«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Her friends are so jealous
You know how bad girls get
Sometimes it’s not so easy
To be the teacher’s pet

The Police

“¿Qué es un adulto?” es la pregunta fundamental con la que empieza Miller’s Girl (2024) de Jade Halley Bartlett, una joven dramaturga neoyorkina, ganadora del premio OBIE, graduada en la Universidad de Brown, que en 2020 obtuvo un amplio reconocimiento cuando su obra off Broadway, “What the constituion means to me”, fue adaptada para una película que luego fue estrenada en Amazon Prime. “Convertirme en adulta, no me transformó de repente en algo sobresaliente o significativo. Tengo dieciocho años y soy completamente extraordinaria”. Quien habla es Cairo Sweet, una joven estudiante talentosa que vive sola en una mansión de Tennessee (“La literatura es mi único solaz y mi escape”) y se matricula en la clase de escritura creativa del aparentemente afable profesor Jonathan Miller, apellido que nos remite al autor norteamericano de novelas prohibidas como Trópico de cáncer. “Hoy conoceré a un escritor, como yo”, anuncia la voz en off, “un profesor en quien podría encontrar inspiración en un lugar como este. Creo que las flores crecen incluso en los cementerios”. Lo que ella no logra prever es que será un encuentro problemático en el que colisionarán mundos diametralmente opuestos. 

El veterano profesor de unos cincuenta años (interpretado por el protagonista de El Hobbit, Martin Freeman), se dedica a cultivar el potencial artístico de sus alumnos, pero pronto se ve atrapado en una compleja red de admiración, deseo y explotación con Cairo cuyo nombre exuda exotismo y su presencia es la de una Lolita de rostro adusto y serio que deja ver sus piernas con atuendos provocativos. A medida que la relación se vuelve más íntima y cruza las difusas líneas que separan los límites profesionales de los personales, la tensión aumenta hasta desembocar en una espiral peligrosa. Lo que comienza como una tutoría académica, pronto se convierte en un asunto perverso, que obliga a ambos personajes a enfrentar sus propias vulnerabilidades y oscuros impulsos. 

El núcleo de la película es la ambigua e inquietante relación entre el profesor y su alumna. Miller, aunque aparenta ser un educador compasivo, pronto revela un lado más cuestionable por dejarse llevar de su ego paternalista. Cincuentón. Escritor fracasado. Esposa alcohólica que también es docente.  Su creciente atracción por Cairo, que es vulnerable e impresionable, da lugar a un dilema ético. Ella saca de la biblioteca Apostrophes and Ampersands, el único libro publicado por su profesor, y que recibió críticas negativas que terminaron por emascular la creatividad de Miller. La obra en prosa la tiene a la mano con el afán de impresionar a su autor y sacarlo a colación en el momento menos pensado. 

La película se sostiene por el enigmático atractivo de Jenna Ortega quien interpreta a Cairo Sweet. Vestida siempre con pantalones cortos o minifalda. Diminuta pero letal, sería una forma poco adecuada de describirla. Primeros planos de su rostro pecoso. Plano detalle de sus ojos o labios. Está la metáfora de la caperucita sin necesidad de una vestimenta rojiza. Está el rostro siempre serio que juega con esa ambivalencia sexual que define la carrera de la joven actriz. 

La clave del filme la da Winnie, la mejor amiga de Cairo que se declara a sí mismo como lesbiana, cuando dice “We are the fucking american wet dream. Young girls with ambivalent sexuality. Pheromones steaming off our bodies”. Ella propone un juego de seducción. Ella perseguirá al profesor de Educación Física y Cairo al de Escritura Creativa. Winnie describe a la perfección a Miller: “Es como si hubiera vivido toda vida en blanco y negro y tú eres la primera cosa que ve a todo color”. 

El primer acercamiento se da a través del maestro quien, en plena faena de repartir lecciones, le susurra a la alumna que lo vea al final de la clase. En esta primera conversación el profesor le da consejos sobre las universidades a las que puede aplicar, posteriormente pasa a discutir el cuento que ella escribió como tarea previa y, finalmente, le pide que escriba el proyecto de mitad del semestre a partir del estilo de su autor favorito. Él le cita de memoria un párrafo del cuento y lo comenta brevemente. Luego ella le cuenta que ha leído Apostrophes and Ampersands y también le recita un largo parágrafo. Cairo le plantea la sencilla pregunta de por qué dejó de escribir y reciba la acartonada pero certera confesión de Miller: “Imagino que fue porque me casé, empecé a dar clases y ya no tengo nada más que decir”.  La alumna se pone a la altura del profesor cuando le dice “Usted está sin inspiración”. A lo que él responde “¿Me estás juzgando?”. La contrarréplica: “Lo estoy desafiando”. “No, ese es mi trabajo”, alcanza a decir Miller imposibilitado de ganar la discusión. 

A medida que docente y alumna se acercan, la dinámica de poder cambia: Miller, la figura de autoridad, empieza a hundirse en la línea que separa al mentor de alguien que sueña con ser un depredador académico; Cairo, por su parte, es cada vez más consciente de este desequilibrio de poder, pero también se siente atraída por el embriagador encanto de la atención de Miller. Su relación se tambalea al borde de lo inapropiado, y no queda claro si el compromiso de Cairo es consentido o forzado, obligando al público a cuestionarse la verdadera naturaleza de una conexión que no se sabe a ciencia cierta si es física o intelectual. 

El quiebre en la relación se da cuando el profesor no le acepta el proyecto de mitad del semestre que tiene como consigna escribir un cuento al estilo de un autor favorito. “Es pura pornografía”, le dice, refiriéndose a la narración erótica a la Henry Miller que le presenta. “Pero usted me dijo que escriba sobre lo que sé”, se defiende la alumna. La supuesta presa se convierte en el victimario. Ante la amenaza de ponerle cero y reprobarla, la escritora en ciernes le responde: “I fucking dare you”. Le da por el lado que más le duele el catedrático: le hace acuerdo de las críticas en contra de su único libro publicado: “¿Sabe que significa [que a su libro lo hayan tildado] «pretencioso y carente de ambición»? Significa que le faltó audacia para ser mejor, significa que es deliberadamente incapaz. Significa que usted, Jonathan Miller, es un mediocre. Cómo habrá decepcionado a quienes creían que usted sería algo más. Con razón está aquí [dando clase]”.  

A partir de este momento se da la comparecencia, por separado, de profesor y alumna ante la autoridad académica pertinente. La joven denuncia al pedagogo ante la decana de acoso. La máxima dirigente de la facultad recrimina al profesor por su comportamiento poco profesional, sobre todo porque le recuerda que Henry Miller está censurado en los programas de estudio. El resultado es la suspensión del profesor que se enfrentará a su pupila en la junta escolar (gran laguna de la trama que nunca veremos). El profesor de Educación Física (que sabe cómo frenar los avances de la mejor amiga de Cairo) es quien mejor resume la errada conducta de Miller: “No sabes identificar los límites y los traspasas. Por eso estás aquí, asustado, a la defensiva. Eres el adulto. Muestra responsabilidad. Si conoces los límites, conoces los daños colaterales”. 

                  Quien sostiene la película es Jenna Ortega en la construcción de un personaje tan seductor como amenazante, tan misterioso como abyecto, pero que roza lo acartonado como una especie de ambiguo juguete sexual de la historia. Hay algunas escenas (con referencias al cuento de la Caperuzita) en las que se ve al personaje entrando o saliendo del bosque, entre la universidad y su casa. Cuando Miller le pregunta si no le da miedo andar entre los árboles, ella le responde: “Yo soy la cosa más pavorosa que hay ahí”. El aire excéntrico y gótico de la actriz (quien hizo de Wednesday y de la hija de Winona Ryder en la secuela de Beetlejuice) pesa en demasía, distrayendo en todo momento el transcurso de la trama. Lo que dice de ella la esposa de Miller es lo que mejor la define: “Las adolescentes son peligrosas. Están llenas de violencia emocional y vituperación”. 

El personaje de la esposa alcohólica es fundamental porque cuestiona al profesor aún más que la estudiante sobre el rol de la escritura en su vida: “No tienes hijos, no tienes daño cerebral. Si dejaste de escribir es porque realmente no era algo que te competía. De lo contrario aún estarías haciéndolo. No has puesto una pluma sobre el papel desde que tus historias fueron denostadas por la crítica. No eres un escritor. No es que no puedas escribir, sino que no lo haces. Elegiste ser profesor. ¿Por qué te vería de otra manera?”. Cuando ambos pelean por la supuesta relación ilícita que el hombre ha tenido con la estudiante, ella lo tacha de “abanderado de la mediocridad. Ondeas tu estandarte de virtud intachable como un héroe americano común y corriente. Tú eres el villano, pero ni siquiera lo ves”. Al llevar al cónyuge contra las cuerdas, este la acusa de malevolencia, a lo que ella le contesta con la máxima amenaza que puede recibir un profesor que alguna vez fue escritor: “¿Por qué no escribes al respecto?”.  

Sin embargo, la dinámica entre Miller y Cairo pronto cambia cuando la adolescente se convierte en adversaria del maestro. A medida que Cairo se vuelve contra él, la reputación profesional de Miller se ve amenazada. Su matrimonio, ya de por sí tenso, empieza a deteriorarse cuando su mujer descubre el alcance de su comportamiento inapropiado (aquí no importa que no haya tenido sexo con la chica pues el traspasar los límites es tan grave como una relación física). La posición de Miller como educador, antaño segura, se ve ahora amenazada, y las consecuencias de sus acciones le dejan aislado y vulnerable. El desmoronamiento de su vida refleja la destrucción de sus relaciones personales y profesionales, ya que su traición a la confianza –como profesor y como marido– tiene consecuencias inevitables. La venganza de Cairo se convierte en el catalizador de su caída profesional, obligándole a enfrentarse al daño causado por su temeraria búsqueda del deseo.

La película maneja referencias explícitas a gigantes de la literatura como Henry Miller y Vladimir Nabokov, cuyas obras son celebradas por explorar temas como el deseo sexual, la ambigüedad moral y la complejidad de las relaciones humanas. Estas referencias pretenden servir como eje temático de la película, pero son apenas material decorativo que impide ahondar en la problemática ética del profesor traspasando los límites (tampoco se hace zoom en la vida burocrática del docente entregada al papeleo y tareas poco gratas que nada tienen que ver con la enseñanza en sí misma). El personaje de Miller, al igual que su homónimo literario, parece actuar bajo la apariencia del intelectualismo y la exploración artística, mientras se entrega a un comportamiento dudoso que luego él trata de enmascarar con el gesto autoritario de reprobar a la pupila; por su parte, el personaje de Cairo evoca la ingenuidad de la creación de Nabokov, Lolita, pero con pretenciosas capas de jactancia y complejidad, maldad y alevosía que la convierten en un cliché ambulante. Al invocar a los dos escritores (tanto al norteamericano como el ruso), Miller’s Girl traza un retrato del deseo y la manipulación tan enmarañado y paradójico como Lolita o Trópico de cáncer, planteando interrogantes sobre los límites de la libertad artística y las responsabilidades de quienes ejercen el poder dentro de un aula o en una institución educativa.

La pregunta inicial “¿Qué es un adulto?” es contestada, al final, por el personaje de Ortega: “Siento que todo esto me transformó en algo nuevo: heroína, villana, escritora, adulta a partir de las ruinas humanas del amor loco”. Esa transformación tan declarativa es falsa porque no la vemos en la pantalla: no hay adultez en denunciar descaradamente a un profesor que intentó (bien o mal) ayudar a una talentosa discípula. La guionista, productora y directora Jade Halley Bartlett no ha podido desarrollar nada más en esta historia de noventa minutos en la que todo se queda en preparativos y en esbozos de líneas narrativas que no prosperan. El personaje de Ortega es en cierta manera, villanesco (ella ya lo dijo), y aun así su maldad no logra desarrollarse por más que haya un afán de vincularla con la imagen de su personaje de Wednesday Adams. Momento crucial en la apresurada resolución de la historia es el instante en el que Cairo amenaza a su amiga Winnie con embarrarla en el problema legal que ella ha maquinado en contra del profesor Miller; esa perversidad es apenas una pista de todo el mal del cual es capaz la estudiante. A la relación conyugal entre Jonathan y su esposa tampoco le interesa a un guion que pudo haber explotado de manera más profunda los conflictos entre una académica alcohólica y un escritor fracasado. 

