«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Hay una escena en la película original, de 2006, en la que Miranda Priestly (Meryl Streep) llega a la redacción de la revista Runway y lanza el abrigo sobre el escritorio de Andrea (Andy) Sachs (Anne Hathaway) sin ni siquiera mirarla. No dice nada. No necesita hablar. En esos tres segundos, el director David Frankel y su actriz principal condensaron todo lo que la película era: el poder absoluto sintetizado en el lenguaje corporal, la humillación como liturgia cotidiana, el miedo corporativo como motor dramático. Veinte años después, en la secuela, Miranda tiene marido nuevo (el decorativo Kenneth Branagh) y una asistente joven (británica de origen hindú) que le explica —con paciencia pedagógica— qué comentarios son apropiados en 2026 con la ley del Me Too en mano. La chica es como el Pepe Grillo de la magnate: le dice qué puede decir y qué no, subrayándole en cualquier momento si usa términos que pueden ser ofensivos para los demás. El abrigo de Miranda ya no cae sobre ningún escritorio. Desde el minuto uno extrañamos a la diablesa que viste de Prada que era tan agresiva e ingeniosa en el 2006. No esperen sentados: nunca aparecerá. Lo que más molestará es que el personaje hablará más de lo necesario cuando su encanto original yacía en su laconismo.


El mayor latigazo que The Devil Wears Prada 2 se inflinge a sí misma es que no hay Diablo: lo que vemos es una Miranda Priestly humanizada, dubitativa y hasta cursi que se permite algunos parlamentos afectuosos con Andy en momentos de tensión («Siempre supe que harías algo grande en tu vida»). En la primera entrega, la crueldad de Miranda era lo mejor del dispositivo dramático: Andy tenía que sobrevivir, y esa supervivencia producía drama genuino. Aquí no hay nada ante lo cual sobrevivir. Miranda está en una relación estable con un marido comprensivo. La válvula de presión está abierta. Lo que resta es una mujer exitosa con algunos problemas empresariales que se resolverán, tarde o temprano, de manera más o menos satisfactoria. Streep sigue siendo Streep —el talento no se discute, y hay momentos donde la actriz recupera algo (solo algo) de la frialdad original—, pero el guion de Aline Brosh McKenna (Morning Glory, Crazy Ex-Girlfriend) no le ofrece ninguna escena que merezca ser recordada como las de la primera parte. No hay cambios espectaculares de ropa por parte de Andrea. No hay canciones inolvidables. No hay perlas cultivadas en los diálogos. El galán australiano (el reemplazo de Simon Baker, también australiano) que se consiguieron para esta secuela es insípido. Doug, el amigo gay de Andy, brilla por su ausencia sin ninguna justificación. Nate, el conviviente de la protagonista, tampoco está en el reparto.


La apuesta temática, en cambio, no carece de interés: Miranda debe competir contra Emily Charlton, su exasistente convertida en poderosa ejecutiva, mientras el declive de los medios impresos amenaza el futuro de Runway. El periodismo está en crisis (vaya descubrimiento): las revistas ahora son digitales, la edición de Septiembre adelgazada hasta el punto de ya no ser digna de estar en un estante con las de los meses anteriores. Es un mundo donde las publicaciones de moda apenas importan, y los editores que dictaban lo que debíamos vestir importan todavía menos. Hay algo de material narrativo aquí, ¿no creen? El problema es que la película no sabe qué hacer con eso y se quedan con el superficial lamento de «los medios de comunicación tradicionales se han extinguido». Los personajes se dan golpes en el pecho por el estado de la industria, pero la queja no produce tensión, tampoco nostalgia.


La contradicción está en el ADN del proyecto: una película que se dice preocupada por la precariedad del periodismo, ambientada en apartamentos que cuestan varios millones de dólares, con vestuario de siete cifras y una resolución facilista donde es básicamente una artista millonaria (Lucy Liu) quien salva a Runway de la bancarrota y al futuro del periodismo. Lo más irritable es que se usa el truco de la muerte de uno de los personajes (el jefe de Miranda) para dar paso a otro truco: el hijo del fallecido magnate se hará cargo de todo usando uno de los lugares comunes de la industria del entretenimiento: se harán despidos y recortes presupuestarios.


La película termina siendo un perchero de ropa muy alto, con un reparto distinguido, y no llega ni siquiera a comedia laboral. La falta de obstáculos reales para que Andrea consiga una cita con el personaje de Lucy Liu es un buen ejemplo de cómo el guion irrespeta la inteligencia del espectador. El elenco hace lo que puede con lo poco que le dan. Lo curioso es que Emily Blunt es realmente la estrella de la película, tiene más espacio que en la primera entrega y lo aprovecha con inteligencia, brillando cada vez que aparece. Stanley Tucci emerge cuando la dirección lo necesita. para aligerar el ambiente, pero tiene menos frases inolvidables que la anterior entrega. Hathaway cumple pese a los vacíos ingenuos de su trama vital: ha estado quince años fuera de Nueva York y no tiene pareja. Es una ingenua defensora del periodismo tradicional. Pero cumplir no es suficiente cuando el guion reduce a Andy a figura de transición, atrapada entre la apocada Miranda y la agrandada Emily en un conflicto que la película nunca consigue definir del todo.


La película será recordada como un producto de «aspecto Netflix»: colores estandarizados, pérdida de contraste, una imagen plana y homogénea. The Devil Wears Prada 2 confirma la intención artesanal de cualquier filme de streaming: fotografía correcta, sin un solo encuadre que sorprenda, sin que Frankel tome ningún riesgo visual pese a que tuvo veinte años para hacer un storyboard imaginativo y creativo en el que pudo haber incorporado el lenguaje audiovisual de los nuevos medios. Nueva York sigue siendo Nueva York con sus tomas de dron, Milán aparece según el contrato turístico que supongo que exigía la alcaldía de esa ciudad, y todo el filme tiene ese acabado digital que borra las texturas. Debo señalar el error sobre dónde está localizado el fresco de La última cena de Da Vinci: no está en la Catedral de Milán, está en la Iglesia de Santa Maria della Grazie. Bastante tonta la escena de la comida que tienen los personajes de la moda con el fresco de Leonardo detrás.

La música también es un punto en contra. Pese a que contrataron a Dua Lipa (para la canción del inicio), Miley Cyrus y a Lady Gaga (que aporta con tres canciones) no escuchamos nada realmente memorable. Theodore Shapiro (quien hizo la música incidental de la primera parte) regresa con una partitura que repite algo de la anterior. La celebrada suite de Andy, por ejemplo, reaparece con más orquestación y variaciones mínimas. Tan necesitada está la banda sonora de un tema inolvidable que «Vogue» de Madonna debe sonar durante el desfile milanés.

Voy cerrando este prêt-à-porter. Tampoco quiero dedicarle demasiados párrafos.

En la primera película, en la que es la mejor escena, Andy tiene un comentario desatinado durante una prueba de vestuario al decir que ella nota la diferencia entre una prenda y otra (para ella son la misma prenda) y que aún está aprendiendo sobre esta cosa (this stuff), refiriéndose a la industria de la moda. Miranda le explica, muy molesta, que el azul cerúleo de su suéter barato es el resultado de decisiones tomadas en pruebas de vestuario como la que ella está presidiendo, es decir, prendas escogidas por personas influyentes como ella, y le hace notar a Andy que ella no está por encima de todo eso, explicándole de manera muy didáctica cómo Oscar de la Renta usó ese color en una colección de vestidos, luego Yves Saint Lauren le copió el color en unas chaquetas militares, para luego pasar a ser el color oficial de ocho diferentes diseñadores de moda. La explicación termina cuando Miranda da su puntazo final: el impacto del cerúleo fue tan grande que se lo adoptó para suéters como el que Andy lleva puesta y que según la señora Priestly se colaron en departamentos de ropa para finalmente recalar «en una trágica esquina» de alguna oferta. La frase lapidaria es histórica: «and it’s sort of comical how you think that you’ve made a choice that exempts you from the fashion industry when, in fact, you’re wearing a sweater that was selected for you by the people in this room… from a pile of “stuff.”

Era la escena más inteligente del film (y, créanme, no hay ninguna escena de similar genialidad en esta secuela) con una lección incluida: la moda como cadena de producción de significado, la arrogancia del outsider (Andy) desmontada en menos de un minuto; ahora, en la segunda parte, Andy es una insider que no tiene nada ante lo cual rebelarse y no tiene lecciones de moda por aprender. The Devil Wears Prada 2 no tiene ninguna escena así porque es una prenda más entre un montón de ofertas de segunda mano, «a pile of stuff», diría la diablesa de la primera parte. La Miranda de la continuación no tiene ninguna lección sobre la moda por ofrecer porque ya no tiene nada por enseñar. El diablo ya no viste de Prada, viste de cualquier ropaje barato que encuentra en redes sociales. Es la película ideal del mundo TikTok con sus filtros y retratos grupales «instagramables». En este sentido, es importante la escena en la que el personaje de Streep señala que nadie lee los artículos que escribe Andrea. Es (vaya verdad de Perogrullo) señalar que la imagen está por encima de la letra. Quizá sea en lo único en lo que acierta la película. En esta época donde el tiempo de atención cada vez disminuye más, esta cosa (este filme) es un canto de amor a la superficialidad, un homenaje al doom scrolling y la constatación de cómo la supremacía de la apariencia ha vencido a la abstracción.

Artículo publicado en el año 2001 por diario Expreso y reproducido en El gabinete del doctor Cineman (2012) de Marcelo Báez Meza.

Registrada en francés como Amélie de Montmartre o El fabuloso destino de Amélie Poulain (Le fabuleux destin d’Amélie Poulain), estamos ante un filme que ha recibido las loas del público y de los festivales de cine especializados. Desde los premios BAFTA  y los César, pasando por el premio del público del festival de Canberra y el Goya, hasta las nominaciones al Oscar a la mejor película extranjera. Todo el mundo ha estado de hinojos ante el último título de Jean-Pierre Jeunet.

Amélie (2001), como se la conoce comúnmente, tiene el sello visual de su director, un esteta obsesionado siempre por una dirección de arte fuera de lo ordinario (Volker Schafer), y por una fotografía (Bruno Delbonnel) donde el verde oscuro es el rey. La iluminación cálida también es un estilema del realizador, nacido en 1953, como lo vemos en tres de sus filmes anteriores: Alien Resurrection (1997), La ciudad de los niños perdidos (1995) y Delicatessen (1991). En estas dos últimas cintas París era una ciudad que parecía soñada por un pintor postimpresionista y no por un escenógrafo. De más está decir que Amélie tiene un departamento de arte con 17 artistas, entre los que se encuentran carpinteros, escultores y arquitectos; además, cuenta con una decoradora de sets, Marie-Laure Valla, a más de una diseñadora de producción, Aline Bonetto.

La puesta en escena de Amélie va en la misma línea perfeccionista y onírica de sus anteriores cintas. Los espacios son también ejes protagónicos en la historia de una chica que, como una especie de Robin Hood, roba de su corazón para dar a los pobres, a los que no tienen vida. ¿Vale el lugar común a la hora de capturar el sentido del personaje protagónico? Pues sí, ella se encarga de realizar los sueños de cada cual, menos los de ella (¿la metáfora de Alicia en el país de las maravillas se ajustaría mejor que la de Robin Hood?). Amélie no pierde tiempo en concretar los sueños de su compañera de trabajo en la cafetería (lo empata con uno de los asiduos comensales); realiza el sueño de su padre, algo demente, de viajar por el mundo; hace que el viejo y ermitaño pintor del edificio donde ella vive, logre recuperar su fe en el mundo exterior… Todos consiguen lo que quieren, menos ella, que está enamorada de Nino (interpretado por el cineasta Mathieu Kassovitz), un joven que reparte su tiempo entre ser dependiente de una videoteca porno, ser un disfraz de esqueleto viviente en el túnel del horror y ser barrendero en la estación del metro. 
La historia empieza con un tono de crónica: horas exactas, fechas, años, lugares… Es como una biografía, casi un documental de esta niña tan excepcional, una santa, y bien vale el parangón con la Madre Teresa de Calcuta cuando Amélie imagina ser ella en un documental en blanco y negro.

Desde el primer minuto la historia empieza a maravillar al espectador por su humor entre poético y tierno, entre duro e ingenuo. La escena en la que la niña Amélie es instada a creer que su cámara fotográfica es la causante de más de una desgracia logra tomar de rehén al espectador que es preparado para ver un filme sorprendente, o sea, que lo va a mimar con una y otra sorpresa.

Y éste, creo, es el problema del filme. Su capacidad para sorprender se vuelve predecible, se convierte en la razón de ser de toda la historia. Es como si Jeunet tuviera una ametralladora de cosas ingeniosas que él necesita disparar a cada segundo. El resultado es un filme deliciosamente ingenuo, demasiado «bonito» o preciosista, escandalosamente perfecto en sus aspectos técnicos (fotografía, música, diseño de producción), y que pide a gritos ser amado, gustado, degustado… Tal es su oblicuo exhibicionismo. Bueno es culantro pero no tanto, decía la abuelita, no valdría morir de una sobredosis de miel. El humor naif es ponderable y perfectamente lógico cuando el personaje no supera aún los nueve años, pero cuando ya alcanza la adultez, la ingenuidad no se justifica. Y ese es el problema de este filme: abusa de su miel. Es como escuchar (ojo con la siguiente metáfora musical) variaciones sobre el mismo tema durante dos horas. Todo el filme es una variación sobre ese rostro dulce que vemos en el afiche, haciendo cosas dulces por los demás. Uno pide time out ante tanto encanto de Audrey Tatou (¿será su nombre real o será una triquiñuela para equipararse a esa otra dulzura llamada Audrey Hepburn?). Parece que el director se ha enamorado (cinematográficamente hablando) de esa actriz hecha a semejanza e imagen de los instintos más paternales. Audrey Tatou es un instrumento sobre utilizado (abusado) en este filme que se derrumba imperceptiblemente por estar erigido en una sola columna: Amélie. Ese derrumbe es imperceptible, repito, muy interno, nadie se da cuenta, porque simplemente el espectador ya ha asimilado la receta o la fórmula: esta chica va a hacer cosas mágicas, fantasiosas, graciosas y sorprendentes una y otra vez, y no va a parar hasta que llegue el minuto 122. 

«Ella cambiará tu vida», dice el eslogan, pero no es para tanto. Para que algo que cambie la vida de un espectador tenga que romper con los patrones estéticos de su tiempo, y en primer lugar, Amélie juega con algo trillado: la estética MTV en su acelerada narración, los continuos zoom in y zoom out, las imágenes en cámara rápida, como si fuera un vídeo clip de dos horas y de paso con el sonsonete de ese acordeón tan edulcorante (es que la estética MTV pregona la sinergia entre música e imágenes y Amélie lo hace tan bien). No estoy peyorativizando la música de Yann Tiersen, mas bien quisiera apuntar que es altamente eficaz por lo memorable. Ya alguien decía que la verdadera banda sonora es la que no se oye, pero ésta es tan audible, tan exhibicionistamente edulcorante, tan visible, como cada elemento dentro de este filme que ansía ser condescendiente con el espectador en cada uno de sus fotogramas. Dicen que Jeunet es uno de los puntales del nuevo cine francés; en cambio, Susan Sontag cita su nombre como uno de los falsos innovadores del arte contemporáneo. Lo que no hay dejar de concederle a este artesano es su perfeccionismo en cada fotograma, pero hay que señalar que adolece de un defecto (¿o será virtud?): hacer filmes bonitos, preciosistas en cuanto a su planteamiento visual (tan solo recordar Alien Resurrection en donde no había historia pero sí una puesta en escena difícil de igualar). Se nota, además, que Jean-Pierre está trabajando para el Oscar de la Academia. ¿Quién sabe si lo logre con un cine que se queda solo en la pirotecnia visual y que desdeña ligeramente lo anecdótico, lo argumental? A lo mejor tiene suerte. Hay que recordar que otro efectista europeo, Pedro Almodóvar, empezó con filmes que igual ponían lo iconográfico por encima de lo guionístico.
De los fuegos artificiales de El fabuloso destino de Amélie Poulain hay espectadores que se quedan con la imagen de la protagonista derritiéndose ante la presencia de Nino en la cafetería. Lo que le pasa a ella en esa toma, le pasa a los espectadores que ingenuamente se derriten ante el encanto de un filme que solo va a una parte: ninguna. Como en el mejor de los peores filmes gringos, el personaje de Audrey Tatou consigue al final subirse en la moto con su Nino y conquistar el corazón de él y de casi todos los espectadores. Y la música de acordeón ayuda. ¿O no? 

Porque son cisnes, tú… Hermoso y desenredado sobre las aguas, deslumbrante, singular, deslizándose por los estanques de la sociedad. Pero Dios les dio demasiado equipaje, ya ves. Debajo de la superficie crujiente del agua, tienen que remar dos veces más rápido y vigorosamente que un pato ordinario solo para mantenerse a flote. Es una gran carga que solo algunos pueden soportar.

