«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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Las dos torres: Una remembranza audiovisual de la Zona Cero

La Zona Cero es una gran urna ahora. Un receptáculo de agua que ocupa el lugar de las Torres Gemelas. Es una forma póstuma de luchar contra el fuego y las cenizas. Hay placas con los nombres de los muertos. La gente se acerca con temor a ver el vacío dentro del vacío. El silencio es sepulcral. Este lugar común nunca ha sido más útil que en este inicio vacilante de mi conmemoración por los 25 años de un hecho fatídico. La zona la visité hace dos años (la foto es de mi autoría) y es como estar en una catedral sin muros, sin cúpula, sin vitrales. El ambiente funerario sobrepasa al visitante. Recientes reportes revelan que se le ocultó al neoyorkino la falta de pureza del aire. El ambiente quedó tan tóxico que se dice que hubo más muertes por la contaminación que por el atentado terrorista. Recuerdo que aquel martes 11 de septiembre estaba dando clases de Historia del arte en un auditorio de ESPOL, en las Peñas. Detuvimos mi exposición sobre las vanguardias europeas y vimos en vivo las imágenes de la CNN.

Un año después salió la película 11´09″01: September 11 (2002) de 11 directores de diferentes nacionalidades. 11 cortos que tenían un desafío técnico: contar en 11 minutos y 9 segundos una historia sobre el holocausto (perdón por el uso arbitrario de este vocablo) neoyorkino. Entre los cineastas estaban Ken Loach, Claude Lelouch, Mira Nair (madre del actual alcalde de Nueva York), Alejandro Gonzalez Iñárritu y Sean Penn. Entre los países representados en las tramas estaban Egipto, Burkina Faso, Israel e Irán, con un productor francés al mando, Alain Brigand, y con música transversal de Alexandre Desplat. Recuerdo haber analizado con mis alumnos el filme, en clase de Historia del Cine, y el impacto que tuvo entre nosotros cada uno de los cortos. En este memorial apurado de hoy, 11 de septiembre de 2026, me remitiré apenas a cinco.

Empezaré por el mejor de todos, el del mexicano González Iñárritu. Todo el corto es un fundido en negro. Se escuchan voces musulmanas, al principio, en algo que parece ser un rezo. El vocerío va escalando en intensidad para crear tensión dramática. Es como una torre de Babel que a la mitad del metraje empieza a insertar voces de noticiarios en inglés, francés, italiano, español y otros idiomas. A partir del minuto 4 el fundido desaparece por escasos segundos para dar paso a la tan difundida imagen del hombre cayendo. Empiezan a escucharse las grabaciones (voice mails) de adiós de las víctimas a sus seres queridos. Después del minuto 5 se escuchan los sonidos desde la calle, incluyendo ambulancias y gritos de transeúntes. A partir del minuto 6 el audio se queda mudo para dar paso a las imágenes fugaces de las torres desplomándose. Luego viene otro silencio que se interrumpe por las voces musulmanas que vuelven a rezar y se escucha la música de Gustavo Santaolalla que va in crescendo. El corto termina con un epígrafe bilingüe (en árabe e inglés) que dice «¿La luz de Dios nos guía o nos enceguece?», pregunta que intentaré responder al final.

En segundo lugar, pongo en la mesa la historia de Sean Penn. La protagoniza Ernest Borgnine (1917-2012), uno de los grandes actores norteamericanos de la generación de Brando, Newman, Dean y Clift. Ganador de un Óscar al mejor actor por Marty (1955), aquí se lo presenta como un viejo solitario que vive en un condominio de clase baja. La única compañía que tiene es un macetero con flores marchitas. El viudo tiene constantes conversaciones imaginarias con su esposa muerta. Cada noche extiende un vestido diferente de ella sobre el lecho, como el rito que mejor le funciona para no olvidarla. La soledad es insoportable. El aire taciturno del corto es agobiante. Pese a lo anterior, la microficción audiovisual remata con imágenes del televisor mostrando la tragedia de las torres gemelas, mientras el macetero florece milagrosamente. La luz del sol que entra a la habitación hace su acto de magia.

