«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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EL DÍA DE LA «DEFRAUDACIÓN» DE SPIELBERG, UN FILME TRASNOCHADO Y ANACRÓNICO

Spielberg lleva medio siglo perfeccionando la mecánica del asombro y acaba de arruinarla a sus ochenta años. En Close Encounters of the Third Kind (1977) bastaba una melodía de cinco notas y el rostro enrojecido de Richard Dreyfuss mirando hacia el cielo para que el cine se volviera una religión laica. Disclosure Day llega en 2026 con un presupuesto de 115 millones de dólares, fotografía de Janusz Kamiński, partitura de John Williams y el mismo tema central: hay vida extraterrestre (oh, sorpresa) y los gobiernos lo saben (qué gran descubrimiento). La maldita pregunta es por qué esta historia debe contarse ahora, de esta manera, con esa urgencia de quien cree que está haciendo algo original, creativo y fuera de serie.

La trama sigue a Margaret Fairchild (Emily Blunt), meteoróloga de provincia que desarrolla la capacidad de hablar cualquier idioma y conocer detalles íntimos de personas desconocidas, síntoma de una conexión no humana cuya naturaleza el guion de David Koepp tarda en revelar con una parsimonia que no es desgranar la trama sino una simple pirueta en el vacío. Junto a ella, Daniel (Josh O’Connor), experto en ciberseguridad que ha descubierto evidencia (insertar emoticono risueño) de décadas de encubrimiento extraterrestre, perseguido por el villano Noah (Colin Firth), funcionario gubernamental a base de motivaciones que al filme no le da la gana de precisar.

El problema no es que la historia sea un fraude. El meollo es que llegó con décadas de retraso. La película construye repetidamente momentos diseñados para impactar al espectador, pero el público contemporáneo lleva generaciones consumiendo conspiraciones alienígenas, secretos gubernamentales y narrativas de verdades ocultas. The X Files terminaron hace veintiséis años. La administración Trump ya publicó sus propios documentos sobre UAP´s (Unidentified Anomalous Phenomena) que es como ahora se llaman los UFO o fenómeno OVNI. El congreso norteamericano debatió abiertamente la existencia de programas secretos de recuperación de objetos extraterrestres. Spielberg llega al campamento después de que todos han instalado sus carpas.

Es uno de esos casos donde el director cede a pretensiones intelectuales, o más exactamente, a las pretensiones que un hombre de su estatura se cree obligado a revelar. El resultado es una película que oscila entre el thriller de conspiración setentera y la reflexión sobre la verdad colectiva sin decidirse por ninguno de los dos estilos. El primer acto funciona: hay tensión, hay misterio, hay una dirección de cámara que recuerda por qué Spielberg sigue siendo un maestro de la gramática visual. Luego el guion empieza a resquebrajarse y el director quiere usar sin éxito la técnica del kintsugi (remachar las piezas rotas de una cerámica con polvo de oro, plata o platino).

Al menos en tres momentos distintos de la trama, hay personajes que deberían haber sido capturados, pero que se salvan gracias a una escritura deficiente (la inverosímil escena del tren que arrasa el auto de los protagonistas) o una puesta en escena de principiantes (Josh O´Connor se esconde de agentes federales corriendo junto a una cerca descubierta y robando un auto justo frente a ellos). En una película de acción genérica esto podría pasarse por alto; en una producción que se presenta como una secuela de Close Encounters of the Third Kind resulta desconcertante. El espectador no se inclina hacia adelante en su butaca sino que empieza a calcular los agujeros de la lógica. Y ver los momentos en los que aparecen los extraterrestres lo obligan a uno a salir a la taquilla y pedir un reembolso por estafa. Si por lo menos hubiera existido un homenaje a E.T.

Blunt sostiene la película más de lo que el pobrecillo guion merece. Suerte la de Spielberg de contar con ella porque de lo contrario el resultado sería peor. Destaco la actuación de la hija de Bono, el vocalista de U2, Eve Hewson, que lleva adelante con dignidad su rol de compañera del protagonista fugitivo. O’Connor cumple su función de hombre común que se enfrenta a los elementos más descabellados. Elizabeth Marvel, en su papel de la Hermana Maura, es pequeño, pero inolvidable por mostrar el punto de vista cristiano en esta ensalada paranormal. Firth hace lo posible con el rol de antagonista que le asignaron, aunque nunca se le permite ser verdaderamente villanesco. John Williams, a sus 94 años, entrega, como siempre, exactamente lo que le piden, sobre todo en piezas magistrales como «Listen» y «Empathy».

