«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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Cause this is not Thriller… Michael, una biopic fallida

Michael (2026), de Antoine Fuqua, se estrena dedicada a Tito Jackson, según puede leerse en los créditos finales. El gesto es revelador: el filme no pertenece al cine sino a la familia Jackson, y esa pertenencia es condenatoria. Jackie, Jermaine, Tito, Marlon y La Toya figuran como productores ejecutivos. El logo de Optimum Productions —la antigua compañía de Michael Jackson— aparece en los créditos iniciales y delata las intenciones antes de la primera escena. Lo que sigue es una hagiografía corporativa con coreografía.
La historia cubre el arco narrativo desde el niño Michael en Gary, Indiana, hasta el concierto en el estadio de Wembley en 1988, durante la gira de Bad. El guion de John Logan sigue el período de los Jackson 5 en los años sesenta hasta la primera etapa de la carrera solista. Ese recorte cronológico es cuestionable: fuera del encuadre queda cualquier episodio que pueda ensombrecer la leyenda. El resultado es una película que, en lugar de explorar a su personaje, lo custodia.
Jaafar Jackson —hijo de Jermaine, sobrino del homenajeado— conoce a la perfección los pasos, la postura, el gesto… Tanto el niño Michael que interpreta Juliano Krue Valdi como el adulto que encarna Jaafar son artistas talentosos físicamente, pero incurren en el lypsinch en cada número musical en el que aparecen. Este detalle técnico, en una película sobre uno de los cantantes más celebrados de la historia, se convierte en la metáfora exacta del proyecto. Jaafar sabe moverse como Michael, pero a diferencia de Rami Malek (Bohemian Rhapsody), Austin Butler (Elvis) y Taron Egerton (Rocket Man), el sobrino nunca será el tío.
Los números musicales son desproporcionadamente extensos. Cada canción se convierte en un videoclip autónomo que pone en pausa lo que resta de relato. Michael es una insoportable playlist que no concreta una historia. La yuxtaposición de estas secuencias —impecables en su factura técnica, vacías en su función dramática— revela el propósito del filme: no indagar en el hombre sino exhibir al artista, con el catálogo intacto y el archivo protegido.
Tampoco aparece un solo coreógrafo. La película proyecta la idea de que Michael Jackson inventó sus pasos de manera espontánea, casi sobrenatural, sin mediaciones ni colaboradores, apenas una referencia a Fred Astaire y otra a Gene Kelly, enseñándonos un clip (dentro de una TV) de Singing in the Rain. La ridícula escena donde reúne a pandilleros rivales en un almacén para trabajar la coreografía de “Beat It” es la más cercana que el filme está de reconocer que Jackson participaba en procesos creativos colectivos, pero incluso allí Michael es el centro absoluto, el origen de todo movimiento coreográfico.
El filme incluye a la mayoría de los miembros de la familia: la madre Katherine, el padre Joseph, la hermana La Toya, y los hermanos originales de los Jackson 5. Janet, sin embargo, no aparece pese a haber tenido una relación cercana con Michael. Según la propia La Toya, Janet fue invitada y “amablemente declinó”. La ausencia de Janet no es un accidente de producción: es una declaración de intenciones sobre qué versión de la familia se quiere mostrar.
Lo mismo ocurre con el vitiligo. El filme menciona que Jackson padecía este mal cutáneo y que lo ocultaba con maquillaje y guantes, pero se lo trata como una tragedia menor. El filme atribuye a la enfermedad todo el aclaramiento de la piel, sin detenerse en la complejidad de lo que eso significó para su imagen pública y su identidad. El tema merece una película entera; aquí ocupa un par de diálogos. Todo es de falsa solución narrativa en el filme: Michael consigue un contrato discográfico, encabeza una lista de éxitos, gana premios y luego se presenta públicamente. La hagiografía no admite tropiezos reales. Admite solamente al padre abusivo como obstáculo narrativo conveniente, superado con elegancia coreográfica.
En este contexto de canonización sistemática, Coleman Domingo construye a Joseph Jackson como el único personaje que parece tener interioridad, contradicciones, peso específico… Domingo transmite una agresividad contenida en cada escena en la que aparece. Es el padre dominante y abusivo, sí, pero el actor le imprime matices que el guion no siempre merece. El villano es el único personaje tridimensional de la película y para que Michael brille como santo, alguien tiene que arder como demonio, y Domingo acepta ese trabajo proyectando una peligrosidad tal que el guion no siempre garantiza cuando va a explotar.
Michael termina siendo culpable del mismo pecado que le atribuye a su villano: despoja al sujeto biográfíco de su humanidad completa —lo bueno, lo malo y lo ambiguo— para preservarlo como una mercancía vacía, inmóvil y explotable. Los hermanos que custodian el legado también controlan el relato: desde el niño prodigio de Gary hasta el concierto en Wembley, la película traza una línea ascendente sin sombras, una carrera que el guion describe como inevitablemente predestinada. Si alguien quiere conocer bien al artista y su proceso creativo tiene que ver This is It (2009) que contiene todos los ensayos de la gira que nunca pudo comenzar porque le llegó la muerte. Ese documental es hasta ahora la palabra definitiva sobre quién fue el autor de Thriller (1982), el álbum más vendido de la historia de la música.
Fuqua, un director capaz cuando trabaja con materiales que le permiten tensión real, entrega aquí un producto aprobado por los miembros titulares del patrimonio, calibrado para no ofender a ningún heredero, construido para agradar a los feligreses. El director de Training Day (2001), The Equalizer (2014, 2018 y 2023) y el remake de The Magnificent Seven (2018) ha hecho una película que no es sobre Michael Jackson aunque el título intente engañarnos. Es la versión del Rey del Pop que su familia quiere que exista. Que esa versión esté dedicada a Tito es coherente. Que se estrene como si fuera cine… ese es el verdadero fraude.​​​​​​​​​​​​​​​​

