis se nota que los personajes aún parecen muñecos de tira cómica y los movimientos no aparecen como naturales. Hay cierta rigidez en el accionar de los mismos. En Tintin este problema y otros han sido superados. Por ejemplo, las texturas están mejor trabajadas. Hay un mayor grado de realismo y un nivel de ilusión que nos hace olvidar a ratos de que estamos ante un filme animado.

La técnica no está al servicio de la espectacularidad sino a los pies de la narración. El filme propone un equilibrio entre ese realismo explicado líneas atrás y una estética del cómic que se respeta en algunos personajes como el del perro Milú y el de los policías Hernández y Fernández.

La dirección de arte es el elemento más elaborado.  Los espacios son recreados a la perfección y dan la ilusión de ser tan reales. Los objetos, vestimentas, accesorios, hasta el más mínimo detalle es recreado en un riguroso diseño de producción. Sin embargo, este aspectos de los espacios ya fue trabajado a la perfección en Avatar de James Cameron, película cuya tecnología ya hemos comentado en este blog.

Las aventuras de Tintin: El secreto del unicornio es una película mo cap más y pasará a la historia como la gran ignorada por los premios Óscar. Los 5.783 académicos prefirieron nominar a Kung Fu Panda 2, Rango, El gato con botas, la española Franco y Rita y la francesa Un gato en París. Con esto queda evidenciada una resistencia generalizada hacia el mo cap. Sigue prefiriéndose la manera tradicional de animar.

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Lugares de interés en 2010

Estas son las entradas y páginas con más visitas en 2010.

1

LA GUERRA, MADRE DE TODAS LAS DROGAS marzo, 2010

2

CRONOLOGÍA DE LA HISTORIA DEL CINE noviembre, 2009

3

PALINCESTO ENTRE CINE Y LITERATURA: SOLUCIONES PROVISIONALES PARA UN FALSO PROBLEMA noviembre, 2009

4

Neo en la caverna: UNA APROXIMACIÓN A THE MATRIX DESDE PLATÓN marzo, 2010

5

CIENCIA, TECNOLOGÍA Y MITO EN AVATAR abril, 2010

EL GUIONISTA EN EL INFIERNO

Barton Fink (1991) es la primera película en la historia del cine en ganar la Palm d´or del Festival de Cannes en las categorías de mejor filme, mejor director y mejor actor (John Turturro). Se trata de uno de los títulos paradigmáticos de la carrera de los hermanos Ethan y Joel Coen.

El personaje del título está basado en Clifford Odets, prolífico dramaturgo de gran éxito en los años treinta que fundó junto con Harold Clurman, Lee Strasberg y Cheryl Crawford la famosa escuela del método.

El tema del filme es Hollywoodlandia y sus intrincados laberintos. La premisa dramática resulta creativa por la forma en que es desarrollada: un dramaturgo es contratado en 1941 para escribir una película sobre lucha libre. La instrucción es muy precisa: debe redactar el guión pensando en Wallace Beery, importante actor de la época.

El detonante está planteado por el personaje de Jack Lipnick (Michael Lerner), el tiburonesco ejecutivo que lo contrata: «Sólo estamos interesados en una cosa, Bart. ¿Puedes contar una historia? ¿Puedes hacernos reír? ¿Puedes hacernos llorar? ¿Puedes hacernos emocionar con una canción alegre? ¿Puedes hacer más de una cosa? Okay!». A partir de este catalizador nos adentramos en el mundo de las historias y se plantean de manera subliminal preguntas como: ¿Qué es un contador de historias? ¿Qué es una historia? ¿Cuáles son los mecanismos para crear una? El filme va respondiendo cada interrogante de manera irónica.

El ejecutivo le explica al guionista primerizo por qué ha sido escogido: «Tú conoces la poesía de las calles».

