«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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EL MAKING OF DE SIN ALIENTO, 66 AÑOS DESPUÉS


Para Richard Linklater (Houston, 1960) mostrarnos cómo fue el rodaje de Sin aliento (1960) es fabricar el negativo exacto de lo que aquella película fue. Su director, Jean Luc Godard (1930-2022), improvisaba en las calles de París con una cámara escondida en una silla de ruedas y un equipo de tres personas; Linklater ha reproducido esas mismas callejas con la minucia de quien restituye un manuscrito iluminado, encuadrado en el formato académico 1:37:1, en blanco y negro, enteramente en francés, con unos pocos parlamentos en inglés por parte de la actriz principal. Estamos ante la espontaneidad como objeto de museo. La revolución como ejercicio de fidelidad.


Guillaume Marbeck encarna a Godard, Zoey Deutch a Jean Seberg y Aubry Dullin a Jean-Paul Belmondo en esta reconstrucción del rodaje de À bout de souffle, filmada en París entre marzo y abril de 2024. Es también la primera película de Linklater rodada íntegramente en francés: un grado de extrañamiento deliberado respecto de su propia voz, un ejercicio de ventriloquía que es homenaje y travestismo cultural. Para el director, según lo declaró en una rueda de prensa, el idioma era un color más de la paleta de su arte audiovisual.


La película funciona como un dispositivo afectivo para cinéfilos. Linklater vuelve a los exteriores donde el equipo de Godard improvisó sus escenas para mostrar cómo un rodaje semicaótico, liderado por un director de temperamento irascible, se convirtió en una de las películas más influyentes del cine posmoderno. Ese acceso a la trastienda tiene sus momentos de gracia, particularmente en la fricción entre Godard y Seberg, que una talentosa Deutch convierte en algo más que ilustración documental. Pero hay una ironía estructural que la película no logra resolver: construir un homenaje demasiado meticuloso a una obra cuya grandeza residía en sus chiripas y accidentes. En esto es muy claro Linklater: mientras Godard improvisaba, él todo tiene que planificarlo de manera milimétrica. Los mismos diálogos requirieron de una serie de ensayos previos que buscaban tener todo bajo control. El diseño de la producción y la dirección de arte lograron el milagro de encontrar los mismos objetos de utilería, las mismas calles, la construcción de interiores iguales a los que aparecen en el filme original.


Nouvelle Vague está concebida como un making of, pero sus personajes —Godard, Seberg, Belmondo, Truffaut, Coutard, todos anclados en personas históricas— no hablan ni se mueven como seres captados en el fragor de una producción real, sino como figuras que han interiorizado el código de la misma Nueva Ola Francesa que están contribuyendo a crear. Hay en sus interacciones una dicción recitativa y levemente antinatural que remite a los diálogos improvisados. El resultado es una película que al retratar la Nouvelle Vague termina siendo una película de la Nouvelle Vague: sus personajes razonan en voz alta sobre el cine, el amor y la muerte con la misma cadencia aforística que los protagonistas de Vivre sa vie o Le mépris, como si la época se hubiera filtrado no solo en la fotografía sino en la manera en que los actores habitan sus cuerpos. El making of que estamos viendo devora a la película que pretende documentar y se convierte en otra.


Donde el filme acusa con más nitidez esa limitación es en la relación que establece con sus fuentes. Nouvelle Vague es, en el fondo, un catálogo: un inventario de anécdotas, datos y frases que Godard y sus compañeros cineastas vertieron en revistas, entrevistas y libros de historia del cine. En la rueda de prensa que el cineasta dio en Cannes dijo, sin ningún ápice de arrogancia, que su investigación minuciosa de archivos lo encaramaba como uno de los que más sabía sobre la ópera prima de Jean-Luc Godard. Tanto así que dijo haber tenido acceso al calendario de rodaje, al número de tomas por día y el salario que cada miembro del equipo recibió. Esta omnisciencia se nota en detalles puestos en boca del Godard-personaje que son tomados de declaraciones de la época a las que no todos tienen acceso. El problema no es que Linklater haya bebido de esas fuentes, sino que el guion no logra metabolizarlas del todo y las deposita en pantalla sin una mediación dramática.

Hay secuencias que funcionan menos como escenas que como páginas de un manual de técnicas cinematográficas: la que presenta a Raoul Coutard —exreportero de guerra— explicando las ventajas de la Caméflex de 35 mm, portátil e insonora, que le permitió filmar en exteriores sin trípode ni permisos, deriva hacia la ilustración didáctica. Del mismo modo, la escena en que el historiador Georges Sadoul pronuncia una arenga sobre lo que significa filmar en el París de los años sesenta tiene la cadencia de una conferencia antes que la densidad de un momento vivido. La erudición de Linklater es genuina; lo que falta es el salto que convierte la información en experiencia.


