«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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El fabuloso destino de Amélie Poulain, 25 años después

Artículo publicado en el año 2001 por diario Expreso y reproducido en El gabinete del doctor Cineman (2012) de Marcelo Báez Meza.

Registrada en francés como Amélie de Montmartre o El fabuloso destino de Amélie Poulain (Le fabuleux destin d’Amélie Poulain), estamos ante un filme que ha recibido las loas del público y de los festivales de cine especializados. Desde los premios BAFTA  y los César, pasando por el premio del público del festival de Canberra y el Goya, hasta las nominaciones al Oscar a la mejor película extranjera. Todo el mundo ha estado de hinojos ante el último título de Jean-Pierre Jeunet.

Amélie (2001), como se la conoce comúnmente, tiene el sello visual de su director, un esteta obsesionado siempre por una dirección de arte fuera de lo ordinario (Volker Schafer), y por una fotografía (Bruno Delbonnel) donde el verde oscuro es el rey. La iluminación cálida también es un estilema del realizador, nacido en 1953, como lo vemos en tres de sus filmes anteriores: Alien Resurrection (1997), La ciudad de los niños perdidos (1995) y Delicatessen (1991). En estas dos últimas cintas París era una ciudad que parecía soñada por un pintor postimpresionista y no por un escenógrafo. De más está decir que Amélie tiene un departamento de arte con 17 artistas, entre los que se encuentran carpinteros, escultores y arquitectos; además, cuenta con una decoradora de sets, Marie-Laure Valla, a más de una diseñadora de producción, Aline Bonetto.

La puesta en escena de Amélie va en la misma línea perfeccionista y onírica de sus anteriores cintas. Los espacios son también ejes protagónicos en la historia de una chica que, como una especie de Robin Hood, roba de su corazón para dar a los pobres, a los que no tienen vida. ¿Vale el lugar común a la hora de capturar el sentido del personaje protagónico? Pues sí, ella se encarga de realizar los sueños de cada cual, menos los de ella (¿la metáfora de Alicia en el país de las maravillas se ajustaría mejor que la de Robin Hood?). Amélie no pierde tiempo en concretar los sueños de su compañera de trabajo en la cafetería (lo empata con uno de los asiduos comensales); realiza el sueño de su padre, algo demente, de viajar por el mundo; hace que el viejo y ermitaño pintor del edificio donde ella vive, logre recuperar su fe en el mundo exterior… Todos consiguen lo que quieren, menos ella, que está enamorada de Nino (interpretado por el cineasta Mathieu Kassovitz), un joven que reparte su tiempo entre ser dependiente de una videoteca porno, ser un disfraz de esqueleto viviente en el túnel del horror y ser barrendero en la estación del metro. 
La historia empieza con un tono de crónica: horas exactas, fechas, años, lugares… Es como una biografía, casi un documental de esta niña tan excepcional, una santa, y bien vale el parangón con la Madre Teresa de Calcuta cuando Amélie imagina ser ella en un documental en blanco y negro.

Desde el primer minuto la historia empieza a maravillar al espectador por su humor entre poético y tierno, entre duro e ingenuo. La escena en la que la niña Amélie es instada a creer que su cámara fotográfica es la causante de más de una desgracia logra tomar de rehén al espectador que es preparado para ver un filme sorprendente, o sea, que lo va a mimar con una y otra sorpresa.

Y éste, creo, es el problema del filme. Su capacidad para sorprender se vuelve predecible, se convierte en la razón de ser de toda la historia. Es como si Jeunet tuviera una ametralladora de cosas ingeniosas que él necesita disparar a cada segundo. El resultado es un filme deliciosamente ingenuo, demasiado «bonito» o preciosista, escandalosamente perfecto en sus aspectos técnicos (fotografía, música, diseño de producción), y que pide a gritos ser amado, gustado, degustado… Tal es su oblicuo exhibicionismo. Bueno es culantro pero no tanto, decía la abuelita, no valdría morir de una sobredosis de miel. El humor naif es ponderable y perfectamente lógico cuando el personaje no supera aún los nueve años, pero cuando ya alcanza la adultez, la ingenuidad no se justifica. Y ese es el problema de este filme: abusa de su miel. Es como escuchar (ojo con la siguiente metáfora musical) variaciones sobre el mismo tema durante dos horas. Todo el filme es una variación sobre ese rostro dulce que vemos en el afiche, haciendo cosas dulces por los demás. Uno pide time out ante tanto encanto de Audrey Tatou (¿será su nombre real o será una triquiñuela para equipararse a esa otra dulzura llamada Audrey Hepburn?). Parece que el director se ha enamorado (cinematográficamente hablando) de esa actriz hecha a semejanza e imagen de los instintos más paternales. Audrey Tatou es un instrumento sobre utilizado (abusado) en este filme que se derrumba imperceptiblemente por estar erigido en una sola columna: Amélie. Ese derrumbe es imperceptible, repito, muy interno, nadie se da cuenta, porque simplemente el espectador ya ha asimilado la receta o la fórmula: esta chica va a hacer cosas mágicas, fantasiosas, graciosas y sorprendentes una y otra vez, y no va a parar hasta que llegue el minuto 122. 

«Ella cambiará tu vida», dice el eslogan, pero no es para tanto. Para que algo que cambie la vida de un espectador tenga que romper con los patrones estéticos de su tiempo, y en primer lugar, Amélie juega con algo trillado: la estética MTV en su acelerada narración, los continuos zoom in y zoom out, las imágenes en cámara rápida, como si fuera un vídeo clip de dos horas y de paso con el sonsonete de ese acordeón tan edulcorante (es que la estética MTV pregona la sinergia entre música e imágenes y Amélie lo hace tan bien). No estoy peyorativizando la música de Yann Tiersen, mas bien quisiera apuntar que es altamente eficaz por lo memorable. Ya alguien decía que la verdadera banda sonora es la que no se oye, pero ésta es tan audible, tan exhibicionistamente edulcorante, tan visible, como cada elemento dentro de este filme que ansía ser condescendiente con el espectador en cada uno de sus fotogramas. Dicen que Jeunet es uno de los puntales del nuevo cine francés; en cambio, Susan Sontag cita su nombre como uno de los falsos innovadores del arte contemporáneo. Lo que no hay dejar de concederle a este artesano es su perfeccionismo en cada fotograma, pero hay que señalar que adolece de un defecto (¿o será virtud?): hacer filmes bonitos, preciosistas en cuanto a su planteamiento visual (tan solo recordar Alien Resurrection en donde no había historia pero sí una puesta en escena difícil de igualar). Se nota, además, que Jean-Pierre está trabajando para el Oscar de la Academia. ¿Quién sabe si lo logre con un cine que se queda solo en la pirotecnia visual y que desdeña ligeramente lo anecdótico, lo argumental? A lo mejor tiene suerte. Hay que recordar que otro efectista europeo, Pedro Almodóvar, empezó con filmes que igual ponían lo iconográfico por encima de lo guionístico.
De los fuegos artificiales de El fabuloso destino de Amélie Poulain hay espectadores que se quedan con la imagen de la protagonista derritiéndose ante la presencia de Nino en la cafetería. Lo que le pasa a ella en esa toma, le pasa a los espectadores que ingenuamente se derriten ante el encanto de un filme que solo va a una parte: ninguna. Como en el mejor de los peores filmes gringos, el personaje de Audrey Tatou consigue al final subirse en la moto con su Nino y conquistar el corazón de él y de casi todos los espectadores. Y la música de acordeón ayuda. ¿O no?