El primer nudo de la trama se concentra en una conversación crucial entre Ben Geisler, uno de los productores, y el aspirante a guionista. Barton Fink le hace una revelación que cambiará el rumbo de la historia: «No puedo escribir el guión». El consejo que recibe es usual en el mundo de los artistas: «Hable con otro guionista». ¿Con quién decide hablar Barton, ese tímido escritor neoyorkino de obras de teatro que intenta triunfar en Hollywoodlandia? Pues con William P. Mahey, personaje que se erige como un homenaje a los novelistas que fueron contratados para trabajar en Hollywoodlandia. El nombre nos acerca a William Faulkner cuyo primer contrato le exigía escribir una película de cachascán para Wallace Beery, pero también puede ser un guiño a Francis Scott Fitzgerald. Este último es más probable, tomando en cuenta el cuadro del alcoholismo severo del consumado guionista.

¿Puede el escritor triunfar en el cine? Esta es una pregunta que formula el filme y que muchos historiadores del séptimo arte y de la literatura se han planteado durante todo el siglo XX. En el nuevo siglo, no tanto. Está claro que a estas alturas cualquiera puede oficiarlas de guionista y que el hecho de ser novelista no le aumenta ni le quita méritos. Un escritor de guiones es un artesano, un esclavo, un peón. El personaje de Geisler lo tiene muy claro: «Los guionistas vienen y van pero lo que siempre necesitaremos son los indios (para los westerns)».

Está claro que el Hotel Earl en el cual se registra el escritor es una metáfora del infierno. De hecho, el botones emerge de una puerta que está situada en el suelo y en el clímax del filme se incendiará apocalípticamente. Dentro de ese Averno el protagonista conoce a otro huésped, Charlie Medows (el inmenso John Goodman) quien se convierte en su confidente y en su apoyo, aunque rara vez  Barton logra concentrarse ya que su vecino irrumpe continuamente en su habitación. Al final Medows le dice al protagonista: «¿Piensas que hice tu vida un infierno? Échale un vistazo a este basurero. Tú eres sólo un turista con una máquina de escribir».

Barton Fink no es un filme sobre el bloqueo del escritor o la lucha contra la página en blanco. Tampoco es una apología del artista incomprendido por más que Barton grite: «Monstruos, soy un escritor. Yo soy un creador. Yo me gano la vida creando. Soy un creador. Un creador! (apuntando con su dedo a su cabeza). Este es mi uniforme». Es más bien una mirada nostálgica a la época de oro de Hollywoodlandia. Es un volver la vista atrás al star system de los viejos estudios. Época dorada en la que se contaba una historia de manera más auténtica, más genuina.

 

EL MACHETE RABIOSO DE ROBERT RODRÍGUEZ

El director méxico norteamericano Robert Rodríguez (1968) es uno de los adalides del cine independiente y el creador de una categoría que la crítica especializada ha llamado el western spaghetti mexicano. El mariachi (1992), su primera película, costó apenas siete mil dólares y prácticamente todos los cargos los asumió él. Esta costumbre totalizadora se puede apreciar en algunos de sus filmes posteriores en los que aparece acreditado como músico, operador de cámara y editor. Su ópera prima la filmó en apenas una semana, usando una handycam y como actores a miembros de su familia y amigos. Transfirió la cinta a 35 milímetros, la mandó a varias compañías productoras norteamericanas y su persistencia mereció una de las óperas primas más exitosas del cine alternativo.

Tres años después realiza la secuela a la que tituló Desperado. En esta ocasión se valió del ascendente carisma de Antonio Banderas (Málaga, 1960) y de una cada vez más posicionada Salma Hayek (México, 1966). Un año después estrena Del crepúsculo al amanecer un filme que continúa esa acción de cómic que tanto le fascina a Rodríguez. Esta vez lo hace con el aditamento de vampiros, más la colaboración en el guión de su mentor Quentin Tarantino. Es también la primera película estela de George Clooney. En el año 2003 se estrena Érase una vez en México que constituye el cierre de su trilogía de El mariachi. En esta ocasión exacerba los niveles de violencia, mutilaciones y matanzas, con la presencia de Johnny Depp en el rol estelar.

