«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

La primera impresión que tenemos al ver La soga (1948) es que estamos ante una obra de teatro. El director Alfred Hitchcock parece entender que el cine tiene raíces teatrales y realiza un audaz experimento claustrofóbico. Se dispone a crear un plano secuencia de 81minutos. La intención es muy simple y compleja a la vez. Narrar una historia a la manera de una obra de teatro, sin cortes, sin transiciones abruptas, prescindir de la edición, dejarlo todo en manos de la puesta en escena y de una cámara que se mueve como si estuviera filmando un juego de ajedrez. La premisa dramática seleccionada para este filme está en la prensa amarilla norteamericana de los años cuarenta. Dos jóvenes intelectuales pertenecientes a la clase alta matan a un chico de catorce años por el simple placer de matar.

¿Cómo consigue el director británico su objetivo? Primero, somete a los actores a largos ensayos que permitirán rodarlo todo con el menor número de errores posibles. Segundo, se construye un set a partir de la técnica del ciclorama que permite que el escenario construido gire según las necesidades visuales, y las paredes son removibles para que la cámara pueda pasar a través de ellas. Tercero, el piso tiene una serie de círculos numerados para que los veinte y cinco (máximo treinta) movimientos de cámara por toma sean perfectos. Cuarto, la duración de diez minutos de cada bobina de película obliga al director a realizar un corte simbolico. Que significa esto? Al final de cada rollo la cámara se esconde detrás de una espalda o tras un sillón. Este juego de las escondidas es fundamental porque coincide con el cambio de rollo. Con lo siguiente apelo a la memoria de los cinéfilos que vivieron la época del cine anterior al digital: el cambio de bobina crea un corte espontaneo que es aprovechado por el director. Apenas se nota el corte por el salto de eje que se crea al pasar de un proyector a otro. Sin embargo, es un corte y esto derriba la idea de plano secuencia de ochenta y un minutos. Tendrian que pasar casi sesenta años para que el ruso Mijail Solojov filmara El arca rusa. Esta vez sí la tecnología hace realidad el sueño de Hitchcock de realizar un plano continuo, sostenido, regular, sin cortes. Para ello hace falta la magia del cine digital y un disco duro externo con gran capacidad de almacenamiento, sin contar con la proeza física del camarógrafo alemán que logró captar todo el relato, en tiempo real, en una sola toma.

Hecha la aclaración de la naturaleza del plano secuencia y el ejemplo ruso, volvamos a La soga. Inicialmente su director tenía en mente a Cary Grant, pero se le encargó el rol principal a James Stewart, lo cual desató las protestas de los empresarios que financiaban el filme, ya que no lo consideraban un imán para las taquillas. De hecho, se ironiza este asunto en una escena memorable en la que los comensales se ponen a hablar de películas. El personaje de Constance Collier dice que su actor favorito es Cary Grant.

La verdad es que el rodaje no fue un paraíso para Stewart y no porque cargara sobre sus hombros la etiqueta de «reemplazo de Cary Grant». La verdad es que no se encontraba muy cómodo con su papel, ya que –según la obra de teatro original– su personaje del profesor Keating tenía que ser tan perverso como sus alumnos asesinos. De cierta forma, él es parcialmente responsable por haber influido con sus ideas sobre el superhombre nietzcheano. Además, como lo declaró después, a Stewart le molestaba, como pasó con los otros dos actores, ciertas referencias a la homosexualidad entre los tres personajes. Después de todo, la obra de teatro original planteaba que el profesor había tenido un affaire con uno de los chicos, y que estos dos últimos compartían una relación sentimental. Los actores coprotagónicos también estuvieron de acuerdo en no darle un contenido homosexualmente explícito, previa aceptación del director. La incomodidad de Stewart fue tal que no pudo dormir de manera normal durante el tiempo que duró el rodaje. «Era difícil imaginar cómo iba a quedar el filme», declaró después. «Los ruidos provocados por los movimientos de las paredes removibles eran un problema constante, y  teníamos que repetir escenas sólo por fallas de sonido, usando apenas los micrófonos como si estuviéramos en una radionovela». El malestar de Stewart se hizo más evidente cuando en mitad de la filmación Hitchcock dio una rueda de prensa en la que elogiaba el desempeño de los actores en los ensayos. La táctica del gordo no funcionó en lo absoluto. Si la idea era distensionar el ambiente del rodaje piropeando a los actores, se equivocó. «La única que ensaya en este rodaje es la cámara», declaró Stewart muy molesto por el monumental artefacto que debía captar las imágenes en technicolor. La ingeniosa frase quedó para la posteridad y dejó en evidencia que lo técnico estaba quizá por encima de lo humano. Hitchcock no quiso entrar en polemicas innecesarias y habría de rodar dos de sus mejores clásicos con Stewart en el rol protagonico: La ventana indiscreta y Vertigo.

