«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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El día de la marmota parece un filme escrito por Borges: A propósito de los 40 años de la muerte del escritor argentino

La primera vez que vi Groundhog Day (1993) tenía veinticuatro años (la vi en uno de los Policines) y me pareció una comedia única sobre un hombre insoportable que aprende a ser buena persona. Treinta y tres años después, con Jorge Luis Borges releído y algo más de escepticismo sobre lo que es la narrativa, la cinta, distribuida en español como Hechizo del tiempo, me parece un dispositivo seudo-filosófico disfrazado de entretenimiento familiar, tan insólito en su lógica interna al estilo de las ficciones del escritor argentino que cumple cuarenta años de fallecido este 14 de junio.

Harold Ramis (director y co-guionista) y Danny Rubin (guionista) construyeron, sin saberlo, una variación cinematográfica de los obsesivos problemas borgeanos: el tiempo que no avanza sino que se pliega y se bifurca, la identidad sometida a la repetición hasta volverse irreconocible, el libre albedrío como ilusión que el protagonista tarda en abandonar. Phil Connors, el meteorólogo cínico interpretado por Bill Murray, cada vez que despierta es 2 de febrero en Punxsutawney, Pennsylvania, sin que nadie más recuerde el día anterior, sólo él. La trampa no tiene explicación —Ramis se resistió siempre a la tentación de justificarla dentro de la trama— y esa ausencia de causa es, precisamente, su virtud más borgeana.

El guionista Danny Rubin es el responsable de esta joya. En su hoja de vida constan guiones menores posteriores. Originalmente concibió la historia como algo oscuro, más pensando en el eterno retorno nitzscheano, pues jamás nombró a Borges en sus entrevistas o en el libro que fue testimonio de su máximo éxito: How to write Groundhog Day (2012). Rubin le llevó el guion a Harold Ramis que había hecho comedias menores como Caddyshack (1980), National Lampoon´s Vacation (1983), Club Paraíso (1986), además de ser co-guionista de las dos primeras Ghostbusters (1984 y 1989). Ramis transformó el primer boceto de Rubin y le dio el tono de comedia en los siguientes borradores. Los otros títulos de la filmografía de Ramis tampoco llegan al nivel de Groundhog Day: Analyze this (1999) y Analyze that (2002) con Robert de Niro y Billy Crystal, Bedazzled (2000) con Elizabeth Huxley y Brendan Fraser, The Ice Harvest (2005) con John Cusack y Billy Bob Thornton. Como curiosidad histórica está la película ítalo-española È già ieri (2004), con el hermoso título de Es ya ayer, que traslada la acción a las Islas Canarias. En vez de un meteorólogo el protagonista es un periodista científico que está haciendo un reportaje sobre cigüeñas. Otra curiosidad es que Groundhog Day tuvo su versión musical en el West End (2016) y Broadway (2017), con libreto del mismo Rubin.

La trama nos lleva a un pueblo llamado Punxsutawney, ubicado en el condado de Jefferson, estado de Pensilvania. En un ritual que se mantiene desde fines del siglo XIX: en una ceremonia a la que asiste todo el pueblo se procede a sacar a la marmota Phil de su madriguera para preguntarle cuánto tiempo más va a durar el invierno. Hasta ahí nada borgiano hasta que nuestra investigación arroja que el Día de la Marmota tiene raíces celtas: el 1 de febrero era una de las cuatro fechas de transición del año en la Europa precristiana. Cuando el cristianismo se impuso, la fecha se desplazó al 2 de febrero y se convirtió en la Candelaria, fiesta asociada a la luz y al cambio de estación. El elemento animal llegó con los inmigrantes alemanes, que usaban tejones como profetas climáticos. Al instalarse en Pennsylvania, los “Pennsylvania Dutch” sustituyeron el tejón por la marmota local. El primer registro escrito data de 1840, aunque la tradición probablemente existía décadas antes.

Punxsutawney Phil, la marmota oficial, comenzó su carrera como atracción principal: en 1887 los asistentes al primer “Groundhog Picnic” se la comieron después de la predicción. Con el tiempo pasó de la mesa al pedestal: apareció en el Today Show en 1960, visitó la Casa Blanca en 1986 y fue invitado al programa de Oprah en 1995. La película de Harold Ramis (1944-2014) terminó de instalar la fecha en el imaginario popular estadounidense. Otro dato borgiano: El Groundhog Club sostiene que ha existido un solo Phil (oh, la inmortalidad borgeana) desde 1886, mantenido vivo por un elixir que le otorga siete años adicionales de vida cada verano. Su precisión meteorológica es irregular: ha predicho seis semanas más de invierno en 108 ocasiones, con resultados mixtos.