La chica de Miller (título literal en español), pese a sus taras, es un producto audiovisual relevante en el contexto del movimiento Me Too, ya que aborda temas como el desequilibrio de poder, la explotación y el consentimiento. La película se parece mucho a Oleanna, de David Mamet, en la que la dinámica profesor-alumno también está plagada de acusaciones de manipulación y acoso sexual. Mientras la obra de Mamet se centra en la ambigüedad de la situación para ambas partes (profesor y alumna), Miller’s Girl se inclina más hacia la crítica del abuso de poder del mentor, ilustrando (a medias) cómo el depredador contenido a menudo enmascara sus intenciones bajo la apariencia de un dedicado educador o guía artístico. De este modo, a la película se la siente especialmente pertinente en el clima cultural actual, ofreciendo una reflexión aleccionadora sobre las consecuencias de una falta de control en el mundo académico y laboral. En este aspecto al filme le falta la batalla final, de orden legal, entre alumna y mentor, dejando apenas esbozada la problemática relación de poder completamente asimétrica. Quizá esa media hora faltante (noventa minutos hacen que el resultado parezca un telefilme) habría mejorado enormemente una historia que se la puede definir con las mismas palabras que Cairo le dedica a su profesor: “imitación de cangrejo del sushi que venden en las gasolineras”. Un thriller sensual que parece tomado de Wattpad, como algún crítico de sillón ha escrito en la Internet. Jade Halley Bartlett es una directora que de seguro hará cosas más que interesantes en el futuro. Más le vale que lo haga. Es su boleto para ser una artista adulta.

Asistimos al  tradicional Auguste Wilson Theatre, en Broadway, a ver una representación de Cabaret. Elsubway nos deja en una estación de Times Square que está muy cerca de nuestro lugar de destino. Hacemos la fila correspondiente con el boleto previamente comprado en línea. Menos mal que conseguimos, a última hora, butacas en la platea alta. El show ha estado algunos meses en cartelera y cerrará su ciclo el 14 de septiembre. Una anfitriona nos pide amablemente el teléfono móvil y nos coloca un sticker adhesivo con el logotipo que han creado para el Kit Kat Club que es el nombre del cabaret en el que se desarrolla la trama original de esta obra estrenada en 1966.

La puerta principal de ingreso está vedada a los que hacemos fila. Se nos lleva a un costado, hacia la puerta de escape número dos a través de la cual procedemos al ingreso (la puerta uno es para quienes van a la platea baja). Descendemos y se nos ofrece a los que tenemos más de veintiún años un pequeño trago de Moët Chandon Imperial. Luego ascendemos y ya estamos en el bar berlinés de tonos verdosos de los años treinta del siglo anterior que han montado cerca de las puertas de acceso de la platea alta. El golpe se ha dejado sentir: hace unos minutos estábamos en la calle 52 con todo el bullicio neoyorkino encima y ahora estamos en un antro kitsch del Berlín en la segunda guerra mundial.

Desde la platea alta se obtiene una vista perfecta del escenario circular donde se va a desarrollar la obra. En la parte baja los usuarios van tomando posesión de sus mesas y butacas. Un grupo de bailarines (que interactúa con la gente que va llegando) empieza a ensayar deleitándonos con un abrebocas de la música de John Kander. No es un simple calentamiento. Es parte de la obra que vamos a espectar. Nosotros, los asistentes, somos también personajes. Estamos de visita en un teatro de larga tradición que ha sido remodelado para convertirse en el Kit Kat Club “original”.

Mientras esperamos que se apaguen las luces, le echamos un vistazo al programa de mano del show impreso por Playbill, la revista mensual para aficionados al teatro, que se imprime desde 1884. La historia original fue de autoría de John Van Druten. La tituló I Am a Camera, que a su vez fue una adaptación de Goodbye to Berlin de Christopher Isherwood. Mientras esperamos a que empiece el show, leemos en el folleto que el musical explora los sórdidos bajos fondos del Berlín de los años treinta a través de la lente del Kit Kat Club. La producción original, dirigida por Harold Prince, fue –según Playbill– innovadora por su atrevida narración y por el uso de números musicales para hacer avanzar la historia y su temática, supuestamente, desafia al público con su franca descripción de la sexualidad, la agitación política y la ambigüedad moral.

Como espectadores vamos con la experiencia de haber visto algunas veces la película Cabaret de Bob Fosse cuya adaptación de 1972, protagonizada por Liza Minnelli y Joel Grey, que fue para muchos la versión definitiva. La reposición de Broadway de 1998, protagonizada por el británico Alan Cumming en el papel de Emcee o master of ceremony, reinventó el espectáculo para una nueva generación, eliminando parte del brillo del original para centrarse en los matices más oscuros y cínicos de la historia. Esta versión destacó por su inmersiva puesta en escena y la electrizante interpretación de Cumming, que se convirtió en un maestro de ceremonias sexualmente juguetón y sin miedo a mostrar su lado más queer. La reposición de 2014, también con Cumming, siguió explorando los elementos crudos y provocativos del musical.

La versión que vamos a ver de Cabaret en Broadway, en el Kit Kat Club, cierra su temporada el 14 de septiembre de 2024 y es la última en la que actúa Eddie Redmayne que se ha dedicado a este rol tanto en su versión londinense como neoyorkina. No se trata de un remake o una adaptación más, resulta ser una vívida reinterpretación del original que amplía los límites del potencial inmersivo del espectáculo. Dirigida por Rebecca Frecknall, esta reposición aporta una nueva perspectiva a la historia atemporal, con una escenografía que sitúa al público directamente en medio del club, creando una experiencia mucho más íntima. La producción difumina los límites entre público e intérpretes, reforzando los temas centrales del espectáculo: el voyeurismo y la complicidad. Esta versión es más oscura, más descarnada y más actual, y aprovecha el clima cultural del primer cuarto del siglo XXI para trazar inquietantes paralelismos entre los años treinta y la actualidad.

Mientras el Emcee de Joel Grey era una especie de marioneta que se mantiene incólume ante el público, el Emcee de Alan Cumming era decididamente andrógino. Grey era puro vodevil con su voz cantarina y teatral, de mucho autocontrol; Cumming es físicamente más fluido, con gestos animales, más parecido a un depredador con la voz áspera que mezcla habla y canto con gruñidos para inquietar y seducir. 

La interpretación de Eddie Redmayne, como el maestro de ceremonias, es toda una revelación. Conocido sobre todo por su trabajo en el cine, Redmayne aporta una intensidad cinematográfica a su interpretación, combinando carisma y amenaza a partes iguales. Su Emcee es un maestro de ceremonias seductor, encantador y aterradoramente impredecible; es una figura fantasmagórica que encarna una locura que no se parece a la libidinosa actuación de Cumming o al pulido espectáculo de Grey. Así lo constatamos en la escena de apertura del show. Lo vemos aparecer en un claroscuro con sus brazos formando provocadoramente una cruz esvástica, dejando desde la primera escena una diferencia con los actores que anteriormente han interpretado este rol. Los versos de la canción de apertura resultan atemporales en boca de Redmayne:

Willkommen, bienvenue, welcome!

Fremde, etranger, stranger.

Gluklich zu sehen, je suis enchante,

Happy to see you, bleibe, reste, stay.

Willkommen, bienvenue, welcome

Im Cabaret, au Cabaret, to Cabaret

El gran aporte del actor británico en esta canción de bienvenida a los espectadores es que le aumenta un adjetivo posesivo a la última línea. Redmayne dice “my cabaret”, tomando posesión no sólo del espectáculo sino también de todo el lugar. 

El físico de Redmayne es sorprendente, ya que se contorsiona y se desliza por el escenario con una gracia inquietante, captando la decadencia y el peligro del personaje más cercano a un arlequín o a un payaso circense. De hecho, en un programa de The Tonight Show le manifestó a Jimmy Fallon que había estudiado en una escuela francesa de clown en la que recibió entrenamiento intensivo que lo llevaría a moldear su MC. La anécdota referida termina con la confesión de cómo en una clase de improvisación, en la que había que usar máscaras, sus tretas de actor ganador de Óscar fueron interrumpidas por el instructor que lo mandó a sentarse. 

 Su interpretación vocal es igualmente convincente, moviéndose sin esfuerzo entre susurros sensuales y poderosos gritos, haciendo que cada canción parezca una seducción, una amenaza o una súplica. Sus movimientos son deliberados pero inconexos, a menudo espasmódicos e inquietantes, como si su cuerpo no estuviera sincronizado con su mente. La voz de Redmayne oscila entre susurros espeluznantes y estallidos maníacos, utilizando un falsete para inquietar e incomodar a todos los que asistimos al Kit Kat Club. Hay una sensación de distanciamiento en su interpretación, una frialdad que diferencia a su MC de las encarnaciones anteriores, sobre todo en el detalle del gorro de cumpleaños en forma de cono que corona su testa. Su coreografía, aunque sigue siendo sugerente, es menos sensual pero más perturbadora, y a menudo hace hincapié en movimientos bruscos y discordantes que reflejan la naturaleza fracturada tanto del personaje como del mundo que habita.

El reparto es igualmente sólido, con actuaciones destacadas de Gayle Rankin como Sally Bowles y Bebe Neuwirth como Fraulein Schneider. La Sally de Rankin es un personaje profundamente imperfecto y complejo, retratado con una cruda vulnerabilidad que la hace tan identificable como trágica. Su interpretación de «Maybe This Time» es un momento desgarrador de esperanza y desesperación, mientras que su interpretación de la canción «Cabaret» es un escalofriante descenso hacia la desilusión. Neuwirth aporta una matizada seriedad a su papel de Fraulein Schneider, equilibrando el pragmatismo del personaje con momentos de tierna vulnerabilidad, especialmente en sus dúos con Herr Schultz, interpretado por David Krumholtz.

El diseño de producción y la dirección artística son espectaculares y transforman el teatro en una parte viva del Kit Kat Club. El escenario circular, que se mueve continuamente a lo largo del espectáculo, crea un efecto que al principio desorienta, pero que a medida que avanza la historia sumerge al público en el caótico mundo del Berlín de la preguerra. La plataforma giratoria permite transiciones fluidas entre escenas, dando a la producción una calidad casi cinematográfica. La escenografía y el diseño de la iluminación son evocadores y atmosféricos, utiliza fuertes contrastes entre luces y sombras para reflejar las dualidades en el corazón de la historia: el glamour y la decadencia, la libertad y la opresión, el amor y la traición.

La coreografía y los arreglos musicales son un guiño a la producción original y una audaz reinvención. Los números de baile son frenéticos y crudos, capturando la energía desinhibida del Kit Kat Club, pero con un toque moderno que resulta fresco y urgente. A diferencia de la coreografía más pulida y estilizada de las versiones anteriores, esta producción adopta un enfoque más descarnado y visceral que acentúa la sensación de peligro e imprevisibilidad del contexto político donde imperaba el nazismo. Los arreglos musicales, aunque se mantienen fieles a la partitura original de Kander y Ebb, incorporan elementos contemporáneos que resuenan en el público de hoy, haciendo que las canciones conocidas tengan una nueva vigencia e impacto.

En conclusión, esta reposición de Cabaret en el Kit Kat Club es una clase magistral de teatro musical, una producción que desafía y provoca tanto como entretiene. El hecho de que la obra siga evolucionando y resonando con cada nueva generación, reflejando el cambio de los tiempos y manteniéndose fiel a sus temas centrales, es un testimonio de su poder perdurable. Esta producción, con su inmersiva puesta en escena, su innovadora dirección y sus potentes interpretaciones, destaca como una de las versiones más convincentes hasta la fecha. No sólo honra el legado de este espectáculo emblemático, sino que lo redefine para el público contemporáneo, consolidando su lugar como uno de los mejores musicales de la historia de Broadway. Salimos del teatro Auguste Wilson extasiados de la experiencia de ver un show de este calibre en vivo. Privilegiados de ver a uno de los mejores actores de esta generación interpretar un rol histórico. 

Sebastián Cordero, siempre reconocido por su película Ratas, ratones, rateros (1999) regresa con La misma sangre, una obra teatral que retoma los personajes y conflictos de su simbólico largometraje para ofrecer una nueva perspectiva. En esta secuela, Cordero demuestra una vez más su condición de pontífice del realismo sucio, con su habilidad para contar historias crudas y realistas, logrando trasladar el lenguaje cinematográfico a las tablas con una maestría que no deja de sorprender. Utiliza únicamente a dos actores que copan el escenario con sus dinámicas verbales particulares que son producto del hacinamiento. El mejor punto de encuentro para ambos caracteres es la cárcel, ese lugar donde confluyen todos los problemas de la sociedad ecuatoriana contemporánea. Entre ambos se van a dar diálogos que proyectan un país cada vez más enfermo por el asedio del narcoterrorismo. Ambos personajes están en la antesala del infierno, a la manera de los personajes de A puerta cerrada de Sartre o, si se quiere, son Vladimir y Estragón que están esperando a una muerte llamada Godot.

La obra se abre con una silla vacía mientras se escucha el audio de una llamada telefónica que Ángel le hace a Salvador. El primero le dice al segundo que ansía poner su vida en orden y que ha cambiado para bien. Luego Ángel aparece sentado en la silla para contarnos de su proceso de transformación. Ninguna de sus palabras toca la puerta de la verdad. Lo que veremos a lo largo de toda la obra es cómo su condición de ángel caído se ha recrudecido en pleno confinamiento. En todo momento él intentará convencer a su primo de que es otro cuando en realidad ha refinado sus tácticas de supervivencia y sigue siendo una rata, un ratón o un ratero.

