«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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El niño probeta, un pequeño gran tubo de ensayo para el cine ecuatoriano

Vi El niño probeta en un Supercines de Guayaquil completamente vacío, establecimiento serio que cumple con la política de proyectar la película aunque no haya nadie en la sala. La experiencia del auditorio vacío, paradójicamente, terminó siendo apropiada: es cine ecuatoriano que sigue circulando con obstinación, contra la indiferencia de los distribuidores y de los espectadores nacionales que prefieren filmes de afuera. Sigue la predominancia del cine taquillero gringo. Aquí vuelvo a esa idea recurrente mía de cómo un minuto de Avengers financiaría con holgura cualquier película latinoamericana. 480.000 dólares costó, aproximadamente, este filme de 80 minutos, rodado en la era del post-covid.

Lo primero que llama la atención es el ambiente rural de la cinta (hay algo del primer Bergman en el estilo, pero eso sería una declaración exagerada e injusta). Lo segundo, la ausencia deliberada de teléfonos móviles dentro de la trama. Lo tercero, la autenticidad del guion y la naturalidad de sus actores —un par con formación teatral— dentro de una puesta en escena bucólica que privilegia lo andino sobre cualquier artificio de ficción.

La ópera prima de la guayaquileña Carolina Hernández Correa —cineasta radicada en Madrid, exabogada reconvertida en directora tras estudiar cine en Buenos Aires y cursar una maestría en la Universidad Carlos III— sigue a una pareja que vende sus bienes para concebir un hijo mediante fecundación in vitro con selección de rasgos. El niño, a medida que crece, carga con la estigmatización de su propia comunidad mestiza. La premisa suena a ciencia ficción, pero el filme trabaja más bien con preguntas bioéticas: el deseo, el control, la pareja atrapada en el aparataje biotecnológico contemporáneo. Hernández no explicita el quiénes somos ni el de dónde venimos, pero hackea el código andino en un drama donde una comunidad cerrada se siente amenazada por Panchito, el niño rubio y de ojos azules que sus padres diseñaron pensando en darle mejores oportunidades.

Esas oportunidades tienen un nombre concreto en la trama: una escuela especializada en niños genios, reservada a familias adineradas, a la que Panchito accede finalmente por una beca. Es ahí donde el filme inquieta con mayor precisión, al mostrar cómo la promesa de la mejora genética choca con una estructura de clase que no se disuelve por diseñar mejor a un hijo. El ingreso del protagonista a esta escuela provoca un cisma familiar. La desesperación que sienten los progenitores por el niño, al que las autoridades escolares no permiten ver, cierra la historia con corrección dramática.

Hay de todo en este pequeño gran filme. El noticiario que se interpola (durante todo el metraje) ofreciendo en voz de una locutora los debates biotecnológicos sobre los bebés probeta. La abuela querendona. El niño que desata su genio improvisando un laboratorio en su cuarto donde hace constantes experimentos. La relación cotidiana con los objetos de la casa, especialmente los de la cocina. Los padres que se sacrifican por la progenie. Los pequeños vecinos que juegan con Panchito (me he acordado de la misma sapiencia con la que Truffaut dirigía a niños). La cantidad de verdor de bosques, plantas, follajes; los caminos vecinales, los chaquiñanes; el cielo de un azul cerúleo intenso, las montañas vigilantes de todo el proceso de no aceptación y luego aceptación del Otro diferenciado. El inventario narrativo que he consignado en este párrafo es una muestra, no solo de la voluntad de narrar, sino de un talento en la puesta en escena.

En los créditos se confirma el peso de la colaboración internacional: coproducción entre Ecuador, Perú y España, con apoyo del programa Ibermedia, y la producción ejecutiva del cineasta Tito Jara (A tus espaldas, El rezador), que respalda con oficio la ópera prima de Hernández. El rigor obstinado de la directora, más el financiamiento que buscó incansablemente —con paso por Berlinale Talents, DAMA Ayuda, COOFILM y CIMA Mentoring 1to1— explica el porqué este bebé cinematográfico tardó una década en filmarse.

El niño probeta tuvo su estreno internacional en diciembre de 2025 en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Meses después, en el Festival Internacional de Cine de las Alturas, en Jujuy, recibió una Mención Especial del Jurado en la competencia internacional de largometraje de ficción y el Premio del Público en esa misma categoría. Nadie es probeta en su tierra, perdón, profeta, y de seguro este valioso filme encontrará espectadores en otras partes del mundo.

Esta reseña, probablemente, también reporte cero lectores: las estadísticas de este blog son implacables cuando escribo sobre cine ecuatoriano. Sigo, con la misma terquedad de los cineastas locales que le dedican años a sus proyectos contra marea y viento, reseñando lo que se estrena en la cartelera nacional aunque nadie lo vea o aunque nadie me lea. Recomiendo enormemente este tubo de ensayo cinemático. Cine inteligente, sentido, genuino, hecho sin intervención de la IA. Esperamos el próximo filme de Carolina Hernández para comentarlo como se lo merece. Suerte en el Festival Internacional de Trieste, el próximo mes de octubre.