«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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«Los cantores de Rusia» de Turguéniev se convierte en un cortometraje ganador del Óscar, ambientado en una taberna de L.A.

The Singers (2025) de Sam A. Davis, disponible en Netflix, es un corto de dieciocho minutos filmado dentro de un bar de clase obrera en Los Ángeles donde un albañil borracho y fanfarrón molesta a los parroquianos hasta que el cantinero le propone un trato: si canta mejor que el viejo del rincón, la ronda es gratis. La apuesta crece: cien dólares (en billetes de a uno) más una ronda ilimitada de cerveza para quien resulte el mejor cantor de la noche. Lo que sigue es una competencia improvisada que despoja lentamente a cada cliente del bar de sus inhibiciones.

El cuento “Los cantores rusos” (Певцы) pertenece a Memorias de un cazador (1852), la colección unitaria de narraciones que Turguéniev publicó por entregas en 1850 en El Contemporáneo (revista fundada por Pushkin) y que Tólstoi consideró uno de los libros que más amó en su vida. El narrador, un noble que caza en las estepas, llega al pueblo de Kolotovka y se detiene en una taberna excavada en la ladera de un barranco. Allí encuentra a varios hombres del pueblo reunidos para presenciar una competencia de canto entre Yáshka el Turco, un joven obrero de una fábrica de papel, y un buhonero viajero conocido como el Ranchero. La apuesta es un jarro de cerveza. El Ranchero canta primero, con oficio y dominio; luego Yáshka, y su voz desgarra la tarde.


Sam A. Davis filmó en 35 mm y registró la música en vivo en el set, decisión que se nota en cada fotograma: los colores son densos, algo sulfurosos, y el sonido llega con el grano sonoro y la presencia física del vinilo. El reparto fue descubierto mediante la técnica del casting callejero y el rastreo de videos virales en redes sociales; Davis pasó un año y medio buscando talentos vocales en YouTube, Instagram y TikTok a través de hashtags como “unexpected voice” o “karaoke legend”. La chispa inicial fue un video del novato Mike Young cantando en el metro de Nueva York que apareció en su pantalla justo después de leer el cuento de Turguéniev en el libro A Swim in a Pond in the Rain: In Which Four Russians Give a Master Class on Writing, Reading, and Life de George Saunders. El encuentro entre un texto del siglo XIX y el algoritmo de recomendación le pareció, en sus propias palabras, una forma subversiva de hacer algo que es al mismo tiempo análogo y artesanal.

La transposición de Davis es estructuralmente fiel en lo esencial: la taberna como espacio de suspensión social, la apuesta alcohólica, la competencia que convoca a espectadores inesperadamente conmovidos, la irrupción de una voz que rompe la normalidad del lugar. Pero los ajustes son significativos en relación con el original.

Al principio del barranco, a pocos pasos de donde comienza la estrecha grieta, hay una cabaña pequeña y cuadrada, completamente apartada de las otras. Tiene techo de paja y una chimenea; una ventana se abre sobre el barranco como un ojo avizor, y en las noches de invierno, iluminada desde dentro, puede verse de lejos a través de la débil niebla de la escarcha, titilando como una estrella que guía a muchos campesinos de vuelta a casa. Un pequeño letrero azul ha sido colocado sobre la puerta de la cabaña: se trata de una taberna conocida como La Bienvenida.

Lo que vemos en el filme no son las letras azules de Welcome, es más bien un letrero rojo con la palabra Netflix dejando bien claro que pese a la leyenda «basado en un cuento de Iván Turguéniev de 1850» la plataforma es dueña de las acciones que veremos en la pantalla. Pese a la declaración de filiación literaria, la película no tuvo guion: Davis trabajó con un esquema basado en el texto original y permitió que los participantes improvisaran escenas, interpretando versiones de sí mismos en planos cerrados e intimistas. El resultado es una película que vive en la frontera entre el documental y la ficción de manera más fluida que la mayoría de los experimentos audiovisuales que vemos en el cine contemporáneo. Los hombres en pantalla no actúan la vulnerabilidad, la descubren; o, más bien, son descubiertos vulnerables. Hay un personaje que canta en secreto dentro del baño porque no se atreve a hacerlo frente a los demás, un detalle que sintetiza bien la apuesta temática del filme: la voz como zona de exposición intolerable para una masculinidad que se construye sobre la apariencia de hierro.