En “El jardín de senderos que se bifurcan” (1941), Ts’ui Pên concibe una novela donde todos los desenlaces posibles ocurren simultáneamente; el tiempo no elige, sino que multiplica. Phil Connors (que se llama igual que la marmota) vive siempre algo diferente, con variaciones, pero igualmente vertiginoso: un solo día que se reproduce con variaciones mínimas, un laberinto sin bifurcaciones aparentes pero con infinitas combinaciones de conducta dentro de sus límites fijos. Borges construye laberintos espaciales que son metáforas temporales; Ramis construye (vaya chiripazo) un laberinto temporal en el espacio de un pueblo pequeño de Norteamérica. La diferencia de medios —literatura versus cine— produce una diferencia de escala emocional: donde Borges mantiene la frialdad de quien describe desde afuera, Ramis nos encierra adentro con su protagonista que vive en un eterno presente. El personaje de Bill Murray está atrapado, no solo por el clima (su equipo de televisión no puede regresar a la gran ciudad por la tormenta de nieve que se avecina), sino también por el tiempo que se ha detenido para repetirse con variaciones.

La identidad es el problema central de ambos narradores (tanto el de Borges y el de Ramis). El Connors que despierta el primer 2 de febrero no es el mismo que despierta el día número cien, aunque el mundo a su alrededor permanezca idéntico. La acumulación de recuerdos que solo él retiene lo transforma en un ser sin contemporáneos, sin testigos, sin historia compartida, como sucede con “Funes el memorioso”: Ireneo Funes, condenado a recordar cada percepción con precisión absoluta, descubre que la memoria total no es riqueza sino la eternidad paralizada: muere de tanto recordar, de tanto acumular datos y recuerdos. Phil Connors atraviesa el proceso inverso —no recuerda más que los demás, sino que recuerda distinto, en otra dimensión temporal— pero llega a una parálisis similar. Hay una secuencia en la película donde el personaje de Bill Murray se sienta en un café y le recita a Rita, su productora televisiva, las biografías de cada parroquiano que pasa. No es omnisciencia: es el agotamiento de quien ha aprendido por repetición lo que debería conocerse por ser parte de una comunidad.

El día de la marmota también me recuerda al cuento de Borges, El milagro secreto (1944), en el que Jaromir Hladík, un escritor checo, está a punto de ser fusilado por los nazis. El escritor le pide a la divinidad que le conceda un año exacto para terminar una obra literaria dentro de su cabeza. El deseo le es concedido: sus fusiladores quedan congelados en el tiempo mientras va corriendo el plazo. Un vez cumplido el año, los victimarios disparan, pero el fabulador ya ha terminado de urdir su historia. El cuento plantea de otra manera la misma inmovilidad de Phil Connors en el filme que estamos terminando de reseñar. El tiempo se ha detenido en un bucle. Es un paréntesis en el que la eternidad contempla al personaje.

El libre albedrío entra en conflicto directo con la estructura del bucle espacio-temporal. Phil Connors prueba todo: la seducción de las mujeres locales, el robo de dinero, el aprendizaje del piano, el secuestro de la marmota, el suicidio en múltiples variantes. Se lo cuenta a alguien que no le cree y dice: «Soy un dios, no El Dios», haciendo énfasis en el artículo él. Ninguna acción tiene consecuencias que sobrevivan hasta el siguiente día. Desde cierta perspectiva, esto es libertad absoluta: actuar sin responsabilidad, sin memoria ajena, sin castigo duradero. Desde otra —la que la película finalmente adopta— es la forma más sofisticada de la trampa. Borges, en “La lotería en Babilonia”, describe una sociedad donde el azar lo determina todo, incluyendo premios y castigos que no guardan relación con el mérito individual. Sus habitantes terminan por no distinguir entre acción y destino. Connors pasa por una crisis similar: si ninguna elección modifica el marco, ¿qué significa elegir? La respuesta que la película propone —que la ética solo tiene sentido cuando se practica sin audiencia ni recompensa— es poco cínica y muy borgeana. La ética lleva al protagonista a la piedad cuando roba dinero de un carro blindado para dárselo a un mendigo.

Donde Ramis diverge más claramente de Borges es en el tono y en la resolución. Borges nunca resuelve sus laberintos: los habita, los describe, los abandona con el lector adentro que se queda prisionero. Groundhog Day termina con Phil Connors liberado del bucle, transformado, mejorado como persona, menos detestable, más respetuoso con las personas, amado al fin por Rita (interpretada por Andie MacDowell), con quien amanece en su cuarto de hotel un 3 de febrero, día que se abre como esa promesa que todos buscamos pero nunca encontramos. Es una conclusión feliz que el cine comercial siempre exige y que Borges habría rechazado con cortesía. Pero hay algo fundamental en esa diferencia: Ramis no pretende escribir un cuento fantástico, sino una comedia sin ambiciones filosóficas. Esas ambiciones son visibles y sostienen el ritmo de la película. El logro genuino de este filme es que el bueno de Murray puede ser simultáneamente gracioso y metafísicamente angustiado. Borges hubiera desconfiado del final feliz, pero quizás hubiera reconocido, en ese pueblo nevado que se repite sin agotarse, algo parecido a sus propios insomnios. Es una cinta que a él le habría gustado firmar.