Mientras el espectador espera, con paciencia, que se abra el telón, se escucha por los parlantes toda la banda sonora de Ratas, ratones, rateros, la película señera del cine ecuatoriano. La historia de los primos, Ángel y Salvador, terminaba con el escape del primero hacia la frontera con Colombia. El personaje nada de angelical y mucho de marginal había descendido a los infiernos con los demás personajes a cuestas. El destino o el desatino pone a los primos en la misma cárcel de máxima seguridad. Salvador acepta la invitación de Ángel para visitarlo en su celda donde lo recibe un primo que dice haber cambiado. La realidad dista mucho de la verdad. Es un personaje mucho más oscuro. Dice que quiere redimirse pero solo guarda rencores hacia el mundo. Lo único que parece despertar sus sentimientos es el relato que hace su primo sobre la abuela muerta.

Esta secuela de Ratas no se olvida de cerrar las subtramas de la original. Se hace mención a Marlon, el compinche de Salvador en los robos en el centro histórico, de quien se dice que su destino también fue la Gran Colombia; se alude a Carolina, la chica que es el interés sentimental de Salvador y que había estado previamente con Ángel. También se menciona al papá de Salvador. La mejor parte del recuento es aquella que incluye la subtrama de cómo hizo para deshacerse del cadáver que estaba en su casa en durante el último acto de Ratas. De la abuela se revela que estuvo sus últimos días en un hospicio, consumida por la enfermedad que le impedía hablar. Resulta revelador cómo al final de sus días (según el relato de Salvador) logra recuperar el habla, justo antes de morir, para rezar la plegaria al ángel de la guarda, hecho que emociona sobremanera al aparentemente imperturbable Ángel. De hecho, cuando Salvador abandona la celda, Ángel rompe en un llanto desgarrador que no sólo humaniza al personaje sino que da fe del poder histriónico del actor Carlos Valencia.

Salvador se ha convertido en un cínico. Los rencores lo han moldeado negativamente. Aún hay vestigios de su inocencia, sobre todo cuando habla de su abuela o menciona a Carolina. Pero lo que más hay en su discurso es un resentimiento que no puede disimular. Este es el aporte del personaje que logra un equilibrio si lo ponemos al lado de Ángel que es (ya lo conocemos) una fuerza huracanada que trasciende más allá del escenario. La picardía que proyecta Valencia está intacta y la vemos, sobre todo, cuando rememora sus aventuras de malandro en los Estados Unidos.

Lo primero que llama la atención de la obra es el constatar cómo la dirección de Cordero conserva la intensidad y el ritmo que caracterizan a toda su obra cinematográfica, aprovechando al máximo el espacio escénico para generar una atmósfera de tensión constante. La narrativa se expande para explorar más a fondo las complejidades de sus personajes, permitiendo al público conectar emocionalmente con sus luchas internas y sus conflictos morales en un entorno brutal.

La misma sangre capta con precisión la realidad cruel de las cárceles ecuatorianas, un microcosmos de la sociedad afectada por el narcoterrorismo y la corrupción institucional. La obra no escatima en retratar las condiciones inhumanas de estos espacios: hacinamiento, violencia y un sistema que perpetúa la marginalización. Se hace una crítica soslayada a la política antiterrorista del Estado. Particular resulta el momento en el que Salvador habla de la situación caótica del cantón Durán, con toda la violencia que caracteriza a ese sector, incluyendo el tema de las decapitaciones. Ante esto Ángel responde de manera despectiva que Durán siempre ha sido así.

Echémosle ahora un vistazo a la celda. Una inscripción enorme se lee desde cualquier punto del teatro. La leyenda «Primero Dios, luego mi bala» provoca un efecto turbador por su tipografía gótica. Parece una inscripción callejera de cualquier pandilla, cartel o grupo armado. Vamos decodificando el escenario. Un lecho modesto de metal. Un cubrecamas con el escudo de Barcelona Sporting Club. Un microondas barato. Un televisor que al ser encendido muestra rayas debido a la mala conectividad. Paredes con recortes de periódicos donde se aprecian noticias de la violencia cotidiana y mujeres en paños menores. «Santa MANTAnza», «Vuelve el sicariato», «Durán es una bomba de tiempo» son algunos de los titulares que se aprecian en el decorado. Una mesa donde se aprecia la pequeña estatua del Divino Niño. Dos mecheros debajo de la cama. Un sillón viejo y decolorido. Un crucifijo enorme en la pared, al igual que una imagen popular de Cristo en forma de póster. Un par de pesas en el suelo. Esta es la celda de La Lagartera donde está confinado Ángel, ahora reconvertido en un vacunador que trabaja telefónicamente con sus contactos en el mundo exterior. La puesta en escena minimalista que acabamos de describir, con un diseño de iluminación que acentúa la claustrofobia y una grabación con la atmósfera sonora carcelaria que se escucha en todo momento, complementa a la perfección las actuaciones, creando una experiencia inmersiva y ciertamente perturbadora.

Cordero utiliza el escenario como un espejo de esta realidad, haciendo que el público se sienta atrapado junto a los personajes. La crudeza de los diálogos y la puesta en escena permiten vislumbrar cómo el narcotráfico no solo afecta a sus involucrados directos, sino que corrompe todos los niveles de la sociedad, incluyendo a quienes, en teoría, deberían protegerla. De esta manera, el director hace una crítica incisiva a las estructuras de poder que permiten y perpetúan estas condiciones.

Las excelentes actuaciones de Marco Bustos y Carlos Valencia son el núcleo de esta obra de teatro de 80 minutos. Bustos, quien interpreta a un hombre que lucha por redimirse en medio del caos, ofrece una actuación llena de matices, logrando transmitir la desesperación y la esperanza con igual intensidad. El personaje del primo menor aún conserva el candor y la inocencia, pero mezclados con un resentimiento profundo que alberga deseos de revancha. Valencia, por su parte, encarna a un personaje endurecido por la vida carcelaria, cuya dureza externa oculta un profundo dolor (tomar nota de la conmovedora escena en la que rompe llanto de manera desconsolada). Su presencia en el escenario es magnética, capaz de llenar cada rincón del teatro con una mezcla de amenaza y vulnerabilidad. Su vulgaridad sigue siendo encantadora, sobre todo cuando recurre al uso de la coba o jerga callejera. El talento actoral se manifiesta especialmente en las llamadas telefónicas que hace a una de sus víctimas: la cínica entonación no sólo revela un modus operandi usual en los extorsionadores sino que muestra la facilidad del personaje para impostar de manera perfecta el proceder fuera de la ley. De más está decir que la química entre ambos actores eleva la tensión dramática de la obra, manteniendo al público al borde de sus asientos.

Cordero utiliza la teatralidad de manera innovadora, fusionando elementos de cine y teatro para crear una narrativa visual que es tan impactante como la historia misma. La obra desafía las convenciones del teatro tradicional, presentando un montaje dinámico que combina proyecciones, música en vivo y una coreografía que refleja el caos interno y externo de los personajes. Este enfoque multidimensional no solo enriquece la experiencia del espectador, sino que también amplía los límites de lo que el teatro contemporáneo puede ofrecer.

La trama maneja un conflicto que va ascendiendo hasta el punto de explotar literalmente en los últimos minutos. Las acciones de Ángel como vacunador tienen sus consecuencias: su intento de extorsionar a un potentado local hace que éste busque ayuda en un grupo armado que está en la misma prisión. Esa banda encarga a Salvador el asesinato de su primo. Al final el espectador sabrá si se cumple o no dicha misión. El final (que recuerda mucho al cierre de Butch Cassidy and the Sundance Kid) mantiene en vilo al público con una serie de recursos sonoros y pirotécnicos que son prestados del cine.

En conclusión, La misma sangre de Sebastián Cordero es un experimento teatral audaz que ofrece una reflexión profunda sobre la violencia y sus raíces en la sociedad. A través de esta obra, Cordero continúa su exploración de temas que han marcado su carrera, utilizando el teatro como un medio para cuestionar y desafiar las estructuras sociales y políticas. La obra no solo es un comentario sobre la realidad carcelaria en el Ecuador, sino también una parábola universal sobre la capacidad del ser humano para hacer tanto el bien y el mal. Con esta obra Cordero nos ha demostrado una vez más, que tanto el teatro como el cine están hechos de la misma sangre, con una historia que es tanto una advertencia como un llamado a la acción, un testimonio del poder transformador de las artes de la representación.

La primera reflexión después de asistir a una proyección de La invención de las especies (2024) de Tania Hermida (Cuenca, 1968) es constatar que las islas Galápagos son una parte no inclusiva de nuestro imaginario de nación. La mayoría de ecuatorianos se excluye de ese territorio tan real como ficticio: los escritores no lo ven inspirador y los turistas internos deciden ir a Estados Unidos o Europa. Esto explica quizá la poca asistencia (al menos en Guayaquil) a las salas donde fue proyectada la película. Los espectadores no quisieron acercarse a este poderoso espectáculo visual (más valioso que cualquier blockbuster) y prefirieron la décima secuela de El planeta de los simios. En tal caso este es el estreno nacional más importante del año que abrirá camino (ojalá) para que otros cineastas y por qué no escritores ecuatorianos exploren el archipiélago. 

Pocos novelistas se han atrevido a explorar ese reino y sin lograr una obra que pueda ser tildada de literatura mayor. Hallado en una grieta de Jorge Velasco Mackenzie, Esclavos de Chatham y Más allá de las islas de Alicia Yánez Cossío, La isla de los gatos negros de Gustavo Vásconez Hurtado, son algunos de los ejemplos literarios nacionales. Más repercusión ha tenido el texto breve Las Encantadas del norteamericano Herman Melville del cual la cineasta cuencana Tania Hermida retoma la estructura y el lenguaje lírico. A la manera de siete sketches o bosquejos la cámara ausculta el paisaje y su relación dialógica con Carla, la niña protagonista. No se cae en el postalismo que es el gran riesgo que se corre con los paisajes paradisiacos. Las imágenes (montadas por Iván Mora Manzano) se suceden como ráfagas: puestas de sol, amaneceres, las olas que besan la arena, las iguanas, tomas aéreas de formaciones rocosas forman parte del álbum propuesto por la cineasta graduada en San Antonio de los Baños. 

Estrenada en la segunda semana de mayo, La invención de las especies, es una película que juega con las imágenes que históricamente se han construido sobre el archipiélago. Estructurada en días, siete como los de la creación del mundo, cada uno con un título poético que da cuenta de proceso intrínseco de la protagonista, Hermida nos introduce en las islas a través de la mirada de la protagonista que está arribando a la pubertad. Acompaña a su padre, un biólogo marino que cuida y cataloga tortugas. 

Al igual que en Qué tan lejos (2006), primer filme de Hermida, los nombres están trocados. Carla se hace llamar Isla, de la misma manera que Teresa responderá al nombre de Tristeza en su ópera prima. Un chico lugareño le llama la atención sobre el curioso nombre y ella le devuelve la ironía haciéndole notar que él se llama Darwin como el naturalista británico que visitó las islas en 1839. A otro amigo de Carla le llaman Wiki porque siempre anda con una tablet citando información de Wikipedia. Francisco, una especie de chamán, se hace llamar Harriet, como la tortuga que se llevó Darwin a Inglaterra durante su viaje de estudios. Francisco (fascinante personaje que recuerda a la Loca de Chaillot) viste como una dama, tiene un sombrero de ala ancha y lleva un maquillaje discreto. Este juego de nombres trocados adquiere una dimensión más importante cuando la voz over nos recuerda que cada isla tiene un nombre en inglés y otro en español. La curandera Harriet le hace acuerdo a Carla que la isla Isabela se llamaba previamente Albemarle “y que algún día tendrá otro nombre”. De la misma manera que a las islas Galápagos también se las conoce como Las Encantadas (cortesía del autor de Moby Dick) o archipiélago de Colón, el navegante español que jamás estuvo allí. Como vemos, el lenguaje está sometido a una continua reinvención, está constantemente en tensión a la hora de aprehender la identidad individual, colectiva o histórica. Aquí es pertinente la cita de El mono gramático (1974) de Octavio Paz que ya aparece en la ópera prima de Hermida: “Todos merecen un nombre propio y nadie lo tiene. Nadie lo tendrá y nadie lo ha tenido. La realidad más allá de los nombres no es habitable y la realidad de los nombres es un perpetuo desmoronamiento. El sentido no está en el texto sino afuera”. 