Truman Capote (Tom Hollander) en Feud: Capote vs. The Swans

Capote ocupa en la literatura norteamericana del siglo XX una posición de atalaya. A sangre fría (1965) no inventó la fusión entre periodismo y literatura pero la codificó, demostrando que la investigación periodística podía sostener una arquitectura novelística sin sacrificar ninguno de los dos géneros. Ese libro por sí solo justificaría su lugar en cualquier panteón, pero Capote es también el escritor que entendió antes que nadie que la «persona» pública del autor era parte de la obra, que no bastaba con escribir bien y que la celebridad podía funcionar como dispositivo literario. En ese sentido, él prefigura algo que se volvería notorio décadas después: la confusión planificada entre vida y obra, entre el yo que escribe y el yo escrito. Plegarias atendidas (la novela que iba a ser su obra magna) quedó inconclusa. pero nos enseñó el valor mediático del manuscrito perdido, del borrador inexistente, y nos dejó la imagen del escritor que se consume para vivir pero no puede escribir, y nos plantó a los escritores la duda de si escribir y vivir son actividades incompatibles.​​​​​​​​​​​​​​​​

La figura de Capote ha generado en el cine un problema específico: es un personaje tan bien construido mediáticamente, tan deliberadamente teatral en su vida pública, que cualquier actor que lo interprete corre el riesgo de reproducir la voz nasal sin acceder al hombre. La historia de las interpretaciones que se han hecho de Capote es, en buena medida, la historia de ese riesgo y de los distintos modos de esquivarlo. Robert Morse lo interpretó en Broadway, en 1989, en Tru —monólogo basado en sus escritos, disponible en YouTube— y luego repitió el papel para la televisión con una fidelidad mimética que siempre fue aplaudida. El salto cualitativo llega con Bennett Miller y su Capote, en la versión de 2005: Philip Seymour Hoffman no imita a Truman sino que lo habita, encuentra el mecanismo interior que produce la voz y los gestos en lugar de reproducirlos desde afuera, y construye una actuación (ganadora del Óscar) que sigue siendo el punto de máxima referencia. Ese mismo año, curiosamente con algunos meses de diferencia, Douglas McGrath dirigió Infamous, con el británico Toby Jones en el papel principal, película que llegó tarde y fue sepultada por la comparación inevitable con Capote, aunque tenía méritos propios —una Sandra Bullock extraordinaria como Harper Lee, y un tratamiento más explícito de la sexualidad de Capote— pero el ruido crítico impidió evaluar con justicia. Lo que une todas estas versiones, incluyendo la de Hollander en la serie de Ryan Murphy que vamos a reseñar, es la misma dificultad histórica: Capote escribió sobre sí mismo con tanta persistencia y tanta inteligencia que dejó muy poco espacio para que otros lo interpreten sin tropezar con su propia versión. Actuar de Capote es siempre actuar sobre la actuación que el mismo Capote hace de sí mismo, sobre la imagen que él mismo fabricó, lo que convierte cada adaptación en una nota a pie de página del personaje «real».​​​​​​​​​​​​​​​​

Antes de entrar a la serie de Ryan Murphy del 2024, disponible en la plataforma Disney Plus, vamos a explorar brevemente las adaptaciones de Capote al cine porque describen una curva digna de análisis: las mejores no son necesariamente las más fieles, y las más celebradas llegaron cuando el autor todavía vivía y podía observar cómo Hollywood convertía su persona en entretenimiento de lujo.
Desayuno con diamantes (1961) de Blake Edwards es el caso más paradójico. Capote detestó la adaptación, pero sobre todo a Audrey Hepburn en el papel de Holly Golightly, y tenía razones de peso para hacerlo: su Holly era una chica del sur profundo, de extracción pobre, con una sexualidad ambigua y una melancolía que el filme de Edwards ignoró con su encanto de Fair Lady y el tono de comedia romántica. Lo que Edwards filmó es una película que no tiene casi nada que ver con la novela corta, salvo el nombre de los personajes y la dirección general de la trama. La canción de Henry Mancini —«Moon River»— terminó siendo más famosa que el texto original, lo que habla sobre la domesticación que Hollywood hizo del material. Capote quería que el papel lo interpretara Marilyn Monroe (no olvidemos el cuento-entrevista «Una hermosa criatura», dedicado a ella, en Música para Camaleones), quien habría entendido la fragilidad sin el barniz de sofisticación que Hepburn le puso a cada frase y gesto.
A sangre fría (1967) de Richard Brooks es la adaptación más rigurosa y también la más incómoda de ver hoy. Brooks filmó en blanco y negro, en locaciones reales en Kansas, con Robert Blake y Scott Wilson como los asesinos Perry Smith y Dick Hickock en actuaciones que tienen la aspereza documental que el material requería. La película respeta la estructura del libro —la alternancia entre los Clutter y los asesinos antes de que sus caminos se crucen— y encuentra en el sepia un correlato visual para la aridez amoral del relato. No alcanza la densidad del libro, que dedica cientos de páginas a construir el contexto social y psicológico que la película comprime en dos horas, pero es un trabajo que entiende que la fidelidad no significa transcripción.
Las adaptaciones menores confirman la regla. El arpa de hierba (Robert Mulligan, 1971), basada en la novela autobiográfica de Capote sobre su infancia en Alabama, tiene la delicadeza nostálgica del material original, pero carece de la precisión lírica que hace que los textos tempranos de Capote sean insustituibles: lo que en la prosa es exactitud sensorial, en la película se convierte en postal sureña. Huésped de un día y otros cuentos han tenido también versiones televisivas que circularon poco y justificaron ese oscurecimiento.
Lo que el conjunto audiovisual revela es que Capote escribía desde una voz tan particular —esa mezcla de crueldad y ternura, de observación clínica y lirismo— que sus textos resisten la adaptación no porque sean imposibles de filmar sino porque su valor reside precisamente en el estilo escrito. Cuando un director encuentra el equivalente visual de esa voz, como Brooks en sus mejores momentos, la adaptación funciona. Cuando se conforma con reproducir la anécdota, fracasa rotundamente.​​​​​​​​​​​​​​​​

El cisne número uno en el orden jerárquico, Babe. La mujer más perfecta jamás hecha. Su único defecto es su perfección.Ella es casi demasiado hermosa para mirarla. Y sus ojos… son tan inteligentes, ven tanto. Solo estar cerca de ella suaviza los bordes ásperos. Cualquier persona en su órbita brilla. Su esposo Bill Paley la trata precisamente como una empleada sin tiempo libre. Incluso mientras se folla a otra persona en un hotel a una cuadra de casa. Ella se ofreció a comprarme una casa. Pero no puedes llevarte demasiados regalos de estas hermosas criaturas, o ellos te son dueños.

Truman Capote (Tom Hollander) en Feud: Capote vs. The Swans

El piloto de Feud: Capote vs. The Swans —dirigido por Gus Van Sant y escrito por Jon Robin Baitz— elige una estructura de tres tiempos para presentar a Truman Capote: el joven desconocido que trepa por la sociedad neoyorquina haciéndose confidente de las esposas de los hombres más ricos del país; el escritor en la cima, consagrado tras A sangre fría; y el Capote en caída libre, borracho y expulsado de los salones que alguna vez lo coronaron.
Tom Hollander (Bristol, 1967) compone a su Capote con una precisión física que va más allá de cualquier imitación. Su voz nasal, sus gestos de niño maltratatado, su habilidad para convertir el halago en instrumento a su favor: todo está ahí, en la superficie y debajo. El episodio lo muestra inspirado a escribir «La Côte Basque, 1965» por su amante John O’Shea, un hombre al que le fascina el mundo de las Swan precisamente porque le es ajeno, y que intuye que a otros como él les gustaría espiar ese mundo de la alta sociedad neoyorquina desde adentro. Esa presión hacia la escritura como traición no tiene nada de accidental en el guion: Baitz plantea desde el arranque que el texto literario nace del resentimiento disfrazado de afecto, que el acceso privilegiado a la burguesía de la Gran Manzana será su materia prima.
El reparto de las ricachonas Swan —Naomi Watts como Babe Paley, Diane Lane como Slim Keith, Chloë Sevigny como C.Z. Guest, Calista Flockhart como Lee Radziwill— aparece aquí apenas esbozado, con la economía de un piloto que sabe que tiene ocho largos episodios para desarrollar cada figura.
La primera de las alucinaciones de Jessica Lange como la madre de Capote, pensadas como llave psicoanalítica que explica toda su conducta posterior, introducen desde el primer episodio un mecanismo que huele a recurso barato de American Horror Story: la fantasía onírica como atajo hacia la motivación, el recuerdo de infancia como coartada. Las series de Ryan Murphy nunca han resistido esa tentación de explicar en lugar de mostrar, y Baitz hereda ese vicio de fábrica.
Con todo, el piloto deja establecido el territorio moral que le interesa explorar: la responsabilidad del escritor que convierte en ficción las confesiones de sus afectos, la delgada línea entre el retrato y la explotación.

Todo lo que hacen las Swan es superficial. Por eso no son personas realmente interesantes. Sus circunstancias son interesantes, claro, sus vidas son fascinantes, pero ellas, en sí mismas, son realmente aburridas. No saben lo que pasa en el mundo. No leen nada más que el Ladies’ Home Journal o McCall’s. Es curioso porque Lee (Radzwill) realmente quería ser artista. Intentó dedicarse al diseño de interiores. Tiene un gran estilo. Le encantaba diseñar sus propias casas, dar órdenes a la gente. Nunca se le ocurrió…

Truman Capote (Tom Hollander) en Feud: Capote vs. The Swans

Si el piloto organizaba el tiempo en tres arcos para presentar a un Capote que ya carga con su propio epitafio, el segundo episodio, «Ice Water in Their Veins», abandona esa arquitectura y opta por saltos temporales sin anclaje preciso, escenas que se yuxtaponen más por afinidad temática que por lógica dramática. El resultado es irregular, a ratos efectivo, a ratos torpe, pero qué importa, nos gusta el chisme literario.
El episodio arranca con Babe Paley sometiéndose a quimioterapia y empeñada en que el diagnóstico no altere el ceremonial doméstico. Naomi Watts hace el milagro de que su personaje parezca simultáneamente fuerte y devastada sin que el guion le ofrezca una sola línea que articule esa contradicción.
El episodio trata sobre la reacción de las Swan ante la publicación, en noviembre de 1975, de «La Côte Basque, 1965», capítulo de la novela inacabada Answered Prayers, en la revista Esquire: Slim Keith (Diane Lane) asume el rol de organizadora del boicot con una frialdad que tiene su propia lógica de clase: para ella, aislar a Capote no es venganza sino higiene social, el tipo de operación que se ejecuta sin escándalo y sin ningún tipo de negociación. Lane la interpreta como alguien que ya tomó la decisión mucho antes. C.Z. Guest (Chloë Sevigny) representa la posición contraria —defiende a Capote en el funeral de Ann Woodward, luego almuerza con él— sin que el guion logre articular si esa disidencia nace de la lealtad, de la piedad o simplemente de una indiferencia aristocrática hacia las normas del grupo.
Este episodio nos muestra a Capote instalado en casa de Joanne Carson (Molly Ringwald) tras el escándalo de su texto publicado en Esquire, el personaje alucina con su madre —Jessica Lange otra vez, con instrucciones teatrales para su forma de espectro— y recibe dos palizas sucesivas de John O’Shea (interpretado por Russell Tovey) en circunstancias que el guion plantea ingenuamente como masoquismo latente: Capote busca supuestamente el castigo físico después de que el fantasma materno le sugiere el suicidio. La violencia doméstica entre convivientes del mismo sexo está retratada aquí con una crudeza inusual en la televisión norteamericana, y eso es mérito real. Pero la aparición de Lange vuelve a convertir la psicología en didáctica: en lugar de permitir que el comportamiento de Capote hable por sí mismo, la serie insiste en subrayar las causas, en cartografiar el trauma con una supuesta meticulosidad que termina siendo reduccionista.

Sabes, a veces siento envidia de la gente que hace arte así. Te puedes esconder en esa abstracción. Yo prefiero con mucho la figuración. Así sabes qué piensa el maldito artista sobre el tema. Como esas maravillosas fotos de Dick Avedon que tiene expuestas ahora mismo. Hace que la duquesa de Windsor parezca un cadáver. Incluso convierte a su propio padre en una gárgola.

Truman Capote (Tom Hollander) en Feud: Capote vs. The Swans

«Masquerade 1966» es el tercer episodio y es en el que Gus Van Sant y Jon Robin Baitz conciben un documental ficticio rodado por los hermanos Maysles con cámara en mano, un blanco y negro granulado, con las entrevistas directas al rostro de las Swan, la textura de celuloide que remite a Grey Gardens, puro cinema vérité norteamericano. El dispositivo tiene una elegancia conceptual que hay que reconocer: si Capote construyó su traición futura observando y registrando las confidencias de sus amigas, ¿qué mejor que convertir el capítulo en el archivo mismo de ese proceso, en la evidencia de cómo se toman apuntes sin que nadie se percate?
El problema es que el truco cinematográfico termina siendo más inteligente que dramáticamente productivo. El blanco y negro y la gramática documental funcionan como un distanciamiento estético, pero la serie no siempre sabe qué hacer con esa distancia. Escuchamos a Lee Radziwill (Calista Flockhart) decirle a los Maysles que Capote miente a cada Swan haciéndola creer que es su favorita.
Lo que el episodio sí logra, y con holgura, es contextualizar el Baile en Blanco y Negro de 1966 como la cima y el síntoma simultáneos. Capote en el apogeo de A sangre fría, orquestando una fiesta en el Plaza Hotel cuya lista de invitados de 540 personas equivale a una cartografía del poder cultural y económico estadounidense de la época. La supuesta homenajeada, Katharine Graham —editora del Washington Post—, es en realidad un pretexto: la fiesta es un homenaje a Capote, a su capacidad de congregar y gestionar el deseo de ser parte de una élite. Esa vanidad —la del hombre que reparte el privilegio de su amistad como si fuera la última Coca-Cola del desierto— está en la raíz de todo lo que vendrá después, y el episodio lo muestra a través de un detalle: cada Swan está convencida de ser la invitada de honor y Capote ha alimentado esa convicción en cada una por separado.
La escena más reveladora no es la del baile sino la que lo precede: Capote en el Hotel Plaza, con los Maysles rodando, mientras Babe descubre que una de las amantes de Bill Paley forma parte del comité organizador. Naomi Watts vuelve a hacer lo que mejor sabe: contenerse para luego soltarse. La cámara documental la registra quebrada y ella pide que apaguen el equipo; los Maysles continúan filmando hasta que ella los obliga a detenerse. Capote se disculpa ante los documentalistas y luego la consuela en privado, pero minutos después está destrozando el matrimonio Paley para los mismos Maysles con la fruición del cronista que lee las nota que ha tomado de manera clandestina. Ese doble movimiento —la lealtad performativa frente al amigo, la traición activa ante la cámara— es el gesto constitutivo de Capote, y Van Sant lo filma sin resaltador amarillo, dejando que la tensión entre las dos escenas hable por sí sola.
El episodio también introduce el momento en que Capote decide que el material de los Maysles no puede ser documental sino novela: necesita sus propias palabras, no el registro externo. Es la decisión que lo lleva a escribir Plegarias atendidas —y que el baile mismo, según el guion, le entrega el título mientras danza con Albert Maysles. Hay aquí una paradoja que la serie deja pasar demasiado rápido: Capote entiende que el documental lo expone tanto como a sus amigas, que la cámara sin mediación literaria no le pertenece. Lo que quiere no es el archivo sino la autoría. Esa distinción —entre registrar y controlar el relato— es el núcleo de su ética literaria y de su traición posterior.​​​​​​​​​​​​​​​​

Estaba tratando de ir tras los hombres. No las mujeres. La verdad, Jimmy, lo que podría haber escrito pero no lo hice es que todos se follan a todo el mundo y se salen con la suya. Los asuntos de los ricos son diferentes, pero estas mujeres picosan a cualquiera que lo haga, como si estuvieran por encima de todo. Babe tenía muchos asuntos en su departamento cuando Bill iba a Los Ángeles para sus viajes de programación. Incluso la ayudé a escoger los atuendos. Una vez, quiso disfrazarse de pirata de Hermes para un amante. Los hombres siempre fueron inadecuados. Lee… Lee interpreta el papel de la peregrina original de Estados Unidos, pero es una verdadera listón, voraz y depredadora. Pero lo peor es Slim. En los últimos años de su matrimonio, había relegado a Kenneth a la habitación de invitados y desfiló descaradamente en una serie de amantes. E incluso C.Z., que es un cinturón de castidad humana, tuvo su tiempo como fiestera. ¿No recuerda posar desnuda para Diego Rivera? En su mayoría, sus amantes son las pequeñas verduras a las que tiende.