EL ALEPH COMO METÁFORA CINEMÁTICA

El Aleph, cuento de Jorge Luis Borges, está dedicado a Estela Canto, pero mas bien parece ser una apología cifrada al mundo del cine. Cinéfilo consuetudinario, que incluyó en sus libros algunos ensayos sobre Josef Von Sternberg y hasta autor de La otra orilla, guioón cinematográfico que escribió con Adolfo Bioy Casares, tenía que dejar cifrado —tal es la hipótesis aventura de este artículo— un homenaje al cine. Publicado en 1949, en el libro del mismo nombre, El Aleph produce hoy una serie de nuevas significaciones.

Ese «punto que contiene todos los puntos», ese «lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos», bien podrían ser metáforas sobre la vastedad de la cinematografía.

En esta época donde están de moda términos como telépolis, aldea global, isla total, el cine es el único concepto que, sin lugar a dudas, lo abarca todo. Si en la edad media el saber estaba depositado en los monasterios y abadías, y estaba rodeado por el hálito de lo religioso, en nuestros días el cine, arte que encierra a todos los artes, abarca todo el saber del universo, y es la gran religión de nuestro tiempo. Los actores de cine son adorados como si se tratara de verdaderas divinidades. Bien lo planteó Cabrera Infante cuando equiparó a los rostros del celuloide con los dioses griegos. Realmente no hay una gran diferencia entre el Olimpo y el cine, son dos fábricas de héroes y heroínas de carácter sobrehumano.

Antes de entrar de lleno al cuento, van por allí algunas interrogantes. ¿Es lícito hallar equivalencias entre la literatura y el cine? ¿Será que el mundo es borgiano? Rectifico. ¿Será que el cine es borgiano? No hace falta contestar todas las preguntas, pero podemos empezar revisando la descripción que hace Carlos Argentino Daneri, personaje de «El aleph», del hombre moderno: «Lo evoco en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines…» Esta «vindicación del hombre moderno» (así la llama el narrador) bien podría ser aplicada al integrado, ese ser que, según Umberto Eco, está íntimamente ligado a los mass media, aquel que consume sin racionalizar todo lo que emana de los medios de comunicación. La categoría de apocalíptico, como el ser que disiente de manera muy crítica con todo aquello que emana de los mass media, bien podría ser aplicable a Carlos Argentino Daneri, un dandy al que los epítetos de esnob, light y vacuo serían precisos. Ese «hombre moderno» del cual habla Daneri bien podría ser una descripción del hombre posmoderno. Solo habría que sustituir los aparatos de radiotelefonía, fonógrafos, cinematógrafos y linternas mágicas por cámaras de vídeo, celulares, cd players, etc.

La preocupación de todo escritor siempre será la de registrar la época en la que vive. Toda época es portadora de una tecnología (la rueda fue en su momento un instrumento técnico). El escritor argentino no puede evitar enumerar los adelantos de su época, y de hecho, uno de los medios que aparece ironizado —con esa ironía de la que solo Borges era capaz— es la telefonía. Leamos lo que trae el cuento a cuenta de una llamada de Daneri: «Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculos de las inútiles y quizás coléricas quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri».

Borges describe su aleph como «una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del aleph sería de dos o tres centímetros». Después de esta descripción lo que el lector podría esperar es que el autor de este artículo pase a aseverar que la descripción del aleph bien calzaría en una descripción del cine. Sin embargo, las formas son disímiles. Al menos, en cuanto a la proyección se  refiere, puesto que la pantalla de un cine representa rectangularidad. ¿Dónde estaría entonces la esfericidad del cine? Acaso en su proyector que tiene que albergar una cinta, un carrete… ¿No son éstas un par de formas esféricas? No queremos, en tal caso, caer en el típico cliché intelectual de simular un hallazgo portentoso.

Soslayemos lo formal. ¿Qué más da si el carrete de un filme es redondo al igual que el aleph? Lo que hay que subrayar son coincidencias más intrínsecas. El aleph bien podría ser una metáfora del cine por su condición de espejo que proyecta todas las imágenes posibles del universo. «Cada cosa vista», escribe el narrador, «era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo». Empieza entonces una enumeración (de esas que tanto amaba el escritor argentino) de todo lo contemplado: desde «el populoso mar» hasta «el engranaje del amor y la modificación de la muerte». La enumeración concluye con un efecto que no es meramente  retórico: «vi tu cara (¿la del lector?) y sentí vertigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo». ¿No es el cine algo que causa vértigo, llanto, todo tipo de emociones secretas y no secretas?