Contra esa tendencia, las mejores escenas son las que ocurren en el cuarto de montaje, donde Cécile Decugis y su asistente Lila Herman trabajan sobre el metraje en los laboratorios GTC de Joinville. Decugis y Godard descubrieron —o inventaron— el jump cut no como una decisión estética premeditada sino como una solución práctica para reducir una película que en su corte original duraba más de dos horas. Eliminar fragmentos del interior de las tomas, produciendo saltos abruptos que violan la continuidad clásica, fue recibido antes del estreno como un fracaso técnico. Que ese error se convirtiera en la innovación más influyente del montaje moderno —un procedimiento que fractura tiempo y espacio y obliga al espectador a tomar conciencia del corte— es una de las paradojas del cine posmoderno. Linklater filma ese proceso con discreción: Decugis no es una nota al pie, sino la figura que en la sala de edición termina de inventar la película que Godard había rodado a la luz del día.


Todo ello apunta al problema central: la película que Nouvelle Vague retrata ya contiene el relato de su propia fabricación. Godard inscribió en Sin aliento los rastros de su método hasta el punto de que el estilo es inseparable de la producción. Linklater trabaja desde la distancia del archivista: reconstruye el gesto sin sentirse obligado a reproducir la necesidad que lo generó. El Godard de Marbeck es demasiado consciente de ser Godard, y sus intervenciones solemnemente aforísticas suenan con frecuencia a compendio de citas de Cahiers du cinéma más que a la bravuconería del joven de 30 años que inventaba planos sobre la marcha.


La recepción en Cannes en 2025 fue entusiasta: once minutos de ovación y una guerra de ofertas por los derechos de distribución que Netflix ganó por cuatro millones de dólares. Recuerdo haber visto Psycho (1998) y odiar que todo era una transcripción a color de cada escena del original. El reenactment era el juego del director, Gus Van Sant, que hizo un literal remake del clásico de Hitchcock. Aquí no sucede lo mismo. No es la copia por la copia. No es recrear por recrear. Es ir más allá. A Linklater no le ha bastado con reconstruir. Ha hecho un ejercicio más allá de lo metaficcional. Aplaudo este filme en francés porque otro norteamericano, Woody Allen, también hizo uno en esa lengua, Coup de Chance (2023), con un resultado no tan positivo.

Hay una inocencia que hace única a esta película. Será la música de jazz o las canciones de la época. Será la actuación luminosa de Zoey Deutsch como Jean Seberg o el placer de ver todo un rodaje clave de la historia del cine reconstruido con el rigor investigativo de Linklater. La admiración que despierta tiene la nostalgia que la misma película describe: es el placer de reconocer, no el de descubrir. Es una copia certificada, como diría Abbas Kiarostami en otro contexto.


Linklater es uno de los pocos cineastas vivos que sabe lo que es una manera fundacional de hacer cine. It’s Impossible to Learn to Plow by Reading Books (1988), Slacker (1990) y Dazed and Confused (1993) fueron para el cine independiente norteamericano algo no tan distante de lo que Sin aliento fue para la posmodernidad cinematográfica. Que haya elegido ponerse en la posición del admirador respetuoso, antes que en la del par iconoclasta, dice algo sobre la relación que su arte mantiene con la misma historia del cine: una deuda que solo se puede saldar con un homenaje. Linklater nació el mismo año en el que se estren​​ó​ el filme de Godard. ​​​​​Esto es va más allá de lo simbólico. Él nació al mismo tiempo que la Nueva Ola Francesa. Es su manera de afirmar que él y sus compañeros de generación bebieron de un tipo de cine que sigue vivo. Más vivo que nunca porque Nouvelle Vague existe para la posteridad. En el futuro (sino es también en el presente) la estudiarán para saber cómo se dio uno de los movimientos más decisivos de la historia del cine.

Y Dios creó a Brigitte Bardot (1934-2025)

Brigitte Bardot, la actriz, cantante y sex symbol francesa que marcó el cine europeo de los años cincuenta y sesenta antes de dedicar las últimas décadas de su vida a la defensa de los derechos de los animales, ha fallecido a los 91 años.

Nacida el 28 de septiembre de 1934 en París, Bardot saltó a la fama internacional (aunque ya tenía una docena de películas previas) con “Y Dios creó a la mujer” (1956), dirigida por su entonces esposo Roger Vadim. Recuerdo una función especial de Jorge Suárez en los años ochenta del siglo anterior, en las instalaciones de la Alianza Francesa de Guayaquil, presentando ese filme que me marcó como cinéfilo. La película, considerada escandalosa en su época por su sensualidad explícita, convirtió a Bardot en un emblema de la liberación sexual. Con su melena rubia despeinada, sus labios carnosos y su actitud desenfadada, encarnó un nuevo ideal de feminidad que desafió las convenciones de la época. 