Truman Capote a James Baldwin en Feud: Capote vs. The Swans

«It’s Impossible», el cuarto episodio, abre con Babe Paley (Naomi Watts) preparándose frente al espejo con la meticulosidad de siempre —el cabello, las joyas, el abrigo— mientras suena «It’s Impossible» de Perry Como. El montaje es transparente en su intención: la glamorosa rutina cotidiana como armadura antes de la consulta médica, el ritual del lujo desnudándose en una bata de hospital. Baitz no disimula el contraste porque no necesita hacerlo; la que rescata la escena es Watts, que transita entre esos dos registros —la socialité impecable, la paciente terminal— sin que las costuras se noten. Babe sale del consultorio sabiendo que el tiempo se acorta y decide, desde esa certeza, que ya no tiene sentido sostener el rencor.
La línea dramática de Slim Keith (Diane Lane) organiza el resto del capítulo. Slim, que ha asumido la dirección del boicot con más convicción que nadie, orquesta una campaña de columnas de chismes para hundir los planes de Capote de organizar otro baile. Es un personaje que se ha construido como la más fría de las Swan, y el episodio la obliga a mirarse: Lee Radziwill (Calista Flockhart) la confronta en el lujoso restaurante La Côte Basque señalando que su cruzada pretende vengar a Babe mientras Slim ha estado acostándose con Bill Paley. Flockhart entrega esa acusación con la exacta indiferencia de quien dice la verdad sin ánimo de herir, lo que la hace más letal que cualquier ataque calculado. Diane Lane absorbe el golpe con una compostura que deja ver sutilmente su vergüenza.
Capote, sobrio y más frágil que nunca, transita por todos los círculos del infierno. Jack Dunphy (Joe Mantello) lo rescata del apartamento con la paciencia agotada de quien lleva decenios siendo el hombre invisible en la vida de otro. El vínculo de Capote con John O’Shea sigue su deterioro: una nueva agresión física, otra humillación, el patrón ya establecido de un hombre que busca en el castigo físico alguna forma de expiación que la escritura no le ofrece.

Los cisnes, desprecian envejecer. Una vez que el florecimiento de la juventud comenzó a desvanecerse, cada uno de ellos o se sometió a un régimen brutal de inyecciones fetales de células de oveja o pasaron por el cuchillo.

Truman Capote (Tom Hollander) en Feud: Capote vs. The Swans

El quinto episodio, «The Secret Inner Lives of Swans», rompe la estructura coral de la temporada y apuesta por algo más austero: dos hombres en una mesa, en una galería, en un apartamento, hablando de escritura, de miedo, de la aristocracia como enfermedad moral. La presencia del escritor afroamericano James Baldwin —interpretado por Chris Chalk— convierte al episodio en algo más parecido a una obra de teatro que ha producido la serie, y también en el que mejor justifica que Jon Robin Baitz, dramaturgo antes que guionista, sea el responsable de la temporada.
La jornada arranca el día posterior a la publicación de La Côte Basque, el capítulo suelto de Plegarias atendidas, en Esquire: Babe iracunda, Bill Paley telefoneando a Capote para decirle que se suicide, y Capote intentándolo, con pastillas que no llega a ingerir porque recibe la llamada de James Baldwin. La serie no explica ni justifica el gesto del novelista afroamericano: simplemente llega, como llegan los amigos que todavía creen en uno. Chris Chalk construye a Baldwin con una inteligencia corporal que evita tanto la hagiografía como la caricatura: su Baldwin es un hombre que ha pensado mucho, que habla con densidad y con humor al mismo tiempo, que no tiene paciencia para la autocompasión pero tampoco la confunde con la debilidad genuina.
El lugar elegido para el encuentro central es La Côte Basque, el mismo restaurante que le da título a su texto publicado en Esquire, lo que tiene una elegancia conceptual que la serie no subraya porque el espacio, tal y como se lo ve, es irrefutablemente vistoso. Ahí Baldwin le dice a Capote que deje de disculparse y que admita lo que hizo. El diálogo no evita la pregunta de rigor: ¿Capote quería lastimar a sus Swan? Quería lastimar a los hombres —los Paley, los maridos adúlteros, los que ejercían el poder— y eligió el modus operandi de las mujeres para hacerlo (el chisme), lo cual es también una forma de traición.
La escena final entre los dos —Capote llorando, Baldwin diciéndole que el libro es su guillotina, su rito de pasaje, su bomba— corre el riesgo del lugar común, y lo roza. Lo que el capítulo sacrifica es a las Swan propiamente dichas, que aparecen en flashbacks breves —crueles con Ann Woodward, terribles con sus hijos, obsesionadas con la vejez— para confirmar lo que Capote le dice a Baldwin: que nadie en esta historia es víctima sin ser también verdugo.
El cierre —Capote contratando a un chef para que le prepare un cisne, para luego comérselo con delectación— es la imagen más fuerte de la serie: Feud trabaja con la alegoría a corazón abierto, y en ese gesto hay algo que se parece al Capote que describe Baldwin: alguien que pone todo sobre la mesa y luego se sienta a comer.​​​​​​​​​​​​​​​​

Si quieres ser escritor, o cualquier persona notada, en realidad, debes darte cuenta de la importancia de lo que se escucha en la siguiente mesa. Gran título, por cierto. Es tuyo, cariño. Es donde está toda la acción si tu mesa es aburrida. Y bien puede que estés en una mesa aburrida en la vida, yo sí simpatizo. Pero dominas el arte de escuchar a quien está justo ahí.

Truman Capote (Tom Hollander) a Kate (la joven aspirante a escritora) en Feud: Capote vs. The Swans

El sexto episodio tiene la virtud accidental de ser el más directo sobre el tema principal de la temporada, que no es la traición de las cisnes sino la obsolescencia de las personas. Estamos en 1978, tres años después de la publicación en Esquire, y tanto Capote como sus Swan comparten la misma condición: son personas que el mundo ha dejado de necesitar. La premisa dramática que organiza el capítulo —la tienda de sombreros que cierra porque nadie compra sombreros, el mostrador de guantes vacío porque nadie usa guantes— es la metáfora más importante de toda la serie. Todo tiene fecha de caducidad: los adminículos de la moda y las personas.
C.Z. Guest (Chloë Sevigny) adquiere en este capítulo más peso que en todos los anteriores. Es la única Swan que mantiene amistad con Capote, y Sevigny hace que esa lealtad parezca simultáneamente generosa y melancólica: C.Z. entiende que la traición y el afecto pueden coexistir. Hay una escena en que llora en silencio en la cocina mientras ve por televisión a Capote borracho en una entrevista, y Sevigny la sostiene dramáticamente, mirando la pantalla.
La trama del demandante Gore Vidal —a quien Capote acusó públicamente de haber manoseado a Jackie Kennedy en una fiesta— introduce un eje jurídico que la serie trabaja de manera tangencial. Baitz y Van Sant no dramatizan el juicio sino sus bordes: Lee Radziwill negándose a testificar a favor de Capote, con un comentario homófobo que C.Z. le transmite tarde y a regañadientes; Capote enterándose de que la hermana de la mujer que más amó no moverá un dedo por él; su abogado aconsejándole que se disculpe con Vidal y que de una vez por todas se ponga a escribir Plegarias atendidas. El episodio usa el pleito no para explorar el feud literario con Vidal —que habría sido terreno fértil— sino para medir hasta dónde se han desgastado los lazos que Capote creía eternos.
La subtrama de Kate —la joven protegida a quien Capote intenta moldear como sustituta de Babe, llevándola a La Côte Basque, enseñándole a escuchar como preparación para escribir— tiene la ambigüedad más interesante del capítulo. Capote le dice que el gran escritor es el que mejor sabe oír, y el guion deja que esa ironía repose sin explotarla: ese hombre que escuchó las confesiones de sus amigas durante tanto tiempo, y que luego las transcribió, es el mismo que instruye a una mujer joven en el arte de guardar los secretos ajenos.
Rick, el fontanero de Palm Springs que Capote arrastra a Nueva York como trofeo, cumple la función de espejo de clase que el episodio necesita: un hombre que habla de aire acondicionado mientras los comensales de La Côte Basque esperan que ofrezca una clase de literatura, y que termina dejando a Capote por una mujer de su entorno. La partida de Rick no destroza a Capote —lo acepta con una ecuanimidad que dice mucho sobre cómo ha aprendido a perder, pero sí lo sacude lo suficiente como para que se siente a escribir (o a simular escribir) un capítulo de Plegarias atendidas.

Rick: ¿Quién es Gore Vidal? 

Truman Capote: Oh, un hackeo sin talento de un escritor que fue expulsado de la Casa Blanca por Robert Kennedy Jr. por insultar a la madre de Jackie, la señora Hugh D. Auchincloss. Y luego tuvo el descaro de tocar a Jackie de manera violenta e inapropiada en el hombro derecho. Estaba borracho.

«Beautiful Babe» es el episodio penúltimo pero funciona como finale: cierra las dos líneas narrativas que la temporada ha sostenido, las de Babe y Capote, y lo hace comprimiéndolas en una sola hora aunque el tiempo real las separe por seis años. La decisión dramatúrgica es discutible en términos de honestidad biográfica, pero convincente en términos emocionales. Baitz y la directora Jennifer Lynch —que toma el relevo de Van Sant en este capítulo— optan por la resonancia simbólica por encima del rigor cronológico, lo que interesa no es la exactitud sino el eco entre dos muertes que la serie ha construido como espejos enfrentados.
La Babe de Naomi Watts en este episodio es la mejor actuación. La serie la ha fotografiado siempre como alguien que administra sus emociones, que gestiona el dolor con la misma meticulosidad con que elige su ropa. Aquí esa contención se rompe por etapas y en direcciones distintas: furiosa con Bill —a quien culpa de sus vicios y de su cáncer y de la frialdad que ha heredado su hija—, melancólica con las Swan cuando pregunta por qué no pudieron reírse de la historia de Capote, publicada por Esquire, como se ríen de las traiciones que se infligen entre ellas, y finalmente en paz, en el sueño donde Truman aparece para acompañarla mientras agoniza en la cama.
La escena del almuerzo donde Babe revela que la fiesta que quiere organizar es su propio servicio fúnebre captura el tono del episodio: una mujer que ha decidido morir con la misma compostura con la que ha vivido, convirtiendo el duelo anticipado en un acto social regulado. Las Swan —Slim, Lee, C.Z.— reciben la noticia con la mezcla exacta de horror y admiración que el personaje merece. Esa escena también es el lugar donde Babe formula la pregunta más importante de la serie: si ellas se han hecho cosas comparables a la infidencia y han seguido juntas, ¿qué las hace diferentes de Capote? La reacción inmediata es el silencio de Slim, que es ya una respuesta.
La secuencia del sueño del moribundo —Babe y Capote cenando, ella viendo un cisne en la bañera, él escribiendo en su diario que era hermosa— roza el límite del sentimentalismo, pero Watts y Hollander tienen suficiente gravitas para sostenerla. El recurso onírico, que en los primeros episodios servía para psicoanálisis barato con el fantasma materno, aquí encuentra por fin una justificación: la agonía como espacio donde los afectos no resueltos se visibilizan. Capote le dice que puede quedarse todo el tiempo que quiera. Es la primera promesa que cumple.
Cuando C.Z. llega a la mañana siguiente a darle la noticia y Capote ya lo sabe; hay algo en el aire, dice, como si estuvieran conectados; el episodio pisa el terreno del sentimentalismo kitsch pese a la sobriedad de Hollander. Lee la oración fúnebre que ha escrito para una ceremonia a la que no lo invitarán, con C.Z. como única oyente. El parlamento, que Baitz escribe con la cadencia de Capote —alusivo, preciso, incapaz de no ser literario incluso en un momento social de dolor—, es el mejor parlamento de la temporada. Termina con el escritor diciendo que no puede llorar a Babe porque siente que todavía puede hablarle.
El funeral cierra con la imagen de Slim, Lee y C.Z. intentando organizar un almuerzo para la semana siguiente y fracasando, porque Babe era quien coordinaba ese tipo de reuniones. La cohesión del grupo era, en verdad, el trabajo invisible de una sola persona, y nadie lo supo hasta que ella murió. El capítulo termina en 1984, con Capote muriendo en casa de Joanne Carson, llamando a su madre, y sus últimas palabras: «Babe hermosa», frase que da nombre al episodio.​​​​​​​​​​​​

The New York of the plays, the movies, the books; the New York of The New Yorker and Vanity Fair and Vogue. It was a beacon, a spire, a beacon on top of a spire. A light, always glowing from afar, visible even from the cornfields of Iowa, the foothills of the Dakotas, the deserts of California. The swamps of Louisiana. Beckoning, always beckoning. Summoning the discontented, seducing the dreamers. Those whose blood ran too hot, and too quickly, causing them to look about at their placid families, their staid neighbors, the graves of their slumbering ancestors and say— I’m different. I’m special. I’m more. They all came to New York.
― Melanie Benjamin, The Swans of 5th Avenue

El último capítulo, «Phantasm Forgiveness», ensaya un salto hacia atrás —1984, los meses previos a la muerte de Capote— que propone reencuadrar todo lo anterior como el proceso de un escritor que busca en la ficción lo que la vida le negó.
Estamos con Capote en el último tramo: visita la tumba de Babe, se arrima a la lápida con la familiaridad de quien lleva años haciéndolo, le pregunta si el otro lado es más frío que este. Hollander hace que el gesto resulte simultáneamente ridículo y verosímil, que es el equilibrio que el personaje requiere. Luego visita a Jack Dunphy (Joe Mantello), que tiene pareja nueva y que lo deja entrar solo porque el novio joven reconoce al famoso y quiere conocerlo. Capote le dice a Jack que Plegarias atendidas será su disculpa —ficcionalizada, claro—, que el corazón está construido para perdonar, que lo sabe porque Jack lo dejó entrar a cenar después de todo. Jack le responde que las Swan no lo perdonarán. Es la última conversación que la serie le permite a los dos, y Mantello la sostiene con la misma actitud opaca que ha tenido durante toda la temporada.
Lo que sigue es la parte más arriesgada del episodio: Capote escribe los capítulos pendientes de Plegarias atendidas y la serie los dramatiza como visiones, como fantasmas que le visitan en el escritorio. El narrador-alter ego P.B. Jones —personaje establecido en la novela— aparece para encontrarse con las Swan y ofrecerles versiones ficticias de sí mismas más positivas. P.B. escribe una memoria literaria, la convierte en escritora celebrada, y juntos envenenan al marido homosexual que la humilla. El tono oscila entre el delirio onírico, la parodia y la autopsia sentimental, y la serie no consigue estabilizarlo: unas escenas huelen a American Horror Story de temporadas tardías; otras tienen la densidad extraña de la alucinación genuina.
Jessica Lange vuelve como la madre muerta —Lillie Mae— y vuelve a ser el punto más débil del dispositivo narrativo. Baitz la usa como contrapeso psicológico: Lillie empuja a Capote a escribir sobre su propio suicidio, sobre el origen de todo el odio que estructuró su relación con las mujeres ricas, sobre el «Cisne Negro» (el mismo Capote) que nunca pudo ser parte de esa alta sociedad. La madre explicándole al hijo la realidad sigue siendo la apuesta más perezosa de toda la temporada; aquí, en el episodio de cierre, esa pereza resulta más visible porque la serie debía haber alcanzado ya una comprensión del personaje sin necesidad del fantasma tutelar.
La imagen que organiza el final —Capote rociando de gasolina la caja con el manuscrito de Plegarias atendidas y quemándola junto a la tumba de Babe— es la más lograda visualmente de la serie porque condensa en un gesto la elección entre el libro y el alma, entre la obra y el perdón, entre el artista y el hombre. Es también la menos lograda conceptualmente porque la serie la propone como respuesta a una pregunta que no ha formulado con suficiente rigor: ¿Capote destruyó el manuscrito porque eligió perdonarse, o porque entendió que la obra ya estaba envenenada desde su origen? La diferencia importa, y el episodio la borra con fuego.
Lo que sí funciona, y de manera inesperada, es la escena del remate de la serie: Capote muere en California, en casa de Joanne Carson, y Jack llama para preguntar si hay algo del manuscrito que pueda salvarse. No es una pregunta sentimental; es una pregunta de escritor que sabe que los papeles de un muerto tienen vida propia. El dato final —el manuscrito de Plegarias atendidas nunca fue encontrado— aparece en pantalla como una nota al margen que la serie convierte en epitafio. Toda la temporada ha girado en torno a un libro que no existe como objeto y que, sin embargo, lo explica todo: la traición, el exilio, el alcoholismo, la muerte. El texto sigue siendo un fantasma —literalmente inencontrable— y esa es la única conclusión que la serie no necesitaba inventar.
«Phantasm Forgiveness» termina siendo un episodio de más. La temporada ya había cerrado en el capítulo 7. Pero en ese exceso hay algo característico del propio Capote: la incapacidad de cerrar, la compulsión de agregar una escena más, un chisme más, una explicación que nadie pidió y que sin embargo no puede callarse. Hay algo apropiado en el hecho de que la serie que lo retrata cometa el mismo pecado.