Ver La soga después de tantos años es asistir a una especie de renacimiento. Se trata de un filme que ha envejecido muy poco o casi nada. Asombra la forma en que el realizador británico trata de manera tan sutil y soterrada el tema de la homosexualidad. Farley Granger (actor al que luego Hitchcock convocaría para Stage fright) se lleva las palmas en el rol del obsesivo Brandon. Este personaje sostiene sobre sus hombros toda la intriga. Sufre porque cree que en cualquier momento el homicidio va a ser descubierto. Se desespera porque el cadáver está escondido en un baúl que es usado como mesa improvisada en la que se sirven los bocaditos. Esto a su vez va paulatinamente desequilibrando a su cómplice y encubridor. Es paranoico y con justa razón porque sabe que el profesor no es ningún caído de la hamaca y está constantemente atando los cabos sueltos. Es un ser inestable y nervioso (rompe un vaso y se lastima su mano). El espectador no sabe en qué momento se va a echar para atrás y va a vender a su amigo. Esta desesperación está latente en cada uno de sus parlamentos, gestos, movimientos. Es más, el punto climático del filme lo tiene a él como vehículo máximo. Momento cumbre en el que el personaje de Stewart forcejea con Brandon para obtener el revólver. El forcejeo se da después de que el profesor ha quitado el mantel del baúl y ha escrutado el interior del mismo.

Entre paréntesis y antes de concluir emitimos un comentario necesario. La nueva versión en la que actúa Sandra Bullock en el rol de Stewart resulta un fiasco. Claro esta que se cambia la profesión del personaje: en vez de ser una profesora estamos ante una mujer policía. Murder by numbers (1998) no tiene ningún encanto. Carece de la ambigüedad de La soga. La cuestión homosexual está un poco más destapada. Los personajes son adolescentes. Aunque se trata de un buen par de actores (Michael Pitt y Ryan Gosling) la versión fracasa estrepitosamente. Cerramos el paréntesis del dato curioso del remake.

Lo que hace del filme de Hitchcock memorable es su virtuosismo técnico que permite que el espectador camine entre las líneas evanescentes del teatro y el cine, de la realidad cinematográfica y la ficción teatral. Todo luce tan cotidiano en esta historia que presenta como van llegando uno a uno los invitados para una cena. Es como si la cámara se hubiera instalado en el interior de un escenario teatral. Todos hablan sobre cosas aparentemente triviales, comunes y silvestres. El subtexto es lo que crea la intriga: todos han sido invitados al entierro simbólico de un cadáver que está en el centro del escenario. De paso la soga del homicidio es usada para amarrar unos libros como si también la literatura hubiera sido asesinada. Únicamente los asesinos y el público saben del homicidio. Esto nos convierte automáticamente en cómplices. Esta complicidad es la que garantiza la eternidad de la historia. Este artificio permite que el espectador sea un actor más en ese tablado policial.  Es como si Hitchcock nos diera una soga para que nos ahorquemos porque no podemos denunciar el asesinato. Por suerte, recibimos simbólicamente la cuerda homicida pero nunca la usamos.

La môme piaf, que significa «pequeño gorrión», es el título original de la biopic (biografía cinematográfica) de la célebre cantante francesa Edith Piaf, nacida en 1915 con el nombre de Edith Giovanna Gassion y fallecida en Provenza en 1963. Esta película de dos horas y veinte minutos, es un recorrido por las principales etapas de la vida de una mujer que fue la gloria musical de su país. Constituye también un ejemplo importante de adaptación cinematográfica ya que de alguna manera lidia con un sinnúmero de fuentes biográficas. Es el gran reto en el que se embarca un filme que recoge la vida de un personaje público: es preciso bucear en las biografías autorizadas y no autorizadas. Aunque en los créditos se consigne el libro del que más datos se recogió, siempre quedan como referencia para los autores del filme las otras fuentes: reportajes, documentales, entrevistas televisivas y radiales.

El título comercial para su distribución internacional tenía que ser La vie en rose, que obedece al nombre de la canción más emblemática de la Piaf. La actriz que da vida a la popular artista es Marion Cotillard, ganadora por este rol de casi todos los premios internacionales existentes, incluyendo el Premio de la Academia a la mejor interpretación femenina del año 2007.