Bardot representó para Europa lo que Marilyn Monroe significó para Estados Unidos: el mito erótico por excelencia de su generación; sin embargo, mientras Monroe encarnaba una sexualidad infantilizada y vulnerable, una rubia platinada de curvas voluptuosas y fragilidad aparente, Bardot personificó un erotismo completamente distinto: descarado, natural, casi salvaje en su escasa estatura y menudez. Su belleza no era la perfección retocada de Hollywoodlandia, sino algo más terrenal y accesible: el bronceado de la Riviera francesa, el cabello alborotado por el viento mediterráneo, los pies descalzos, la ausencia de maquillaje elaborado. Bardot no pedía protección ni inspiraba lástima; era una anti-Norma Jean que irradiaba una sexualidad confiada y desinhibida que desafiaba tanto la mojigatería burguesa como el puritanismo estadounidense. Si Monroe era el objeto del deseo masculino, Bardot era el sujeto de su propio deseo. Este contraste las convirtió en los dos polos del imaginario erótico occidental de los años cincuenta y sesenta, y mientras la estadounidense se convirtió en símbolo de tragedia, la francesa supo transformarse en símbolo de autonomía y reinvención personal. Con su muerte se solidifica definitivamente ese estatus simbólico. 

Bardot compartió la era dorada del cine europeo con otras grandes figuras femeninas que, cada una a su manera, redefinieron el concepto de sensualidad en pantalla. Junto a Jeanne Moreau y Claudia Cardinale formó una suerte de triunvirato de sex symbols europeos que encarnaban distintas facetas del deseo y la feminidad moderna (estoy dejando afuera a propósito a Sofia Loren porque aún sigue viva). Moreau representaba la intelectualidad erótica, la mujer compleja y enigmática de la Nouvelle Vague; Cardinale personificaba la belleza mediterránea exuberante y una sensualidad más clásica y misteriosa; Bardot, por su parte, era la rebelde solar, la provocadora sin filtros. Aunque sus carreras raramente se cruzaron en la pantalla—una colaboración directa entre estas tres divas hubiera sido explosiva pero nunca se materializó—, las tres definieron juntas lo que significaba ser mujer, bella y libre en el cine europeo de posguerra. Mientras Hollywood seguía confinando a sus actrices a roles más convencionales, estas europeas encarnaban la complejidad, el deseo femenino activo y una sexualidad sin culpa que anunciaba los cambios sociales venideros.

Durante su carrera cinematográfica, que abarcó aproximadamente dos décadas, Bardot protagonizó más de 40 películas, trabajando con directores de la talla de Jean-Luc Godard en “El desprecio” (1963) y Louis Malle en “Vida privada” (1962). Su influencia trascendió el cine: fue musa de artistas, inspiró tendencias de moda y se convirtió en símbolo de la liberación femenina de los años sesenta.

Pese a lo dicho en los párrafos precedentes, debe reconocerse (sin tapujos) que la mayor parte de su filmografía fue cinematográficamente mediocre. Más allá de algunas joyas como “El desprecio”, “Vida privada” o “La verdad” (1960) de Henri-Georges Clouzot, Bardot protagonizó principalmente comedias ligeras y películas comerciales de escaso valor artístico que explotaban su imagen más que su talento interpretativo.

“La verdad” merece mención especial tanto por su calidad cinematográfica como por las circunstancias que la rodearon. En esta película, Bardot interpretó a Dominique, una joven acusada de asesinato, en lo que muchos críticos consideran su mejor actuación dramática (este dardo va para los que pensaban que la francesa no era una buena actriz). El rodaje con Clouzot, director conocido por su perfeccionismo extremo y métodos exigentes, fue emocionalmente devastador para la actriz. El agotamiento físico y psicológico, combinado con las presiones de la fama y turbulencias en su vida personal, llevaron a Bardot a intentar suicidarse al finalizar el rodaje en 1960, un episodio que reveló la fragilidad que se escondía detrás de la imagen de sex symbol despreocupada que proyectaba al mundo. Este oscuro momento de su vida ilustró el precio que pagó por su fama y la distancia entre el mito público y la mujer real.

Su verdadero legado no residió en la calidad de sus películas, sino en lo que ella representaba: una revolución cultural, un cambio de mentalidad, un símbolo de libertad sexual y modernidad que trascendió la pantalla.