Los siete días que Carla pasa en Isabela constituyen un aprendizaje después de la muerte de su hermano (un aparente suicidio). Va elaborando su duelo sumergiéndose en el paisaje galapaguense, jugando con sus dos amigos: Darwin, hijo de la señora que regenta un restaurante, y Wiki, hijo de la bióloga marina que es colega del papá de Carla. La preadolescente visita al solitario George en el centro Charles Darwin, va con sus dos amiguitos al muro de las lágrimas, quizá los dos símbolos más importantes de las islas. El chamán, que maneja un método de curación basado en el storytelling, le lee a la protagonista los textos más representativos sobre el archipiélago: la carta al rey de Fray Tomás de Berlanga (descubridor de las islas), fragmentos del libro Cuando Satán vino al Edén de Dore Strauch y los primeros versos de Sollozo por Pedro Jara: estructuras para una elegía de Efraín Jara Idrovo. Son tres textos que corresponden a momentos históricos únicos y que genéricamente están diferenciados: una carta de relación (perteneciente a la Historia), un libro de memorias de uno de los primeros colonos y un texto de poesía. Cada uno de estos textos dialoga, a su manera, con la historia de estos niños que exploran la topografía galapaguense. En este sentido hay que leer el filme como un levantamiento bibliográfico (ver la lista de lecturas de la directora en la secuencia de créditos) de los símbolos más importantes de las islas a través de textos procedentes de diversos géneros. 

Hay una didáctica poética en el tono: los textos se escuchan mientras Harriet (Francisco Aguirre) los recita (en off) sin un afán aleccionador. Es pura poesía con sus pausas y cadencias en una voz única. Sus manos que se mueven de manera sosegada y rítmica. En este aspecto el filme recupera la dimensión poética de las islas. Hay un tono intimista marcado no solo por la voz del actor, sino también por la forma cercana con la que se trata cada fuente. A Fray de Berlanga se le llama Tomás, a Strauch se la menciona como Dora, a Cobos, el constructor del muro de las lágrimas, se le denomina únicamente como Manuel, a la Baronesa von Wagner se la menta como Eloísa. Se omiten los apellidos para acercar más a estos personajes históricos al gran público. Los textos se recitan con suma delicadeza mientras Harriet ilustra con movimientos dancísticos las páginas colgadas en los cordeles de su recinto mágico (cortesía del director de arte Gonzalo Martínez y la ambientadora Claudia Hidalgo). Harriet lo dice de manera enfática: su magia radica en curar contando historias. La soledad y los temores de Carla se van esfumando a medida que regresa al “consultorio” de Harriet y escucha más historias sobre las islas. Ante la pregunta de Isla si las historias son reales, Harriet responde: “Ninguna historia es real, pero todo lo que yo te cuento aquí es cierto”. Frase de la que al final se apropia Carla para usarla con uno de sus amiguitos. 

Ante la ausencia de una gran literatura sobre el archipiélago, Hermida llena ese vacío con su filme abarcador. En apenas hora y media el filme resume lo que pregona su título. En algunos momentos la trama dialoga con la ciencia: no se incurre en los datos duros, poco comprensibles, apenas unas dosis mínimas de pastillas informativas claras, expuestas brevemente de manera didáctica. Del solitario George se dice que ya no es el único de su linaje y que se han descubierto tortugas de su misma especie en otra isla. De las iguanas terrestres la bióloga marina, mamá de Wiki, dice en una conferencia que llegaron millones de años atrás y derivaron en varias mutaciones para adaptarse al nuevo terruño. “Hijas milagrosas de las islas”, las llama ella en su breve disertación. De las tortugas el biólogo, padre de la protagonista, dice en la misma conferencia que “incubar y alimentar a las crías es un esfuerzo inútil si no se consideraban las condiciones para su liberación, esto es eliminar a los depredadores”. 

Pero es la literatura la que le gana la partida a la biología marina y a la Historia. Casi al final el filme deja bien clara su filiación letrada en dos momentos. El primero es la broma intertextual de Harriet sobre el atalaya de madera al cual subían los niños para avistar qué embarcaciones arribaban a Isabela. “Godot nunca va a llegar”, dice Harriet. En un segundo momento la cedulación literaria es más contundente cuando la voz over parafrasea el inicio de Cien años de soledad ubicando a Carla en el futuro, frente a una página en blanco, escribiendo la historia que estamos espectando en la pantalla. La novela fundacional de García Márquez es perfecta para la misma intención del filme: poner los cimientos cinematográficos de un territorio que necesita ser dicho, señalado, avistado, reconocido… Estamos ante la fundación audiovisual de un territorio propio y extraño al mismo tiempo. No hay una nostalgia de lo insular. La cineasta toma el territorio y lo hace suyo en términos audiovisuales. Es como si las islas (podemos eliminar el “como”) fueran captadas por vez primera en la historia del cine ecuatoriano. Hermida ha rehuido del documental de National Geographic y nos ha regalado una historia auténtica, con un reparto en el que los niños (ya sabemos qué bien le viene dirigir a actores infantiles), con su mirada inocente, aportan una nueva luz sobre el archipiélago. Por algo Carla se hace llamar Isla. Se siente aislada dentro de su soledad y su problemática familiar, pero al final (después de ser curada por Harriet) se integrará al archipiélago y al conglomerado humano. O al menos regresará a su ciudad con la inquietud de plasmar en palabras todo lo vivido muchos años después. 

Una voz over empieza el filme con la siguiente alocución: “Si esto fuera un cuento podría empezar así: había una vez un mar sin nombre. Los nombres vinieron después.  Llegaron en barcos. En el principio era el mar solamente. Y un día o una noche al mar le brotó fuego. Entonces el mar no se llamaba mar ni el fuego, fuego, pero brotó y dejó huellas. Así nacieron las islas. Durante mucho tiempo las islas estuvieron solas, pero un día del que no existe memoria empezó a llegar hasta ellas la vida, aún sin nombre de historias, la vida solamente”.  La voz de Carla, convertida en voz en off, retoma esos primeros parlamentos logrando un final circular. La Carla adulta se ha encontrado con la Carla niña. Las palabras que ha dicho forman parte de una posible literatura: “Si esto fuera un cuento”, luego apela a la paradoja diciendo: “Si esto fuera una película”. Todo esto con el afán de creación de parte de ella cuando ha renombrado todo un mundo en siete días. Esta re-creación de las especies, esta reinvención del paraíso se da a través de la mirada lúdica de Carla. No es la imagen fatalista de las islas la que aparece en el filme. No hay cabida para la leyenda negra. No existe la maldición de la tortuga. Al séptimo día Carla regresa a su lugar natal después de su sanación y aprendizaje. Su proceso de adaptación ha concluido. Se ha convertido en “una hija milagrosa de las islas”. 

1) Ficha técnica. Título de la obra con sus medidas. Entre paréntesis incluir el año en que fue ejecutada la obra. Nombre del autor con el año y lugar de nacimiento entre paréntesis. Técnica con la que la obra fue realizada. 

2) Análisis del nivel preiconográfico, o sea, el soporte o material en el que está concebido el cuadro. ¿Es un tablón de madera, un lienzo, un cartón, un papel, una pared de cal, una cueva? En esta introducción el alumno debe reflexionar por qué cree que el artista escogió ese soporte y no otro. También debe determinar a qué se debe el tamaño de la obra: ¿Es mejor para el artista manejar un formato más portátil? ¿Por qué escogió un formato de mayores dimensiones? Pensar por escrito por qué ese tamaño (con su respectiva técnica) es lo adecuado para expresar lo que se desea. Recordar que en el punto anterior ya se incluyeron las medidas exactas (no repetirlas).

3) Determinar cuál es el posible tema de la obra. Aquí unos cuantos ejemplos: La Monalisa de Leonardo es un estudio sobre la feminidad. Blanco sobre blanco de Malevitch es un análisis nihilista de la existencia a través del color. La persistencia de la memoria de Dalí es una reflexión sobre el tiempo. Acto seguido dedicarle dos líneas a pensar por escrito a la manera en que el artista aborda ese tema. Esta lectura temática arrojará luz sobre las principales preocupaciones en los cuadros de un pintor; por ejemplo, el tema principal del pintor es el indígena, el tópico principal del pintor es la obesidad. Cuando un tema se repite en demasía se le llama tema recurrente o leit motif. Por esta razón es muy importante analizar no solo un cuadro de un pintor, sino la mayoría de obras posibles del artista estudiado. Mientras más cuadros analices de un artista, más fácil te será comprenderlo y más sencillo será para ti encontrar el leit motif (tema recurrente, tema que se repite). Nunca hay que conformarse con ver un solo cuadro de un pintor. No se puede comprender todo el collar si analizas tan solo una de sus perlas. Si el alumno cree no haber encontrado tema consignar que no aplica. 

4) Reconocimiento de la técnica utilizada por el artista para crear su cuadro. Hay que determinar por qué el autor decidió pintar un óleo, una acuarela, un grabado, una litografía, etc. En algunos casos la técnica suele ser mixta. Esto vendría a ser un análisis formal, ya que en una obra de arte la forma no puede divorciarse del contenido. Pensar por escrito de qué forma la técnica sirve al tema de la obra.

5) Identificación del contexto. Como todos sabemos un contexto es el lugar concreto o abstracto en el que cual se genera un signo. Hay diversas clases de contexto: cronológico, geográfico, físico, semántico, etc. Por lo tanto, hay que determinar el contexto geográfico (por ejemplo, la obra fue pintada en Italia) y también hay que precisar el contexto cronológico (la obra fue pintada en el año mil cuatrocientos y pico). Parte de la contextualización (insertar en un contexto) es ubicar el cuadro en una corriente o escuela pictórica (barroco, impresionismo, realismo, indigenismo, abstraccionismo, etc.). Obviamente, habría que explicar el cuadro desde el punto de vista de los postulados o principios de esa escuela o corriente pictórica. Si la obra es, por ejemplo, tomada del salón de julio de la ciudad la tendencia vendría a ser “arte guayaquileño contemporáneo”. Si el alumno cree no haber encontrado contexto consignar que no aplica. 

6) Análisis cromático. La Sicología del color nos ayudará con este cometido. Todo color tiene una función simbólica, por lo que habría que buscar el significado oculto que hay detrás de cada color utilizado por el artista. Habría que ver, también, cuales son los colores que el pintor prefiere, cuáles se repiten y con qué fin. Fijarse, además, en el dibujo, es decir, las líneas que determinan el entorno (lo que rodea a algo) y los dintornos (líneas interiores de lo pintado, delineación de las partes de una figura, contenidas dentro de su contorno [conjunto de líneas que limitan una figura de otra] ). En el color hay que distinguir los tres colores puros: amarillo rojo y azul, a los que hemos de añadir el blanco y el negro para producir los efectos de mayor o menor luminosidad. En función de la intensidad de la luz que recibe un pigmento cromático, cabe considerar el tono de color, lo que ofrece infinitas variedades y que es base esencial para la consideración de la perspectiva aérea en una composición. Conforme a este perspectiva aérea se han de analizar las transformaciones que sufren los tonos de colores en relación con el medio atmosférico que se interpone entre el ojo del espectador y lo representado, así como la intensidad del tono en relación con la mayor o menor potencia lumínica. Los colores deben ser analizados en cuanto a su función simbólica respondiendo a la pregunta «¿Por qué el artista usa esa paleta al servicio del tema que fue declarado en el punto 2 de este modelo de análisis?

7) Análisis de la luz. Al analizar la luz se la debe relacionar con el claroscuro, es decir, con las zonas iluminadas y las que quedan en la oscuridad o en la penumbra, también debe relacionarse con la adumbración (zonas menos iluminadas de un objeto o figura), y ver si consigo así el efecto de volumen en el espacio, aspecto básico para la representación del modelado. Para este efecto son fundamentales las veladuras o superposiciones de colores, para que con su transparencia resalten los efectos luminosos.

En función de la luz, podemos distinguir el tenebrismo, mediante el cual, en el período barroco, se resalta la importancia de una figura o parte de ella, haciéndola destacar sobre un fondo muy oscuro; así como el luminismo, a través del cual se representan diversos tonos cromáticos en profundidad, en función de la distancia y de la intensidad lumínica, tal y como pasa en el período barroco avanzado.

La luz debe ser analizada en cuanto a su función simbólica y responder a preguntas como «¿Por qué unas partes del cuadro están iluminadas y otras no? ¿Por qué tal figura está adumbrada o por qué esta otra aparece iluminada? ¿Qué significa la luz: conocimiento, verdad, pureza? ¿Qué significa la sombra: desconocimiento, falsedad, impureza?».

Si el alumno cree no haber encontrado luz consignar que no aplica. 

8) Análisis del escorzo. Fijarse, primero, en el efecto de profundidad, gracias a la representación de la figura o parte de ella en dirección vertical al plano del cuadro, es decir, hacia adentro (el escorzo es la representación de una figura que se extiende en sentido perpendicular u oblicuo en relación al plano de la superficie sobre la que se pinta, acortando sus líneas, según las leyes de la perspectiva. Escorzo viene del italiano scorciare que significa acortar). Si el alumno cree no haber encontrado escorzo consignar que no aplica. 

