«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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Thomas Mann y la contra-película de carretera de la patria dividida

Una curiosidad ver en una sala comercial de Guayaquil, en formato académico, una película en blanco y negro, hablada en alemán, y dirigida por un polaco. Fatherland (Patria o Tierra de mi padre) se estrenó en la competencia oficial de Cannes el 14 de mayo de 2026, donde su director Pawel Pawlikowski (Varsovia, 1957) ganó la Palma de Oro al mejor director (empatando con los Javis, directores de La bola negra). Este título cierra la trilogía histórica iniciada con Ida (Óscar al mejor filme extranjero, 2013) y continuada con Cold War (2018), ambas habladas en polaco (por esta última también recibió el premio al mejor director del festival).

Si alguien espera ver al novelista en acción, en plena escritura de alguna obra maestra, es mejor que no vea este filme. No hay ninguna mención de La montaña mágica, La muerte en Venecia, Los Buddenbrook, José y sus hermanos o Carlota en Weimar. Llama la atención que de esta última obra no se diga nada porque si se va a nombrar constantemente a Goethe en todo el filme, lo menos que uno esperaría es que se mencione esta novela donde el viejo Johann se encuentra con la mujer (ya anciana) que inspiró el personaje femenino de Las penas del joven Werther. Tampoco hay alusiones a otros escritores importantes con los que Mann interactuó, como Herman Hesse. La película se dedica únicamente a un viaje entre padre e hija.

El argumento sigue al escritor alemán Thomas Mann (1875-1955) y a su hija Erika (1905-1969) en el trayecto de retorno que el Premio Nobel hace en el verano de 1949 a su país natal después de dieciséis años en Estados Unidos, en un exilio forzado por la llegada del nazismo. El periplo incluye exactamente el tramo que va de Frankfurt, en el Oeste capitalista, a Weimar, en el Este comunista. Hanns Zischler interpreta a Mann y Sandra Hüller a su hija Erika. August Diehl hace de Klaus Mann, que se suicida en el primer acto por no poder soportar el peso de la herencia paterna, y deja a Hüller sola como eje de la película. Un poco a la manera de Fresas salvajes (1957) de Ingmar Bergman, estamos ante el viejo intelectual que tiene que hacer un viaje para recibir un homenaje; en el caso de Mann son dos: uno en la Alemania comunista y otro en la república democrática. El escritor acepta ambos homenajes para no alinearse con ninguno de los dos bloques de la nación dividida, en pleno comienzo de la Guerra Fría. Para ambas patrias el escritor es un símbolo. La película pregunta en sus 82 minutos qué significa para él ese papel.

El mayor acierto del filme está en la forma. El fotógrafo Łukasz Żal firma composiciones nítidas en formato academicista (esa hermosa cuadratura que mide 1:37:1). La tesitura del filme es el del cine clásico de la primera mitad del siglo XX. Para el espectador neófito esto es una singularidad porque la imagen no ocupa toda la pantalla y es, apenas, un cuadrado en el centro del lienzo que es la pantalla. El tono cromático ya estaba en las predecesoras Ida y Cold War, también filmadas en negro y blanco, pero aquí se aplica a un material más de crónica de viajes: el trayecto de Mann es una sucesión de recepciones, discursos y conversaciones con personas notables.

El filme está basado en la biografía novelada El Mago (2021) de Colm Toibin, exactamente en el capítulo dedicado al viaje de regreso del viejo escritor a su patria; la segunda fuente es el recopilatorio de ensayos y discursos de Thomas Mann. Al menos así lo declara el director en la secuencia final de créditos. El autor ofrece tanto en Frankfurt (zona de ocupación norteamericana) como en Weimar (zona de ocupación soviética) sendos discursos. El primero lo da el 25 de julio de 1949 en la iglesia de San Pablo, en Frankfurt, en el marco de la celebración del bicentenario de Johann Wolfgang Goethe (1740-1832) con un mensaje para las dos Alemanias separadas pero unificadas culturalmente pese a la Guerra Fría. En ese discurso, Mann define al autor de Fausto como un «poeta de mirada abierta» (como el mismo Mann) y funge como el genio nacional humanista frente a las corrientes autodestructivas y bárbaras que azotaban a Alemania. El segundo lo da el 1 de agosto, en el teatro nacional de Weimar tras ser condecorado con el Premio Nacional Goethe. En este discurso el novelista se niega a reconocer las diferencias ideológicas o las zonas de ocupación militar, afirmando que la cultura alemana es una sola.