La serie que acabamos de sumariar propone, no siempre con consciencia plena de lo que está proponiendo, una imagen bastante sombría del proceso creativo: el genio literario como forma de parasitismo afectivo. Capote no inventa; extrae. Su materia prima son las confidencias de personas que lo quieren, y su método consiste en convertir la intimidad ajena en espectáculo propio. Esa ecuación está en el centro de toda la serie: el escritor necesita acceso emocional a las vidas de otros, y ese privilegio tiene un precio que generalmente pagan quienes lo otorgan.

La serie no muestra las relaciones contractuales de Capote con la editorial Random House. Firmó contrato en enero de 1966 por cuarto de millón de dólares de adelanto en regalías para escribir Plegarias atendidas. Dos semanas después de la firma de ese contrato se publica A sangre fría que vendió 300.000 ejemplares y estuvo nueve meses en la lista del New York Times de los libros más vendidos. Capote no entregó la novela. Pasaron los años. Estuvo atontado por el vértigo de las entrevistas, fiestas y reportajes periodísticos. El contrato original fue reemplazado por otro que obligaba a Capote a entregar tres libros en 1973. Este nuevo contrato se pospuso hasta 1974. Nueva firma, nuevo contrato, el adelanto económico se incrementa. Meses más tarde el contrato se volvió a reescribir para poner 1977 como fecha de entrega. Más adelante se volvió a modificar el contrato: el libro debía entregarse en 1981 con la cláusula de un millón de dólares por obra cierta. En estos años de procrastinación Capote publicó libros que eran refritos de cosas ya publicadas por él en el pasado. Para más información hay que leer el prólogo que Joseph M. Fox le escribió a Plegarias atendidas en 1987. De ese prefacio he tomado estos datos valiosos.

En el prefacio del cuentario Música para camaleones (1980), Capote cuenta de manera detallada lo que estaba viviendo en la época de la escritura de Plegarias atendidas. Transcribo lo que él confesó y que no necesariamente está en la serie de Ryan Murphy: «No obstante, dejé de trabajar en Answered Prayers en septiembre de 1977, hecho que no tiene nada que ver con ninguna reacción pública a las partes ya publicadas del libro. La interrupción ocurrió porque yo me encontraba ante un tremendo montón de problemas: sufría una crisis creativa, y, al mismo tiempo, personal. Como la última no tenía relación, o muy poca, con la primera, solo es necesario aludir al caos creativo. Ahora, a pesar de que fue un tormento, me alegro de que ocurriese; en el fondo, modificó enteramente mi concepción de la escritura, mi actitud hacia el arte y la vida y el equilibrio entre ambas cocas, y mi comprensión de la diferencia entre lo verdadero y lo que es realmente cierto.». La crisis creativa brilla por su ausencia en la serie quizá porque no existía tal crisis. El serial nos explica que estamos ante un escritor que tiene su vida sentimental patas arriba y que está atontado por la fama. La explicación que hace Capote de su caos creativo también está ausente de la serie: «La respuesta, que se me reveló tras meses de meditación, era sencilla, pero no muy satisfactoria. En verdad, no hizo nada para disminuir mi depresión; de hecho, la aumentó. Porque la respuesta creaba un problema en apariencia insoluble, y si no podía resolverlo, más valdría que dejase de escribir. El problema era: ¿cómo puede un escritor combinar con éxito en una sola estructura —digamos el relato breve— todo lo que sabe acerca de todas las demás formas literarias? Pues esa era la razón por la que mi trabajo a menudo resultaba insuficientemente iluminado; había fuerza, pero al ajustarme a los procedimientos de la forma en que trabajaba, no utilizaba todo lo que sabia acerca de la escritura: todo lo que había aprendido de guiones cinematográficos, comedias, reportaje, poesía, relato breve, novela corta, novela. Un escritor debería tener todos sus colores y capacidades disponibles en la misma paleta para mezclarlos y, en casos apropiados, para aplicarlos simultáneamente. Pero ¿cómo?» Dejo en suspenso la pregunta de Capote para señalar cuan artificiosa es la argumentación del novelista. Los tres capítulos publicados en Plegarias atendidas (el cuarto, «Mojave», fue a parar como una pieza más de Música para camaleones) no muestran en lo absoluto esa paleta donde están todos los colores y técnicas disponibles para el narrador. Capote se ha inventado un problema para no escribir y una solución que nunca aplicó.


Lo que la serie sí muestra es que el espíritu extractivista de Capote no es necesariamente cínico en su origen. El novelista quiere a las Swan, las escucha, les devuelve algo: la sensación de ser vistas con una atención que sus maridos nunca ofrecerán. El problema es que el escritor y el amigo son la misma persona, y cuando ambos se sientan ante la máquina de escribir no pueden desactivar al novelista para que opere el que mecanografía. Baldwin se lo dice en el quinto episodio: lo que Capote escribió en «La Côte Basque» es verdadero y es cruel, y ambas cosas son inseparables. Lo que la serie no dice es que el novelista publicó tres episodios adicionales de su novela inédita en la revista Esquire: Mojave (junio de 1975), Monstruos perfectos (mayo de 1976) y Kate McCloud (diciembre de 1976). La novela inacabada fue publicada en Inglaterra en 1986 y en Estados Unidos en 1987 con únicamente tres capítulos (como ya lo hemos dicho en el anterior párrafo, «Mojave» se eliminó).
Hay otro eje que la serie roza pero no desarrolla con suficiencia: la relación entre el bloqueo creativo y la vida social. Capote pasa años sin escribir mientras es famoso, mientras es el mejor anfitrión de Nueva York, mientras perfecciona su «persona» —como él mismo se lo dice a Kate en el sexto episodio— hasta convertirla en su verdadera obra. Baldwin lo diagnostica: ha desperdiciado los diez años posteriores a A sangre fría siendo Truman Capote en lugar de escribir. Eso sugiere que el proceso creativo genuino requiere una soledad o una tensión con el mundo que la integración social disuelve. El escritor necesita derribar la realidad, no fundirse con ella.
La paradoja más importante que la serie plantea, sin resolverla, es que el libro que destruyó todas las amistades de Capote es (nunca lo sabremos) el único trabajo que pudo haber estado a la altura de A sangre fría. Baldwin lo llama guillotina, rito de pasaje, bomba… El acto de traición y el acto creativo son el mismo gesto. La serie se pregunta si existe una forma de escritura verdaderamente ambiciosa que no exija ese tipo de dualidad, y la respuesta que construye, a lo largo de ocho episodios, es que Capote al menos no encontró otra forma de crear que destruyendo.
Lo que queda fuera de la discusión, y esa es la limitación real de la serie, es la ausencia de una lucha con el lenguaje: nunca vemos a Capote escribiendo de verdad, eligiendo una palabra sobre otra, reescribiendo, dudando sobre la forma, o simplemente leyendo que es lo que hacemos todos los escritores. La clarividencia que demuestra en el prefacio de Música para camaleones brilla por su ausencia. La creación literaria aparece siempre como resultado de una condición emocional —el trauma materno, el amor por Babe, la rabia contra los maridos adúlteros— y nunca como un oficio. Eso empobrece la imagen del proceso creativo porque lo reduce a psicología barata con las apariciones fantasmales de la madre y lo separa del lenguaje, que es donde el genio literario realmente reside y donde ninguna serie de televisión ha podido acceder todavía​​​​​​​​​​​​​​​​.

Michael (2026), de Antoine Fuqua, se estrena dedicada a Tito Jackson, según puede leerse en los créditos finales. El gesto es revelador: el filme no pertenece al cine sino a la familia Jackson, y esa pertenencia es condenatoria. Jackie, Jermaine, Tito, Marlon y La Toya figuran como productores ejecutivos. El logo de Optimum Productions —la antigua compañía de Michael Jackson— aparece en los créditos iniciales y delata las intenciones antes de la primera escena. Lo que sigue es una hagiografía corporativa con coreografía.
La historia cubre el arco narrativo desde el niño Michael en Gary, Indiana, hasta el concierto en el estadio de Wembley en 1988, durante la gira de Bad. El guion de John Logan sigue el período de los Jackson 5 en los años sesenta hasta la primera etapa de la carrera solista. Ese recorte cronológico es cuestionable: fuera del encuadre queda cualquier episodio que pueda ensombrecer la leyenda. El resultado es una película que, en lugar de explorar a su personaje, lo custodia.
Jaafar Jackson —hijo de Jermaine, sobrino del homenajeado— conoce a la perfección los pasos, la postura, el gesto… Tanto el niño Michael que interpreta Juliano Krue Valdi como el adulto que encarna Jaafar son artistas talentosos físicamente, pero incurren en el lypsinch en cada número musical en el que aparecen. Este detalle técnico, en una película sobre uno de los cantantes más celebrados de la historia, se convierte en la metáfora exacta del proyecto. Jaafar sabe moverse como Michael, pero a diferencia de Rami Malek (Bohemian Rhapsody), Austin Butler (Elvis) y Taron Egerton (Rocket Man), el sobrino nunca será el tío.
Los números musicales son desproporcionadamente extensos. Cada canción se convierte en un videoclip autónomo que pone en pausa lo que resta de relato. Michael es una insoportable playlist que no concreta una historia. La yuxtaposición de estas secuencias —impecables en su factura técnica, vacías en su función dramática— revela el propósito del filme: no indagar en el hombre sino exhibir al artista, con el catálogo intacto y el archivo protegido.
Tampoco aparece un solo coreógrafo. La película proyecta la idea de que Michael Jackson inventó sus pasos de manera espontánea, casi sobrenatural, sin mediaciones ni colaboradores, apenas una referencia a Fred Astaire y otra a Gene Kelly, enseñándonos un clip (dentro de una TV) de Singing in the Rain. La ridícula escena donde reúne a pandilleros rivales en un almacén para trabajar la coreografía de “Beat It” es la más cercana que el filme está de reconocer que Jackson participaba en procesos creativos colectivos, pero incluso allí Michael es el centro absoluto, el origen de todo movimiento coreográfico.
El filme incluye a la mayoría de los miembros de la familia: la madre Katherine, el padre Joseph, la hermana La Toya, y los hermanos originales de los Jackson 5. Janet, sin embargo, no aparece pese a haber tenido una relación cercana con Michael. Según la propia La Toya, Janet fue invitada y “amablemente declinó”. La ausencia de Janet no es un accidente de producción: es una declaración de intenciones sobre qué versión de la familia se quiere mostrar.
Lo mismo ocurre con el vitiligo. El filme menciona que Jackson padecía este mal cutáneo y que lo ocultaba con maquillaje y guantes, pero se lo trata como una tragedia menor. El filme atribuye a la enfermedad todo el aclaramiento de la piel, sin detenerse en la complejidad de lo que eso significó para su imagen pública y su identidad. El tema merece una película entera; aquí ocupa un par de diálogos. Todo es de falsa solución narrativa en el filme: Michael consigue un contrato discográfico, encabeza una lista de éxitos, gana premios y luego se presenta públicamente. La hagiografía no admite tropiezos reales. Admite solamente al padre abusivo como obstáculo narrativo conveniente, superado con elegancia coreográfica.
En este contexto de canonización sistemática, Coleman Domingo construye a Joseph Jackson como el único personaje que parece tener interioridad, contradicciones, peso específico… Domingo transmite una agresividad contenida en cada escena en la que aparece. Es el padre dominante y abusivo, sí, pero el actor le imprime matices que el guion no siempre merece. El villano es el único personaje tridimensional de la película y para que Michael brille como santo, alguien tiene que arder como demonio, y Domingo acepta ese trabajo proyectando una peligrosidad tal que el guion no siempre garantiza cuando va a explotar.
Michael termina siendo culpable del mismo pecado que le atribuye a su villano: despoja al sujeto biográfíco de su humanidad completa —lo bueno, lo malo y lo ambiguo— para preservarlo como una mercancía vacía, inmóvil y explotable. Los hermanos que custodian el legado también controlan el relato: desde el niño prodigio de Gary hasta el concierto en Wembley, la película traza una línea ascendente sin sombras, una carrera que el guion describe como inevitablemente predestinada. Si alguien quiere conocer bien al artista y su proceso creativo tiene que ver This is It (2009) que contiene todos los ensayos de la gira que nunca pudo comenzar porque le llegó la muerte. Ese documental es hasta ahora la palabra definitiva sobre quién fue el autor de Thriller (1982), el álbum más vendido de la historia de la música.
Fuqua, un director capaz cuando trabaja con materiales que le permiten tensión real, entrega aquí un producto aprobado por los miembros titulares del patrimonio, calibrado para no ofender a ningún heredero, construido para agradar a los feligreses. El director de Training Day (2001), The Equalizer (2014, 2018 y 2023) y el remake de The Magnificent Seven (2018) ha hecho una película que no es sobre Michael Jackson aunque el título intente engañarnos. Es la versión del Rey del Pop que su familia quiere que exista. Que esa versión esté dedicada a Tito es coherente. Que se estrene como si fuera cine… ese es el verdadero fraude.​​​​​​​​​​​​​​​​

And if the elevator tries to Bring you Down, go crazy, punch a higher floor

Prince Rogers Nelson (1958-2016) fue encontrado muerto un 21 de abril en un ascensor de Paisley Park, su estudio y residencia en Chanhassen, Minnesota. El motivo de su deceso fue una sobredosis de analgésicos. Era de dominio público su adicción a los opiáceos por los constantes traumas que sufrían sus rodillas. El artista usaba zapatos de tacón todo el tiempo para disimular su metro con cincuenta y siete centímetros de alto: lo pagó caro en sus articulaciones que nunca dejaron de dolerle. La grandeza de Prince estaba en su música, no en su estatura: en su actuación del Super Bowl de 2007, su solo de guitarra eléctrica en «While my guitar gently weeps» en la inducción de George Harrison en el Salón de la Fama del 2004, su versión de «Creep» de Radiohead en el Festival Coachella en el año 2008, su dueto con Beyoncé en los Grammys del 2004, o su musical Sign o´ the Times que vi recientemente en el IMAX de Supercines…


En su álbum debut, For You (1978), se encargó de la producción, los arreglos y la ejecución de los 27 instrumentos que se escuchan en el disco. Tenía veinte años. Lo que para otro músico habría sido un ejercicio de virtuosismo exhibicionista, en Prince era simplemente el punto de partida: la demostración de no necesitar a nadie para construir un mundo sonoro completo. A partir de ese gesto fundacional, todo lo que vino 40 álbumes después —Dirty Mind, Controversy, 1999, Purple Rain, Sign o’ the Times, Lovesexy— fue la expansión sistemática de ese universo.


Su Púrpura Majestad fue el creador del “Minneapolis Sound”, una mezcla de sintetizadores, funk y guitarras de rock que desafió la segregación racial de las radios estadounidenses. Esa categoría, acuñada por la industria para poder nombrar algo que no cabía en ninguna etiqueta conceptual, tenía un mensaje muy claro: un músico negro tocaba la guitarra eléctrica como un heredero de Jimi Hendrix, escribía canciones de una sexualidad explícita que las emisoras blancas tardaban en programar, y vendió 100 millones de discos pese a todo.

Esa misma lógica de clasificación fracasó cuando intentó aplicarse a su cuerpo y a su identidad. Prince llegó a los escenarios con tacones de aguja, lencería visible, delineador y trajes que desafiaban cualquier código de género sin que eso pareciera un gesto calculado de provocación, sino la expresión natural de alguien que simplemente no reconocía esa frontera. En «I Would Die 4 U» (fíjense en el uso del número cuatro y la última vocal solitaria en uno de sus usuales juegos tipográficos que eran parte de su subversión) cantó: «I’m not a woman / I´m not a man / I’m something that you’ll never understand». La declaración no era una broma ni un manifiesto: era una descripción precisa. Prince operaba fuera de las categorías binarias en un momento (el orwelliano 1984) en que la cultura popular apenas comenzaba a interrogarlas, y lo hacía sin el lenguaje político que vendría después, sin teoría de género ni reivindicación identitaria explícita, solo con la autoridad de quien construye una imagen tan coherente que vuelve irrelevante cualquier etiqueta externa. Su ambigüedad no era confusión sino soberanía: la de un artista que decidió que tanto su cuerpo como su música, no le debía una interpretación precisa a nadie.