En su afán de explorar más elementos sensacionalistas, Rodríguez filma The faculty (1998) en la que da vida a seres extraterrestres en un colegio. Usando el género de las teenage movies logra replantear este tipo de filmes usando elementos del subgénero alienígena. Este aire de películas CLASE B hace ronda prácticamente en todos sus guiones.

La carrera de Rodríguez toma un giro excéntrico con la trilogía de Spy Kids. Usando el formato de las películas infantiles mezcla aventuras con ciencia ficción e historias de espionaje. Este giro gusta tanto a nivel comercial que se lanza a filmar Las aventuras del niño tiburón y la chica lava (2005) y se encuentra en proceso de filmación la cuarta entrega de Spy kids.

Los zombies no podían quedarse fuera del menú sangriento de Rodríguez y filma Grindhouse: Planet terror (2007) en la que realiza un sentido homenaje a todo el cine de horror de Roger Corman y George Romero, este último el creador de La noche de los muertos vivientes.

Machete (2010) es el primer filme en la historia del cine en utilizar a un actor mexicano de pocos atributos estéticos. El actor fetiche de Rodríguez, Danny Trejo, ya usado en algunos de sus filmes anteriores como el típico villano mexicano, se trepa al rol estelar de Machete. Al igual que Trejo, Machete ha cumplido una larga pena en prisión. Es una máquina de matar y de amar.

Hay algunos elementos en este filme que se burlan del cine de acción de los años setenta. El personaje femenino heroico que ya se da en algunas de sus películas anteriores (ver Grindhouse) aparece por partida doble con Jessica Alba y Michelle Rodríguez. Sería cansino enumerar el millardo de guiños y referencias que Machete contiene aludiendo a filmes de baja categoría. Hay que reconocerle que lo hace con oficio, ironía y sobre todo con amenidad, ya que estamos ante un filme que no decae en su acción.

El único aporte trascendental de Machete está en la forma satírica con la que se retrata la política de migración de los Estados Unidos. Resulta antológico el personaje de Robert de Niro. El senador McLaughlin es un político depredador en el sentido literal del término. Para conseguir dinero para su campaña de reelección mata personalmente a migrantes en la frontera de Estados Unidos y México. Otro hallazgo actoral de Rodríguez está en el casting de Steven Seagal, héroe de acción que ha envejecido y ha engordado de manera ideal para el rol de Torrez, el capo del narcotráfico, que logra un “convincente” acento mexicano a la hora de decir “puñeta”.

Se extraña el cine de siete mil dólares de Robert Rodríguez quien alguna vez dijo que jamás haría películas con efectos especiales. El cine dependiente del sistema de Hollywoodlandia lo ha absorbido de tal forma que ha perdido esa inocencia de El mariachi. En la lista de elementos del cine clase B, Rodríguez ha agotado casi todos. Después de alienígenas, zombies, mutilaciones y persecuciones, ¿qué más le queda por hacer?

UN FILME QUE DEBE DEJAR DE SER ANÓNIMO

En Anónimo Veneziano (1970) de Enrico Maria Salerno, el protagonista se llama como el director, Enrico (Tony Musante), y toca el oboe en la orquesta del Teatro La Fenice. Tiene una enfermedad terminal (cáncer). Vive solo y un día cita a su esposa Valeria (la brasileña Florencia Balkan) en la ciudad de los canales de agua. Llevan siete años separados pero nunca se han divorciado. Ella vive con el hijo de ambos y con un acaudalado industrial en Ferrara.

Al encontrarse inician un camino no sólo por Venecia, sino por el pasado de ellos. Es un recorrido geográfico y biográfico de 93 minutos que es el tiempo de duración del filme. Un periplo exterior e interior. Mientras caminan pasan revista a la historia de la pareja y al mismo tiempo a los lugares históricos de una ciudad paradigmática. El personaje de Enrico hace referencia a la decadencia de su ciudad, que está en plena agonía tal y como le sucede a su cuerpo.