El escorzo nos lleva al análisis de la perspectiva, o sea, de la disposición que ofrecen las figuras en el plano del cuadro para conseguir el efecto de profundidad. La perspectiva geométrica se consigue mediante líneas diagonales que confluyen en un punto en el fondo del cuadro, que es el llamado punto de fuga, situado generalmente en la línea del horizonte que es paralela a la línea de tierra o base de un cuadro. En diversos períodos de la historia del arte este punto de fuga puede situarse en diferentes lugares al fondo del cuadro, e incluso situar varios puntos de fuga. Frente a esta concepción geométrica de la pintura, hemos de señalar la perspectiva aérea del iluminismo. También existe la perspectiva invertida, en la que el punto de fuga se sitúa en el ojo del espectador, de tal forma que las líneas divergen hacia el fondo, como en una proyección cinematográfica, y así las figuras más cercanas a nosotros son más pequeñas que las más lejanas, produciendo un efecto de escalonamiento en profundidad muy característico de la pintura medieval y contemporánea. Si el alumno cree no haber encontrado perspectiva consignar que no aplica. 

9) Fijarse en el movimiento serpentino (de serpiente), en el que la figura da la ilusión de girar en el espacio, dibujando una línea helicoidal (como de hélice). Si el alumno cree no haber encontrado movimiento consignar que no aplica. 

10) Analizar el contraposto (equilibrio armónico de movimientos opuestos en la representación de una figura humana), concepto en el que las partes de una figura se contraponen unas a otras buscando el equilibrio en el movimiento. Si el alumno cree no haber encontrado contraposto consignar que no aplica. 

11) Analizar las figuras en caso de usar el figurativismo. Hay que recordar que al figurativismo se opone el abstraccionismo: donde hay abstracción no hay figuras. Hay dos clases de figuras, las abiertas, en las que las figuras tienden hacia fuera del marco del cuadro, que se contraponen a las cerradas, perfectamente encajadas en los límites del marco y que, generalmente, se inscriben en un dibujo geometrizado, que se ha representado previamente en la imprimación o base de la pintura en el cuadro. La imprimación es la coloración uniforme que sirve de fondo en los cuadros al óleo (pintura hecha con aceite de linaza o de nueces) y al temple (técnica en la que como aglutinante se utilizan la clara y la yema de un huevo, o bien la goma obtenida de vegetales o la cola que se obtiene del cocimiento de huesos de animales). Si el alumno cree no haber encontrado figuras consignar que no aplica. 

12) Aplicar la Retórica de la imagen. Las figuras retóricas visuales hay que detectarlas dentro del cuadro. Una metáfora visual, una paradoja visual, una hipérbole visual son figuras que no se pueden pasar por alto en un análisis de este tipo. Esta Retórica de la imagen nos permitirá analizar cada uno de los elementos simbólicos insertados dentro del cuadro. Ningún elemento puede ser apartado de este análisis. En un texto todo significa, todo genera significados, por lo que hay que analizar con detenimiento. Ningún rincón del cuadro puede escaparse de la mirada crítica del intérprete. Si el alumno cree no haber encontrado figuras retóricas consignar que no aplica. 

13) Hay que analizar los tres planos de significación: el icónico, el simbólico y el indicial. El primero tiene que ver con las imágenes en sí (localizar en el cuadro todas las imágenes y figuras presentadas), el segundo tiene que ver con los símbolos (localizar todo lo simbólico del cuadro) y el tercero tiene que ver con los indicios, pistas, huellas, etc. Este último implica que el intérprete del texto pictórico debe encontrar en él algún tipo de indicio que refuerce una hipótesis. Por ejemplo, una hipótesis podría ser la siguiente: La pintura del pintor X es 100% onírica. Las obras de tal pintor Y son autorreferenciales. ¿Con qué indicio reforzarmos esta última hipótesis? El pintor se inserta a sí mismo en mucho de sus cuadros, podría ser una respuesta. Tomemos el caso de Dalí que insertaba su nariz en muchas de sus obras. Esa nariz vendría a ser un indicio que refuerza la hipótesis del pintor egomaníaco.

14) Aplicar aquello que la Semiótica llama la Intertextualidad, fenómeno que consiste en la cita de otros textos de previa existencia y que ya forman parte de la cultura. La Monalisa de Duchamp es una cita de un texto ya existente que es la Monalisa de Leonardo. La crucifixión de Dalí es una intertextualidad de la iconografía religiosa tradicional. Dalí lo que hace es incurrir en la repetición artística de un icono ya existente. Si el alumno cree no haber encontrado intertextualides consignar que no aplica. 

Al otro lado de la niebla (2023) es el primer documental de Sebastián Cordero (Quito, 1972) y la primera película de su género proyectada en 3D en nuestro país. El sujeto documentado es Iván Vallejo, un escalador que tiene como hazaña el haber subido a las catorce cimas más altas del mundo. El filme cuenta cómo el montañista regresa al Everest en compañía del cineasta quiteño. La meta no es llegar a pico de la elevación. El destino final es el campamento base de esta mega montaña que está al sur de los Himalayas, justo en la frontera entre Nepal, Tibet y China.

La caminata de 12 días en Nepal hacia el campamento base del Everest a 5.364 metros de altura. El filme actúa como el registro de todo lo que los viajeros van encontrando en el camino. Aunque el protagonista parece ser Vallejo, los verdaderos temas del filme son el tiempo y la naturaleza, la vida y la muerte. Cordero ejerce de camarógrafo único durante todo el viaje y también de voz en off. Cada etapa del camino es narrada por un cineasta sorprendido por todo lo que va encontrando.

La cámara utilizada es la Fujifilm XT3 un dispositivo muy pequeño que permite una movilidad fluida. El formato 3D permite admirar mejor elementos de la naturaleza como la poética caída de los copos de nieve, las formaciones rocosas que parecen esculpidas, la profundidad de campo que se aprecia de la mejor manera posible. La grandiosidad de la naturaleza se admira en todo su esplendor gracias a este novedoso formato reservado siempre para la ficción o las grandes superproducciones. El Cordero camarógrafo logra de esta manera imágenes de antología como las del entierro del monje budista, los paisajes níveos, los senderos largos y sinuosos, las tomas del abismo desde lo alto de un puente mientras unas telas amarradas entre sí se agitan al viento…

La música del cuencano que usa el seudónimo de Boris Vian resulta notable por su concretismo. El cineasta nos explica (en la entrevista que nos da en la avant-premiere) que el compositor usa los cánticos de la escena de la cremación del viejo monje, los samplea y los mezcla con ritmos autóctonos como el sanjuanito. De esta manera se produce un diálogo entre los Andes y el Himalaya que se convierte en uno de los grandes aportes del filme. El diseño de las atmósferas sonoras, de gran densidad, captan esa soledad del ser humano en medio del paisaje.

Las referencias al séptimo arte son constantes dentro de este viaje. En algún momento el viajero Cordero habla de Kryzstof Kieslowski, autor de la trilogía de los colores, y cómo éste abandonó el género documental. El cineasta polaco abandona el documental como género porque siente que invade demasiado la privacidad de las personas. En una de esa entrevistas el director polaco, a propósito de El primer amor (1976), sobre dos jóvenes que descubren que van a ser padres por ve primera, confiesa: «Temo esas lágrimas reales. De hecho, no sé si tengo derecho a fotografiarlas. En esos momentos me siento como alguien que se ha adentrado en una zona prohibida”. Mientras el realizador europeo escapa hacia la ficción, Cordero huye hacia la zona prohibida del documental, regalándonos un filme auténtico, genuino, muy intimista, que tiene al viaje como metáfora de transformación espiritual.

Las alusiones al propio cine no se hacen esperar, después de todo el viaje es personal. En la pantalla vemos imágenes de filmes de Cordero como Ratas, ratones, rateros y Rabia. La voz en off rememora los momentos difíciles de filmación. El momento difícil del rodaje de Pescador en el que no se pudo filmar el Cotopaxi porque precisamente la niebla lo envolvía. Es el cineasta que vuelve su vista hacia atrás para reflexionar (en medio de la nieve, desafiando la gravedad y la falta de oxígeno) sobre lo que él es como cineasta. Tanta soledad blanca y tan lejos de casa es el contexto ideal para un examen de conciencia tanto vital como estético.

En la entrevista que le hacemos al cineasta le preguntamos si hay alguna referencia a Werner Herzog que gusta de los documentales en primera persona con viajes a lugares recónditos del planeta. Sebastián nos confiesa que Grizzly Man (2005), sobre el alpinista Timothy Treadwell es su filme de cabecera, y que tuvo que volver a verlo con su equipo de postproducción. Aprovecha para comentarnos sobre su incorregible escepticismo que tambaleó durante esta experiencia profesional y vital: «Creo que este rodaje me enseñó que cuando uno busca las cosas estas encuentran su camino. Sin embargo, sigo siendo un escéptico y sigo cuestionándome todo. Por ejemplo, con este problema social de la seguridad, tuvimos que posponer el estreno de este filme. Me dije que quizá porque la gente no está saliendo de casa, no es el momento ideal de proyectarlo, pero esa duda (de las tantas que tuve en cada etapa de este proceso) se me desvanecido porque creo que ahora es el momento ideal».

Durante la caminata ambos protagonistas intercambian historias sobre los seres queridos que han perdido. El momento cumbre de la película es el encuentro fortuito con un grupo de monjes budistas en un entierro. El monje más longevo de la comunidad ha fallecido y lo están cremando. Los nativos acogen a los extranjeros permitiendo que filmen la ceremonia.

El clímax del filme es la aparición del Everest que está concebido orográficamente como una pirámide de tres caras. Los tibetanos llaman a la montaña más alta del mundo la Diosa Madre de la Tierra. En primera instancia la elevación no iba a aparecer en la pantalla. Los reportes meteorológicos hablaban de mal tiempo. Momento cumbre el de los cielos que se abren para dar paso a esta maravillosa contemplación. Los viajeros están tan conectados con la Madre Naturaleza que se les concede el deseo de sumergirse en esa visión única.

En esta época de las nuevas egologías (el culto al Yo) en redes sociales, en las que los usuarios publican autorretratos de trillados lugares turísticos, este filme se convierte en necesario. Situado en lo más recóndito del planeta, entre las fronteras de Nepal, China y Tibet, estamos ante la historia de un recorrido espiritual, más que físico, donde la desconexión tecnológica constante implica una conexión espiritual incesante primero con Uno y luego con el Otro. Con este filme, Cordero se ha desconectado de sus personajes oscuros del margen, de sus historias oscuras y desesperanzadoras, para darnos una luz sobre nuestra propia existencia. La niebla como metáfora es funcional en este documental por el contexto social y político convulso en el que estamos viviendo. Permítaseme concluir con un lugar común tan necesario: del otro lado de la niebla hay luz y se puede apreciar milagrosamente como se yergue ante nosotros el Everest de nuestras vidas.

A continuación, mi top 10 con los mejores filmes estrenados en salas comerciales en Ecuador este 2023. He obviado los estrenos de Netflix y cualquier otra plataforma de streaming privilegiando la tradicional forma de ver cine en una pantalla de cine.

1) Los delincuentes de Rodrigo Moreno

La sorpresa del año es esta película argentina de tres horas y pico de duración que sigue a un empleado de un banco bonaerense que comete un desfalco de considerable factura. Toda una metáfora del atraco nacional al que ha sido sometido el pueblo argentino en las últimas décadas. Mientras el hombre purga una pena de tres años uno de sus compañeros del banco le esconde el dinero. Surge así un díptico que sigue la historia del ladrón contrapuesta con la de la historia del cómplice con una misma mujer uniendo cada subtrama. El contraste también se da entre el contexto citadino y el contexto bucólico. Referencias al cine de Jim Jamursch y de la nueva ola francesa, especialmente de Godard. Un filme capital en la historia del novísimo cine latinoamericano.

2) Killers of the flower moon de Martin Scorsese

Los veintitantos asesinatos de nativos americanos de la nación Osage forman parte de esta megametraje de 3 horas y 26 minutos. Lección de narrativa clásica con una cámara que parece operada por David Wark Griffith. Es la gran candidata para el Óscar a la mejor película.

3) Oppenheimer de Cristopher Nolan

Quizá la obra más importante del director de la trilogía de Batman. Filme que aúna con rigor la ciencia con la tecnología. Cillian Murphy como el físico atómico que da nombre al filme es el vehículo expresivo del director. Película coral estructurada a la manera de un drama de corte con los testimonios de acusadores y del gran acusado J. Robert Oppehneimer que es el llamado padre de la bomba atómica. Es la máxima contendiente de Killers of the flower moon en la categoría del Óscar al mejor filme del año.