El director Olivier Dahan logró captar los momentos cumbres de la vida tormentosa de la pequeña gran cantante: desde que fue criada de niña en un burdel, pasando por las muertes de su única hija de dos años y del gran amor de su vida (el pugilista Marcel Cerdan), hasta cada uno de sus amoríos masoquistas. Es interesante cómo en el momento de la adaptación se recurrió a la eliminación de un gran número de amores masculinos (quienes han buceado en la vida de la cantante saben lo agitada que fue su agenda sentimental). Se omitió, más que nada, aquellos romances que no correspondían al momento biográfico que se deseaba recrear. Por dar solamente un ejemplo, biográficamente es fundamental el matrimonio de la Piaf con Theo Lambukas, el joven griego que le devolvió el amor a la vida después de la muerte del boxeador Cerdan. Lo que es importante en el aspecto biográfico resulta irrelevante en lo cinematográfico. Quizá en una teleserie habría sido plausible adaptar todos y cada uno de los amores de la frágil cantante.

Pero no desperdiciemos el relato audiovisual que tenemos ante nuestros ojos y analicémosla desde un punto de vista plural. Uno de los aspectos que más llama la atención es la meticulosa dirección de arte. La película se esmera en reproducir el ambiente opresivo y de gran pobreza en el que vivió la Piaf en el decenio de los veinte. Todo lo que tiene que ver con escenarios marginales o de carácter popular —burdeles, cabarets, bistrós, habitaciones de hoteluchos— ha sido recreado de manera detallista por un equipo de directores de arte.

La dirección fotográfica muestra el estado de ánimo de la cantante y se complementa con una iluminación tenue que nos proyecta ese hálito de tristeza que rodeó cada etapa de su vida. El director de fotografía, Tetsuo Nagata, jugó con los altos contrastes, los colores saturados y vivos, a más de juegos pictóricos que usan la técnica del claroscuro.

La actriz Marion Cotillard —Oscar, Bafta, César y Globo de Oro a la mejor actriz principal del 2007— interpreta de manera consistente a la cantante francesa. Su caracterización puntillosa logra captar la magia que había detrás de esta mujer menudita quien se convirtió en un mito de la música contemporánea. Su actuación conmueve de manera muy particular ya que reproduce detalle a detalle aspectos de la personalidad pública y privada de la artista. La cantante casi calva, con las cejas rapadas y el caminar encorvado es un trabajo de caracterización que demuestra una investigación a fondo por parte de la actriz principal. De paso ayuda el maquillaje —proceso que duraba cinco horas diarias— que nos hace olvidar que estamos ante una de las actrices más hermosas de Francia (verla en Un buen año junto a Russel Crowe o Enemigos públicos con Johnny Depp). La secundan con mucho acierto Gerard Depardieu, en el rol de su descubridor Louis Leplée quien le da su nomre artístico; Jean Pierre Martins en el rol del boxeador que murió trágicamente; y Manon Chevallier junto a Pauline Burlet quienes interpretan a la Piaf de cinco y diez años respectivamente.

El género en el que triunfó esta artista es el de la chanson —que en español se refiere a cualquier canción con letra en francés de tema amoroso o social— y que era el estilo predominante de los cabarets donde empezó la Piaf su carrera. Esto queda claro en todo momento ya que a la película le interesa responder a la pregunta: ¿Cómo y ade dónde surgió la mítica cantante? La música es la protagonista del filme con canciones que llegan directo a la sensibilidad de los espectadores, espectadores que pueden conocer o no conocer previamente las canciones de la Piaf.

Los éxitos musicales de la cantante desfilan de manera cronológica: La vie en rose (1946), La foule (1957) —que en español se la conoce como Amor de mis amores—, Milord (1959) y Non je ne regrette rien (1960) que resumen la carrera del alma musical de Francia. El trabajo de fonomímica de la actriz principal merece especial elogio: no se trata aquí de imitar gesto por gesto a la persona, debe haber también un aporte personal para no caer en el simple calco que cualquier actor de talento puede realizar. El hecho de que Frou Frou sea interpretado por la misma Cotillard refrenda el hecho de que el actor debe aportar con algo personal al proceso de recreación o adaptación de una persona histórica como la Piaf.

La actriz, insistimos arriesgándonos a la redundancia, reproduce a la perfección todo el repertorio gestual y corporal de la cantante de cabaret, de una artista del pueblo que luego llegaría a los más exclusivos escenarios internacionales. En lo actoral también es preciso el trabajo de adaptación. El actor debe seguir un modelo, interpretarlo, adaptarse a él, ajustarlo, acomodarlo al mundo intrínseco según un molde biográfico que tiene un background histórico y social. Asi como el guionista debe adaptar una fuente literaria o documental, el actor debe adaptar dentro de su siquis a la persona histórica.