Lo que la etiqueta del «Minneapolis Sound» no podía contener era la amplitud real de su vocabulario musical. Prince no era un artista de género sino un músico que usaba los géneros como material de bricolaje. Del R&B heredó la tradición de James Brown y Sly Stone y la llevó hacia territorios más oscuros y ambiguos; en el funk desmanteló la rigidez del beat y lo volvió sinuoso, asimétrico, capaz de cargarse de melancolía sin perder el impulso físico. Su guitarra eléctrica en “Let’s Go Crazy” o en la versión extendida de “When Doves Cry” tiene la ferocidad del hard rock y el impromptu del jazz; en el solo de guitarra de “Purple Rain” hay algo que remite tanto a Hendrix como a las baladas del rock progresivo de los años setenta, a Yes o a Led Zeppelin, en esa capacidad de construir una arquitectura emocional sostenida sobre un único instrumento. La música electrónica la incorporó desde los primeros discos, cuando los sintetizadores Linn LM-1 y Oberheim OB-Xa no eran herramientas corrientes sino instrumentos de vanguardia que él aprendió a programar con la misma obsesión con que afinaba una guitarra. En Around the World in a Day (1985) hay psicodelia y arreglos de cuerda que remiten a la música de cámara; en The Black Album (1987), grabado y retirado antes de su distribución masiva, hay proto-techno y aproximaciones al rap que anticipan lo que bandas de Detroit y Chicago estaban construyendo en los sótanos. Dos ejemplos del Prince rapero son las gemas «The Pope» y «Sexy M.F.» que constan en el álbum The B-sides (1993). Llegó a componer para orquesta y a trabajar con arreglistas de formación clásica. El valse «Venus de Milo» que consta en su álbum Parade (1986) es una muestra de lo mejor de su fascinación por la música clasicista.

No existía una frontera estilística que Prince respetara porque no existía ninguna que le resultara útil. En 1984, “Darling Nikki”, incluida en la banda sonora de Purple Rain, llegó a oídos de Tipper Gore, esposa del entonces senador Al Gore, quien escuchó la canción en el tocadiscos de su hija de once años y decidió que aquella letra —una mujer masturbándose en el vestíbulo de un hotel— era una amenaza suficiente como para organizarse en contra del príncipe de Minneapolis. Ella fundó junto a otras esposas de congresistas el Parents Music Resource Center y presionó al Senado para convocar, en septiembre de 1985, una serie de audiencias en las que Frank Zappa, John Denver y Dee Snider (el de «Come On Feel the Noise») comparecieron frente a la cruzada moralista.

El resultado de toda esta bullanguería fue el sellito gris «Parental Advisory: Explicit Content», que la Recording Industry Association of America adoptó ese mismo año y que desde entonces ha figurado en millones de discos en todo el mundo. Prince fue, en la práctica, el detonante de ese sistema de advertencia que la industria terminó convirtiendo en marketing: el sello que nació para proteger a los menores funcionó durante décadas como imán de ventas para adolescentes. La ironía es perfecta y Prince de seguro la apreció: el intento de silenciarlo produjo esa pequeña etiqueta que lleva su nombre invisible en la esquina de cada caja de CD.

Su vínculo con el cine fue breve pero marcó época. Purple Rain (1984), dirigida por Albert Magnoli, fue concebida como una película autobiográfica en la que Prince interpretaba a un músico en conflicto con su padre, su banda y su propio talento, y en la que la distancia entre el personaje y el actor principal era tan pequeña que resultaba difícil establecerla. El filme recaudó más de 68 millones de dólares con un presupuesto de apenas siete, ganó el Óscar a la mejor canción de una película y convirtió la interpretación de “Baby I’m a Star” y “Purple Rain” en dos de los momentos más intensos del cine musical de los ochenta. Años después, Under the Cherry Moon (1986) y Graffiti Bridge (1990) fueron películas recibidas con frialdad crítica, pero en ambas Prince insistió en el control total: escribió, dirigió, actuó y compuso la música. Quizá su más grande mérito fue el haber descubierto a una joven británica de veintiséis años, llamada Kristin Scott Thomas, que compartió marquesina con él en Under the Cherry Moon. Sin Prince quizá no existiría la heroína de El paciente inglés. Así, al menos ella lo ha reconocido en algunas entrevistas recientes.

El fracaso comercial de todas esas películas no borró lo que había demostrado en Purple Rain: que podía usar la pantalla como extensión del escenario, y que su presencia física —ese cuerpo diminuto, esa mirada de intensidad calculada— funcionaba en términos cinematográficos con la misma eficacia que en los conciertos. En 1989, Tim Burton lo convocó para la banda sonora de Batman (él hizo las canciones y Danny Elfman la música incidental), y el resultado fue un álbum que coexistió en las marquesinas con la película sin subordinarse a ella: Prince no ilustró el filme de Burton sino que le opuso su propio universo, y “Batdance” llegó al número uno de las listas estadounidenses sin tener mucho que ver con el blockbuster al que supuestamente acompañaba.


Prince construyó también una industria paralela hecha de músicos a quienes descubrió, produjo y lanzó desde su mansión-estudio en Paisley Park. Morris Day y The Time fueron, en los años de Purple Rain, la mejor banda de funk de Minneapolis y también la más clara prueba de que Prince podía ceder talento sin perder terreno: les escribió canciones, les dio identidad escénica y los convirtió en sus propios rivales ficticios dentro de la película. Sheila Escovedo, percusionista y cantante, grabó con él The Glamorous Life (1984) y “A Love Bizarre”, desarrollando una carrera que difícilmente habría tenido la misma envergadura sin ese respaldo. Apollonia Kotero pasó de actriz de Purple Rain a líder de Apollonia 6, un trío que Prince produjo y vistió con su estética característica. The Bangles grabaron “Manic Monday” (1986), que Prince compuso bajo el seudónimo Christopher Tracy y que llegó a convertirse en uno de los grandes éxitos del grupo sin que casi nadie supiera, en el momento, quién estaba detrás. Sinead O’Connor grabó “Nothing Compares 2 U” en 1990, una canción que Prince había compuesto en 1985 para The Family y que en la voz de la cantante irlandesa se convirtió en uno de los sencillos más vendidos del año; Prince nunca ocultó su incomodidad con la versión, pero eso no alteró el estatus legendario de la melodía. Hay casos más singulares: produjo el álbum debut de Carmen Electra en 1993, cuando ella tenía veintidós años y antes de que la televisión la convirtiera en un mito erótico; y Kim Basinger, en el año del Batman de Burton, grabó con él “The Scandalous Sex Suite”, un dueto que circuló como cara B y como curiosidad le compuso un álbum entero a la futura señora Baldwin que nunca fue publicado pero que se puede escuchar completo en YouTube: todo esto no debe entenderse como un gesto generoso sino como una extensión de su propio mundo, donde todos los artistas que entraban terminaban hablando, de algún modo, su idioma.


La relación de Prince con la industria musical fue una guerra permanente y documentada. A mediados de los noventa cambió su nombre por un símbolo impronunciable para poder liberarse de su contrato con Warner Bros., y así recuperar la propiedad de sus grabaciones originales, sentando un precedente sobre los derechos de propiedad intelectual que Taylor Swift y otros artistas aún invocan. Fue de los primeros en comprender que el músico que cede el máster de sus canciones cede también su historia. La lección le llegó tarde a muchos; él la conocía desde los años en que trasnochaba en los estudios de sonido.


Sus herederos publicaron hoy en Internet una grabación inédita de “With This Tear”, una balada que Prince compuso, produjo e interpretó en Paisley Park, en noviembre de 1991, y que en su momento se la cedió a Céline Dion. El gesto no deja de ser simbólico: incluso la canción que le regaló a otra voz resultó ser una obra mayor. El material, que aún se conserva en los archivos de Paisley Park, de cuya riqueza dan cuenta también demos inéditos como la colaboración de los años noventa, «Baby Doll», con Kylie Minogue, recién aparecida en 2024, que sugiere que Prince seguirá publicando más discos durante décadas. Será, como tantos otros aspectos de su figura, una anomalía de la Matrix musical: el artista que murió y siguió siendo más prolífico que la mayoría de los vivos. Es curioso que en vida el artista fue muy celoso con todo lo que se colgaba sobre él en la esfera virtual. No podías subir nada de él porque sus abogados lo removían de Internet. Después de su muerte abundan en redes fragmentos de sus conciertos y entrevistas.


Diez años después la figura de Prince Rogers Nelson sigue conectando con generaciones que ni siquiera habían nacido cuando él dominaba las listas de Billboard. Ese aire de actualidad de su música no se explica en términos de nostalgia, que es siempre un mecanismo de simplificación, se traduce más bien en lo siguiente: Prince grabó música que todavía no ha terminado de ser escuchada, porque construyó un lenguaje propio que ningún sucesor ha logrado retomar con la misma fluidez, y porque en cada escucha que hacemos de “When Doves Cry”, “Little Red Corvette” o “Raspberry Beret” hay algo que resiste el paso del tiempo y mantiene su capacidad de sorprender. Eso, en música pop, es lo más difícil de alcanzar y de conservar. Prince lo alcanzó desde el primer disco y lo mantuvo hasta el final.​​​​​​​​​​​​​​​​ Por eso siempre lo veremos en la Lluvia Púrpura.

La hoguera de las vanidades —el ambicioso naufragio de Brian De Palma—la vi en un cartucho de VHS, alquilado en un local de la Víctor Emilio Estrada, donde ahora queda un centro de fotocopiado llamado Chacón. El filme se estrenó en diciembre de 1990 con 47 millones de dólares de presupuesto, un reparto de tres estrellas en pleno apogeo y la novela de Tom Wolfe como materia prima: ese retrato corrosivo del Nueva York de los ochenta donde un broker de Wall Street llamado Sherman McCoy (Tom Hanks), convencido de ser el amo del universo, conduce con su amante por callejas oscuras del Bronx y termina destrozando su vida perfecta al atropellar a un joven negro. Los críticos la destruyeron. El público le dio la espalda. Tom Hanks reconoció el fracaso públicamente. Morgan Freeman declaró, años después, que había sido como un avión que se estrechó después de una serie de desafortunados accidentes.

Antes de entrar en materia, pasemos revista a una serie de datos que permitirán entender mejor el filme y su original literario. En 1973, Wolfe publicó The New Journalism, el libro en que sistematizó una forma de escritura que ya practicaba desde los años sesenta y que había bautizado él mismo con la categoría de Nuevo Periodismo. Su diagnóstico de partida era categórico: la novela norteamericana estaba muerta, no por falta de talento sino por exceso de abstracción. Había caído, escribió, ante una revolución patética: la colonización de la ficción estadounidense por parte del formalismo europeo, era el triunfo de los movimientos avant-garde. Una novela no debería ser esclava de un ismo, decía el tío Tom. Una novela debería ser una cosa caliente que se sostiene en la mano, que obliga a seguir leyendo, no por decreto del autor sino por el rapto del lector que necesita saber qué ocurre a continuación. Lo que faltaba, siempre según él, en la ficción contemporánea eran cosas concretas: construcción escena por escena, diálogo realista que situara a los personajes dentro de un orden social, vida interior que hiciera de la trama algo más que una secuencia de hechos. Sin esas tres cosas, Anna Karenina sería una telenovela. Pero, sobre todo, faltaba lo que Wolfe llamaba realismo en el sentido más físico y callejero del término: autores dispuestos a salir a la calle, a vivir entre la gente que describían, a recoger lo que Stendhal llamaba petits faits vrais, los pequeños hechos verdaderos, el aquí y el ahora. A partir de este razonamiento, no habría Las uvas de la ira sin que Steinbeck hubiera ido a vivir en los campamentos de migrantes. No habría Balzac, ni Dickens, ni Zola, ni Tolstoi, ni Twain sin esa voluntad de meterse en el mundo y ensuciarse. Los novelistas que Wolfe admiraba, escribió, “se burlaban, atacaban, desnudaban a la sociedad que los rodeaba, pero siempre como miembros de ella.” El Nuevo Periodismo fue su respuesta práctica a esa carencia: Thompson, Didion, Talese, Capote y el propio Wolfe demostraron que el reportaje podía tener voz autoral, ritmo de novela y temperatura emocional sin renunciar a la verificación periodística. Era ficción hecha con hechos, o hechos escritos como ficción. La hoguera de las vanidades fue el intento de Wolfe de llevar esa convicción hasta su consecuencia lógica: si los novelistas de su tiempo se negaban a salir a la calle, él escribiría la novela total desde el periodismo, recorriendo la fiscalía del Bronx, los salones de Park Avenue y las callejas de Harlem con el mismo instinto reporteril con que había cubierto el programa espacial de la NASA o las carreras de autos. El resultado (para quienes lo hemos leído en inglés) es un libro que suena como Nueva York porque su autor fue a escucharla.

Para escribir la novela, Wolfe hizo lo que siempre había hecho: salió a observar. Caminó por Central Park, recorrió Wall Street, tomó el metro por el South Bronx con su metabolismo de reportero activo. En la versión original publicada en Rolling Stone, el protagonista no era un broker sino un periodista, lo cual revela hasta qué punto Wolfe se identificaba con su propia metodología más que con su materia. Cuanto más tiempo pasaba en la calle, más convencido estaba de que su diagnóstico sobre el género novelesco era correcto: la historia que uno quiere contar siempre tiene menos que la historia que en realidad está ocurriendo delante. Ese estado de observación abierta —sin defensas, sin agenda previa, dispuesto a recibir lo que hay— era para Wolfe la condición necesaria de cualquier escritura que valiera la pena. Tenía, sin embargo, sus puntos ciegos. En el vagón del South Bronx se fijó en uno de los pocos blancos que viajaban: un broker de Wall Street que conocía de antes, camino al tribunal, nervioso en el Nueva York de Bernie Goetz, el afamado Vigilante del Metro, quien disparó en los años noventa contra cuatro jóvenes afroamericanos que intentaron pedirle dinero. Ese hombre se convirtió en Sherman McCoy. Wolfe describía a los blancos desde adentro y raramente entraba con igual convicción en la perspectiva de un personaje de color; tampoco hay en el libro una voz femenina que funcione como centro de gravedad. Y aunque proclamó que quería contar la historia de toda Nueva York, su novela captura con precisión los extremos —los más ricos versus los más pobres— pero deja fuera a las clases medias que sostienen la mayor parte de la ciudad. Son las limitaciones de un observador que, pese a todo, seguía siendo un outsider viviendo entre sus sujetos: suficientemente cerca para verlos con nitidez, suficientemente lejos para no terminar de entenderlos del todo.

La novela llegó precedida de una reputación única. Wolfe llevaba décadas haciendo el periodismo que lo había vuelto tan popular. Desde Ernest Hemingway ningún periodista-escritor gozó de tanta celebridad. Pero no todos los querían. El crítico Joseph Epstein describió su prosa como “barroco de escopeta, a veces rozando el rococó de ametralladora”, una caracterización que quien haya leído su célebre artículo sobre Las Vegas —que abre repitiendo la palabra “hernia” cincuenta y siete veces— encontrará completamente exacta. No hablaremos del exceso de signos de admiración o de puntos suspensivos. Wolfe quería escribir una novela desde hacía tiempo: quería contar todo lo que veía en sus incursiones periodísticas, todo sobre cómo sonaba al hablar la gente, todo sobre cómo se sentía la ciudad. Tenía los ojos puestos en el Nueva York de los ochenta, esa década de codicia y euforia financiera, y pensaba que alguien escribiría inevitablemente la gran novela sobre ese momento —una obra magna al estilo de Vanity Fair de William H. Thackeray, que capturara los sistemas de ambición, envidia y obsesión de estatus que hacían vibrar a la ciudad— antes de que él se decidiera a hacerlo. Nadie lo hizo. Terminó The Right Stuff (sobre el primer programa espacial de la NASA) y, agotado, se sentó a escribir La hoguera de las vanidades. El punto de partida era una imagen: Sherman McCoy en su Mercedes, la amante en el asiento del copiloto, contemplando Manhattan desde lejos. Esa visión —la ciudad como Roma, como París, como Londres del siglo XX, como roca magnética hacia la que convergen todos los que insisten en estar donde ocurren las cosas— fue el primer impulso del libro. Wolfe le propuso a Jann Wenner, editor de Rolling Stone, publicarlo como folletín dickensiano, un capítulo cada dos semanas. Así apareció entre el verano de 1984 y el verano de 1985 como un relato desmesurado, ultra energético, pirotécnico, que recorría espacios como la fiscalía del Bronx, un club en Long Island, un apartamento en Park Avenue y la oficina de un pastor en Harlem. El sello Farrar, Straus and Giroux lo publicó como novela en 1987 con revisiones sustanciales y el libro permaneció cincuenta y seis semanas en la lista de los más vendidos del New York Times.

