«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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El filme ganador del León de Oro en Venecia llega a Guayaquil


Father Mother Sister Brother (2025), de Jim Jarmusch, maestro del cine indie, disponible en Supercines, y ganadora del León de Oro en Venecia el año pasado, empieza con el cover de «Spooky» de Dusty Springfield, grabado por Anika con una luminosidad incompatible con la oscuridad de la historia. La escena final es de dos hermanos, en un Volvo viejo, escuchando de un cartucho de ocho pistas el tema original favorito de mamá y más que simetría, es una epifanía: los padres tenían una vida que sus hijos no conocieron, y esa vida sonaba a Dusty Springfield.
El filme es un tríptico: tres cortometrajes autónomos que ocurren en el presente, en tres países distintos. «Father» se desarrolla en el noreste de Estados Unidos, «Mother» en Dublín, y «Sister Brother» en París. Cada episodio examina el reencuentro entre hijos adultos y sus padres, o los restos que estos dejan, como en la tercera historia. La estructura es repetitiva, casi de manual: hijo o hija llegan en auto, hay una espera, una conversación tensa y entrecortada, silencios que pesan más que los diálogos, y los padres —o su ausencia— resultan ser algo distinto de lo que los hijos creían.
En «Father», Jeff (Adam Driver, el villano Kylo Ren de Star Wars) y Emily (Mayim Bialik, la inolvidable Amy de The Big Bang Theory) visitan a su padre (el cantante Tom Waits), un hombre que aparenta vivir en la precariedad desde la muerte de su esposa. Cuando la hija va a hacer té en la cocina, la cámara detecta entre el desorden acumulado un objeto carísimo. El padre ha dejado el grifo goteando a propósito. Es el tipo de detalle que Jarmusch coloca sin subrayarlo: el padre lleva un Rolex escondido bajo la manga, y el hijo le da un billete de gran denominación cuando se despide. Waits lleva su figura paterna al terreno de la comedia física cuando demuestra que su paz espiritual proviene del acto cotidiano de cortar leña y el esfuerzo se torna un poco excesivo porque parece que va a matar a alguien: los pocos que estamos en la sala reímos con incomodidad.
«Mother» reúne a dos hermanas —Timothea (Cate Blanchett) y Lilith (Vicky Krieps)— con su madre Catherine (Charlotte Rampling) para una reunión de té en una casa de Dublín, decorada a la antigua, con un gusto exquisito. Rampling interpreta su papel de madre con una frialdad caculada, hasta el punto de que las bolsas de pastelería que entrega a sus hijas al final están coordinadas por colores, para diferenciarlas. El intercambio más agudo del episodio ocurre cuando Catherine, vertiendo el té, pregunta en inglés si debe hacer de madre («Shall I be mother?»), y Lilith responde sin vacilar: «You might as well start sometime». Es el tipo de réplica que Jarmusch nos hace oír como si fuera accidental, veinte minutos después de empezado el segundo cortometraje,
El tercer episodio, «Sister Brother», es donde la película cambia de registro. Los gemelos Skye e Indya, de origen afro, más jóvenes que los personajes anteriores, se encuentran en París para revisar la casa de sus padres recién fallecidos. Son más afines entre sí, y no tienen esa maldita distancia que hay a veces entre familiares cercanos que tienen rencillas. Este segmento tiene una calidad visual distinta: mientras los anteriores tienen cierto aspecto digital y neutro (el llamado look Netflix), el último posee una textura cinematográfica que cambia el tono visual de la totalidad. El rodaje en las calles de París contribuye, pero la diferencia viene también de algo más profundo: aquí los hijos no visitan a un padre vivo que los irrita, sino que intentan descifrar retroactivamente a unos padres que ya no pueden ser interrogados. La melancolía es de otro tipo.
Para una película episódica filmada por directores de fotografía distintos, Father Mother Sister Brother (sin ninguna coma que diferencie cada rol) mantiene una coherencia visual sostenida. No es fácil crear interés en escenas donde lo más importante es que nada parece estar sucediendo.
Las objeciones a la totalidad del filme son necesarias: el episodio de «Mother» es el más dramático de los tres, Blanchett queda encajonada en un registro que la estereotipifica. Krieps queda como la loca del pelo rosáceo. Frente a la clase magistral de dama británica de Rampling, Waits queda como el loco excéntrico que al final nos muestra que tiene escondido detrás de su casa un auto de alta gama. El tercer corto es demasiado distinto y parece de otra película. A ratos hay un tono incestuoso que se queda en intrigante y no se resuelve.
Jarmusch describió el proyecto como su “cine mudo». Lo es, y esa decisión se nota en cada escena: las familias que retrata no son disfuncionales en el sentido convencional, son núcleos familiares rotos por el poscapitalismo si nos queremos poner exquisitos. Se quieren, se visitan, se mienten con cortesía, se alejan, mantienen la distancia. Los padres guardan secretos no por malicia sino porque tuvieron una vida antes de ser padres y no encontraron el modo de transmitirla a sus descendientes. Los hijos mantienen a padres que no necesitan dinero (la primera historia), ocultan novias, fingen ser felices en trabajos que odian. Todo esto ocurre sin que nadie levante la voz cuando lo usual (gracias, cine gringo) es que los personajes se griten entre sí y desplieguen altos niveles de histrionismo.
La última escena de la película —Dusty Springfield en el ocho pistas, los gemelos en el Volvo de sus padres, la música de alguien que ya no está— no explica ni resuelve nada. Solo pone nombre a esa distancia entre padres e hijos que no es abandono ni trauma sino un doloroso alejamiento: tuvieron una vida que nunca llegaremos a conocer del todo.​​​​​​​​​​​​​​​​