PAPARAZZO LIVES!

 

 

Decía Milan Kundera, autor de La despedida, que la Imagología domina el mundo. Esta ciencia que en verdad no es ciencia, sino un neologismo de este escritor, tiene que ver con la forma en que los medios de comunicación manipulan irresponsablemente acontecimientos, imágenes, personajes públicos a partir de ciertas consignas que son impuestas por grupos de poder político y massmediático.

Dice el escritor checo en su novela La inmortalidad:

El político depende del periodista. ¿De quién dependen los periodistas? De los imagólogos. El imagólogo es un hombre de convicciones y principios: exige del periodista que su periódico (canal de televisión, emisora de radio) responda al sistema imagológico de un momento dado. Y eso es lo que los imagólogos controlan de tanto en tanto, cuando deciden si van a apoyar a éste o a aquel periódico.

Los imagólogos siempre tienen su agenda, proponiendo los temas que deben tocarse o no, y la mayoría de las veces convierten los hechos en un acto circense con varios meses de duración en los que los protagonistas se dicen, se desdicen y se contradicen, al más puro estilo de las telebobelas.

Pero, ¿quiénes son los imagólogos? El autor de La insopor­table levedad del ser tiene la respuesta:

Lo importante es que esta palabra nos permite finalmente unir bajo un techo lo que tiene tantos nombres: las agencias publicitarias, los asesores de imagen de los hombres de Estado, los diseñadores que proyectan las formas de los coches y de los aparatos de gimnasia, los creadores de moda, los peluqueros y las estrellas del show business, que dictan la norma de belleza física a la que obedecen todas las ramas de la imagología.

El juicio a Michael Jackson. La muerte de la princesa Diana de Gales. El affaire Clinton-Lewinsky bautizado como Clintongate. No hubo medio de comunicación que no reportara en su momento el devenir de cada uno de estos casos. ¿Estamos ante un síntoma de ligereza ultramoderna? Parece que sí, ya que la vida privada de un personaje público pasa a ser develada. Este es el leit motiv de nuestros tiempos y lo podemos constatar en diversas latitudes: la Casa Blanca con el Lewinsky Gate y el accidente en el que falleció la Princesa Diana. Ambos hechos ocuparon gran espacio en la prensa mundial. En el primer caso, ni siquiera un jefe de estado pudo librarse de la forma en que la prensa gusta de fisgonear, y en lo que respecta a Lady Spencer, ella murió como siempre vivió: perseguida y enceguecida por los flashes de los papara­zzi.

El lugar del mal

Últimas preguntas después de un naufragio. ¿Presencia de malicia? ¿Límites? ¿Hay una ética por seguir? El respeto a los muertos, a la privacidad, a la condición humana, parece que son parte ya no de una utopía (el lugar del bien) sino de una distopía (el lugar del mal). En el mes de julio de 1998, muere a los 73 años, el fotógrafo Tazio Secchiaroli que inspiró a Fellini el personaje Paparazzo en la película La dolce vita (1960). Lo que no ha muer­to es una forma de vida. Los fotógrafos de farándula siguen siendo unos mercenarios de la imagen. Martin Scorsese dice en una entrevista, a propósito de su filme The king of comedy (1983), que los obturadores suenan como disparos. Habría que añadir que el verbo shoot no solo significa fotografiar, también es un sinónimo de abalear.

EL MAKING OF DE UN CONCIERTO NUNCA EFECTUADO

This is it recoge imágenes de los ensayos que el cantante y bailarín Michael Jackson (1958-2009) efectuó con miras a una serie de conciertos que debía efectuar en Inglaterra. El documental empieza con el compromiso público en Londres por parte del artista de realizar dichos eventos.