El hecho de que Enrico padece de un mal incurable es únicamente revelado a mitad del filme. Antes se nos dan algunos indicios como tosidos o movimientos furtivos en los que el personaje ingiere pastillas. La dinámica de la pareja es la del típico opresor y la mujer sometida. Momentos de gran tensión son los que Enrico provoca no sólo por ocultar su enfermedad sino por el hecho de estallar en ira (se entiende que ese carácter temperamental fue uno de los motivos de la separación). La fricción entre ambos también se da por la inmensa curiosidad que siente Valeria al ver a su esposo después de tanto tiempo. En algunos pasajes de la primera mitad del filme ella le exige saber el motivo de la cita sin encontrar una respuesta concreta.

Se recurre constantemente al lugar común del artista encerrado en sí mismo o en su torre de cristal. Egocéntrico. De carácter turbulento y huracanado. Bipolar, para usar un término que no estaba vigente en 1970, año de estreno del filme. La historia se cierra con la imposibilidad de Valeria de ayudar a su ex conviviente. Después de hacer el amor ella descubre una carta de despedida incompleta en la que el artista anuncia su inminente suicidio. De esta forma ella (la destinataria de la misiva)  entiende que la cita es un adiós definitivo y que la decadencia de Enrico es inevitable como la podredumbre de las aguas venecianas. Es por esto que ella regresa a Ferrara a la vida segura que tiene con su nueva pareja. Un dato importante que acaso sirva para los sociólogos: la película fue estrenada en una época en la que recién logró legalizarse el divorcio, por lo que no es errado verla como una metáfora de esa avalancha de desuniones que sufrió entonces Italia.

Una subtrama importante por darle título al filme es el concierto para oboe y cuerdas que el músico debe preparar. De hecho, el tercer acto se desarrolla en el lugar donde la orquesta del Teatro La Fenice ensaya y graba la pieza que da nombre a la película.

Filme emotivo y vibrante más que nada por la música que usa fragmentos de la Quinta Sinfonía de Bethoveen y el celebrado concierto para oboe en do menor de Alessandro Marcello, a más de la música original de Stelvio Cipriani. El otro motivo que refrenda el filme es la ciudad. Se nota que el rodaje se efectuó “fuera de temporada” ya que no hay vestigios del millardo de turistas que asaltan la ciudad anualmente. Esta ausencia de peregrinos extranjeros nos muestra una ciudad descongestionada y con espacios muy bien aprovechados por la cámara. Para los que han estado en Venecia disfrutarán de las escenas rodadas en la Piazza san Marcos y el Puente del Rialto sobre el Gran Canal, además de puentes, callejuelas, pasadizos y edificaciones desérticas.

Para terminar es importante mencionar dos cosas. La primera, que el actor Enrico María Salerno, popular por sus papeles en algunos policiales y westerns haya escogido a ésta como su opera prima. Salerno era más que nada conocido por ser la voz que doblaba a Clint Eastwood en la trilogía de westerns spaghetti de Sergio Leone (1964, 1965 y 1966). También prestó su garganta para doblar al Cristo de El evangelio según Mateo (1964) de Pier Paolo Pasolini.
Lo segundo imposible de no mencionar es la forma en que este filme se adelanta a la versión cinematográfica de Muerte en Venecia de Luchino Visconti, estrenada un año después de Anónimo veneciano. Luego vendrían títulos memorables como El comfort de los extraños de Paul Schrader y el musical Everybody says I love you de Woody Allen que se desarrollan en la ciudad de los canales de agua. Incluso filmes que nada tienen que ver con Venecia han sido influidos de cierta manera por la primera película de Salerno. Richard Linklater y su díptico Antes del amanecer y Después del amanecer le deben mucho de su estructura a este filme de 1970. Aquello de la pareja que se busca a sí misma en una ciudad histórica es una premisa que ya está en Anónimo veneciano que transcurre prácticamente en tiempo real.