El documental definitivo sobre lo que pasó en el mundial de Argentina: ¿Ensuciaron las botas militares la pelota?

a mi hijo Rafael Andrés
El primer episodio (The Beginning of All Beginnings) de la serie documental de cuatro capítulos, Argentina ´78: The Deadliest World Cup (2024), disponible en Disney+, parte de la siguiente pregunta de investigación: ¿Puede un país ganar un Mundial y perderlo al mismo tiempo?
La premisa del capítulo es concreta: en 1976, dos años antes del torneo, Argentina no cumplía con los requisitos mínimos para ser sede de un evento de esa proporción. La Junta Militar que acaba de tomar el poder mediante un golpe de Estado entra en acción. El mundial deja de ser un desafío de infraestructura para convertirse en una operación de legitimación política. Esa transformación —de evento deportivo a aparato propagandístico— es el núcleo del episodio de apertura.
Entre las voces que estructuran el capítulo figura (o configura) la de César Luis Menotti en su última entrevista en vídeo antes de morir en mayo de 2024, así como Mario Kempes (goleador de ese mundial) y Daniel Passarella (capitán del combinado). Ya no hay más secretos de vestuario con este documento audiovisual: el equipo que debía ganar no era solo el equipo nacional, era la imagen exterior de un régimen. La serie está basada en el libro del periodista argentino Matías Bauso, 78: Historia oral del Mundial, y ese origen verbal se nota en la textura del montaje: hay más peso en las declaraciones directas que en la reconstrucción dramatizada.
Lo que el capítulo instala es una doble temporalidad del relato: mientras el régimen canalizaba recursos hacia estadios y telecomunicaciones, los centros de detención clandestinos (ah, el horror) operaban a pocos kilómetros de los escenarios del torneo. El documental yuxtapone estos dos registros en dos canchas distintas, y esa superposición es su argumento central.
Si el primer episodio establecía las coordenadas generales del conflicto —un régimen que convierte un torneo deportivo en instrumento de legitimación—, el segundo capítulo, «Game On», es donde esa maquinaria empieza a operar. El núcleo del episodio es de cine de terror político: la Junta instala una redacción periodística clandestina dentro de la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), donde los propios prisioneros producen notas periodísticas bajo las órdenes de Jorge Eduardo el Tigre Acosta, uno de los brazos ejecutores del periodismo de estado. Miriam Lewin, periodista y sobreviviente del campo de concentración (no se me ocurre otra palabra para designarlo), describe cómo les dictaban los temas —“la solidaridad de los argentinos”, “la Argentina como tierra de paz”— y cómo esos textos llegaban por mensajería a la redacción del Canal 13, donde periodistas de renombre los leían al aire. El episodio deja que Lewin narre esto en primera persona, sin dramatización intermediada. El efecto es más demoledor que cualquier recurso cinematográfico: una periodista sobreviviente describe, con precisión técnica de redactora, el mecanismo mediante el cual su propio cautiverio fue convertido en arma de propaganda masiva.
En paralelo, el capítulo introduce otra coordenada del mismo problema: las Madres de Plaza de Mayo aprovechan la llegada del periodismo internacional para intentar hacer visible lo que la prensa local callaba. El periodista holandés Jan Van Der Putten narra cómo llegó casi por casualidad a la plaza, cómo entrevistó a las mujeres y obtuvo sus testimonios. “Eran volcanes que querían hablar”, dice en el episodio. Esa imagen —volcanes contenidos durante meses que encuentran por fin un receptor con el cual erupcionar— resume la función que el documental le asigna al mundial como paradoja: el mismo evento que la dictadura usaba para proyectar una imagen de normalidad fue también la fisura por donde empezó a filtrarse la denuncia internacional.
El episodio también introduce otra pieza de la maquinaria de terror: uno de los prisioneros de la ESMA es enviado como periodista encubierto a entrevistar a Menotti, con el objetivo de producir material que limpie la imagen del gobierno. La ironía de la situación —un detenido clandestino (que debe volver esa misma noche a su cautiverio) entrevistando al entrenador de la selección para fabricar una realidad— condensa en una sola escena todo el cinismo del sistema. Se le agradece al documental no explotar dramáticamente el momento: la anécdota es lo suficientemente elocuente sin ningún subrayado.
El capítulo también revela las tensiones dentro de la propia Junta. Videla y Massera no compartían la misma lectura de lo que debía ser el mundial: el primero, era más cauto con respecto de los gastos y la exposición; el segundo, veía en el torneo una palanca para sus propias ambiciones presidenciales, y respaldó el evento sin restricciones. Esta información resulta útil porque desmonta el mito de un bloque dictatorial monolítico y uniforme, aunque no se profundiza demasiado en las consecuencias operativas de esa fractura interna.