Una breve aclaración sobre la forma en que el director y su co-guionista han adaptado el material literario. El viaje original es desde Suecia hacia Alemania. Los viajeros originales eran Mann, su esposa Katia, la hija Erika y el chofer de la familia, en un Buick Super Sedan color negro. De los anteriores se elimina al conductor y a la matriarca. La gran decisión fue la de incluir al hijo, Klaus Mann, cuando ya se había suicidado dos meses antes. ¿Por qué la decisión de adaptación por eliminación? El cineasta necesitaba el mismo minimalismo que le ponía a su dirección fotográfica y a sus escenarios. Con menos personajes transmitió mejor esa relación del artista nómada con su madre patria. Dato divertido: Erika era corredora profesional de Rally y tenía experiencia de sobra conduciendo.

Hecha la aclaración vamos a despegar por fin esta reseña. Si tuviéramos que definir a Fatherland diríamos que se merece con justicia la etiqueta de contra-película de carretera. A diferencia de la película de carretera norteamericana en la que vemos el paisaje fusionarse con el plácido viajero, aquí estamos ante una historia llena de interrupciones, con ruinas por doquier, desencuentros, el incómodo paso por la frontera que requiere de una pesquisa militar. El formato académico ayuda, por su cuadratura, a ver los personajes más pequeños, recortados, asfixiados en su espacio, algo que no habría pasado en un formato más ancho que le habría dado más aire a cada plano. Ambos personajes se contraponen, discuten, defienden sus posturas. Él es el padre frío que recibe la noticia del suicidio de su hijo (tambien escritor) con pasmosa tranquilidad. Tanto así que le pide a la hija proseguir el camino ya trazado y que irán al funeral después de recogido el premio Goethe.

Erika es la heroína silenciosa de la historia llevando sobre sus hombros la carga del duelo del hermano. Es la asistente perfecta porque lo hace todo por su padre: lo afeita, lo acicala, le corrige los discursos… Todo aparentemente bien hasta que el hermano se suicida y tiene que cargar con su fantasma durante el resto del filme mientras lucha contra la gigantesca sombra del padre famoso. Thomas Mann actúa como un tótem viviente que se presta a los homenajes y se defiende ante preguntas agresivas de la prensa como «¿Qué tiene que decirles a los que lo acusan de traición o falta de solidaridad por haberse ido a vivir a los Estados Unidos?».

Lo mejor del filme es Sandra Hüller (posible nominada al Óscar) por su papel en tres lenguas: alemán, inglés y francés, por la rabia contenida que maneja su personaje, por la valentía con que enfrenta cada una de sus tareas de asistente y de manager. Mientras su padre mantiene una rigidez aristocrática, ella exterioriza su furia en dos momentos importantes: insulta a gritos a manifestantes fascistas a través de la ventana del hotel, instándolos a que se callen, y le da una bofetada a un actor, en la cena de recepción del premio, porque insulta a la memoria de su hermano Klaus.

Notable el clímax del filme en el que vemos al padre con su hija, detenerse en pleno viaje de retorno y entrar a unas ruinas de las que sale el sonido de un órgano. Es la iglesia en la que Bach se convirtió en kapellmaister tal y como se lo menciona al principio del filme. En medio de ese escenario apocalíptico, ambos encuentran un momento de comunión. Se sientan a escuchar cómo el organista se sienta a ejecutar el coral «Jesus bleibet meine Freude» (Jesús, alegría de los hombres), de la Cantata BWV 147, de Johann Sebastian Bach. Momento especial porque ya el escritor había mencionado que Beethoven solía decir que la música del compositor austriaco lo había «casi» hecho creer en Dios. Es una escena que parece decir que la reconstrucción nacional es posible y que el duelo que necesitaban cerrar como padre e hija puede darse en ese momento. Ambos comulgan con la cantata, libres al fin de sus armaduras ideológicas.

Filme necesario en esta época de totalitarismos: el auge del trumpismo, las manifestaciones violentas en algunas ciudades de Francia, la guerra entre Rusias y Ucrania, todo un mundo polarizado… Una película en blanco y negro, sin efectos especiales, y filmada en formato académico nos enseña con sus silencios, sus largos planos y sus imágenes contemplativas que la división es un callejón sin salida, y que entre las ruinas siempre puede haber una nueva alternativa.

Si Ida es una monja polaca hurgando en la memoria familiar y en su fe, y Cold War es la historia de un amor contrariado en la Polonia controlada por los soviéticos, Fatherland es síntesis de las dos anteriores: arqueología fílmica de un periodo conflictivo del siglo XX como lo fue la posguerra alemana. Dura 82 minutos pero por su riqueza conceptual y su densidad filosófica parecería durar más.