4) Barbie de Greta Gerwig

Clase de historia del cine, cortesía de la directora de Mujercitas. Un filme rodado en estudio repleto de fondos falsos y decorados kitsch. Un placer culposo de intertextualidades al granel. Fuerte contendiente para el Óscar al mejor guion original que firma Gerwig con su esposo Noah Baumbach.

5) Extraña forma de vida de Pedro Almodóvar

Neo-western queer donde se da el sutil duelo actoral entre Ethan Hawke y Pedro Pascal. Dos silver foxes como perfectas marionetas de Pedro Almodóvar. El reencuentro de dos viejos “amigos” es el detonante de esta historia de viejo oeste de pueblo chico, infierno grande. 31 minutos es metraje suficiente para un melodrama en el que destaca el diseño de producción con colores pastel y la ropa estrambótica diseñada por Yves Saint Lauren. Mención especial la música de Alberto Iglesias y la canción de Gaetano Veloso que genera el título del filme.

6) Golda de Guy Nattiv

No hay mejor época (y peor época) para estrenar este filme sobre la guerra entre Israel y Egipto. Las masacres diarias entre palestinos y judíos hacen de este filme más actual que nunca. Helen Mirren carga sobre sus hombros la responsabilidad actoral de darle vida a Golda Meir en esta biopic. El filme se centra en la guerra de Yom Kipur en la que Israel debió enfrentar a una coalición Egipto-Siria. El filme se adentra en la visión de la mujer que lidera un estado en un mundo que privilegia la mirada patriarcal.

7) La sociedad de la nieve de J. A. Bayona

El autor de Lo imposible y Un monstruo viene a verme está acostumbrado a grandes presupuestos e historias a gran escala. Esta vez abandona los escenarios digitales y se va al Uruguay a filmar la historia de los jugadores de rugby que sobrevivieron en un accidente aéreo en los años 1970. Consigue un casting perfecto en el que cada actor se parece a la persona sobreviviente. La secuencia en la que la aeronave se estrella es una de las mejores en su género por el realismo extremo que cuida hasta el más mínimo detalle fatídico. El guion no evita el tema del canibalismo y lo resuelve con un par de sutilezas que le dan más humanidad a la trama. Historia de lucha, pujanza y supervivencia. Uno de los mejores filmes del año. La dirección de arte, el diseño de producción y la música de Michael Giacchino sostienen este sólido filme.

8) Hojas de otoño de Aki Kaurismaki

De las mejores obras del director finlandés que lleva cuarenta años haciendo películas que llevan su sello personal, ese humor negro nórdico y las referencias musicales de exquisitez bizarra. Historia de un amor imposible entre dos cuarentones de la clase baja de Helsinki. Todo parece predestinado a un desencuentro total: a él se le pierde el papel donde está anotado el número telefónico de ella, cuando al fin pueden verse él exhibe su alcoholismo provocando la repulsión de ella. Al dejar de beber él la llama y quedan en verse, pero un tren lo arrolla impidiendo el encuentro amoroso. Cae en un coma que no hace más que dilatar esta peculiar historia de anti-amor.

9) Guardianes del museo de Vasily Rovensky.

Esta película rusa fue a mi entender la mejor en el género de la animación en este año que fenece. El filme sigue al gato Vincent, y a su amigo el ratón Maurice, al interior del museo del Ermitage. Imaginativa premisa del probable robo de la Monalisa que llega en calidad de préstamo a uno de los museos más prestigiosos del mundo. A esto hay que sumarle el hecho de que Maurice es un roedor que tiene una afición extraña: le gusta comer obras de arte famosas.

10) Neisi, la fuerza de un sueño de Daniel Yépez Brito

Su director empezó a documentar la vida de la deportista más célebre de Ecuador desde el año 2015. Correcto documental intimista sobre la vida de Neisi Dajomes, medallista olímpica. Material audiovisual privilegiado que revisa los inicios de campeona de halterofilia desde sus humildes inicios (pasando por la muerte de su hermano y madre en corto tiempo de diferencia) hasta la consecución de la medalla de oro en Tokyo 2020. Cercana a la estética televisiva este filme concentra su valor en el testimonio de vida de la más valiosa deportista ecuatoriana.

La revista británica Sight and Sound se publica desde 1932 y, desde entonces, se ha empeñado en crear un canon a partir de sus célebres encuestas que tienen lugar cada diez años. Historiadores y críticos ven estas listas como referenciales. Algunos como Roger Ebert la ven como las únicas que hay que tomar seriamente. Otros como el crítico Raymond Durgnant no se lo toman en serio y las acusa de esnobs, parcializadas, puritanas y elitistas. 

Una de las características más notables de esta revista es que reseña todo tipo de filmes y no se concentra en los comerciales como lo hacen otras publicaciones. Es, además, la única que ofrece una sinopsis pormenorizada, escena por escena, de los principales estrenos. 

La conocida encuesta de Sight and Sound es de carácter decenal. Hasta 1992 las listas incluían los votos de directores y críticos. Desde ese mismo año se crea otra lista en la que sólo se presentan los títulos favoritos de los realizadores. 

Los resultados son eclécticos: en la encuesta de 2002, por ejemplo, 2045 filmes diferentes recibieron al menos una mención de alguno de los 846 críticos invitados. En 2012 se impuso una regla: títulos que son parte de una saga hay que separarlos. Por dar un ejemplo, cada título de The Godfather es considerado de manera individual para la votación. Pero el punto de giro más importante fue ese mismo 2012, año en el que se amplió la procedencia geográfica de los encuestados, todo con el fin de lograr una apertura participativa en lo referente a género, etnia, raza, región geográfica y estatus social. 

La primera encuesta, realizada en 1952, tuvo como ganadora a Ladrón de bicicletas de Vittorio de Sica. Chaplin tiene dos títulos en el top 10. La obra señera de Eisenstein, considerada la mejor de la historia del cine silente, está en el cuarto sitial. El megametraje Intolerancia (1916) de David Wark Griffith, el director que inventó el montaje paralelo y el rescate de último minuto, está en el quinto puesto. Dos películas hechas en Francia empatan en menciones: Le Jour Se Lève (1939) de Marcel Carné y La pasión de Juana de Arco (1928) de Carl Theodore Dreyer. Tres títulos empatan en el décimo lugar: la romántica Brief Encounter (1945) de David Lean con La regla del Juego (1939) de Jean Renoir y Le Million (1931) de René Clair. Dos curiosidades: no aparece Ciudadano Kane (1942) que es la que va a dominar en las siguientes décadas y cinco filmes anglosajones (provenientes de Estados Unidos o Inglaterra) llegan a formar parte de este primer top 10. 

A continuación, las encuestas desglosadas en 10 títulos década por década.

1952

  1. Bicycle Thieves (25 menciones)
  2. City Lights (19 menciones)
  3. The Gold Rush (19 menciones)
  4. Battleship Potemkin (16 menciones)
  5. Intolerance (12 menciones)
  6. Louisiana Story (12 menciones)
  7. Greed (11 menciones)
  8. Le Jour Se Lève (11 menciones)
  9. The Passion of Joan of Arc (11 menciones)
  10. Brief Encounter (10 menciones); The Rules of the Game (10 menciones); Le Million (10 menciones)

Las cinco siguientes ediciones de esta encuesta (1962-2002) tuvieron como rey a Citizen Kane. Ya se había afianzado la teoría del cine de autor y el estatus de Orson Welles como realizador referencial ya estaba consolidado. Muy de cerca le sigue La aventura, un filme de Michelangelo Antonioni. Dos filmes de Eisenstein (Iván el Terrible y El acorazado Potemkin) forman parte del Top 10 (la de Potemkin ya había estado en la anterior encuesta). Ladrón de bicicletas, la película paradigmática del neorrealismo italiano, que estaba en primer lugar desciende al puesto 7. Greed (1924) del sueco Erich von Stroheim vuelve a aparecer en este top 10. La encuesta realiza un giro geopolítico al enfocarse en el cine japonés: Ugetsu (1953) de Kenji Mizoguchi, título traducido al español como «Cuentos de la luna pálida», ingresa al canon.

1962

  1. Citizen Kane (22 menciones)
  2. L’Avventura (20 menciones)
  3. The Rules of the Game (19 menciones)
  4. Greed (17 menciones)
  5. Ugetsu (17 menciones)
  6. Battleship Potemkin (16 menciones)
  7. Bicycle Thieves (16 menciones)
  8. Ivan the Terrible (16 menciones)
  9. La Terra Trema (14 menciones)
  10. L’Atalante (13 menciones)

En los años 1970 sigue reinando Orson Welles. La regla del juego de Jean Renoir, un filme que había estado en los puestos 3 y 10 anteriormente, logra la medalla de plata en la lista de 1972. Sigue vigente Eisenstein, esta vez con un solo filme, El acorazado Potemkin. La gran revelación es el cineasta sueco Ingmar Bergman con dos películas: Fresas Salvajes (1957) y Persona (1966). La figura de Buster Keaton (el cómico más grande del cine mudo después de Chaplin) es reivindicada por Sight and Sound ubicándose en el puesto 8. Orson Welles se da el lujo de liderar la tabla con su Ciudadano Kane y con tener en el noveno lugar a Los magníficos Ambersons (1942). Ingresa al canon Federico Fellini con su personalísimo filme Otto e mezzo (1963). Otro director italiano que es tomado en cuenta es Michelangelo Antonio con La aventura (1962).

1972

  1. Citizen Kane (32 menciones)
  2. The Rules of the Game (28 menciones)
  3. Battleship Potemkin (16 menciones)
  4. 8½ (15 menciones)
  5. L’Avventura (12 menciones)
  6. Persona (12 menciones)
  7. The Passion of Joan of Arc (11 menciones)
  8. The General (10 menciones)
  9. The Magnificent Ambersons (10 menciones)
  10. Ugetsu (9 menciones); Wild Strawberries (9 menciones)

En los ochenta crece con más fuerza el reconocimiento a la figura de Orson Welles y vuelven a aparecer sus dos títulos señeros: Ciudadano Kane y The magnificent Ambersons. Surge Vertigo (1958) de Hitchcock. La aventura de Antonioni se mantiene por tercera década consecutiva en el top 10. Un musical hace su aparición con Cantando bajo la lluvia (1952) de Gene Kelly y Stanley Donen, además de un western, The Searchers (1956) de John Ford.  Es la segunda década consecutiva para 8 ½ de Fellini. El director japonés Akira Kurosawa ingresa al canon con Los siete samuráis (1954). 

1982

  1. Citizen Kane (45 menciones)
  2. The Rules of the Game (31 menciones)
  3. Seven Samurai (15 menciones)
  4. Singin’ in the Rain (15 menciones)
  5. 8½ (14 menciones)
  6. Battleship Potemkin (13 menciones)
  7. L’Avventura (12 menciones)
  8. The Magnificent Ambersons (12 menciones)
  9. Vertigo (12 menciones)
  10. The General (11 menciones); The Searchers (11 menciones)

Ingresos a los años 90 del siglo XX. La película de Welles sigue campante en el primer lugar. Jean Renoir continúa vigente, esta vez en el segundo puesto. Vertigo sigue ascendiendo. Pather Panchali (1955), un filme hindú, ingresa al cuadro de honor. 2001 (1968) de Stanley Kubrick, considerada como la mejor película de ciencia ficción de la historia del cine, ingresa al top 10. El japonés Yasujiro Ozu entra al canon con Historias de Tokio (1953). Reflota La pasión de Juana de Arco y aparece otro filme francés, L´Atlante (1934) de Jean Vigo.

1992

  1. Citizen Kane (43 menciones)
  2. The Rules of the Game (32 menciones)
  3. Tokyo Story (22 menciones)
  4. Vertigo (18 menciones)
  5. The Searchers (17 menciones)
  6. L’Atalante (15 menciones)
  7. The Passion of Joan of Arc (15 menciones)
  8. Pather Panchali (15 menciones)
  9. Battleship Potemkin (15 menciones)
  10. 2001: A Space Odyssey (14 menciones)

El clásico de Welles ingresa al siglo XXI con un récord de votos. Hay que notar cómo ha subido a 46 menciones. Vertigo le pisa los talones con 41. La gran curiosidad es el ingreso de El padrino, partes I y II al top 10. F. W. Murnau, el autor de Nosferatu, debuta en el cine norteamericano con su ya clásico Sunrise (1927). El musical de Stanley Donen y Gene Kelly se mantiene entre los diez primeros. La regla del juego sigue casi en la cima con treinta y pico de menciones.