Lo que el capítulo consolida es la tesis que atraviesa todita la serie: el Mundial de 1978 no fue solo una cortina de humo sino una estructura comunicacional de doble función. Mientras dentro de la ESMA se producía propaganda deportiva, afuera de ella —a pocas cuadras del Monumental, en una toma nocturna de dron espeluznante que se repite a lo largo de los cuatro capítulos— los mismos periodistas extranjeros convocados por el evento registraban las primeras denuncias sistemáticas de lo que estaba ocurriendo. El resto ya se sabe: la dictadura construyó el escenario de su propia exposición. “Game On” es el episodio donde esa contradicción pasa de argumento historiográfico a relato con rostros concretos.
El tercer episodio, «All in», es el más comprometido: tiene el mejor material periodístico de la serie. Todo gira alrededor del partido Argentina-Perú del 21 de junio de 1978. Argentina necesitaba (oh, hazaña) ganar por cuatro goles de diferencia para superar a Brasil en la tabla (el sistema de eliminación era completamente distinto del actual) y llegar a la final. Ganó insólitamente 6-0 frente a una selección que venía jugando bien y que era comparada con Brasil. por su estilo de juego. El episodio sienta frente a la cámara a los hombres que estuvieron dentro de ese vestuario y deja que rindan su declaración «juramentada».
El testimonio más perturbador es el del ponzoñoso mediocampista peruano, José Velásquez, quien afirma directamente que al menos seis de sus compañeros recibieron dinero para influir en el resultado, y señala específicamente a los titulares que mejor rendían, empezando por el arquero Quiroga (quien llegaría a tapar en el Barcelona Sporting Club de Guayaquil, en 1983). Acusa además que fue reemplazado inexplicablemente en el segundo tiempo, algo que, según él, nunca había ocurrido antes en su carrera. El documental no valida ni refuta estas declaraciones: las pone en pantalla y las deja existir junto a las versiones opuestas. Lo que se lee entre líneas es que Velásquez habla desde el resentimiento y está muy solo en su rencor.
Germán Leguía, otro exjugador peruano, describe la entrada al vestuario de Videla acompañado del secretario de estado de Nixon, Henry Kissinger, minutos antes del partido como un mensaje implícito del cual no da contexto: “Yo lo vi a Kissinger. Estaba dando un mensaje como diciendo: ‘Yo no sé lo que pueda pasar si no ganan’”. El episodio presenta además fotografías de Kissinger visitando el vestuario peruano antes del partido, imágenes cuya mera existencia añade peso a lo que de otro modo podría leerse como testimonio sin corroboración.Ramón el Chupete Quiroga, el arquero de origen argentino que ha negado durante décadas cualquier arreglo, también aparece. Su sola presencia en pantalla, ante esas acusaciones directas, produce una incomodidad que el episodio maneja con corrección: no lo confronta, pero tampoco lo absuelve. Su testimonio es fundamental porque, después de todo, él fue quien recibió los goles. Uno por uno se encarga de justificar todos los balones que fue a recoger a la red. En este capítulo, la serie no afirma que el partido fue arreglado —no puede, porque no hay prueba concluyente—, pero sí deja en claro que el contexto institucional en el que se jugó hacía posible casi cualquier cosa. Ese dato histórico es uno de los más jugosos.
Lo más revelador del episodio no es la sospecha de arreglo sino un detalle colateral: el mediocampista peruano Leguía narra cómo, días antes del partido, un empresario brasileño ofreció a sus compañeros viajes a Brasil, con todo pagado, si lograban al menos un empate ante Argentina. El dato demuestra que la corrupción alrededor del partido no era exclusivamente argentina: había múltiples actores intentando amañar el resultado en distintas direcciones, lo que convierte el 6-0 en un entramado de intereses que el documental apenas puede cartografiar en cuarenta y cinco minutos. El sistema del mundial de aquel entonces tenía cuatro grupos de cuatro equipos (16, en total) que luego se convertían en dos grupos de 4 equipos: el que ganaba cada grupo pasaba a la final. El documental nos recuerda que el partido entre Brasil y Argentina (que venía de perder 1 a 0 frente a Italia) quedó cero a cero porque fue una verdadera batalla campal en la que ambas selecciones repartieron patadas. El técnico brasileño, Cláudio Coutinho, no tuvo ninguna expresión diplomática sobre Argentina ni antes ni después del empate, lo cual alimenta la sospecha de un posible intento de soborno para que Brasil sea el ganador del grupo y llegar a la final.
El episodio también revela que mientras se disputaba ese partido definitorio, una bomba estalló en el domicilio del ministro de Hacienda Juan Alemann, quien había cuestionado públicamente los gastos del Mundial. El detalle aparece de pasada como síntoma de toda la serie: hay demasiado material para tan poco tiempo disponible, y eso seguramente porque Disney impuso que sean cuatro capítulos y no más. El documental abre líneas —el atentado a Alemann, el acuerdo bilateral con el país inca en el marco del Plan Cóndor, la donación de toneladas de granos al Perú— que no puede cerrar con rigor. Apenas se ven recortes de periódico en la pantalla.