Inmediatamente asistimos a los multitudinarios ensayos en los que se escoge al cuerpo de baile. “Ustedes serán una extensión del hombre”, dice Kenny Ortega a los centenares de bailarines que acuden a los castings. Posteriormente pasamos a lo que nos interesa como admiradores de la música de Jackson: los ensayos de las canciones que serán parte de los conciertos. Hay declaraciones de los bailarines que son los afortunados seleccionados para ser parte de un proyecto importante: el icono pop regresa a los escenarios después de diez años de ausencia.

Grabados en vídeo digital (de abril a junio de 2009) los preparativos resultan un documento privilegiado en la historia de la música contemporánea. Si en Simpatía por el diablo de Jean Luc Godard asistimos a las grabaciones de Los Rolling Stones o en Let it be espectamos la intensas jornadas de trabajo de Los Beatles, en This is it somos testigos de coreografías, afinaciones instrumentales y tantos otros avatares que forman parte de un trabajo minucioso, obsesivo en el caso del cantautor norteamericano.

El realizador Kenny Ortega (el mismo de High School Musical) ha sabido con sapiencia ordenar un material que se supone que era grabado para la biblioteca personal de Michael Jackson. Escribimos “se supone” porque se nota que son cámaras profesionales de alta definición con un sonido perfecto, lo que los gringos llaman full range stereo. Ningún archivo personal, por más que sea de Michael Jackson tiene material de este calibre. Todo apunta a que era un film que se estaba cocinando desde antes de empezar los ensayos.

Decíamos que Ortega era hábil con el guión pues le ha dado una estructura dramática obvia pero de gran eficacia. Resulta demasiado sencillo yuxtaponer bloques narrativos con las canciones del autoproclamado rey del pop. Es tan obvia la sistematización del material que desde el minuto 30 hasta el 90 se muestra lo más popular del repertorio del cantante. Por eso se elige a Smooth criminal para empezar el segundo acto.

El midpoint o punto medio escogido es el número de Thriller con un fondo de imágenes en tercera dimensión de aparecidos y fantasmagorías. Como segundo nudo de la trama escuchamos al director anunciar la recta final de los ensayos. El tercer acto es el típico desfile de  declaraciones emotivas sobre el talento indiscutible del homenajeado. El clímax tiene su toque new age: el momento de la despedida de todo el equipo de bailarines. En un círculo proceden a desearse buena suerte con un abrazo grupal. No saben que en una semana exactamente fallecerá la persona para la cual estaban trabajando.

El estreno del documental es indudablemente una jugada comercial. Al no darse la serie de conciertos londinenses hay que vender las imágenes de lo que pudieron ser. Los ensayos no son sólo un calentamiento como lo dice el mismo artista, son formas de probar vestuario, ensayar entradas y salidas, practicar pasos de baile, afinar instrumentos y sobre todo conocer las escenografías, situarse en ellas, pararse en los lugares adecuados de acuerdo a los juegos de luces. Hay varios momentos que ilustran este aspecto: el protagonista enfatiza con vehemencia “para esto son los ensayos” y repite una salida en falso acompañado de una guitarrista; otro momento habla de un malestar en su garganta dando a entender que no puede dar notas musicales muy altas. En la canción de los Jackson 5 se limita a tararear los versos que no recuerda o que simplemente no quiere cantar. En esa misma canción muestra su desconcierto por el apuntador: “Es como si hubieran introducido un puño en mi oído”. El uso de ese dispositivo le resulta desconocido y pide que le bajen el volumen.

Un par de reparos: resulta molestoso ver ensalzada la pasión ecologista de Michael Jackson a más de sus reiterados God bless you y sus alusiones al amor. Son poses que frisan lo naif y que han sido explotadas como parte de la imagen pública del artista. Eliminando estas escenas la película habría tenido un metraje menos extenso (dura dos horas) y sería menos cansino de lo que constituye por esas concesiones.

Momentos de interés: cuando el cantante corrige a su pianista y le dice que tiene que tocar las notas tal y como él las escribió. “La gente espera escuchar esta canción tal y como está en el álbum”. Los solos de guitarra eléctrica también harán las delicias de los amantes de la buena música. Y obviamente las coreografías de Thriller y Beat it. También brillan las improvisaciones, es decir, aquellos hallazgos artísticos que sólo pueden darse en un ensayo y que difieren totalmente de las grabaciones en estudio.

Con sus defectos y todo, This is it es un homenaje importante (no el mejor) que se le pudo haber hecho a un artista que no era ni hombre ni mujer, ni blanco ni negro. Un mutante, como escribió alguna vez Rubem Fonseca.