El éxito convirtió a Wolfe en blanco fácil. No fueron los novelistas jóvenes los que fueron a por él sino los lobeznos del establishment literario, exactamente aquellos a quienes había declarado muertos en The New Journalism. Cuando su segunda novela, A Man in Full, apareció más de una década después, la reacción fue de una virulencia que decía tanto sobre el estado de la literatura norteamericana como del libro en cuestión. Su archienemigo, Norman Mailer, en The New York Review of Books, anunció que A Man in Full era mala, aunque no tan mala, acotó, como La hoguera de las vanidades. John Irving declaró en una entrevista televisiva que era como leer una mala pieza de periódico dentro de una revista. John Updike escribió en The New Yorker que Wolfe no era literatura sino entretenimiento, como si esa distinción fuera una condena y no, según se mire, el mayor elogio posible. Wolfe respondió con idéntica ferocidad: llamó a Mailer y a Updike “two old piles of bones» (dos viejos montones de huesos) y publicó un ensayo titulado “My Three Stooges” en su colección de ensayos Hooking Up (2000), donde los trataba exactamente como lo que eran: hombres que le daban pie para hablar. Gay Talese resumió el episodio con precisión: Wolfe era un caballero, pero con una pluma en la mano podía arponear a cualquiera, y Updike, Mailer e Irving nunca le perdonaron haberse metido en su territorio y haberlo hecho mejor que ellos. Lo que esos críticos no se detuvieron a considerar es que La hoguera de las vanidades es, ante todo, un libro que se lee sin poder soltarlo: Wolfe no desperdicia una frase, no admite una oración muerta, trata el tiempo del lector como algo que hay que ganarse línea a línea. Eso, que sus detractores llamaban entretenimiento como si fuera un defecto, es precisamente lo que la novela le reprocha a una película que no supo ni intentarlo.

El problema central del filme no es difícil de diagnosticar: la novela de Wolfe funciona porque sus personajes son criaturas despreciables y el lector disfruta con una cierta crueldad intelectual el verlos caer. Sherman McCoy, en el libro, es un hombre arrogante al que cuesta defender. Pero la lógica de Hollywood de 1990 exigía a Tom Hanks —entonces el cómico simpático de Big y Splash, no todavía el actor dramático de Filadelfia— hacer un Sherman McCoy ingenuote y torpe. El propio De Palma lo dijo sin ambages: si quieres hacer esta película, tienes que hacerla oscura y cínica, porque de otro modo no funciona, y los estudios querían a toda costa Tom Hanks que se convierte en un títere de la historia.

La novela tiene 31 capítulos y tres protagonistas de peso equiparable: Sherman McCoy, el broker en caída libre; Larry Kramer, el fiscal del distrito judío que ve en el caso una oportunidad política; y Peter Fallow, el periodista británico alcohólico que construye el escándalo desde la nada. El guionista Michael Cristofer tomó una decisión que revela sus prioridades: desmanteló la arquitectura coral de la novela, redujo a Kramer a figura secundaria y concentró casi toda la trama en el escándalo judicial y en la tensión racial entre el Bronx y Manhattan. La elección tiene una lógica cinematográfica —condensar es una necesidad del guion— pero también una consecuencia ideológica: al suprimir la voz interior de Kramer, que en la novela articula con precisión la demagogia electoral que rodea el caso, la película pierde la dimensión más incómoda del libro. Lo que en Wolfe es un sistema de corrupción recíproca donde todos los actores —el fiscal, el reverendo, los medios, el abogado defensor— se alimentan del mismo cuerpo, en la película se convierte en una historia de víctima y victimarios, más legible pero más simple. Cristofer preservó la columna vertebral del conflicto social porque era lo más filmable; sacrificó la complejidad moral porque era lo más difícil de sostener en pantalla sin un protagonista dispuesto a ser detestable.

Uno de los logros más notorios de la novela es su oído. Wolfe construyó una Nueva York sonora y estratificada: el vocabulario financiero de Wall Street con su jerga específica, el inglés caribeño de los inmigrantes del Bronx, el acento sureño de Maria Ruskin (Melanie Griffith) funcionando como marcador de clase en Manhattan, el habla de los fiscales del distrito neoyorquino con sus modismos legales y su cinismo de corredor. Cada grupo social tiene su propio código verbal y Wolfe lo transcribe con gran precisión antropológica. Esa dimensión desaparece por completo en la película. Los personajes hablan un inglés neutro, intercambiable, desprovisto de geografía. Cristofer no encontró un equivalente dramático para esa polifonía de Wolfe y De Palma tampoco buscó uno visual: no hay en la película un trabajo de sonido de ambiente, de dialectos, de ruido urbano diferenciado que compense en términos cinematográficos lo que el guion abandonó en términos literarios. El resultado es una ciudad muda en sus diferencias, donde el Bronx y Park Avenue suenan igual, lo cual es precisamente lo contrario de lo que Wolfe quería demostrar.

En Scarface, en Los intocables, incluso en Carrie, el desbordamiento formal de De Palma corresponde a un desbordamiento emocional o moral en el material que filma. Aquí, ese instinto se apaga. La puesta en escena es mecánica, turística, incluso: Nueva York como decorado de lujo, los interiores de Park Avenue como un catálogo de aspiraciones, el Bronx como miedo codificado. El presupuesto no compró libertad sino parálisis.

La fotografía de Vilmos Zsigmond agrava el desajuste. De Palma recurre a sus tics visuales habituales —planos cenitales que descienden lentamente sobre espacios interiores, contrapicados manieristas que monumentalizan a personajes secundarios como el reverendo Bacon o el fiscal Weiss— pero esos recursos, que en Scarface o Vestida para matar funcionaban porque amplificaban la paranoia o el exceso moral de sus protagonistas, aquí chocan contra la naturaleza del material original. La novela de Wolfe es una crónica de pugnas sociales, un texto que requiere distancia observacional, cierta frialdad de reportero. Cada contrapicado que engrandece a un demagogo o cada cenital que convierte un tribunal en escenario de ópera introduce una grandilocuencia visual que la historia no pide y que desplaza la atención del conflicto social hacia el estilo del director. El resultado es una película que se mira a sí misma cuando debería estar mirando a Nueva York.

Bruce Willis como el periodista alcohólico Peter Fallow es quizás el elemento más interesante de la película, no porque el actor que brillará en Duro de matar esté especialmente bien sino porque la figura del reportero borracho y oportunista que medra sobre la desgracia ajena guarda cierta coherencia satírica con el tono que la película nunca termina de adoptar del todo. Melanie Griffith, en el papel de la amante, funciona como accidente decorativo. Morgan Freeman, en el rol del juez Leonard White (ya volveremos a él más adelante), es el único que mantiene la dignidad intacta, lo cual confirma que el problema no era actoral sino estructural.

Hay, sin embargo, una escena que funciona y que pertenece sin reservas al De Palma de los buenos momentos: la noche de ópera en que Sherman McCoy y su esposa asisten a una representación del Don Giovanni de Mozart en el Metropolitan. La cámara recorre los palcos de la alta sociedad neoyorquina mientras en el escenario se desarrolla el acto segundo, escena XV —A cenar teco—, en que la estatua del Comendador se presenta en la sala de Don Giovanni para cobrar la deuda pendiente. La estatua rechaza la comida de los mortales, exige arrepentimiento y, ante la negativa desafiante del libertino, lo arrastra a las llamas del infierno. De Palma usa la escena con una precisión alegórica que el resto de la película no sostiene: Sherman McCoy, sentado en su palco, con su vida todavía intacta, observa sin saberlo su propio destino representado en el escenario. El paralelismo es obvio —el hombre que lo tiene todo y se niega a arrepentirse, condenado por una estatua de piedra que es la ley, la prensa, la comunidad negra del Bronx, todas las fuerzas que terminarán triturándolo— pero la obviedad, en este caso, no es un defecto sino el tono que todo el filme debió tener. Es el tipo de montaje paralelo expresionista con el que De Palma siempre ha sido efectivo, y constituye uno de los pocos aportes genuinos de la adaptación cinematográfica respecto de la novela: De Palma necesitaba una imagen que dijera en dos minutos lo que Wolfe tardaba cien páginas en construir.

Lo que hace grande a La hoguera de las vanidades como novela es exactamente lo que la película no puede ni rozar. Wolfe rompió todas las reglas del periodismo al atreverse a entrar en la conciencia de sus personajes, a describir no solo lo que hacían sino lo que pensaban y sentían y querían mientras lo hacían. Esa capacidad de acercamiento —de poner al lector junto al personaje, dentro de su cabeza, sin distancia ni red, como buen alumno de James Joyce— es un instrumento literario que no tiene equivalente cinematográfico directo, y De Palma no buscó uno. Treinta y nueve años después de su publicación, la novela sigue siendo un documento que ayuda a entender cómo llegamos al presente: ese momento en que el mundo dejó de fingir que el capitalismo no era su droga favorita, en que el deseo de consumir superó el deseo de parecer personas equilibradas. Wolfe lo vio venir antes que nadie y lo escribió con una prosa que trata el tiempo del lector (ya lo dijimos) como algo que hay que ganarse palabra por palabra. Eso —ese matrimonio entre el rigor del reportero y el instinto del novelista— es lo que la película de De Palma no pudo comprar con sus 47 millones de dólares de presupuesto ni reproducir con ninguna grúa y ningún plano cenital sobre Manhattan.

El clímax que Cristofer y De Palma construyen alrededor del juez Leonard White es la demostración de cuánto le cuesta a la película resolver lo que la novela superaba mediante el recurso de la acumulación. White no existe en Wolfe: es un personaje fabricado para la adaptación, un juez negro y recto que sobresee a Sherman McCoy tras evaluar las pruebas y que, al hacerlo, desata el caos en la sala. La multitud afroamericana presente en el tribunal lo increpa, lo acusa de traición racial, y el juez responde con un discurso, desde el estrado, en el que declara que no es racista, que aplicó la ley sin distinción, que la justicia no tiene color. Morgan Freeman lo entrega con toda la autoridad que tiene, que es considerable, pero ni su presencia ni su dicción pueden salvar un recurso dramático que funciona como queja más que como conclusión. El discurso del juez White es el intento de la película de encontrar una nota moral elevada donde la novela de Wolfe deliberadamente no la ofrecía: en el libro no hay nadie que salga limpio, no hay figura judicial que restaure el orden, no hay voz que se alce por encima del ruido para proclamar que la ley existe y que vale. La película necesitaba ese personaje porque sin él no tenía final; pero al inventarlo reveló que nunca entendió el libro.

La película mereció un destino distinto al que tuvo. No el fracaso de la mediocridad sino el del noble del riesgo, que es lo que habría resultado de filmarla con el tono que Wolfe requería y con actores dispuestos a ser antipáticos. En cambio, recibió la derrota de la cobardía industrial: demasiado dinero invertido en suavizar lo que era por naturaleza áspero, en hacer amable lo que debía ser incómodo. Vista hoy, La hoguera de las vanidades no quema nada y resulta más interesante como síntoma del Hollywood que quiso domesticar una sátira feroz y se inmoló a sí misma en el intento.

Joan Didion: The center will not hold (2017) de Griffin Dunne (disponible en Netflix Latinoamérica) parte de la siguiente contradicción: ¿cómo filmar a una escritora que ya se ha narrado a sí misma con una maestría que ninguna cámara podría igualar? Joan Didion (1934-2021) publicó sus memorias de duelo, reflexionó sobre su propia conciencia política y desmontó mitos culturales. La imagen que con más fuerza se me ha quedado después de ver este documental es la literalidad de la frase «poner el libro en la nevera». La escritora solía poner los borradores de sus libros en el hielo de la refrigeradora antes de retomarlos en la reescritura.

Dediquémosle un par de párrafos a los aportes que hizo Joan Didion a las literaturas del Yo: ella no inventó la escritura autobiográfica ni la crónica en primera persona, pero sí reformuló los términos en que ambas podían coexistir con el rigor intelectual y la ambición política. Lo que la distingue de sus contemporáneas —y lo que hace que su influencia sobre la literatura femenina sea tan difícil de rastrear con precisión porque se ha vuelto constitutiva del aire que respira cierta escritura en inglés— es que nunca separó la introspección del análisis cultural. En The White Album el derrumbe nervioso de la narradora y de la contracultura californiana son el mismo fenómeno descrito desde dos ángulos simultáneos; en los ensayos culturales de Slouching towards Bethlehem el yo que observa a los niños del Haight-Ashbury no es una primera persona confesional sino un instrumento de medición, frío y que se siente ligeramente culpable de su propia frialdad. Esa tensión —entre la exposición de sí misma y la distancia analítica— es lo que separa a Didion de la tradición confesional que arranca con Sylvia Plath o Anne Sexton: donde ellas ponían el cuerpo como evidencia, Didion ponía el cuerpo como metodología. La culminación de su proceso literario es El año del pensamiento mágico, libro que pertenece simultáneamente al género del duelo, a la crónica médica, al ensayo cultural y a la autoficción, y que resuelve la contradicción central de la literatura del yo —cómo narrar la experiencia sin reducirla a terapia— mediante un procedimiento que Didion había ensayado durante cuarenta años: convertir la sintaxis en argumentación, hacer que la forma diga lo que el contenido no puede admitir sin romperse.​​​​​​​​​​​​​​​​

El libro comienza con una de las frases más citadas de la literatura norteamericana reciente, no porque sea hermosa sino porque es clínicamente exacta: «Life changes fast. Life changes in the instant. You sin down to dinner and life as you know it ends. The question of self-pity». Acto seguido, Didion describe lo ocurrido la noche de la muerte de su marido con la precisión de un parte médico y la disociación de alguien que todavía no ha procesado que está describiendo su propia vida. Esa separación de realidad-ficción no es un defecto del libro sino su principio constructivo. Didion había aprendido en décadas de periodismo que la distancia no es lo opuesto de la emoción sino su forma más intensa, y El año del pensamiento mágico es la demostración más acabada de esa hipótesis: cuanto más clínico el tono, más insoportable el dolor que ese tono apenas contiene. La crónica médica —los diagnósticos, los procedimientos hospitalarios, la terminología de la UCI no son un recurso documental sino una estrategia de supervivencia narrativa: mientras hay datos por registrar, hay una narradora que puede mantenerse entera. El momento en que esa narradora se quiebra no es el durante la muerte de John Gregory Dunne sino el momento en el que Didion no puede tirar los zapatos de su marido, porque si los tira él no tendrá qué ponerse cuando vuelva, y en esa lógica delirante —que el libro alude en el título, tomado de la antropología del pensamiento primitivo de Frazer y Malinowski— reside la autoficción más radical del texto. No es que Didion invente hechos; ella narra el mecanismo por el cual la mente en duelo fabrica una ficción de continuidad para no desintegrarse, y al narrar ese mecanismo desde adentro, sin ironía correctora, convierte el libro en un documento sobre los límites del realismo. Ningún otro libro sobre el duelo —ni Una pena en observación de C. S. Lewis, ni Diario de luto de Roland Barthes— había conseguido hacer de la sintaxis rota un argumento filosófico: las frases cortas de Didion, su reticencia a las oraciones subordinadas, su uso del presente histórico intercalado con el pasado inmediato, reproducen en el lector la misma incapacidad de ordenar causas y efectos que experimenta quien acaba de perder a alguien. Leer (con los datos anteriores en mente) El año del pensamiento mágico es, en ese sentido, una experiencia somática antes que intelectual, lo cual es exactamente lo contrario de lo que su tono frío promete en la primera página y exactamente lo que Didion había estado aprendiendo a hacer desde que escribió su primer cuaderno en Sacramento.​​​​​​​​​​​​​​​​

Con estas reflexiones previas, entremos a la reseña del filme. Otro documentalista habría fracasado por exceso de reverencia o por torpeza analítica. Dunne, en cambio, convierte el parentesco en método. Las técnicas de interrogatorio del filme involucran a sobrino y tía, con toda la familiaridad y los silencios cómplices que eso implica, y en ese registro íntimo consigue algo que la crítica literaria difícilmente logra: hacer visible el cuerpo minado de la escritora, los gestos privados, la fragilidad física que coexiste con una inteligencia intacta y ligeramente impaciente.


La estructura del filme es cronológica desde el punto de vista convencional. Dunne traza el arco que va de Sacramento a Vogue en los años cincuenta, de Nueva York a la casa de playa en Malibú donde tenía como vecinos a un tal Spielberg, a un goodfella llamado Martin Scorsese y un carpintero de nombre Harrison Ford, hasta los libros que elevaron la crónica periodística hacia los altares de la literatura. Lo que emerge de ese recorrido no es la hagiografía de una figura de culto sino el retrato de una inteligencia que eligió la incomodidad como postura ética: Didion fue al Haight-Ashbury (el centro de la contra-cultura hippie) a desacralizar el amor libre cuando todos lo celebraban, viajó a El Salvador en plena guerra civil para denunciar lo que nadie se atrevía, desmontó la cobertura mediática del caso de Trisha Meili quien fue violada brutalmente en el Central Park.