Ahora comentaré el cortometraje del británico Kean Loach, con la historia de un chileno (de nombre Pablo) que le escribe una carta al pueblo norteamericano en la que compara el atentado de las Torres Gemelas con el golpe de estado que Estados Unidos infringió a Salvador Allende. Para el narrador ambos 11 de septiembre son lo mismo. Esta historia se convierte en un alegato en contra de la política intervencionista norteamericana. De manera valiente, el director pone en boca del activista chileno acusaciones contra Henry Kissinger, el secretario de estado que orquestó el golpe. El narrador también da una lista de los números históricos concernientes a muertos en los actos de intervención militar de Norteamérica. Se usa material de archivo en blanco y negro (hay algunas imágenes de Patricio Guzmán y La batalla de Chile) para apoyar la tesis del director que se lee entre líneas: el atentado al World Trade Center fue poco o nada comparado con lo que le hicieron al pueblo chileno.

Muy a la pasada, debo mencionar el corto de Claude Lelouch, una de las leyendas vivientes del cine francés que ofrece una historia de amor particular. Una fotógrafa francesa sorda le redacta una carta de ruptura a su pareja que es un guía turístico con especialidad en lenguaje de señas. Debido a su condición auditiva ella no puede escuchar alarmas, gritos y mucho menos oír las noticias en la tele encendida. El cuento audiovisual concluye con el novio que regresa al hogar cubierto de polvo, de los pies a la cabeza, y que no sabe que la relación amorosa entra a una segunda vida.

Finalmente, quiero referirme al corto de la cineasta hindú, Mira Nair, que trata de un joven paramédico de origen pakistaní que es declarado desaparecido durante la mañana del atentado. El joven es acusado, primero, de ser un terrorista; luego es declarado héroe. La historia está contada desde el punto de vista de la madre del paramédico quien sufre con desesperación la pérdida de su primogénito. Ella recibe la visita del FBI que lo declara como uno de los sospechosos del acto terrorista. Por ser un caso real, el corto dispone de material de noticiarios que mencionan al trabajador de la salud cuyos restos son encontrados entre los escombros. La historia cierra con el funeral realizado según el rito islámico.

A veinticinco años de distancia, aquella clase en ESPOL vuelve con más nitidez que muchos hechos posteriores. Recuerdo que, al proyectar los cinco cortos semanas después del estreno, les conté a mis alumnos que Robert De Niro, había creado el festival de Tribeca como una forma de resistencia ante el atentado terrorista. Gracias a la creación de este festival se revitalizó Manhattan y se dio paso a nuevas voces cinematográficas.

Los cinco cortos que he elegido para esta conmemoración quizá no coinciden mucho en tono ni en tesis, pero son los que más me llegaron. Iñárritu trabaja con la ausencia de imagen; Loach, con la comparación histórica incómoda; Lelouch con la sordera intercultural; Penn con la soledad geriátrica; Nair, con el desplazamiento de la sospecha hacia una comunidad entera. Lo que comparten los cinco es la negativa a tratar el atentado de manera espectacular y mercantilista. Cada director (no sólo los cinco aquí tratados) inserta este hecho en una cadena de causas y consecuencias que excede al 11 de septiembre de 2001: el golpe de 1973 en Chile, la islamofobia posterior a las Torres; la paranoia colectiva instalada por el Acta Patriótica; y la disputa semiótica por cuál es el relato oficial del duelo.

Veinticinco años después, la urna de agua que ocupa el lugar de las dos torres sigue siendo, para quien la visita, no un monumento, pero sí una pregunta sin respuesta, un silencio poético; y el filme ópera cómo una tragedia es narrada con validez desde 11 partes distintas del mundo… Es también la interrogación que cada visitante completa con su propio silencio. Esa es, quizá, la lección final de 11’09″01: que ningún país, ninguna lengua, tiene la autoridad exclusiva para narrar una herida de esa magnitud. Desde Guayaquil, un cuarto de siglo después y a miles de kilómetros de la Zona Cero, esa pluralidad de voces —egipcia, chilena, pakistaní, hindú, iraní, israelí— sigue pareciéndome la mejor respuesta múltiple que el cine pudo darle a una fecha que no puede caber en un solo relato, sino en once.