En resumen, es la historia de amor entre una mujer y la música, entre una artista y su oficio, entre una cantante y sus seguidores. En este sentido, resulta memorable la escena en la que está grave de salud y aún así ansía cantar en el Teatro Olympia: «Si no regreso y canto, me voy a morir».

La teta asustada (2008) llega de manera auspiciosa a las cadenas de cine comercial como la ganadora del XXVI festival de Bogotá y el Oso de Oro de  la última Berlinale. La segunda película de la peruana residente en Barcelona, Claudia Llosa, está destinada a convertirse en una referencia vital en la historia del cine latinoamericano.

La película se desarrolla en uno de los barrios más pobres de Lima y se centra en el personaje de Fausta (Magaly Solier) que tiene que enterrar a su madre pero no posee los recursos para hacerlo. El cadáver yace varios días a la intemperie mientras la hija busca un trabajo para solventar el problema. En el segundo acto del filme la joven es contratada por una concertista de piano para realizar quehaceres domésticos. Al final logra pagar el transporte para llevar a su madre al mar. El clímax del filme nos enseña a Fausta que deposita el cuerpo en la playa como si se tratara de un rito ancestral.

Al igual que Madeinusa (2006), esta historia tiene que ver con el mundo indígena y trae por segunda vez a Magaly Solier en el rol principal. Su personaje de Fausta sobrecoge por su sencillez, autenticidad y por la forma en que embelesa a la cámara con sus maneras nada posadas (como dato curioso Solier acaba de lanzar su primer CD titulado Warmi con letras y melodías de su autoría). Las canciones que ella interpreta en el filme son el basamento de la atmósfera sonora al igual que sus silencios que no son pocos. Hay que señalar que casi la mitad del filme está hablado en quichua, lo que da fe del interés de la directora de recrear el universo de estos seres marginados y sin voz que por fin encuentran un espacio en el mundo narrativo audiovisual.

Lo más sobrecogedor es el hecho de que Fausta es hija de una violación, producto de la cuota de sangre que el movimiento terrorista Sendero Luminoso le hizo pagar a la República de Perú entre 1980 y 2000. Se menciona la forma desalmada en que los senderistas violaban sistemáticamente a las mujeres de los pueblos que sometían. Fausta es hija de esos actos canallas y para evitar el mismo destino materno ella ha insertado una patata dentro de su vagina. No hay que ser semiólogo para descifrar el simbolismo: la mujer se convierte en el receptáculo de un fruto de la Madre Naturaleza. El tubérculo escondido es un escudo, un tapón pero también es una forma de vivir la feminidad oprimida. Ella quiere gritar por la parte de abajo de su ser pero la “piedra” que se ha impuesto a sí misma no la deja. La teta del título es el mal que se contagia a través de las violaciones reiteradas. Parte de la creencia andina de que los hijos eran contagiados de los temores de sus madres mancilladas. Es el miedo a vivir. El miedo a ser libre o simplemente el miedo de florecer. Yo, mujer, parece decirnos el personaje, no puedo existir mientras este miedo simbolizado en la papa me impida ejercer las capacidades que Madre Natura me otorgó.

Puntos climáticos del filme: las canciones en quichua (algunas compuestas por la misma Magaly Solier), los silencios, los paisajes desérticos y paupérrimos, esas escaleras interminables que parecen conducir al cielo o quizá al infierno, las miradas de Fausta que son la ofrenda del miedo, su ingenuidad, su pureza, su inocencia… Mientras terminamos de redactar este texto nos enteramos de que acaba de ganar el Premio a la Mejor Actriz del Trigésimo Octavo Festival de Nuevo Cine de Montreal.

Lo más importante de esta historia es el cadáver insepulto o el cuerpo inerte que tarda en ser honrado. No es como el cadáver de Mientras agonizo de William Faulkner que se pasea por algunos puntos geográficos antes de encontrar sosiego. Es algo peor. Hay un trasfondo simbólico en la madre no sepultada. Es la dificultad que tiene el Perú de enterrar su pasado marcado por un sendero de sangre.

A ver si con esta película el congreso peruano aprueba de una vez por todas el proyecto de ley que podría generar las condiciones necesarias para que la totalidad de mujeres que sufrieron violencia sexual durante la época senderista sean registradas como víctimas y puedan, así, recibir reparación física y mental.

La reparación ha empezado simbólicamente con este filme que no asusta (como reza su título) pues invita a ser solidario.