El documental registra estas experiencias de la autora con generosidad testimonial, y el efecto acumulativo pone en orden una obra dispersa y le da cohesión al proyecto de escritura de Didion: el documental también es el registro de los fracasos del sueño americano.


Una de las decisiones formales más acertadas del documental es confiar a la propia Didion la lectura en voz alta de fragmentos de su obra. Su voz —delgada, precisa, con el fraseo irregular de quien escribe para el oído tanto como para la página— funciona como hilo conductor entre las distintas épocas del relato biográfico y como recordatorio constante de que la escritura es, en su caso, el lugar donde la experiencia adquiere forma y sentido.

Los textos elegidos no son arbitrarios: On keeping a notebook establece desde el principio la episteme didioniana, su convicción de que sus cuadernos no registran los hechos sino la versión que uno necesita, y con eso el documental advierte al espectador que la memoria es aquí un acto de construcción y no de recuperación. Goodbye to all that (otra obra de la autora) despliega la mitología neoyorquina y su inevitable desencanto, el arco emocional de toda una generación de provincianas que llegaron a la ciudad con una maleta y una idea y salieron con otra idea distinta y más dura. John Wayne: a love song es el ensayo que introduce la dimensión política de la nostalgia, la manera en que ciertos símbolos culturales condensan fantasías nacionales que la realidad desmiente pero que la imaginación se niega a dejar ir. Sentimental journeys y Where I was from extienden ese diagnóstico hacia la crónica y hacia la autobiografía regional: California como la promesa incumplida, como el lugar donde el sueño americano se fabricó y donde también se deshizo con mayor estrépito. The White Album, quizás el texto más representativo, aparece con su célebre obertura sobre el metarrelato de los años en que los hechos históricos no obedecían ya a ningún argumento coherente, y la voz de Didion leyéndolo en 2017 le añade una capa de ironía involuntaria: lo que ella diagnosticó en los sesenta describe con igual exactitud la década en que el documental se estrena.

Por último, The year of magical thinking cierra el ciclo con la prosa del duelo, esa escritura que Didion elaboró para sobrevivir la muerte de su marido y que terminó siendo el libro más leído de su carrera, el que la catapultó a un público que no había llegado a ella ni por el periodismo ni por los ensayos.

Escuchar a Didion leer su dolor en su propia voz, sin mediación actoral ni distancia académica, es uno de los momentos en que el documental justifica plenamente su existencia.


El material de archivo que Dunne moviliza es eficazmente heterogéneo. Las fotografías tomadas del Center for Sacramento History anclan la infancia y la juventud de Didion en una California todavía agraria y provinciana, lejos del glamour que la cultura popular asocia al estado, y establecen la tensión fundacional entre el origen y la fuga que recorre toda su obra. El archivo del Poetry Center and American Poetry Archives de San Francisco State University aporta registros visuales de una joven Didion en el circuito literario de la costa oeste, antes de que Nueva York la reclamara, y permite ver el modo en que su voz pública se fue formando en el contacto con una tradición poética que su prosa, más tarde, absorbería sin reconocerlo abiertamente.

Las entrevistas del John Callaway Interviews y del programa de Charlie Rose ofrecen algo distinto: la Didion mediática de los decenios de los ochenta y los noventa; articulada, irónica, capaz de hablar de su propio trabajo con una distancia clínica que resulta a la vez admirable e inquietante. Ver esas apariciones televisivas en el contexto del documental revela cuánto de su persona pública era también un constructo deliberado, otra forma de escritura. El Today Show Archives, en cambio, introduce una nota de incomodidad: Didion en el formato de la televisión matutina, respondiendo preguntas diseñadas para auditorios masivos, es una imagen que el documental no comenta pero que habla sobre las contradicciones de una intelectual que despreciaba la cultura de masas y al mismo tiempo navegaba con pericia sus circuitos. La suma de todos estos archivos produce un retrato estratigráfico: no una sola Didion sino varias, depositadas en capas sucesivas de tiempo y de contexto, y el mérito de su sobrino es haberlas reunido sin forzar entre ellas una coherencia que la vida casi nunca ofrece.

Pero el corazón del filme, su verdadero centro, es la última parte, y que sí se sostiene. En 2003 muere su esposo, John Gregory Dunne, de un infarto mientras cena. Meses después, la hija adoptada, Quintana Roo, fallece a los 39 años de pancreatitis. La doble catástrofe producirá El año del pensamiento mágico y luego Noches azules, dos libros que convirtieron el duelo privado en un acontecimiento literario colectivo. Dunne no dramatiza ni subraya: presenta el material con discreción y deja que los testimonios de Redgrave, David Hare y el crítico Hilton Als completen lo que las palabras de Didion no pueden del todo.


Entre los testimonios que puntúan el relato audiovisual, en su segunda mitad, hay dos que merecen atención particular. Harrison Ford aparece con la desenvuelta irreverencia de quien puede permitirse el lujo de no impresionarse ante nada: recuerda su época de carpintero en Malibú con una franqueza que contrasta con el tono casi sagrado que otros testimonios adoptan al hablar de Didion, y en esa distancia hay algo valioso, pues devuelve a la escritora a su contexto cotidiano, a la California concreta de los setenta más que al mito literario. Vanessa Redgrave cumple una función completamente distinta: ella es la protagonista de la versión teatral de The Year of Magical Thinking (2007), su voz, entrenada en décadas de teatro, presta a los fragmentos de Didion recitados en voz alta una resonancia única, y su presencia en el filme no es la de una admiradora sino la de una artista que reconoce a otra en plano de igualdad. Juntas revisan fotografías de la boda de Natasha Richardson (1963-2009) con Liam Neeson. Es el momento más hondo del documental: ambas artistas están hermanadas por la pérdida de las hijas amadas: Tash y Quintana.

Un párrafo para la relación que tuvo Didion con el mundo del cine. Le tocó adaptar un libro de James Mills para Panic in Needle Park (1971) de Jerry Schatzberg. No parece haber estado muy contenta con la experiencia, pese a haber trabajado con su esposo en la escritura del guion. Llegado un momento del proceso de adaptación no se sabía quién había escrito qué. Parece haber descubierto gracias a este trabajo de la precariedad del escritor en la industria cinematográfica. En lo personal es la mejor definición de guion que le he escuchado a alguien: «Es una serie de notas para un director». Una vez entregado el libreto, Didion nos volvió a trabajar más para el cine.


El único problema que veo es que el vínculo familiar que le otorga intimidad al documental es también su límite: Dunne sabe hasta dónde puede presionar a su tía y retrocede con una prudencia que es, al mismo tiempo, protección y evasión. El espectador que conoce las obras habría querido escuchar a Didion hablar sobre escritoras contemporáneas, sobre la vigencia de su diagnóstico de la desintegración cultural en la era de Trump, sobre los modos en que su estilo fue absorbido y vaciado por toda una generación de escritoras del yo. Nada de eso aparece. El filme prefiere la elegía al análisis (aunque nunca se toca el tema del Parkinson de la autora fallecida a los 87 años). Respetable la opción, pero no la comparto del todo. Y, sin embargo, creo que a ratos el género elegíaco está perfectamente ejecutado. Joan Didion: The Center Will Not Hold cumple lo que los mejores documentales sobre escritores deben cumplir: al terminar, el espectador quiere volver a los libros.​​​​​​​​​​​​​​​​ En este momento corro a mi biblioteca a releer El año del pensamiento mágico.


Para Richard Linklater (Houston, 1960) mostrarnos cómo fue el rodaje de Sin aliento (1960) es fabricar el negativo exacto de lo que aquella película fue. Su director, Jean Luc Godard (1930-2022), improvisaba en las calles de París con una cámara escondida en una silla de ruedas y un equipo de tres personas; Linklater ha reproducido esas mismas callejas con la minucia de quien restituye un manuscrito iluminado, encuadrado en el formato académico 1:37:1, en blanco y negro, enteramente en francés, con unos pocos parlamentos en inglés por parte de la actriz principal. Estamos ante la espontaneidad como objeto de museo. La revolución como ejercicio de fidelidad.


Guillaume Marbeck encarna a Godard, Zoey Deutch a Jean Seberg y Aubry Dullin a Jean-Paul Belmondo en esta reconstrucción del rodaje de À bout de souffle, filmada en París entre marzo y abril de 2024. Es también la primera película de Linklater rodada íntegramente en francés: un grado de extrañamiento deliberado respecto de su propia voz, un ejercicio de ventriloquía que es homenaje y travestismo cultural. Para el director, según lo declaró en una rueda de prensa, el idioma era un color más de la paleta de su arte audiovisual.


La película funciona como un dispositivo afectivo para cinéfilos. Linklater vuelve a los exteriores donde el equipo de Godard improvisó sus escenas para mostrar cómo un rodaje semicaótico, liderado por un director de temperamento irascible, se convirtió en una de las películas más influyentes del cine posmoderno. Ese acceso a la trastienda tiene sus momentos de gracia, particularmente en la fricción entre Godard y Seberg, que una talentosa Deutch convierte en algo más que ilustración documental. Pero hay una ironía estructural que la película no logra resolver: construir un homenaje demasiado meticuloso a una obra cuya grandeza residía en sus chiripas y accidentes. En esto es muy claro Linklater: mientras Godard improvisaba, él todo tiene que planificarlo de manera milimétrica. Los mismos diálogos requirieron de una serie de ensayos previos que buscaban tener todo bajo control. El diseño de la producción y la dirección de arte lograron el milagro de encontrar los mismos objetos de utilería, las mismas calles, la construcción de interiores iguales a los que aparecen en el filme original.


Nouvelle Vague está concebida como un making of, pero sus personajes —Godard, Seberg, Belmondo, Truffaut, Coutard, todos anclados en personas históricas— no hablan ni se mueven como seres captados en el fragor de una producción real, sino como figuras que han interiorizado el código de la misma Nueva Ola Francesa que están contribuyendo a crear. Hay en sus interacciones una dicción recitativa y levemente antinatural que remite a los diálogos improvisados. El resultado es una película que al retratar la Nouvelle Vague termina siendo una película de la Nouvelle Vague: sus personajes razonan en voz alta sobre el cine, el amor y la muerte con la misma cadencia aforística que los protagonistas de Vivre sa vie o Le mépris, como si la época se hubiera filtrado no solo en la fotografía sino en la manera en que los actores habitan sus cuerpos. El making of que estamos viendo devora a la película que pretende documentar y se convierte en otra.


Donde el filme acusa con más nitidez esa limitación es en la relación que establece con sus fuentes. Nouvelle Vague es, en el fondo, un catálogo: un inventario de anécdotas, datos y frases que Godard y sus compañeros cineastas vertieron en revistas, entrevistas y libros de historia del cine. En la rueda de prensa que el cineasta dio en Cannes dijo, sin ningún ápice de arrogancia, que su investigación minuciosa de archivos lo encaramaba como uno de los que más sabía sobre la ópera prima de Jean-Luc Godard. Tanto así que dijo haber tenido acceso al calendario de rodaje, al número de tomas por día y el salario que cada miembro del equipo recibió. Esta omnisciencia se nota en detalles puestos en boca del Godard-personaje que son tomados de declaraciones de la época a las que no todos tienen acceso. El problema no es que Linklater haya bebido de esas fuentes, sino que el guion no logra metabolizarlas del todo y las deposita en pantalla sin una mediación dramática.

Hay secuencias que funcionan menos como escenas que como páginas de un manual de técnicas cinematográficas: la que presenta a Raoul Coutard —exreportero de guerra— explicando las ventajas de la Caméflex de 35 mm, portátil e insonora, que le permitió filmar en exteriores sin trípode ni permisos, deriva hacia la ilustración didáctica. Del mismo modo, la escena en que el historiador Georges Sadoul pronuncia una arenga sobre lo que significa filmar en el París de los años sesenta tiene la cadencia de una conferencia antes que la densidad de un momento vivido. La erudición de Linklater es genuina; lo que falta es el salto que convierte la información en experiencia.


Contra esa tendencia, las mejores escenas son las que ocurren en el cuarto de montaje, donde Cécile Decugis y su asistente Lila Herman trabajan sobre el metraje en los laboratorios GTC de Joinville. Decugis y Godard descubrieron —o inventaron— el jump cut no como una decisión estética premeditada sino como una solución práctica para reducir una película que en su corte original duraba más de dos horas. Eliminar fragmentos del interior de las tomas, produciendo saltos abruptos que violan la continuidad clásica, fue recibido antes del estreno como un fracaso técnico. Que ese error se convirtiera en la innovación más influyente del montaje moderno —un procedimiento que fractura tiempo y espacio y obliga al espectador a tomar conciencia del corte— es una de las paradojas del cine posmoderno. Linklater filma ese proceso con discreción: Decugis no es una nota al pie, sino la figura que en la sala de edición termina de inventar la película que Godard había rodado a la luz del día.


Todo ello apunta al problema central: la película que Nouvelle Vague retrata ya contiene el relato de su propia fabricación. Godard inscribió en Sin aliento los rastros de su método hasta el punto de que el estilo es inseparable de la producción. Linklater trabaja desde la distancia del archivista: reconstruye el gesto sin sentirse obligado a reproducir la necesidad que lo generó. El Godard de Marbeck es demasiado consciente de ser Godard, y sus intervenciones solemnemente aforísticas suenan con frecuencia a compendio de citas de Cahiers du cinéma más que a la bravuconería del joven de 30 años que inventaba planos sobre la marcha.


La recepción en Cannes en 2025 fue entusiasta: once minutos de ovación y una guerra de ofertas por los derechos de distribución que Netflix ganó por cuatro millones de dólares. Recuerdo haber visto Psycho (1998) y odiar que todo era una transcripción a color de cada escena del original. El reenactment era el juego del director, Gus Van Sant, que hizo un literal remake del clásico de Hitchcock. Aquí no sucede lo mismo. No es la copia por la copia. No es recrear por recrear. Es ir más allá. A Linklater no le ha bastado con reconstruir. Ha hecho un ejercicio más allá de lo metaficcional. Aplaudo este filme en francés porque otro norteamericano, Woody Allen, también hizo uno en esa lengua, Coup de Chance (2023), con un resultado no tan positivo.

Hay una inocencia que hace única a esta película. Será la música de jazz o las canciones de la época. Será la actuación luminosa de Zoey Deutsch como Jean Seberg o el placer de ver todo un rodaje clave de la historia del cine reconstruido con el rigor investigativo de Linklater. La admiración que despierta tiene la nostalgia que la misma película describe: es el placer de reconocer, no el de descubrir. Es una copia certificada, como diría Abbas Kiarostami en otro contexto.


Linklater es uno de los pocos cineastas vivos que sabe lo que es una manera fundacional de hacer cine. It’s Impossible to Learn to Plow by Reading Books (1988), Slacker (1990) y Dazed and Confused (1993) fueron para el cine independiente norteamericano algo no tan distante de lo que Sin aliento fue para la posmodernidad cinematográfica. Que haya elegido ponerse en la posición del admirador respetuoso, antes que en la del par iconoclasta, dice algo sobre la relación que su arte mantiene con la misma historia del cine: una deuda que solo se puede saldar con un homenaje. Linklater nació el mismo año en el que se estren​​ó​ el filme de Godard. ​​​​​Esto es va más allá de lo simbólico. Él nació al mismo tiempo que la Nueva Ola Francesa. Es su manera de afirmar que él y sus compañeros de generación bebieron de un tipo de cine que sigue vivo. Más vivo que nunca porque Nouvelle Vague existe para la posteridad. En el futuro (sino es también en el presente) la estudiarán para saber cómo se dio uno de los movimientos más decisivos de la historia del cine.


Nuremberg, el drama histórico que James Vanderbilt escribió y dirigió para Sony Pictures Classics, es un sofisticado drama de corte con todos los recursos, el elenco y la materia prima narrativa para ser una obra mayor; sin embargo, en cada tramo decisivo del guion, opta por la convención evitando el riesgo.


La historia parte de un episodio fascinante para los historiadores de la segunda guerra mundial. En los meses previos a los juicios de Núremberg de 1945, el teniente coronel Douglas Kelley, psiquiatra del ejército norteamericano, fue asignado para evaluar el estado mental de los veintidós jerarcas nazis detenidos, entre ellos Hermann Göring, el número dos del Reich. Jack El-Hai documentó ese encuentro en su libro de 2013 El nazi y el psiquiatra, fuente en la que se basa el film. Lo que obsesionó a Kelley, y lo que lo destruyó, fue su propia conclusión: que los nazis no eran monstruos sino personas perfectamente ordinarias, y que el horror que produjeron podía reproducirse en cualquier sociedad que lo permitiera.

