La mano de Maradona bendijo a Sorrentino

È stata la mano di Dio (2020) de Paolo Sorrentino, disponible en NETFLIX, no es un selfie juvenil, es un examen de conciencia sin pudor alguno.
El filme (grabado en pandemia) traslada al espectador al Nápoles de los años ochenta, ciudad natal del director, y lo hace en clave autobiográfica: un adolescente llamado Fabietto Schisa vive obsesionado (al igual que tres millones de napolitanos) con que Diego Armando Maradona juegue en el equipo de su ciudad. La vocación del muchacho se decide en el momento en que acompaña a su hermano mayor a una audición de extras para una película de Fellini. Basta esa escena para entender que Sorrentino no está haciendo un ejercicio de nostalgia. Está haciendo arqueología del yo.
El título remite a una declaración que Maradona dio cuando un periodista le preguntó sobre su primer gol ante Inglaterra en el Mundial de México 1986: “Lo marqué un poco con la cabeza y otro poco con la mano de Dios”. No nos vamos a detener aquí sobre la legitimidad del gol o su evidente belleza. Tampoco citaremos a la autobiografía «Yo soy el Diego» donde el 10 dice que se sintió como si le hubiera robado la billetera a los ingleses después de la tragedia de la Guerra de Las Malvinas.
El fútbol recién aparece en el minuto 57 cuando Maradona anota su célebre gol con la mano. El segundo gol del 10 en ese mismo partido aparece como un plano sostenido en que la pantalla muestra la corrida del jugador desde la mitad de la cancha. A medida que el Diego va driblando metro por metro la cámara se va acercando a la pantalla. Esa mano, en la película, adquiere un significado más oscuro y más íntimo: fue la que salvó a Fabietto de morir junto a sus padres en la casa de veraneo. Una fuga de gas los mató en cuestión de minutos. El joven había decidido quedarse en la ciudad porque el Nápoles tenía un partido decisivo con el Empoli.
È stata la mano di Dio es mirar atrás sin convertirse en sal. Nos recuerda un poco a Cinema Paradiso por el tema del joven que sale de la pequeña ciudad para irse a la capital en busca de sus sueños de cineasta. Un trabajo de introspección que no busca la redención fácil ni se regodea en la herida familiar, y que detiene el tiempo exactamente ahí donde se ha fraguado la vocación: en el instante todavía incierto, cuando nada está ganado y el dolor no ha encontrado su forma definitiva.
El gran punto de giro del segundo acto se da en el minuto 110 en el que el joven protagonista se acerca al viejo director Capuano en busca de consejo. En lugar de brindarle consuelo, el cineasta lo desafía con duras verdades, diciéndole que el verdadero arte nace del conflicto y el sufrimiento, no de un lugar de comodidad, y que no puede hacer una película a menos que realmente tenga algo que decir. El personaje está directamente basado en el escritor y director napolitano Antonio Capuano, nacido en 1940. A principios de la década de 1990, el verdadero Capuano fue un mentor fundamental para el joven Paolo Sorrentino, impulsándolo a encontrar su propia voz, superar su dolor y, finalmente, dedicarse al cine. La larga escena de 6 minutos termina con los gritos del cineasta preguntándole al joven «¿Tienes una buena historia por contar?». La respuesta no se hace esperar: «No me dejaron ver a mis padres cuando murieron. Me dejaron solo». La contrarréplica es más dura: «No te dejaron solo, te abandonaron». Entre líneas, el director (tanto el real y el ficticio) parece decir «Solo el cine puede salvarte».
Hay una escena que concentra buena parte del sentido del filme: Fabietto, en el minuto 75, va con su hermano a observar cómo Maradona (ya contratado por el equipo de la ciudad) practica tiros libres ante una barrera de madera. “¿Sabes cómo se llama eso?”, le pregunta el hermano. “Se llama perseverancia, y yo no la tengo”. La escena (en la que Fabio le comunica a su hermano que se va a Roma a estudiar cine) no necesita ser subrayada. No se requiere la intención de manual de autoayuda: hay que mostrar al Diego y ya está enviado el mensaje. El filme se cierra con el protagonista yéndose a la capital de Italia justo el día en que el Napoli de Maradona sale campeón por ver primera, en 1987. Los habitantes tomándose las calles de Nápoles son los escoltas del futuro estudiante de cinematografía que va camino a la estación de tren.
El epígrafe de Maradona («el más grande futbolista de todos los tiempos» se lee sobre fondo negro) que abre la película —“Hice lo que pude. No creo que me haya ido tan mal”— funciona como una coartada para Sorrentino, quien a través del personaje del joven se decide a ser cineasta después de su gran pérdida familiar. Ese Fabio que se parece demasiado a Timothée Chalamet se convertirá en uno de los narradores audiovisuales más reconocidos de su generación. El vacío encuentra aquí su forma: no hay melancolía cursi, es puro cine. El fútbol no es aquí un telón de fondo pintoresco sino el eje de una paradoja trágica: la levedad de la vida versus la contingencia del destino. O lo que sea que eso signifique.
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