2002

  1. Citizen Kane (46 menciones)
  2. Vertigo (41 menciones)
  3. The Rules of the Game (30 menciones)
  4. The Godfather and The Godfather Part II (23 menciones)
  5. Tokyo Story (22 menciones)
  6. 2001: A Space Odyssey (21 menciones)
  7. Battleship Potemkin (19 menciones)
  8. Sunrise: A Song of Two Humans (19 menciones)
  9. 8½ (18 menciones)
  10. Singin’ in the Rain (17 menciones)

Vertigo llegó en la encuesta de 2012 a destronar al filme de Orson Welles. Hay que fijarse en el número de menciones debido a que ya existen más votantes. La regla del juego de Jean Renoir es la única que ha estado en todas las listas. El país predominante en estas encuestas es Estados Unidos, pero el continente del cual proviene la mayoría de los títulos es Europa. Aumenta el número de menciones porque se han incorporado más encuestados. Touki Bouki (1973) de Djibril Diop Mambéty es el único título de un cineasta de color en el top 100. ¿Novedades en este top 10? El clásico El hombre de la cámara (1929) del ruso Dziga Vertov ingresa al top 10. 

2012

  1. Vertigo (191 menciones)
  2. Citizen Kane (157 menciones)
  3. Tokyo Story (107 menciones)
  4. The Rules of the Game (100 menciones)
  5. Sunrise: A Song of Two Humans (93 menciones)
  6. 2001: A Space Odyssey (90 menciones)
  7. The Searchers (78 menciones)
  8. Man with a Movie Camera (68 menciones)
  9. The Passion of Joan of Arc (65 menciones)
  10. 8½ (64 menciones)

En la encuesta del 2022 llega al primer lugar una película de Chantal Akerman. El filme ya había estado en el top 100 en décadas anteriores. La gran sorpresa es verla coronarse con el primer lugar. Deja de aparecer La regla del juego, el filme de Jean Renoir que siempre había estado entre las diez primeras. Las dos reinas de anteriores décadas (Ciudadano Kane y Vertigo) descienden a los puestos 2 y 3. Otra mujer ingresa al cuadro de honor: Claire Denis al puesto 7 con Beau travail. Una curiosidad cronológica es la inclusión de dos películas del siglo XXI en el top 10: In the Mood for Love y Mulholland Drive, ambas curiosamente estrenadas en el 2001. 

2022

  1. Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975) de Bélgica
  2. Vertigo (1958) de Estados Unidos
  3. Citizen Kane (1941) de Estados Unidos
  4. Tokyo Story (1943) de Japón
  5. In the mood for love (2000) de China
  6. 2001: A space odyssey (1968) de Estados Unidos
  7. Beau travail (1998) de Francia
  8. Mullholland Drive (2001) de Estados Unidos
  9. Man with a movie camera (1929) de Rusia
  10. Singing in the rain (1951) de Estados Unidos 

En la última edición han participado 1.600 encuestados. En 2012 el número era de 846 críticos. 

Gracias a la reivindicación de la mujer por el feminismo de cuarta generación, 11 títulos de mujeres cineastas entran al top 100 en 2022:

News From Home (1977) de Chantal Akerman (Bélgica)

Cleo from 5 to 7 (1962) y The Gleaners and I (2000) de Agnes Varda (Francia).

Meshes of the Afternoon (1943) de Maya Deren y Alexander Hammid (USA).

Daisies (1966) de Vera Chytilová (República Checa)

Portrait of a Lady on Fire (2019) de Céline Sciamma (Francia) 

Wanda (1970) de Barbara Loden (USA)

The Piano (1993) de Jane Campion (Nueva Zelanda)

Daughters of the Dust (1991) de Julie Dash (USA)

Mientras en el 2012 sólo había un filme de un director afro, en el 2022 tenemos seis títulos, incluyendo Daughters of the Dust de Julie Dash, la única mujer de color en la lista, Do the Right Thing de Spike Lee, Killer of Sheep de Charles Burnett, Moonlight de Barry Jenkins, Get Out de Jordan Peele y Black Girl de Ousmane Sembène. Portrait of a Lady on Fire de Céline Sciamma y Parasite de Bong Joon Ho’s, estrenadas en 2019, son los filmes más recientes en ser incluidos en una encuesta de Sight & Sound. Nunca se había incluido filmes estrenados cerca del año de publicación de la lista.  My Neighbor Totoro y Spirited Away de Hayao Miyazaki son los únicos filmes animados en entrar a la lista. 

Trece años después de Avatar, llega la secuela y ha ocurrido algo inédito: el agua es la interfaz donde conversan ciencia y tecnología, la física con la hidrodinámica, la animación 3D con el live action cinema. Una década implica una serie de adelantos tecnológicos que merecen ser reseñados. 

Antes de entrar en materia hay que señalar que los adelantos de James Cameron (Canadá, 1954) se han dado en todas las áreas menos en lo dramatúrgico. El guion adolece de algunas falencias como ya ha sucedido con sus filmes anteriores. De entrada, apuntamos al problema nuclear: la resurrección del coronel Quaritch a través de la réplica de su ADN. El resultado es una criatura azul que responde a la voz y a los gestos del coronel fallecido en la primera parte. Desde ese momento él se convierte en el brazo ejecutor de la venganza por parte de los humanos. Difícil construir un edificio narrativo con una acción base muy endeble. Sin embargo, el poderío de las imágenes es tan grande que el espectador olvida los problemas de verosimilitud y se deja engolosinar por lo que ve. 

El mismo coronel hace un guiño a The Terminator (1983) cuando encuentra en la selva su cráneo, lo toma entre sus manos y lo pulveriza. Al hacerlo añicos la metáfora es pertinente: hay que romper con lo anterior y en este sentido los efectos especiales han mejorado notablemente. Se sacrifica la historia y se magnifica la imagen. Por más que haya un equipo de cinco guionistas que incluyen a Cameron (Rick Jaffa, Amanda Silver, Josh Friedman, Shane Salerno) nada se puede hacer para salvar una historia que tiene más agujeros que un queso gruyere. 

Durante la entrega de los premios Critics Choice Awards se lo veía a Cameron compungido al ver que no se le reconocía ningún valor a sus aportes visuales. Tampoco consiguió ningún Globo de Oro en la última entrega. Está por verse si esta secuela de Avatar (2009) gana algunos de los premios Oscar para los que fue nominado el 24 de enero pasado. 

La empresa neozelandesa Weta Digital (fundada en 1993 por Peter Jackson) tiene algunos softwares fabricados para aspectos visuales muy específicos tanto para la fase de producción como postproducción. Enumerarlos y explicarlos todos aquí sería imposible por la complejidad de cada uno. Nos centraremos en los esenciales. 

Weta aporta a la historia del cine con el sistema de captura de movimiento FACETS que, como bien lo indica su nombre, se dedica al registro facial. ¿En qué se diferencia esto de lo visto trece años atrás? Más precisión con la mini-cámara portátil que cada actor lleva a manera de casco y que está a pocos centímetros del rostro. La data recogida puede ser editada en tiempo real. Ayuda mucho algo que no había una década atrás: el insertar en el rostro más marcadores faciales LED a través del formato 4K.

El segundo aporte está en la aplicación Massive que permite la creación de las excepcionales criaturas que aparecen en el planeta Avatar. Más de doscientas especies de árboles, plantas, animales son creados con el procedimiento L-System que permite miles de variaciones morfológicas. Para dar una idea de esta maravilla basta con decir que esta herramienta digital permitía determinar el crecimiento de cada árbol. 

El tercer aporte a la historia del cine es la cámara “reina” del filme, la Sony Venice, aparte de un cristal objetivo Nikonos de 15 mm, se le adaptó el sistema DeepX 3D que es un divisor de haces con lentes sumergibles que permitió grabar de manera revolucionaria debajo de las aguas que, según la jerga, se denomina computer generated H2O que están liderados por la productora Lightstorm Entertainment. El resultado fue una serie de tomas submarinas 3D IMAX completamente limpias y sin distorsiones.

El cuarto aporte de Avatar: The way of the water es el hecho de ser la primera película que usa el motion capture (o performance capture) debajo del agua para captar movimientos faciales y corporales de manera completa. Esto gracias a la tecnología que impide que la cámara esté encerrada en una carcasa mientras está sumergida. Adicionalmente se colocaron bolas de color blanco en la superficie del contenedor donde se grabó el filme con el fin de impedir que la luz exterior interfiriera con las grabaciones submarinas. 

Estamos ante la reinvención del 3D que aprovecha el buen momento de la SONY con su desarrollo de cámaras más livianas de alta definición de doble óptica (la popular marca VENICE) para enfocar de manera nítida un mismo objetivo. El resultado es un alto rango dinámico y una alta frecuencia de frames en 4K. 

Aquí entra la polémica del excesivo hiperrealismo que ya se discutió durante el estreno de la trilogía de El Hobbit. Peter Jackson fue duramente criticado por su intento anterior de recrear la visión del ojo humano con una perspectiva mucho más realista de la imagen. 

Cameron va más allá. Crea un sistema de cámaras que simula la visión humana, es decir, los ojos convergen en el objeto que está delante y los enfoca con nitidez en sus tres dimensiones. Esto implica que en algunos momentos no hagan falta las gafas 3D. 

El gran artífice de estos adelantos es el cinematógrafo australiano Pawel Achtel que lleva trabajando esta tecnología desde el 2012. Su empresa Weta FX le ha dado un giro de timón a la historia del cine superando todos esos filmes que en el pasado distorsionaban las imágenes submarinas y no captaban la luz debajo del agua. 

El quinto aporte de este filme a la historia del cine es la representación de la humedad. Tan innovadora resulta en este aspecto lo que ha hecho Weta que ha presentado un registro de patente para registrar sus “métodos para generar representaciones visuales de una colisión entre objeto y fluido”. Esta innovación se ve en la escena en la que Spider emerge goteando sobre unas rocas o cuando se hunde el barco y se aprecia la cara de Neytiri completamente mojada. El grado de definición de esas gotas que caen del cuerpo o del rostro es impresionante porque nunca se había llegado a ese nivel de nitidez. Este hito se da gracias al motor virtual Loki, desarrollado por Weta, que no crea texturas sino que las simula. Estamos ante el nacimiento de un ultrarrealismo cinematográfico. 

El filme trae la controversia HFR (high frame rate) en relación con la cantidad de fotogramas que se proyectan por segundo. No todas las salas de cine tienen la tecnología para proyectar los 48 fotogramas (y a veces hasta 60) por segundo que tiene este filme. Esta tasa elevada de fotogramas potencia el efecto inmersivo del formato 3D, algo imposible si se usara la medida estándar de 24 FPS. Esta técnica trae sus problemas: luce muy bien en las escenas más espectaculares, pero provocan una bizarra sensación de hiperrealidad en otras que tienen menos movimiento. 

Como solución, se ha inventado la tecnología True Cut Motion HFR con la que Cameron proyectó escenas donde no había acción física extrema a 48 FPS. Así mantuvo el ritmo de proyección a 48 FPS en los aparatos y al mismo tiempo mostró 24 FPS. Esto implica un cercano réquiem por el 3 D ya que se trata de una revolución visual. Resulta fascinante ver cómo las escenas pasan de 24 a 48 cuadros por segundos en un abrir y cerrar de ojos.

Mucho tiempo ha pasado entre el estreno de Terminator 2: Judgment Day (1991) y The Abyss (1989) . Por eso el director no duda en hacerle guiños a estos dos filmes. Cuando las fuerzas militares se preparan para un asalto marino en los arrecifes de Pandora se puede apreciar una criatura submarina hecha únicamente de agua. La llegada de los barcos con sus tropas de asalto en pleno incendio es una clara referencia a Terminator 2 cuando llegan los robots asesinos en lugar de T-800. La intertextualidad inevitable con Titanic (1998), que cumplió cuarto de siglo de haber sido estrenada, se nos presenta en la secuencia del barco de guerra que se incendia. Mientras el acorazado se hunde Jake Sully intenta salvar a su familia del hundimiento. 

Volvemos al principio de este artículo. Como sucede con casi todo el cine de Cameron el gran problema sigue siendo la historia. Ese gusto por lo obvio se hace evidente en el momento en el que el director se alía con National Geographic para dar un mensaje ecologista [de hecho, Cameron filmó muy al estilo de NatGEo, pero patrocinado por Disney, los documentales Ghosts of the Abyss (2003) y Aliens of the Deep (2005) que lo convirtieron en la primera persona en sumergirse en solitario en la parte más baja del océano]. Esto da como resultado tomas de estilo documental de la naturaleza (recordemos a la ballena que salta en el medio del océano con el sol de fondo) que desentonan con la lógica del relato cinematográfico. Tanto este filme como su precuela constituye una parábola sobre postcolonialismo. La explotación del nativo como alguien inferior y primitivo se ve en las constantes referencias al violentamiento del ecosistema como el momento en el que Poker le explica a la doctora Grace (interpretada por Sigourney Weaver) las operaciones de extracción minera de la zona donde viven los Na`vi. 