Kelley pasó el resto de su vida advirtiendo en vano sobre esa posibilidad, antes de suicidarse en 1958 ingiriendo cianuro, el mismo veneno que usó Göring para eludir la horca. Esa simetría es atroz, y Vanderbilt la conoce bien; el problema es que no sabe qué hacer con ella. Para comprender el alcance de ese problema conviene repasar la trayectoria del director. Vanderbilt es ante todo un guionista que llegó a la dirección de manera paulatina. Su nombre se asocia desde hace casi dos décadas al thriller de investigación: fue el artífice del guion de Zodiac (David Fincher, 2007), uno de los más rigurosos e inteligentes del cine norteamericano de su época, capaz de sostener casi tres horas de investigación sin resolución dramática porque la lógica del caso lo imponía.

Esa habilidad para construir la pesquisa como forma narrativa lo llevó luego a trabajos de encargo de variable calidad, entre los cuales destacan los guiones de The Amazing Spider-Man (Marc Webb, 2012) y White House Down (Roland Emmerich, 2013), productos competentes del cine de franquicia. Su debut como director fue Truth (2015), drama político sobre el escándalo del reportaje de Dan Rather en CBS acerca del historial militar de George W. Bush. Ese film, con Cate Blanchett y Robert Redford al frente, estableció ya las constantes de su estilo como realizador: una factura limpia y sin ostentaciones, instinto certero con los actores, y una tendencia a simplificar los grises morales de sus asuntos en beneficio de la claridad narrativa. Nuremberg es, en ese sentido, la confirmación de un modo de hacer cine que tiene virtudes reales pero que tropieza con el límite de sus propias convicciones.


Un gigantesco Russell Crowe interpreta a Göring y Rami Malek encarna a Kelley, con Michael Shannon en el papel del fiscal jefe Robert H. Jackson. El rechoncho actor australiano, hay que decirlo, está a la altura con su maldad banal: su Göring es un hombre de una cordialidad estudiada y una inteligencia depredadora, capaz de sentarse en la celda como si fuera un trono, de negociar pequeñas concesiones con la elegancia de quien nunca ha dejado de sentirse en el poder. Cada frase dicha en inglés con acento germánico, cada gesto, desde la pose recostada en el catre hasta la mirada que mide a su interlocutor sin esfuerzo aparente, configura un personaje de capas múltiples cuya amenaza reside precisamente en su encanto. Para el papel, Crowe aprendió alemán, detalle que habla de su profesionalismo. Su papel está hablando en inglés en casi la totalidad del filme. Mención especial merece la escena en la que corrige al fiscal (Shannon) sobre la mala traducción de la cuestión judía. Mientras el fiscal dice «solución final», el personaje de Göring dice «a complete and total solution», es decir, «una solución completa y total» o «una solución completa y total de la cuestión migratoria judía», dando a entender que hay conceptos de propaganda antinazi que fueron acuñados por los norteamericanos que simplemente le han llamado «la solución final». Lo que para el segundo de Hitler era un problema no resuelto de evacuación masiva de los judíos o de emigración judía, para los aliados era una cuestión de exterminio directo. La sonrisa de satisfacción de Russell Crowe al explicar esta inexacta traducción está entre los momentos climáticos del film.

Un anodino Malek, en cambio, repite la partitura que ya conocemos de sus trabajos anteriores: el genio incomprendido, el hombre que ve lo que los demás no pueden ver, encerrado en su propia intensidad con los mismos gestos de siempre. El personaje de Kelley tal como está escrito parece diseñado para encarnar al psiquiatra de avanzada, al visionario que nadie escucha, un molde que la televisión norteamericana ha desgastado hasta el lugar común. Su pobre actuación está al servicio de un guion que no cuenta con ninguna profundidad conceptual. Y en esa brecha entre el intérprete y el material dramático es donde se derrumba buena parte del edificio narrativo.


Porque el guion de Vanderbilt —y esto es el problema central— está escrito con la cadencia del cine clásico, ese que The Daily Beast describió como construido con la estructura de un tráiler. Hay una mecanicismo en la trama que desactiva lo inesperado, que poda todo aquello que podría resultar verdaderamente perturbador. La banalidad del mal, concepto que la película dice querer explorar, requiere precisamente de una dramaturgia que renuncie a los lugares comunes: no puede haber catarsis fácil donde el horror es estructural. Pero Vanderbilt necesita sus momentos de resolución, sus confrontaciones que terminan con el antagonista derrotado y el protagonista reivindicado, y esa necesidad es incompatible con la tesis que el propio film sostiene.


Hay secuencias que funcionan bien. La proyección en sala del documental sobre los campos de concentración, que el equipo de fiscales decidió usar como prueba en lugar de testigos, está filmada con una sobriedad que le conviene: Vanderbilt maneja bien ese tempo, y la sala del tribunal convertida en sala de cine se vuelve el espacio del horror colectivo. También hay aciertos en la construcción visual del espacio carcelario, donde la jerarquía de poder entre el psiquiatra y el preso se invierte sutilmente en una que otra escena. Sin embargo, la película cede en los momentos decisivos a un lenguaje cinematográfico que aliviana lo que debería resultar intolerable.


La comparación con los antecedentes de la historia del cine es inevitable y perjudica a Vanderbilt. Judgment at Nuremberg (Stanley Kramer, 1961) sigue siendo el referente ineludible, y no sólo por razones temáticas. Kramer logró que el tribunal nunca se percibiera como parte de un decorado teatral: lo convirtió en un crisol donde el cine lidiaba con la complicidad, no en un sentido político abstracto, sino en las elecciones íntimas de individuos que alegaban haber obedecido órdenes. El guion de Abby Mann, apoyado en largos interrogatorios y silencios pesados, dejaba al espectador frente a la incomodidad pura, sin adornos ni estilización, para examinar cómo la comunidad internacional pudo renunciar a su conciencia. Kramer tenía además la ventaja y la obligación de su proximidad histórica: el film llegó a las pantallas apenas dieciséis años después de los juicios, cuando muchos de sus espectadores habían vivido los hechos, y aun así se atrevió a preguntar cómo una sociedad civilizada colapsa en la barbarie y con qué facilidad esos mecanismos podían pudrirse bajo la superficie de una democracia. Su uso del material documental sobre los campos, incorporado durante la acusación de Richard Widmark, estableció un precedente que el propio Vanderbilt sigue en su film, aunque con menor contundencia: Kramer cortaba del silencio atónito de la sala a las imágenes captadas por los soldados aliados, y el salto de la ficción a la realidad resultaba casi insoportable.

Frente a ese antecedente, el Nuremberg de Vanderbilt se ve pulido, ligero, más interesado en la tensión interpersonal que en el análisis ético. El otro referente válido es Le chagrin et la pitié (Marcel Ophüls, 1971), documental que durante cuatro horas desmanteló la mitología de la resistencia francesa a través de testimonios directos de colaboracionistas, víctimas y espectadores, sin ninguna mediación dramática que amortiguara el efecto. Ophüls no construyó argumentos: dejó hablar a las personas y confió en que la acumulación de voces produjera su propio vértigo moral. Es el polo opuesto al método de Vanderbilt, y señala con precisión quirúrgica aquello que le falta al film: la disposición a soportar la incomodidad sin resolverla narrativamente.


Al final, lo más inquietante de Nuremberg no está en la pantalla sino fuera de ella: la película llegó a los cines en noviembre de 2025, ochenta años después del inicio de los juicios, en un momento político en que sus resonancias eran tan evidentes que Vanderbilt se vio en la necesidad de aclarar que su guion no era una respuesta al contexto trumpista sino un texto escrito mucho antes. Que el slogan de Göring —«Hitler nos hizo sentir alemanes otra vez»— resultara tan reconocible para el público contemporáneo habla de la poca agudeza del film que se queda corto ante el fenómeno que pretende examinar. En ese limbo entre la advertencia y la reivindicación histórica, entre el retrato colectivo y el análisis político, la película de Vanderbilt ocupa un lugar honorable pero insuficiente.​​​​​​​​​​​​​​​​

Carlos Ray Norris, mejor conocido como Chuck Norris, murió el jueves 19 de marzo de 2026 en la isla de Kauai, Hawái, donde residía desde 2015. Norris encarnó la paradoja del hombre que construye su leyenda a fuerza de disciplina, hasta volverla casi indistinguible de la ficción. Nacido en Ryan, Oklahoma, el 10 de marzo de 1940, en el seno de una familia modesta marcada por la ausencia de un padre alcohólico y los años duros de la posguerra, creció en una América rural que no auguraba ninguna leyenda. Inició su formación en la Base Aérea de Osan, en Corea del Sur, durante su servicio militar en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Fue allí donde adquirió el apodo de Chuck y donde descubrió en el Tang Soo Do, un arte marcial coreano tradicional basado en la defensa personal. Alcanzó el grado de primer dan antes de los 23 años y acumuló seis campeonatos mundiales de karate, con un registro de 65 victorias y apenas cinco derrotas, antes de fundar su propia red de escuelas en Los Ángeles. Con el tiempo, esa síntesis de estilos y filosofías daría lugar al Chun Kuk Do, rebautizado como el Chuck Norris System, su sistema propio de combate, registrado legalmente y practicado en todo el mundo, que incorporó elementos tomados del Jiu-Jitsu y el kickboxing.


Fue su fama como profesor de artes marciales lo que lo acercó a Hollywood. En su cadena de gimnasios entrenó a estrellas como Michael Landon y Steve McQueen. Este último se lo recomendó a Bruce Lee quien lo invitó a interpretar uno de los principales villanos de The Way of the Dragon (1972), en esa memorable pelea filmada en el Coliseo Romano, donde Norris tuvo el honor de caer ante el mejor: Lee lo venció en pantalla con una contundencia que el propio Norris recordaría siempre con respeto y sin amargura. Lo que siguió fue una carrera construida sobre el arquetipo del justiciero solitario, imperturbable, de pocas palabras y puño certero. Fue extremadamente prolífico durante la década de 1970 y los años 80, protagonizando títulos como Good Guys Wear Black (1978), The Octagon (1980), la favorita de mi hermano; Lone Wolf McQuade (1983), mi favorita; Code of Silence (1985) y la saga vietnamita Missing in Action (1984, 1985 y 1988). No poseía la ironía insolente de Schwarzenegger, el aire juvenil y juguetón de Jean Claude Van Damme, la fuerza y el tesón de Sylvester Stallone, ni el carisma volátil de Bruce Willis, pero ofrecía algo que su público reclamaba con fidelidad: la certeza de que el bien termina por imponerse.


Lo que Norris aportó al lenguaje cinematográfico del combate fue algo que Hollywood no había visto antes con esa pureza: una técnica real ejecutada por un cuerpo real, sin dobles, sin trucos de cámara excesivos, sin la coreografía operística que el cine de Hong Kong había popularizado con la cámara lenta y los múltiples ángulos. Sus patadas giratorias, su economía de movimientos y la velocidad de sus remates provenían de años de competición deportiva, y eso se percibía en pantalla con una autenticidad que los actores entrenados apresuradamente para un papel no podían imitar. Norris introdujo en el cine de acción occidental la idea de que el combate podía ser al mismo estético y creíble técnicamente, y que el cuerpo del protagonista no era solo un vehículo dramático sino el argumento central de la película. Esa premisa, que hoy parece obvia en el género, tuvo que ser demostrada por este pionero.
Vale subrayar que Norris abrió ese camino antes que nadie. Cuando a finales de los setenta comenzó a construir su figura de héroe de acción solitario y letal, Stallone apenas despuntaba con Rocky (1976) y Schwarzenegger no había filmado aún Conan el Bárbaro (1982).

Fue Norris quien estableció el molde: el cuerpo del combatiente entrenado como arma, el veterano de guerra reconvertido en instrumento de justicia, el hombre que no necesitaba ejércitos porque él mismo es uno. Hollywood le tomaría prestado ese arquetipo, lo amplificaría con mayor presupuesto y mayor estruendo. El éxito de ese arquetipo no fue casual: respondía a una necesidad cultural profunda. Los años setenta habían dejado a Estados Unidos con la herida abierta de Vietnam, la humillación de un ejército que regresaba sin victoria y una sociedad que no sabía muy bien cómo honrar a sus soldados ni cómo procesar la derrota. Los personajes de Norris llegaron a llenar ese vacío con la fantasía del veterano que el sistema había abandonado pero que, actuando solo y fuera de los cauces institucionales, era capaz de imponer justicia donde el Estado había fallado.

Missing in Action, con su trama de prisioneros olvidados en la jungla vietnamita, articuló esa fantasía con una transparencia que el público de la época reconoció en la taquilla. Norris no interpretaba héroes abstractos sino una versión corregida y vengativa de la historia reciente, y esa función consoladora explica el espíritu patriótico que sus películas despertaron y que ningún crítico de la época supo anticipar.


Su mayor éxito llegaría con la televisión. Walker, Texas Ranger, emitida entre 1993 y 2001, le ganó nuevos seguidores y consolidó su figura como símbolo cultural global. Y cuando la pantalla quedó atrás, internet lo resucitó bajo una forma insólita que nadie había previsto ni podría haber diseñado.

Hablemos ahora de los Chuck Norris Facts. El origen del fenómeno tiene un nombre y una anécdota precisa. Un usuario llamado Spector, en una noche de aburrimiento, descubrió en un foro de internet chistes sobre Vin Diesel, la estrella de Fast and the Furious, del tipo: “Vin Diesel contó hasta el infinito… Dos veces.” Decidió aplicar la misma fórmula a Chuck Norris y creó un primitivo generador de chistes que bautizó Chuck Norris Facts y que todavía existe en la red como reliquia del Pleistoceno digital. Lo que siguió fue un éxito descomunal: los chistes se propagaron por foros, correos en cadena y páginas personales con una velocidad que prefiguraba la lógica viral de las redes sociales, y acabaron materializándose en varios libros que entraron en las listas de best sellers. Norris llegó a demandar a Penguin Random House por el uso de su imagen y nombre, aunque las partes terminaron llegando a un acuerdo extrajudicial. Aquí unos ejemplos de esas obras maestras del aforismo: «No hay barbilla bajo la barba de Chuck Norris. Solo hay otro puño». «Chuck Norris puede matar dos piedras con un pájaro». «El universo no se expande: huye de Chuck Norris». «Chuck Norris puede apagar el fuego con gasolina». «Chuck Norris ya fue a Marte, y por eso allí no hay signos de vida». «Chuck Norris puede iniciar un fuego frotando dos cubitos de hielo». «Chuck Norris no lee libros: los mira fijamente hasta que le dicen lo que quiere saber». «Chuck Norris puede oír el lenguaje de signos». «Chuck Norris construyó el hospital en el que nació». «Chuck Norris puede cerrar una puerta giratoria». «Chuck Norris puede ganar al espejo en un combate». «Chuck Norris no tiene ni horno ni microondas, porque la venganza es un plato que se sirve frío». «Si piedra gana a tijera, tijera gana a papel y papel gana a piedra, ¿quién gana a los tres a la vez? Chuck Norris». «Cuando el hombre del saco se va a dormir, mira debajo de la cama por si está Chuck Norris». «La única vez que Chuck Norris se equivocó fue cuando pensó que había cometido un error». «Las lágrimas de Chuck Norris curan el cáncer. Lástima que nunca haya llorado». «Las leyendas viven para siempre. Chuck Norris vivirá más». Él mismo, en un vídeo en el que se veía entrenando semanas antes de morir, escribió: «No envejezco, solo subo de nivel».

La ironía mayor es que los chistes terminaron siendo más famosos que el propio Norris, y que su segunda vida cultural resultó más longeva que su primera. La fórmula era sencilla: frases breves con estructura de dato enciclopédico que afirmaban alguna proeza absurda e imposible, cuya gracia residía en que no parecían chistes sino verdades certificadas sobre un ser que había trascendido los límites de lo humano. Algunos ejemplos: «Chuck Norris arrojó una granada y murieron 50 personas. Después, la granada explotó». «Una cobra real mordió a Chuck Norris; después de 10 largos y tensos minutos, la cobra murió». «No existe la teoría de la evolución, solo una serie de animales a los que Chuck Norris permite vivir». Las hipérboles de internet no inventaron nada nuevo: simplemente llevó al absurdo lo que las películas de Norris ya proponían, con toda seriedad, desde hacía décadas. Filmes malos, pero necesarios que hacían que los cinéfilos soñemos con los ojos abiertos que los escapes más insólitos, las peleas más inverosímiles, los escapes más impredecibles podía darse en la gran pantalla. Al conocerse su muerte, el escritor Stephen King se despidió de él con una retahíla de bromas en esa tradición, algunas de ellas intraducibles: “Chuck doesn’t flush the toilet, he scares the shit out of it”, que podría verterse al español, perdiendo en el camino un juego de palabras intraducible, como “Chuck no tira de la cadena: le da un susto de muerte a la mierda.”


Chuck Norris no fue solo un actor de acción: fue un símbolo que nos hizo soñar en las butacas del Maya, del Guayaquil, Presidente, Fénix, Quito, Tauro, cuando aún no existían los cines de mall. Tenía 86 años. Y hasta el último día, entrenaba.​​​​​​​​​​​​​​​​