En Turguéniev, la voz de Yáshka es una epifanía melancólica con dimensión casi metafísica: canta con el alma rusa, con el dolor de la llanura, y el narrador —un observador de clase superior, educado, capaz de articular la experiencia estética— actúa como mediador entre ese mundo campesino y el lector.

Cada una de sus graves notas tenía algo de grande, de vago, como el horizonte de nuestras estepas. Ya me subían las lágrimas a los ojos, cuando alguien empezó a sollozar cerca de mí. Me di la vuelta: era la mujer de Nicolai, que lloraba apoyándose en la ventana.

El texto está atravesado por la distancia de clase y la mirada etnográfica característica del siglo XIX: el pueblo como objeto de contemplación, la belleza popular como algo que el narrador recoge y traduce. Cuando la voz narrativa regresa al pueblo horas después de una siesta sobre un montón de heno, todos están borrachos y el momento de gracia ha desaparecido sin dejar rastro. Turguéniev no resuelve la tensión entre redención y degradación; la deja abierta, amarga. Están buscando a un muchacho de nombre Antropka:

Ya no hubo respuesta. El niño siguió llamando incansablemente. Me alejé y di la vuelta a un bosque que precede a mi aldea. La oscuridad era profunda; el nombre de Antropka se oía aún, muy débilmente, en la lejanía.


En Davis no hay narrador externo. La cámara adopta la posición de un cliente más de la taberna, y los hombres en pantalla no son objetos de contemplación sino sujetos plenos que se van revelando ante el espectador en tiempo real. Davis identificó en el cuento el retrato de hombres duros y herméticos que, en el contexto de 2025, proyectan simbólicamente la “epidemia de soledad masculina”; donde Turguéniev veía al campesino ruso, Davis ve al obrero estadounidense de clase media baja, igualmente incapaz de nombrar lo que siente, igualmente dispuesto a llorar si la voz correcta le da permiso.


La diferencia más reveladora está en el clímax. En el cuento ruso, Yáshka canta solo: el concurso termina con su actuación y la rendición unánime del público presente. En la película, la competencia se expande: varios hombres cantan uno tras otro, y la revelación se vuelve colectiva. Es una modificación que cambia la lógica del texto original. Turguéniev confía en el genio individual, en el momento único e irrepetible de una voz que aparece y desaparece; Davis confía en el contagio, en la solidaridad que se activa cuando alguien tiene el valor de cantar primero. El cuento es sobre el talento; la película es sobre la soledad que se rompe cuando empiezas a cantar frente al Otro.

Primero fue un sonido débil, tembloroso, algo como un vago y lejano eco. Produjo una singular impresión. Siguió un sonido más amplio, más atrevido; con admirable destreza el artista abordó el tono alto. Sabía gobernar su voz e hizo vibrar las notas con extraordinario talento. Todos nos maravillamos cuando entonó este canto melancólico: Muchos senderos llevan al bosque florecido.


El final de Davis no tiene la amargura turguenieviana. Cuando los dos competidores creen haber empatado, suena de manera imprevista una voz de tenor en la oscuridad que alarga la competencia. Es un final más esperanzador, y esa diferencia dice algo sobre el contexto cronológico de cada obra: Turguéniev escribía en la Rusia de los zares, con la conciencia de que los momentos de belleza son fugaces y no cambian nada. Davis filma en el 2025 norteamericano con la convicción —o quizás el deseo— de que abrirse puede transformar algo, aunque sea por dieciocho minutos.​​​​​​​​​​​​​​​​ No hay celulares, cámaras, transmisión en vivo, los pocos hombres están solos, disfrutando de la música que los hace sentir únicos. La vida es lo que pasa cuando no estás conectado a redes sociales y cantas porque eres feliz.

The Singers empató con Two People Exchanging Saliva en la categoría del Óscar al Mejor Cortometraje de Acción en Vivo en la 98.ª entrega de los premios de la Academia, el séptimo empate en la historia del concurso. El presentador Kumail Nanjiani confirmó en vivo, visiblemente divertido con la situación, que no era un chiste. Fue el primer Óscar para el productor Jack Piatt y la primera victoria para Davis, que ya contaba con una nominación previa. Enriquecedor ejercicio leer el breve cuento de manera previa y después ver el corto. O viceversa.