Se echa de menos la partitura de James Horner (1953-2015), el autor de la música original de Avatar, fallecido en un accidente de aviación (el músico estrelló su avioneta en California durante una tormenta). Se siente su ausencia en cada escena, sobre todo porque el compositor británico Simon Franglen se ha dedicado a reelaborar la música original y se ha empeñado en hacer meras variaciones de los temas que aparecen en la precuela.

Más allá del atractivo que supone una intertextualidad, las referencias a Terminator 2, The Abyss yTitanic terminan haciendo ruido. Cameron disfruta mucho el mirarse el ombligo. La autoreferencialidad implica estar entrampado en lo mismo y por más que estén bien hechas esas alusiones a la guerra entre robots y humanos, el hundimiento del navío o los tentáculos de agua, resulta un retroceso en la filmografía de un cineasta al que siempre le ha gustado mirar hacia adelante. 

Me ratifico en lo que escribí hace trece años, en este mismo blog, cuando reseñé la primera parte de Avatar. Cameron no es un creador de paradigmas, es parte de un paradigma que involucra a muchos cineastas que, como él, están trabajando en la innovación. Cameron no es la revolución digital, es parte de una revolución digital. Cameron es un desarrollador tecnológico, alguien que tiene una misión empresarial y se dedica a intervenir tecnologías ya existentes para adaptarlas a su visión del filme que está haciendo, en este caso, Avatar 2: El camino del agua. 

Rescato de mi artículo escrito en 2012 estas declaraciones ambiciosas del cineasta: “Quería crear algo que me hubiese encantado ver de joven. Algo que fuese muy visual, completamente imaginativo y original. Llevar al espectador allí donde nunca estuvo antes. Si vas a sacar a la gente de su casa para llevarla al cine, mejor será mostrarles algo que nunca hayan visto. Mi meta con Avatar es recrear lo que sintió mi generación cuando vio 2001: Una odisea del espacio por primera vez. O, diez años más tarde, lo que fue la saga de Star Wars para toda otra generación”. James Cameron lo ha logrado indudablemente. El espectáculo visual es de una soberbia belleza, pero sigue pendiente la mejora de la historia. Los clásicos que él nombra se han destacado precisamente por sus guiones canónicos. 

Lo que hace el cineasta canadiense no es la panacea tecnológica. No es el único experimentando con las nuevas tecnologías. Su talento es ejecutivo, sabe asociarse con los mejores. Eso se nota al aliarse con la empresa de Peter Jackson que es la líder en efectos especiales. Cuando Cameron recibió el Óscar, al mejor director en 1998, emuló al personaje de Leonardo di Caprio en Titanic y lanzó un grito que cada vez resuena menos. Hace rato que James Cameron dejó de ser el rey del mundo.   

FUENTES

1.- “Is Avatar Set In The Same Universe As The Abyss? James Cameron Answers Colin Trevorrow’s Theory” por Sophie Butcher. Recuperado el 19 de enero de 2023 de

https://www.empireonline.com/movies/news/avatar-same-universe-the-abyss-james-cameron-answers-colin-trevorrow-theory/

2.- “Cómo la secuela de ‘Avatar’ lleva su tecnología bajo el agua para una experiencia inmersiva” por Daron James. Recuperado el 19 de enero de 2023 de

https://www.latimes.com/espanol/entretenimiento/articulo/2023-01-02/como-la-secuela-de-avatar-lleva-su-tecnologia-bajo-el-agua-para-una-experiencia-inmersiva

3.- ‘Avatar 2’ y la nueva era de los efectos especiales: estos son los secretos de su espectacular CGI por Manuel Fernández. Recuperado el 19 de enero de 2023 de

https://webcache.googleusercontent.com/search?q=cache:vE30oad1vAsJ:https://www.elespanol.com/omicrono/tecnologia/20221216/avatar-nueva-efectos-especiales-secretos-espectacular-cgi/726427354_0.html&cd=1&hl=es&ct=clnk&gl=ec&client=safari

4.- The Underwater Cinematography behind Avatar 2 por Yossy Mendelovich. Recuperado el 19 de enero de 2023 de

5.-“ Cómo ‘Avatar 2’ pretende revolucionar el 3D… ¿sin gafas?” por Antonio Rivera. Recuperado el 19 de enero de 2023 de

https://www.esquire.com/es/actualidad/cine/a41852726/avatar-2-3d-sin-gafas/

Al parecer, la apetencia por las imágenes que muestran cuerpos dolientes es casi tan viva como el deseo por las que muestran cuerpos desnudos. Durante muchos siglos, en el arte cristiano las descripciones del infierno colmaron estas dos satisfacciones elementales (..) También se tenía el repertorio de crueldades, que es duro mirar, proveniente de la antigüedad clásica; los mitos paganos, aun más que las historias cristianas, ofrecen algo para todos los gustos. La representación de semejantes crueldades está libre de peso moral. Sólo hay provocación: ¿puedes mirar esto? Está la satisfacción de poder ver la imagen sin arredrarse. Está el placer de arredrarse.

Susan Sontag, Ante el dolor de los demás (2003).

Blonde (2022) del director neozelandés Andrew Dominik (Wellington, 1967), basada en Blonde (Harper Collins, 2000; Alfaguara, 2012), puede entenderse como una serie de reenactments sobre material existente de Marilyn Monroe (1926-1962). Sesiones fotográficas, escenas de películas, apariciones públicas de la actriz norteamericana aparecen recreadas en el filme a la manera de viñetas no siempre bien ensambladas. Hay cierta torpeza en la forma que se arma esta colcha de bregué. La justificación es el orden cronológico convencional escogido, pero ese recurso no disimula el artificio.

Queda entonces el gran desafío para el espectador: 166 minutos de una película sin identidad cinematográfica que nunca se decide por precisar el aspect ratio o la coloración de las escenas. Tanto el espectador neófito como el experto se preguntan por qué la pantalla tiene un formato en tales pasajes y en otros adopta un tamaño distinto. No hay simbolismo certero detrás de este recurso. Todo parece ser aleatorio.

Lo que pudo haber sido la fortaleza del filme se convierte en una debilidad. El CGI y el diseño de la producción recrean de manera perfecta una época (véase la secuencia del incendio de L.A. en el primer acto y el plano de Times Square de los años 1950 con escombros). Todo se queda en la apariencia, en lo bien que debe lucir una película sobre el mito de doble M. Las referencias a otros autores se convierten en un imperativo cuando no se puede generar un discurso estético propio. Las escenas en blanco y negro recuerdan a la estética de Milton Greene, fotógrafo de la afamada sesión conocida como «Black Seating». Los planos de cama son una referencia a las célebres sesiones de Cecil Beaton. Y así, hay escenas en las que se puede reconocer la autoría de otros y no del director. Más visibles para el ojo conocedor resultan las tomas a lo Terrence Malick (el after party de la boda con Arthur Miller), David Lynch (primeros planos de rostros caricaturizados en blanco y negro) o Federico Fellini (los paparazzi atacando a la protagonista en algunas escenas).

Los reenactments inundan la pantalla de manera predecible. Que la escena del Subway en la que se le alza el vestido blanco. Que el beso volado a la cámara en la premiere de The Seven Year Itch. Que la escena en Some Like it Hot en la que su personaje confiesa ser corta de pensamiento. Que la coreografía de Diamonds are a Girl´s Best Friend. Por algún extraño milagro no se incluyó el Happy Birthday Mr. President.

Párrafo aparte merece el vestuario clonado hasta la saciedad. Bien conocido es el gusto de la Monroe para llevar las marcas mejor posicionadas de su época. «Dress porn», le dicen los entendidos a esta obsesión por la vestimenta de celebridades. No es extraño ver en cualquier escena el vestido de tal sesión fotográfica. El citar «ropa» se vuelve demasiado evidente y repetitivo porque no está al servicio de la historia. El suéter de lana de la playa o el de cuello de tortuga. El vestido de cocktail blanco legendario. Los pantalones blancos Capri cortados justo debajo de la rodilla. El vestido celeste con pecas blancas. Es, simplemente, una actitud de social media trasplantada a la pantalla.

El enlatado de NETFLIX intenta seguir hasta donde le es posible la novela del mismo nombre de Joyce Carol Oates (Nueva York, 1938). Mientras la escritora presume de una rigurosa documentación en la que cada capítulo está sostenido por una puntillosa investigación histórica, la película prescinde de ese marco. A Oates le interesa sobremanera la época que le tocó vivir a la actriz. A Dominik sólo le importa el hatillo de lugares comunes sobre el mito cinematográfico. Mientras la novelista analiza minuciosamente (con la lente de la ficción) cada etapa de la vida de Norma Jeane Baker, a Dominik le interesa la espectacularidad de ciertos momentos biográficos.

Es como si se quisiera legitimar una biopic al conectarla con Joyce Carol Oates. No le ayuda mucho el mostrarse como la adaptación de una voluminosa novela que es el tratado más completo sobre el mito de Marilyn. No le ayuda porque se trata de un libro de referencia. La publicidad es engañosa. El filme se basa, supuestamente, en la máxima biografía novelizada y resulta que no se adscribe completamente a ella. El que ha leído Blonde echa de menos la escrupulosidad con la que se narra cada fase vital: «La niña 1932-1938», «La adolescente 1942-1947», «La mujer 1949-1953», «Marilyn 1953-1958», «La otra vida 1959-1962».

Lo que más le falta a la película es algo que a la novela le sobra. La explicación de las técnicas de actuación que ella dominaba como buena alumna del método de Stella Adler y Lee Strasberg. Para los historiadores del cine, Monroe es una de las artistas que mejor dominó el oficio (the craft), detalle que ni siquiera es mencionado en el filme. Solo en una escena se da una pista del genio de la artista cuando, en la primera conversación que sostiene con Arthur Miller (interpretado por Adam Brody), ella reconoce el carácter analfabeto de uno de los personajes de una obra de teatro de Miller. Este no puede creer que tal elaboración conceptual sea de la mujer que tiene enfrente. Hasta tiene el empacho de acusarla de haber recibido tal información de Elia Kazan. El resto de la historia es una crucifixión de un personaje que es siempre plano, con el mismo tono de voz, los mismos tics retóricos del mito público, la misma gestualidad mostrada en la pantalla, infantilizado al máximo, diciéndole «daddy» a todos los hombres de su vida. Solo ante Billy Wilder parece rebelarse cuando abandona el set a gritos, acusándolo de burlarse de ella en los diálogos que ha escrito especialmente para su personaje de Some Like it Hot.

Blonde no deja de ser una mera propaganda de cómo la hegemonía masculina ve el mito de Marilyn. Capas de contemplación superpuestas desde la mirada misógina. La mujer como objeto es un lugar común, pero Monroe como objeto es un lugar común del lugar común. Un cliché dentro de otro cliché. Su desnudez constante es gratuita e injustificada. No basta ponerle, a esa excelente actriz que es Ana de Armas, una cicatriz en el vientre, justo donde la tenía Marilyn. Esa supuesta verosimilitud no es bienvenida cuando todo el conjunto narrativo adolece de estereotipos inexactos.

Andrew Dominik y sus productores (tres varones y dos mujeres) salen impunes en este ejercicio de necrofilia. Ideas u ocurrencias con pretensiones de cine de auteur resultan en extremo ridículas. El feto que le habla a Marilyn. La toma desde el interior del útero. El borde de la cama, en pleno acto sexual, que se convierte en las cataratas del Niágara. La toma desde el interior del toilette más el vómito que lanza la protagonista es literalmente hacia nosotros, los espectadores. De eso se trata exactamente el filme: una masa escatológica arrojada contra el espectador. La violación por parte de un ejecutivo del estudio es también un ultraje al mito. La constante desnudez de Ana de Armas no es ningún ejercicio de sensualidad y mucho menos de iconoclastia. No hay erotización en ese cuerpo sometido constantemente al sufrimiento (véase las escenas abortivas). Es más bien, una visión pagana de la diosa del celuloide. Como bien lo dice Susan Sontag en Ante el dolor de los demás, solo está la doble provocación: la de mirar sin arredrarse o el placer de arredrarse. Cada espectador encontrará la forma de resolver este dilema.

Película que quizá logre nominaciones al Óscar en aspectos técnicos pero que será olvidada prontamente. De mejor factura resultan My week with Marilyn (2011) con Michelle Williams y Eddie Redmayne o Insignificance (1985) de Nicolas Roeg, con Theresa Russell. Hasta un telefilme menor como Norma Jean & Marilyn (1996), con Ashley Judd como Norma y Mira Sorvino como Monroe, resulta más interesante que este insoportable bodrio de casi tres horas que se empeña por enseñarnos todo, hasta el sedoso calzón blanco que está a la vista del ávido consumo popular. Los catorce minutos de ovación de pie, en el festival de Venecia, seguramente se dieron por la celebración de algo muy esperado: que el filme concluya y se baje el telón. Tarea pendiente la biopic que esté a la altura de uno de los mitos más grandes de la cultura de masas.