El talento colectivo involucrado en este proyecto es innegable: las actuaciones funcionan, la fotografía y la música se elevan, pero no lo suficiente; pese a lo anterior, la historia nunca evoluciona más allá de ideas exploradas repetidamente durante décadas. En lugar de sentirse como la declaración definitiva de Spielberg sobre la vida extraterrestre, la película parece una reliquia de otra era que llegó cuarenta y nueve años tarde si tomamos en cuenta que Encuentros cercanos del tercer tipo es de 1977. Esto convierte a Spielberg en un cineasta anacrónico, trasnochado y completamente desactualizado. Aún no despierta de su estado de hibernación.

SPIELBERG Y SU CABALLO DE BATALLA

Si hay alguien que ha hecho de su narrativa casi una franquicia, ése es Steven Spielberg. Nadie mejor que él para hacer una historia atrayente para las masas. Esta vez no tenemos una criatura alienígena, es un caballo. ¿Es otra historia a lo Spielberg que trata de la amistad entre un niño y su mascota? ¿Es otra película de guerra como Saving private Ryan? La respuesta para ambas preguntas es la siguiente: aparentemente, sí, pero con algunas variaciones. El protagonista es un joven que se enrola en el ejército para buscar a Joey, caballo al que vio nacer y al que lo entrenó para algunas proezas como la de arar la tierra. Por deudas, el padre del chico tiene que venderle el animal a un capitán de la caballería inglesa que enfrenta al ejército alemán.

La narrativa visual es encomiable. Spielberg es, a sus 76 años, un viejo zorro que sabe cómo manipular a la audiencia. Su repertorio de metáforas, puntos de vista, encuadres, tomas creativas, ángulos inusitados es cada vez más creciente. ¿Alguien puede ser indiferente a una imagen tan poderosa como la de la niña francesa apareciendo en la pupila del caballo? Desde que conoció al polaco Janusz Kaminski en La lista de Schindler (1994) Mr. Spielberg no ha dejado de trabajar con este artista de lo visual. En este filme el fotógrafo polaco logra los más delicados colores cálidos. La paleta es de un lirismo inmejorable (los atardeceres son verdaderos lienzos) y ayuda a crear atmósferas delicadas. A ratos uno parece estar contemplando viñetas anaranjadas de Lo que el viento se llevó (1939) con una música que lleva edulcorantes bien dosificados.  Ya le hubiera gustado a John Ford tener un director de fotografía como Kaminski.

El otro caballo de batalla de Spielberg se llama John Williams, con quien no ha dejado de trabajar desde Tiburón (con excepción de El color púrpura cuya partitura estuvo a cargo de Quincey Jones). Williams manufactura una música inspirada en el Hollywood de los años cuarenta.

Otro aspecto técnico vital en este filme es el diseño de la producción. Rick Carter, otro de los habitués de Spielberg, ha construido espacios verosímiles, empeñándose en realizar recreaciones históricas precisas de las trincheras de la primera gran guerra.

Párrafo aparte merece el reparto. La directora del casting ha seleccionado rostros mercadeables para lograr efectos melifluos. Jeremy Irvine es el joven actor inglés que personifica al dueño del caballo. Su semblante inocente es otro caballo de batalla de Spielberg. Haberlo escogido es semejante al acierto de haber contratado a Christian Bale en El imperio del sol o a Henry Thomas en E.T. (1982) Dentro de esta línea facial de cuento de hadas está Celine Buckens que hace de Emilie, la tercera persona por cuyas manos pasa el caballo.

Caballo de batalla es un filme a la antigua en su argumento pero profundamente atravesada por la tecnología. Sin las técnicas actuales de animatrónica jamás podría haber sido filmada. Que ningún espectador peque de ingenuo y crea que el caballo hizo todas las proezas que aparecen en pantalla. Hay que tomarse la molestia de leer el centenar de créditos finales: equipos de CGI, rotoscopía composición digital, animatrónica y fondos mate trabajan para que el caballo sea la verdadera estrella. La magia de la computación logra que la criatura equina haga cosas dignas de estar en el título del filme. La verdad, sólo le falta volar.