STAR WORST 7 O LA FUERZA ENTRA EN COMA

star wars

En una de las escenas menos recordadas de Y dónde está el piloto, la secuela (1982) se puede apreciar en una pared a un anciano boxeador mostrando su torso desnudo con los guantes que le quedan pesados como yunques. En la parte superior del afiche se lee Rocky XXXVIII. La broma es perfecta para Star Wars: El despertar de la fuerza (2015). En el filme se puede apreciar el contrapunto entre el geriátrico representado por Harrison Ford, Carrie Fisher y Mark Hamill, y un reparto tipo Glee, concentrado en la nueva camada multiétnica de actores jóvenes (la británica Daisy Ridley, el afroinglés John Boyega y el guatemalteco Oscar Isaac).

El director contratado para la franquicia global es J. J. Abrams que tiene un modesto currículum tanto en la televisión (el piloto de Lost, cinco episodios de Alias y dos de Felicity)  como en el cine (es el resurrector de Star Trek, el realizador de Misión Imposible 3Super 8). Como vemos, Abrams es un tipo acostumbrado a manejar franquicias exitosas y a no aportar elementos novedosos. En el caso de Super 8 se trata de un proyecto en el que siguió las instrucciones de Spielberg quien no quiso dirigir el filme.

Entre la pléyade de inverosimilitudes que se aprecian en Star Wars 7 está el hecho de que los personajes de Finn y Rey puedan manejar el sable láser de Luke apenas lo toman. Esto sucede también con Abrams. Cree que por el hecho de que le dan la franquicia ya puede manejarla. Lo hace sin imaginación, como si fuera un juego de vídeo. Mientras a Luke le tomó dos episodios aprobar un entrenamiento con Yoda, a los jóvenes personajes se les hace tan fácil dominar el arte del sable láser. Adicionalmente, Rey tiene poderes telepáticos que se supone deberá desarrollar en la octava parte bajo la tutela de Skywalker.

Con la muerte de uno de los personajes principales a manos de su hijo (es que apabulla tanta originalidad), asistimos a la muerte del cine. Esta empezó a fines del siglo pasado cuando Susan Sontag hablaba de la ausencia de películas dignas de ser admiradas. El artículo se llama La decadencia del cine (aparecido en el New York Times el 25 de febrero de 1996). Léase la siguiente cita pensando en la séptima entrega de la marca Lucas:

Y las películas ordinarias, hechas puramente con fines de entretenimiento (es decir, comerciales) son increíblemente tontas; la gran mayoría fracasa estruendosamente en seducir a la audiencia a la que están cínicamente dirigidas. Como la finalidad de una película es ahora, más que nunca, convertirse en un logro único, el cine comercial ha establecido una política de realización cinematográfica carente de originalidad; un descarado arte combinatorio o recombinatorio, con la esperanza de reproducir éxitos del pasado.

Ese pasado exitoso que se intenta reproducir se llama Star Wars (1977) rebautizada en el siglo XX como Una nueva esperanza. Si vemos el resultado ya no hay esperanza para el cine contemporáneo. Que el subtítulo El despertar de la fuerza no llame al equívoco. Lo único que ha despertado es la comercialización de una marca que es ahora manejada por Disney.