En Anónimo Veneziano (1970) de Enrico Maria Salerno, el protagonista se llama como el director, Enrico (Tony Musante), y toca el oboe en la orquesta del Teatro La Fenice. Tiene una enfermedad terminal (cáncer). Vive solo y un día cita a su esposa Valeria (la brasileña Florencia Balkan) en la ciudad de los canales de agua. Llevan siete años separados pero nunca se han divorciado. Ella vive con el hijo de ambos y con un acaudalado industrial en Ferrara.

Al encontrarse inician un camino no sólo por Venecia, sino por el pasado de ellos. Es un recorrido geográfico y biográfico de 93 minutos que es el tiempo de duración del filme. Un periplo exterior e interior. Mientras caminan pasan revista a la historia de la pareja y al mismo tiempo a los lugares históricos de una ciudad paradigmática. El personaje de Enrico hace referencia a la decadencia de su ciudad, que está en plena agonía tal y como le sucede a su cuerpo.

El hecho de que Enrico padece de un mal incurable es únicamente revelado a mitad del filme. Antes se nos dan algunos indicios como tosidos o movimientos furtivos en los que el personaje ingiere pastillas. La dinámica de la pareja es la del típico opresor y la mujer sometida. Momentos de gran tensión son los que Enrico provoca no sólo por ocultar su enfermedad sino por el hecho de estallar en ira (se entiende que ese carácter temperamental fue uno de los motivos de la separación). La fricción entre ambos también se da por la inmensa curiosidad que siente Valeria al ver a su esposo después de tanto tiempo. En algunos pasajes de la primera mitad del filme ella le exige saber el motivo de la cita sin encontrar una respuesta concreta.

Se recurre constantemente al lugar común del artista encerrado en sí mismo o en su torre de cristal. Egocéntrico. De carácter turbulento y huracanado. Bipolar, para usar un término que no estaba vigente en 1970, año de estreno del filme. La historia se cierra con la imposibilidad de Valeria de ayudar a su ex conviviente. Después de hacer el amor ella descubre una carta de despedida incompleta en la que el artista anuncia su inminente suicidio. De esta forma ella (la destinataria de la misiva)  entiende que la cita es un adiós definitivo y que la decadencia de Enrico es inevitable como la podredumbre de las aguas venecianas. Es por esto que ella regresa a Ferrara a la vida segura que tiene con su nueva pareja. Un dato importante que acaso sirva para los sociólogos: la película fue estrenada en una época en la que recién logró legalizarse el divorcio, por lo que no es errado verla como una metáfora de esa avalancha de desuniones que sufrió entonces Italia.

Una subtrama importante por darle título al filme es el concierto para oboe y cuerdas que el músico debe preparar. De hecho, el tercer acto se desarrolla en el lugar donde la orquesta del Teatro La Fenice ensaya y graba la pieza que da nombre a la película.

Filme emotivo y vibrante más que nada por la música que usa fragmentos de la Quinta Sinfonía de Bethoveen y el celebrado concierto para oboe en do menor de Alessandro Marcello, a más de la música original de Stelvio Cipriani. El otro motivo que refrenda el filme es la ciudad. Se nota que el rodaje se efectuó “fuera de temporada” ya que no hay vestigios del millardo de turistas que asaltan la ciudad anualmente. Esta ausencia de peregrinos extranjeros nos muestra una ciudad descongestionada y con espacios muy bien aprovechados por la cámara. Para los que han estado en Venecia disfrutarán de las escenas rodadas en la Piazza san Marcos y el Puente del Rialto sobre el Gran Canal, además de puentes, callejuelas, pasadizos y edificaciones desérticas.

Para terminar es importante mencionar dos cosas. La primera, que el actor Enrico María Salerno, popular por sus papeles en algunos policiales y westerns haya escogido a ésta como su opera prima. Salerno era más que nada conocido por ser la voz que doblaba a Clint Eastwood en la trilogía de westerns spaghetti de Sergio Leone (1964, 1965 y 1966). También prestó su garganta para doblar al Cristo de El evangelio según Mateo (1964) de Pier Paolo Pasolini.
Lo segundo imposible de no mencionar es la forma en que este filme se adelanta a la versión cinematográfica de Muerte en Venecia de Luchino Visconti, estrenada un año después de Anónimo veneciano. Luego vendrían títulos memorables como El comfort de los extraños de Paul Schrader y el musical Everybody says I love you de Woody Allen que se desarrollan en la ciudad de los canales de agua. Incluso filmes que nada tienen que ver con Venecia han sido influidos de cierta manera por la primera película de Salerno. Richard Linklater y su díptico Antes del amanecer y Después del amanecer le deben mucho de su estructura a este filme de 1970. Aquello de la pareja que se busca a sí misma en una ciudad histórica es una premisa que ya está en Anónimo veneciano que transcurre prácticamente en tiempo real.