Y fue precisamente esta lucidez la que la llevó a tomar, en 1973, una de las decisiones más sabias de su vida: retirarse a los 39 años, en plena madurez, pero antes de la llegada inevitable del declive. A diferencia de otras actrices que se empeñan en prolongar artificialmente sus carreras, aferrándose a papeles cada vez menos relevantes y viendo cómo su mito se desdibuja con el tiempo, Bardot tuvo la inteligencia y el coraje de salir del escenario en el momento preciso. Comprendió que su leyenda permanecería intacta si se marchaba antes de que Hollywood y el público la obligaran a hacerlo. Fue un acto de autopreservación y de genialidad: prefirió ser recordada eternamente joven y deseable en la memoria colectiva, antes que convertirse en una sombra nostálgica de sí misma. Esta jubilación temprana no fue una derrota, sino su mayor triunfo estratégico.

A partir de entonces dedicó su vida y fortuna a la causa animalista, fundando en 1986 la Fundación Brigitte Bardot para el bienestar y la protección de los animales. Su activismo, aunque a veces polémico, fue inquebrantable hasta sus últimos años. Al periodista Juan Pedro Quiñonero del periódico ABC le dijo algo certero cuando le preguntó sobre su amor a la causa animal: «No lo sé. Quizá sea un sentido profundo de la justicia contra seres indefensos, víctimas de una maldad gratuita y criminal, que me subleva. Convertir a los animales en meras mercancías me parece espantoso. El hombre puede hacer revoluciones, pero los animales no. Consagré mi juventud a los hombres. He consagrado mi vejez a la defensa de los animales«.

Paralelamente a su carrera actoral, Bardot desarrolló una exitosa faceta como cantante que la consolidó como un fenómeno cultural completo. Su voz sensual y susurrante se convirtió en su sello distintivo musical. En 1967 grabó junto a su novio Serge Gainsbourg el legendario dueto “Je t’aime… moi non plus”, una canción de contenido erótico explícito que causó escándalo y fue prohibida en varios países, pero que le significó millones en regalías. Aunque la versión definitiva que se hizo famosa fue posteriormente regrabada por Gainsbourg con su nueva novia, Jane Birkin, la interpretación original de Bardot permanece como una pieza de culto.

Entre sus éxitos musicales destacan “Harley Davidson” (1967), “Contact” (1968) y “La Madrague” (1963), esta última compuesta por Gainsbourg y convertida en uno de sus temas emblemáticos. Su estilo musical, que combinaba la chanson francesa con ritmos pop y yeyé, capturó perfectamente el espíritu desenfadado de los años sesenta. Bardot grabó más de 80 canciones y varios álbumes que alcanzaron gran popularidad en Francia y otros países europeos, demostrando que su talento no era solo actoral.

En una industria obsesionada con la juventud eterna, Bardot se distinguió por su rechazo a la cirugía plástica. Fiel a sus convicciones, se negó sistemáticamente a someterse a intervenciones estéticas, considerando que el envejecimiento era un proceso natural que debía aceptarse con dignidad. “Prefiero tener arrugas que ser una máscara de mí misma”, declaró en repetidas ocasiones. Esta postura, radical para alguien cuya belleza había sido su carta de presentación al mundo, la convirtió en un símbolo de autenticidad y valentía. Bardot envejeció en público sin artificio alguno, desafiando los estándares de Hollywood y demostrando que la verdadera libertad incluía el derecho a envejecer sin disculpas. Su rostro marcado por el tiempo se convirtió en un testimonio de coherencia personal y en un mensaje para las nuevas generaciones sobre la aceptación del paso de los años.

En sus últimas décadas, Bardot también incursionó en la escritura, publicando varios libros autobiográficos y de opinión, entre ellos “Un grito en el silencio” (2003); sin embargo, esta faceta estuvo marcada por la controversia. Bardot expresó, en ese libro, opiniones sobre inmigración y el islam en Francia que fueron consideradas incitación al odio racial, lo que le valió múltiples condenas judiciales y multas por parte de tribunales franceses. Sus declaraciones sobre la comunidad musulmana generaron amplio rechazo y la distanciaron de muchos de sus antiguos admiradores.

Del mismo modo, en años recientes tomó posiciones polémicas respecto al movimiento Me Too, defendiendo públicamente a figuras como Gérard Depardieu cuando fue acusado de agresión sexual, lo cual generó nuevas críticas. Estas posturas ensombrecieron su legado en sus últimos años y mostraron una faceta muy distinta de la mujer que alguna vez había representado la liberación y la modernidad.

Bardot representó una era de transformación cultural en Europa y dejó una huella imborrable en el cine, la música y el imaginario colectivo del siglo XX. Su vida, compleja y contradictoria, reflejó tanto los ideales liberadores de los años sesenta como las controversias de una figura que nunca dejó de provocar debate. Hasta el final, permaneció fiel a sí misma, demostrando que a veces el mayor acto de inteligencia consiste en saber cuándo dejar de ser iluminada por las luces del escenario.​​​​​​