Si algo nos enseñó la primera trilogía es la técnica de sugerir y no enseñar. Develar el rostro de Darth Vader se demoró tres episodios (seis años). Ahora basta con que Rey le pida al villano que se quite la máscara para que éste obedientemente lo haga. El misterio no existe.  El rostro que se reconoce debajo del casco es el de Adam Driver, un actor de modestos papeles en comedias cinematográficas (This is where I leave you) y series televisivas (Law and order).

Todo es soso en esta cosa audiovisual que está rompiendo todos los récords de taquilla existentes. Lo que ha muerto es el cine tal y como lo conocíamos. Era un medio heredero de la literatura y el teatro para contar historias. Ahora es sólo una sucursal de los juegos de vídeo, la televisión, la Internet y la publicidad.

Cuando el sable láser atraviesa a uno de los protagonistas, muere definitivamente una forma de contar historias. Hay que revisar las fuentes de Georges Lucas para su trilogía original: Tolkien, el budismo zen, los filmes de Akira Kurosawa (la máscara de Vader es definitivamente la de un samurái)… Las nuevas películas  tienen que remitirse al universo de Lucas,tienen que alargarse como la plastilina, y  parecen tener como única fuente puede el universo de Marvel.

Desafortunadamente hay Star Worst para rato. La franquicia de Los Vengadores estremeció a George Lucas que vio que perdía terreno. ¿Se dieron cuenta que el tratamiento de los personajes es muy al estilo de The Avengers? Hasta los efectos especiales. ¿No es Rey una nueva Viuda Negra? Y se podría buscar un equivalente en cada personaje de esa otra mercadotecnia cultural de Marvel.

El señor de los anillos también le enseñó a la marca Star Wars que los monstruos amigables son rentables. Tan sólo hay que admirar al señor Andy Serkis (el que hizo de Gollum) interpretar al Supremo Líder Snoke, a Lupita Nyong´o que hace de la adorable Maz Kanata y a Simon Pegg que tiene el rol de Untar Plutt… todas parecen criaturas de mocap (motion capture) raptadas del universo que creara Peter Jackson en The lord of the rings y en El hobbit.

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Y se viene una película al año. Es como una muerte a plazos con cronograma corporativo incluido. Se trata de una intrusión que impide que las carteleras de cine se refresquen con nuevos títulos. Este 2016 vendrá Star Wars: A rogue story con la británica Felicity Jones a la cabeza, por aquello de que la franquicia Marvel le enseñó a Lucas que las heroínas son necesarias. El reparto es intercultural como lo mandan los actuales tiempos: Diego Luna, Madds Mikelssen (el Hannibal televisivo), Forest Whitaker, entre otros. El director será Gareth Edwards (el mismo de la última Godzilla). La música no estará a cargo por primera vez de John Williams. Por cierto, ¿alguien tiene en mente algún pasaje musical memorable en Star Wars 7?

En el 2017 se aproxima la nave de Star Wars 8 con Rian Johnson como director (con la actriz de origen zulú Gugu Mbatha-Raw y el boricua Benicio del Toro). Parece que el haber dirigido Looper y algunos episodios de Breaking Bad lo avalan como el que debe coger la estafeta de la trillonaria marca.

En el 2018 ya se anuncia un filme sobre la juventud de Han Solo que tiene de cabeza a los directores de casting en algunas ciudades de Estados Unidos (aunque quizá terminen consiguiendo al actor en Inglaterra como ha sucedido casi siempre en estos procesos de selección actorales).

En el cronograma de Disney se ve en el 2019  el nombre de Colin Treverow (el director de Jurassic World) quien ya está contratado para Star Wars 9 y para el 2020 parece que Boba Fett tendrá por fin su spin off. Dios nos libre. Las nuevas generaciones disfrutarán de la franquicia de plastilina durante el siguiente lustro.  Y tendrán una idea bastante bifurcada y expandida del universo de George Lucas. ¿No era suficiente con las seis temporadas de The Clone Wars?

Ya no hay nada para el asombro, como dijo Susan Sontag hace veinte años. Es la nueva cinefilia, como pregonan algunos autores como Nico Baumbach (All that heaven allows: What is or was Cinephilia?)  o Gustavo García (La guerra de las butacas). Los que seguirán disfrutando de todo esto son los youtubers, los descargadores de filmes, los facebookeros, los consumidores de las teorías sobre la verdadera identidad de Jar Jar Binks… Son cenáculos que creen estar consumiendo gran cine sin darse cuenta que la Fuerza ha entrado en coma y que nunca más va a despertar. Ojalá vivamos todos para ver Star Wars XXXVIII siguiendo el gag visual con el que iniciamos este artículo. Que la Fuerza (la de antes) esté contigo.