Lo que “All In” logra, a pesar de sus limitaciones de formato, es situar el 6-0 en su lugar exacto dentro de la historia: no como una curiosidad deportiva sino como el punto donde la lógica del torneo y la del régimen se vuelven indistinguibles. Si los dos primeros episodios mostraban cómo la dictadura instrumentalizó el Mundial, este tercero plantea la pregunta más necesaria: ¿Llegó esa instrumentalización al campo de juego? Kempes, Passarella y Menotti dicen que no y con argumentos futbolísticos.
El cuarto episodio, «Glory», está íntegramente dedicado a la final del 25 de junio de 1978, cuando Argentina derrotó 3-1 a Holanda en el estadio Monumental de Núñez. Los directores salen avanti de la decisión formal arriesgada de concentrar todo un capítulo en un único partido, cuando los tres anteriores operaban con una lógica acumulativa y caleidoscópica desde el punto de vista del archivo. El riesgo es real, y el episodio no lo resuelve del todo, pero resulta una delicia ver los goles vistos durante la niñez, comentados por sus protagonistas.
La final no es solo el remate deportivo; es el momento en que todas las líneas narrativas de los anteriores capítulos convergen en un mismo escenario: las Madres afuera del estadio, Videla en el palco, los jugadores en el campo, los centros de detención a pocas cuadras. Esta acumulación de planos alternantes —la multitud en el Monumental, las calles de Buenos Aires, los testimonios de las Madres, los prisioneros escuchando el partido en la radio— es la que le da riqueza dramática al episodio.
El momento más revelador de todo el serial no es deportivo sino político. El periodista holandés Frits Barend entrevistó a Videla en la cena de clausura del torneo. El episodio muestra por primera vez el conjunto de fotografías de esa noche, tomadas por el fotógrafo Bert Nienhuis, y Barend confirma que durante ese encuentro Videla admitió por vez primera la existencia de desaparecidos en Argentina. Si el régimen pasó cuatro semanas negando sistemáticamente los crímenes ante la prensa internacional, la confesión privada, al final de la cena de clausura —cuando ya el Mundial había cumplido su función política— sugiere que la operación propagandística era, en cierta medida, consciente de todo. Impactantes las imágenes del mismísimo Videla dándole el trofeo de la Copa del Mundo a Daniel Passarella. Es como si Trump entregara el 19 de julio la Copa del Mundo en la ceremonia final.
Los directores del documental, Lucas Bucci y Tomás Sposato, usaron en sendas entrevistas el siguiente retruécano: «No es que Argentina salió campeón en medio de una dictadura, sino que en medio de una dictadura, Argentina salió campeón». Yo añadiría después de ver las cuatro horas: ganó pese al régimen militar. La diferencia sitúa la gesta deportiva como un evento con su propia integridad, no como un mero accidente del contexto político. Esa distinción tiene sus límites: el episodio oscila entre querer honrar la final como hecho futbolístico sin que el peso político lo devore, y no lo logra porque es imposible no ver la influencia militar en todo lo ocurrido por más ética blindada que exhiban Kempes, Menotti y Passarella.
Lo que sí logra el serial es el cierre eficaz de las Madres. Taty Almeida, Nora Cortiñas y Enriqueta Rodríguez, que habían aparecido en episodios anteriores, retoman la palabra aquí, no para hablar de política sino de memoria personal: qué significó para ellas ese 25 de junio, ver a Videla en el palco entregando la copa mientras sus hijos seguían desaparecidos. Esa perspectiva desde el margen del estadio —desde afuera de la fiesta— es la que da al episodio su verdadero peso emocional y su argumento final: la gloria que celebra el título en el campo es inseparable de la vergüenza que ese mismo día ocurría en otra parte de la misma ciudad. La imagen del dron señalando la poca distancia entre el estadio y la ESMA es, reitero, pavorosa.
“Glory” es el episodio que mejor sintetiza la tesis central: el Mundial del 78 fue real. Los goles de Kempes fueron reales. La alegría de millones de argentinos fue verdadera al igual que los crímenes de estado. Una pelota de Holanda dio en el poste derecho y eso pudo haberla puesto adelante en el marcador. Y los centros clandestinos de detención que funcionaban en esa época también fueron reales. El documental no pide que se anulen entre sí estas verdades históricas. Pide que se sostengan juntos, sin una resolución cohesiva.
La serie Argentina ´78: The deadliest World Cup ha logrado articular algo que ningún documental deportivo casi nunca logra y en ello está su valor: que un campeonato puede ser simultáneamente una epopeya, un crimen, una mentira y una verdad. Que los 70.000 espectadores en el Monumental de Núñez, y los detenidos en la ESMA, no son personajes de dos historias paralelas sino una sola historia que el régimen militar intentó mantener oculta, y que el documental, cuarenta y seis años después, finalmente pone en el mismo fotograma. Vale.
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